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D’A FILM FESTIVAL BARCELONA 2017 – Inauguración – Lady Macbeth (William Oldroyd, 2016)

La dama (no) se esconde

La tarde del jueves 28 se mostró gris y lluviosa. Parecía como si, en la caprichosa meteorología primaveral, la climatología local nos trasladara a los paisajes húmedos y tristes de la campiña inglesa victoriana, ya desde la misma cola del cine.

Y dio comienzo el D’A Film Festival Barcelona 2017 con Lady Macbeth, sorprendente (e injustamente obviada en el último festival de Donosti) ópera prima de William Oldroyd, que readapta la novela corta de Nikolái Leskov Mtsensk Lady Macbeth, de 1865, inspirada a su vez en el Macbeth de Shakespeare, y que ya había sido llevada a la pantalla por, entre otros, el gran artesano polaco Andrzej Wajda y su Siberian Lady Macbeth de 1962.

A diferencia de las versiones anteriores, Oldroyd nos traslada a la campiña británica de la época victoriana, con más sombras que luces, con una estricta obsesión por la compostura y con un enfermizo y condescendiente silencio, y nos presenta a una joven, Katherine (soberbia Florence Pugh), que se enfrenta a su matrimonio de conveniencia con airada y carismática rebeldía. Su papel como cónyuge, más allá de limitarse a simple comparsa de un joven noble que la adquiere junto a las tierras que engrosan su condado, pasa (según ella) por no doblegarse a los designios que le vienen dados por su clase social original y no callarse ante los imperativos maritales del heteropatriarcado.

El director construye una tragicomedia (ciertamente más lo primero que lo segundo) de cámara vehiculada narrativamente a través de dosificados y ocurrentes diálogos con humor de indudable sabor británico y regusto amargo, con un deje teatral difícilmente disimulable (no en vano, Oldroyd ha dirigido teatro durante diez años) y que funcionan a su vez como dardos envenenados entre sus personajes. La condición teatral de los interiores se deja ver también en su sobria y vetusta puesta en escena -incómoda por sus planos excesivamente estáticos, que ocultan por momentos el carácter impulsivo y huidizo de su protagonista femenina, finalmente desatada-, apoyada a su vez en una fotografía de claustrofóbicos y mortecinos tonos  marrones, deudora (de forma confesa) de los lienzos del pintor danés Vilhelm Hammershøi, a la postre coetáneo del autor de la obra que inspira el film, y que no deja de recordarnos a la elegante estética melancólica de las recreaciones de época en los melodramas de Terence Davies.

Algo tiene, también, de los personajes femeninos de Terence Davies, el carácter de la protagonista de Lady Macbeth que, harta de soportar la indiferencia y el desdén a la que la someten su marido y el padre de este, aprovecha una ausencia de ambos para contradecir las normas a las que se ve sometida en el día a día. Es de esta forma como abandona el encierro de la mansión para salir a pasear a la campiña y liberarse (y el espectador con ella) de la opresión de su palacio convertido en prisión. En estos paseos conocerá a Sebastian, uno de sus criados, con el que dará rienda suelta a su lujuria.

Pero a diferencia de las heroínas de Davies, que se debaten entre el amor verdadero y la conveniencia, la doble moral y el cinismo que maneja aquí la protagonista de Lady Macbeth intoxica progresivamente un relato que empieza con un enérgico y burlón mensaje de inconformismo en pro de la igualdad feminista y racial, y la superación de antiguas estructuras sociales; y que, llegado un momento en la trama (la muerte no socorrida del suegro de Katherine), inicia un punto de no retorno que convierte el film en incómodo retrato de ambición personal e individualismo de complicada postura moral, que dejaría al mismísimo Barry Lyndon como mero aficionado.

En un plano final, Katherine, sentada en su sofá de lujo, en un reposado y estático plano abierto que acaba cerrándose en su rostro, nos mira con condescendencia, tal y como lo hacía el Norman Bates de Psicosis (Hitchcock, 1960): ella es capaz de convencernos de que no haría daño ni a una mosca. Afuera, en la calle, había dejado de llover.

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Treinta y cinco cosas que recordaré del D’A 2016

Pasada ya la sexta edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona y ante la imposibilidad de hablar de todo lo que me gustaría, decido realizar un pequeño ejercicio perequiano y destacar un solo recuerdo de cada una de las películas vistas durante el festival. Ignoro si serán estos los recuerdos que más perdurarán en mi mente. Tal vez, dentro de un par de años, algunos de ellos se hayan borrado y otros permanezcan. Sea como sea, a día de hoy, estas son mis primeras remembranzas cuando la distancia temporal es todavía escasa.

Objetos y palabras

OBJETOS

Recordaré el poster de la película Boy Meets Girl de Leos Carax que aparece en la película Ahora sí, antes no, de Hong Sang–soo, y mis infructuosos intentos de establecer conexiones entre ambas. Abandoné tras el suicidio de 35 neuronas y pensé que tal vez, el director coreano la había elegido tan sólo por el título: Boy Meets Girl. Al fin y al cabo esa es la definición perfecta de muchas de sus películas, ¿no?

Recordaré las dos ollas en las que cocinaba la protagonista de Mountain y la persistente dualidad a la que se aferra la directora de la película durante todo el metraje. Recordaré el Monte de los Olivos, el cementerio judío y, sobre todo, un final tan ambiguo como demoledor.

Recordaré esa infame obra de videoarte que realiza el simpático protagonista de Nasty Baby, y el persistente empeño de numerosos directores en ridiculizar el arte contemporáneo. ¿Qué nos sucede? ¿Por qué no pueden tener el arte contemporáneo y el cine una relación más armónica? ¿Tan difícil es?

Recordaré la frase más impactante y demoledora dicha en Francofonia, el último experimento de Alexandr Sokurov: “Los museos han de estar preparados para la guerra.”

Canciones

CANCIONES

Recordaré la letra de la canción Si un Jour que escucha la protagonista de Baden Baden cuando está conduciendo ese magnífico coche que no es suyo. “Renunciar a la moulinex, convertirse en unisex…” y conducir libre y feliz a toda velocidad. Al menos, hasta que te detenga la policía.

Recordaré los escotes de vértigo que llevaba la predicadora de Mate-me por favor, sus anonadantes modelitos y su desaforado entusiasmo al cantar esas imposibles canciones religiosas de inspiración kitsch.

