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La fábrica de nada (Pedro Pinho, 2017)

En estas últimas décadas, el cine portugués ha demostrado estar a la vanguardia de un cine social que ha sabido aprovechar las facilidades que brindan las nuevas tecnologías para conjugar sus temáticas comprometidas con propuestas visuales imaginativas y creativas. Esta conexión atípica entre cine social y estéticas innovadoras es también debida a nuevas formas de organización más transversales y flexibles en sus procesos de producción cinematográfica. Un ejemplo claro de ello es la participación del propio director de La fábrica de nada en el diseño de producción de este film.

La fábrica de nada nos explica cómo, en plena noche, los empleados de una factoría de ascensores de Portugal descubren que la cúpula directiva de su propia empresa está sacando la maquinaria a escondidas con el fin de cerrar la fábrica. Mientras empiezan los procesos de despido (a cambio de una mísera retribución después de décadas de trabajo dedicado) los empleados deciden amotinarse en la fábrica y emprender una reivindicación por sus derechos sin saber cuál va a ser el resultado de su lucha.

La fábrica de nada, ganadora del Giraldillo de Oro en la última edición del Festival de Sevilla, nos descubre un cine que de alguna manera exigía su sitio. La productora Terratrema Films, que nace en 2008 en Portugal con una vocación colaborativa entre distintos realizadores y que busca que las necesidades de cada película determinen su modo de producción, trata de mostrarnos en este film de tres horas de duración los cambios en los procesos de producción y organización empresarial actuales producto de esta etapa de transición que nace con la crisis económica y el cambio social y tecnológico. A medida que avanza la película podemos ver cómo la situación de estos trabajadores vive una evolución inesperada: de empleados rasos a desempleados y, finalmente, empresarios involuntarios dueños de una fábrica con exportaciones internacionales.

Pedro Pinho (director de otros documentales como son Bab Sebta, 2008, Um fim do mundo, 2013 y As Cidades e as Trocas, 2014) nos muestra un film híbrido que transita de manera natural y perfectamente entrelazada entre el cine social, el documental y el musical. Una de las imágenes más llamativas del film nos muestra el pueblo en el que viven los empleados con la fábrica que emerge de él como si se tratara del campanario de una iglesia. La fábrica humeante aparece sobre los tejados como símbolo a partir del cuál se han organizado los pueblos y ciudades occidentales desde las colonias industriales hasta la actualidad. La fábrica de nada trata de reflexionar entorno a una etapa de transición hacia un postcapitalismo ya presente y en donde afloran las perversiones del capitalismo ya caduco. Aborda esta etapa de transición entre una época que parece terminar y otra que comienza y que trae consigo el contraste entre las olas de despido despiadadas y las nuevas formas de organización que se alejan de la globalización para acercarse a un modelo de autogestión comunitaria y local.

Nos hallamos, por lo tanto, ante un film político, no solo en su contendido sino también en su forma. Como si siguiera los postulados del Grupo Dziga Vertov, en el que Jean-Luc Godard reivinidicaba que el cine político había que hacerlo políticamente, el film de Pedro Pihno desjerarquiza las imágenes del film igual que los trabajadores deconstruyen la jerarquía capitalista en que se organiza la fábrica.

Esta descontextualización formal de las imágenes se aprecia en su narrativa cambiante que afecta a todos los elementos que conforman la puesta en escena, desde interpretaciones que parecen improvisadas y que se entremezclan con entrevistas mirando a cámara con un evidente tono documental, hasta la forma en la que los obreros se reapropian de la maquinaria y del espacio, convirtiendo la fábrica en un espacio de recreo. De igual modo, escenas musicales a modo coral en los escenarios de la fábrica de ascensores encumbran irónicamente la figura  rasa del obrero a la altura de una gran estrella del star system.

La fábrica de nada, por lo tanto, mantiene los postulados de un cine político no solo en su contenido y en su estructura de producción cinematográfica, sino también en su forma,  en su proceso creativo y su narrativa.  Podemos decir, más que nunca en este caso, que la estética se ha convertido en una ética.

