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Callback (Carles Torras, 2016)

El enésimo psicópata

Larry (Martin Bacigalupo) es, aparentemente, uno más de tantos tipos extraños y siniestros que habitan los barrios de Nueva York. Trabajador de una empresa de mudanzas de mala muerte, su sueño es convertirse en alguien grande, en un actor famoso, y hacer suyo el mayor producto publicitario de los Estados Unidos: el sueño americano. Aparentemente, porque pronto vamos a comprobar que Larry no es sólo un tipo peculiar y un tanto asocial, sino un demente violento, lo que lo convierte en uno más de tantos psicópatas lunáticos que ha dado el cine, desde Norman Bates hasta Patrick Bateman.

El mayor problema de Callback quizá sea este: quiere ser Taxi Driver (Scorsese, 1977) cuando ya existe Taxi Driver. No quiere decir esto que en la película de Scorsese deberían haberse acabado las historias de personajes violentos absolutamente alienados por su contexto, o que la ciencia ficción debería haber acabado con 2001: una odisea del espacio (Kubrick, 1968), quiere decir que, una vez existe una obra de gran valor cinematográfico convertida en un canon de su género e icono de su época, intentar explorar los mismos terrenos que esta obra es lícito, pero hacerlo siguiendo el mismo camino es una maniobra tramposa y peligrosa, pues aboca inevitablemente a una comparación, quizás infructífera pero obligatoria, de la que parece imposible salir vencedor. Tampoco quiere decir esto que Callback sea una copia plano por plano del film con el que se compara, pero sí que utiliza mecanismos, clichés, giros de guión y elementos narrativos que se repiten de otros sitios, y que te hacen capaz de reconstruir la trama antes de que pase.

Por otro lado, parece que cualquier intención de crítica social hacia un sistema que crea seres alienados y frustrados por no ser capaces, no ya de alcanzar sus sueños, sino de dar pasos hacia delante en una búsqueda de mejoría de su nivel de vida, dejándolos estancados en una situación de precariedad forzosa que va mucho más allá de lo económico, queda potencialmente diluida y desmerecida por la imposibilidad de empatía que, en principio, presenta un personaje trastornado y psicótico, si achacamos un trastorno previo a la motivación de los actos de Larry. Al menos queda la siempre agradable ambigüedad de poder discutir si estos problemas mentales están inducidos por ser miembro de una sociedad trastornadora y opresiva, lectura que salvaría una posible intención crítica.

El actor protagonista, Martin Bacigalupo, está aquí ante uno de esos papeles que todo actor debería agradecer eternamente: protagonista absoluto de la trama y prácticamente figura única que la sostiene, gran peso en escena continuo, personaje con tara psicológica que resalta en cualquier interacción con otros personajes, facilidad de creación de rasgos, posturas o tics llamativos… Un personaje que, a priori, lo tiene todo para hacer brillar con relativa facilidad pero que, sin embargo, no es tan fácil de defender como lo hace parecer Bacigalupo, pues también es un rol que se presta a la exageración, a la hipérbole, al aspaviento, y mantener un registro sereno, sutil y pausado, ayuda a convertir un personaje en una persona, a humanizar a un ser poco humano, a dar una dosis abundante de verosimilitud, aumentando la sensación de tensión, pues no hay villano cinematográfico más terrorífico que aquel que puedes cruzarte fuera de la sala. 

Callback llega con la etiqueta de ganadora de la Biznaga de Oro, premio que designa a una película como la mejor película del Festival de Málaga de Cine Español. Esta es una condición interesante para plantear una reflexión algo al margen de la película en sí pero siempre desde la crítica cinematográfica. Esta es una película cuyo director, Carles Torras, es español y está financiada con dinero de productoras e instituciones españolas. ¿Es esto suficiente para premiar como la mejor de una muestra de cine español a un thriller sobre el fracaso del sueño americano, rodada íntegramente en inglés, en Nueva York y con actores extranjeros? ¿La nacionalidad de la financiación determina la nacionalidad de una película más que lo que la película dice, cómo lo dice y a quién se lo dice? Cada uno responderá, pero parece que premiar a una película cuya aportación al cine español es exclusivamente económica revela a los festivales como instituciones más concentradas en buscar promoción y rentabilidad que calidad artística o valores culturales. Lo cual, por otro lado, tampoco es descubrir la pólvora.

