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D’A Film Festival 2018 (VIII)

Novo cinema Galego, cuando las etiquetas no son eficientes

Admitámoslo, tenemos una relación de amor odio con las etiquetas. Aun a pesar de que las cuestionamos constantemente somos incapaces de dejar de utilizarlas. Conglomeramos a los directores por edad, procedencia, escuela de formación, temáticas de sus películas… Queremos pensar que los podemos ubicar en compartimentos estancos e inamovibles. Por otro lado, a veces no tenemos más remedio que darnos cuenta de que esas etiquetas a veces no encajan. Tras la proyección de Dhogs, me preguntaba qué implica que te incluyan dentro de una categoría. ¿Qué es por ejemplo el Novo Cinema Galego? La respuesta más obvia incluye a todas aquellas películas realizadas recientemente por jóvenes directores gallegos. Pero como ya supondréis, mi pregunta pretende ir un poco más allá. ¿Qué tienen en común películas como Arraianos (Eloy Enciso, 2012), Costa da Morte (Lois Patiño, 2013), Mimosas (Oliver Laxe, 2016) o las más recientes Trinta Lumes (Diana Toucedo, 2017), Dhogs (Andrés Goteira, 2017) o La estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)? Centrémonos, por no extendernos en exceso, en las dos últimas. Ambas son producciones gallegas que se han proyectado este año en el D’A Film Festival y ambas han sido realizadas con mucho esfuerzo, un equipo reducido y un escaso presupuesto. Y hasta aquí, si no me equivoco, llegan las coincidencias.

Empecemos por hablar de la más inclasificable de ambas. Podríamos (intentar) definir Dhogs, la opera prima de Andrés Goteira, como una disección en clave onírica de la violencia, ejercida con o sin motivos. Goteira nos propone un juego de espejos infinito en el que la presentación y la representación se funden y se confunden. Acompañaremos a una mujer sola en medio de la noche. Una mujer que intuimos, va a pasarlo bastante mal. ¿Es la protagonista? ¿O los protagonistas somos nosotros? ¿Se trata de una película? ¿De una obra de teatro? ¿Acaso de un videojuego? ¿Quién está decidiendo el guion (es decir; el destino de esa mujer que aparece en pantalla)? Dhogs nos puede recordar a muchas cosas, pero no se parece a nada. Los ecos a Leos Carax, David Lynch, Carlos Vermut y sí, vale, lo admito, también un poquito a Tarantino, resuenan en esta pesadilla oscura y lisérgica salpicada de humor negro. Una apuesta de riesgo para aquellos que creen que lo han visto todo.

Una melancolía increíblemente amarga impregna la opera prima de Anxos Fazáns. Con tan solo 25 años, la directora gallega adapta la novela de Manuel Jabois y lo hace de la mejor manera posible: distanciándose de ella. En La estación violenta, la joven pareja formada por Claudia y David se reencuentran con Manuel después de muchos años. Amigos de adolescencia separados por las circunstancias, como tantos otros. La película nos muestra una relación marcada por las elipsis. En ella, lo que no se cuenta es casi más importante que lo que se cuenta y la historia se recompone a base de vacíos y ausencias. El fantasma de la muerte enturbia el presente y cualquier tiempo pasado parece mejor. La literatura no es suficiente para sacar a Manuel de la espiral autodestructiva en la que ha caído, y tal vez el amor tampoco. Para Claudia y David, la felicidad es un recuerdo distante que se alejó ante la inminencia de la muerte. Las imágenes, rodadas en 16 mm, subrayan la fisicidad de unos cuerpos destinados a desaparecer, más pronto que tarde. La escena underground de Galicia sirve de telón de fondo y permite el retrato generacional de una juventud cada vez menos joven y cada vez más desencantada. La estación violenta duele, como una pequeña herida que se infecta y nunca llega a cicatrizar, pero es necesaria para recordarnos que estamos vivos.

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D’A Film Festival 2018 (VII)

 Breve elogio del cortometraje

Algunas de las mejores películas que se han podido ver en esta edición del festival duran menos de media hora. Una de ellas, ni cinco minutos. Me parece bien que las llamemos “cortometrajes”, porque lo son, porque duran poco, y eso es innegable. Lo que no me parece tan bien es que por ese motivo se las considere menores: cortas sí, pero de ninguna manera pequeñas; son películas, sin más. Hay habitualmente una  condescendencia respecto al cortometraje que resulta muy molesta e irrespetuosa, como si Lo Sguardo di Michelangelo (2004) no mereciese estar a la altura del mejor Antonioni, The Big Shave (Martin Scorsese, 1967) no fuese la película de uno de los cineastas visualmente más rabiosos y brillantes de la historia, o Miró l´altre (Pere Portabella, 1969) no hablase de Joan Miró con tanta lucidez como podría hacerlo un documental de hora y media. ¿Es que acaso no es Pla y Cancela (Elena Duque, 2018), que dura apenas 3 minutos y que desde la artesanía experimental del stop motion ofrece una visión fantasmagórica y fascinante del doloroso paso del tiempo,  una de las propuestas más interesantes que se han visto en un D´A del que hemos disfrutado hasta caer rendidos?

