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D’A Film Festival 2019 (VI): películas destacadas

Sin ánimo alguno de ser exhaustivos ni mucho menos concluyentes o absolutistas, adjuntamos a continuación algunas de las películas más destacadas que han pasado por el D’A Film Festival 2019.

  1. An Elephant Sitting Still (Da xiang xi di er zuo, Hu Bo, China, 2018)

El Premio del Público en el D'A 2019 ha sido para la que probablemente sea una de las películas más tristes de este siglo XXI. Tal vez el suicidio de Hu Bo, su joven director, haya contribuido a crear una cierta leyenda a su alrededor, pero de lo que sí estamos seguros es que se trata de una de las operas primas más impresionantes de los últimos años.

  1. The Mountain (Rick Alverson, 2018, EEUU)

Algunos recordaréis al director norteamericano  Rick Alverson por haber dirigido películas como Entertainment (2015) o The Comedy (2011), en las que ya se intuía una cierta predilección del director por los personajes marginales y las situaciones incómodas, además de un interés por explorar los rincones más oscuros de la mente humana. En The Mountain, Alverson lleva al extremo estas premisas y construye una pesadilla gélida y aséptica cual mesa de disección, con una puesta en escena tan milimetrada como efectiva, que enfatiza de modo decisivo las interpretaciones de sus protagonistas.

  1. In Fabric (Peter Strickland, Reino Unido, 2018)

En su cuarto largometraje, el británico Peter Strickland nos ofrece una divertidísima y surrealista alucinación teñida con tintes góticos y reminiscencias al cine de terror de los años 70, formulada sin duda para aquellos que echan de menos el desparpajo de las películas de serie B que se realizaban antaño. ¿Quién ha dicho que el cine de autor ha de ser necesariamente dramático?

  1. The River (Ozen, Emir Baigazin, Kazajistán, 2018)

Con The River, el director Emir Baigazin concluye su Trilogía de Aslam, tres películas con un mismo protagonista que reflexionan con desaliento sobre la infancia y la violencia. Cinco niños viven en una cabaña en un páramo desierto, controlados por su intransigente padre, pero un buen día un suceso aparentemente nimio dará un vuelco a sus vidas. ¿Fábula minimalista de tonalidades ocres o críptica metáfora política que refleja de algún modo la convulsa historia de Kazajistán?

  1. Season of the Devil (Ang panahon ng halimaw, Lav Diaz, Filipinas, 2018)

Los que conocen el universo de Lav Diaz ya saben que la concisión no es precisamente la mayor virtud del director filipino. Pero a cambio de ese pequeño sacrificio que supone dedicar entre tres y nueve horas de tu vida frente a una pantalla de cine, Diaz te ofrece historias plagadas de intensos momentos e inolvidables secuencias, dando un gran margen de improvisación a los actores (con frecuencia, no profesionales) que aportan de este modo una gran autenticidad a sus filmes. ¿Podríamos definir Season of the Devil como un antimusical épico capaz de desmontar cualquier tópico sobre el género? El tiempo nos dirá.

  1. La portuguesa (A Portuguesa, Rita Azevedo Gomes, Portugal, 2018)

Cuenta Rita Azevedo Gomes respecto al rodaje de La Portuguesa que no tenía intención alguna de hacer un retrato fiel ni una película histórica convencional, sino hacer uso de su libertad para recrear el pasado y componer una atmósfera sugestiva que nos remitiera de algún modo a dicha época, ese momento algo indeterminado entre los siglos XVII y XVIII. Este es, probablemente, uno de los aspectos más interesantes de La Portuguesa, su innegable libertad.

  1. Largo viaje hacia la noche (Di qiu zui hou de ye wan, Bi Gan, China, 2018)

Para los que quedaron boquiabiertos en el año 2015 ante el antológico plano secuencia de Kaili Blues de 40 minutos de duración, su director, Bi Gan, regresa tres años más tarde con este Largo viaje hacia la noche y nos ofrece un nuevo salto mortal, en el que otro larguísimo plano secuencia, esta vez en 3D, culmina con melancolía y onirismo una triste historia de (des)amor.

  1. Nuestro tiempo (Carlos Reygadas, México, 2018)

Lo que empieza como un hermoso fresco naturalista de un verano cualquiera en un rancho de Tlaxcala deviene una suerte de desconcertante telenovela de autor, en la que las pasiones incontrolables de sus protagonistas (interpretados nada menos que por el propio director y su esposa) son las absolutas responsables del devenir de la historia. ¿Se trata del Reygadas más polémico? Resulta difícil opinar con unos antecedentes como Post Tenebras Lux, pero es posible que así sea.

  1. Las niñas bien (Alejandra Márquez Abella, México, 2018)

Cáustico retrato del México de los años 80 y en concreto de la clase alta, el tercer largometraje de Alejandra Gómez Abella retrata la crisis vivida por las clases más pudientes cuando, en 1982, el presidente de México José López Portillo decidió nacionalizar la banca. Gómez Abella convierte con suma pericia la comedia en tragedia (o al revés), impregnando de humor negro veladas en restaurantes de lujo y fiestas multitudinarias en lujosas mansiones.

  1. Touch Me Not (Adina Pintilie, Rumanía, 2018)

Es innegable que la polémica, justificada o no, ha acompañado desde el principio al primer largometraje de Adina Pintilie, Oso de Oro en el último Festival de Berlín. Con Touch me Not, Pintilie explora los límites entre ficción y realidad realizando un análisis del concepto de placer además de un retrato, tan contemporáneo como honesto, de lo que implican las sexualidades disidentes no normativas y la aceptación de la propia sexualidad.

  1. Carelia, internacional con monumento (Andrés Duque, España, 2019)

Las fronteras que antaño parecían delimitar el cine de ficción del documental son cada vez más etéreas y subjetivas. Películas de ficción utilizan a menudo los recursos del llamado cine documental mientras numerosos filmes de aspecto documental relatan historias que en realidad nunca sucedieron. El género se cuestiona, se reinventa, se expande, se debate y se resignifica. En su último largometraje, Andrés Duque, uno de los más representativos cineastas interesados en explorar estos límites, viaja a la frontera entre Rusia y Finlandia con la finalidad de hurgar en la historia de Carelia (lugar desconocido para la mayoría de nosotros) y en concreto, de la familia Pankratev, que aun mantiene vivos rituales ancestrales de dicha región.

  1. Ray & Liz (Richard Billingham, Reino Unido, 2018)

El fotógrafo Richard Billingham debuta con este claustrofóbico y agridulce (más agrio que dulce) filme autobiográfico que recrea su infancia y retrata la clase trabajadora de la Inglaterra de los años 80, una Inglaterra gris y deprimida en la que la vida no es más que una cuestión de supervivencia y las relaciones familiares a veces no sirven precisamente para hacerla más llevadera.

  1. Letters to Paul Morrisey (Armand Rovira, Saida Benzal, España, 2018)

Filme experimental estructurado en cinco partes que realiza un particular homenaje a Paul Morrisey, director de cine y habitual colaborador de Andy Warhol. Obra hipnótica y lisérgica plagada de referencias cinéfilas, incluida la presencia de Joe Dallessandro (colaborador habitual de Morrisey), que en este caso pone voz al segundo fragmento de la película.

