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Asian Film Festival 2019, películas destacadas (III)

Dying to Survive (Wo bu shi yao shen, Muye Wen, 2018)

Ganadora de casi medio centenar de premios en Festivales de cine de todo el mundo, el exitoso debut en el largometraje del joven director chino Muye Wen es un trepidante alegato contra la especulación de las grandes empresas farmacéuticas y en defensa de un sistema de salud pública. A pesar de ser muy crítico con el sistema sanitario de su país, el filme ha logrado esquivar la censura de las autoridades y ha arrasado en la taquilla China, llegando a convertirse en uno de los estrenos más populares del verano.

Dying to survive (la traducción literal de su título original, mucho más sugerente, vendría a significar "No soy el dios de la medicina") narra la odisea de un padre divorciado para conservar la custodia de su hijo, conseguir el dinero suficiente para la urgente operación de su padre y mantener la cordura en una sociedad individualista cada vez más obsesionada por la productividad y el dinero. Podríamos definir a Cheng Yong, protagonista de la historia, como un antihéroe de manual. Farmacéutico fracasado y vendedor ambulante de afrodisiacos, Yong encuentra en un medicamento indio para la leucemia la inesperada solución a todos sus problemas. Un medicamento genérico tan efectivo como el que venden en China, pero infinitamente más barato. Un medicamento que él podría traer de contrabando a su país y que podría salvar la vida de millones de personas (y de paso hacerle rico). O en el peor de los casos, llevarle a la cárcel unos cuántos años. ¿Merece la pena el riesgo?

"Basada en hechos reales". Es esta una frase que precede a numerosas películas y que sirve generalmente para poner alerta nuestros sentidos y acentuar nuestras sospechas.  En este caso, el punto de partida "real" es la historia de Lu Yong, un comerciante diagnosticado de leucemia que, al ver cómo se acababan sus ahorros tras pagar 80.000 dólares por el tratamiento oficial, decidió viajar a la India para conseguir de modo ilegal un medicamento genérico, igualmente efectivo pero infinitamente más económico. Pero lo que empezó como una lucha de supervivencia personal acabó como un gesto heroico que salvó la vida de más de mil personas, ya que Lu Yong se convirtió en el representante de ventas de dicho medicamento en China. Las autoridades, por desgracia, no vieron heroicidad en el comportamiento de Lu Yong, sino una infracción de la ley que le llevaría a la cárcel por tráfico de drogas. Incontables son los casos en los que justicia y legalidad emprenden caminos divergentes, y Dying to Survive describe sin duda uno de ellos, el de miles de personas que dedicaron todos sus ahorros a pagar un carísimo tratamiento para la leucemia que, en otros países, era mucho más barato.

Ante esta frase, "Basado en hechos reales", algunas de las preguntas que inevitablemente acaban por surgir son: ¿Caerá el filme en la pornografía emocional? ¿Desarrollará un maniqueísmo extremo que divida a los protagonistas en buenos y malos? ¿Incitará a los espectadores a la lágrima fácil? ¿Conducirá una música lacrimógena los sentimientos del espectador? ¿Son todas estas presunciones ciertas la mayoría de las veces o no son más que un simple cliché? Afortunadamente, la opera prima de Muye Wen se mueve con habilidad entre la comedia y el drama, esquivando la mayor parte del tiempo todos estos tópicos, aunque bien es cierto que en la última media hora de metraje peca de un excesivo subrayado emocional, supuestamente en pro de un anhelado clímax. A pesar de ello, eso sí, se trata de un prometedor debut que aborda un espinoso tema del que hoy más que nunca, resulta necesario hablar.

            

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D’A Film Festival 2019 (IV)

Sublimación de la tristeza

An Elephant Sitting Still (Da xiang xi di er zuo, Bo Hu, 2018)

 

El 12 de Octubre del año 2017, el director chino Hu Bo se quitó la vida cuando contaba con tan solo 29 años de edad, truncando así de modo repentino una prometedora carrera como cineasta y escritor. Dejaba tras él esta única película, opera prima y testamento cinematográfico al mismo tiempo, obra que marcará indudablemente un antes y un después en la historia del cine chino del siglo XXI. Cuando la película ganó el Premio de la Crítica en el Festival de Berlín, su director ya no pudo estar presente. A este premio seguirían muchos otros en festivales de todo el mundo, pero Hu Bo nunca podría dar ya ningún discurso de agradecimiento. El mundo había leído su carta de suicidio demasiado tarde.

En esta sociedad nuestra, tan dada a los ensalzamientos, rumorologías y creación de mitos y leyendas, cabe la posibilidad de que la triste historia que rodea al filme acabe por eclipsar su propia e incuestionable fuerza cinematográfica. Podríamos hacer una encuesta para intentar saber cuáles fueron los motivos que llevaron a los espectadores a llenar la Sala 1 de los cines Aribau en un memorable pase único durante el festival. Algunos, probablemente, vendrían confiando en las recomendaciones de ciertos críticos, o en la calidad que se le presupone a una película que ha ganado premios en diversos festivales. Otros, tal vez, se dejarían arrastrar por sus amigos en lo que prometía ser una experiencia inolvidable. Puede que varios hubiesen acudido atraídos por la sinopsis o incluso por la duración del filme. Y muchos, probablemente, seducidos por la idea de asistir a la proyección del testamento prematuro de un joven cineasta.

