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FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE HUESCA 2017: entrevista a Álex de la Iglesia

Entrevista y edición de vídeo: Marla Jacarilla

Texto de presentación: Aaron Cabañas

El pasado 17 de junio llegaba a su fin el Festival de Cine de Huesca que, en esta edición, homenajeaba a los cineastas Constantin Costa-Gavras y Álex de la Iglesia, quienes además recibieron el Premio Luis Buñuel que otorga dicho certamen. Como pudimos escuchar del propio director bilbaíno en la rueda de prensa de presentación que ofreció el festival, Costa-Gavras representa una de las miradas más elaboradas y lúcidas a la hora de representar la indefensión del ciudadano de a pie cuando se ve sometido al sistema. Urdidor de tramas verdaderamente complejas en lo narrativo pero asombrosamente cristalinas en lo formal, el cineasta griego ha elaborado una filmografía en torno al thriller.  Género, éste, que usa como pretexto para abordar los conflictos personales a los que puede llegar una persona cuando es engullido por la mecánica deshumanizada del sistema; tales como la indefensión, el desamparo o la alienación.

De la Iglesia, que se declaró seguidor de la obra de Costa-Gavras, es, a su vez, poseedor de una sólida y ruidosa filmografía, que le ha reportado respeto a nivel estatal y el reconocimiento internacional, como así demuestran la Osella al mejor guion y el León de Plata a mejor director, ambos premios en el Festival de Venecia de 2010, obtenidos por su noveno film, la interesante aunque malograda Balada triste de trompeta (2010).

El cineasta vasco es autor de una filmografía tan popular y reconocible como personal y arriesgada. Ya con su primer trabajo, Acción Mutante (1991), un film de ciencia ficción post-apocalíptica en forma de thriller de acción galáctica con toques de western celtibérico, puesta en escena abigarrada y repleta de referencias a la cultura popular, se situó como creador en un espacio que la cinematografía estatal aún no había conquistado: la postmodernidad más desenfadada.

Poseedor de una iconografía absolutamente ecléctica donde conviven felizmente la mitomanía cinematográfica en mayúsculas - desde Hitchcock a Clint Eastwood, pasando por el tándem Azcona/Berlanga-  con los subproductos genéricos (el Spaghetti Western o la Sci-Fi de serie B, entre un largo etcétera), y la producción cultural de masas -como demuestran sus adaptaciones al cine de los best-sellers de Barry Gifford (Perdita Durango, 1996) y Guillermo Martínez (Los Crímenes de Oxford, 2008)- con la cultura popular más castiza (de los juegos de mesa CEFA a los frikis que pueblan las televisiones privadas estatales, pasando por los tebeos de Ibañez y Escobar o Los Payasos de la Tele de Televisión Española); Álex De la Iglesia construye, en todas y cada una de sus películas, un equilibrado cóctel de referencias servido a medio camino entre la condescendencia nostálgica y la distancia irónica. A ello contribuye el trepidante ritmo narrativo al que acaba sometiendo todas sus ficciones, en una vertiginosa espiral de hibridación de géneros que enguye y combina desde la tragicomedia costumbrista de Luis García Berlanga, Antonio Bardem o José María Forqué; al suspense hitchcockiano en el que los arrebatos del delirio amoroso llevan a sus protagonistas por derroteros imprevisibles, pasando por el thriller de acción ultraviolento basado en el exceso pirotécnico, en la línea de Sam Peckinpah y Samuel Fuller.

Prodigioso creador formal y vigoroso constructor de puestas en escena, De la Iglesia sostiene con coherencia un contundente discurso a lo largo de toda su filmografía: la imagen exterior idealizada y perfecta puede contener la más dudosa de las moralidades y la más oscura de las conciencias. Es por eso que todas sus ficciones están protagonizadas por entrañables perdedores de tres al cuarto que creen haber sido encomendados a una hazaña muy por encima de sus posibilidades. Se enfrentan, así, en una lucha aspiracional por ser quienes no son, no contra un obstáculo circunstancial y tangible, sino contra los fantasmas de las viejas costumbres y su siniestra sombra alargada en forma de personajes oscuros y decadentes; además de luchar contra ellos mismos y su visión distorsionada de la realidad. En este sentido, tiene muchísima importancia la sempiterna presencia del medio televisivo en sus films, y cómo este filtra y deforma esa realidad, hasta retratar de forma clara y lúcida la sociedad española de los últimos 25 años, en la que la codicia, la envidia, la banalidad y el pragmatismo son señas de identidad. Dicha moralidad serpenteante escondida en engañosas apariencias, entendido esto como elemento ficcional generador de sátiras tragicómicas en una realidad deformada por la falta de perspectiva crítica en la mirada, no está muy lejos, por tanto, de las perversas sátiras cinematográficas del gran Luis Buñuel, que pone nombre al premio del que Álex de la Iglesia es digno merecedor.

