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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (y V)

Retratos de la vida: Infancia, juventud y adultez

Llegamos, con este último artículo, al retrato que el Atlántida Film Fest nos ha deparado sobre las etapas de la vida: una estampa dura, directa a la medular, lacónica y realmente bella. Un dibujo en tres partes, como si el Bosco hubiera decidido repintar su Jardín de las Delicias mostrándonos al ser humano en sus diversas edades, desde la infancia hasta la adultez, pasando por esa etapa tan confusa llamada juventud. Tres momentos presentes, de diferentes modos, en varias películas que pasaremos ahora a comentar.

Empecemos por el principio, es decir, por la infancia, por ese período en el que más desprotegidos y desguarecidos nos encontramos. Algo que padecen los protagonistas de una de las pequeñas joyas que nos ha deparado este festival: The Selfish Giant (Clio Barnard). Arbor y Swifty son dos niños de clase baja que son expulsados del colegio y deciden buscarse la vida, trabajar como chatarreros con la intención de ganar dinero. El rostro más feroz de la crisis ilumina el trágico destino de ambos: la explotación que padecerán a manos de su capataz, la desestabilizada situación familiar de ambos, la precariedad emocional, la incapacidad de gestionar un mundo sin futuro para ellos. Todo ello filmado a través de un realismo que sabe tocar las teclas para hacer brotar la poesía que inunda tan devastado paisaje, a través de un sentimiento de desesperación, odio y rabia que se transforma, finalmente, en un intento imposible de redención, de recuperación de esa infancia que nunca han tenido ni tendrán ambos protagonistas. El mismo paisaje atenazado por las circunstancias económicas que filma Anthony Chen en Ilo Ilo, filme que nos permite entrever la interrelación entre la realidad de Terry, una criada filipina, y Jiale, el niño que ha de cuidar. Una relación que ejemplifica la colisión de dos mundos separados por la edad pero unidos por la necesidad de crear un vínculo que los haga soñar con un futuro más luminoso ante una realidad social que los oprime, los une y, finalmente, los separa. Un dibujo indirecto de la infancia, cierto, pero un retrato a dos bandas que no hace sino mostrarnos una sociedad incomunicada, parca en palabras, figurada en Jiale, un niño silencioso y, en cierta manera, hostil a todo lo nuevo o extraño. Así pues, dos retratos de infancia desesperanzados, con fugaces instantes de felicidad que se deshacen ante la sombra de los estragos económicos y sociales.

Si nos aproximamos hacia la juventud, nos encontraremos con una visión más amable, aunque ácida, de ese paso que se da entre la infancia y el mundo de los adultos. En ese espacio vital se sitúa la refrescante The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts). Una obra divertida, llena de vitalidad, una falsa historia de aventuras en el bosque en el que un grupo de jóvenes reconstruye el mundo de los adultos (cabaña incluida), estableciendo sus propias reglas. Un mundo virtual alejado del urbanismo que les recluía, pero que se disuelve por la aparición del amor y la consecuente separación de los tres protagonistas. Una obra irreverente que nos habla de cómo los jóvenes visualizan el mundo de los adultos y de cómo esa idea colapsa cuando se traspasa el umbral entre la imagen y la realidad.

Una realidad que Frederick Wiseman trata de reconstruir a la hora de filmar su documental sobre la universidad de Berkeley en su monumental, y no únicamente por su duración, At Berkeley. Cierto es que su intención no es ofrecernos una obra sobre esos jóvenes que entran en la adultez a través de la vida universitaria, antes bien, es una obra poliédrica en la que podemos ser observadores de la multitud de mundos que pueblan una universidad, haciendo especial énfasis en las dificultades de financiación y los problemas económicos derivados de esta crisis omnipresente. Pero no es menos cierto que las dudas, los temores, las esperanzas... de esos jóvenes adultos están presentes. Wiseman nos ofrece un microcosmos infinito en el que sumergirnos y observar todas sus capas, recorriendo sus pasillos, sus clases, sus representaciones teatrales... todo puesto ante nuestros ojos por la maestría de Wiseman, quien, como los mejores retratistas y paisajistas, plasma la realidad para trascenderla.

