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D’A 2014 (29/04/2014) – De empatías y silencios

Esa enciclopedia del pueblo –de a veces dudosa fiabilidad– que es la Wikipedia define la empatía como la capacidad cognitiva de percibir, en un contexto común, lo que otro individuo puede sentir. Ignoro si se ha realizado un experimento semejante en alguna ocasión, pero sería interesante medir el grado de empatía de los espectadores respecto al protagonista de una película al final de la sesión. Por supuesto, dicha empatía no estaría tan sólo determinada por la interpretación del actor o el carisma del personaje, sino que existen una gran cantidad de recursos utilizados en la puesta en escena que nos distancian o nos acercan de todo aquello que se está contando. Llegamos al ecuador del D’A, al quinto día, nada menos. Y lo hacemos con dos películas muy distintas en su planteamiento, tanto formal como argumentalmente.

Premio FIPRESCI en el Festival de Cannes, Blue Ruin (dirigida por Jeremy Saulnier) se nos presenta como un thriller pausado con numerosos toques de humor negro. Podríamos, de hecho, hablar de una metodología clásica de definición del personaje protagonista: alguien ordinario a quien suceden cosas extraordinarias. Y con ordinario nos referimos a “ese hombre normal”, a “esa persona de a pie” que podría ser nuestro vecino del quinto o el señor que nos vende el pan cada mañana. Alguien tímido y apocado, sin ningún talento especial y con una vida de la que ignoramos casi todo. Pero que, no sabemos muy bien por qué, nos cae bien. Empatizamos con el desconocido de sonrisa triste, no lo podemos evitar. Presuponemos más puntos en común con él de los que probablemente haya, despierta una especie de injustificada ternura compasiva en nosotros. Y es sin duda en esta empatía donde reside el mayor acierto de Blue Ruin. El estadounidense Macon Blair interpreta a un silencioso vagabundo que ve cómo su mayor temor se cumple y el asesino de sus padres sale de la cárcel. Ecos coenianos al servicio de una sencilla trama definen el segundo largometraje de Jeremy Saulnier. Ecos que tal vez hayamos visto ya muchas veces en otras películas, sí, pero que no siempre dejan tan buen sabor de boca como en esta ocasión.

Y si Blue Ruin provocó más de una carcajada en la sala, Medeas convocó al silencio incómodo. La ópera prima de Andrea Pallaoro es una reinterpretación –sí, otra– de la tragedia de Eurípides. Una coproducción (EEUU, Italia, México) de ritmos pausados, elipsis, contenciones y silencios. Christina vive junto a su esposo y sus hijos en algún lugar de la California profunda. Un lugar que resultaría atemporal si no fuese por la comedida aparición de puntuales elementos que delatan que los hechos transcurren, probablemente, en los años ochenta. Medeas tiene algo de Antonioni, sobre todo en los silencios de los personajes; y también algo de Malick, sobre todo en la manera de mostrar la relación de los protagonistas con el entorno. La cámara de Pallaoro se acerca de modo sutil, pausado y sigiloso a Christina, que vive parcialmente aislada de la realidad. Porque está sorda (literalmente), porque sobrevive como puede en la inmensidad y aridez de la América profunda, y porque la relación con su religioso y severo esposo no es todo lo modélica que podría parecer. La tensión es acumulativa y la incomodidad latente. La belleza de la fotografía deja un regusto de amargura y el sol se transforma en algo siniestro. El fuera de plano esconde otra película que el espectador no puede ver. ¿El desenlace? Sin ánimo de hacer spoiler, podemos encontrar algunas pistas en la tragedia de Eurípides.

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