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Festival de Cinema Jueu de Barcelona

El Festival de Cinema Jueu de Barcelona nació hace 14 años y, pese a que este año ha reducido el número de días (debido, por supuesto, a recortes presupuestarios), goza de una buena salud y se mantiene como una oportunidad anual para conocer algunas de las producciones más desconocidas de una cultura que cuenta con una vibrante tradición cinematográfica que va más allá de Woody Allen o Amos Gitai.

Esta es una selección de algunos de los títulos que consideramos más interesantes de esta edición.

L’armée du crime (Robert Guédiguian, 2009)

Esta vez, Robert Guédiguian deja los barrios obreros de la Marsella contemporánea para ambientar su historia en el París de los tiempos de la ocupación nazi. Su estilo se amolda bien a este cambio y la mezcla de la representación cruda de la violencia con la camaradería y la solidaridad entre las personas toma proporciones épicas al situarse en una época cuyo símbolo más visible era la V de la victoria alemana que desde lo alto de la Torre Eiffel recordaba a los franceses quién mandaba. La película reivindica el papel de los extranjeros en la Resistencia, centrándose en un grupo de refugiados (judíos de la Europa del Este que huyen de las leyes raciales nazis, armenios que escaparon de las masacres turcas, italianos y españoles perseguidos por el fascismo) que lucharon por defender la Francia "de los derechos del hombre". Además de mostrar la connivencia entre las autoridades reaccionarias francesas y las fuerzas de ocupación alemanas en la lucha contra el comunismo (la ideología con la que los protagonistas definen su identidad por encima de sus distintas adscripciones nacionales), gran parte del metraje se destina a los dilemas morales que se plantean ante la toma de las armas. Este proceso se personaliza en la figura del poeta armenio (igual que el propio Guédiguian) Missak Manouchian.

Footnote (Hearat Shulayim, Joseph Cedar, 2010)

Como el propio realizador reconoció en la presentación, la relación de competencia entre dos eruditos en filología hebrea no parece el material más adecuado para una comedia. Sin embargo, la cosa se empieza a poner interesante cuando estos dos personajes son padre e hijo y han dedicado todas sus vidas a un campo de estudio tan concreto y especializado. Después de establecer el contexto de su trabajo mediante unas ágiles secuencias de montaje en las que, coherentemente con la profesión de los protagonistas, el texto escrito cobra mucha importancia, el detonante del enredo es la confusión de una secretaria a la hora de anunciar al profesor Shkolnik que se le ha concedido el premio Israel, la máxima distinción académica del país. El problema es que la secretaria ha dirigido la llamada al padre, cuando el premio había sido concedido al hijo. Esta confusión dará pie a tensar una ya de por sí competitiva relación paternofilial, en la que la culpa (edípica) por superar al padre tomará el papel principal. Además, las dos actitudes frente a su trabajo (el padre, un riguroso defensor de la actitud científica que pasó 30 años cotejando manuscritos medievales para demostrar una teoría; el hijo, un erudito con vocación de star que se ha ganado un nombre escribiendo amenos trabajos sobre las costumbres maritales de las comunidades judías de la Europa medieval) se traducirán en un reflejo de dos actitudes frente al conocimiento, pero también ante la ley, propiciando un conflicto de proporciones filosóficas y teológicas entre la Verdad y el Bien, planteando una reflexión sobre cuál debe prevalecer en aquellos casos en que entran en conflicto.

