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El árbol de la sangre (Julio Medem, 2018)

Genealogía(s) del drama

Hubo un tiempo (no hace mucho) en que el cine español se podía permitir excesos narrativos y formales, arriesgando el impacto en taquilla de sus films en favor de un público ávido de propuestas diferentes e innovadoras. Y aun así el productor de turno estaba tranquilo porque sabía que la inversión de cada película tendría tarde o temprano su debido retorno económico. Incluso era precisamente ese riesgo el que atraía al público a las salas de cine. Así puede explicarse que en los años 90 la cinematografía estatal estuviera básicamente formada por cineastas en la treintena con propuestas que desafiaban al espectador a descubrir historias no solo arriesgadas en sus formas, sino también de intenso desarrollo argumental.

El caso de Julio Medem es paradigmático de esto último: historias de (des)amor al límite arrebatadas por un realismo mágico que pone en escena la mitología vasca más ancestral a través de películas con planteamientos narrativos inverosímiles y plagadas de imágenes rayanas en el surrealismo. Manierismo formal para proyectar visualmente un manierismo también conceptual, aunque por ello tuviese que rizar el rizo paulatinamente en cada nuevo proyecto, hasta convertir sus películas en laberintos dramáticos difíciles de transitar. Quizás por eso, y por el peso de su trayectoria anterior, en sus dos últimos largometrajes hasta la fecha - Habitación en Roma (2010) y Ma ma (2015) -, que rodó ya para el ámbito internacional, Medem pagó un peaje muy caro: despojarse, casi por completo, de su estilo personal en aras de ofrecer una película más convencional y, por tanto, accesible y vendible a un espectador masivo. No resultó productivo, ni para los productores ni para su público, a pesar de tratarse de dos films de impecable factura.

Su nuevo film, El árbol de la sangre, parece un (feliz) retorno al exceso narrativo y la turbia densidad emocional que halló su máximo estado de gracia con Lucía y el sexo (2001), pero que se pasó de vueltas en Caótica Ana (2007). No obstante, el brío narrativo que Medem impone al desarrollo de esta El árbol de la sangre, ya desde la primera secuencia, nos arrastra a una sucesión vertiginosa y elíptica de hechos, situaciones y personajes que solo nos concede un respiro cuando la narración en pasado cesa para volver al presente. O en sus ya consabidos planos-emblema, marca autoral del cineasta donostiarra, que él mismo bautizó en su momento como la “imagen conmovida”[1].

Lo que ocurre en este último caso es que, lo que otrora fueron ingeniosas metáforas poético-visuales que servían para remarcar narrativamente una secuencia, estado de ánimo de un personaje, o para avanzar un hecho puntual que habría de suceder más adelante en la trama, han acabado por convertirse en sus últimas películas (y la que nos ocupa no es una excepción) en mero capricho estético, en una suerte de (auto)guiño del cineasta con su espectador fiel. Y esto mismo también es extensible a ciertas líneas de diálogo, en algunas ocasiones provocador pero en otras acusadamente afectado. O a ciertos pasajes del film, en los que uno tiene la sensación de estar revisitando su filmografía previa: la insistente referencia a las vacas que pastan delante del caserío donde sucede la acción, la luna llena circunscrita en un ojo completamente abierto, o la conducción temeraria de los personajes yendo en coche.

Así las cosas, en su planteamiento inicial, el viaje de una joven pareja, Marc (Álvaro Cervantes) y Rebeca (Úrsula Corberó), al caserío vasco propiedad de su familia para reconstruir desde su verdad más absoluta (y sin ideología ni posicionamientos políticos) la cronología de sus progenitores, es la excusa de Medem para desplegar un abanico de personajes y situaciones tal, que sin llegar al barroquismo de Cien años de soledad, resulta por momentos de una coralidad desbordante. Como si se tratara de ir quitando capas de corteza al árbol del título para descubrir que su tronco familiar no esconde savia sino sangre (y semen), la historia que los protagonistas rememoran literariamente a partir de sus voces complementarias y censoras la una con la otra, cual terapia de pareja en una crisis proyectada, se remonta progresivamente en el tiempo hasta alcanzar el oscuro origen del drama que les acabará separando.