Recordaré el completo manual de supervivencia que ofrece El perdut y también la irrupción inesperada, dolorosa e innecesaria de la música, arruina­–clímax sin anestesia. Recordaré también cómo cocinar un jabalí. Otra cosa es que sea capaz de hacerlo, claro.

Recordaré a un par de buscadores de tesoros sin demasiado glamour en la Bulgaria contemporánea, un enorme jardín y una suerte de fábula que nos remite de algún modo a la historia del país en cuestión. Especialmente, recordaré la inclusión en la banda sonora de El tesoro del Life is life de Laibach. Un final cuanto menos sorprendente.

Indignaciones

INDIGNACIONES

Recordaré que mi nivel de irritación aumentó considerablemente cuando, al final de la película Bang Gang (Une histoire d’amour moderne), apareció esta temida frase en pantalla: “Este filme está basado en una historia real”. Y yo que pensé que no se podía ser más moralista…

Recordaré un largo listado de frases sonrojantes dignas de manual de tópica historia de amor a la francesa que aparecían en Trois souvenirs de ma jeunesse: “Nunca te olvidaré”, “¿Crees que soy hermosa?”, “Me siento un tonto cada vez que te veo.”, “¿Me llamarás?”, “¿Me escribirás?”, “¿Alguien te amó más que a la propia vida?”, “Si me necesitas, por ti iré al infierno.”, “Si tú existes, significa que no estoy preso dentro de un sueño.”, “Tu rostro contiene todo el sentido del mundo en sus trazos.”, “Tú me haces reír.”, “Estoy feliz cuando te veo.”, “No quiero que te vayas. Siento que me voy a morir.”, “Tengo miedo de perderte.” En fin, a lo mejor había ironía en el asunto y yo no lo entendí.

Recordaré la necesidad imperante del director Guy Édoin de mostrar los pechos de Monica Bellucci en la película Ville-Marie, aunque no fuese siquiera por exigencias del guión. La protagonista va al baño a lavarse la cara, para ello se quita el jersey (¡¡¡!!!) y lleva, como no, ropa interior transparente. ¿En serio era necesario?

Recordaré el continuo sufrimiento que me provocó el no saber si el perro de la familia protagonista de The Fourth Direction lograría sobrevivir entre tanta tensión. Tiros, intentos de envenenamiento, golpes… Siempre cargan con las consecuencias los que menos culpa tienen.

Interrogantes

INTERROGANTES

Recordaré el desconcierto que me provocaba el constante cambio de tono de la película Cegados por el sol y la incertidumbre respecto al personaje que interpreta Tilda Swinton. Cercana a David Bowie si atendemos a los flashbacks de los conciertos en la película, cercana a Céline Dion si nos fijamos en la portada del CD que aparece en un momento del film.

Recordaré el estupor inicial que me provocó John From, mezclado posteriormente con un reconocible sentimiento de empatía. Recordaré también mi propia adolescencia y me lamentaré de que no tuviera tanta magia como la de la protagonista del film de João Nicolau.

Recordaré la infinita curiosidad que han despertado en mí las diversas opiniones respecto a Sangue del mio sangue, película que finalmente no he tenido oportunidad de ver. “Obra maestra”, “bazofia inconmensurable”, “película inclasificable”, “extremo ejercicio de estilo”.

Recordaré las manifestaciones que se muestran en The Event, imágenes de la Rusia de 1991, la desintegración de la unión soviética, el found footage grabado por ocho personas distintas en San Petersburgo. Me recordaré a mí misma buscando la huella autoral de Loznitsa en todo esto.

Momentos

MOMENTOS

Recordaré los guiños cinéfilos de Nos parecía importante. A Godard, a Fassbinder, a Kaurismäki y a muchos otros. Guiños low cost mezclados con metacine tan surrealista como cotidiano.

Recordaré el análisis de sangre que se hacen los protagonistas de Chevalier; sin duda el momento más hilarante de la película, tan absurdo como la vida misma.

Recordaré las conversaciones telefónicas de los marineros de Dead Slow Ahead con sus esposas. El tiempo, la distancia y el vacío. Los silencios, las interferencias y los lugares comunes en las conversaciones. En definitiva, la incomunicación y el dolor.

Recordaré el mágico plano secuencia de Kaili Blues y mi piel de gallina, aun a pesar de las limitaciones técnicas. Recordaré la poesía, el valor intrínseco de los objetos y sus respectivas historias. Recordaré la importancia del tiempo y su efecto irreversible en nuestras vidas. Recordaré comprarme un molinillo de papel y colocarlo junto a la ventana, para que se mueva cuando haga viento y me recuerde que sigo viva y, por lo tanto, todavía puedo soñar.

Recordaré las persistentes reminiscencias presentes en Aloys. Tal vez un poco a Kaurismäki, pero ante todo al cine de Roy Andersson. La sombra del maestro sueco es alargada.

Tensiones

TENSIONES

Recordaré muchos silencios, pocas palabras bastante crípticas, una mujer que aparece de la nada y desaparece sin dejar rastro. Una Helada negra que estropea las cosechas. Una tensión creciente que requiere de una catarsis.

Recordaré la obsesión por el Cosplay de la protagonista de Las plantas, y también sus bailes y coreografías con canciones japonesas de fondo. Recordaré su descubrimiento de la sexualidad. Recordaré esta película como un filme iniciático y turbador.

Recordaré la inquietante ambigüedad del protagonista de La propera pell y la constante tensión que crea a su alrededor. Recordaré el caos idiomático: castellano, catalán, francés… Recordaré lo difícil que nos resulta a los seres humanos comunicarnos. Con palabras o sin ellas.

Recordaré que mi falta de instinto maternal se acentuó durante el visionado de Mi amiga del parque de modo inevitable. Sí, ya sé que el bebé no tiene la culpa de nada de lo que sucede en la película, pero…

Recordaré que mi aversión a las bodas creció un poquito más si cabe tras ver Demon, y que también entendí que la única solución viable para ciertos problemas en ciertos momentos es recurrir a la ingesta de alcohol. De más de 30º, a ser posible. Ya sabéis, si os sentáis en el próximo convite al lado de un endemoniado, tened a mano el vodka. Solo por si acaso.

Satisfacciones

SATISFACCIONES

Recordaré la verborrea incontenida de los protagonistas de Cosmos, el surrealismo elevado a la enésima potencia, el gorrión, el palito, los labios de Catherette, los ojos del protagonista y el espíritu de Wombrowicz, juguetón y autorreferencial.