Le cochon de Gaza (Sylvain Estibal, 2011)

Un pescador palestino, en plena faena frente a las costas de la franja de Gaza, encuentra entre sus redes un cerdo vietnamita. Este planteamiento, cercano al absurdo, es el incidente desencadenante de una historia que se sirve del mecanismo del humor para afrontar una situación de extrema dureza y que, a pesar de esa estrategia, lo hace sin disfrazar los hechos y mediante una representación valiente, que se convierte en un exhaustivo catálogo de lo que ocurre en esa región del mundo (de la humillación y la violencia de la ocupación al fundamentalismo religioso y el terrorismo suicida, pasando por las diferencias en el nivel de vida o los prejuicios entre uno y otro pueblo). La película, que a pesar de esa dura realidad se plantea desde la ternura por los personajes de todas las partes y la comprensión de sus distintas problemáticas y sufrimientos, parece hacia el final caer en la tentación de ofrecer una resolución esperanzadora de reconciliación que contradice esa tesis según la cual, si una obra quiere exhortar a la acción, la resolución del conflicto que plantea no debe encontrarse en la obra misma, sino que debe ser buscada por el espectador en el mundo real. Sin embargo, se resiste a las soluciones fáciles en el momento en que esa ansiada resolución se expresa, también visualmente, en forma de deseo, recordándonos lo lejos que aún está en el mundo real, aunque sea también posible.

El gato del rabino (Le chat du rabbin, Joann Sfar, 2011)

Joann Sfar se dio a conocer originalmente como autor de cómic del colectivo francés L’Association, que a principios de los años 90 revolucionó el panorama de la bande dessiné con un planteamiento radicalmente autoral del medio. Tras Gainsbourg, vida de un héroe (Gainsbourg, vie héroïque, 2010), en esta segunda incursión en la dirección cinematográfica Sfar opta de nuevo por una adaptación de un cómic suyo: El gato del rabino. Esta vez se decide por hacerlo directamente en animación, con un resultado más anclado en la obra impresa que en el caso de su ópera prima. Situada en la Argelia de la época del Protectorado Francés, la historia arranca cuando un rabino ve tambalear su visión del mundo en el momento en que su gato empieza a hablar. El animal, intensamente enamorado de la bella hija de su amo, utilizará su recién descubierta facultad de habla para cuestionar con alegre descaro y desenfado los principios en los que el rabino siempre había creído. La segunda parte de la película está constituida por una road movie intercultural en la que se embarcan el rabino, su gato, un judío ruso comunista, un exiliado zarista, un sabio sufí y una joven etíope musulmana en una búsqueda a través del continente para encontrar la legendaria Jerusalén Africana. Planteado como una fábula a partir de la que ironizar y reflexionar en torno a las interpretaciones estrictas de la religión, el viaje del rabino y sus amigos llevará a éste a reformular sus creencias reduciéndolas al universal concepto del Rabi Akiva: "ama al prójimo como a ti mismo".

¡Deja ir a mi pueblo! (Let My People Go!, Mikael Buch, 2011)

Reuben es un joven francés que, después de romper con su novio, con el que vive en una idílica población finlandesa, decide volver a París con su familia. Con un retrato de la relaciones familiares a medio camino entre Woody Allen y Pedro Almodóvar y un estilo de narración que recuerda a una versión mediterránea de Wes Anderson, el debutante Mikael Buch (nacido en Marsella, pero criado en Barcelona) traza una solvente comedia que recorre las idiosincrasias que supone ser homosexual en una familia judía, no muy religiosa, pero sí apegada a sus costumbres y tradiciones. Además de un guión, coescrito con Christophe Honoré, en el que con un gran sentido del humor se mezclan situaciones muy personales (tal vez no autobiográficas, pero sí muy cercanas al autor) con los giros más excéntricos, gran parte de la fuerza de la película recae en la imponente presencia de Carmen Maura (en el papel de materfamilias) y en la mezcla de fragilidad y determinación que puebla el enigmático rostro de Nicolas Maury, el actor protagonista.