  1. Ruben Brandt, coleccionista (Ruben Brandt, Collector, Milorad Krstic, Hungría, 2018)

Pequeña joya de animación que podrán disfrutar enormemente los amantes del arte y el cine. Ágil, original y divertido, el filme de Krstic se desenvuelve con extrema soltura en el terreno del thriller. Psicoterapias fallidas, robos de obras de arte, secuencias trepidantes y mucho humor hacen de esta película un memorable debut.

  1. Belmonte (Federico Veiroj, Uruguay, 2018)

En su cuarto largometraje, el director uruguayo Federico Veiroj reincide en resaltar la importancia de esas pequeñas historias que podrían pasar desapercibidas si nadie se detuviese a observarlas. Si La vida útil (2010) mostraba la melancólica subsistencia de un trabajador de la Cinemateca Uruguaya y El Apóstata (2015) la odisea de un joven cualquiera que decide apostatar, en Belmonte, Veiroj se centra en los efectos de la crisis de la mediana edad en un protagonista que lucha por conservar la esperanza aferrándose al arte, tabla de salvación que no siempre flota cuando uno lo necesita.

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D’A Film Festival 2019 (I)

Penélopes y amazonas

La portuguesa (Rita Azevedo, 2018), Las hijas del fuego (Albertina Carri, 2018)

 

En el año 1972, en un espacio artístico llamado Womanhouse y coordinado por Judy Chicago y Miriam Schapiro, la artista Faith Wilding llevó a cabo una performance titulada Waiting. En Waiting, Wilding recitaba un monólogo de modo lacónico mientras permanecía sentada en una silla. Un monólogo que, como su propio título indica, describía cronológicamente la anodina vida de una mujer, vida compuesta exclusivamente a base de esperas.

(…)
Waiting to get married
Waiting for my wedding day
Waiting for my wedding night
Waiting for sex
Waiting for him to make the first move
Waiting for him to excite me
Waiting for him to give me pleasure
(…)

La obra de Wilding se convirtió con los años en un emblema del feminismo más reivindicativo, aquel que reflexionaba de un modo crítico sobre los roles de sumisión y pasividad que han sido adjudicados a la mujer a lo largo de la historia. La mujer sin nombre de la que hablaba Wilding, esa mujer arquetipo que malgasta su vida esperando que las cosas sucedan sin poder mostrar un mínimo de iniciativa, parece haberse rebelado (que no revelado), por fin, en estos últimos años para reivindicar su espacio proporcional en el mundo y su derecho a tomar decisiones y tener representación fuera del ámbito doméstico.

Hace ya casi medio siglo de la performance de Wilding, pero podríamos decir que su contenido resulta más vigente que nunca, y prueba de ello es que dichas reflexiones sobre el rol de la mujer aparecen cada vez con más frecuencia en todo tipo de contextos, siendo el cine uno de los más representativos y con mayor visibilidad. Aunque las cifras porcentuales todavía muestran una realidad alejada de la paridad, cada vez son más las directoras que tienen la oportunidad de ofrecer(nos) su mirada, enriqueciendo un panorama cinematográfico que, poco a poco, va ganado en pluralidad (si no en lo que respecta al cine más mainstream, sí al menos en la pequeña parcela que representa el cine de autor).

La portuguesa (Rita Azevedo Gomes, 2018)

Dos de las películas mostradas durante los primeros días del DA Film Festival hablan, desde dos puntos de vista muy distintos –que no necesariamente opuestos– sobre el rol de la(s) mujer(es) a lo largo de la historia y cómo este se ha ido redefiniendo. En La portuguesa, la directora Rita Azevedo Gomes –conocida por películas como La venganza de una mujer (2012) o Correspondencias (2016)– adapta con soltura y gran sensibilidad un texto breve del escritor Robert Musil. En una Edad Media un tanto incierta y atemporal, Lord Von Ketten batalla durante más de una década contra el obispo de Trento. Mientras tanto su esposa (la portuguesa a la que da nombre el título del filme), le espera enclaustrada en un decadente palacio al norte de Italia. En La Portuguesa, los hombres se matan entre ellos mientras las mujeres matan el tiempo. Pero, más allá de integrarse en una sociedad que en realidad no parece interesarle demasiado, la misteriosa portuguesa es acusada por los rumores de hereje y de bruja, de recurrir a hechizos, de incumplir su rol de mujer pasiva. Más interesada en captar la cotidianidad íntima de la protagonista que la épica de las batallas (convenientemente elípticas mediante el uso de un acertado fuera de campo), Azevedo convierte la pantalla en un tableaux vivant y realiza su particular homenaje a la historia del arte mediante una esmerada composición de las escenas, divididas por unos deliciosamente anacrónicos interludios musicales a cargo de Ingrid Caven.

Aunque bastante distintas en su planteamiento, hay algunos elementos de La portuguesa que la emparentan con la aclamada Zama, de Lucrecia Martel: desde la sublimación de una cierta… tal vez podríamos decir "antiépica", que lleva a ambas a interesarse por los tiempos muertos y la psicología de los personajes más que por mostrar una intención historicista canónica, pasando por una suerte de minimalismo escénico repleto de connotaciones simbólicas, una melancolía que impregna todo el metraje o una reflexión subyacente sobre el tiempo, sobre la guerra, sobre el fracaso.

La portuguesa refleja, a modo de fábula de época, una serie de situaciones y comportamientos inherentes a los humanos que se repiten a lo largo de los siglos. En ella se abordan temas como la guerra, el amor, la religión, el arte, la muerte. Todo aquello, en definitiva, de lo que no podemos prescindir. "Porque algunas cosas nunca cambian, a pesar del tiempo. La milicia y el clero como lógicas que no tienen solución. Mismos trajes, mismos nombres, cargando una historia de frontera y represión." Estas palabras son pronunciadas por una de las protagonistas de Las hijas del fuego, de Albertina Carri, pero bien podrían haber servido de punto de partida para la película de Rita Azevedo ya que ambas, en el fondo, hablan de lo mismo aunque puedan parecer radicalmente distintas.

Si Azevedo se sirve del cine de época, el fuera de campo y el simbolismo para reflexionar sobre el rol de las mujeres en la historia, Carri hace lo propio con la pornografía más explícita, construyendo con Las hijas del fuego un contundente manifiesto feminista que analiza, deconstruye, destruye y reconstruye (no necesariamente en ese orden) el concepto de canon, dinamita la sexualidad normativa heteropatriarcal y reafirma la inevitabilidad, esta vez sí, de un empoderamiento total y absoluto de la mujer, de su cuerpo, su mente y sus circunstancias. Una mujer que se sabe libre y autosuficiente, que no necesita que sobre ella se proyecte la mirada de hombre alguno para sentirse realizada.