Recordaré mi dolor de espalda y síndrome de la clase turista tras los 317 minutos de Happy Hour (los años no pasan en balde y yo ya empiezo a tener una edad). Pero por encima de todo recordaré la sencillez y honestidad de la película, la increíble actuación de cuatro mujeres que afirman no ser actrices profesionales y ese momento cumbre del film en el que vemos a un Salaryman llorando en plena calle. Inolvidable.

Recordaré La casa que parece abandonada, pero que no lo está. Esa casa atestada de recuerdos, de imágenes, de apariciones y metáforas. Una casa inaccesible, una historia indescifrable, un director lituano de pocas palabras y un buen puñado de momentos hipnóticos.

Recordaré la extrema fragilidad del anciano Oleg cuando habla y su desbordada energía cuando toca el piano. Recordaré las mucosas y las disonancias, los entrañables y contradictorios ataques al clasicismo y ese mágico recorrido por el pasado de alguien tan excepcional que nos cuesta creer que pueda existir.

Personajes

PERSONAJES

Recordaré al protagonista de Neon Bull y su desubicada obsesión por la moda en un entorno árido y polvoriento. Pensaré en toda esa gente que nunca ha tenido su oportunidad por el mero hecho de no nacer en el lugar adecuado en el momento preciso.

Recordaré la amarga ironía de L’ombre des femmes, su visión desencantada de las relaciones amorosas y también a Pierre, el protagonista, comiéndose una baguette en plena calle. Así, sin aceite ni nada. Pan con pan, comida de tontos. ¿Y quién no ha sido tonto alguna vez en su vida?, ¿eh?, ¿quién?

Recordaré la deriva situacionista de El rastreador de estatuas y su total ausencia de intérpretes en pantalla. Recordaré una voz en off y una serie de anécdotas que acaban por definir el inesperado destino de un viaje sin rumbo aparente.

Recordaré el inconmensurable sufrimiento de la protagonista de Sunset Song; mujer nacida para padecer, aguantar y perdurar, aunque ella misma diga constantemente que lo único que perdura es la tierra.

Recordaré la amistad incondicional de las protagonistas de Much loved. A pesar de las circunstancias adversas, a pesar de que la supervivencia se convierta en todo un reto, a pesar de que ser prostituta en Marruecos no implique en absoluto una vida idílica.

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D’A 2016 – ‘Happy Hour’ (Ryûsuke Hamaguchi, 2015)

La apreciada sutilidad del contacto humano

 317 minutos que destilan honestidad. Así podríamos definir en una sola frase la nueva película de Ryûsuke Hamaguchi. A partir de un curso de improvisación que sirvió como punto de partida de la película, Hamaguchi ha trabajado con cuatro actrices no profesionales, desarrollando en Happy Hour la historia de cuatro amigas que rondan la treintena: sus dudas, sus inseguridades, sus miedos, su vida sentimental. A priori, la duración del filme podría ahuyentar a más de uno, pero la riqueza de matices del guión y entereza de los personajes consiguen que la historia discurra con suma fluidez, sin prisa pero sin pausa, y que esos 317 minutos transcurran sin provocar extenuación alguna en el espectador.

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Hamaguchi se toma la libertad de realizar una crítica, sutil pero contundente, a la brecha de género existente en Japón (algo que, por cierto, resulta muy de agradecer en una película dirigida por un hombre). Las cuatro protagonistas de Happy Hour son víctimas de una sociedad que se debate constantemente entre la modernidad (tecnológica) y la tradición (social), que limita en extremo las funciones de las mujeres delegándolas con frecuencia al ámbito doméstico una vez han contraído matrimonio. Incluso aquellas que consiguen integrarse en el ámbito laboral no están exentas del peligro de la discriminación. Discriminación que, por otro lado, también perjudica a los hombres, que se ven obligados a aportar el sustento económico familiar y progresar constantemente en el ámbito laboral para no dar una mala imagen de su familia de puertas para afuera.

Paradójicamente, a medida que algunas sociedades se desarrollan a nivel económico el contacto físico entre las personas que las conforman se reduce drásticamente, de manera que algo que resulta habitual entre niños se convierte en una experiencia infrecuente entre adultos, casi en un tabú. Esta falta de contacto físico dificulta también las relaciones sinceras entre las personas, ya sean amigos, familiares o simples conocidos. Todo ello sumado al considerable peso que tienen los modales en la educación nipona, acaba por estructurar una sociedad basada en las apariencias y compuesta por individuos incapaces de decir lo que realmente piensan cuando existe la más mínima posibilidad de incomodar al otro interlocutor.

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A partir de estas premisas, vemos durante más de cinco horas cómo evoluciona la amistad entre las cuatro protagonistas. El transcurso supuestamente idílico de sus vidas se ve interrumpido por la posibilidad de divorcio de una de ellas y este suceso servirá para que reflexionen sobre sus vidas, su situación sentimental y las posibilidades de libertad a las que han tenido que renunciar debido a las restricciones que una sociedad tan conservadora les impone. Pero uno de los aspectos más interesantes de Happy Hour es sin duda su capacidad para hacer hincapié en todo esto sin caer en la crítica panfletaria, evitando personajes maniqueos y lugares comunes y cuidando con esmero los infinitos matices que tanto enriquecen la película.

El naturalismo del filme disecciona a la perfección una sociedad japonesa que es experta reprimiendo las emociones. No en vano, el primer referente que cita Hamaguchi es John Cassavetes, y no en vano, el inicio del film y germen del proyecto es un curso de improvisación. Porque, a pesar de haber trabajado durante la mayor parte de la película con un guión “al uso”, algunas de las escenas han sido filmadas de manera totalmente improvisada, dejando de este modo una puerta abierta a resultados inesperados. Tal vez, a esa añorada libertad que, cada una a su manera, persiguen las cuatro protagonistas de Happy Hour.

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D’A 2016 – ‘Chevalier’ (Athina Rachel Tsangari, 2015)

Y el premio a la polla más grande es para…

Lo confieso, hay una parte de mí que ha decidido titular este artículo de manera tan pintoresca para captar la atención del posible lector, lo cual no quiere decir que el título en cuestión no sea pertinente, claro. Una vez conseguido este noble objetivo, la intención subyacente –y más importante– es hablaros de Chevalier, la nueva película de Athina Rachel Tsangari un lustro después de que dirigiera Attenberg en el año 2015.