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Las mil y una noches: Volumen 1, El Inquieto; Volumen 2, El desolado; Volumen 3, El embelesado (Miguel Gomes, 2015)

Las mil y una fugas de Miguel Gomes

Al principio el arte del puzzle parece un arte breve, un arte de poca entidad, contenido todo él en una elemental enseñanza de la Gestalttheorie: el objeto considerado ­–ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera– no es una suma de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento separado de las partes que lo componen (…)

Georges Perec, La vida instrucciones de uso

 As-Mil-e-Uma-Noites

Decido escribir este artículo durante la jornada de reflexión previa a las elecciones generales. Pero no me malinterpretéis, no es que no me tome en serio esto de reflexionar, más bien todo lo contrario. Hay quien lo hace en el bar de la esquina, café o cerveza mediante; los hay que reflexionan cuando, cual flaneurs situacionistas, vagan sin rumbo por las calles de la ciudad; algunos lo hacemos mediante la escritura, mediante el arte, mediante la música; otros prefieren hacerlo en el supermercado o en la sala de espera del dentista, muchos son partidarios de hacerlo en la ducha o mientras friegan los platos y, por supuesto, siempre hay quienes prefieren no reflexionar demasiado, por si las moscas, no sea que les entren dudas trascendentales y tengan que reestructurar su mundo de nuevo. Pero no estamos aquí para juzgar a nadie. O bueno, tal vez sí.

Sé que cuando este texto aparezca online ya estará la suerte echada y se habrán decidido un buen puñado de cosas en este país. O al menos, se habrá decidido quién las decidirá. O tal vez no. Tal vez empecemos a vivir nuestro particular día de la marmota y tengamos que repetir este proceso electoral unas cuántas veces más hasta que una parte de la población acabe por gritar mucho más fuerte que otra y entonces, en ese preciso momento, suceda algo. La verdad es que no lo sé, mucho me temo que hoy me he levantado especialmente predispuesta a dudar por todo.

Si hay una sensación que puede recorrer al espectador español durante el visionado de la trilogía de Miguel Gomes es la de cierta familiaridad. Amarga, afligida y desencantada, pero familiaridad al fin y al cabo. La consabida sensación de que lo que estamos viendo se parece –tal vez incluso demasiado– a lo que estamos viviendo. Las desventuras de los protagonistas de esta particular reinterpretación de Las mil y una noches se asemejan sospechosamente a las que están sufriendo nuestros familiares, amigos, conocidos y vecinos; y sí, también a las que estamos sufriendo nosotros mismos. Víctimas en mayor o menor grado de la recesión, de la corrupción, de la avaricia de unos cuantos y el abuso de poder de algunos otros. Víctimas de las decisiones tomadas por el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional, víctimas de un neoliberalismo económico que carga sin piedad contra los más débiles, víctimas de las constantes privatizaciones que debilitan irremediablemente la sanidad y educación públicas, víctimas de las reformas laborales que recortan cada vez más los derechos de los trabajadores, víctimas de…

En poco más de cinco años, algunos países hemos desgastado ya el significado de la palabra crisis. De tanto usarla y repetirla. En público y en privado, de forma oral y por escrito, en discursos protocolarios y en charlas informales, en voz baja y a grito pelado, desde la serenidad y desde la exaltación, desde la impotencia y desde el empoderamiento (o al menos, el intento de empoderamiento). Países como España, Grecia y Portugal se han visto obligados a aceptarla como dolorosa parte de su rutina y cotidianidad. El juego de azar (o no tanto) de unos cuantos ha decidido el maltrecho destino de una mayoría, y a esto hemos convenido en llamarle crisis. Crisis de la que, por supuesto, no todo el mundo ha salido malparado.

El riesgo más evidente que corría Miguel Gomes al dirigir este monumental filme (¡381 minutos, nada menos!) en tres partes sobre la crisis que corroe Portugal era, sin duda, caer en la sobreexplicación de intencionalidad didáctica y el maniqueísmo panfletario; cosa que por suerte ha logrado evitar con indudable ingenio, saludable buen humor y fugas oníricas por doquier.