La película de Carri, eso sí, funciona mucho mejor como manifiesto (práctico, teórico, sexual, político, pornográfico, activista y feminista) que como obra fílmica. Aunque la naturalidad de las actrices y una cierta estética amateur dotan a la película de una incuestionable frescura, la acumulación de escenas un tanto repetitivas, un argumento más bien anecdótico y el escaso desarrollo de los personajes –que acaban convirtiéndose, paradójicamente, en lo que podríamos llamar clichés de la diferencia– juegan desafortunadamente en su contra, convirtiendo la película en una de sus obras más irregulares, un tanto alejada de la afilada contundencia de filmes como La rabia (2008), Géminis (2005) o Los rubios (2003), pero aun así, plenamente consciente de que son necesarios otros modos de hacer cine, de hacer feminismo, de hacer historia.

Las hijas del fuego (Albertina Carri, 2018)

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D’A Film Festival 2018 (VIII)

Novo cinema Galego, cuando las etiquetas no son eficientes

Admitámoslo, tenemos una relación de amor odio con las etiquetas. Aun a pesar de que las cuestionamos constantemente somos incapaces de dejar de utilizarlas. Conglomeramos a los directores por edad, procedencia, escuela de formación, temáticas de sus películas… Queremos pensar que los podemos ubicar en compartimentos estancos e inamovibles. Por otro lado, a veces no tenemos más remedio que darnos cuenta de que esas etiquetas a veces no encajan. Tras la proyección de Dhogs, me preguntaba qué implica que te incluyan dentro de una categoría. ¿Qué es por ejemplo el Novo Cinema Galego? La respuesta más obvia incluye a todas aquellas películas realizadas recientemente por jóvenes directores gallegos. Pero como ya supondréis, mi pregunta pretende ir un poco más allá. ¿Qué tienen en común películas como Arraianos (Eloy Enciso, 2012), Costa da Morte (Lois Patiño, 2013), Mimosas (Oliver Laxe, 2016) o las más recientes Trinta Lumes (Diana Toucedo, 2017), Dhogs (Andrés Goteira, 2017) o La estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)? Centrémonos, por no extendernos en exceso, en las dos últimas. Ambas son producciones gallegas que se han proyectado este año en el D’A Film Festival y ambas han sido realizadas con mucho esfuerzo, un equipo reducido y un escaso presupuesto. Y hasta aquí, si no me equivoco, llegan las coincidencias.

Empecemos por hablar de la más inclasificable de ambas. Podríamos (intentar) definir Dhogs, la opera prima de Andrés Goteira, como una disección en clave onírica de la violencia, ejercida con o sin motivos. Goteira nos propone un juego de espejos infinito en el que la presentación y la representación se funden y se confunden. Acompañaremos a una mujer sola en medio de la noche. Una mujer que intuimos, va a pasarlo bastante mal. ¿Es la protagonista? ¿O los protagonistas somos nosotros? ¿Se trata de una película? ¿De una obra de teatro? ¿Acaso de un videojuego? ¿Quién está decidiendo el guion (es decir; el destino de esa mujer que aparece en pantalla)? Dhogs nos puede recordar a muchas cosas, pero no se parece a nada. Los ecos a Leos Carax, David Lynch, Carlos Vermut y sí, vale, lo admito, también un poquito a Tarantino, resuenan en esta pesadilla oscura y lisérgica salpicada de humor negro. Una apuesta de riesgo para aquellos que creen que lo han visto todo.

Una melancolía increíblemente amarga impregna la opera prima de Anxos Fazáns. Con tan solo 25 años, la directora gallega adapta la novela de Manuel Jabois y lo hace de la mejor manera posible: distanciándose de ella. En La estación violenta, la joven pareja formada por Claudia y David se reencuentran con Manuel después de muchos años. Amigos de adolescencia separados por las circunstancias, como tantos otros. La película nos muestra una relación marcada por las elipsis. En ella, lo que no se cuenta es casi más importante que lo que se cuenta y la historia se recompone a base de vacíos y ausencias. El fantasma de la muerte enturbia el presente y cualquier tiempo pasado parece mejor. La literatura no es suficiente para sacar a Manuel de la espiral autodestructiva en la que ha caído, y tal vez el amor tampoco. Para Claudia y David, la felicidad es un recuerdo distante que se alejó ante la inminencia de la muerte. Las imágenes, rodadas en 16 mm, subrayan la fisicidad de unos cuerpos destinados a desaparecer, más pronto que tarde. La escena underground de Galicia sirve de telón de fondo y permite el retrato generacional de una juventud cada vez menos joven y cada vez más desencantada. La estación violenta duele, como una pequeña herida que se infecta y nunca llega a cicatrizar, pero es necesaria para recordarnos que estamos vivos.

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D’A Film Festival 2018 (VII)

 Breve elogio del cortometraje

Algunas de las mejores películas que se han podido ver en esta edición del festival duran menos de media hora. Una de ellas, ni cinco minutos. Me parece bien que las llamemos “cortometrajes”, porque lo son, porque duran poco, y eso es innegable. Lo que no me parece tan bien es que por ese motivo se las considere menores: cortas sí, pero de ninguna manera pequeñas; son películas, sin más. Hay habitualmente una  condescendencia respecto al cortometraje que resulta muy molesta e irrespetuosa, como si Lo Sguardo di Michelangelo (2004) no mereciese estar a la altura del mejor Antonioni, The Big Shave (Martin Scorsese, 1967) no fuese la película de uno de los cineastas visualmente más rabiosos y brillantes de la historia, o Miró l´altre (Pere Portabella, 1969) no hablase de Joan Miró con tanta lucidez como podría hacerlo un documental de hora y media. ¿Es que acaso no es Pla y Cancela (Elena Duque, 2018), que dura apenas 3 minutos y que desde la artesanía experimental del stop motion ofrece una visión fantasmagórica y fascinante del doloroso paso del tiempo,  una de las propuestas más interesantes que se han visto en un D´A del que hemos disfrutado hasta caer rendidos?

Por otra parte, entiendo la dificultad de encajar estas películas de metraje reducido en una parrilla en la que ya de por sí los programadores se las ven y se las desean para cuadrar los horarios de proyección de casi un centenar de obras, pero me da la impresión de que el hecho de que acaben recluidas en una sección estanca favorece la percepción de los cortometrajes como “peliculitas”. De la misma manera, creo que lanzarlas una detrás de otra, sin solución de continuidad, en una sesión de dos horas largas, dificulta enormemente el ejercicio necesario de pensarlas, de reflexionar sobre lo mucho que algunas de ellas ofrecen. Ignoro si hay posibilidad de hacerlo de otra forma, y en todo caso seguro que no es nada fácil; tampoco trato de decir que desde el festival se menosprecien estas películas o a sus directoras y directores, todo lo contrario: sé perfectamente el esfuerzo que supone incluirlas en la programación y el mimo con que se trata a cada una de ellas; pero, insisto, tal vez habría que encontrar la forma de dignificarlas un poco más. No aquí, no en el D´A, no en los festivales: en cualquier sala de proyección, en cualquier circuito de exhibición.

Ejercido el derecho a la pataleta, habría que empezar a hablar de algunas de estas películas. Gran parte de lo que más me ha interesado de este Impulso Colectivo en formato corta duración tiene que ver con la no ficción. Bohèmia, de Anna Petrus, es la excepción. Una obra delicada y sutil sobre el descubrimiento de nuevos mundos (interiores). Rodada con la calma y la precisión con la que la pintora protagonista observa y captura los paisajes que ve por primera vez, y con la fascinación y la curiosidad con la que un niño descubre el amor en esa presencia nueva que aporta una mirada distinta sobre los espacios y las rutinas que tanto conoce. Una obra de ficción, pero rigurosa a la hora de retratar paisajes, tradiciones y modos de vida.

