Archivo de la etiqueta: cine español

Análisis de sangre azul (Blanca Torres y Gabriel Velázquez Martín, 2017)

 

Teorías de la (r)evolución

Hace unos cuantos años ya que la barrera que separa el documental de la ficción ha dejado de ser una línea clara y perfectamente delimitada. La constante experimentación y ruptura de los cánones clásicos ha llevado a toda una generación de cineastas españoles a situarse en ese atractivo lugar, un tanto indefinido, en el que disponen de la libertad para jugar con los códigos cinematográficos creando así artefactos fílmicos tan inclasificables como hipnóticos. El retrato del carguero Fair Lady realizado por Mauro Herce en Dead Slow Ahead, el acercamiento a la Costa da Morte dirigido por Lois Patiño, la Cábala Caníbal de Daniel V Villamediana o la increíble historia de la réplica de Cadaqués ubicada en China (La Substància, Lluís Galter) son solo algunos ejemplos de cine capaz de transgredir las etiquetas y generar algunas interesantes y pertinentes preguntas en el espectador.

Tal vez la necesidad de que este espectador se cuestione ciertas cosas sea consecuencia inevitable de la evolución del cine. Probablemente hasta tenga que ver con los tiempos de incertidumbre que corren. Si la vida diaria nos genera inseguridad, ¿por qué no tendría que poder hacerlo el cine? ¿Es realmente imprescindible que el director sea un demiurgo omnipotente sabedor de todas las respuestas? ¿O cabe la posibilidad de que su filme sirva, no ya para darnos estas ansiadas respuestas, sino para plantearnos unas cuantas preguntas? ¿Acaso no tiene una película pleno derecho a ser también una obra abierta?

El filme dirigido por Blanca Torres y Gabriel Velázquez Martín adopta la inusual forma de diario médico. Ambientada en los años 30, Análisis de sangre azul narra la historia de “El inglés”, un supuesto aristócrata de apuesto porte que aparece de modo inesperado en una cueva del Pirineo aragonés, completamente desorientado y amnésico. Acogido por el doctor Pedro Martínez en el sanatorio mental Casa Tardán, el desconocido se convertirá en el principal objeto de estudio del psiquiatra, que se verá tentado a utilizar a dicho desconocido para sus experimentos eugenésicos. Con el paso del tiempo, las relaciones de El inglés con el resto de pacientes del sanatorio se fortalecerán hasta el punto de convertirle en una suerte de mesías admirado por todos, y el lugar que en principio le acogió con cierto recelo acabará por convertirse en su nuevo hogar.

Pero, ¿qué es Análisis de sangre azul? ¿Un falso documental? ¿Una película de aventuras? ¿Un filme experimental y metacinematográfico? Y lo que es más importante cuestionarse, ¿resulta necesario que sea exclusivamente una de estas tres cosas? Intertítulos que describen la muda relación entre los personajes, filmaciones en Súper 8, reminiscencias al Nanook de Robert Flaherty e inequívocos aires de found footage son los principales elementos de una historia que, desde la ficción, analiza y disecciona los códigos del diario videográfico de investigación médica, convirtiéndose a su vez en un peculiar estudio antropológico que transgrede los límites de toda clasificación.

Publicado en Estrenos | Etiquetado , , , , | 1 comentario

Callback (Carles Torras, 2016)

El enésimo psicópata

Larry (Martin Bacigalupo) es, aparentemente, uno más de tantos tipos extraños y siniestros que habitan los barrios de Nueva York. Trabajador de una empresa de mudanzas de mala muerte, su sueño es convertirse en alguien grande, en un actor famoso, y hacer suyo el mayor producto publicitario de los Estados Unidos: el sueño americano. Aparentemente, porque pronto vamos a comprobar que Larry no es sólo un tipo peculiar y un tanto asocial, sino un demente violento, lo que lo convierte en uno más de tantos psicópatas lunáticos que ha dado el cine, desde Norman Bates hasta Patrick Bateman.