Ya sea por obcecación de los directores o de una gran parte de la crítica especializada, el cine griego de los últimos años ha acabado convirtiéndose, de un modo más o menos directo, en una especie de radiografía metafórica de los devastadores efectos de la crisis económica en este país. Directores como Yorgos Lanthimos, Babis Makridis, Alexandros Avranas, Michalis Konstantatos o la misma Athina Rachel Tsangari, forman parte de esta suerte de nueva ola nihilista que analiza el despiadado comportamiento humano y, ya sea disfrazando los filmes de parábolas o bien de aparentes comedias que rozan el absurdo, están ahí para recordarnos que, si los seres humanos tienen la oportunidad de atacarse y humillarse entre ellos, raramente desperdiciarán tal coyuntura.

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Chevalier se disfraza de inofensiva comedia –como todo buen Caballo de Troya que se precie– para ofrecernos una aguda reflexión sobre nuestro persistente empeño en perpetuar los estereotipos de género y nuestra incapacidad para ser lo suficientemente buenos en una sociedad víctima de un neoliberalismo que fomenta hasta límites descabellados la competitividad entre las personas. Para ello, la directora se sirve de media docena de personajes masculinos y un crucero de placer (en efecto, en Grecia también hay ricos con tiempo y dinero para desperdiciar). Chevalier es un divertimento muy ácido, un juego aparentemente inofensivo de consecuencias imprevisibles. Durante dicho crucero, el espíritu del aburrimiento hace su aparición estelar y la forma de ahuyentarlo es, por supuesto, jugar. ¿A quién no le gusta jugar? ¿Y a qué pueden jugar seis hombres de mediana edad y buena posición social? ¿Al Trivial Pursuit? ¿Al ajedrez? ¿Al parchís? ¿O más bien a calibrar sus atributos sexuales? “El mejor en general” es el nombre del improvisado juego al que nuestros protagonistas deciden jugar. ¿El premio? Un anillo Chevalier que pasará a simbolizar la superioridad del ganador respecto al resto de sus (ejem) amigos. A partir del momento en que el juego empieza, cualquier característica o comportamiento de los participantes es susceptible de ser evaluado. ¿Qué vas a desayunar? ¿Cuántos empastes tienes? ¿Roncas cuando duermes? ¿Cuánto tiempo tardas en montar una estantería del Ikea? ¿Cantas bien? ¿Cómo tienes el colesterol? ¿Y la glucosa?

Que las relaciones competitivas se producen constantemente, no solo entre humanos sino también entre animales, es algo bien sabido por todos. La mayoría de especies compiten por el alimento, por el terreno o para conseguir aparearse con la hembra más anhelada. Lo curioso de la especie humana es que llega a ser capaz de competir sin una finalidad pragmática real más que la de satisfacer su infinita vanidad. Porque, por supuesto, ninguno de estos seis hombres se va a ver privado de alimentos si no gana el juego; pero claro, su autoestima quedará herida de modo irremediable…

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El comportamiento de los personajes a lo largo del filme provoca situaciones hilarantes. A medida que se desarrolla la trama vamos conociendo sus puntos fuertes y sus debilidades. También nos damos cuenta de que el que cuenta con más puntos para ganar es el personaje más incómodo y molesto, siendo el más simpático ante nuestros ojos el que probablemente acabe en último lugar. ¿Estamos acaso conformando una sociedad de aspirantes a macho Alfa con los que, en el fondo, resulta imposible empatizar? ¿Está dicha competitividad neoliberal castrando la libertad de elección de los individuos? ¿Hasta qué punto?

Existen arriesgadas y dolorosísimas operaciones que permiten crecer hasta 16 cms. Las operaciones de cirugía estética son frecuentes en todo el mundo, así como los implantes capilares o los tratamientos de belleza dental. La ciencia permite la extirpación de costillas con el fin de conseguir una cintura más pequeña. La televisión nos acribilla con publicidad de milagrosos productos para adelgazar. La rentabilidad de una empresa es lo más importante, y sus empleados, ante todo, han de ser productivos. Las empresas de coaching empresarial están viviendo una época dorada. Por mucho que intentemos mejorar, nunca seremos lo suficientemente buenos en nada. ¿Qué tipo de personas somos? ¿Qué tipo de personas podemos llegar a ser? ¿Qué tipo de personas queremos realmente llegar a ser?

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D’A 2014 – ‘Metalhead’ (‘Málmhaus’, Ragnar Bragason, 2013)

Caminante no hay camino, se hace camino al tocar

Uno de los elementos más destacados, por no decir el único, de la serie La cúpula (Under the Dome, basada en un libro de Stephen King) es ver cómo la dimensión espacial generada por los límites de la mencionada cúpula actúa sobre el microcosmos que se encierra en ella. Al mismo tiempo, los propios límites físicos impuestos por la trama también alimentan un cierto reduccionismo argumental y, también hay que decirlo, una ingente cantidad de trampas de guión para “franquear” esas barreras de manera que la trama pueda seguir avanzando.

En cierto modo Metalhead es una película que habla de esos límites infranqueables pero que, en contraste con los de la cúpula citada, son si cabe aún más peligrosos porque son físicamente invisibles. Sí, se trata evidentemente del entorno geográfico, una isla, con las limitaciones geográficas que conlleva, y sí, son los límites de un clima que invita al encierro y por tanto a la autolimitación introspectiva de la persona. En este sentido, los planos generales de la película remiten a ello mostrándonos grandes espacios abiertos, pero en cierto modo delimitados por la bóveda celeste, para rápidamente contrastarlos con la reclusión de una comunidad encerrada en los pequeños espacios que suponen casa, iglesia, sala de fiestas.

En el fondo la cuestión de la afición a la música metal de la protagonista no es más que el disparador hecho excusa del argumento. Un hilo conductor, bizarro e incluso divertido por el contexto en el que se emplaza, pero que no deja de ser la vía de escape al drama familiar (la muerte de un hermano) con el que se inicia la película. El heavy, la actitud de rebeldía de la protagonista, su estética incluso se presentan como un medio para un fin: liberarse de un contexto si no opresivo sí enormemente conservador y cerrado. Sin embargo Metalhead tiene la virtud de no descuidar ni obviar en ningún momento que ese medio proviene fundamentalmente de una obsesión, de un trauma mal curado por el silencio y la no aceptación de la realidad y la culpa. Por ello no se duda en ningún momento en mostrar cómo las propias barreras autoimpuestas en forma de rechazo de toda convención social pueden convertir una herramienta de liberación, el amor por la música, en el cerrojo de la propia prisión obsesiva.