Y llegamos, finalmente, a la representación del mundo plenamente adulto, aunque sus protagonistas puedan actuar como niños, como a veces ocurre en Almost in Love (Sam Neave), o la razón de ser de dicha representación guarde relación con la juventud de sus protagonistas, como es el caso de Honeymoon (Líbánky, Jan Hrebejk). Curioso es, en cualquier caso, que ambos filmes tengan su centro argumental en la celebración de una boda, supuesto punto vital en el que uno se compromete con su realidad... o quizás no, quizás se trata, más bien, de ver cómo se tambalean los cimientos de esa realidad. Esto es, al menos, lo que nos muestra Honeymoon, que esconde tras su apariencia de film de bodas la horrible pesadilla del bullying. Tras una primera parte casi sin altibajos, la película gana interés cuando la protagonista, junto con los espectadores, es consciente del horror que su marido hizo vivir a un joven compañero de clase. A partir de aquí, todo se vuelve más ambiguo, más oscuro, ganando así intensidad, viendo cómo se van descomponiendo las seguridades y dando paso a un mundo lúgubre escondido tras el idílico paisaje de campiña que inunda los fotogramas de este filme. Un paisaje que se asemeja al de Almost in Love, obra que tiene la peculiaridad de erigirse en dos planos secuencia separados por una elipsis temporal de duración indeterminada, centrados en dos celebraciones donde vemos la compleja relación a tres bandas entre Sasha, Kyle y Mia. Una fiesta en un balcón y una celebración de noche de boda disponen los escenarios para profundizar en las relaciones amorosas y en el peso del tiempo. Ya no entraré en decir si la liviandad e, incluso en algunos instantes, infantilidad con la que están tratadas las relaciones afectuosas es propia de nuestro tiempo, pero sin duda parecen un eco de él, un eco amplificado por la ligereza de la cámara y la decisión de una puesta en escena continua con una escisión central llena de sentido. Sin duda, dos obras en las que resuenan en sus planos las inseguridades, los pasos en falso, las emociones dispares, los secretos y deseos inconfesables, que asolan el mapa de un presente sin dirección ni ubicación exacta.

Como hemos podido ver, tres etapas de la vida han quedado plasmadas en este festival a través de unos filmes que se mueven entre la fragilidad, la liviandad y la dureza que asola toda dimensión humana, iluminando las partes más oscuras de cada una de ellas pero mostrándonos un último destello al que asirnos. Sin duda, vale la pena finalizar recordando la cita inicial de Emerson con que se abre el último filme del que hemos hablado: “The glance reveals what the gaze obscures”. Destellos de un mundo oscuro que la cámara nos revela.

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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (IV)

Narraciones a la deriva, naturaleza urbana

En el anterior artículo dedicado al Atlántida Film Festival, habíamos hablado de una serie de filmes que hacían de la exposición de los mecanismos de filmación y de la transgresión de dichos mecanismos su eje central. En este segundo artículo, nos centraremos en un grupo de películas que hacen de la deriva narrativa un reflejo de la marginalidad de sus protagonistas. Unos personajes que se mueven casi en el fuera de campo, en los márgenes de la sociedad, pero que ocupan el espacio central en la pantalla cinematográfica. Unos márgenes, en todos los casos, simbolizados por la presencia de la naturaleza como medio de retorno, de reencuentro.

Algo muy presente en los paisajes que rodean a los protagonistas de En algún lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints, David Lowery), una obra bellamente filmada, con una ambientación preciosista, pero que queda lastrada por un guión a ratos demasiado evidente. Aunque no nos engañemos, su punto de partida es interesante: una vez la pareja de delincuentes queda separada (él en la cárcel, ella viviendo con el bebé que nació poco después del arresto), el ideal muere, la fuerza que rodea a los fuera de la ley se quebranta y sólo queda el vago y vehemente deseo de retornar al hogar. El realizador descontextualiza el género del cine de atracadores para encuadrarlo dentro del cine romántico, próximo al experimento que hizo Malick renovando el cine bélico en La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), pero, lamentablemente, sin los mismo resultados.