Igualmente riguroso y con la meticulosidad a que obliga cierto tipo de cine de no ficción es el retrato del pintor Manuel Moldes que realiza Ángel Santos. Digo retrato del pintor, pero en realidad debería decir análisis de su pintura, de sus métodos, de sus espacios, de sus ritmos, de sus trazos. M. (Manuel Moldes, Pontevedra Suite 1983-1987) es una película granulosa, que traslada al cuerpo del fotograma la textura de la obra del pintor, rodada y fotografiada como un trazo de pincel. Solo vemos al pintor trabajando, pero Ángel Santos consigue convertir esa rutina en gestos emocionantes.

Y si Ángel Santos extrae emoción del movimiento repetitivo de un pincel sobre un lienzo, Ramón Lluís Bande lo consigue plantando la cámara frente a una pared. Por supuesto, no una pared cualquiera, sino una impregnada de los vestigios de un pasado terrible cuyas heridas aún no han cicatrizado. Se trata de los calabozos de Cangas del Narcea, en cuyos muros aún  se conservan algunos dibujos y escritos de los condenados a muerte durante el franquismo. Aún me quedan balas para dibujar evoca el pasado desde el presente con la sencillez y el rigor que caracterizan el cine de su director, incansable en sus luchas y fiel a sus presupuestos formales. Sabe perfectamente cuánto puede un plano fijo y vacío mirando frontalmente las ruinas de la memoria.

También Luis López Carrasco mira frontalmente al pasado y, como Bande, lo hace para cuestionarse el relato que se ha hecho. Aunque si de la película del cineasta asturiano podríamos decir que es “discreta” en su sencillez, Aliens es un vendaval. Desbordante, caótica y alucinada como la propia Tesa Arranz, figura destacadísima de lo que se conoció como La Movida, y de la que Luis López Carrasco realiza un retrato íntimo que se convierte, gracias a su incontinencia y locuacidad, pero también gracias a determinadas apuestas estéticas y formales de López Carrasco, en el análisis de unos años de los que no queda nada claro que hayamos salido indemnes.

Hay muchas formas de hacer una película política. Virginia García del Pino se sirve de la voz del filósofo Josep Maria Esquirol, que improvisa reflexiones acertadísimas a partir de las imágenes que se nos ofrecen a diario en cualquier medio de comunicación, para elaborar un discurso muy lúcido acerca del espectáculo y la farsa de la vida política y, sobre todo, de su representación. Creo que Improvisaciones de una ardilla es importante por lo que cuenta,  por su reflexión serena, pero también por la forma de contarlo, porque no hay ningún artificio (aparente) y porque deja claro desde el título (esas improvisaciones) que lo que oímos es nada más (y nada menos) que el resultado de la mirada de una persona con actitud crítica frente al presente.

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D’A Film Festival 2018 (II)

Algunas notas para un extraordinario arranque de festival

El D´A comenzó para mí por todo lo alto con la película mexicana Tiempo compartido, una comedia perturbadora y una enfermiza representación del infierno. Una película inteligente, llena de diálogos brillantes, situaciones hilarantes y con mucha mala baba. Ahora que el cine mexicano triunfa en Hollywood con películas impecables pero inofensivas, resulta divertido pensar en la cara que pondrían los académicos yanquis ante esta sátira despiadada que utiliza como diana precisamente el avasallador colonialismo cultural norteamericano y su tela de araña capitalista.

La segunda película de Sebastian Hofmann comienza como una comedia familiar sobre lo que parece que serán unas vacaciones fallidas (aunque nos inquieten desde el principio la extraordinaria expresividad de algunos encuadres y de algunos momentos sonoros) para ir convirtiéndose en un infierno en el interior de un aberrante complejo turístico entre cuyas relucientes paredes se alcanzan los límites más terroríficos de esa secta llamada capitalismo, a la que le hemos concedido la gestión de nuestro tiempo, de nuestra familia, de nuestro ocio y hasta de nuestra salud mental. El cineasta mexicano parece haber tomado como referente a Don Delillo cuando consigue convertir las situaciones más cotidianas en una digresión abstracta a medio camino entre lo pintoresco y la pesadilla. Hoffman consigue, con un sorprendente y lúcido dominio de la puesta en escena, que ese paradisiaco monstruo del turismo familiar se convierta en un Cuerpo Sin Órganos que avanza asimilando organismos para formar un entramado de felicidad aparente y temporal y, sobre todo, anestesiante.

La piel, el cuerpo, la fisicidad del viento, las rocas, los pequeños objetos que conforman una memoria personal… eso es Con el viento, el debut en el largometraje de Meritxell Colell, una película sobre las texturas del recuerdo y de la pérdida y sobre cómo se negocian las relaciones familiares, siempre a partir de la cercanía y sinceridad de las miradas vidriosas. Una película íntima sobre la intimidad. Una película pequeña sobre las cosas pequeñas, las que siempre han importado aun sin saberlo, las que se inscriben en el rostro del recuerdo. Las ruinas de la memoria recuperadas a partir de planos detalle; y el viento incesante como metáfora, pero a la vez dolorosamente real, cierto, perverso en su rigor e insistencia, aunque también tremendamente liberador.

Es admirable la madurez y precisión con la que Meritxell Colell pone en escena esta historia emocionante sobre el retorno al núcleo familiar y los lugares de la infancia que arranca como un Grandieux enloquecido, diseccionando los movimientos espasmódicos de una bailarina para, poco a poco, calmarse y ofrecer una visión más serena (aunque igualmente física) del cuerpo y de la relación entre éste y todo lo que le rodea.

Otro debut sobresaliente, el de Ingrid Guardiola, que en Casa de ningú plantea una mirada emotiva y desesperanzada sobre personas, espacios y formas de vida aparcadas en un limbo, condenadas no tanto a desaparecer como a dejar existir para el sistema.

Guardiola visita dos comunidades a priori tan alejadas como una residencia de ancianos en Sant Andreu de Palomar y el pueblo minero de Ciñera, en León, prácticamente desahuciado tras el cierre de la empresa minera, para constatar que ambas se han convertido en excedentes, en deshechos, en las ruinas de un sistema capitalista brutalmente perverso que hace girar todo alrededor del trabajo y la productividad. ¿Qué ocurre cuando una persona, un colectivo, una industria pierden esa capacidad para producir? La cineasta, más que ofrecer respuestas, observa y escucha, pone la cámara y registra las voces, evitando así caer en cierto amarillismo sensacionalista que hubiese lastrado una película hermosa y terrible.

Ramón Lluís Bande lleva años enfrascado en una búsqueda a la vez política y formal (si es que pueden disociarse): la de representar cinematográficamente la memoria, la de conseguir que afloren, bajo el punto de vista único del cineasta, las capas de tiempo que se esconden bajo la apariencia primera de un paisaje que se ha politizado tanto y tan dramáticamente como el asturiano, en cuyas cunetas y en cuyos montes hay aún hoy enterradas miles de personas asesinadas. Cómo rodar esos paisajes, cómo ejecutar una mirada sobre ellos, y no una mirada cualquiera, sino la mirada de un cineasta. Esa es la pregunta que se hace Bande. Y la respuesta está llena de rigor. Su cine es personalísimo, implacable, profundamente reflexivo; pero por momentos, de alguna manera, consigue que resulte emocionante, tal vez porque es, sobre todo, justo.

