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‘El nuevo cine coreano’ en Casa Asia: ‘Old Partner’ (‘Wonangsori’, Lee Chung-ryoul, 2008)

Una historia diferente

A pesar del impacto cinéfilo que la Nueva Ola de Cine Coreano produjo a nivel internacional, su distribución, fuera del circuito de festivales fue en nuestro país escasa por no decir casi invisible. Así pues, si autores como Park Chan-wook no consiguieron apenas resonancia en nuestras carteleras, un documental como el que nos ocupa, Old Partner, que versa sobre el triángulo sentimental entre dos abuelos y su buey en la Corea profunda, parece material condenado a la opacidad absoluta. No obstante esta es una historia que, observando su impacto comercial en su país de origen, consiguió despertar el interés de un público mucho más amplio que el esperado para el género documental.

Una vez visionado se constata que Old Partner adolece fundamentalmente de un problema: su falta de, por llamarlo de alguna manera, mensaje concreto. Queda claro que se quiere mostrar, y en eso el éxito es absoluto, que todavía existe otro mundo, otra forma de vida dentro de la hipertecnologizada Corea. Efectivamente, y como ya vimos en Sang Woo y su abuela, entramos en un espacio rural que no convive con su tiempo sino que parece habitar fuera de él. Un mundo anacrónico que, salvo vestimenta de los protagonistas, podría suceder tranquilamente en una Corea feudal. Así pues queda claro el juego una vez más: provocar una fuerte impresión ante la plasmación de la existencia de un espacio tan primitivo como ese para, a continuación, mostrar sus elementos sentimentalmente positivos y crear así una corriente de simpatía, comprensión e incluso admiración.

He aquí donde Old Partner se muestra inconsistente, porque más allá del contraste, y de lo bizarro del argumento, uno no consigue interesarse nunca por la historia que nos están contando. Lo que nos queda claro es que estamos ante un matrimonio que no se soporta, que han vivido años juntos y que sus vías de escape son, para él, derivar su amor hacia su compañero de trabajo, el Buey, y, para ella, pasarse el film indignándose ante esta situación, como una amante despechada. Lo que podría generar momentos de vodevil absurdo o incluso de inquietantes derivaciones sexuales acaba siendo un aburrido bucle de situaciones repetidas que sí, nos hablan de una cierto vacío vital y de una absurdidad existencial, pero nunca consiguen que empaticemos con sus protagonistas y menos aún con un Buey que, lejos de despertar cariño, parece rogarnos con su mirada que se acabe su martirio.

Old Partner es un documental bienintencionado, qué duda cabe, pero que acaba siendo ejecutado de forma torpe al no saber trasladar sus intenciones emocionales al espectador. Sea por su trazo de brocha gorda de los personajes, sea por su obsesión en el subrayado musical y el primer plano o por no saber establecer los lazos emocionales oportunos acaba por sentirse como algo lejano, de un localismo bordeando lo opaco. Sí, entrevemos que hay una loable voluntad de elevar una historia mínima al universalismo del ensalzamiento de la amistad. De mostrar que en lo más recóndito, y en las condiciones más duras, se impone siempre la fuerza de los sentimientos. El problema es que estos se dirigen hacia un animal y no hacia tu compañero humano de fatigas. No es que eso sea malo, es que contradice el espíritu que impregna toda la obra. Si no somos capaces de amar a nuestro prójimo, de solidarizarnos con él, hasta el punto de preferir a un Buey, ¿qué dice eso del espíritu humano? Una reflexión interesante pero que no deja de ser una conclusión de lo más parecida a un tiro por la culata argumental.

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‘El nuevo cine coreano’ en Casa Asia: ‘Aliento’ (‘Soom’, Kim Ki-duk, 2007)

Provocaciones voluntarias, agotamiento lateral

Kim Ki-duk podría considerarse como el autor de la visibilidad. Sus obras, aunque no especialmente comerciales, tuvieron (y siguen teniendo) un amplio recorrido en festivales internacionales de prestigio. Es por ello que se constituye como el cineasta clave de la Nueva Ola Coreana, tanto por su función de bisagra que facilita el interés por lo que está pasando en Corea como por su capacidad de permanencia tanto en el tiempo como en lo que atañe a su personalidad fílmica.

Aliento se podría considerar como el (casi) canto del cisne de una etapa de lenta pero firme decadencia en su filmografía, que se cerraría con Dream (Bi-mong, 2008). Un periodo que podríamos enmarcar entre los años 2005 y 2008, momento en que tras el cénit de su éxito internacional con Samaritan Girl (Samaria, 2004) y, especialmente, Hierro 3 (Bin-jip, 2004), sus películas entran en un estancamiento formal y argumental. Esencialmente películas como El arco (Hwal, 2005), Time (Shi gan, 2006), y la que nos ocupa, Aliento, parecen estar rodadas con el piloto automático puesto, con la expectativa de que la repetición de la fórmula conducirá igualmente al éxito y no a su agotamiento.

