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Un trabajo y una película (Xavier Martínez Soler, 2019)

Imágenes estallando en mil pedazos

Una serie de naves industriales abandonadas aparecen en pantalla ante el espectador. Esperamos en vano una narración que las acompañe, una voz en off que nos guíe en esta trayectoria, códigos cinematográficos que nos resulten familiares, algo conocido a lo que aferrarnos. Pero nada de todo esto aparecerá; el silencio y, como mucho, algunos sonidos incidentales serán nuestros únicos acompañantes durante estos primeros minutos.

Un guarda de seguridad vigila estas ruinas, aunque nadie sabe exactamente por qué ni para qué, ni siquiera él mismo. Mata el tiempo de modo aparentemente inocente, aunque cada vez más desconcertante. ¿O acaso será el tiempo el que le maté a él? Probablemente, nadie tenga la respuesta a dicha pregunta. Como un negativo del Bartleby de Herman Melville, nuestro vigilante de seguridad sin nombre prefiere hacer las cosas, aunque quepa la posibilidad de que no sirvan para nada. Recorre las ruinas inspeccionándolas con su linterna, da paseos situacionistas entre los escombros, pone en marcha oxidadas máquinas textiles que hace tiempo ya que dejaron de tener una función concreta. Barre el polvo, cantidades ingentes de polvo que el tiempo ha ido depositando sobre el suelo de las fábricas. Pátinas de tiempo envejecido que, por mucho que se empeñe, jamás podrá eliminar. Y también, como no, encuentra tiempo para el arte. Dibujos, textos, experimentos plásticos, incluso un scrapbook lleno de recovecos, de páginas ocultas, de textos velados que nadie sabe a qué hacen referencia.

El vigilante de seguridad sin nombre convive con ese silencio que tan solo se rompe de vez en cuando, no sabemos si debido a una alucinación acústica o a una irrupción verdadera proveniente del mundo exterior. Las reacciones del protagonista, sin embargo, no suelen ser las esperadas. Nada, de hecho, en esta película, se parece a lo que podríamos esperar de una película. Sobre todo, a partir del momento en que la cámara se hace presente en la propia historia, permitiendo a todos los mecanismos metacinematográficos emerger hacia la superficie. A partir de ese mágico instante, el diálogo entre cámara y protagonista dará comienzo, aunque todas las posibilidades de una narrativa lineal se vean truncadas constantemente debido al montaje, debido al guion, debido a la vida.

"No vamos a explicar nada. Nada explicado. Quitamos toda la explicación, aquí." Estas son algunas de las palabras que el protagonista dirigirá al espectador. Palabras que, sin explicar nada, lo explican todo. ¿Qué sentido tiene hacer cosas sin sentido? ¿Qué sentido tiene producir imágenes que no vamos a mirar? ¿Qué sentido tienen dichas imágenes cuando salen de su contexto y estallan en mil pedazos? ¿Qué sentido tiene saber que las cosas nunca se desarrollarán como las proyectamos en nuestra mente? Más que una película, esta obra emerge como dispositivo (anti)narrativo, como artefacto abierto a múltiples interpretaciones. Interpretaciones, todas ellas, que pasan de modo ineluctable por una reflexión sobre, de, ante, por y desde la imagen. Un trabajo y una película es, más que un filme, una Matrioshka dentro de una caja con compartimentos secretos colocada sobre una banda de Moebius. Un gesto, tan sincero como contundente, realizado con la firme intención de recuperar el valor que en algún momento tuvo la imagen. Y no, sé que no he hablado de la historia que cuenta la película. Pero es que tal vez eso no sea posible.

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«Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica» (Edición de Gonzalo de Lucas, 2018)

Algunas anotaciones sobre todo aquello que las imágenes pueden llegar a ser

Vivimos en una sociedad que funciona cada día de un modo más y más acelerado. Los avances tecnológicos pueden facilitarnos la realización de muchas tareas tediosas, sí, pero también pueden hacer que nos olvidemos del contacto directo con la materia prima durante los procesos de realización (en este caso, de una obra cinematográfica). El uso de técnicas analógicas se ha convertido –en un mundo conquistado por el monopolio del píxel– en una suerte de resistencia no solo física, sino también política e ideológica; en una declaración de principios de aquellos que reivindican la fisicidad del celuloide frente a la inmediatez digital.

Ha quedado ampliamente demostrado que los registros guardados en formato analógico ofrecen una mayor resistencia al paso del tiempo que los digitales (concebidos y diseñados –como cualquier producto realizado en un contexto neoliberal– para durar poco). Sus autores son conscientes de que, probablemente, dichos registros analógicos les sobrevivirán. Tal vez por este motivo cuiden en extremo sus procedimientos creativos, llegándolos incluso a transformar en una suerte de ritual. El libro Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica nos introduce en el universo de quince cineastas que han trabajado principalmente con el medio analógico y han desarrollado un corpus cinematográfico que trasciende el hecho narrativo para centrarse en la poesía que las imágenes pueden llegar a destilar, en la reflexión sobre la fisicidad del medio, en conceptos como el montaje, el color, el sonido o la luz. Quince cineastas que abordan la relación del ser humano con el espacio, con la naturaleza, con el paso del tiempo, con el propio medio cinematográfico. Mediante extensas entrevistas a autores como Jonas Mekas, Michael Snow, Carolee Schneemann, Jan Švankmajer o Laida Lertxundi entre otros, este libro reflexiona en profundidad sobre las implicaciones de seguir utilizando el celuloide como materia prima para la elaboración de una obra. Pero también reflexiona sobre las implicaciones de dejar al margen los cánones y códigos impuestos por el cine más narrativo y convencional y adentrarse así en el terreno de la fisicidad y las sensaciones. Un terreno en el que, como dice Gonzalo de Lucas en la introducción del libro, se sustituye la narración por la asociación. Un terreno en el que se invita al espectador a reapropiarse de nuevo de su tiempo y dedicarlo a la reflexión sobre las imágenes que transcurren en pantalla y las relaciones que se establecen entre ellas, a reocupar ese espacio de incertidumbre habitándolo con diversas interpretaciones, a pensar en la infinita potencialidad de las imágenes en movimiento, a ser conscientes de su origen y a preguntarse por sus posibles destinos.

Carolee Schneemann, "Fuses" (1967)

En inglés, la palabra reflection significa tanto reflexión como reflejo. Un hecho aparentemente intrascendente que en realidad nos descubre la posibilidad de asociar diversos aspectos del proceso de percepción de las imágenes. Imágenes que, constituidas a menudo como un supuesto o pretendido reflejo de la realidad, no sirven en el fondo más que para reflexionar sobre la misma. Imágenes latentes, imágenes autobiográficas, imágenes oníricas, imágenes poéticas, imágenes polisémicas, imágenes incompletas, imágenes fantasmagóricas, imágenes libres. Imágenes de la resistencia, de la persistencia, de la fuga y la reinterpretación. Imágenes que podemos tocar con nuestras propias manos, que son capaces de conformar utopías y provocar emociones. Imágenes que resultan, en estos tiempos tan revueltos, más necesarias que nunca.

Michael Snow, "Wavelenght" (1967)

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