Escoréu, 24 d´avientu de 1937 es la crónica (cinematográfica) de la exhumación de dos de esos cadáveres que pueblan los suelos asturianos. Bande encuentra su punto de vista a una cierta distancia de la acción, de tal manera que en su encuadre, dilatado también en el tiempo, no cabe manipulación sentimental alguna, registra cada detalle de unos hechos cargados de justicia y emotividad sin recurrir a subrayados. Si con el desenterramiento emerge el pasado, aunque con ochenta años de retraso, hay en Escoréu… una crónica paralela: la de la reconstrucción del relato de la memoria (personal y colectiva). A partir de tres entrevistas a familiares de los asesinados, van apareciendo nombres y hechos concretos de una forma estremecedora.

Solo al final, cuando el pasado ya está totalmente en la superficie y la memoria ha sido restaurada, Bande acerca la cámara al cuerpo desenterrado y mantiene el encuadre durante algunos minutos. Y debajo de esa última imagen, en ese palimpsesto que es (o que puede llegar a ser) una imagen, se esconden no solo capas de tiempo y sentido, sino, de una forma dramáticamente literal, diez mil cadáveres más.

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D’A FILM FESTIVAL BARCELONA 2017 – Inauguración – Lady Macbeth (William Oldroyd, 2016)

La dama (no) se esconde

La tarde del jueves 28 se mostró gris y lluviosa. Parecía como si, en la caprichosa meteorología primaveral, la climatología local nos trasladara a los paisajes húmedos y tristes de la campiña inglesa victoriana, ya desde la misma cola del cine.

Y dio comienzo el D’A Film Festival Barcelona 2017 con Lady Macbeth, sorprendente (e injustamente obviada en el último festival de Donosti) ópera prima de William Oldroyd, que readapta la novela corta de Nikolái Leskov Mtsensk Lady Macbeth, de 1865, inspirada a su vez en el Macbeth de Shakespeare, y que ya había sido llevada a la pantalla por, entre otros, el gran artesano polaco Andrzej Wajda y su Siberian Lady Macbeth de 1962.

A diferencia de las versiones anteriores, Oldroyd nos traslada a la campiña británica de la época victoriana, con más sombras que luces, con una estricta obsesión por la compostura y con un enfermizo y condescendiente silencio, y nos presenta a una joven, Katherine (soberbia Florence Pugh), que se enfrenta a su matrimonio de conveniencia con airada y carismática rebeldía. Su papel como cónyuge, más allá de limitarse a simple comparsa de un joven noble que la adquiere junto a las tierras que engrosan su condado, pasa (según ella) por no doblegarse a los designios que le vienen dados por su clase social original y no callarse ante los imperativos maritales del heteropatriarcado.

El director construye una tragicomedia (ciertamente más lo primero que lo segundo) de cámara vehiculada narrativamente a través de dosificados y ocurrentes diálogos con humor de indudable sabor británico y regusto amargo, con un deje teatral difícilmente disimulable (no en vano, Oldroyd ha dirigido teatro durante diez años) y que funcionan a su vez como dardos envenenados entre sus personajes. La condición teatral de los interiores se deja ver también en su sobria y vetusta puesta en escena -incómoda por sus planos excesivamente estáticos, que ocultan por momentos el carácter impulsivo y huidizo de su protagonista femenina, finalmente desatada-, apoyada a su vez en una fotografía de claustrofóbicos y mortecinos tonos  marrones, deudora (de forma confesa) de los lienzos del pintor danés Vilhelm Hammershøi, a la postre coetáneo del autor de la obra que inspira el film, y que no deja de recordarnos a la elegante estética melancólica de las recreaciones de época en los melodramas de Terence Davies.

Algo tiene, también, de los personajes femeninos de Terence Davies, el carácter de la protagonista de Lady Macbeth que, harta de soportar la indiferencia y el desdén a la que la someten su marido y el padre de este, aprovecha una ausencia de ambos para contradecir las normas a las que se ve sometida en el día a día. Es de esta forma como abandona el encierro de la mansión para salir a pasear a la campiña y liberarse (y el espectador con ella) de la opresión de su palacio convertido en prisión. En estos paseos conocerá a Sebastian, uno de sus criados, con el que dará rienda suelta a su lujuria.

Pero a diferencia de las heroínas de Davies, que se debaten entre el amor verdadero y la conveniencia, la doble moral y el cinismo que maneja aquí la protagonista de Lady Macbeth intoxica progresivamente un relato que empieza con un enérgico y burlón mensaje de inconformismo en pro de la igualdad feminista y racial, y la superación de antiguas estructuras sociales; y que, llegado un momento en la trama (la muerte no socorrida del suegro de Katherine), inicia un punto de no retorno que convierte el film en incómodo retrato de ambición personal e individualismo de complicada postura moral, que dejaría al mismísimo Barry Lyndon como mero aficionado.

En un plano final, Katherine, sentada en su sofá de lujo, en un reposado y estático plano abierto que acaba cerrándose en su rostro, nos mira con condescendencia, tal y como lo hacía el Norman Bates de Psicosis (Hitchcock, 1960): ella es capaz de convencernos de que no haría daño ni a una mosca. Afuera, en la calle, había dejado de llover.

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Treinta y cinco cosas que recordaré del D’A 2016

Pasada ya la sexta edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona y ante la imposibilidad de hablar de todo lo que me gustaría, decido realizar un pequeño ejercicio perequiano y destacar un solo recuerdo de cada una de las películas vistas durante el festival. Ignoro si serán estos los recuerdos que más perdurarán en mi mente. Tal vez, dentro de un par de años, algunos de ellos se hayan borrado y otros permanezcan. Sea como sea, a día de hoy, estas son mis primeras remembranzas cuando la distancia temporal es todavía escasa.

Objetos y palabras

OBJETOS

Recordaré el poster de la película Boy Meets Girl de Leos Carax que aparece en la película Ahora sí, antes no, de Hong Sang–soo, y mis infructuosos intentos de establecer conexiones entre ambas. Abandoné tras el suicidio de 35 neuronas y pensé que tal vez, el director coreano la había elegido tan sólo por el título: Boy Meets Girl. Al fin y al cabo esa es la definición perfecta de muchas de sus películas, ¿no?

Recordaré las dos ollas en las que cocinaba la protagonista de Mountain y la persistente dualidad a la que se aferra la directora de la película durante todo el metraje. Recordaré el Monte de los Olivos, el cementerio judío y, sobre todo, un final tan ambiguo como demoledor.

Recordaré esa infame obra de videoarte que realiza el simpático protagonista de Nasty Baby, y el persistente empeño de numerosos directores en ridiculizar el arte contemporáneo. ¿Qué nos sucede? ¿Por qué no pueden tener el arte contemporáneo y el cine una relación más armónica? ¿Tan difícil es?