Precisamente Aliento parece un intento de revertir esta situación. No se trata de dar un giro absoluto, pero si de complementar elementos perennes en su obra, como la poética de los silencios, con explosiones, más o menos contundentes en su forma, de dramatismo desgarrador. La intención es crear contrastes, que el silencio funcione no solo como poesía sino como catalizador de tensiones, de acumulador de tensión dramática para que el estallido posterior sea, o al menos su impacto, de mayor potencia y trascendencia narrativa.

En esta historia de amor imposible entre un convicto y su ex novia se ponen en movimiento todos los elementos necesarios para que la estrategia funcione. Conflicto familiar, drama carcelario y revelación de eventos trágicos del pasado se unen para crear una atmósfera turbia, fría, que roza lo insano, que bordea la locura. No obstante, y aunque los elementos están ahí, no hay continuidad en su eficiencia. Especialmente significativa es la confusión que se produce entre la dramatización y el tremendismo más exagerado, en la barroquización de la expresión de los sentimientos.

El ejemplo más claro está en la descompensación entre los fueras de campo para la violencia (sea autoinfligida o no) del protagonista y la exhibición impúdica de sentimientos que ofrece su ex novia en unos números musicales tan sorprendentes por su desubicación contextual y narrativa como sonrojantes y violentadores en su ejecución. Porque finalmente eso es Aliento, más un intento de tremendizar hasta el extremo, de deformar una historia hasta lo grotesco, que de realmente construir una película que rompiera la tendencia de su filmografía.

Finalmente la sensación que nos queda es que esta es una película que contiene otra, la que pudo haber sido y que finalmente acaba soterrada bajo los excesos innecesarios que hay en ella. Aliento quiere hablar de desequilibrios emocionales y pretende hacerlo precisamente a través de dotarse argumental y formalmente de dicho desequilibrio, de forzar hasta el límite tanto el mini como el maximalismo. En ocasiones la sensación es que Kim Ki-duk juega a ser un Bresson gamberro (especialmente en lo que se refiere a las condiciones de vida en la cárcel) y en otras que se aburre con el material que se trae entre manos.

Como indicábamos al inicio, esta es una película que marca el fin de un ciclo, pero al mismo tiempo da algunas de las claves de la filmografía del director: recupera la capacidad de crear espacios minimalistas, de compartimentar universos estancos y dibujar con precisión sus límites, pero también configura constantes en su filmografía posterior, como la del empeño en dinamitar esos espacios mediante la bola de demolición del exceso. A menudo se ha calificado a Kim Ki-duk como enfant terrible del cine coreano por su independencia y su “voyamibolismo” fuera de las tendencias. Películas como esta lo certifican en parte, porque no hay que confundir independencia con estar fuera de control, y eso es esencialmente lo que ocurre con Aliento.

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‘El nuevo cine coreano’ en Casa Asia: ‘My Mother, The Mermaid’ (‘Ineo gongju’, Park Heung-sik, 2004)

La otra Corea cinematográfica

My Mother, The Mermaid, siguiente película proyectada en el festival “El nuevo cine coreano” de Barcelona, fue un caso de producción ajena a lo que ya en ese momento se conocía como Ola Coreana, o dicho de otro modo, no compartía (ni tenía por qué hacerlo) el sentido de autor con el que se identificaba dicha ola. Por tanto estamos ante una película cuyo éxito, aunque grande, fue de carácter estrictamente local, mientras que, a nivel internacional, quedaba como una pieza absolutamente desconocida, al no haber suscitado interés alguno en los circuitos de festivales internacionales.

De hecho, no se trata tanto de obviar la buscada fórmula del cine de autor como de explotar en formato cinematográfico el género triunfador en la televisión coreana del momento: los doramas o hangul, algo así como un equivalente a las telenovelas con temáticas centradas en relaciones conflictivas entre familiares y/o historias de amor imposibles. My Mother, The Mermaid no deja de ser el reflejo en pantalla grande de este fenómeno. Grandes dramas, localismos de fácil identificación para el espectador coreano e interpretaciones bordeando el histrionismo más exagerado. Todo ello, mezclado y pasado por el turmix de una filmación anodinamente televisiva, conforma un producto de difícil digestión, especialmente si no se está familiarizado con sus modos y temáticas.

No obstante, esta historia de conflictos familiares entre una hija y sus padres, a quienes odia por sus peleas constantes y su condición de lo que podríamos llamar descastados sociales, busca una vertiente que por momentos promete insuflar algo de aire fresco al argumento. Mediante la incursión en el subgénero de los viajes en el tiempo se pretende no solo aportar originalidad sino una nueva forma, exógena, de observar a los personajes. Alejándonos del dibujo de brocha gruesa de sus personalidades y trasladándonos a su pasado se intenta aportar matiz, conocimiento y explicación a algunas de las motivaciones y comportamientos vistos anteriormente.