La gran capacidad narrativa del director vasco para avanzar secuencias introduciendo personajes y saltando de uno a otro sin que ninguno de ellos quede al margen de la trama y sin que la tensión dramática decaiga en ningún momento, solo se ve afectada por una grave falta de profundidad en los mismos. La rizomática estructura que plantea Julio Medem para su película en forma de árbol, a priori sugerente y estimulante, ahonda unas veces en las raíces del amor para irse en otras por las ramas del sexo.

[1] Se aconseja consultar el libro “Contra la certeza: el cine de Julio Medem” (Angulo, Jesús; Rebordinos, José Luis); J.M. Bosch Editor; Junio de 2005.

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Nuestra vida en la Borgoña (Ce qui nous lie, Cédric Klapisch, 2017)

Vino de mesa

Cada estación del año trae consigo una serie de elementos cíclicos que nos recuerdan en qué punto del calendario nos situamos. Con el otoño, vuelve el frío, los tonos pardos, los árboles sin hojas, la lluvia y, extraoficialmente, la “nueva temporada” cinematográfica, tras dejar el verano, normalmente, como época casi exclusiva para películas dirigidas al público joven. Los circuitos de festivales se reactivan y los grandes certámenes de premios comienzan a estirar su sombra sobre la producción internacional.

En este metafórico “redespertar” del cine —pues nunca se llega a dormir— vuelven algunos patrones que, al igual que los asimilados con las estaciones del año, se repiten cada equinoccio y solsticio. Por ejemplo, el cine francés vuelve a poner en escena un cierto tipo de tragicomedia de relaciones personales, atmósfera acogedora y final feliz, como esta Nuestra vida en la Borgoña, de Cédric Klapisch. 

La película de Klapisch hace suya esta concepción del tiempo como algo lineal pero cíclico, al narrar la vida de una familia propietaria de unos viñedos para los que, lógicamente, los ciclos climáticos y biológicos son esenciales; y así lo muestra desde unos bellos créditos de apertura que fusionan los diferentes momentos anuales de un mismo paisaje.

La vida de unos agricultores está marcada por los tiempos y los ritmos de la naturaleza, pero, además, la familia de Nuestra vida en la Borgoña añade otro componente de repetición de patrones al asistir a la vuelta del hermano mayor, Jean (Pio Marmaï), quien tras diez años de ausencia vuelve con la noticia de la inminente defunción de su padre. El reencuentro con su hermano Jérémie (François Civil) y su hermana Juliette (Ana Girardot) se produce al convertirse los tres en herederos de la casa familiar, la bodega y los diferentes terrenos de la familia. A partir de esta premisa, los tres personajes, especialmente Jean, tienen que readaptarse a la convivencia, a los ritmos familiares y a los tiempos del proceso de fabricación del vino.

Pese a que la cinta consta de algunos momentos de pequeñas tensiones emocionales, —principalmente propiciadas por la incomodidad del retorno del hermano mayor—, Klapisch se cuida mucho de crear un ambiente bastante fácil de habitar y que proporciona grandes dosis de tranquilidad, haciendo que la implicación emocional no sea una tarea dura sino más bien lógica. El primer punto de esta comodidad es bastante común en el cine mundial: la creación de unos personajes que se mueven en un entorno económico acomodado. Tanto es así que uno de los nudos iniciales pretende ser el de la dificultad monetaria que entraña heredar algo de ese valor y tener que afrontar el correspondiente impuesto, enredo que, cual macguffin “hitchcockiano” termina por no serlo. Nuestra vida en la Borgoña, como tantas y tantas otras, decide eliminar la cuestión de clase de la ecuación, práctica por la que, quizás, habría que escamarse.