Recordaré la frase más impactante y demoledora dicha en Francofonia, el último experimento de Alexandr Sokurov: “Los museos han de estar preparados para la guerra.”

Canciones

CANCIONES

Recordaré la letra de la canción Si un Jour que escucha la protagonista de Baden Baden cuando está conduciendo ese magnífico coche que no es suyo. “Renunciar a la moulinex, convertirse en unisex…” y conducir libre y feliz a toda velocidad. Al menos, hasta que te detenga la policía.

Recordaré los escotes de vértigo que llevaba la predicadora de Mate-me por favor, sus anonadantes modelitos y su desaforado entusiasmo al cantar esas imposibles canciones religiosas de inspiración kitsch.

Recordaré el completo manual de supervivencia que ofrece El perdut y también la irrupción inesperada, dolorosa e innecesaria de la música, arruina­–clímax sin anestesia. Recordaré también cómo cocinar un jabalí. Otra cosa es que sea capaz de hacerlo, claro.

Recordaré a un par de buscadores de tesoros sin demasiado glamour en la Bulgaria contemporánea, un enorme jardín y una suerte de fábula que nos remite de algún modo a la historia del país en cuestión. Especialmente, recordaré la inclusión en la banda sonora de El tesoro del Life is life de Laibach. Un final cuanto menos sorprendente.

Indignaciones

INDIGNACIONES

Recordaré que mi nivel de irritación aumentó considerablemente cuando, al final de la película Bang Gang (Une histoire d’amour moderne), apareció esta temida frase en pantalla: “Este filme está basado en una historia real”. Y yo que pensé que no se podía ser más moralista…

Recordaré un largo listado de frases sonrojantes dignas de manual de tópica historia de amor a la francesa que aparecían en Trois souvenirs de ma jeunesse: “Nunca te olvidaré”, “¿Crees que soy hermosa?”, “Me siento un tonto cada vez que te veo.”, “¿Me llamarás?”, “¿Me escribirás?”, “¿Alguien te amó más que a la propia vida?”, “Si me necesitas, por ti iré al infierno.”, “Si tú existes, significa que no estoy preso dentro de un sueño.”, “Tu rostro contiene todo el sentido del mundo en sus trazos.”, “Tú me haces reír.”, “Estoy feliz cuando te veo.”, “No quiero que te vayas. Siento que me voy a morir.”, “Tengo miedo de perderte.” En fin, a lo mejor había ironía en el asunto y yo no lo entendí.

Recordaré la necesidad imperante del director Guy Édoin de mostrar los pechos de Monica Bellucci en la película Ville-Marie, aunque no fuese siquiera por exigencias del guión. La protagonista va al baño a lavarse la cara, para ello se quita el jersey (¡¡¡!!!) y lleva, como no, ropa interior transparente. ¿En serio era necesario?

Recordaré el continuo sufrimiento que me provocó el no saber si el perro de la familia protagonista de The Fourth Direction lograría sobrevivir entre tanta tensión. Tiros, intentos de envenenamiento, golpes… Siempre cargan con las consecuencias los que menos culpa tienen.

Interrogantes

INTERROGANTES

Recordaré el desconcierto que me provocaba el constante cambio de tono de la película Cegados por el sol y la incertidumbre respecto al personaje que interpreta Tilda Swinton. Cercana a David Bowie si atendemos a los flashbacks de los conciertos en la película, cercana a Céline Dion si nos fijamos en la portada del CD que aparece en un momento del film.

Recordaré el estupor inicial que me provocó John From, mezclado posteriormente con un reconocible sentimiento de empatía. Recordaré también mi propia adolescencia y me lamentaré de que no tuviera tanta magia como la de la protagonista del film de João Nicolau.

Recordaré la infinita curiosidad que han despertado en mí las diversas opiniones respecto a Sangue del mio sangue, película que finalmente no he tenido oportunidad de ver. “Obra maestra”, “bazofia inconmensurable”, “película inclasificable”, “extremo ejercicio de estilo”.

Recordaré las manifestaciones que se muestran en The Event, imágenes de la Rusia de 1991, la desintegración de la unión soviética, el found footage grabado por ocho personas distintas en San Petersburgo. Me recordaré a mí misma buscando la huella autoral de Loznitsa en todo esto.

Momentos

MOMENTOS

Recordaré los guiños cinéfilos de Nos parecía importante. A Godard, a Fassbinder, a Kaurismäki y a muchos otros. Guiños low cost mezclados con metacine tan surrealista como cotidiano.

Recordaré el análisis de sangre que se hacen los protagonistas de Chevalier; sin duda el momento más hilarante de la película, tan absurdo como la vida misma.

Recordaré las conversaciones telefónicas de los marineros de Dead Slow Ahead con sus esposas. El tiempo, la distancia y el vacío. Los silencios, las interferencias y los lugares comunes en las conversaciones. En definitiva, la incomunicación y el dolor.

Recordaré el mágico plano secuencia de Kaili Blues y mi piel de gallina, aun a pesar de las limitaciones técnicas. Recordaré la poesía, el valor intrínseco de los objetos y sus respectivas historias. Recordaré la importancia del tiempo y su efecto irreversible en nuestras vidas. Recordaré comprarme un molinillo de papel y colocarlo junto a la ventana, para que se mueva cuando haga viento y me recuerde que sigo viva y, por lo tanto, todavía puedo soñar.

Recordaré las persistentes reminiscencias presentes en Aloys. Tal vez un poco a Kaurismäki, pero ante todo al cine de Roy Andersson. La sombra del maestro sueco es alargada.

Tensiones

TENSIONES

Recordaré muchos silencios, pocas palabras bastante crípticas, una mujer que aparece de la nada y desaparece sin dejar rastro. Una Helada negra que estropea las cosechas. Una tensión creciente que requiere de una catarsis.

Recordaré la obsesión por el Cosplay de la protagonista de Las plantas, y también sus bailes y coreografías con canciones japonesas de fondo. Recordaré su descubrimiento de la sexualidad. Recordaré esta película como un filme iniciático y turbador.

Recordaré la inquietante ambigüedad del protagonista de La propera pell y la constante tensión que crea a su alrededor. Recordaré el caos idiomático: castellano, catalán, francés… Recordaré lo difícil que nos resulta a los seres humanos comunicarnos. Con palabras o sin ellas.

Recordaré que mi falta de instinto maternal se acentuó durante el visionado de Mi amiga del parque de modo inevitable. Sí, ya sé que el bebé no tiene la culpa de nada de lo que sucede en la película, pero…

Recordaré que mi aversión a las bodas creció un poquito más si cabe tras ver Demon, y que también entendí que la única solución viable para ciertos problemas en ciertos momentos es recurrir a la ingesta de alcohol. De más de 30º, a ser posible. Ya sabéis, si os sentáis en el próximo convite al lado de un endemoniado, tened a mano el vodka. Solo por si acaso.

Satisfacciones

SATISFACCIONES

Recordaré la verborrea incontenida de los protagonistas de Cosmos, el surrealismo elevado a la enésima potencia, el gorrión, el palito, los labios de Catherette, los ojos del protagonista y el espíritu de Wombrowicz, juguetón y autorreferencial.