Pero si hablamos de resultados frustrantes o, cuando menos, decepcionantes, no podemos dejar de hablar de Ritual. A Psychomagic Story (Luca Immesi, Giulia Brazzale) y Soldate Jeannette (Daniel Hoesl), dos relatos de mujeres que huyen hacia parajes naturales con el fin de alejarse de la opresión de sus vidas. Por un lado, la primera trata de unir magia y psicoanálisis a través de la inspiración y participación de Alejandro Jodorowsky. En ella, una joven huye lejos de su pareja, hacia un paraje natural que se mueve entre lo místico y lo etéreo, junto con su tía, una suerte de guía espiritual. Si el filme trasciende el género fantástico lo hace para convertirse en una obra de autoayuda que trata, a mi entender, de manera frívola y superficial un tema tan duro y complejo como el maltrato psicológico y el aborto. Por otro lado, Soldate Jeannette es un filme de ritmo en exceso lento, de actuaciones demasiado pétreas en el que la protagonista, tras caer en ruina y robar en unos centros comerciales, decide escapar a la montaña, quemar su dinero y empezar una nueva vida. Un personaje que, como la sociedad que la rodea, ve desmoronarse su mundo sin inmutarse, sin ninguna ilusión más que tratar de moverse hacia delante, sin rumbo fijo. Un desapego y tedio que, lamentablemente, se contagia al espectador dado el poco interés que genera el personaje central y sus actuaciones.

En cambio, si ha habido una obra que ha sabido integrar el paisaje natural como reflejo de la condición humana, ha sido la divertida y conmovedora, original y sorprendente obra Of Horses and Men (Hross í oss, Benedikt Erlingsson). Un filme que es una reinterpretación del género de las fábulas: aquí el protagonismo lo tienen los animales, más concretamente los caballos, quienes dotan de humanidad a sus jinetes, les otorgan su carácter cómico, trágico, romántico... No les hace falta hablar, su mutismo, su “físicidad”, su presencia da sentido a toda la narración: una disección equina que indaga en la humanidad, en la sociedad que los envuelve, todo ello filmado con una cámara que se mueve entre el retrato lírico y el prosaico ante unos personajes que escapan continuamente de su condición estereotipada: el galán, el borracho, el viajante... todos ellos transitan desbocados por entre los fotogramas de un filme que reconduce con maestría toda esa fuerza, esas pulsiones ocultas tras las máscaras. Un retrato de una sociedad alejada de los cauces de la “normalidad”, que tiene en los caballos su símbolo y su medio de vida.

Habíamos comentado, al inicio, que el medio natural era el símbolo de esa marginalidad, pero también es el modo de retornar a la misma humanidad. Algo que nos muestra la última obra de Shane Carruth, Upstream Color: su filme es mucho más que un experimento que trasciende los géneros (ciencia ficción, thriller, romántico, noir...) para mostrarnos cómo la narración cinematográfica puede adentrarse en la experimentación sin miedo a dejar de explicar una historia. Es mucho más porque nos muestra una obra próxima al trascendentalismo de R. W. Emerson, en el que la verdad podía ser experimentada a través de un contacto directo con la naturaleza. En este filme en el que los protagonistas son sujetos automarginados de la sociedad, la ciencia ficción funciona como excusa para realizar un montaje sonoro y visual en el que la naturaleza es el contacto directo con la conciencia profunda de los seres humanos. Si la protagonista recita fragmentos del Walden de H. D. Thoreau, lo hace como mantra con el que contactar con la naturaleza humana. En fin, una obra hipnótica que se despliega como un artefacto que conecta la sociedad y la naturaleza en una suerte de dimensión inconsciente escondida en los seres que pululan en el filme.