Por otra parte, entiendo la dificultad de encajar estas películas de metraje reducido en una parrilla en la que ya de por sí los programadores se las ven y se las desean para cuadrar los horarios de proyección de casi un centenar de obras, pero me da la impresión de que el hecho de que acaben recluidas en una sección estanca favorece la percepción de los cortometrajes como “peliculitas”. De la misma manera, creo que lanzarlas una detrás de otra, sin solución de continuidad, en una sesión de dos horas largas, dificulta enormemente el ejercicio necesario de pensarlas, de reflexionar sobre lo mucho que algunas de ellas ofrecen. Ignoro si hay posibilidad de hacerlo de otra forma, y en todo caso seguro que no es nada fácil; tampoco trato de decir que desde el festival se menosprecien estas películas o a sus directoras y directores, todo lo contrario: sé perfectamente el esfuerzo que supone incluirlas en la programación y el mimo con que se trata a cada una de ellas; pero, insisto, tal vez habría que encontrar la forma de dignificarlas un poco más. No aquí, no en el D´A, no en los festivales: en cualquier sala de proyección, en cualquier circuito de exhibición.

Ejercido el derecho a la pataleta, habría que empezar a hablar de algunas de estas películas. Gran parte de lo que más me ha interesado de este Impulso Colectivo en formato corta duración tiene que ver con la no ficción. Bohèmia, de Anna Petrus, es la excepción. Una obra delicada y sutil sobre el descubrimiento de nuevos mundos (interiores). Rodada con la calma y la precisión con la que la pintora protagonista observa y captura los paisajes que ve por primera vez, y con la fascinación y la curiosidad con la que un niño descubre el amor en esa presencia nueva que aporta una mirada distinta sobre los espacios y las rutinas que tanto conoce. Una obra de ficción, pero rigurosa a la hora de retratar paisajes, tradiciones y modos de vida.

Igualmente riguroso y con la meticulosidad a que obliga cierto tipo de cine de no ficción es el retrato del pintor Manuel Moldes que realiza Ángel Santos. Digo retrato del pintor, pero en realidad debería decir análisis de su pintura, de sus métodos, de sus espacios, de sus ritmos, de sus trazos. M. (Manuel Moldes, Pontevedra Suite 1983-1987) es una película granulosa, que traslada al cuerpo del fotograma la textura de la obra del pintor, rodada y fotografiada como un trazo de pincel. Solo vemos al pintor trabajando, pero Ángel Santos consigue convertir esa rutina en gestos emocionantes.

Y si Ángel Santos extrae emoción del movimiento repetitivo de un pincel sobre un lienzo, Ramón Lluís Bande lo consigue plantando la cámara frente a una pared. Por supuesto, no una pared cualquiera, sino una impregnada de los vestigios de un pasado terrible cuyas heridas aún no han cicatrizado. Se trata de los calabozos de Cangas del Narcea, en cuyos muros aún  se conservan algunos dibujos y escritos de los condenados a muerte durante el franquismo. Aún me quedan balas para dibujar evoca el pasado desde el presente con la sencillez y el rigor que caracterizan el cine de su director, incansable en sus luchas y fiel a sus presupuestos formales. Sabe perfectamente cuánto puede un plano fijo y vacío mirando frontalmente las ruinas de la memoria.

También Luis López Carrasco mira frontalmente al pasado y, como Bande, lo hace para cuestionarse el relato que se ha hecho. Aunque si de la película del cineasta asturiano podríamos decir que es “discreta” en su sencillez, Aliens es un vendaval. Desbordante, caótica y alucinada como la propia Tesa Arranz, figura destacadísima de lo que se conoció como La Movida, y de la que Luis López Carrasco realiza un retrato íntimo que se convierte, gracias a su incontinencia y locuacidad, pero también gracias a determinadas apuestas estéticas y formales de López Carrasco, en el análisis de unos años de los que no queda nada claro que hayamos salido indemnes.