Los primeros minutos de metraje nos dan algunas pistas sobre el posterior tono del filme y las intenciones de su director. Gomes aparece en pantalla, nos habla directamente, parece ser que no es su intención esconderse del espectador. Bueno, al menos hasta que echa a correr despavorido, abandonando la filmación y dejando a Sheherezade con la responsabilidad de entretener al sanguinario Rey mediante el sofisticado arte del storytelling. Pero antes de huir de su propia película, el director hace una reveladoras declaraciones: “Creí que podría hacer una bonita película, llena de momentos maravillosos y seductores. Al mismo tiempo, creí que la película podía seguir durante un año la miserable situación actual de Portugal. Cualquiera de estas dos películas puede hacerse, pero es imposible hacer las dos al mismo tiempo.”

Gomes es bien consciente de lo temerario de su propuesta, considera incluso que sus pretensiones son algo irrealizable, pero aun así lo intenta e incluso lo consigue. Los momentos maravillosos de los que habla surgen de esa mezcla imposible entre elementos oníricos y rutinas cotidianas, entre el cine fantástico y el documental, entre los momentos más cómicos y los más dramáticos. Surgen de entre los innumerables recovecos que alberga la infinita narración. Las miserias que azotan a nuestro país vecino dan pie a un sinfín de crónicas, algunas más metafóricas y otras más directas. Animales que hablan, trabajadores en paro, genios del aire, parejas melancólicas y competitivos pinzoneros son sólo algunos de los protagonistas de este descomunal fresco del presente lusitano. As mil e una noites se compone como un puzzle inmenso y juguetón cuyas piezas son matryoshkas. Las incalculables combinaciones narrativas que contiene demuestran, una vez más, que el todo es mucho más que la suma de las partes; y el sabor amargo que nos podría dejar una crónica de la situación política, social y económica de un Portugal que se tambalea, se transforma, gracias al poder de la ficción, en una esperanza resistente e inextinguible, como el fuego provocado por el Napalm.

 

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IndieLisboa 2012 – Día 4 (30/04/2012)

Las herencias del cine portugués en el IndieLisboa

El cine portugués vuelve a destacarse en el IndieLisboa en las competiciones de cortos y largometrajes. El sábado tuvo lugar la segunda proyección del cortometraje de João Salaviza que ganó el Oso de Oro este año en Berlín, Rafa. En la sección competitiva de los cortos nacionales, Salaviza ha presentado su película anterior, Cerro Negro, hecha por encargo de la Fundación Calouste Gulbenkian para su programa “Próximo Futuro”, un período de exposiciones, debates y ciclos de cine y teatro sobre las relaciones de Occidente con los “nuevos mundos” de África y América del Sur, presencias también determinantes en el nuevo mapa demográfico de Portugal. En su corto, Salaviza construye el retrato de una pareja de ciudadanos brasileños en Portugal divididos por un tema recurrente en su obra: la prisión, o las fronteras físicas en la vida que se imponen entre la libertad de los hombres. Dividido en dos partes –el trayecto de Anajara para visitar a su encarcelado novio Allison y los pasos de éste entre los muros de la cárcel–, Salaviza sigue a sus personajes para relativizar la sensación de encierro. O sea, dentro de las rutas cerradas de sus figuras, encontramos, en la dirección de Salaviza, una forma libre de mirar sus acciones y construir sus historias. En suma, el espacio en su cine, a pesar de encuadrarse en una cierta asfixia social, nos muestra formas de vida que viven libremente gracias a las posibilidades de su ficción. Una mirada que Salaviza seguramente ha aprendido de las películas de un gran director como Abbas Kiarostami.