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‘Magical Girl’ (Carlos Vermut, 2014)

La lucha entre el instinto y la razón

Año 1993, una ciudad cualquiera al norte de Inglaterra. Bob, padre de familia en paro que sobrevive como puede a los estragos causados por la crisis, será capaz de hacer cualquier cosa para conseguir comprarle a su hija un vestido de comunión, aunque su precio sea de 100 libras. Año 2014, una ciudad cualquiera de España, tal vez Madrid. Luis es un profesor de literatura en paro que a duras penas es capaz de llegar a fin de mes. Su hija Alicia, de 12 años, está muy enferma de leucemia. Uno de sus mayores deseos es tener el vestido de Magical Girl Yukiko, una de sus series de anime favoritas. Luis será capaz de cualquier cosa para verla feliz, aunque ese vestido cueste 7.000 euros. Año 1993, Ken Loach estrena Lloviendo piedras (Raining Stones), su duodécima película en salas, reafirmando con este film su posición como abanderado del realismo social británico. Año 2014, Carlos Vermut estrena Magical Girl, su segundo largometraje tras autoproducir Diamond Flash, pequeño milagro cinematográfico realizado con tan solo 20.000 €.

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Soy consciente de que las diferencias entre ambos directores son abismales y no pretendo encontrar entre ambas películas más similitudes que las arriba mencionadas. De hecho, dudo siquiera que Carlos Vermut tuviese presente el filme de Loach, pero dicho paralelismo se me hizo tan patente durante el visionado de Magical Girl que no he podido evitar mencionarlo. Pero pasemos al film de Carlos Vermut, que es el tema que nos ocupa.

 1.    Mundo

Luis es un padre coraje, una muy buena persona capaz de hacer cosas muy malas si las circunstancias lo requieren. Luis podría ser el vecino del quinto, ese que siempre saluda en el ascensor pero nunca habla demasiado. Luis ha tenido mala suerte en su vida y no entiende muy bien que puedan venderse libros al peso, sin que tenga la menor importancia lo que haya escrito en ellos.

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 2.    Demonio

Bárbara es muy hermosa, pero miente a su marido y no se toma la medicación. Su marido es psiquiatra, ella es esquizofrénica. Bárbara sufre mucho y se autolesiona con frecuencia. Bárbara no se da cuenta de que sus comentarios están a veces fuera de lugar, pero lo que sí que sabe con certeza es que resulta tan extremadamente fácil herir a los demás como herirse a uno mismo.

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 3. Carne

Damián fue profesor de Bárbara hace ya unos cuantos años. La influencia de la niña fue tal que marcó la vida de Damián para siempre. Diez años de cárcel,  un miedo atroz a la libertad y un desenlace inesperado. Damián, al igual que Luis, es un buen hombre. Damián, al igual que Luis, es capaz de hacer cosas muy malas si las circunstancias lo requieren.

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Resulta harto complicado hablar de una película como Magical Girl en un espacio de apenas 3.000 caracteres, al igual que lo era hablar de Diamond Flash. Ambas películas poseen un complejo argumento estructurado por capítulos y compensan hábilmente su escaso presupuesto con brillantes interpretaciones. Ambas películas son puzzles que el espectador es invitado a recomponer, aun a sabiendas de que cuando termine el trabajo de reconstrucción faltarán algunas piezas y sobrarán otras. Ambas películas hacen de la elipsis un elemento imprescindible, ya que lo que no se cuenta es en realidad lo más importante, lo que subyace es lo que sostiene, lo que se omite es lo que estructura. Ambas películas presuponen un espectador activo, capaz de comprender que un cisma en los códigos cinematográficos establecidos puede tener más valor que una mera repetición sistemática de los mismos. Ambas películas parten de un aparente y castizo realismo social, pero sólo como excusa para llegar a otra parte, a un lugar donde la lucha entre  instinto y razón se convierte en un espectáculo inolvidable. A un lugar lejano, a un lugar mejor.

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D’A 2012 – ‘Into the Abyss’ y ‘Diamond Flash’

Una cierta pulsión de muerte estructurada por capítulos 

1. Abismos del Cinturón de la Biblia

Los numerosos documentales que Werner Herzog ha realizado desde los años 70, aun a pesar de su pluralidad temática (desde la historia de una mujer sorda y ciega pasando por el mundo de las subastas de ganado o los momentos previos a la erupción de un volcán en la isla de Guadalupe), conforman un todo coherente cuya “única” pretensión es, por así decirlo, destilar la esencia del alma humana  (con toda la belleza, el horror y las contradicciones que ello conlleva) para ponerla en relación con la naturaleza. Con Into the Abyss (2011), Herzog nos propone la inmersión en el caso de Michael James Perry y Jason Burkett, condenados a pena de muerte y 40 años de cárcel respectivamente por un triple homicidio cometido en Conroe, Texas.