El mayor problema de Callback quizá sea este: quiere ser Taxi Driver (Scorsese, 1977) cuando ya existe Taxi Driver. No quiere decir esto que en la película de Scorsese deberían haberse acabado las historias de personajes violentos absolutamente alienados por su contexto, o que la ciencia ficción debería haber acabado con 2001: una odisea del espacio (Kubrick, 1968), quiere decir que, una vez existe una obra de gran valor cinematográfico convertida en un canon de su género e icono de su época, intentar explorar los mismos terrenos que esta obra es lícito, pero hacerlo siguiendo el mismo camino es una maniobra tramposa y peligrosa, pues aboca inevitablemente a una comparación, quizás infructífera pero obligatoria, de la que parece imposible salir vencedor. Tampoco quiere decir esto que Callback sea una copia plano por plano del film con el que se compara, pero sí que utiliza mecanismos, clichés, giros de guión y elementos narrativos que se repiten de otros sitios, y que te hacen capaz de reconstruir la trama antes de que pase.

Por otro lado, parece que cualquier intención de crítica social hacia un sistema que crea seres alienados y frustrados por no ser capaces, no ya de alcanzar sus sueños, sino de dar pasos hacia delante en una búsqueda de mejoría de su nivel de vida, dejándolos estancados en una situación de precariedad forzosa que va mucho más allá de lo económico, queda potencialmente diluida y desmerecida por la imposibilidad de empatía que, en principio, presenta un personaje trastornado y psicótico, si achacamos un trastorno previo a la motivación de los actos de Larry. Al menos queda la siempre agradable ambigüedad de poder discutir si estos problemas mentales están inducidos por ser miembro de una sociedad trastornadora y opresiva, lectura que salvaría una posible intención crítica.

El actor protagonista, Martin Bacigalupo, está aquí ante uno de esos papeles que todo actor debería agradecer eternamente: protagonista absoluto de la trama y prácticamente figura única que la sostiene, gran peso en escena continuo, personaje con tara psicológica que resalta en cualquier interacción con otros personajes, facilidad de creación de rasgos, posturas o tics llamativos… Un personaje que, a priori, lo tiene todo para hacer brillar con relativa facilidad pero que, sin embargo, no es tan fácil de defender como lo hace parecer Bacigalupo, pues también es un rol que se presta a la exageración, a la hipérbole, al aspaviento, y mantener un registro sereno, sutil y pausado, ayuda a convertir un personaje en una persona, a humanizar a un ser poco humano, a dar una dosis abundante de verosimilitud, aumentando la sensación de tensión, pues no hay villano cinematográfico más terrorífico que aquel que puedes cruzarte fuera de la sala. 

Callback llega con la etiqueta de ganadora de la Biznaga de Oro, premio que designa a una película como la mejor película del Festival de Málaga de Cine Español. Esta es una condición interesante para plantear una reflexión algo al margen de la película en sí pero siempre desde la crítica cinematográfica. Esta es una película cuyo director, Carles Torras, es español y está financiada con dinero de productoras e instituciones españolas. ¿Es esto suficiente para premiar como la mejor de una muestra de cine español a un thriller sobre el fracaso del sueño americano, rodada íntegramente en inglés, en Nueva York y con actores extranjeros? ¿La nacionalidad de la financiación determina la nacionalidad de una película más que lo que la película dice, cómo lo dice y a quién se lo dice? Cada uno responderá, pero parece que premiar a una película cuya aportación al cine español es exclusivamente económica revela a los festivales como instituciones más concentradas en buscar promoción y rentabilidad que calidad artística o valores culturales. Lo cual, por otro lado, tampoco es descubrir la pólvora.

Publicado en Estrenos, Reseñas | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Callback (Carles Torras, 2016)

D’A 2014 – La supervivencia de las especies en condiciones adversas

El Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona celebra su cuarta edición y lo hace, a pesar de los tiempos que corren, por todo lo alto. Los cines Aribau Club, el teatro del CCCB, la Filmoteca de Catalunya y la sede de la SGAE acogerán, durante diez días (del 25 de abril al 4 de mayo), una extensa programación compuesta por sesenta y un largometrajes, mesas redondas, talleres y otras actividades.