En los largometrajes, Catarina Ruivo ha traído a las pantallas del IndieLisboa a una figura esencial del pasado cinematográfico portugués: Pedro Hestnes. El actor, que falleció el año pasado, fue el rostro principal del cine portugués de los años 80 y 90, años de oro formados por historias de inocencia y por un país que podía finalmente vivir la libertad en sus relaciones personales y al afrontar su pasado. Hestnes, dulce y poético en su expresión, fue también un personaje misterioso de nuestro cine, apareciendo de forma más esporádica en años recientes, sobre todo para un circuito que prefiere invertir en producciones televisivas o películas que se inspiran en su forma de trabajo. Ruivo (n. 1971), directora de tres películas, ha escrito Em Segunda Mão para su actor y amigo, creando la historia de un escritor de novelas de serie B que nunca ha recuperado el éxito de sus inicios, rechazado del reconocimiento público y de la atención mediática. Hestnes, símbolo de una juventud y de los años de inocencia de un país, surge con un personaje envejecido y gastado, propio de un hombre que no está bien en el mundo de los otros. Pero encuentra aquí una historia de amor sensible que traduce su universo, a pesar de ser desigual en el ritmo. Pero los desequilibrios de una película no eclipsan un justo homenaje a un actor que traía poesía al cotidiano portugués y viceversa.

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DocLisboa 2011: IX Festival Internacional de Cinema

Aromas de Lisboa: peixe, bacalhau y frango grelhado

Estar en el DocLisboa y no hablar del documental portugués visto y oído estos días, es como entrar en una pastelería y no probar bocado. La visión general, exceptuando las sensaciones agridulces de los cortometrajes, es luminosa, con un buen puñado de cintas de hondo calado. A Arca do Éden de Marcelo Félix es, desde mi punto de vista, un muy buen trabajo de texturas fílmicas, consiguiendo con el material y los recursos utilizados una atmósfera más que interesante. Es un canto a la naturaleza en forma de poema visual, una película fraccionada, no lineal –el off se expresa claramente en este sentido, y el producto final es una obra bella. Por tanto una buena película que utiliza nuestra unidad semántica: la imagen, notablemente y su capacidad simbólica como corresponde y sin estridencias. La banda sonora resalta la intención visual, y no encontramos un exceso en la música –de hecho ni nos acordamos de ella, luego en mi opinión, bien utilizada. No es un film que explica el estado del planeta, la sostenibilidad que nos compromete; no explica, simplemente procura emocionar y lo consigue.

Desde una visión mucho más identitaria sobre lo portugués, dos muy inteligentes formas de expresarlo. É na Terra Não é na Lua, de Gonçalo Tocha, plantea una pregunta… ¿De dónde soy? Corvo es un pequeño pueblo de las islas Açores, un lugar en medio de ninguna parte. En medio del Océano, que no es continente, que no es europeo, o sí, o que es portugués o no, pero que está aquí, en la Tierra como un islandés (dícese en castellano de los oriundos de Iceland –Islandia–), es decir la identidad de un outsider geográfico. No hay mucho material sobre las islas, la película recoge historias de vida, testimonios sin ninguna intención narrativa, simplemente de constatación de estar aquí, que en este pueblo casi incomunicado hay gente… hay proyectos y hay poesía. Una identidad parecida a la portuguesa –parecido no quiere decir lo mismo– pero al fin y al cabo esencial de lo portugués: atlántica. 30.000 anos de Maya Rosa es otro film que se mueve en la frontera entre lo identitario, lo irónico y la pregunta existencial humana por naturaleza: ¿qué hago aquí? En el Valle del Côa en el norte de Portugal se han encontrado restos de pinturas rupestres con más de 30.000 años de antigüedad. Este es el hecho que plantea una catarata de preguntas humanas. De repente los vecinos de la comarca se convierten en sabios que revisan los anhelos de la humanidad, la consciencia de ser humanos, el pasado y el futuro.

