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En busca del Óscar (Octavio Guerra, 2018)

Turismo cultural

En busca del Óscar (2018) se trata del primer largometraje documental de su autor, Octavio Guerra. La producción se centra en mostrar gran parte de la vida cotidiana de Óscar Peyrou; escritor, periodista y crítico de cine. El currículum de Peyrou como Presidente de la Asociación Española de la Prensa Cinematográfica y delegado de la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) en Madrid bastaría por sí solo para que se le dedicara un retrato, pero además se justifica por el carácter polémico del personaje. Peyrou ha sido a menudo criticado por la práctica de un peculiar método de análisis cinematográfico que, lejos de basarse en el visionado de la película a comentar, se estructura a partir de elementos como el cartel del filme o meramente su título.

Guerra huye de posiciones extremas mostrando al máximo el lado más humano de su protagonista, haciéndonos entender a través del documental las causas de este cierto desencanto con la práctica tradicional de la crítica. De hecho, la tónica habitual frente al peculiar método de Peyrou por parte de otros profesionales del sector suele ser la indignación. De este modo, aunque Guerra refleje fielmente esta postura de muchos, es capaz de mantener las distancias al conseguir plasmar el conflicto sin abogar por ninguna de las partes, dejando al espectador libre de formarse una opinión. El grueso de la polémica se sustenta en acusar a Peyrou de mentiroso, ya que su crítica no se basa en la película y estaría faltando, de algún modo, a la verdad. Realmente la reflexión sobre este problema hace plantearnos hasta qué punto somos libres para expresarnos, ya sea como espectadores o como críticos. Inevitablemente, en toda crítica o pensamiento a posteriori existe un punto de fantasía propio del filtro aplicado por el sujeto que ve la obra, ya que la total objetividad no existe. Teniendo todo ello en cuenta depende de cada cual decidir los métodos de crítica que considera válidos o no, aunque claramente; o al menos en la teoría, puede existir un sistema de análisis diferente para cada autor.

La especial manera de Octavio Guerra para mostrar el tiempo constituye una de las características más interesantes de la propuesta. Percibimos una juxtaposición de escenas de corta duración cuyo punto en común consiste en destacar la soledad de Peyrou; así como constatar la repetición de situaciones vividas: viajes de un aeropuerto a otro, comparecencias en diferentes festivales, comidas solitarias en hoteles, ocasionalmente conversaciones con amigos. Esta concatenación de actos, gestos u objetos que rodean al protagonista consiguen de manera eficaz condensar lo que sería su existir cotidiano, creando una cierta complicidad con el espectador. En una primera lectura intuimos no poco sentido del humor en la manera de actuar de nuestro protagonista, cuya ironía no hace más que paliar las carencias emocionales que Guerra ha querido mostrar sutilmente a lo largo del metraje.

Precisamente la idea de viaje es un concepto que tiene mucha fuerza en el documental, ya que compartimos parte del viaje vital de Peyrou en paralelo a sus viajes reales de Festival en Festival. El crítico se mostrará más interesando en charlar con desconocidos o en recorrer los monumentos de los países visitados que en ver las películas. Paralelamente, poco a poco vamos completando datos de su biografía, llegando a comprender el origen de su soledad. Tras la pérdida de su esposa, en primer lugar por un divorcio y de manera definitiva tras su trágico fallecimiento, Peyrou inicia una nueva etapa de su vida marcada por el individualismo y una cierta nostalgia de su juventud, asociada a su Buenos Aires natal. Para comprender algo más profundamente a la persona/personaje resulta especialmente reveladora la escena en la que conversa con su hermano, dejando claro cómo su desencanto por la imposibilidad de hacer la Revolución le ha conducido a sentirse a gusto incomodando a la mayoría de su entorno. A todo ello se une la progresiva pérdida de visión sufrida por el crítico, lo que le lleva a refugiarse en solitarios visionados de obras audiovisuales en su portátil. Sin embargo, intuimos en todo momento la gran pasión que siente por el cine. Y se revela tan intensa como el hastío que muestra en relación al circuito de exhibición habitual de este arte para el sector profesional. De este modo, En busca del Óscar constituye una suerte de vanitas alrededor de lo que entendemos como práctica de la crítica cinematográfica, tan entrelazada a su experiencia vital que acaba resultando el motor principal de ésta.