En el año 2010 se celebró la 12ª y última edición del BAFF, el Festival de Cine Asiático de Barcelona (dirigido por Amaia Torrecilla y Carlos R. Ríos). Tras el revuelo y la conmoción causados por la inesperada desaparición de este prestigioso festival que había conseguido el apoyo incondicional de su público, un año después nació el D’A (dirigido por el mismo director), festival cuya máxima prioridad sería ofrecer al espectador cine de autor de calidad que en contadas ocasiones llega a proyectarse en salas comerciales.

Varias son las secciones que estructuran el festival. Algunas de ellas fijas, como Direccions, Talents, Autoria catalana o Retrospectiva (este año dedicada a Denis Côté); y otras que varían en cada edición. En este caso, el festival cuenta con A toute vitesse (sección conformada por seis películas de directores debutantes que abordan el tema de la adolescencia y el paso a la edad adulta con todas las dudas, contradicciones y temores que ello conlleva) y Un impulso colectivo, ciclo comisariado por Carlos Losilla que realiza una detallada cartografía (11 películas) por el cine español reciente más arriesgado.

DA

Un impulso colectivo, un empeño necesario.

Independiente, autoproducción, low cost, do it yourself, underground, híbrido, precario, periférico, marginal… son sólo algunas de las expresiones que pretenden definir, acotar, calificar (o en algunos casos descalificar) ciertas producciones del cine español.

Carlos Balbuena, Victor Moreno, Jordi Morató, Chema García Ibarra, el colectivo Los Hijos... No hay una serie de rasgos característicos de puesta en escena que cohesionen a toda esta serie de autores como grupo, no hay una escuela concreta que los una, no hay un solo modo de hacer ni una temática concreta abordada, ni siquiera hay unos mismos referentes conceptuales. Pero si hay algo que caracteriza a todos ellos y a sus películas es un impulso: ese impulso inicial que les llevó a realizar un filme, la mayor parte de las veces en las circunstancias más adversas y con un equipo humano y unos medios técnicos extremadamente limitados.

A menudo nos consolamos pensando que la precariedad agudiza el ingenio, que a veces no son necesarios tantos medios como los de la industria hollywoodiense para realizar una buena película, que con poco puede hacerse mucho, que lo más importante son las ganas, el tesón, las ideas  y la profesionalidad, que las limitaciones económicas permiten, al menos, disponer de una total libertad creativa. Nos esforzamos en ver el lado positivo del asunto y pensamos que en algún momento terminará la época de vacas flacas, las aguas volverán a su cauce y la industria del cine encontrará algo parecido a un equilibrio, una sostenibilidad para todas esas películas que, de momento, bastante suerte tienen si consiguen ser proyectadas en algunos circuitos alternativos.

Pero… ¿Cuál es la actitud correcta ante esta situación? ¿Protestar? ¿Exigir unas condiciones de producción mínimamente dignas  que estabilicen el sector? ¿Detener las máquinas hasta que pase el temporal? ¿Esperar tiempos mejores? ¿Dedicarse a otra cosa? ¿O seguir contra viento y marea luchando por el futuro de un cine incierto que, por otro lado, goza de una salud creativa inusitada desde mucho tiempo ha?

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , | Comentarios desactivados en D’A 2014 – La supervivencia de las especies en condiciones adversas

‘El mundo que fue y el que es’ (Pablo Llorca, 2011)

Una forma que piensa

Una película como El mundo que fue y el que es resulta una rara avis en un momento como el actual porque va en dirección contraria a cualquier corriente: la del exceso, con filmes realizados en Hollywood por directores extranjeros (Drive, El topo) deudores, no obstante, de una tradición norteamericana, o la del defecto, como en el caso de Winterbottom o Soderbergh, donde prima (en ambas tendencias) la externalidad, la superficie y la máscara.