Ciertamente no estamos ante una película que quiera dejar un poso dramático de gran calado, más bien y quizás peque en eso de buenista, tienda a simplificar el drama y su resolución mediante algunos brochazos facilones y previsibles. Ello no es óbice para que estos momentos queden hábilmente tapados por un humor soterrado, entrañable que por momentos remite al cine de Aki Kaurismäki en su concepción del sentimiento lacónico, frío pero profundamente humano. Un estilo que nos permite, tras una cierta dosis de extrañamiento inicial, empatizar con sus personajes a un nivel casi familiar, cariñoso en la comprensión de sus múltiples virtudes y defectos.

Todo ello conforma un estado de ánimo final en el espectador que hace de Metalhead algo muy parecido a una feel good movie. Puede que no convenza tal happy end en esta historia a ratos tan cubierta de negrura a ratos tan alejada de convencionalismos estéticos y argumentales. No obstante el objetivo del film, si no moralizante, sí tiene una importante dosis de lanzamiento de mensajes al respecto de las apariencias, las obsesiones y los traumas y cómo afrontarlos para superarlos. En este sentido Metalhead puede presumir de su diáfana capacidad de exposición y claridad en sus metas a alcanzar. Hacer sufrir, extrañar, analizar, ejemplarizar y sonreír. Nada de diferente de cualquier cuento de monstruos, princesas y caballeros andantes que, al fin y al cabo, con mayor complejidad si se quiere, es lo que acaba siendo este film.

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D’A 2014 – ‘Our Sunhi’ (‘U ri Sunhi’, Hong Sang-soo, 2013)

Escarbando en lo profundo. Conociéndose a sí mismo

Las sensaciones que transmiten las obras de Hong Sang-soo son las de una cierta comodidad, de saber exactamente dónde estamos y qué vamos a encontrar en ellas. Por eso mismo resulta equiparable la incomodidad a la hora de afrontar el texto. Porque, al fin y al cabo, ¿no estaremos escribiendo una otra y otra vez las mismas cosas sobre su cine, en un bucle que parece no tener fin?

Aunque Our Sunhi es, efectivamente, una obra plenamente sangsooniana al mantener las constantes habituales de su filmografía tanto argumental como formalmente, se aprecian dos almas conviviendo en ella. Por un lado su deriva, vista en sus últimas obras, hacia un extrañamiento contextual que sitúa sus películas fuera del tiempo y el espacio concretos. Por el otro asistimos a la recuperación de elementos de su filmografía intermedia (2004-2008) que habían sido abandonados en los últimos tiempos tales como la creación de una ubicación temporal concreta y, en lo formal, el uso reiterativo del zoom.

Efectivamente, volvemos a encontrar a unos personajes que se mueven en laberintos cíclicos de los que no pueden salir, en geometrías que no responden a un desarrollo cronológico sino a un estancamiento vital atemporal del que no pueden huir. Los protagonistas se encuentran en sucesivas ocasiones de forma aparentemente fortuita, pero la recuperación del recurso del zoom como forma de encuadre (y encarcelamiento) y la casi ausencia de otros personajes alrededor configuran un paisaje donde tales reuniones se antojan inevitables, como si estuviéramos ante los únicos habitantes del planeta Sang-soo

Volvemos pues a un cine de la inmediatez, donde todos los eventos relacionados con sus protagonistas quedan en un fuera de campo establecido en un punto inconcreto del pasado. Estamos ante seres sin pasado, e incierto futuro, cuyo día a día es lo más parecido a un “día de la marmota”. Sí, sus rituales (comer, beber, pasearse) y sus constantes repeticiones parecen ocupar jornadas enteras de, por otro lado, profesionales con un trabajo al que acudir pero del que no sabemos nada más que lo que ellos mismos nos dicen de él. Esta depuración de los tiempos queda reflejada también en los escenarios y acciones. Estamos ante una puesta en escena cada vez más desnuda y austera, menos lugares y más vacíos, prácticamente de una sobriedad y minimalismo que bordean lo irreal.

Por otro lado, vemos cómo cosas habituales en las películas de Sang-soo como el sexo, la comida y la bebida siguen apareciendo pero como actos puramente referenciales. El contacto humano es casi inexistente, el deseo un mero comentario platónico, y el acto de beber y comer es citado pero solo vemos el resultado de ello, botellas vacías, platos medio llenos y una embriaguez importante. Como si ya hubieran dejado de tener importancia como hecho y su relevancia estuviera en la consecuencia.

La figura femenina sigue siendo central, el eje gravitacional en torno al cual giran las obsesiones e inseguridades masculinas. No obstante Sunhi se nos aparece como un recipiente vacío, llenado parcialmente por la visión que cada uno de los personajes tiene sobre ella. Aunque sigue siendo el foco de atención, en esta ocasión hay un halo de inmerecimiento, de ser solo una figura idealizada, hasta casi la obsesión, incomprensiblemente. Una mera proyección de los deseos de sus pretendientes masculinos.

Our Sunhi es en definitiva un clímax y un aparente punto y seguido en la filmografía de Hong Sang-soo. Un film que se muestra como un absurdo y cómico vodevil de formas y estructuras sencillas pero que encierra tras de sí un intrincado y complejo entramado de autorreferencialidad y reflexión sobre las propias concepciones autorales del director. Hong Sang-soo firma un manifiesto programático de su manera de entender y crear una película de manera que consigue reunir a modo de síntesis todo su abanico tanto de recursos formales como de obsesiones temáticas. Es por eso mismo que podríamos calificarla como una de sus obras más redondas, al completar la difícil tarea de disfrazar complejidad con sencillez y un cierto desencanto hacia el amor con una comicidad voraz, desesperada.

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D’A 2014 (04/05/2014) – Cuando la música se detuvo, el mundo se terminó

En 1970 la banda de rock británico Led Zeppelin compone la canción Stairway to Heaven y la incluye en su cuarto álbum de estudio. Treinta años después, el videoartista Jeroen Offerman reinterpreta dicho tema y propone con The Stairway at St Paul’s una aguda reflexión sobre la polémica y controversia que generó. Durante tres meses, Offerman aprende a cantar la canción completamente del revés. Backward y forward se entremezclan y confunden, la grabación se reproduce de nuevo del revés y su estrategia se nos presenta como una suerte de espejismo sutilmente irónico. Parece que es la canción de Led Zeppelin, pero hay algo extraño. Una especie de absurda búsqueda que interfiere en la posibilidad de una interpretación objetiva.

