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The Square (Ruben Östlund, 2017)

Cómodo en la incomodidad

Parece algo dudoso que los premios y certámenes cinematográficos puedan servir como criterio fiable para medir la calidad de las películas y sus directores. Sin embargo, sí que son un termómetro bastante fiable de los nombres y las apuestas que la industria quiere destacar o convertir en sus más ilustres representantes. Siguiendo esta lógica, uno de los grandes nombres del cine europeo de esta década es el del sueco Ruben Östlund, quien con solo cinco largometrajes ya es un habitual en las grandes citas del cine europeo. Si con su anterior película, Fuerza mayor (2014) ya recolectó un goloso número de nominaciones y algún premio, con esta The Square ha ido más allá, alzándose con la Palma de Oro de Cannes, uno de los galardones más prestigiosos de Europa.

Resulta evidente que Östlund es un nombre que suena y seguirá sonando con fuerza, seguramente, porque el mercado europeo ha encontrado en él el tipo de cineasta que más le gusta para crear imagen de marca y competir con el mercado americano: un autor. Efectivamente, Ruben Östlund hace un cine muy reconocible. Tanto temática como formalmente, la mano del director sueco se hace notar, haciendo que cada película sea una pieza que encaja perfectamente con las demás para crear una filmografía con sentido de obra autoral.

Si hubiera que resaltar un gran elemento que resumiera la personalidad cinematográfica de Östlund, sin duda sería el del gusto por lo incomodo. Se gusta de crear películas que aborden temas controvertidos en los que hay una opinión «correcta» dominante —como el bullying, o el heteropatriarcado— y tensar las situaciones hasta que esas opiniones tienen que enfrentarse con una actuación de los personajes disonante, en un gesto que saca a la luz continuas incongruencias morales e hipocresía.

En The Square, Östlund hace chocar dos mundos, el de la élite del mundo del arte contemporáneo, con el de los mendigos, por un lado, y la pequeña delincuencia callejera de los suburbios, por otro. Un encontronazo entre dos clases sociales propiciado por un atraco sufrido por Christian (Claes Bang), el director de un museo de arte contemporáneo. El personaje de Bang se pasará la película intentando recuperar su cartera, lo que le provocará encontronazos con una realidad que le es ajena, mientras que la gestión del museo también le proporciona alguna situación de incomodidad dentro de su presunta «zona de confort».

El título de la película es el mismo que el de una obra de arte instalada en el museo, un cuadrado de luz en el suelo que pretende emular una zona de seguridad dentro de la cual todo el mundo se comportaría acorde a los códigos éticos y morales que parecen establecidos pero que rara vez se cumplen. De nuevo, la idea de la disonancia creada entre el discurso y la acción es un tema capital para Ruben Östlund.

Esta sucesión de dualidades en tensión generando momentos de incoherencia no se limita a una cuestión de choque de clases. Al igual que en Fuerza mayor, Östlund recurre a la intimidad, a las relaciones personales, a la confortabilidad del hogar y el dormitorio —que podrían ser el sumun de esa zona de seguridad «cuadrada»— para, también ahí, hacer saltar los protocolos sociales. El director sueco no da concesiones a sus personajes, los coloca en escenas cuyos diálogos generan un extrañamiento —generalmente por incapacidad de que los personajes se comuniquen despojados de los corsés sociales— que aumenta con unos planos perfectamente estirados en el tiempo, los cuales obligan a no entender lo incómodo como anécdota efímera, sino como costumbre.

The Square es una consolidación de lo consolidado. Confirma a Östlund —si es que hacía falta— como un maestro del cinismo, un experto en rodar, con pulso firme y estilo propio, situaciones emanantes de hipocresía y falsas apariencias, todo sin perder un tono humorístico muy particular, tremendamente empujado hacia el límite entre humor negro y el absurdo. Un cineasta y una película que, sin duda, logran encontrar lo confortable justo en su contrario.

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Film socialisme: Barça vs Manchester.

Hasta que llegue el día 28 podemos diferenciar pasado y presente, antes y ahora, mayo de 2009 y 2011 porque no colisionan en la parte racional de lo visible anulando el tiempo en que parece repetirse la misma historia, la misma ilusión, el mismo deseo de victoria. Así que no deberíamos ver la próxima final de la Champions League como un déjà vu, aunque después dos años vuelvan a enfrentarse los equipos que mejor juegan al futbol. Entendiendo el concepto como la puesta en escena de un modelo inapropiable que ni impide ni dificulta aquel al que se enfrenta. Barcelona y Manchester United dejan jugar a su rival manteniendo, pese a todo, una idea. Su Idea, la que permite que un club perviva en el recuerdo más allá de un resultado –por eso a todo aficionado al futbol le cae simpático el Ajax de Ámsterdam–. Lo más curioso es que vuelvan a enfrentarse en un lugar dado al dèjá vu y con alta potencia simbólica; ambos ganaron su primera copa de Europa en Wembley. Aunque sobreviva como una sombra, como un gélido mausoleo de aquella catedral del fútbol que fuera derribada y reconstruida totalmente para las olimpiadas de Londres 2012. No cabe duda: El estadio ha modificado su aspecto y los clubs renovado parte de su plantilla pero realmente “no ha cambiado nada para que todo sea diferente”.

Por otra parte no debemos olvidar que el déjà vu posee la capacidad de adelantar el curso de los acontecimientos, de anticipar el futuro como un esbozo abstracto de lo que llegará posteriormente a ser. Si esto es así realmente, el Barça, muy a mi pesar, caerá por 2 a 0. Leyendo que Malick ganaba la Palma de oro recordé que hace exactamente un año estábamos frotándonos las manos con el regreso de Godard en Cannes, el plantón que dio al festival por “cuestiones de tipo griego”, y lo tranquilamente nerviosos que esperábamos poder ver lo antes posible Film socialisme (2010). Por lo tanto, se puede imaginar fácilmente las imágenes que vinieron a mí memoria posteriormente:

Tradicionalmente, cuando se producía el retorno de lo mismo se señalaba su origen en la noche de los tiempos. En esta ocasión tenemos la certeza de que nos llega desde el 27 de mayo de 2009. Aún así, no sabemos muy bien qué vuelve. Es la imagen de Iniesta cayendo, desde luego. Pero su valor principal, antes que icónico o simbólico, es haber logrado rasgar la memoria y abrir el tiempo de la propia imagen. Explicar esto en 3500 caracteres supongo que es tan difícil como quitarle el balón a Messi. Pero creo que, esencialmente, lo que pone en cuestión Film socialisme es la idea de historia “reflejada” de Benjamin que el propio Godard ha manejado con sus Histoire(s) du cinema. Si en un principio se enfrentaba a la tradición del historicismo con una reconstrucción artificial de la historia para revitalizar el curso de las imágenes, ahora despliega la ruptura de ese espejo en que ha devenido su operación. Por lo tanto, el gesto estaría animando a la suspensión de esa relación con el pasado tan placentera como socialista. Eso es precisamente lo que ha logrado cohesionar al movimiento ¡Democracia Real YA! hasta el momento en que han aparecido palabras como revolución y las inevitables asociaciones históricas con el mayo del 68 francés. No cabe duda: el movimiento triunfará si es capaz de ir olvidando día a día lo conseguido. Y el Barça ganará la Champions si Guardiola es capaz de motivar a los suyos con un video basado en el mismo precepto de uso del olvido. Está al alcance de la mano.

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