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D’A 2013 (01/05/2013) – Mentiras piadosas

Cómo radiografiar a un camaleón (‘The Imposter’, Bart Layton, 2012)

La obra de Bart Layton, desarrollada en el terreno del documental para televisión, siempre ha fijado su mirada en cuestiones antropológicas identitarias: las diferencias entre adolescentes nacidos el día de la caída del Muro de Berlín, la experiencia negativa de viajeros en cárceles extranjeras, o la transformación de Colin Farrell para interpretar a Alejandro el Grande (2004) en la película de Oliver Stone del mismo título. Todos estos elementos confluyen de forma agraciada en The Imposter. Haciéndose eco del caso real de Frédéric Bourdin, francés de origen argelino que en la segunda mitad de la década de 1990 suplantó la identidad de cientos de personas, entre ellas adolescentes desaparecidos de todo el mundo, Bart Layton teje este soberbio documental sobre la frágil línea que diferencia nuestra verdadera personalidad de la identidad física, es decir, sobre el fondo y la forma o, lo que es lo mismo: realidad y ficción. Un servidor confiesa calificar esta pieza como documental porque así lo hace de forma oficial el propio creador, pero cabe advertir que estamos ante un producto de tal potencial narrativo que cualquier intento de catalogación se ve rápidamente desbordado. Con un inicio que, llegado un punto clave, se rebobina y vuelve a un momento anterior para variar ligeramente su desarrollo, el director inglés preludia la gran historia de mentira(s) que estamos a punto de ver. Si el también personaje real Frank Abagnale Jr. que Steven Spielberg retrató en Atrápame si puedes (Catch Me If You Can, 2002) se mostraba en dicho film como un héroe burlón, elegante y sofisticado que falsificaba cheques, la visión que nos da Layton sobre su camaleónico protagonista dista mucho de cualquier imagen glamurosa de Hollywood. Aquí se transmite en todo momento un extraño sentimiento dual que nos hace ver al fugitivo como un individuo indefenso y, a la vez, un elucubrador perturbado. De hecho, la atmósfera del film podría pertenecer al terror más actual, privilegiando la estética del documento real. La puesta en escena de Layton combina las declaraciones de Bourdin, donde explica con milimétrico detalle la psicología con que procedió en la forma en que urdió su plan de fuga, con las explicaciones de los diferentes investigadores que se encargaron del caso y las de varios miembros de la familia que lo acogió. Junto a esto, recreaciones ficcionales de todo el caso. Si bien no se puede otorgar a Layton el mérito en la originalidad de la historia, sí cabe reconocerle el hecho de haberse atrevido a convertirla en cine: confeccionar una compleja trama, manejar los tiempos narrativos y la tonalidad dramática (dosificando así los distintos géneros que emergen), una factura visual soberbia (con una tétrica y asfixiante ambientación) y un montaje ágil e impecable, dando forma a un conjunto de intensidad tal que mantiene atrapado al espectador durante sus 90 minutos de metraje.

Cómo engañar a la historia del cine ('Los ilusos', Jonás Trueba, 2013)

Tras Todas las canciones hablan de mí (2010), un relato introspectivo con fuertes vínculos con el cine español de los 80, auspiciado por nuestra industria en la figura de un veterano como Gerardo Herrero, Jonás Trueba vuelve aquí a adoptar la estructura episódica de aquél para contarnos una historia de amor en fuga a través de la creación, en este caso cinematográfica. En Los ilusos Trueba se atreve con un ejercicio de mise en abyme a través de una tramposa historia de personas enamoradas por y del cine. Trueba conforma el mismo patrón que en el film anterior: conversaciones íntimas entre lo cotidiano y lo esencial, relaciones sentimentales de vaivén y un trasfondo melancólico plagado de referencias culturales. En su puesta en escena podríamos reconocer desde el Nobuhiro Suwa de H/Story (2001) hasta el Pedro Costa de Ne change rien (2009) (aunque lo más romántico sea imaginar el rastro de la Nouvelle Vague), sin que ello sea necesariamente un inconveniente. Se trata, en definitiva, de un ejercicio de libertad, riesgo y amor al cine de (su) autor, dedicado a aquellos ilusos que, como los que han hecho posible esta película, aún creen en su poder redentor.

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