También el trabajo de Llorca podría inscribirse dentro de una tradición genérica, la revisionista de un cierto cine nacional (la españolada de posguerra). Nada más lejos de la realidad, como recalca el director: su película no es un filme sobre el franquismo. Tampoco es un cine en el que el carácter objetual del referente (tipo Straub u Oliveira) cope el centro de atención, más bien al contrario. Aparcada la verosimilitud, se hace caso omiso a la precisión creíble de maquillaje, ambientación o efectos especiales. Para entendernos, en una competición de premios cinematográficos, una película de Llorca jamás obtendría el máximo galardón en dichos aspectos técnicos. De ahí que, huyendo del entorno, de lo cosificable, se vuelva a la letra, a la narrativa, a la línea en el sentido más literal posible; a una palabra cargada de sentido, a un párrafo que dispara.

Se llega de este modo a la abstracción desde la prisa y el querer que se note (o que no importe) todo lo artificioso de una ficción narrativa, como en una función de teatro amateur; como, muy probablemente, se representara en el Siglo de Oro español. Vencido tal escollo, el espectador que haya obviado dichos problemas consecuentes de una mala educación cinematográfica volverá gozoso a la trama, pues esta no se le ahorra sino que fluye a caudales en múltiples personajes e historias. Convertida la materialidad de la letra y del objeto en algo intangible, pura abstracción, la emotividad aflora al modo de una lectura dickensiana o galdosiana, el de un realismo del siglo xix folletinesco donde cuentan las acciones de los personajes y sus devenires.

La trama, ya que hablamos de ella, es política, más que por el contenido por el continente. Llorca abandona el mundo de la fábula y de los cuentos que poblaban su universo desde Jardines colgantes (1994) y se adentra en el árido territorio de la Historia. Tan solo la maravillosa y letrada voz de Luis Miguel Cintra (el actor de Oliveira) aporta un cariz extemporáneo al conjunto; proviene de fuera, dobla (en los pensamientos internos) y refuerza a la frágil figura del actor Antonio Durán Morris, de manera que transforma la narración en épica o histórica en tanto que permanente, trascendente. El mundo que fue y el que es es, por tanto, una película que piensa, que reflexiona, sobre unos acontecimientos verídicos y que se proyecta hacia un presente cada día más cambiante. El relato de unos comunistas encerrados entre rejas durante la dictadura española supera el maniqueísmo de buenos y malos, elemento anómalo, diríase, en un contexto donde prima la letra o lo ficticio, donde el contrato de suspensión de la incredulidad con el espectador se halla en el filo de la navaja siempre a punto de quebrarse.

Pero hay otra característica propia de Llorca que se mantiene a lo largo de toda su obra relacionada con la extemporaneidad apuntada más arriba: la sensación de extrañeza no solo producida por una tosquedad representativa sino también por la creación de estancias oníricas unidas entre sí en un mundo ilógico. La celda donde habita Daniel Duarte, el preso comunista entregado a la causa hasta la muerte, cobra dimensiones metafísicas e irreales. Pero lo más fascinante de Llorca es cómo configura los espacios adyacentes sin la lógica matemática y sin la cámara al modo contrario del Antonioni explicado por Noël Burch. Francia se recrea en un parque público, esquelas con fecha posterior al tiempo narrado inundan paredes, vestidos contemporáneos se usan sin el mayor recato cronológico…

Otro pilar sobre el que descansa la obra de Llorca son sus personajes reservados, quiméricos, alejados del ruido. Sus criaturas son seres iluminados, merlines abocados al encierro, lo cual no obstaculiza su impronta en el bien de la comunidad al entregarse a esta mediante un rito sacrificial; en el caso que nos ocupa, con la consumición del cuerpo físico hasta la muerte. Gracias, precisamente, a aquellos movimientos liberales en tiempos difíciles de los que habla el filme, se lograron conquistar derechos civiles actuales con independencia de la adscripción canónica o no al leninismo y del dictado soviético.