En 1974 Stairway to Heaven fue acusada de contener mensajes satánicos cuando se reproducía del revés. Supuestamente, dichos mensajes llegan a la mente de aquel que escucha y le influyen de modo subliminal. O al menos, eso es lo que argumentaban dichas acusaciones. Cuarenta años después el peso de la leyenda todavía flota en el ambiente y muchas bandas de rock o heavy metal siguen siendo mal vistas por una gran parte de la sociedad. La música acentúa la brecha generacional y reafirma la personalidad de los adolescentes, conllevando ésta con frecuencia problemas de comunicación con sus progenitores. Pues bien, todo esto es el punto de partida de dos de las últimas películas vistas en el D’A: Metalhead (Ragnar Bragason) y Somos Mari Pepa (Samuel Kishi Leopo).

El filme de Bragason nos acerca a las frías tierras islandesas y narra la historia de la joven Hera Karlsdottir, hija de granjeros protestantes cuya vida transcurre de modo apacible e idílico. Al menos, hasta que su hermano mayor muere de forma inesperada. Tras el desgraciado accidente, Hera toma una decisión radical que transformará su vida. Al igual que hizo su hermano, ella se acercará al metal. Por eso, en un arranque de ira, decide quemar sus jerseys de punto y utilizar en su lugar las camisetas heavys y las chupas de cuero de su hermano. A partir de aquí, rabietas desaforadas, iglesias incendiadas, pagafantas resignados e incontables guiños a la historia del rock. O del heavy metal. O del death metal. O de la música en general (sí, la verdad es que esperaba que el asunto fuese un poco más riguroso a nivel musical).

Metalhead tenía todos los puntos a favor para ser algo diferente. ¿Diferente a qué? Probablemente diferente a casi todo lo demás. Por desgracia, lo pintoresco del argumento y el contraste del personaje protagonista con su entorno no son suficiente. Porque en el fondo, el film acaba sucumbiendo a mecanismos narrativos ya muy manidos, clichés perpetuados hasta la saciedad y situaciones algo forzadas que suplican la sonrisa cómplice del espectador. Un buenismo imperante y un desenlace previsible para una historia, eso sí, con algunos momentos francamente divertidos.

Y si Metalhead se acerca en cierta manera al folclorismo del heavy islandés, Somos Mari Pepa se aproxima, de un modo mucho más naturalista, al folclore del punk mexicano. Samuel Kishi Leopo realiza una película cuya gran virtud (y no lo digo con ironía) es la falta de pretensiones. Porque Somos Mari Pepa no es más que la insignificante vida de unos adolescentes mexicanos cualquiera. Que tienen sueños, que tienen esperanzas, que tienen una banda de punk, que cometen errores, que aprenden a marchas forzadas. Durante la película comprobaremos con cierta tristeza que su supervivencia como (mediocre) banda se encuentra seriamente amenazada. Básicamente porque la vida se interpone, no hace falta ningún otro impedimento. Nos queda, eso sí, el flaco consuelo de la lucha. Aunque el eterno y persistente luchador no consiga al final lo que se propone.

Sé que han quedado muchas cosas en el tintero. Una programación inabarcable y muchas cosas de las que hablar. Premio de la crítica al nuevo talento para la francesa Mouton (Marianne Pistone y Gilles Deroo, 2013), premio del público para Sobre la marxa (Jordi Morató, 2014), colas interminables para la última película de Tsai Ming-liang, entradas agotadas para la ceremonia de clausura y la proyección de 10.000 Kms (Carlos Marques-Marcet, 2014)… En fin, que resulta imposible una recapitulación exhaustiva, nada más lejos de mi intención. Pero antes de terminar sí que me gustaría hablar de algunos filmes, en concreto tres, que no deberían pasar desapercibidos entre el maremágnum de celuloide y píxeles.

Pirjo Honkasalo es una indiscutible veterana del documental, pero en Concrete Night demuestra su solvencia con el cine de ficción y dirige una amarga película sobre la juventud y la supervivencia, con una cuidada puesta en escena y una preciosista fotografía. El frío, la noche, las insuficientes palabras de significados ambiguos, los comportamientos que heredamos –queriendo o sin querer–, las posibilidades –cada vez más escasas– de escapar de un entorno hostil que ha acabado por impregnar nuestro interior. En definitiva, la deriva –en cierto modo situacionista– de un protagonista que duda ante la vida.

concrete_night

Y si hay una búsqueda indefinida en la película de Honkasalo, también la hay en Cenizas, largometraje de Carlos Balbuena que aborda el modo en que nos relacionamos con aquellos lugares que forman parte de nuestro pasado. Balbuena graba en un pequeño pueblo minero de León llamado Santa Lucía de Gordón, pero la experiencia es extrapolable a otros lugares porque su director no se refiere tanto a un espacio geográfico como a un espacio mental. Prescinde casi por completo de estrategias argumentales y propone al espectador una incursión sensitiva en las imágenes. Esas imágenes que a veces son como los recuerdos y aparecen envueltas de bruma e indefinición, que tienen su propio tempo y permanecen ajenas al resto del mundo. Esas imágenes que hacen que tu reloj interno avance un poco más despacio y quedes sumido en un leve estado de hipnosis. La nieve y el carbón, el blanco y el negro. El pasado, el presente, el silencio, la ansiedad…

cenizas

Y por último, pero no menos importante, el tiempo. Siempre el tiempo. Ese tiempo con el que también juega Miguel Gomes en el cortometraje Redemption. El director de Tabú mezcla material visual de diversos orígenes y lo articula mediante voces en off en varios idiomas. Momentos trascendentes en la vida de unos personajes cuya identidad no conoceremos hasta que lleguen los títulos de crédito del final. Con ellos, los aplausos y también las risas. Ese factor sorpresa que nos hace disfrutar –todavía más– de un entrañable y melancólico experimento del director portugués.

Redemption

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D’A 2014 (03/05/2014) – La palabra: ¿ausencia o presencia?

El penúltimo día del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona nos trajo cine de Portugal y Brasil  (entre otras cosas a las que hubo que renunciar porque el don de la omnipresencia es algo que no se tiene). Hoy hablamos de E Agora? Lembra-me y O Homem das Multidões, dos películas en las que la palabra –bien por adición, bien por sustracción– tiene un papel fundamental.

