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‘Aita’ (José María de Orbe, 2010)

DVD "Edición de Lujo" - Karma Films & Eddie Saeta

Aita, de José María de Orbe, es el retrato de dos gestos: el de abrir y el de ver. Se abre una casa deshabitada y de repente, todo son cuadros. Llenos de luz o ahogados en lo oscuro. Una casa repleta de pantallas, umbrales, espacios que funcionan, antes que virtuosos trompe l’oeil, como dispositivos de visión. Primero vemos desde el exterior: las ventanas ciegas del Palacio de Murguía, ubicado en Astigarriaga, cubiertas por las persianas de madera vetusta, ahogadas por los matorrales de enredaderas. Más adelante, desde  el interior será el guarda del caserón, el guía, quien comience a abrir una a una las ventanas, permitiendo que la luz entre y esculpa los objetos y rincones con los que se topa. Y veamos que todo son cuadros.

“Siempre, ante la imagen, estamos ante el tiempo”, afirma Georges Didi-Huberman en las primeras palabras de Ante el tiempo. Y continua: “Como el pobre ignorante del relato de Kafka, estamos ante la imagen como Ante la ley: como ante el marco de una puerta abierta. Ella no nos oculta nada, bastaría con entrar, su luz casi nos ciega, nos controla. Su misma apertura -y no menciono al guardia- nos detiene: mirarla es desearla, es esperar, es estar ante el tiempo.

Marco de una puerta abierta por donde entra la luz del tiempo. Así comienza Aita: todo repleto de cuadros. En éstos se aprecian desde las luces vermeerianas a la pureza geométrica de Rothko. Al pintor estadounidense se ha referido en ocasiones el cineasta como una de sus influencias. Sin embargo, a diferencia de Rothko, aquí no nos encontramos con un objeto reducido a su forma, a su figuración más esencial, sino que en esa búsqueda geométrica en el plano hace acto de presencia lo orgánico, una vez más, del paso del tiempo. Plantas, hierbajos, enredaderas que deforman la geometría con su barroquismo, transforman la nada que en su día propuso Rothko como un espejo de la muerte en algo más material y plástico. No tenemos de frente el vacío, ni tan siquiera la muerte, aunque en ambos acontecimientos se cimienta el corpus del relato. Más bien, el caserón ejerce de sarcófago y al mismo tiempo de receptáculo de la memoria. Así lo confirma la voz narrativa que guía Aita, carta al hijo, el corolario del filme que acompaña la presente edición en DVD (ver la ficha). La casa se habita; vacía se convierte en una tumba. Y en ese gesto de ser abierta, por supuesto, aparecerán los fantasmas del pasado.

“La historia va lenta, va lenta por aquí”, dice el cura, quien también recuerda algo sobre los huesos de muertos que han estado desenterrando un grupo de arqueólogos. El mismo Orbe actúa como tal poniendo en marcha el largometraje, desenterrando y proyectando en esas pantallas que ofrecen las paredes del Palacio fragmentos de películas seminales del cine vasco. Las vemos primero durante pocos instantes, como fogonazos espectrales, y estas visiones hacen recordar las palabras, inquietas, previas del guarda: “Donde miro, todo es luz”, le confiesa minutos antes al cura.

Donde se mira, todo es luz, pero también todo es sonido. El sacerdote explica asimismo una historia sobre que lo último que se muere en los vivos es el sentido del oído. Y ahí está el sonido de la lluvia, goteras, pájaros, pasos… Una banda sonora que, como las manchas de humedad de las paredes, remite al tiempo, a las huellas de la naturaleza, al trajín histórico, público y privado, del que ha sido testigo el caserón. Una historia no exenta de odio y guerras a los que han permanecido incólumes, pero no inmunes, los muros del viejo palacio. “He visto traficar con el dolor ajeno”, se confiesa en Aita, carta al hijo. Y los siguientes planos, añaden un elemento rojo, sutil pero conmovedor, en su composición.

Aita, en definitiva, no sólo se rinde a lo sublime plástico (confiemos en nuevos proyectos comunes del tándem Orbe-Gimferrer), sino que en esa insistencia por el cuadro, la composición, el color, en fin, lo básico de cualquier arte visual (o audiovisual, como es el caso), consigue hacernos ver cómo la materia recoge la historia para, de alguna manera, transmitirla años, siglos, tiempo después. Pese a haber sido algo maltratada en la cartelera patria, su reciente edición en DVD permite recuperarla y disfrutarla, aunque sea en pequeña pantalla. Aita, sin embargo, requiere una sala oscura por su precisión con la imagen y cualquiera con cierta sensibilidad debería sentir ciertos remordimientos por verla en la pequeña pantalla. La edición se dice de lujo, pero más bien se trata de una edición especial que incluye el cortometraje Aita, carta del hijo, y un libreto que a modo de cuaderno de notas del cineasta enseña algunas de las particularidades técnicas de la película, además de un texto de Carlos F. Heredero, Misterios de la materia viva, y otro del propio Orbe, Aita, temor y fascinación. Se echa de menos más material extra, más detalles de la traslación de su formato original al digital, etc., pero su sola edición en DVD ya de por sí es una inmejorable noticia.

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