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D’A Film Festival 2018 (II)

Algunas notas para un extraordinario arranque de festival

El D´A comenzó para mí por todo lo alto con la película mexicana Tiempo compartido, una comedia perturbadora y una enfermiza representación del infierno. Una película inteligente, llena de diálogos brillantes, situaciones hilarantes y con mucha mala baba. Ahora que el cine mexicano triunfa en Hollywood con películas impecables pero inofensivas, resulta divertido pensar en la cara que pondrían los académicos yanquis ante esta sátira despiadada que utiliza como diana precisamente el avasallador colonialismo cultural norteamericano y su tela de araña capitalista.

La segunda película de Sebastian Hofmann comienza como una comedia familiar sobre lo que parece que serán unas vacaciones fallidas (aunque nos inquieten desde el principio la extraordinaria expresividad de algunos encuadres y de algunos momentos sonoros) para ir convirtiéndose en un infierno en el interior de un aberrante complejo turístico entre cuyas relucientes paredes se alcanzan los límites más terroríficos de esa secta llamada capitalismo, a la que le hemos concedido la gestión de nuestro tiempo, de nuestra familia, de nuestro ocio y hasta de nuestra salud mental. El cineasta mexicano parece haber tomado como referente a Don Delillo cuando consigue convertir las situaciones más cotidianas en una digresión abstracta a medio camino entre lo pintoresco y la pesadilla. Hoffman consigue, con un sorprendente y lúcido dominio de la puesta en escena, que ese paradisiaco monstruo del turismo familiar se convierta en un Cuerpo Sin Órganos que avanza asimilando organismos para formar un entramado de felicidad aparente y temporal y, sobre todo, anestesiante.

La piel, el cuerpo, la fisicidad del viento, las rocas, los pequeños objetos que conforman una memoria personal… eso es Con el viento, el debut en el largometraje de Meritxell Colell, una película sobre las texturas del recuerdo y de la pérdida y sobre cómo se negocian las relaciones familiares, siempre a partir de la cercanía y sinceridad de las miradas vidriosas. Una película íntima sobre la intimidad. Una película pequeña sobre las cosas pequeñas, las que siempre han importado aun sin saberlo, las que se inscriben en el rostro del recuerdo. Las ruinas de la memoria recuperadas a partir de planos detalle; y el viento incesante como metáfora, pero a la vez dolorosamente real, cierto, perverso en su rigor e insistencia, aunque también tremendamente liberador.

Es admirable la madurez y precisión con la que Meritxell Colell pone en escena esta historia emocionante sobre el retorno al núcleo familiar y los lugares de la infancia que arranca como un Grandieux enloquecido, diseccionando los movimientos espasmódicos de una bailarina para, poco a poco, calmarse y ofrecer una visión más serena (aunque igualmente física) del cuerpo y de la relación entre éste y todo lo que le rodea.

Otro debut sobresaliente, el de Ingrid Guardiola, que en Casa de ningú plantea una mirada emotiva y desesperanzada sobre personas, espacios y formas de vida aparcadas en un limbo, condenadas no tanto a desaparecer como a dejar existir para el sistema.

Guardiola visita dos comunidades a priori tan alejadas como una residencia de ancianos en Sant Andreu de Palomar y el pueblo minero de Ciñera, en León, prácticamente desahuciado tras el cierre de la empresa minera, para constatar que ambas se han convertido en excedentes, en deshechos, en las ruinas de un sistema capitalista brutalmente perverso que hace girar todo alrededor del trabajo y la productividad. ¿Qué ocurre cuando una persona, un colectivo, una industria pierden esa capacidad para producir? La cineasta, más que ofrecer respuestas, observa y escucha, pone la cámara y registra las voces, evitando así caer en cierto amarillismo sensacionalista que hubiese lastrado una película hermosa y terrible.

Ramón Lluís Bande lleva años enfrascado en una búsqueda a la vez política y formal (si es que pueden disociarse): la de representar cinematográficamente la memoria, la de conseguir que afloren, bajo el punto de vista único del cineasta, las capas de tiempo que se esconden bajo la apariencia primera de un paisaje que se ha politizado tanto y tan dramáticamente como el asturiano, en cuyas cunetas y en cuyos montes hay aún hoy enterradas miles de personas asesinadas. Cómo rodar esos paisajes, cómo ejecutar una mirada sobre ellos, y no una mirada cualquiera, sino la mirada de un cineasta. Esa es la pregunta que se hace Bande. Y la respuesta está llena de rigor. Su cine es personalísimo, implacable, profundamente reflexivo; pero por momentos, de alguna manera, consigue que resulte emocionante, tal vez porque es, sobre todo, justo.

Escoréu, 24 d´avientu de 1937 es la crónica (cinematográfica) de la exhumación de dos de esos cadáveres que pueblan los suelos asturianos. Bande encuentra su punto de vista a una cierta distancia de la acción, de tal manera que en su encuadre, dilatado también en el tiempo, no cabe manipulación sentimental alguna, registra cada detalle de unos hechos cargados de justicia y emotividad sin recurrir a subrayados. Si con el desenterramiento emerge el pasado, aunque con ochenta años de retraso, hay en Escoréu… una crónica paralela: la de la reconstrucción del relato de la memoria (personal y colectiva). A partir de tres entrevistas a familiares de los asesinados, van apareciendo nombres y hechos concretos de una forma estremecedora.

Solo al final, cuando el pasado ya está totalmente en la superficie y la memoria ha sido restaurada, Bande acerca la cámara al cuerpo desenterrado y mantiene el encuadre durante algunos minutos. Y debajo de esa última imagen, en ese palimpsesto que es (o que puede llegar a ser) una imagen, se esconden no solo capas de tiempo y sentido, sino, de una forma dramáticamente literal, diez mil cadáveres más.

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