Herzog empieza este documental (casi como una declaración de principios) entrevistando al Capellán de la Casa de la Muerte. El Capellán en cuestión habla sobre la vida, sobre la muerte y sobre Dios. Habla sobre su pasión por el golf y narra, con todo lujo de detalles, un revelador encuentro con dos ardillas que le hizo entender en el pasado la complejidad de la vida. No sólo de la vida humana sino de la vida en general, la vida con mayúsculas. Durante 105 minutos, Herzog entrevista no sólo a los dos condenados sino también a sus familiares, a los familiares de las víctimas o incluso al ex capitán de la Casa de la Muerte, encargado de vigilar a los condenados en sus últimos momentos de vida. El tono de la historia oscila entre el drama más descarnado y una especie de comedia de la incomodidad, pero no evidentemente por falta de pulso narrativo del director, sino porque el carácter de los que aparecen en pantalla (en este caso no podríamos referirnos a ellos como personajes, porque no lo son) es en esencia contradictorio. Al fin y al cabo, como el de cualquier otro ser humano. Y es esta contradicción constante lo que más se agradece en un filme como Into the Abyss.

2. Lo imprevisible y lo cotidiano

Podríamos decir que Diamond Flash, la Ópera Prima del dibujante de cómics Carlos Vermut está  destinada –desde antes incluso de su estreno en salas comerciales– a convertirse en un filme de culto underground, en una de esas películas que se proyectan durante meses en las sesiones golfas y son objeto de veneración entre aquellos aficionados al cine que no respeta esquemas de ningún tipo. Ríos de tinta se han vertido ya sobre esta película de héroes y villanos en la que el héroe en cuestión aparece apenas un par de minutos. Más de dos horas de conversaciones “aparentemente” triviales que estructuran un argumento complejo, plagado de pequeños detalles que se transforman en claves para interpretar una trama dividida en cuatro capítulos (Familia, Identidad, Sangre, Destello de diamante) que avanza a golpe de elipsis y recuerdos (dos conceptos en principio opuestos pero que en este caso se transforman en complementarios). Un homenaje en toda regla al cine de Quentin Tarantino; concretamente a esos momentos en los que de modo deliberado decide congelar la trama. Un puzzle con muchas piezas que exige una participación activa por parte del espectador y le presupone cierta inteligencia (algo que por desgracia, no es tan habitual). Violeta, Elena, Lola, Juana y Enriqueta. Cinco personajes femeninos complejos, turbadores, increíblemente humanos, que se definen tanto mediante lo que dicen como mediante lo que callan.

A partir de todas estas premisas Diamond Flash rompe, con gran habilidad y saber hacer, todos los esquemas preconcebidos que tiene el espectador medio acerca de lo que debería ser una película de superhéroes. En palabras de su director, “quería contar la historia de un superhéroe, tipo Power Ranger, que investiga el secuestro de una niña.” Este punto de partida puede parecer tópico y simple, digno de cualquier producción televisiva mediocre, pero en manos de su director se transforma, por arte de magia y con tan sólo 24.000 € de presupuesto, en un experimento digno de alabanza aún a pesar de sus evidentes carencias técnicas. Durante el encuentro con el director tras la proyección de la película, una de las preguntas que sale a colación es la del título. ¿Por qué Diamond Flash si el personaje de Diamond Flash aparece apenas un par de minutos en pantalla? Carlos Vermut se ríe y responde algo así como que “le encantaría que se estrenase una nueva secuela de Batman en la que el personaje de Batman apenas apareciese, en la que se hablase de otras cosas”.

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Abycine – Festival Internacional de Cine de Albacete (30/09/2011 – 06/10/2011)

Elogio de lo extradiegético

Albacete como la Nueva York de La Mancha o como el Locarno castellano. La primera es la definición que ofreció entre chascarrillo y chascarrillo el chanante Raúl Cimas en la inauguración de Abycine, el Festival internacional de Cine de Albacete, el pasado viernes 30 de septiembre. La segunda, obra y arte de José  Manuel Zamora, director del certamen manchego que en este 2011 celebraba su 13 edición sorteando las supersticiones y los recortes que tanto terror están provocando en los eventos culturales de nuestra piel de toro.