Pero la conexión entre hombre y naturaleza queda imposibilitada en el último filme que comentaremos aquí: una de las obras más extrañas y sugerentes del festival, pero truncada por un exceso de pretensión y duración que merma su capacidad poética, The Secret Society of Fine Arts (Anders Rønnow Klarlund). Y queda truncada ya por esa explosión que dinamita el museo zoológico, que lanza por los aires, a modo de obra de arte efímera, las mariposas y demás insectos y animales que constituyeron dicho edificio. Y todo filmado en una puesta en escena que rememora la obra maestra La Jetée (Chris Marker, 1962), es decir, a través de fotografías mínimamente animadas. Su intención no es más, ni menos, que la de tratar de poner en cuestión el estatuto del arte, la relación entre estética y política, creando algunas escenas realmente logradas pero que en su conjunto carecen de un discurso bien articulado. Un buen intento, en cualquier caso, de reflexionar sobre la condición del arte como propiciadora de una revolución en una sociedad enajenada y alienada, desconectada de su dimensión natural, en la que las calles metropolitanas ahogan cualquier recuerdo de una naturaleza que sólo se muestra encerrada en ese museo que vuela por los aires.

Como hemos podido ver en esta sucesión de filmes, la sociedad retratada en ellos navega hacia una deriva que desemboca en la naturaleza como instrumento de recuperación, de búsqueda y de expresión. Un modo de observar el mundo urbano como contrapuesto al paisaje rural, pero no como caras diferentes de una misma moneda, sino como reflejos de una imagen pretérita y futura.

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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (III)

Reflexiones en torno a la idea de ficción y documental...

Hace varios años que se viene hablando de un cierto cine que hibrida la ficción, sea eso lo que sea, y el documental: Jia Zhangke, Ari Folman... Una tendencia que se ha ido consolidando y que ha ido generando toda una serie de obras que sorprenden a la vez que incomodan dada la indefinición y ambigüedad de sus mecanismos. ¿Intromisión de la creación ficticia a través de unos mecanismos documentales? ¿Adopción de un estilo documental dentro de las ficciones? ¿Desnaturalización de los métodos o un modo de ver las dos caras de una misma moneda, es decir, la ficción y el documental? No pretendo, ni mucho menos, dar respuesta a estas preguntas en este breve artículo, pero sin duda, ha habido tres propuestas en este Atlántida Film Festival que darán mucho que hablar: se trata de los filmes Why Don’t You Play in Hell? (Jigoku de naze warui?, Sion Sono), La batalla de Solférino (La bataille de Solférino, Justine Triet) y Is the Man Who Is Tall Happy? (Michel Gondry).

Empecemos por el inclasificable Sion Sono: su última obra, Why Don’t You Play in Hell?, es la quintaesencia del juego metacinematográfico puesto al servicio del gamberrismo y vandalismo cinematográficos, es decir, al servicio de la risa grotesca y la burla reflexiva. Ya no sólo por su constante referencia a Kill Bill, Bruce Lee, el cine de Yakuza, de samuráis... y un largo etcétera inabarcable, sino por ese maravilloso tramo final que pone patas arriba toda idea de “making of”: la batalla anticlimática entre los dos clanes enfrentados es, en realidad, una explicación de cómo los mecanismos de la filmación cinematográfica interfieren con la realidad (desde las repeticiones, hasta los ángulos de cámara, las interpretaciones). Intentar explicar el argumento del film es, como en gran parte del cine de Sono, tratar de racionalizar las fugas narrativas del realizador, una acción tan improductiva como innecesaria: baste decir que un grupo de cineastas amateurs reciben el encargo de un jefe yakuza de filmar una obra maestra del cine, valga la redundancia, yakuza. A partir de aquí, realidad y cine se entremezclan en una vorágine de delirios que desembocan en un final para enmarcar. Vean el plano final de esta película y díganme si no se trata de otra vuelta de tuerca al cine híbrido del que hablamos en el párrafo anterior. Entre carcajada y delirio, Sono ha sabido colarnos una reflexión sobre la vida y el cine, la realidad y la ficción.