Este es un punto de inflexión que podría haber funcionado perfectamente si no fuera porque todo queda en una simple declaración de intenciones. Como si el director (Park Heung-sik) decidiera echarse atrás en sus intenciones y no quisiera “complicar” en exceso la película, se acaba decantando por explotar una vez más el sentimentalismo más cargante y azucarado, sin escatimar recursos como los colores pastel o las músicas subiendo de tono para remarcar los momentos álgidos de supuesta “emoción”.

El efecto, por supuesto, más allá de la sensibilidad de cada uno, es de película de manual, en el peor sentido del término posible. De tanto impostar emoción acaba por ser lo contrario de lo que pretende, un artefacto anodino y casi irritante que no tiene ni la virtud de la ironía ni la autoconsciencia que permitiría escapes humorísticos al espectador. Hay que reconocer eso sí que esta estrategia funcionó correctamente a la hora de llegar a su público objetivo. Curiosamente una audiencia que ha ido aumentando exponencialmente al hacerse los doramas populares más allá de las fronteras asiáticas y expandirse con fuerza, por ejemplo en Latinoamérica.

My Mother, The Mermaid no es desde luego un film históricamente reseñable por su calidad ni aportaciones cinematográficas, pero ciertamente constituye un documento valorable como análisis sociológico tanto de valores, usos y costumbres, como de gustos de una parte del público en Corea. Aunque sea un mal consuelo, My Mother, The Mermaid nos permite despertar del sueño de la Corea cinematográficamente perfecta y constatar que hubo sombras detrás de los premios y parabienes.

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‘El nuevo cine coreano’ en Casa Asia – ‘Sang Woo y su abuela’ (‘Jibeuro’, Lee Jeong-hyang, 2002)

Asomarse a la ventana, ver el mismo paisaje

El ciclo “El nuevo cine coreano” organizado por Casa Asia en los Cinemes Girona de Barcelona se inicia con Sang Woo y su abuela (distribuida internacionalmente como The Way Home). Vista con la perspectiva histórica que suponen los 12 años transcurridos desde su estreno podríamos decir que esta es una película que ha envejecido mal. Puede que una afirmación como esta, dado el lapso tan enormemente corto que nos separa del momento de su estreno, resulte cuando menos sorprendente. Sin embargo, no se trata tanto de la temporalidad, de la cantidad de años, sino más bien de una cuestión de contexto, del cómo y el cuándo.

Efectivamente, estamos en 2002 y la explosión del cine coreano, especialmente en lo que atañe al circuito de festivales y el prestigio que ello conlleva, no se ha producido aún. Park Chan-wook, Bong Jon-hoo, entre otros, son autores semi (o totalmente) desconocidos. Solo Kim Ki-duk se asoma frecuentemente a estos espacios fílmicos, siendo interpretado más como un autor que como parte de un nuevo cine emergente. Con todo ello no es de extrañar que películas como Sang Woo y su abuela se vieran e interpretaran más bajo el prisma de lo “exótico” que, quizás, mediante un análisis exhaustivo de la obra.

La conclusión fácil a la que se puede llegar tras lo comentado anteriormente es que estamos ante una obra definible como sobrevalorada, término este que, aunque parcialmente injusto, no deja de arrojar cierta luz y prevención sobre el conjunto. Sí, Sang Woo y su abuela fue una obra ciertamente celebrada, cosechando, si no premios, si gran aceptación crítica, sirviendo de alguna manera como piedra fundacional del interés, ahora sí, por el cine coreano como una cinematografía a considerar.

Esta es una historia que pivota en diversos juegos especulares, en la confrontación de los opuestos y su posterior síntesis. Niñez y vejez, materialismo urbano frente a sencillez rural, torrente de palabras inútiles y caprichosas contra silencios reflexivos. Todos ellos conceptos de confrontación que orbitan durante todo el metraje sin esconder en ningún momento ni su afán de lección pedagógica buenista ni su simpleza expositiva. Todo con la misión de conmover y darle al espectador una suerte de fábula moral amable, si se quiere, pero en cierto modo unidireccional.

Es aquí donde el film de Lee Jeong-hyang patina de forma más contundente. Todo nos es dado masticado, hasta el punto de poder prever la sucesión de eventos (y sus consecuencias) casi desde el minuto uno del film. Es la nula capacidad de sorpresa, de arrancar la reflexión, y por tanto, las conclusiones del espectador, lo que lastra la capacidad de la película para generar una emoción duradera. Incluso, si nos ceñimos a lo estrictamente formal, hay una planificación que nos habla de esta dedocracia fílmica. Desde la imagen de los protagonistas dándose la espalda caminando en dirección contraria, hasta la contemplación silenciosa de la naturaleza por parte de la abuela después de una tormenta de ruido del niño protagonista, todo va encaminado al mensaje unidireccional acrítico en favor de una visión determinada de la historia.