E Agora? Lembra-me

En la película de Joaquim Pinto lo personal deviene brutalmente político y el último plano, el que corresponde a los títulos de crédito del final, nos lo muestra: cientos de aves de corral hacinadas en un camión. Probablemente, de camino al matadero. Pero echemos la vista atrás 164 minutos y empecemos por el principio. Por un video diario autobiográfico de esos que tanto han proliferado en estos últimos años, desde que necesitamos fortalecer nuestros respectivos egos para sobrevivir a una sociedad neocapitalista que lo devora todo. Por eso nos hacemos selfies, los colgamos en las redes sociales y nos intentamos reafirmar en nuestra cuestionable posición. Como si lo nuestro, realmente, importase más que lo del vecino del piso de abajo. Dicho así suena despiadado, lo sé. Pero es que el terreno es peliagudo y hay que abordarlo desde el ángulo adecuado. Si no, se corre el riesgo de homogeneizar la individualidad. Y eso es un problema.

E_Agora_Lembra_Me

Por suerte, el descomunal filme de Pinto evita tópicos y clichés aunque el punto de partida sea una tanto conflictivo. Pinto, afectado por el virus del SIDA y la hepatitis C, nos muestra su vida durante un año. Su relación con la enfermedad, su relación con su pareja, su relación con sus perros, su relación con la vida. Dadas estas premisas podríamos predecir un exceso de dramatismo y lágrima fácil. Música triste de violines, gente llorando y sufriendo, enfermeras yendo y viniendo. Metáforas facilonas sobre la muerte y demás. Pero la estrategia de Pinto es muy distinta, y también muy osada. Su estrategia es la de filmar la vida y el esfuerzo por seguir viviéndola, aun a pesar de ese pequeño inconveniente que es la muerte. Y de fondo, en el salón, escuchamos las noticias. El PP llega al poder y con él los recortes. En educación, en cultura, en sanidad, y sobre todo en esperanza. ¿Lo que sigue? El ir y venir de Pinto. De un aeropuerto a otro, de una ciudad a otra, de un país a otro. Buscando desesperadamente un tratamiento, aunque sea experimental, que acabe con aquello que le está matando. Pero nuestra vida, por desgracia, no depende en exclusiva de nosotros. Y sí, el gobierno manda y dictamina. A veces echa una mano y otras (las más) toca las narices. Porque estos señores que deciden, piensan en abstracto. Porque para ellos, ese camión de aves de corral que van directas al matadero es una imagen más, tan ordinaria e intrascendente como cualquier otra. Y da igual que la instantánea muestre aves de camino al matadero o personas muriendo por culpa del virus del SIDA. Y como elemento imprescindible del film, la voz de Pinto. Esa voz que recorre todo el metraje de modo incansable y pertinaz. Enriqueciéndolo de infinitos matices y contradicciones. Impactantes y demoledoras palabras que esperemos no se lleve el viento.

O Homem das Multidões

Y en el otro extremo, el silencio casi absoluto. Ese que resulta incómodo y nos provoca una risa nerviosa. Ya de entrada, me reconozco incapaz de vislumbrar en O Homem das Multidões el germen de la historia. En el homónimo relato de Edgar Allan Poe, el narrador y protagonista sigue a un anciano y misterioso desconocido con la sospecha de que éste pueda haber cometido un asesinato. En la película de Cao Guimarães y Marcelo Gomes no existe esta tensión original. No hay persecución, no hay misterioso anciano desconocido y no amenaza la presencia de la muerte. La película narra, en cambio, la insignificante rutina de un conductor de trenes silencioso, pusilánime, e incapaz de decir que no a los demás. Juvenal tiene una vida gris, no nos vamos a engañar. Pero no pasa nada, tampoco parece que aspire a mucho más. Se contenta con hacer su trabajo, fumar un cigarro de vez en cuando y fundirse entre la multitud de Belo Horizonte. Pasar desapercibido ante los ojos de los demás del mismo modo que el protagonista de Un hombre que duerme (1967), novela de Georges Perec en la que un estudiante de sociología se acercaba voluntaria y progresivamente a la invisibilidad casi absoluta.

Y así transcurre la vida para Juvenal, día tras día, sin cambios significativos. Al menos, hasta que un buen día una compañera de trabajo le pide inesperadamente que sea padrino en su boda.

A partir de aquí los encuentros entre ambos se repiten y los silencios incómodos se prolongan, provocando en el espectador una extraña mezcla de incomodidad, compasión y empatía. Solitario él. Solitaria ella. Solitarios todos.

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D’A 2014 – ‘El futuro’ (Luís López Carrasco, 2013)

El francotirador

De aquellos polvos vienen estos lodos. Una frase que ya es un clásico para describir la causalidad de la desgracia. Siempre mirando hacia atrás es fácil analizar los cómos y los porqués de una situación. Un análisis este muy en boga, esencialmente ante la crisis a todos los niveles que ha golpeado y golpea al estado español. Lo que Luís López Carrasco propone en su película, El futuro, es precisamente lo contrario: sumergirse en el polvo, vivir in situ esos momentos donde “todo parecía que iba a ir bien” y mostrar con toda su crudeza la semilla de la destrucción posterior.

El método es simple, mostrar tal cual, sin aditivos artificiales, una fiesta cualquiera de la España de 1982. Momento de inicio de la modernidad y el progreso, como bien nos dice la voz en off de un Felipe González ganador de las elecciones generales. Una juventud que discute, habla y se relaciona a ráfagas, de la trascendencia política a la superficialidad más absoluta. Conversaciones estas entrecortadas, a veces inaudibles y casi siempre soterradas bajo la apabullante e incesante continuidad de una música definible e identificable como perteneciente a la parte mas underground de la movida madrileña.

Gente como Aviador Dro o Parálisis Permanente, entre muchos otros, no solo acompañan la fiesta sino que sirven de hilo conductor de la acción. No por casualidad la letra de las canciones se superpone, identifica o incluso parodia las conversaciones y actitudes de los presentes en la fiesta. Son letras entre el nihilismo y la desesperanza, que nos hablan de vacío existencial y náusea ante y por lo superficial, eso sí, con cierto regodeo irónico ante ello. Son canciones que funcionan como espejos, poniendo de relieve lo grotesco y absurdo de la situación.