Pero dejemos de lado la vertiente más gamberra del festival y acerquémonos a Justine Triet, para ver cómo el cine adopta los ropajes del lenguaje televisivo, en concreto de los informativos, para desmontar los andamiajes de la ficción en la magnífica La batalla de Solférino. Obra de difícil catalogación, el filme se erige en torno a Laetitia, una reportera que cubre las elecciones presidenciales de 2012, pero que también es una mujer divorciada, con dos hijos a su cargo y un exmarido. Es esa doble condición de Laetitia, disparidad que todos compartimos en un sentido o en otro, lo que permite al filme moverse entre las dos aguas de la gran Historia y la vida minúscula que acontecen en el mismo espacio y tiempo, en la misma persona. Dos corrientes contrapuestas pero unidas por una cámara que trata de entrelazarlas a través de una filmación próxima al documental, con imágenes filmadas el mismo día de las elecciones, con la protagonista entrevistando (cual reportera) a transeúntes, votantes, y caminando entre la marea social que provocan los grandes acontecimientos, batallando por sobreponerse a su condición de cronista y madre. De este modo, el filme “ficcionaliza” los hechos verídicos de aquel día a la vez que “documentaliza” la cotidianidad de la protagonista a través de una grabación que navega entre ambos géneros fílmicos. Una hibridación que nace de la humanización del filme, de su aproximación a la condición humana de Laetitia.

Demos paso, por último, a la excepcional propuesta documental de Michel Gondry Is the Man Who Is Tall Happy?. El cineasta francés realiza una entrevista al lingüista y filósofo Noam Chomsky y decide que, en lugar de utilizar la imagen de una cámara, realizará dibujos que representen la entrevista. Una idea que convierte lo que podría haber sido simplemente un documental interesante en una obra brillante, creativa y emocionante: no se trata, como pudieran pensar, de dibujar a entrevistador y entrevistado conversando, nada más lejos de la realidad. Lo que Gondry hace es una doble pirueta: dibuja aquello que las palabras tratan de explicar... o callar. Sus dibujos no son un intento de representación fidedigna ni realista, son los subterfugios que dinamitan la idea de lenguaje, el arquetipo de pregunta-respuesta que rige toda entrevista. Jugando a expandir los límites de la imagen documental a través de la animación manual, Gondry logra crear una obra que habla del lenguaje, de los malentendidos del lenguaje (impagables los momentos en que Gondry explicita sus malentendidos con Chomsky), del amor y de la muerte, de la vida, en definitiva... y del cine. Una obra que, contrapuesta a la última creación de Errol Morris, The Unknown Known, nos permite contrastar qué caminos puede tomar el formato de la entrevista. Y con ello no quiero decir que sea un mal documental, al contrario, es un filme que cumple perfectamente con su intención de dibujar el recorrido político de Donald Rumsfeld, y, de paso, la política norteamericana del último medio siglo a través de una guerra dialéctica más o menos encubierta entre entrevistador y entrevistado. El título procede de una frase del propio Rumsfeld [1] en la que las certezas e incertidumbres dan paso a la necesidad de la imaginación como catalizadora del conocimiento (algo que, lamentablemente, podríamos ligar con esa política del terror). Un trabalenguas que pone el acento en esa política de prevención que el gobierno estadounidense lleva años y años llevando a cabo y que queda perfectamente dibujado en el rostro y la política de Rumsfeld.

En fin, dejando de lado este último filme de Errol Morris, el Atlántida Film Fest nos ha regalado tres obras, tres propuestas, que juegan, a su manera, a poner en entredicho la idea de ficción y documental, ya sea mediante un juego bizarro metacinematográfico, una crónica sobre la doble condición humana o la aportación del dibujo sobre la imagen fílmica de una entrevista. Tres aportaciones que noquean, derriban y reconstruyen los géneros que ponen en entredicho, que dejan al espectador con la profunda impresión de que el cine siempre nos guarda una sorpresa nueva entre risas, llantos y malentendidos (y esto va por las tres películas).