Y no, no es que este mensaje moleste en lo ideológico, sino más bien en la forma de hacer tragar una idea que podía haberse cocido en un fuego más lento, de una manera más sutil. Cierto es que Sang Woo y su abuela contiene momentos emotivos e incluso planos de gran calado por su belleza y la oportunidad en su plasmación, pero siempre con la sospecha de que el plano estaba allí en el paisaje, esperando a ser encontrado por su propia localización más que por la capacidad de extracción del director.

Algo falla cuando Sang Woo y su abuela se sigue recordando a través de la anécdota (debut de la anciana con el añadido que parece ser que nunca había visto una película) más que por sus méritos. Cierto es que su visionado deja la sensación de una “feel good movie”, cosa no desdeñable por supuesto, pero también con la impresión de que había otra película dentro de la película: más cruel, dura, violenta o quizás realista, pero seguro más profunda, y por ello mismo menos artificial, menos sensiblera y más humana.

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Casa Asia Film Week (12/06/2011)

La soledad y todo lo demás

Las quinielas que señalaban Buddha Mountain (Guan Yin Shan) de la directora china Li Yu como posible ganadora de la primera edición del CAFW han acertado, y la historia de tres jóvenes que conviven con una huraña cantante de ópera retirada ha resultado ser la favorita de entre las once que competían por el galardón. Probablemente, las interpretaciones de Fang Bingbing y Sylvia Chang, un impecable guión y una conmovedora historia algo han tenido que ver. La directora realiza con esta película un retrato de dos generaciones distintas analizando aquello que las une y las distancia al mismo tiempo. Las reflexiones que plantea sobre la soledad no se circunscriben tan sólo al ámbito de la sociedad china, sino que son algo completamente universal y extrapolable; Li Yu sabe que las historias pequeñas son las que en realidad conforman el mundo tal como lo conocemos y por ello parte de lo personal para llegar a lo universal. Una muestra de sensibilidad (pero no de sensiblería) que no hay que dejar escapar. Cuatro protagonistas que cobran vida de forma progresiva y que mediante pequeños gestos consiguen que olvidemos su condición de personajes. Cuatro seres definidos mediante cicatrices, ausencias y mucha soledad. Una historia que podría haber caído en el patetismo pero no lo hace en ningún momento; porque la fuerza poética de sus imágenes puede más y porque la entereza de los personajes les define como supervivientes aun a pesar de que la muerte esté ahí, recorriendo de modo silencioso todo el metraje.

Por otro lado, el director tailandés Banjong Pisanthanakun aparca por el momento el cine de terror y nos ofrece con Hello Stranger (Kuan meun ho) un divertimento que, si bien promete bastante en su primera media hora, al final acaba desembocando en el superpoblado género de la comedia romántica más convencional. Aunque los personajes no están exentos de inteligencia e ironía y se respira durante toda la película una sutil crítica al poder alienante de la televisión y a los estereotipos en la juventud tailandesa, al final pesan más los contras que los pros, y esos clichés que en un principio son atacados al final acaban siendo reproducidos en una historia de amor que empieza de manera interesante pero termina de un modo un tanto predecible.

Para terminar asistimos a una ceremonia de clausura en la que estuvieron presentes tanto los organizadores del festival como los miembros del jurado. Estos cuatro días de proyecciones en los cines Girona concluyeron con la película The Stool Pigeon (Sin yan), interesante muestra de cine negro hongkonés dirigida por Dante Lam. Un ritmo frenético, una buena trama y mucha acción; una obra menor pero muy cuidada tanto en el fondo como en la forma. Todos esos ingredientes que hacen que el público siga disfrutando del género policiaco aun a pesar de que cada vez cueste más que este nos sorprenda. Puede que The Stool Pigeon no cuente nada nuevo, pero eso sí: lo que cuenta lo cuenta muy bien.

En definitiva, una intensa semana en la que hemos podido ver películas chinas, japonesas o coreanas, una merecida retrospectiva a Ann Hui, un interesante análisis de la situación del cine asiático en España, una breve pero representativa muestra de los más diversos géneros. Todo eso y mucho más es lo que nos ha ofrecido el primer CAFW, digno heredero de ese BAFF que siempre permanecerá en la memoria de todos los aficionados al cine que llega de Oriente.