Si bien es cierto que Abycine se ha resentido de la temida tijera, el entusiasmo por el cine emergente que programan permanece intacto. Punto de encuentro del cine independiente y el cortometraje patrio, muchos reconocen en éste cierta filiación con Gijón, especialmente por su voluntad de riesgo. Como en el evento asturiano, en Abycine el margen del circuito de festivales se hace centro. Y de manera más subrayada. Su sección internacional, por ejemplo, bebía en esta edición de cinco trabajos seleccionados de varios certámenes: del Festival Internacional de Cine de Rotterdam provenían Bleak Night, del surcoreano Yoon Sung–hyun, y Club Zeus, del neerlandés David Verbeek; de la Quincena de Realizadores, la abrupta Le fin du silence, de Roland Edzard; del Bafici, Ocio, de Juan Villegas y Alejandro Lingenti; y de la Berlinale, The Education, de Dirk Lütter. Esta última logró el beneplácito del jurado gracias a una puesta en escena efectiva y a un tema de lo más urgente: la precariedad laboral y la dificultad de lo honesto en un mundo cada vez más competitivo. Planos medios, estáticos, colores gélidos y una violenta tensión hipercontrolada son algunas de las virtudes de un filme, en mi opinión, demasiado cerrado, milimétrico, demasiado racional. Por el contrario, Le fin du silence, merecedora de una mención especial, guarda no pocas similitudes con el trabajo de Lütter. A priori, no puede haber dos películas más antagónicas formalmente. Si la primera puede interpretarse como un trabajo cuadrado, la segunda podría esbozarse como una espiral. Tan visceral como su protagonista, la cinta sigue a un adolescente en plena huida y en plena caza, chivo expiatorio y rastreador, tan agreste como el bosque que contextualiza a la par que oprime el relato. En su esencia, sin embargo, tanto The Education como Le fin du silence claman contra la violencia ejercida desde el silencio, con la frustración y desconfianza de los jóvenes por hacerse con un espacio propio, lejos de toda contaminación.

También el resto de trabajos ahondaban en la violencia de lo colectivo sobre la juventud. La surcoreana Bleak Night emergía como otro meridiano ejemplo de la tendencia en Corea del Sur hacia el melodrama masculino con lo violento como telón de fondo. Aquí, los protagonistas son un trío de chavales cuya amistad se rompe cuando uno de ellos se convierte en el matón del instituto. Estructura en puzzle, tono sombrío y construcción a merced de la elipsis. Más tenebrosa aún se presentó la argentina Ocio, una suerte de brújula sin norte sobre la juventud del país albiceleste, llena de fisuras y una banda sonora de riffs sin horizonte. Club Zeus, por su parte, insiste en la soledad de la urbe contemporánea a partir de un uso del digital extremo: el verde y el rojo se aúnan como opuestos y complementarios, como el hilo conductor que hilvana los dos escenarios principales de la trama, los clubs de encuentros de los gigolós y los diminutos apartamentos donde estos chicos malviven [1].

Pero si hay un trabajo que mejor ejemplifica no sólo el espíritu de Abycine sino esa idea del margen como foco, de lo extradiegético como diégesis, es la ópera prima de Carlos Vermut, Diamond Flash. Première en el certamen albaceteño, dentro de la sección Abycine Digital (que también incluía la reciente Concha de Oro, Los pasos dobles, de Isaki Lacuesta, entre otras), Diamond Flash comparte no pocas resonancias con el segundo largometraje de Nacho Vigalondo, Extraterrestre. No son estas líneas para analizar los vasos comunicantes entre ambas, aunque ya llegará su momento. Así, la propuesta de Vermut, dibujante de cómics, ilustrador y cortometrajista (Maquetas se hizo en 2009 con el Gran Premio del Jurado de la 7ª edición del Notodofilmfest), pone en escena el reverso de una historia de superhéroes, la del Diamond Flash del título. ¿Y quiénes son pues las protagonistas de tal reverso? ¿Qué suele quedar fuera del relato dentro de las convenciones del género? Vermut lo tiene muy claro: las mujeres. Y por ello copan la narración de un modo apabullante. Trágicas, cotidianas, brujas, vengativas, el abanico y el tratamiento de lo femenino es tan abrumador que compensan las carencias técnicas, vaya por delante, no pocas. Aun y así, la película despierta muchos interrogantes (¿hubieran invadido ellas el relato si Vermut hubiese tenido presupuesto suficiente para hacer aparecer a Diamond Flash en pantalla luciendo pirotecnia?) y apunta un concepto que pronto será habitual, el elogio del margen como espacio de supervivencia, el fuera de plano como el escenario de donde brotan las historias. O, más llanamente, hacer de la necesidad virtud. De lo pequeño, un gran ingenio.

Notas:

  1. En Fugas en una ciudad rectilínea. XL International Film Festival Rotterdam, la compañera Covadonga G. Lahera realiza un certero análisis  de Club Zeus
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