La estructura del film, díptica con bisagra, nos muestra el ascenso de la fiesta como promesa de un futuro mejor. Promesa, claro, que funciona a base de drogas, pose de desinhibición sexual y filosofía dionisíaca cuando menos discutibles. Un panorama que contrasta con el intersticio sarcástico en forma de fotos de la España “feliz” de tiempos de Franco. Una España llena de gente sonriente y sana, adornada con el fondo musical de Aviador Dro, Nuclear Sí, que consigue que equiparemos aquello con un páramo ridículo y radioactivo.

Es en este punto cuando El futuro entra en una dinámica, especialmente subrayada en su tramo final, sobreexplicativa. Parece como si el director sintiera la necesidad de explicitar la metáfora, lo que en cierta manera supone un autocastigo personal al dudar de la potencia visual de su producto. Agujeros negros en los rostros de los protagonistas, proyecciones desenfocadas de acciones anteriormente “positivas” como la ingestión de drogas y una salida al exterior de la fiesta que refleja una ciudad actual fantasmagórica, son recursos que se antojan demasiado fáciles, por su ansiedad de despejar incógnitas sobre lo visto.

A pesar de ello, El futuro resulta un film inteligente y atrevido en su planteamiento. Cierto que su flirteo mixto entre lo experimental y el found film footage convierten a la película en un producto no ciertamente fácil de enfrentar, pero a cambio ofrece una suerte de cine social de denuncia diferente, afilado, con la neutralidad del científico que observa por el microscopio y que no juzga, solo constata. Una visión por ello tan apartidista como valiosa y necesaria.

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D’A 2014 (02/05/2014) – Historias dentro de historias dentro de historias dentro de…

El cine rumano es para mí como ese misterioso personaje que conoces en una fiesta a altas horas de la madrugada. Mantienes una interesantísima conversación con él, empatizas, tienes la sensación de conocerlo desde hace años y luego, cuando te marchas a casa, te das cuenta con decepción de que, no sólo se te ha olvidado pedirle su número de teléfono, sino que ni siquiera recuerdas su nombre. Por suerte sabes que lo volverás a encontrar en alguna otra fiesta. Por desgracia no tienes ni idea de cuándo sucederá. Pueden pasar semanas o pueden pasar años. El Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona es consciente de que esta misma situación es vivida por un buen puñado de cinéfilos y es por eso que en el 2013 decidieron dedicar su retrospectiva a los últimos diez años de cine rumano. Pues bien, uno de los directores que aparecía en esta instantánea de grupo es Corneliu Porumboiu, del que pudimos ver 12:08 Al este de Bucarest (A fost sau n-a fost?, 2006). Y como la experiencia gustó, pues repetimos este año. Porumboiu llega a las pantallas de los cines Aribau Club con When Evening Falls on Bucharest or Metabolism (Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolism), título sugerente, críptico y descriptivo (sí, todo a la vez) que esconde una historia de cine dentro del cine. Otra más.

Bucharest

El film, estructurado elegantemente en 15 planos secuencia, tiene un arranque impresionante, de esos que no veíamos en el cine desde hace mucho. Una conversación en un coche entre un director de cine y la actriz protagonista de su última película. El director explica con entusiasta didacticismo las diferencias entre lo analógico y lo digital. La actriz escucha con atención y hace preguntas. Porque ella, “de temas técnicos, no sabe mucho”. Pero lo técnico, al final, poco o nada nos importa. Porque de lo que está hablando el director (el director de la película y el director de la película que hay dentro de la película) es de otra cosa. De los límites, nada menos. “Cuando filmas en analógico, tienes como máximo 11 minutos, porque el rollo de película dura lo que dura”, le explica con tristeza. “Son una cantidad determinada de metros y se terminan, inevitablemente.” “¿Y con el digital?” “Con el digital, ese límite de los once minutos ya no está.” “Y entonces, ¿por qué no usas el digital?” le pregunta ella perpleja. La contradicción aparece y el entusiasmo del director se transforma en una cierta melancolía. Porque puede que a lo mejor, después de todo, aún haya gente que siga necesitando de los límites para seguir adelante.

A partir de aquí, las conversaciones se suceden entre los escasos personajes que van apareciendo en la película. Los largos diálogos entre director y actriz, el perfeccionismo extremo de él, las inseguridades de ella, los enésimos ensayos, los infinitos matices de interpretación, los celos y los avatares propios de un rodaje. Nada nuevo bajo el sol, lo sé. Una historia que ya nos han contado muchas veces. Pero qué diantres, los niños siempre tienen un cuento favorito que gustan de escuchar una y otra vez, ¿no?

Sin embargo, las ovaciones más entusiastas del público llegaron indudablemente con la segunda sesión de la tarde, la película Sobre la marxa, dirigida por Jordi Morató. Aunque dichos aplausos no iban sólo dedicados al director, sino que también (y sobre todo) eran para Josep Pijiula –alias Garrell–, verdadero y absoluto protagonista de la historia. Conocido como “el tarzán de Argelaguer”, este pintoresco personaje ha dedicado gran parte de su vida a la construcción amateur de edificaciones imposibles y laberintos casi infinitos en medio del bosque. Un comportamiento tan excéntrico y genuino suele traer como consecuencia la aparición inevitable de mirones, curiosos y avispados (ahí tenemos el ejemplo de la catedral realizada por Justo Gallego Martínez, protagonista de un spot publicitario de Aquarius). De gente que quiere saber qué está pasando allí, quién diantres está construyendo todo aquello. Y es así como alguien sin ningún interés por trascender a nivel social acaba siendo portada de numerosos periódicos y publicaciones. Pero a Garrell le da igual la repercusión mediática de todo aquello. Porque él lo único que quiere es hacer lo que le dé la gana. En este caso, convivir con la naturaleza “salvaje” y alejarse –en la medida de lo posible– del “hombre civilizado”. Y a pesar de que los gamberros o las autoridades atenten a su instinto constructivo y destruyan todo aquello, él, cual Sísifo pertinaz, vuelve a empezar de nuevo, desde cero y siempre sobre la marcha.

Jordi Morató ha construido con Sobre la marxa una especie de “documental homenaje” en el que una gran cantidad de material de archivo (esas películas domésticas de los años 90 grabadas por Aleix Oliveras en que Garrell se convertía en un sosias de Tarzán) nos permite echar la vista atrás para que así podamos ver al Garrell de antes y compararlo con el Garrell de ahora. Las diferencias son pocas, la persistencia constructiva es la misma.

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