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Casa Asia Film Week (11/06/2011)

Día de actrices y nostalgia

Sábado festivalero en la sala 1 de los cines Girona. Inicio por todo lo alto, con una de esas películas que son un sueño como espectador pero una pesadilla como (aspirante a) crítico: te deja sin palabras. Se trata de Buddha Mountain (Guan yin shan, Li Yu), un título evocador de espiritualidad, ritmos calmados y otros estereotipos asociados a lo oriental que estallarán en la cara del espectador despistado. Fresca, inteligente, imprevisible y bella. Palabras que adjetivan la película y a esa joven protagonista que exige retener su nombre: Fang Bingbing.

La siguiente sesión fue para Bruce Lee My Brother (Manfred Wong y Raymond Yip). Poco más que ensalzar la figura de turno con la característica estética de sobremesa de domingo es lo que suele ofrecer un biopic. El film está en esa línea, aunque con una cuidada recreación de época supera lo televisivo. Integrando algunos de los gestos característicos de la filmografía del mito del kung-fu en sus travesuras de infancia y correrías de juventud se gana nuestra simpatía.

Confesión; Jose Montaño: Matsu Takako se convirtió en mi debilidad personal tras protagonizar Shigatsu Monogatari (Iwai Shunji, 1998). Pese a no prodigarse demasiado en cine, su magnetismo en pantalla es notorio y Confessions (Kokuhaku, Nakashima Tetsuya) su confirmación definitiva. De esta cinta, de su cautivadora estética, complejidad formal y enrevesada trama, tras su sonado paso por Sitges no queda mucho que añadir. Me llama la atención que ante cualquier película nipona de tono familiar los críticos recurran sin falta a Cuentos de Tokyo (Tôkyô monogatari, Ozu Yasuhiro, 1953). Ante Confessions, ninguno ha rememorado Rashômon (Kurosawa Akira, 1950). Curioso. Tan sólo el factor sorpresa de la menos conocida Buddha Mountain se me antoja como argumento para un vuelco en el palmarés del CAFW aún mayor que el vivido en las recientes elecciones municipales. Entre ambas películas está mi apuesta. La respuesta en escasas horas.

Y acabamos con Space Battleship Yamato, de un Yamazaki Takashi anclado en la nostalgia. Y es que, aunque en este caso parezca llevarnos al futuro, la máquina del tiempo de Yamazaki sigue apuntando a décadas pasadas y el público al que guiña el ojo empieza a peinar canas. La película se basa en el manga homónimo, un clásico del popular Matsumoto Leiji. Ya entrados en el mundo del cómic, me viene a la memoria el título de un tomo de los X-Men: Memorias de un futuro pasado. Tras alcanzar la popularidad con sus recreaciones del Japón de postguerra, Yamazaki entrega una vez más su pantalla a los efectos digitales para ahondar en la espectacularidad de las imágenes, que solventa con la eficacia que ha ido cultivando en su saga Always. El ligero aire de triunfalismo nacionalista que desprendían ambas películas (una tercera entrega está en camino), justamente lo que un genial Kitano se encargó de dinamitar con su parodia en un fragmento de Glory to the Filmmaker! (Kantoku • Banzai!, 2007), se torna casi en vendaval. El film da la vuelta de forma figurada a la Historia para mostrar un Japón no sólo vencedor sino salvador de la humanidad, papel que tantas veces se ha arrogado cierto país y que hemos admitido sin problemas en pantalla, aplaudiendo cada una de sus barras y estrellas. Esta película entreteje las aspiraciones de quienes comandaron el original Yamato -el mayor navío de la historia militar nipona- con las que el país del sol naciente adoptó tras la derrota y los ataques nucleares: la reconstrucción del país y la restitución de su imagen como nación pacífica. El film no pasa de entretenido blockbuster de manual, pero tiene al menos el interés de revelar algo de la psicología social de un país.

En síntesis, espectacular jornada de cine para diversos gustos que, sin renunciar a la calidad, serviría por sí sola para negar esa falacia de que el cine de los países orientales no tiene potencial para ser comercializable.

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Casa Asia Film Week (10/06/2011)

Sacudiendo la sociedad de tres maneras distintas

Empezamos otra jornada de proyecciones en los cines Girona con la única producción india de la sección oficial. Guzaarish es una adaptación a la manera de Bollywood de la historia que ya nos contó Alejandro Amenábar en Mar Adentro (2004). Partir del caso de un tetrapléjico que solicita la eutanasia después de pasar años inmovilizado y convertirlo en un musical puede parecer a priori una ocurrencia un tanto esperpéntica, pero el buen oficio de Sanjay Leela Bhansali consigue que, a pesar de los prejuicios y el desconcierto inicial de gran parte de los espectadores (entre los que me incluyo), la película se pueda disfrutar justamente como lo que es: un entretenimiento sin mayor afán de trascendencia, una explosión de color y magia, una historia entrañablemente naif que apela a la bondad del espectador y a la empatía fácil. Es cierto que no hay un gran desarrollo de los personajes ni un guión impecable; también es cierto que se recurre a varios lugares comunes con asiduidad, que la herencia del realismo mágico pesa demasiado y que no hay nada, a parte de la elección inicial del tema, que nos sorprenda en el desarrollo de esta película. Pero también podemos afirmar que es una película arriesgada, con sus defectos y sus virtudes, que a pesar de los excesos no cae en el ridículo, probablemente porque no está hecha para ser analizada con la mente sino para ser disfrutada con los sentidos.