Notas:

  1. “There are known knowns; there are things that we know that we know. We also know there are known unknowns; that is to say we know there are some things we do not know. But there are also unknown unknowns, the ones we don't know we don't know”. 
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Atlántida Film Fest – Reflejos

Variaciones y variedades para un solo camino

6 documentales, 6 visiones que giran en torno a lo mismo, el mundo del cine. Cada uno de ellos centrándose en aspectos diferentes, que pasan desapercibidos, tanto del proceso de creación como de la vida más allá del rodaje y estreno de una película. Los estilos, asimismo, varían de uno a otro, desde el documental clásico con voz en off y entrevistas a los implicados en, por ejemplo, Reel Dreamers (Silvia Angrisani y Lorenzo Cioffi), hasta la vivencia en formato making of sui géneris de las entrañas de un rodaje en A ritmo de Jess (Naxo Fiol).

No obstante hay que resaltar, y eso les otorga más valor si cabe, teniendo en cuenta la disparidad de calidad y perspectivas formales, la capacidad de interacción que tienen entre ellos. Efectivamente estos 6 documentales nos permitirían trazar un camino que va desde la idea, las dificultades de ejecución y distribución y su vivencia cinéfila hasta su conservación y por último la memoria que queda de ella. Es por ello que vale la pena analizarlos siguiendo su curso, creándonos un continuo que permita comprender un poco mejor qué es una película, su significado más profundo.

Como bien nos indican sus protagonistas una película no puede existir sin una condición previa: el guión. Sobre esta premisa pivota Writing Heads: Hablan los guionistas (Alfonso S. Suárez), mostrando los diversos puntos de vista de diferentes guionistas sobre aspectos concretos de su trabajo. El proceso de creación, las mutaciones posteriores, su relevancia dentro del rodaje, todos ellos elementos que ayudan a conocer y reconocer la labor del guionista. En este sentido este documental es válido para penetrar en los entresijos de la profesión, pero más allá de eso no aporta ninguna nota especialmente interesante. Quizás su fórmula de entrevistas se hace demasiado reiterativa, con demasiadas voces diciendo prácticamente las mismas cosas. Se echa de menos algo más de autocrítica y menos victimismo en algunos de sus participantes, especialmente para darle una paleta más multicolor a un reportaje que por momentos resulta tan monocorde como poco interesante.

A ritmo de Jess parece contravenir, o como mínimo matizar, el axioma anteriormente comentado sobre la necesidad de guión. Y es que este viaje a las entrañas del caótico rodaje de la última película de Jess Franco resulta una experiencia tan educativa como loca. Podríamos estar ante un auténtico “anti making off” donde lejos de la típica entrevista jabonosa a los implicados en el rodaje podemos observar como un espectador más el día a día de la filmación. Sin planificación, sin storyboard ni guión, asistimos al ataque de nervios continuo de un equipo técnico que en muchísimas ocasiones no da crédito a la calma socarrona de un Franco que tira de oficio para sacar adelante el proyecto. Un documental que consigue despertar simpatía inmediata por sus protagonistas al mismo tiempo que es un reflejo de las dificultades y limitaciones del cine de bajo presupuesto.

En este sentido Jess Franco podría haber sido el padre (o incluso el abuelo) de los protagonistas de Baratometrajes 2.0 (Daniel San Román y Hugo Serra). Es este otro documental en formato entrevista donde diversos directores de cine de bajo presupuesto nos hablan de sus dificultades en la realización y distribución posterior de sus obras. No pueden faltar lógicamente el debate al respecto de las nuevas tecnologías, la piratería e Internet visto como una oportunidad más que como un problema. Una vez más estamos ante un documental coral en cuanto a cantidad de voces pero al igual que en Writing Heads se nota un cierto corporativismo en cuanto a opiniones que impide un debate más amplio al respecto de lo tratado. Eso sí, Baratometrajes 2.0 consigue poner encima de la mesa la existencia de otro tipo de cine, oculto para muchos espectadores, que vale la pena reivindicar. En cierto modo este es un documental sobre idealistas que consiguen realizar un sueño.