Recordaré mi dolor de espalda y síndrome de la clase turista tras los 317 minutos de Happy Hour (los años no pasan en balde y yo ya empiezo a tener una edad). Pero por encima de todo recordaré la sencillez y honestidad de la película, la increíble actuación de cuatro mujeres que afirman no ser actrices profesionales y ese momento cumbre del film en el que vemos a un Salaryman llorando en plena calle. Inolvidable.

Recordaré La casa que parece abandonada, pero que no lo está. Esa casa atestada de recuerdos, de imágenes, de apariciones y metáforas. Una casa inaccesible, una historia indescifrable, un director lituano de pocas palabras y un buen puñado de momentos hipnóticos.

Recordaré la extrema fragilidad del anciano Oleg cuando habla y su desbordada energía cuando toca el piano. Recordaré las mucosas y las disonancias, los entrañables y contradictorios ataques al clasicismo y ese mágico recorrido por el pasado de alguien tan excepcional que nos cuesta creer que pueda existir.

Personajes

PERSONAJES

Recordaré al protagonista de Neon Bull y su desubicada obsesión por la moda en un entorno árido y polvoriento. Pensaré en toda esa gente que nunca ha tenido su oportunidad por el mero hecho de no nacer en el lugar adecuado en el momento preciso.

Recordaré la amarga ironía de L’ombre des femmes, su visión desencantada de las relaciones amorosas y también a Pierre, el protagonista, comiéndose una baguette en plena calle. Así, sin aceite ni nada. Pan con pan, comida de tontos. ¿Y quién no ha sido tonto alguna vez en su vida?, ¿eh?, ¿quién?

Recordaré la deriva situacionista de El rastreador de estatuas y su total ausencia de intérpretes en pantalla. Recordaré una voz en off y una serie de anécdotas que acaban por definir el inesperado destino de un viaje sin rumbo aparente.

Recordaré el inconmensurable sufrimiento de la protagonista de Sunset Song; mujer nacida para padecer, aguantar y perdurar, aunque ella misma diga constantemente que lo único que perdura es la tierra.

Recordaré la amistad incondicional de las protagonistas de Much loved. A pesar de las circunstancias adversas, a pesar de que la supervivencia se convierta en todo un reto, a pesar de que ser prostituta en Marruecos no implique en absoluto una vida idílica.

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D’A 2016 – ‘Happy Hour’ (Ryûsuke Hamaguchi, 2015)

La apreciada sutilidad del contacto humano

 317 minutos que destilan honestidad. Así podríamos definir en una sola frase la nueva película de Ryûsuke Hamaguchi. A partir de un curso de improvisación que sirvió como punto de partida de la película, Hamaguchi ha trabajado con cuatro actrices no profesionales, desarrollando en Happy Hour la historia de cuatro amigas que rondan la treintena: sus dudas, sus inseguridades, sus miedos, su vida sentimental. A priori, la duración del filme podría ahuyentar a más de uno, pero la riqueza de matices del guión y entereza de los personajes consiguen que la historia discurra con suma fluidez, sin prisa pero sin pausa, y que esos 317 minutos transcurran sin provocar extenuación alguna en el espectador.

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Hamaguchi se toma la libertad de realizar una crítica, sutil pero contundente, a la brecha de género existente en Japón (algo que, por cierto, resulta muy de agradecer en una película dirigida por un hombre). Las cuatro protagonistas de Happy Hour son víctimas de una sociedad que se debate constantemente entre la modernidad (tecnológica) y la tradición (social), que limita en extremo las funciones de las mujeres delegándolas con frecuencia al ámbito doméstico una vez han contraído matrimonio. Incluso aquellas que consiguen integrarse en el ámbito laboral no están exentas del peligro de la discriminación. Discriminación que, por otro lado, también perjudica a los hombres, que se ven obligados a aportar el sustento económico familiar y progresar constantemente en el ámbito laboral para no dar una mala imagen de su familia de puertas para afuera.

Paradójicamente, a medida que algunas sociedades se desarrollan a nivel económico el contacto físico entre las personas que las conforman se reduce drásticamente, de manera que algo que resulta habitual entre niños se convierte en una experiencia infrecuente entre adultos, casi en un tabú. Esta falta de contacto físico dificulta también las relaciones sinceras entre las personas, ya sean amigos, familiares o simples conocidos. Todo ello sumado al considerable peso que tienen los modales en la educación nipona, acaba por estructurar una sociedad basada en las apariencias y compuesta por individuos incapaces de decir lo que realmente piensan cuando existe la más mínima posibilidad de incomodar al otro interlocutor.

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A partir de estas premisas, vemos durante más de cinco horas cómo evoluciona la amistad entre las cuatro protagonistas. El transcurso supuestamente idílico de sus vidas se ve interrumpido por la posibilidad de divorcio de una de ellas y este suceso servirá para que reflexionen sobre sus vidas, su situación sentimental y las posibilidades de libertad a las que han tenido que renunciar debido a las restricciones que una sociedad tan conservadora les impone. Pero uno de los aspectos más interesantes de Happy Hour es sin duda su capacidad para hacer hincapié en todo esto sin caer en la crítica panfletaria, evitando personajes maniqueos y lugares comunes y cuidando con esmero los infinitos matices que tanto enriquecen la película.

El naturalismo del filme disecciona a la perfección una sociedad japonesa que es experta reprimiendo las emociones. No en vano, el primer referente que cita Hamaguchi es John Cassavetes, y no en vano, el inicio del film y germen del proyecto es un curso de improvisación. Porque, a pesar de haber trabajado durante la mayor parte de la película con un guión “al uso”, algunas de las escenas han sido filmadas de manera totalmente improvisada, dejando de este modo una puerta abierta a resultados inesperados. Tal vez, a esa añorada libertad que, cada una a su manera, persiguen las cuatro protagonistas de Happy Hour.

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D’A 2016 – ‘Chevalier’ (Athina Rachel Tsangari, 2015)

Y el premio a la polla más grande es para…

Lo confieso, hay una parte de mí que ha decidido titular este artículo de manera tan pintoresca para captar la atención del posible lector, lo cual no quiere decir que el título en cuestión no sea pertinente, claro. Una vez conseguido este noble objetivo, la intención subyacente –y más importante– es hablaros de Chevalier, la nueva película de Athina Rachel Tsangari un lustro después de que dirigiera Attenberg en el año 2015.

Ya sea por obcecación de los directores o de una gran parte de la crítica especializada, el cine griego de los últimos años ha acabado convirtiéndose, de un modo más o menos directo, en una especie de radiografía metafórica de los devastadores efectos de la crisis económica en este país. Directores como Yorgos Lanthimos, Babis Makridis, Alexandros Avranas, Michalis Konstantatos o la misma Athina Rachel Tsangari, forman parte de esta suerte de nueva ola nihilista que analiza el despiadado comportamiento humano y, ya sea disfrazando los filmes de parábolas o bien de aparentes comedias que rozan el absurdo, están ahí para recordarnos que, si los seres humanos tienen la oportunidad de atacarse y humillarse entre ellos, raramente desperdiciarán tal coyuntura.