Aftershock (Tangshan dadizhen) ha sido la superproducción más taquillera en China en el 2010. No andaba nada desencaminado Enrique Garcelán cuando al presentarla habló de su director Feng Xiaogang como si fuese el Spielberg chino. El filme no oculta en ningún momento su condición de blockbuster ni las influencias del cine mainstream norteamericano. Con una impecable factura visual y unos efectos especiales que desbordan los primeros veinte minutos dejando al espectador clavado en la butaca, Aftershock narra la historia de una familia que se descompone tras el devastador terremoto que asoló Tangshan en 1976. Más de dos horas de duración para una obra (muy) ambiciosa que pretende retratar el sufrimiento y el dolor de sus personajes e introducirse en las fisuras (visibles e invisibles) que produjo un seísmo de 7,8 en la escala de Richter hace 35 años. Hasta qué punto resulta legítimo valerse del sufrimiento y la desgracia ajenos para producir un espectacular entretenimiento para salas IMAX no es algo que me corresponda juzgar. De hecho, las películas de catástrofes han constituido uno de los géneros cinematográficos más rentables desde que esta fábrica de sueños existe como tal. Lo que más lamento de una producción como Aftershock es que, a pesar de las buenas intenciones y de querer centrarse más en los personajes y no tanto en lo espectacular de los dramáticos acontecimientos, los protagonistas caen en una sucesión constante de tópicos y clichés; y la trama, forzada en exceso, deviene inverosímil, pretendiendo una especie de triple salto mortal argumental que, por desgracia, no sale nada bien.

Para terminar nos acercamos a la retrospectiva que el festival le dedica a la directora hongkonesa Ann Hui. Con All About Love (Duk haan chau faan), Hui nos presenta una amable comedia que aborda temas como el lesbianismo o las cuestiones de género. Resulta revelador que en una filmografía tan prolífica como la china escaseen tanto este tipo de películas. Temas que el cine europeo o el estadounidense han abordado hasta la saciedad, en la cinematografía china no aparecen más que en contadas ocasiones, de forma tímida y velada o en géneros específicos de audiencia muy concreta. Es por ello que considero que una película como All About Love es mucho más valiente que otra como Los chicos están bien (The Kids Are All Right, Lisa Cholodenko, 2010). A pesar de que ambas aborden temas similares casi del mismo modo y se puedan encuadrar dentro del subgénero de comedia liberal con buenas intenciones. Porque una misma frase dicha en dos contextos distintos puede tener consecuencias muy diferentes.

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Casa Asia Film Week (09/06/2011)

Hong Kong luciendo músculo

Las tres pantallas de Cinemes Girona se han puesto ya a disposición del celuloide asiático para cuatro días que, sin duda, sabrán a poco pero que prometen emociones fuertes. El programa cuenta con algunos títulos de orientación comercial. Se podría achacar al sesgo que imprime la costumbre en sus responsables, como sabemos encargados también de la selección de un festival con tendencia a la satisfacción del fandom como es Sitges. De todos modos, que no se entienda esto como crítica, no me disgusta que se combine lo novedoso y autoral con productos atractivos a otro tipo de audiencias, tal vez no masivas pero sí con amplitud y entidad suficientes como para generar un público estable.

La sala principal ha calentado motores con una comedia romántica, género tan injustamente tratado a veces, más por los creadores empeñados en reiterar los tópicos de siempre que por los analistas que lo denuncian. En esta ocasión, el hongkonés Edward Mak no parece que vaya a revolucionar el género, pero sí ha tenido buen gusto suficiente para que su película Ex (Chin do) no suene a la melodía de siempre. Una original presentación en un aeropuerto, ese lugar tan ilocalizable como el inevitable Facebook que domina alguna otra secuencia, inicia lo que se intuye un juego de dobles parejas que enseguida se reduce al clásico triángulo, presagiado en una pared por el póster de Jules y Jim (Jules et Jim, François Truffaut, 1962). Sin embargo, cuando algunos flashbacks nos remiten a la adolescencia de los personajes, cambiando el póster por el de Elephant (Gus Van Sant, 2003), la cinta comienza a crecer en lados y ángulos de geometrías más complejas.