Hay muchas formas de hacer una película política. Virginia García del Pino se sirve de la voz del filósofo Josep Maria Esquirol, que improvisa reflexiones acertadísimas a partir de las imágenes que se nos ofrecen a diario en cualquier medio de comunicación, para elaborar un discurso muy lúcido acerca del espectáculo y la farsa de la vida política y, sobre todo, de su representación. Creo que Improvisaciones de una ardilla es importante por lo que cuenta,  por su reflexión serena, pero también por la forma de contarlo, porque no hay ningún artificio (aparente) y porque deja claro desde el título (esas improvisaciones) que lo que oímos es nada más (y nada menos) que el resultado de la mirada de una persona con actitud crítica frente al presente.

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Amante por un día (Philippe Garrel, 2017)

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La hipérbole romántica

Hay historias, plasmaciones de la realidad propia de ciertos momentos vitales, que, a fuerza de ser contadas y mostradas, acaban pareciendo un cliché edulcorado. Por ejemplo, el amor tormentoso entre alumna y profesor, en el que siempre suelen acabar entrando cuestiones de ego, narcisismo y algo de pedantería intelectual. Philippe Garrel aborda en Amante por un día esta cuestión, bailando en ocasiones con esa imagen tópica del amor entre maestro y mentor, pero colocando el foco más allá -o más acá- de la atracción intelectual y el paternalismo del que se cree en una posición superior a la de su amante.

Garrel plantea la relación entre Ariane (Louise Chevillotte) y su profesor, Gilles (Eric Caravaca), desde la perspectiva pasional e irracional de un amor post-adolescente y eminentemente físico. Al binomio de los amantes, se le suma la presencia de la hija de Gilles, Jeanne (Esther Garrel), cuya amistad y complicidad con la amante de su padre la convierte en el tercer vértice de una suerte de triángulo emocional. Cada parte de la ecuación aporta una visión distinta del amor: Jeanne encarna la visión del amor romántico, intenso y eterno, que crea un vacío insufrible cuando termina, sumergiéndola en una desesperación aún más intensa. Ariane se guía por los impulsos propios de su edad, incapaz de resistirse al placer carnal por un concepto de fidelidad que le es demasiado ambiguo. Gilles, por su parte, intenta poner un punto de serenidad y madurez, desde el pragmatismo y la intención de que las infidelidades de Ariane queden en puro desahogo físico y no interfieran una relación construida sobre «algo más».

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Es, precisamente, ese «algo más» sobre lo que la película de Garrel reflexiona con más profundidad. Ese «plus» que separa una relación emocional de una física. Un elemento invisible capaz de jerarquizar encuentros amorosos. El choque de visiones entre los personajes lleva, en definitiva, a un debate sobre la fidelidad, las normas que se establecen entre una pareja, casi a modo de contrato sentimental, y las consecuencias al quebrantar dichas reglas.

Garrel aborda esta sencilla historia sobre complejas pasiones mediante unas formas que resuenan irremediablemente a la tradición del cine moderno francés —a partir de la nouvelle vague—con una gran abundancia de planos cortos que buscan captar la expresión y el rostro de los intérpretes sobre cualquier otra cosa, y con un blanco y negro que renuncia al juego expresionista de contrastes y sombras que tanto le gusta rescatar al neo-noir, apostando más por esas escenas grisáceas tan del gusto de los dramas franceses de los sesenta. Las pasiones y desencuentros de Amante por un día salen al descubierto con el uso del diálogo como principal herramienta de comunicación; una fuerte apuesta por la palabra hablada, al estilo del cine de Éric Rohmer.

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Se produce, en la película de Garrel, un encuentro con la importante tradición cinematográfica francesa, que sirve, además, para potenciar una especie de sensación de atemporalidad que casa bastante bien con la narración de unos sentimientos y situaciones que, en definitiva, parecen haberse asentado en nuestra sociedad, acompañándonos y marcándonos, como las distintas etapas de experimentación cinematográfica acompañan y marcan el avance del cine.

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D’A Film Festival 2018 (II)

Algunas notas para un extraordinario arranque de festival

El D´A comenzó para mí por todo lo alto con la película mexicana Tiempo compartido, una comedia perturbadora y una enfermiza representación del infierno. Una película inteligente, llena de diálogos brillantes, situaciones hilarantes y con mucha mala baba. Ahora que el cine mexicano triunfa en Hollywood con películas impecables pero inofensivas, resulta divertido pensar en la cara que pondrían los académicos yanquis ante esta sátira despiadada que utiliza como diana precisamente el avasallador colonialismo cultural norteamericano y su tela de araña capitalista.