En suma, El mundo que fue y el que es, además de constituir un buen repaso histórico ideal para una España desmemoriada bajo una perspectiva crítica y poética a un tiempo, supone todo un ejemplo de resistencia cultural y una propuesta coherente por parte de su autor. Se trata de una película hecha sin subvenciones, un filme de guerrilla y, por ello mismo, independiente hasta la médula, probablemente una plantilla de cine futuro.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , | 1 comentario

‘Aita’ (José María de Orbe, 2010)

DVD "Edición de Lujo" - Karma Films & Eddie Saeta

Aita, de José María de Orbe, es el retrato de dos gestos: el de abrir y el de ver. Se abre una casa deshabitada y de repente, todo son cuadros. Llenos de luz o ahogados en lo oscuro. Una casa repleta de pantallas, umbrales, espacios que funcionan, antes que virtuosos trompe l’oeil, como dispositivos de visión. Primero vemos desde el exterior: las ventanas ciegas del Palacio de Murguía, ubicado en Astigarriaga, cubiertas por las persianas de madera vetusta, ahogadas por los matorrales de enredaderas. Más adelante, desde  el interior será el guarda del caserón, el guía, quien comience a abrir una a una las ventanas, permitiendo que la luz entre y esculpa los objetos y rincones con los que se topa. Y veamos que todo son cuadros.

“Siempre, ante la imagen, estamos ante el tiempo”, afirma Georges Didi-Huberman en las primeras palabras de Ante el tiempo. Y continua: “Como el pobre ignorante del relato de Kafka, estamos ante la imagen como Ante la ley: como ante el marco de una puerta abierta. Ella no nos oculta nada, bastaría con entrar, su luz casi nos ciega, nos controla. Su misma apertura -y no menciono al guardia- nos detiene: mirarla es desearla, es esperar, es estar ante el tiempo.

Marco de una puerta abierta por donde entra la luz del tiempo. Así comienza Aita: todo repleto de cuadros. En éstos se aprecian desde las luces vermeerianas a la pureza geométrica de Rothko. Al pintor estadounidense se ha referido en ocasiones el cineasta como una de sus influencias. Sin embargo, a diferencia de Rothko, aquí no nos encontramos con un objeto reducido a su forma, a su figuración más esencial, sino que en esa búsqueda geométrica en el plano hace acto de presencia lo orgánico, una vez más, del paso del tiempo. Plantas, hierbajos, enredaderas que deforman la geometría con su barroquismo, transforman la nada que en su día propuso Rothko como un espejo de la muerte en algo más material y plástico. No tenemos de frente el vacío, ni tan siquiera la muerte, aunque en ambos acontecimientos se cimienta el corpus del relato. Más bien, el caserón ejerce de sarcófago y al mismo tiempo de receptáculo de la memoria. Así lo confirma la voz narrativa que guía Aita, carta al hijo, el corolario del filme que acompaña la presente edición en DVD (ver la ficha). La casa se habita; vacía se convierte en una tumba. Y en ese gesto de ser abierta, por supuesto, aparecerán los fantasmas del pasado.

“La historia va lenta, va lenta por aquí”, dice el cura, quien también recuerda algo sobre los huesos de muertos que han estado desenterrando un grupo de arqueólogos. El mismo Orbe actúa como tal poniendo en marcha el largometraje, desenterrando y proyectando en esas pantallas que ofrecen las paredes del Palacio fragmentos de películas seminales del cine vasco. Las vemos primero durante pocos instantes, como fogonazos espectrales, y estas visiones hacen recordar las palabras, inquietas, previas del guarda: “Donde miro, todo es luz”, le confiesa minutos antes al cura.

Donde se mira, todo es luz, pero también todo es sonido. El sacerdote explica asimismo una historia sobre que lo último que se muere en los vivos es el sentido del oído. Y ahí está el sonido de la lluvia, goteras, pájaros, pasos… Una banda sonora que, como las manchas de humedad de las paredes, remite al tiempo, a las huellas de la naturaleza, al trajín histórico, público y privado, del que ha sido testigo el caserón. Una historia no exenta de odio y guerras a los que han permanecido incólumes, pero no inmunes, los muros del viejo palacio. “He visto traficar con el dolor ajeno”, se confiesa en Aita, carta al hijo. Y los siguientes planos, añaden un elemento rojo, sutil pero conmovedor, en su composición.