A Nossa Forma de Vida de Pedro Filipe Marques es uno de los platos especiales en esta selección. Una película inteligente y por lo tanto esencial. Una cinta repleta de ironía y luz, como la que ilumina las estancias de esa casa, la que habitan hace casi cuarenta años una  maravillosa pareja de ancianos en una octava planta, de una torre levantada en la desembocadura del Duero. Él, Armando, comunista y proletario, ella, María Fernanda, consumista y capitalista. Objetos de culto: el televisor y una caja de música donde suena la internacional. Armando en sus ratos libres arregla “cosas” y escribe poesías. Fernanda mira la televisión y hace la colada. Ambos se relajan contemplando el maravilloso estuario del río, unas fantásticas vistas que serán sus estampas crepusculares. Dos percepciones del mundo en un matrimonio, dos visiones del mundo en un edificio ya viejo pero aún confortable, eso es lo que ha conseguido transmitir la cinta: un acuerdo de hecho en un espacio mínimo. Los diálogos, sus pensamientos sobre los problemas del mundo, parlamentos frente al televisor, o escuchando la radio. Dos personas, dos mundos y el mismo mundo, el que habitamos. ¿Esta forma de vida acabará? ¿No hay espacio para dos sistemas distintos? Sólo un matrimonio de pensionistas lo sabe.

Orquestra Geração de Filipa Reis y João Miller es un seguimiento que recoge en documental el proyecto de educación a través de orquestas musicales que se aplica en Portugal. Adolescentes con distintas problemáticas son incluidos dentro de las artes musicales como medio de socialización y desarrollo. Una película de concienciación y sensibilidad social.  En la vertiente de cortometrajes, el retrato social y testimonios de vida abundan, hago hincapié en el corto Tio Rui de Mário Macedo y la más que interesante Água Fria de Pedro Neves. Una vieja costumbre portuguesa en la romería de São Bartolomeu do Mar, el bautizo de niños en las aguas heladas del Atlántico, sirve al director para desarrollar una inteligente crítica sobre los sueños no materializados, como jarros de agua fría. Una visión global de una sociedad, la portuguesa, que parece estar abocada a la tragedia. Ese baño de agua fría, sumado al peso de la religión, parece una historia antigua, pero el tratamiento fílmico y el transfondo que destila la película la convierten en un buen trabajo contemporáneo.

Yama No Anata

Ser buena persona, ¿qué es? Creo que sentimiento y sabiduría para agradecer y mitigar el dolor. Eso quiero pensar, al fin y al cabo nos tenemos que aferrar a algo, no todo vale y tus acciones tarde o temprano se convertirán en consecuencias, y creo que la consecuencia más clara de ello es la relación con la belleza, con sentir y hacer cosas bellas. La realizadora Aya Koretzky con su película Yama No Anata ha conseguido llevar a cabo una película buena, y no es buena porque esté bien realizada, que lo está, es buena por la consideración de la primera premisa: creo que es buena persona.

Este bello relato de momentos en que pregunta a su padre y su madre: ¿Por qué vinimos desde Japón a vivir a Portugal? ¿Cuándo conociste a mamá? ¿Por qué compramos esta casa en el campo? Una revisión de su vida y la de sus padres, de las cosas que pasaron, de la abuela, del amigo que murió con 13 años, de la naturaleza. En síntesis de cosas pequeñas, que son las más grandes. Una autobiografía de tres personas: Aya y sus padres y las personas que pasaron y dejaron algo, debió ser importante, porque se recordó aquí, en esta obra. Los materiales con los que se realiza la película y su solución fílmica, su tratamiento, logran completar un trabajo pleno, un collage donde fotografía, grabaciones en VHS, sonido, alta definición, cualquier recurso que contenga un gramo de sentimiento vale, es necesario gracias a la coherencia emocional que suspira el film. Las imágenes evocadoras, colocadas en espacios donde se plantean preguntas, reflexiones sobre la vida, lo efímero y el recuerdo. La búsqueda de la identidad, también cinematográfica. Hay música… no, hay un canto del padre sobre los créditos. Todo ha sido un gran poema, una visión dulce y condescendiente con lo que nos rodea en la vida. Yama No Anata es una revelación, un objeto bello de alguien que, creo, antes de buena realizadora es buena persona y porta consigo cosas bellas. Quiero pensar así.

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