La segunda película de Sebastian Hofmann comienza como una comedia familiar sobre lo que parece que serán unas vacaciones fallidas (aunque nos inquieten desde el principio la extraordinaria expresividad de algunos encuadres y de algunos momentos sonoros) para ir convirtiéndose en un infierno en el interior de un aberrante complejo turístico entre cuyas relucientes paredes se alcanzan los límites más terroríficos de esa secta llamada capitalismo, a la que le hemos concedido la gestión de nuestro tiempo, de nuestra familia, de nuestro ocio y hasta de nuestra salud mental. El cineasta mexicano parece haber tomado como referente a Don Delillo cuando consigue convertir las situaciones más cotidianas en una digresión abstracta a medio camino entre lo pintoresco y la pesadilla. Hoffman consigue, con un sorprendente y lúcido dominio de la puesta en escena, que ese paradisiaco monstruo del turismo familiar se convierta en un Cuerpo Sin Órganos que avanza asimilando organismos para formar un entramado de felicidad aparente y temporal y, sobre todo, anestesiante.

La piel, el cuerpo, la fisicidad del viento, las rocas, los pequeños objetos que conforman una memoria personal… eso es Con el viento, el debut en el largometraje de Meritxell Colell, una película sobre las texturas del recuerdo y de la pérdida y sobre cómo se negocian las relaciones familiares, siempre a partir de la cercanía y sinceridad de las miradas vidriosas. Una película íntima sobre la intimidad. Una película pequeña sobre las cosas pequeñas, las que siempre han importado aun sin saberlo, las que se inscriben en el rostro del recuerdo. Las ruinas de la memoria recuperadas a partir de planos detalle; y el viento incesante como metáfora, pero a la vez dolorosamente real, cierto, perverso en su rigor e insistencia, aunque también tremendamente liberador.

Es admirable la madurez y precisión con la que Meritxell Colell pone en escena esta historia emocionante sobre el retorno al núcleo familiar y los lugares de la infancia que arranca como un Grandieux enloquecido, diseccionando los movimientos espasmódicos de una bailarina para, poco a poco, calmarse y ofrecer una visión más serena (aunque igualmente física) del cuerpo y de la relación entre éste y todo lo que le rodea.

Otro debut sobresaliente, el de Ingrid Guardiola, que en Casa de ningú plantea una mirada emotiva y desesperanzada sobre personas, espacios y formas de vida aparcadas en un limbo, condenadas no tanto a desaparecer como a dejar existir para el sistema.

Guardiola visita dos comunidades a priori tan alejadas como una residencia de ancianos en Sant Andreu de Palomar y el pueblo minero de Ciñera, en León, prácticamente desahuciado tras el cierre de la empresa minera, para constatar que ambas se han convertido en excedentes, en deshechos, en las ruinas de un sistema capitalista brutalmente perverso que hace girar todo alrededor del trabajo y la productividad. ¿Qué ocurre cuando una persona, un colectivo, una industria pierden esa capacidad para producir? La cineasta, más que ofrecer respuestas, observa y escucha, pone la cámara y registra las voces, evitando así caer en cierto amarillismo sensacionalista que hubiese lastrado una película hermosa y terrible.

Ramón Lluís Bande lleva años enfrascado en una búsqueda a la vez política y formal (si es que pueden disociarse): la de representar cinematográficamente la memoria, la de conseguir que afloren, bajo el punto de vista único del cineasta, las capas de tiempo que se esconden bajo la apariencia primera de un paisaje que se ha politizado tanto y tan dramáticamente como el asturiano, en cuyas cunetas y en cuyos montes hay aún hoy enterradas miles de personas asesinadas. Cómo rodar esos paisajes, cómo ejecutar una mirada sobre ellos, y no una mirada cualquiera, sino la mirada de un cineasta. Esa es la pregunta que se hace Bande. Y la respuesta está llena de rigor. Su cine es personalísimo, implacable, profundamente reflexivo; pero por momentos, de alguna manera, consigue que resulte emocionante, tal vez porque es, sobre todo, justo.

Escoréu, 24 d´avientu de 1937 es la crónica (cinematográfica) de la exhumación de dos de esos cadáveres que pueblan los suelos asturianos. Bande encuentra su punto de vista a una cierta distancia de la acción, de tal manera que en su encuadre, dilatado también en el tiempo, no cabe manipulación sentimental alguna, registra cada detalle de unos hechos cargados de justicia y emotividad sin recurrir a subrayados. Si con el desenterramiento emerge el pasado, aunque con ochenta años de retraso, hay en Escoréu… una crónica paralela: la de la reconstrucción del relato de la memoria (personal y colectiva). A partir de tres entrevistas a familiares de los asesinados, van apareciendo nombres y hechos concretos de una forma estremecedora.

