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Park (Sofia Exarchou, 2016)

De entre los escombros del capitalismo

Diez años después de las Olimpiadas celebradas en Atenas, su Villa Olímpica se ha convertido en una suerte de metáfora del destino que les está tocando afrontar en estos momentos a los países más desfavorecidos de la Unión Europea. A pesar de la alegría que supuso para el país la obtención de un número récord de medallas, a largo plazo la repercusión más definitoria ha sido sin duda la del desajuste presupuestario que supusieron los miles de millones de euros que costó el evento. ¿5.000? ¿15.000? ¿25.000? Parece que nadie lo sabe a ciencia cierta. Por aquel entonces, claro, el dinero no parecía suponer un problema (no, aquí en España tampoco, ¿os acordáis?). Pero, como una de esas temidas enfermedades que avanza de modo lento aunque imparable, la crisis se afianzaría pocos años después y con ella llegarían los lamentos por el capital desperdiciado y la falta de presupuesto para mantener unas descomunales instalaciones que habían perdido ya toda su razón de ser (¿Para qué necesita Atenas dos campos de beisbol?). A día de hoy, un montón de instalaciones en desuso y algunas casas que el gobierno sorteó entre familias desfavorecidas son el único rastro que queda de toda aquella euforia. Como en el famoso cuento de la lechera, las promesas de progreso, trabajo y crecimiento para aquellos países que deciden acoger macroeventos de tal envergadura acostumbran a acabar por los suelos. El entusiasmo que precede al acontecimiento en cuestión provoca un agradable espejismo, pero las consecuencias a largo plazo de los excesos cometidos son sin duda devastadoras.

En su opera prima, la directora griega Sofia Exarchou ha decidido acercarse a un lugar como este, la Villa Olímpica de Atenas, y mostrar la rutina de un grupo de jóvenes que, a falta de algo mejor, pasan sus días atrapados entre las ruinas de ese sueño que no puedo ser; el de una Unión Europea justa e igualitaria que no se dedicase a imponer un capitalismo salvaje estrangulando a sus miembros más débiles a base de deudas, recortes y austeridad. Jóvenes que apenas hablan, que dedican su tiempo a relacionarse con la manada de modo un tanto primitivo, a enfrentarse en inútiles competiciones, a realizar agresivas demostraciones de valentía y testosterona que les permitan, al menos durante un rato, olvidar la sensación de absoluta impotencia que les provoca el sistema imperante. Una ficción que, de tan plausible, se convierte en escalofriantemente familiar.

Alejada de los parámetros del cine griego predominante (al menos, los del cine griego que llega de vez en cuando a nuestras pantallas), la mirada de Exarchou deja en segundo plano el desarrollo argumental y se centra sobre todo en el tratamiento de los personajes y la captación –en cierto modo naturalista– de ese ambiente de desencanto y frustración. Como si no hubiera un mañana (porque, efectivamente, tal vez no lo haya), los adolescentes de Park se emborrachan, gritan, follan y hacen todo lo que pueden para olvidar que, probablemente, no haya futuro para ellos. Habitando a su pesar una ruina que fue diseñada para el triunfo, observan con detenimiento las cicatrices que en ellos va dejando el paso del tiempo, ven los días pasar y albergan una secreta esperanza en esa horda ocasional de turistas primermundistas que, al fin y al cabo, se encuentran tan desorientados como ellos.

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D’A 2016 – ‘Chevalier’ (Athina Rachel Tsangari, 2015)

Y el premio a la polla más grande es para…

Lo confieso, hay una parte de mí que ha decidido titular este artículo de manera tan pintoresca para captar la atención del posible lector, lo cual no quiere decir que el título en cuestión no sea pertinente, claro. Una vez conseguido este noble objetivo, la intención subyacente –y más importante– es hablaros de Chevalier, la nueva película de Athina Rachel Tsangari un lustro después de que dirigiera Attenberg en el año 2015.