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‘Open 24h’ (Carles Torras, 2011)

Esperas en las ruinas

Open 24h, dirigida por Carles Torras y estrenada el pasado viernes, es la historia de Héctor, un vigilante nocturno al que nada le ocurre. Por mucho que busque con su linterna, siguiendo la pista de ruidos en la oscuridad, no hay intrusos en la chatarrería donde trabaja, el espacio es tan desolado que no acepta ni tan solo la trama de terror que todos esperamos. Tal vez por eso Héctor se aficiona a la astronomía, para tratar de dar un sentido a las montañas de residuos que se acumulan a su alrededor, para ver en ellas parajes de ciencia ficción donde el sueño todavía sea posible. Es así como el programa radiofónico que escucha a diario, donde se habla de las estrellas y la velocidad de la luz, se oye mientras vemos esa acumulación de ruinas industriales de tintes post apocalípticos. Y es así como el supermercado que da título al filme se inserta en una matriz fantástica: este espacio sin día ni noche, abierto a todas horas, tanto podría ser el planeta mencionado por el locutor, aquel que tiene un hemisferio eternamente iluminado y otro siempre en tinieblas, como un agujero negro, cuerpo absorbente que anula el tiempo y el espacio, un no lugar entre tantos otros que aparecen en la película: los trenes, los aparcamientos, la chatarrería.

Open 24h reanima este mundo al lanzar una mirada cósmica sobre él, aunque el resto del tiempo el filme renuncie a soñar y se articule con la acumulación de situaciones y la repetición de planos: la película trabaja pacientemente en la construcción de esta rutina, mostrando cómo Héctor busca a gente en la oscuridad, cómo camina entre la chatarra, cómo vuelve o se marcha de casa, hablando en contadas ocasiones. Por eso la película que sueña, la que puede estimular nuestra imaginación, es, también, la que pica piedra, la que nos presenta un tiempo sin concesiones, una sucesión de tiempos muertos que la convierten en una obra arriesgada. La excelente interpretación de Amadís de Murga resulta, pues, esencial, capaz de ocupar todo el filme tomando como base la contención. Afortunadamente son estos momentos los que permanecen en la memoria, pues las varias tramas narrativas que se apuntan (un juicio, una relación amorosa con una trabajadora social, unas revisiones médicas…) se revelan fallidas e innecesarias, apuntes sociológicos que renuncian al ejercicio minimalista que configura el filme. Significativamente, en una película sobre la incomunicación lo que resulta más postizo son los diálogos, a excepción de aquellos en los que no se establece comunicación alguna (con la cajera del supermercado, por ejemplo) o los que se realizan sin palabras: las miradas entre Héctor y su hermano enfermo. Tal vez por eso tengamos la sensación que algo cruje cuando, en el enjabonado de pelo en la bañera, uno de los momentos más bellos del filme, se verbaliza una hipótesis de asesinato y la comunicación táctil entre las manos de Héctor y la cabeza del otro se complementa con palabras.

En Open 24h resuenan, de lejos, Extraños en el paraíso (Stranger than Paradise, Jim Jarmusch, 1984) y Las horas del día (Jaime Rosales, 2003). También Lessons of Darkness (Werner Herzog, 1992), donde las ruinas de la guerra devienen extraterrestres. Y, como en esta película, aquí la relación que se mantiene con nuestra basura es ambigua, entre el sueño de ciencia ficción y la tristeza, entre la estetización de un blanco y negro duro y el registro de un paso del tiempo insoportable. Este es el dilema que sugieren las imágenes de la película y que se cuece en la cabeza de Héctor. Dilema fascinante, sin duda. Por todo ello, aunque a veces la película se niegue a renunciar a sus líneas narrativas, es realmente meritoria su apuesta por los tiempos muertos de espera, por esos momentos vigilantes de Héctor y del espectador. Esos momentos que, entre el sueño y la desesperación, en la circulación constante y repetitiva, consiguen hablarnos de nuestras vidas y generarnos preguntas. El estreno en salas, por todas estas razones, es realmente meritorio.

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