Solo al final, cuando el pasado ya está totalmente en la superficie y la memoria ha sido restaurada, Bande acerca la cámara al cuerpo desenterrado y mantiene el encuadre durante algunos minutos. Y debajo de esa última imagen, en ese palimpsesto que es (o que puede llegar a ser) una imagen, se esconden no solo capas de tiempo y sentido, sino, de una forma dramáticamente literal, diez mil cadáveres más.

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D’A Film Festival 2018 (I)

Culpas, convenciones, redenciones y rendiciones (Chesil Beach, First Reformed, Razzia)

En tan solo ocho ediciones, el D’A Film Festival ha conseguido convertirse en uno de los festivales de referencia a nivel nacional, consiguiendo que se hable largo y tendido de ese voluble e inaprensible concepto sobre el que tanto nos gusta reflexionar, el de cine de autor. Durante diez días, el D’A nos ofrecerá la oportunidad de ver más de un centenar de obras y prestará una especial atención a las nuevas generaciones de cineastas españoles, aquellos que realizan un cine arriesgado, muchas veces en condiciones un tanto precarias y al margen de la industria y sus etiquetas.

La sesión inaugural corrió a cargo de Chesil Beach, la opera prima del dramaturgo Dominic Cooke. El film adapta la novela homónima de Ian McEwan (encargado también del guion) y narra la relación entre Florence y Edward, una joven pareja en la Inglaterra de principios de los años 60. Como recién casados, Florence y Edward podrían tener toda una vida por delante, pero su noche de bodas en un hotel de Chesil Beach redefinirá sus destinos de un modo inesperado. En la adaptación realizada por Cooke percibimos sin duda su condición de dramaturgo, y el director logra sacar partido de las interpretaciones de Saoirse Ronan y Billie Howle, sus dos protagonistas. El filme roza con elegancia la incomodidad para realizar una crítica a las convenciones sociales que condicionan nuestras vidas: los tópicos sobre la sexualidad, los roles de género, las diferencias de clase… todo ello se desmitifica y aparece envuelto de un halo de sobriedad teñido de una cierta ironía. Se trata, en definitiva, de una película sobre la pérdida de la inocencia que, si bien se ve lastrada ligeramente por la inclusión de un final excesivamente edulcorado, reflexiona con efectividad sobre todos aquellos condicionantes sociales que nos pretenden definir el significado de la palabra amor.

Y si ya empezamos a notar la presencia de la ironía (británica y afilada) en la película de inauguración, su aparición se tornó contundente y desgarrada durante la proyección de First Reformed, última deriva psicotrópica del director Paul Schrader, que esta vez se adentra en las profundidades de la mente de un atormentado predicador de turbio pasado e incierto futuro. Schrader utiliza la figura de Toller, un antiguo capellán del ejército (interpretado magistralmente por Ethan Hawke) para realizar una contundente crítica a la religión y al neoliberalismo (inevitablemente ligados), hablándonos por el camino de la irreversibilidad del cambio climático, de la culpa, la redención y sí, también de ese amor del que tanto se habla pero que tan poco abunda. Viendo First Reformed no pude evitar pensar en Preacher, la serie de la AMC a la que tanto se asemeja a nivel temático y formal. Ambas teñidas de humor negro, ambas bastante delirantes, ambas con el telón de fondo de la América profunda, ambas protagonizadas por personajes oscuros cuyas vidas se encuentran inevitablemente condicionadas por la religión. ¿Casualidad o influencia?

Otro de los films destacables en estos primeros días de proyección ha sido Razzia, del director Nabil Ayouch. El film, ambientado en Casablanca en el año 2015, muestra la tensión presente en una atmósfera que llama a la revolución y parte de lo general para centrarse en lo personal, las historias de varios personajes que se enfrentan a una sociedad convulsa, habitada por seres plagados de contradicciones. Los personajes que protagonizan Razzia se encuentran, por qué no decirlo, fuera de lugar. Las convenciones sociales y el conservadurismo les impiden hacer uso de su libertad, y el día a día se convierte para ellos en una batalla sin descanso. ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad que parece no ser capaz de dar cabida a sus diversos y heterogéneos miembros? Esa parece ser la principal pregunta que recorre Razzia, una película que, aun a pesar de tener un claro componente de denuncia social, no renuncia en ningún momento a su cariz poético, consiguiendo un equilibrio que solo se ve ligeramente trastocado por una excesiva ambición argumental.

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