Nos plantamos así en la gala inaugural, en la que destacó la entrega del Premio Especial de Casa Asia a la hongkonesa Ann Hui por toda una carrera cinematográfica que ya alcanza los tres decenios. Entre los discursos institucionales de rigor destacó que Mary Chow, directora de la oficina comercial de Hong Kong en Europa, señalara como principal motivo del vigor de su cine la Constitución del enclave, que garantiza la libertad artística y de opinión de sus cineastas. Torpedo en toda regla a la situación en la República Popular China, aunque recordó que el mastodóntico país cuenta anualmente con hasta siete títulos procedentes de la ex colonia británica en el top ten de taquilla. Enrique Garcelán, liberado ya de los nervios previos -confesó sus fundados temores a que la cinta que se debía exhibir no llegara a tiempo, de hecho parece que fue cuestión de minutos- estuvo entrañable usando la jerga propia de su abandonada carrera médica para bendecir el recién nacido Festival.

Como colofón pudimos disfrutar con el atronador espectáculo de Reign of Assassins (Jianyu), realizada por Su Chao-Bin pero con la estimable colaboración de un clásico de la acción como John Woo y una no menos clásica Michelle Yeoh al frente del reparto, demostrando su buen estado de forma en este despliegue a su mayor gloria y lucimiento. El cine de artes marciales de Hong Kong no ha perdido nada de su vigor histórico, pero se libra a unas historias algo más elaboradas, lejos de las torpes excusas argumentales para las coreográficas luchas de antaño. Novedades pocas, salvo tal vez alguna aguda burla a ese concepto rancio de masculinidad que suele encumbrar el cine de acción. Reign of Assassins es un wu xia de manual: despliega el acostumbrado imaginario fantástico, un rizo argumental sobre otro, algunas pinceladas de humor no demasiado elaborado y el consabido romance. El género es lo que tiene, no necesita ofrecer más que lo que se espera de él para satisfacer a su público.

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Casa Asia Film Week (08/06/2011)

Del desierto a la jungla

El idilio de nuestra ciudad con el cine asiático tiene un nuevo síntoma con el curso de Postgrado en Cines Asiáticos que, en horario de mediodía, se ha presentado para abrir el Portal Asia de esta tercera y última jornada. La ciudad cuenta con hasta tres universidades que dedican un espacio privilegiado a los estudios culturales sobre el continente y la tradición respecto al cine asiático que venimos comentando. El profesor Manel Ollé hace tiempo que imparte este tema como asignatura en el área de Estudios de Asia Oriental, pero ahora pretende darle un impulso de calidad con esta propuesta.

En la tarde anterior, desde el sector de distribución, se dolían de la desaparición de un público y se preguntaban angustiados por la forma de recuperarlo. El propósito declarado del curso en cuestión es trascender las aulas universitarias y generar conocimiento a compartir entre los diversos agentes del sector cultural. Un núcleo de actividad entorno al cine asiático que, aliándose con los medios de comunicación, puede ser determinante en la recuperación de ese público perdido y la formación de los que están por venir. La sección cultural de un diario de amplia difusión detallaba en su edición de hoy el modelo de zapatos que compró para su mujer y los platos que cenó anoche Haruki Murakami. Sin embargo, ningún rotativo está cubriendo de momento el CAFW. La soledad de Contrapicado en la Sala Samarcanda ha sido hoy extrema. La compañera Marla y quien escribe fuimos los únicos espectadores en este acto. Si este es el estado de nuestro periodismo cultural, tal vez la dramática situación del sector no sea tan difícil de entender. No somos héroes, pero desde esta modesta tribuna debemos reivindicar nuestro papel y asumir la parte de responsabilidad que nos toca.

Afortunadamente -tampoco era muy difícil- la asistencia fue mayor por la tarde para atender a la narración que Luis Miñarro hizo de su trabajo en la producción de El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas (Loong Boonmee raleuk chat, Apichatpong Weerasethakul, 2010), última joya encumbrada en Cannes. Conocida y reconocida, la película aun guardaba algo por descubrir, además de la pronunciación del endiablado apellido de su director, al que todos acabamos tuteando por no caer en el ridículo. A parte de desvelar que la Colección multiplataforma Primitive (analizado por Aitor Ibáñez en el N35 de Contrapicado), proyecto artístico de Weerasethakul del que El tío Boonmee es sólo la última pieza, podría acabar en la colección permanente del CCCB, nos detalló algunas claves de la obtención de la Palma de Oro. Según Miñarro, fue decisiva la presencia de dos sensibilidades afines a la del artista tailandés en el jurado. La inquieta actitud artística de Víctor Erice y la inclinación por una forma diferente de encarar el género fantástico que ponderó Tim Burton fueron los contrapesos que decantaron la balanza a favor de esta producción. Una producción, por cierto, española. Este fue otro objeto de lamento ya que capitalizar los logros artísticos de autores extranjeros cuyas obras han sufragado, algo que los vecinos franceses hacen tan bien, parece una carencia irresoluble en el caso español.