Ya sea por obcecación de los directores o de una gran parte de la crítica especializada, el cine griego de los últimos años ha acabado convirtiéndose, de un modo más o menos directo, en una especie de radiografía metafórica de los devastadores efectos de la crisis económica en este país. Directores como Yorgos Lanthimos, Babis Makridis, Alexandros Avranas, Michalis Konstantatos o la misma Athina Rachel Tsangari, forman parte de esta suerte de nueva ola nihilista que analiza el despiadado comportamiento humano y, ya sea disfrazando los filmes de parábolas o bien de aparentes comedias que rozan el absurdo, están ahí para recordarnos que, si los seres humanos tienen la oportunidad de atacarse y humillarse entre ellos, raramente desperdiciarán tal coyuntura.

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Chevalier se disfraza de inofensiva comedia –como todo buen Caballo de Troya que se precie– para ofrecernos una aguda reflexión sobre nuestro persistente empeño en perpetuar los estereotipos de género y nuestra incapacidad para ser lo suficientemente buenos en una sociedad víctima de un neoliberalismo que fomenta hasta límites descabellados la competitividad entre las personas. Para ello, la directora se sirve de media docena de personajes masculinos y un crucero de placer (en efecto, en Grecia también hay ricos con tiempo y dinero para desperdiciar). Chevalier es un divertimento muy ácido, un juego aparentemente inofensivo de consecuencias imprevisibles. Durante dicho crucero, el espíritu del aburrimiento hace su aparición estelar y la forma de ahuyentarlo es, por supuesto, jugar. ¿A quién no le gusta jugar? ¿Y a qué pueden jugar seis hombres de mediana edad y buena posición social? ¿Al Trivial Pursuit? ¿Al ajedrez? ¿Al parchís? ¿O más bien a calibrar sus atributos sexuales? “El mejor en general” es el nombre del improvisado juego al que nuestros protagonistas deciden jugar. ¿El premio? Un anillo Chevalier que pasará a simbolizar la superioridad del ganador respecto al resto de sus (ejem) amigos. A partir del momento en que el juego empieza, cualquier característica o comportamiento de los participantes es susceptible de ser evaluado. ¿Qué vas a desayunar? ¿Cuántos empastes tienes? ¿Roncas cuando duermes? ¿Cuánto tiempo tardas en montar una estantería del Ikea? ¿Cantas bien? ¿Cómo tienes el colesterol? ¿Y la glucosa?

Que las relaciones competitivas se producen constantemente, no solo entre humanos sino también entre animales, es algo bien sabido por todos. La mayoría de especies compiten por el alimento, por el terreno o para conseguir aparearse con la hembra más anhelada. Lo curioso de la especie humana es que llega a ser capaz de competir sin una finalidad pragmática real más que la de satisfacer su infinita vanidad. Porque, por supuesto, ninguno de estos seis hombres se va a ver privado de alimentos si no gana el juego; pero claro, su autoestima quedará herida de modo irremediable…

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El comportamiento de los personajes a lo largo del filme provoca situaciones hilarantes. A medida que se desarrolla la trama vamos conociendo sus puntos fuertes y sus debilidades. También nos damos cuenta de que el que cuenta con más puntos para ganar es el personaje más incómodo y molesto, siendo el más simpático ante nuestros ojos el que probablemente acabe en último lugar. ¿Estamos acaso conformando una sociedad de aspirantes a macho Alfa con los que, en el fondo, resulta imposible empatizar? ¿Está dicha competitividad neoliberal castrando la libertad de elección de los individuos? ¿Hasta qué punto?

Existen arriesgadas y dolorosísimas operaciones que permiten crecer hasta 16 cms. Las operaciones de cirugía estética son frecuentes en todo el mundo, así como los implantes capilares o los tratamientos de belleza dental. La ciencia permite la extirpación de costillas con el fin de conseguir una cintura más pequeña. La televisión nos acribilla con publicidad de milagrosos productos para adelgazar. La rentabilidad de una empresa es lo más importante, y sus empleados, ante todo, han de ser productivos. Las empresas de coaching empresarial están viviendo una época dorada. Por mucho que intentemos mejorar, nunca seremos lo suficientemente buenos en nada. ¿Qué tipo de personas somos? ¿Qué tipo de personas podemos llegar a ser? ¿Qué tipo de personas queremos realmente llegar a ser?

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