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Mil cosas que haría por ti (Mil coses que faria per tu, Dídac Cervera, 2017)

Esfuerzo sin recompensa

El director Dídac Cervera se presenta ante el panorama cinematográfico con su primer largometraje, Mil cosas que haría por ti, una comedia que narra la historia de Dani (Peter Vives), un novio ensimismado que, tras perder el reloj de oro que le regaló su novia, Mónica (Iris Lezcano), tendrá que emprender toda una serie de peripecias más allá de lo legal y lo ético para recuperar el reloj y su relación.

La película se articula desde un primer momento como una parodia del thriller de policías y ladrones en el que un ciudadano de a pie se ve envuelto en una trama criminal. El tono paródico está resaltado hasta el exceso por caricaturas de los personajes característicos del género —los inspectores de policía, el compañero, la mafiosa, el sicario, el ladrón de joyas…— y, sobre todo, por una ruptura constante e, incluso, molesta, de la cuarta pared: tanto mediante continuas apelaciones de personajes al espectador, como mediante apelaciones entre personajes que operan en diferentes diégesis dentro de la película (por ejemplo, el personaje de una historia habla con el que narra esa misma historia).

Este juego de interpelaciones provoca una fragmentación y una autoconsciencia del relato y sus tiempos que, si bien puede ser tenido en cuenta como un buen intento en pos de la originalidad estructural y la frescura, acaba convirtiéndose en un ejercicio demasiado extenuante e infructuoso. Dicho de otro modo, el abuso de recursos llamativos acaba por dejar de llamar la atención por saturación. En esta línea de buenas intenciones sobreexplotadas se ubican la mayoría de carencias de la cinta, que recurre a un bombardeo de pretendidos momentos cómicos que apenas dan lugar a una carcajada.

Conforme se desarrolla el segundo acto y se encara el desenlace, el tono caricaturesco comienza a desdibujarse y la parodia se convierte en lo parodiado: lo que comienza bromeando o «ridiculizando» los mecanismos del género, acaba por someterse a ellos y discurrir según su lógica, convirtiendo la burla en simple visibilización. Momento a partir del cual el largometraje queda dividido en dos partes que, aunque mantienen un tono común, gestionan finalidades incompatibles.

La sensación final es más agria que dulce. Hay un auténtico acto de esfuerzo tras la producción de esta película, un duro trabajo que se traduce en la correcta realización de escenas que cualquiera que haya intentado rodar algo —más una ópera prima— entenderá como complejas: exteriores, persecuciones, escenas con varios extras, cambios de localización, etc. Todo un innegable despliegue de medios que, sin embargo, como el pez que arrastra el viejo de la novela de Hemingway, acaba llegando a la orilla solo en las espinas.

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A la vuelta de la esquina (Rosalie Blum, Julien Rappeneau, 2015)

Acósame si puedes

Vicent Machot (Kyan Khojandi) es uno de esos tipos al que la vida no le depara ningún sobresalto. Su día transcurre matemáticamente entre su puesto de trabajo, la peluquería que heredó de su padre, sus conversaciones con su primo y mejor amigo, sus cuidados a su madre (Anémone), su gato y su infructífera y terminal relación a distancia. Un día se cruza con Rosalie Blum (Noémi Lvovsky), una tendera que le genera una obsesión tan grande que empieza a seguirla allá donde va. Aude (Alice Isaaz) es la sobrina de Rosalie, una joven que ha abandonado los estudios y la relación con sus padres. Al reencontrarse con su tía, esta le cuenta que un hombre la sigue a todas partes y le pide que comience ella a seguirle también a él. Este peculiar triángulo de espionajes y obsesiones por desconocidos es A la vuelta de la esquina (Rosalie Blum), una película de Julien Rappeneau en la que se explora las relaciones entre personas cuyas vidas tediosas y monótonas acuden a la mínima señal de variación para emprender una aventura.

La estructura de la película está dividida de tal forma que las apariciones de Vincent y Aude se suceden en forma de dos capítulos en los que el segundo comienza en el mismo momento que el primero, explorando el mismo período de tiempo desde puntos de vista diferentes, por lo que el triángulo de relaciones no se configura hasta la aparición de Aude y su vinculación con Rosalie. Esta estructura, que desemboca en un segundo y tercer acto en el que se olvidan los capítulos y la diversidad de puntos de vista para que confluyan los tres personajes en una sola focalización; permite la creación de un tono inicial de incertidumbre. Casi podría decirse que la primera parte del film juega al despiste con algunos elementos de suspense. Al romperse este juego y estar todas las cartas sobre la mesa, la película evoluciona hacia una comedia romántica más tradicional, en la que el binomio “chico conoce chica” tiene un vértice añadido.

Este cambio de tono —que más bien podría considerarse como una matización del mismo, porque los tintes de comedia romántica ya los apunta desde el principio— provoca una pérdida de originalidad de la que la película ya no consigue recuperarse.[1] Intenta suplir la falta de trama con el mayor protagonismo de una serie de extravagantes y cómicos personajes secundarios (la madre de Vincent, las amigas de Aude y su compañero de piso) que, si bien aportan algún momento de sonrisa y carcajada, no hacen avanzar el relato ni lo dotan de consistencia. Quedan reducidos a alivios cómicos bastante dignos.

En el tercer acto, hay una serie de piruetas emocionales y cambios de motivación en los personajes (que no desvelaremos por conservar algo de misterio), pero que, en cualquier caso, parecen recursos forzados y algo incoherentes para poder concluir con un final determinado. La sensación es que la película pierde el rumbo en el primer punto de giro y, a partir de ahí, va improvisando y reconstruyendo giros sobre clichés con el único propósito de alcanzar una conclusión feliz, que concuerde, eso sí, con el tono amable y “mágico”[2] que desarrolla todo el film.

En definitiva, A la vuelta de la esquina (Rosalie Blum) es una película que comienza con una propuesta interesante, entretenida y original, un planteamiento que supone un juego narrativo bastante estimulante, pero al que va renunciando poco a poco durante su transcurso, en un ir de más a menos que evita que el estímulo inicial se realice completamente.

[1] Desconozco cuánto de esta planificación narrativa es heredada del cómic original de Camille Jourdy, en el que se basa el guion, por tanto, es difícil atribuir responsabilidades.

[2] Utilizando el adjetivo con el significado que se le da al referirse tópicamente a las comedias románticas (especialmente las francesas) en las que todo termina por salir bien por imposible que pueda parecer en algún momento.

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