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Chevalier se disfraza de inofensiva comedia –como todo buen Caballo de Troya que se precie– para ofrecernos una aguda reflexión sobre nuestro persistente empeño en perpetuar los estereotipos de género y nuestra incapacidad para ser lo suficientemente buenos en una sociedad víctima de un neoliberalismo que fomenta hasta límites descabellados la competitividad entre las personas. Para ello, la directora se sirve de media docena de personajes masculinos y un crucero de placer (en efecto, en Grecia también hay ricos con tiempo y dinero para desperdiciar). Chevalier es un divertimento muy ácido, un juego aparentemente inofensivo de consecuencias imprevisibles. Durante dicho crucero, el espíritu del aburrimiento hace su aparición estelar y la forma de ahuyentarlo es, por supuesto, jugar. ¿A quién no le gusta jugar? ¿Y a qué pueden jugar seis hombres de mediana edad y buena posición social? ¿Al Trivial Pursuit? ¿Al ajedrez? ¿Al parchís? ¿O más bien a calibrar sus atributos sexuales? “El mejor en general” es el nombre del improvisado juego al que nuestros protagonistas deciden jugar. ¿El premio? Un anillo Chevalier que pasará a simbolizar la superioridad del ganador respecto al resto de sus (ejem) amigos. A partir del momento en que el juego empieza, cualquier característica o comportamiento de los participantes es susceptible de ser evaluado. ¿Qué vas a desayunar? ¿Cuántos empastes tienes? ¿Roncas cuando duermes? ¿Cuánto tiempo tardas en montar una estantería del Ikea? ¿Cantas bien? ¿Cómo tienes el colesterol? ¿Y la glucosa?

Que las relaciones competitivas se producen constantemente, no solo entre humanos sino también entre animales, es algo bien sabido por todos. La mayoría de especies compiten por el alimento, por el terreno o para conseguir aparearse con la hembra más anhelada. Lo curioso de la especie humana es que llega a ser capaz de competir sin una finalidad pragmática real más que la de satisfacer su infinita vanidad. Porque, por supuesto, ninguno de estos seis hombres se va a ver privado de alimentos si no gana el juego; pero claro, su autoestima quedará herida de modo irremediable…

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El comportamiento de los personajes a lo largo del filme provoca situaciones hilarantes. A medida que se desarrolla la trama vamos conociendo sus puntos fuertes y sus debilidades. También nos damos cuenta de que el que cuenta con más puntos para ganar es el personaje más incómodo y molesto, siendo el más simpático ante nuestros ojos el que probablemente acabe en último lugar. ¿Estamos acaso conformando una sociedad de aspirantes a macho Alfa con los que, en el fondo, resulta imposible empatizar? ¿Está dicha competitividad neoliberal castrando la libertad de elección de los individuos? ¿Hasta qué punto?

Existen arriesgadas y dolorosísimas operaciones que permiten crecer hasta 16 cms. Las operaciones de cirugía estética son frecuentes en todo el mundo, así como los implantes capilares o los tratamientos de belleza dental. La ciencia permite la extirpación de costillas con el fin de conseguir una cintura más pequeña. La televisión nos acribilla con publicidad de milagrosos productos para adelgazar. La rentabilidad de una empresa es lo más importante, y sus empleados, ante todo, han de ser productivos. Las empresas de coaching empresarial están viviendo una época dorada. Por mucho que intentemos mejorar, nunca seremos lo suficientemente buenos en nada. ¿Qué tipo de personas somos? ¿Qué tipo de personas podemos llegar a ser? ¿Qué tipo de personas queremos realmente llegar a ser?

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D’A 2014 – ‘Metalhead’ (‘Málmhaus’, Ragnar Bragason, 2013)

Caminante no hay camino, se hace camino al tocar

Uno de los elementos más destacados, por no decir el único, de la serie La cúpula (Under the Dome, basada en un libro de Stephen King) es ver cómo la dimensión espacial generada por los límites de la mencionada cúpula actúa sobre el microcosmos que se encierra en ella. Al mismo tiempo, los propios límites físicos impuestos por la trama también alimentan un cierto reduccionismo argumental y, también hay que decirlo, una ingente cantidad de trampas de guión para “franquear” esas barreras de manera que la trama pueda seguir avanzando.

En cierto modo Metalhead es una película que habla de esos límites infranqueables pero que, en contraste con los de la cúpula citada, son si cabe aún más peligrosos porque son físicamente invisibles. Sí, se trata evidentemente del entorno geográfico, una isla, con las limitaciones geográficas que conlleva, y sí, son los límites de un clima que invita al encierro y por tanto a la autolimitación introspectiva de la persona. En este sentido, los planos generales de la película remiten a ello mostrándonos grandes espacios abiertos, pero en cierto modo delimitados por la bóveda celeste, para rápidamente contrastarlos con la reclusión de una comunidad encerrada en los pequeños espacios que suponen casa, iglesia, sala de fiestas.

En el fondo la cuestión de la afición a la música metal de la protagonista no es más que el disparador hecho excusa del argumento. Un hilo conductor, bizarro e incluso divertido por el contexto en el que se emplaza, pero que no deja de ser la vía de escape al drama familiar (la muerte de un hermano) con el que se inicia la película. El heavy, la actitud de rebeldía de la protagonista, su estética incluso se presentan como un medio para un fin: liberarse de un contexto si no opresivo sí enormemente conservador y cerrado. Sin embargo Metalhead tiene la virtud de no descuidar ni obviar en ningún momento que ese medio proviene fundamentalmente de una obsesión, de un trauma mal curado por el silencio y la no aceptación de la realidad y la culpa. Por ello no se duda en ningún momento en mostrar cómo las propias barreras autoimpuestas en forma de rechazo de toda convención social pueden convertir una herramienta de liberación, el amor por la música, en el cerrojo de la propia prisión obsesiva.

Ciertamente no estamos ante una película que quiera dejar un poso dramático de gran calado, más bien y quizás peque en eso de buenista, tienda a simplificar el drama y su resolución mediante algunos brochazos facilones y previsibles. Ello no es óbice para que estos momentos queden hábilmente tapados por un humor soterrado, entrañable que por momentos remite al cine de Aki Kaurismäki en su concepción del sentimiento lacónico, frío pero profundamente humano. Un estilo que nos permite, tras una cierta dosis de extrañamiento inicial, empatizar con sus personajes a un nivel casi familiar, cariñoso en la comprensión de sus múltiples virtudes y defectos.

Todo ello conforma un estado de ánimo final en el espectador que hace de Metalhead algo muy parecido a una feel good movie. Puede que no convenza tal happy end en esta historia a ratos tan cubierta de negrura a ratos tan alejada de convencionalismos estéticos y argumentales. No obstante el objetivo del film, si no moralizante, sí tiene una importante dosis de lanzamiento de mensajes al respecto de las apariencias, las obsesiones y los traumas y cómo afrontarlos para superarlos. En este sentido Metalhead puede presumir de su diáfana capacidad de exposición y claridad en sus metas a alcanzar. Hacer sufrir, extrañar, analizar, ejemplarizar y sonreír. Nada de diferente de cualquier cuento de monstruos, princesas y caballeros andantes que, al fin y al cabo, con mayor complejidad si se quiere, es lo que acaba siendo este film.

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