En su alocución, Miñarro abogó con entusiasmo por la responsabilidad de un productor de detectar nuevos talentos y apostar fuerte para ofrecérselos al espectador, así tenga que desplegar sus recursos en la remota selva tailandesa. Lamentó el productor -continuamos señalando culpables- el pobre papel de las televisiones, cuya cobardía y/o desconocimiento impide que el televidente acceda a nuevos lenguajes expresivos. En ocasiones, algunos títulos son secuestrados (esa fue la expresión utilizada) por el canal que posee los derechos, aduciendo no encontrar una ubicación horaria adecuada para su emisión.

Llegados a este punto, Portal Asia desconecta el micrófono. A partir de mañana serán las películas las que hablen.

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Casa Asia Film Week (07/06/2011)

Tragedia en 3 actos

Un festival de cine tiene tanto de evento cultural como de escaparate promocional. Así, el segundo día en el CAFW abrió el telón, en un horario de tarde más agradecido que el de la jornada inaugural, con la presentación de los recientes y próximos lanzamientos en DVD de Cameo. Eso es lo que se anunciaba, aunque al final fue una charla en que Ramón Caro, al cargo de la distribuidora, desgranó los problemas del sector. Paradójicamente, uno de los temas que se comentó fue la deficiente planificación y promoción de lanzamientos, aunque el retroceso del público y las exigencias de cifras mínimas garantizadas por los agentes internacionales se apuntaron como principales escollos para la edición de cine asiático con que nutrir nuestras dvdetecas. El panorama presentado no pinta muy esperanzador.

No por casualidad, una de las estrellas del catalogo Cameo como Kinatay, del filipino Brillante Mendoza, protagonizó el siguiente acto. Una película señalada por el omnipotente dedo de Cannes, lo que generó trabajo extra para las butacas de la Sala Samarcanda. Mendoza es un viejo conocido para los asistentes al BAFF -¿lograremos acabar la semana sin volver a teclear esas cuatro letras?- en cuyas pantallas ya nos dio muestras de hacer honor a su onomástica con la laberíntica y angustiosa Serbis (2008). Circunscrita en aquel caso a un sórdido edificio, esta no tan nueva entrega (es de 2009) supone atravesar aquellas paredes y expandir el laberinto a toda la ciudad de Manila, más allá incluso de sus calles. No hay forma. En su deambular, Mendoza no logra atisbar un rayo de luz que presagie la esperanza de una salida. Ahora que el capital francés le va llegando, no en vano está actualmente rodando con la Binoche, cabe confiar en que se nos aburguese y nos dé un respiro en forma de comedia romántica.

Y el tercer acto de la función volvió a la mesa de debate para hablar del trabajo de Media3, con su sección "Winds of Asia", muy en consonancia con lo comentado en la mesa inicial. También estuvo representada la plataforma Filmin, que pone a disposición del usuario online el catálogo de diversas distribuidoras, entre ellas Cameo, Avalon y Versus con títulos procedentes de Asia. Ambos hablaron de la tan traída piratería, pero incidieron de nuevo en el desajuste entre el mercado español real y las exigencias de distribución internacional, apuntando esta vez a un origen causal en las cuitas entre plataformas digitales de finales de los 90. Aquel politiqueo audiovisual creó una burbuja de precios cuyo efecto pagamos hoy los aficionados con un drástico recorte en los títulos que se nos logra ofrecer. Una situación que, permitidme que por una frase me salga de la sala de cine, no difiere en lo esencial de un estado general de las cosas en que alegrías diversas (inmobiliarias, financieras...) nos han conducido a esta... prosperidad que actualmente disfrutamos. Una vía que se explora es la inevitable Internet, con umbrales de rentabilidad más asumibles al prescindir de soporte físico y distribución. Se apunta también a las tarifas planas que den opción de encontrar su público a filmes minoritarios y contribuyendo a que las empresas puedan asumir más riesgos en sus apuestas. Claro que todo esto pasaría por una adecuación en el plano legal, marco inexistente a día de hoy. Otro lamento fue para la pérdida de un público de cierto tipo de cine, antes minoritario pero fiel, que se ha ido desvaneciendo en los últimos años. La política de multiplex y bombardeo de estrenos sin criterio se intuye como origen de un fenómeno que ha dejado sin audiencia determinadas películas, la japonesa y oscarizada Despedidas (Okuribito, Yôjirô Takita, 2008) se mencionó como ejemplo, cuya forma y contenidos pudieran perfectamente ser asumibles por un público amplio y que acaban pasando totalmente inadvertidas por nuestras carteleras.

Como última escena un sorteo de DVDs de Cameo. No me tocó.

Telón.

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