Aita, en definitiva, no sólo se rinde a lo sublime plástico (confiemos en nuevos proyectos comunes del tándem Orbe-Gimferrer), sino que en esa insistencia por el cuadro, la composición, el color, en fin, lo básico de cualquier arte visual (o audiovisual, como es el caso), consigue hacernos ver cómo la materia recoge la historia para, de alguna manera, transmitirla años, siglos, tiempo después. Pese a haber sido algo maltratada en la cartelera patria, su reciente edición en DVD permite recuperarla y disfrutarla, aunque sea en pequeña pantalla. Aita, sin embargo, requiere una sala oscura por su precisión con la imagen y cualquiera con cierta sensibilidad debería sentir ciertos remordimientos por verla en la pequeña pantalla. La edición se dice de lujo, pero más bien se trata de una edición especial que incluye el cortometraje Aita, carta del hijo, y un libreto que a modo de cuaderno de notas del cineasta enseña algunas de las particularidades técnicas de la película, además de un texto de Carlos F. Heredero, Misterios de la materia viva, y otro del propio Orbe, Aita, temor y fascinación. Se echa de menos más material extra, más detalles de la traslación de su formato original al digital, etc., pero su sola edición en DVD ya de por sí es una inmejorable noticia.

Publicado en Reseñas | Etiquetado , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ‘Aita’ (José María de Orbe, 2010)

‘Naufragio’ (Pedro Aguilera, 2010)

Hacia lo atávico

Regresa Pedro Aguilera a las pantallas españolas (¡por fin!) tras en 2007 irrumpir como un puñetazo con La influencia, película que anticipaba cierta angustia ante la deriva capitalista que se vive hoy en día, y cuyo final, como me recordaba tan acertadamente el otro viernes el compañero Enrique Aguilar, aparecía como la más terrible de las sonrisas lyncheanas. Naufragio, que se estrena este viernes 17 de junio en los Renoir de Madrid y Barcelona, además de en Bilbao (Cines Multis) y Vitoria (Cines Florida), parte de presupuestos distintos, pero no por ello menos inquietantes. Aquí la propuesta nos acerca a los mundos esotéricos primigenios, a universos simbólicos en colisión, dos civilizaciones, la del que llega y la de quien en apariencia recibe, que están destinadas a encontrarse, pero no de manera apacible. Lo contrario. Subrepticiamente.

Aguilera sabe bien cómo escenificar la tensión en el espacio diegético. Conoce la gramática; es un cineasta mucho más que aplicado. Sólo la imagen de apertura, esa diagonal bicolor que rompe la pantalla, augura un mundo en desequilibrio, dividido entre la luz y la oscuridad. De ahí pasamos a una playa, de donde surge el cuerpo del protagonista, Robinson (la referencia es obvia). El renacer en la tierra prometida. Quien espere cierto misticismo en la imagen, no obstante, andará del todo equivocado. Aguilera imprime una estética naturalista que señala antes lo oblicuo que lo elevado. Los cuadros se tuercen y buscan la geometría, una idea de orden en un paisaje extraterrestre, el de los áridos invernaderos almerienses, opuestos a las cálidas, quizá por destartaladas, barracas que acogen al recién llegado.

Ese juego de antagonismos toma aún más fuerza cuando Robinson viaja hacia el norte del país, un segundo tramo donde el carácter simbólico del relato se vuelve más intenso. Como también el camino hacia la violencia. Los espacios claustrofóbicos (¡qué magnífica localización la de la fábrica!), las turbias miradas, los deseos ásperos, la confusa integración. De la torcida geometría que domina el primer desarrollo del largometraje se avanza hacia lo profundo, lo pulsional y finalmente, el estallido y el repliegue en el misterio. Los planos se abren al paisaje para a posteriori cerrarse en primeros y primerísimos cuadros que buscan el contacto con una naturaleza a la que cada vez, y paradójicamente, se va acercando más y más el protagonista. Así, el scope utilizado por Aguilera se mueve al compás de la visión de Robinson. Hacia lo atávico. A rozar casi lo que está detrás de la naturaleza. El primer estado. El único destino ante un paraíso que ofrece, no sólo menos de lo que promete, sino que justo emerge como la peor de las extrañezas. Quizá el infierno.

Publicado en Estrenos | Etiquetado , , , | Comentarios desactivados en ‘Naufragio’ (Pedro Aguilera, 2010)