An Elephant Sitting Still se ubica en una ciudad cualquiera de una China gris y desolada, repleta de ruinas contemporáneas que ya nacieron siéndolo. Una China habitada por una serie de personajes sumidos en el desaliento y aferrados al egoísmo como única tabla de salvación. En este árido contexto, los diversos protagonistas de la(s) historia(s), sobreviven como pueden enfrentándose cara a cara a la violencia y conteniendo a duras penas su desesperación: un anciano que se resiste a ingresar en una residencia, una adolescente que se ha acostado con su profesor, un alumno víctima de bullying, un joven que presencia el suicidio de su amigo tras acostarse con su novia. Cuatro historias que podrían suceder en cualquier parte del mundo, pero que suceden en una China desesperanzada y abocada al vacío, consciente tal vez de que el capitalismo vigente, inclemente y descarnado, solo beneficia a los más agresivos.

El filme de Hu Bo reflexiona con aflicción extrema sobre las relaciones, sobre el egoísmo, sobre el dolor y la ausencia de oportunidades. Pero ante todo y sobre todo, reflexiona sobre el tiempo. Sobre el tiempo cinematográfico y el extracinematográfico. Sobre un tiempo que se contrae y se dilata, sujeto siempre a nuestra propia subjetividad. Sobre un tiempo que puede estar vacío, que se puede perder, que se puede detener. Sobre un tiempo que puede quedar suspendido en la pantalla, dotando a las imágenes y las palabras de otro tipo de connotaciones, inalcanzables en todas esas superproducciones de montaje acelerado que tan acostumbrados estamos a ver en la sociedad contemporánea. Hu Bo dilata el tiempo en las secuencias; durante las cuatro horas que dura el filme somete a sus personajes a una serie de pausadas conversaciones, a una serie de repetidas e inútiles travesías. Los planos secuencia nos muestran el divagar de los personajes; muchas veces sin rumbo, y otras, tal vez, con el rumbo equivocado. Intentando encontrar su lugar en el mundo, los protagonistas saben que se han de marchar, que en realidad no tienen un hogar, que no son bienvenidos ni siquiera por los suyos. Por eso, de modo inevitable, el viaje a Manzhouli se convierte en la excusa perfecta para ellos. Viajar para intentar huir de un contexto que te rechaza y encontrarte, al final del camino,  con el elefante sentado del que habla la leyenda. Ese elefante que, pase lo que pase, permanece indiferente a la brutalidad del mundo. Ese elefante que, en algún momento, miró a los ojos a Hu Bo y le retó a hacer lo mismo, a asumir el transcurrir de la vida con absoluta indiferencia, aun a sabiendas de que el director, inevitablemente, perdería la apuesta.

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D’A Film Festival 2019 (II)

Ese incierto terreno del sueño

Largo viaje hacia la noche (Di qiu zui hou de ye wan, Bi Gan, 2018)

 

Solo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo

Jorge Luis Borges

 

En el año 2015, el joven Bi Gan debutó en el largometraje con la aclamada Kaili Blues, ganadora de numerosos premios en festivales como el Festival Internacional de Cine de Pekín, los Chinese Film Media Awards, el Golden Horse Filme Festival, el Festival de Cine de Las Palmas o el Festival de Locarno entre muchos otros. En este film, Bi Gan narraba la odisea particular de un humilde doctor en busca de su sobrino desaparecido a través de una China semirural convertida en ruinas antes incluso de haberse industrializado por completo. Una odisea marcada por la nostalgia, la poesía, una serie de secuencias de marcado carácter onírico y una puesta en escena extremadamente virtuosa en la que un largo plano secuencia de 40 minutos nos permitía explorar los secretos y miserias de Kaili, municipio chino de casi setecientos mil habitantes conformado por 18 pueblos de los que poco o nada sabemos por estas tierras.

Cuatro años después, el director regresa de nuevo a Kaili para ofrecernos este Largo viaje hacia la noche que, contra todo pronóstico, ha arrasado en la taquilla de su país convirtiéndose instantáneamente en una suerte de blockbuster de autor con ecos de Won Kar-Wai, Andréi Tarkovski o Roberto Bolaño.

Bi Gan retoma en este segundo film muchos de los elementos que ya tenían presencia en Kaili Blues para conjugarlos con una historia de amor que trasciende los límites del tiempo. Encontramos, como en Kaili Blues, el leitmotif de la búsqueda. En el primer caso, un doctor parte en busca de su pequeño sobrino. En el segundo, un hombre de mediana edad emprende un viaje en busca de un amor de juventud del que en realidad poco sabe. Encontramos también en ambas películas objetos y elementos que cobran un especial significado en la trama: relojes rotos, trenes destartalados, túneles oscuros, motocicletas desvencijadas… Objetos que abren la puerta a una suerte de simbolismo poético que recorre ambas películas y habita en muchas de sus secuencias. Encontramos también un cierto apego a las casualidades, capaces de darle la vuelta a la trama que deviene así impredecible. Encontramos la pasión por narrar de un verdadero e incontenible storyteller, que pone en boca de sus protagonistas infinitas microhistorias que enriquecen la narración y nos permiten perdernos por sus incontables vericuetos. Encontramos una reflexión sobre los límites entre realidad y ficción, sobre la importancia de los sueños, sobre el modo en que el tiempo condiciona indefectiblemente nuestras vidas. Encontramos una propuesta inmersiva y sensorial, una ambientación hipnótica y una marcada predilección por los lentos travellings de largo recorrido y los prolongados planos secuencia observacionales. Tanto es así, que la segunda mitad de Largo viaje hacia la noche está compuesta de un solo plano secuencia de casi una hora rodado, además, en 3D. Un plano poético y sugestivo; tan virtuoso que, contradictoriamente, podría llegar a provocar un cierto efecto de distanciamiento en algunos espectadores, llegando incluso a desvirtuar la trama. Sea como fuere, e independientemente del alarde técnico (prescindible o no) que supone la segunda mitad del film, Largo viaje hacia la noche implica sin duda la confirmación de Bi Gan como una de las jóvenes promesas del cine chino más reciente.

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