Para la creación del resto de la atmósfera, Klapisch recurre a elementos locales de guía turística: los paisajes de la Borgoña, el romanticismo del campo, la belleza de los viñedos, el gusto por la gastronomía y, en definitiva, toda la pompa y circunstancia que rodea al universo vitivinícola.

Nuestra vida en la Borgoña es, por tanto, un trayecto agradable para el que busca un camino sin demasiadas exigencias. Una película con impecable factura técnica y un reparto que ejecuta su trabajo con gran profesionalidad. El problema es que estos elementos, por sí solos, son como un vino de mesa, de sabor agradable, pero que no aporta nada nuevo al paladar.

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Canción de Nueva York (The Only Living Boy in New York, Marc Webb, 2017)

 

Melodía sin chispa

Parece que Marc Webb ha emprendido una rápida carrera por zafarse de la etiqueta de «director de películas de superhéroes» tras su discreto paso por la franquicia de Spider-Man; y lo hace con su segundo estreno del año, cuando no han pasado aún cuatro meses de su anterior largometraje en pantallas: Un don excepcional (Gifted, 2017). Webb vuelve con esta Canción de Nueva York al drama amable que gira en torno a un enredo amoroso, si bien es cierto que, en esta ocasión, renuncia al tono cómico o tragicómico que insufló a sus otras películas de género similar - 500 días juntos - (500) Days of Summer, 2009- y la ya mencionada Un don excepcional-.

Canción de Nueva York es la historia de un chico (Callum Turner) que descubre que su padre (Pierce Brosnan) tiene una amante (Kate Beckinsale). Al implicarse en el asunto y tratar de detener el adulterio, el joven acaba por entablar una relación con la amante de su padre. Si la premisa es sencilla, el desarrollo de la misma no ahonda mucho en su complejidad. Webb se parapeta en una serie de elementos de sobra conocidos y empleados por el cine. El retrato que hace de la clase ¿media? neoyorquina es el clásico, que a casi cualquiera nos saldría a base de rebuscar tópicos: el joven recién licenciado que, en su perdición existencial, genera un rechazo hacia sus acomodados padres y huye a vivir solo a un piso «de mala muerte» en cualquiera de los barrios en inicio de gentrificación de la gran ciudad. A eso añadimos alguna cena social regada con vino, un par de visitas a galerías de arte y una total falta de problemas económicos y tenemos el arquetipo newyorker que desde Woddy Allen hasta las sitcoms ambientadas en Nueva York se han encargado de alimentar sin revisión.

El título original de la película, The Only Living Boy in New York (El único chico vivo en Nueva York), parece bastante más revelador de la intención del largometraje que su traducción en castellano. Efectivamente, parece que la pretensión es que este chico, rebelde, que discute con su padre, que tiene experiencias sexuales que incluyen infidelidad, que comienza a caminar en la vida del asalariado que vive solo; parezca algo así como el bohemio definitivo, un personaje con tanta tensión emocional que es el único que realmente siente la vida en toda su intensidad. La realidad, en cambio, es que el personaje descrito coincide con una amplia porción de la población mundial. Esta disonancia a la hora de crear un personaje que carece de la entidad pretendida es un buen síntoma para diagnosticar la totalidad de la obra: un enredo romántico con tensiones familiares que acaba quedando en una anécdota de las que, seguramente, se pueden encontrar gran cantidad de ejemplos similares con más interés o intensidad dramática.

Si Un don excepcional y, sobre todo, (500) días juntos, consiguen explorar historias de relativa sencillez y poca originalidad de una manera fresca y atractiva es, en gran parte, por el toque personal que le infiere el director; esa pizca de innovación que le es suficiente para sazonar un plato que, de otro modo, pasaría mucho más desapercibido. Ese toque es el que falta en esta Canción de Nueva York, que, paradójicamente, y de la misma manera que sucede con las dos cintas de Spider-Man dirigidas por Webb, se vuelve incómoda por acomodarse entre tópicos y lugares comunes.

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