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D’A 2012 – ‘Les bien-aimés’, ‘L’Apollonide’ y ‘O abismo prateado’

La leyenda de la puta y el infiel

Un MacGuffin con mucha clase. Así inicia Christophe Honoré Les bien-aimés, con el robo de unos bonitos zapatos que convierten a la ladrona y también protagonista del film, Madeleine, sin comerlo ni beberlo, en prostituta. Su azaroso devenir y su improvisada concepción del amor hacen que su primer cliente, un médico checoslovaco, se convierta en su primer marido y padre de su hija. Estamos en París, en 1964, el mismo año en que Jacques Demy rodó Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964), y como en aquella, Les bien-aimés es también un musical y, como en aquella, la situación política hace que los dos amantes se separen. Honoré revisita con numerosos guiños (incluso hay un plano dedicado exclusivamente a un paraguas) el clásico de Demy para regalarnos una tragicomedia musicada con un humor elegante y sutil, y una banda sonora entre nostálgica y magnética, compuesta por Alex Beaupain. No es este el único mérito de la cinta: la película está contada a partir del paso del tiempo y del conflicto generacional. Así, Catherine Deneuve y Chiara Mastroianni, madre e hija en la vida real, interpretan a Madeleine y Vera, madre e hija en este film. Si Madeleine encuentra el amor de casualidad, Vera se convierte en el ángulo complementario de su progenitora, una chica que busca el amor verdadero sin tener suerte. En la segunda parte del film se abandona el tono amable y se torna melodrama crudo, aunque esto no evita abandonar las dosis de humor irónico. Al inicio del film, es la voz de Vera la que nos relata en pasado la historia de cómo su madre se convirtió en puta y se enamoró de su padre, un hombre infiel. Y es la voz de Madeleine la que nos relata el final de su hija. Unos bonitos zapatos reposan sobre la acera...

Esto no es un prostíbulo

Que quede claro: L'Apollonide no es un prostíbulo sino una “casa de tolerancia” a la que va a parar Pauline. Estamos en noviembre de 1899, en el paso del Siglo XIX al XX, y los burgueses acuden a este burdel de Francia para perder a la vez su dinero y su vergüenza. Como sus otras compañeras, Pauline busca ganar el dinero suficiente para poder saldar sus deudas o enamorar a un ricachón que la obsequie con la libertad. Bertrand Bonello compone un film hermético, en ocasiones algo claustrofóbico, en el que la rutina diaria de preparación para ejercer de las jóvenes prostitutas y sus chismorreos y miserias se convierten en la única voz de este cuento de cenicientas trasnochadas atrapadas entre las cuatro paredes de su único medio para intentar conquistar la libertad. Tan sólo en un momento puntual, Bonello da un pequeño respiro en forma de secuencia de exteriores, con un decorado campestre que recuerda la pintura impresionista francesa de la época. Pero todo parece haber sido un sueño. Enseguida volvemos a encerrarnos otra vez en l'Apollonide y a contemplar el lirismo de lo atroz. Y entonces nos sobreviene una impresión: hemos sido voyeurs de lo pornográfico y no nos habíamos percatado, porque Bonello nos lo había disimulado con una fina capa de seda. La experiencia estética del film es notable y algunos recursos estilísticos como la pantalla partida en cuatro aún la potencian más. La armonía que consigue L'Apollonide, entre lo salvaje y lo sublime, lo escatológico y lo poético, permite que se pueda recitar un pasaje del “Estudio antropométrico sobre putas y ladrones” para minutos más tarde golpearnos con una dura y explícita imagen de sadismo. La película cierra con un golpe bajo: las últimas imágenes tienen lugar en la actualidad, donde la textura cruda del formato digital nos muestra el estado actual de la prostitución en exteriores. Nada parece haber cambiado en cien años.

Al mar

En Brasil, Violeta, una mujer de clase media-alta con un hijo, es abandonada por el marido, que parece haberse escapado en un viaje por mar. La mujer sale en su búsqueda pero se da cuenta tarde que le va a ser imposible encontrarlo. Su deambulación acabará también en el mar, donde conocerá a un padre separado y a su hija. O abismo prateado (Karim Aïnouz) es una película insulsa, que antes de la mitad del metraje parece quedarse hipnotizada por el movimiento de las olas y de su sonido mántrico. Torpemente remarcada en su final por una canción brasileña que recita “los hombres que la han dejado...”, llegan los créditos finales, sintomáticamente idénticos a los del principio: destellos sobre fondo azul, el abismo plateado que fagocita la historia.

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