De sueños precisamente nos habla Reel Dreamers, un recorrido por los pequeños cines de barrio que abundan en París que nos permite conocer de primera mano las dificultades en el mantenimiento de estas salas, pero también la voluntad de crear un circuito donde se siga pudiendo ver clásicos o pequeñas películas de autor más allá de la programación de las grandes multisalas. Es este un ejemplo de documental sintético, que hace de la concreción y del sentido del humor su virtud. Estamos ante una lucha por amor al cine vista por unos, como su título indica, proyeccionistas de sueños que quiere servir de toque de atención en cuanto a la preservación de espacios comunes donde compartir experiencias cinematográficas.

Pero para que estas “reels” (bobinas) portadoras de sueños existan debe haber alguien que las proteja. En Rescatando sombras. Cine, muerte y memoria (Julián Franco Lorenzana) nos adentramos en el mundo de la conservación. De los métodos para la óptima preservación del celuloide o para su restauración. A través de la mirada de profesionales del sector o responsables de filmotecas se vincula el cuidado con el que se tratan los materiales con el amor a su contenido, y por tanto su profesión y los centros de “memoria cinematográfica” se presentan como casi la última línea de defensa del cine. Un documental planteado como un viaje, con entrevistas, pero también como espacio para la reflexión y la ensoñación de tintes casi poéticos.

Más allá del material físico hay otro lugar donde se almacenan las películas, la memoria del espectador. Esa memoria es la que reproduce y en cierto modo distorsiona nuestros recuerdos cinéfilos. No es extraño preguntarse los motivos que llevaron a un director a filmar lo que filmó en su momento. En ningún lugar (Laurence Garret) se ocupa precisamente de esta clase de asuntos; centrándose en la figura de Buñuel nos adentramos en un viaje por las tierras de donde procedía. Hurgando en sus peculiaridades paisajísticas, en sus usos y costumbres, se intenta comprender cómo todo ello influyó a posteriori en su visión cinematográfica, en sus obsesiones temáticas, pero sobre todo para ayudar, mediante la descripción en off de una voz que conecta cine y realidad, a la mirada del cinéfilo-turista a entrar en la mente del cineasta, a comprender por entero su obra más allá del los análisis puramente formales de su cine. Un documental que es más una proyección posfílmica, una interpretación de cómo un director se retroalimenta de sus obsesiones y al mismo tiempo nos hace partícipes de ellas.

Una forma de cerrar el círculo iniciado con un papel en blanco y un lápiz y que acaba alimentando nuestra imaginación. Puede que queden pocas cosas exactamente iguales a como se iniciaron en el papel, pero eso es lo que permite al cine su continua mutación en todos los formatos posibles, pervivir, impactar, crear vínculos que, aun vividos de forma distinta, crean consciencias y recuerdos colectivos. Cine, en definitiva.

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Atlántida Film Fest – Sección Oficial (y III)

De vuelta a casa

El cine sigue demostrando a los espectadores que la mejor forma de conectar con un personaje es acompañándolo en su viaje, ya sea físico o mental, como prueba de que cualquier traslado implica un cambio, una redención, algo que sucede en la vida real, y el cine describe dando voz a los dos bandos que se generan: el que viaja y el que se queda.

La Paz, película argentina dirigida por Santiago Loza, narra la experiencia de Liso, un joven que vuelve a casa después de estar internado en un psiquiátrico. Aparentemente está curado y listo para rehacer su vida, pero se acaba encontrando con la realidad: muchas relaciones no han olvidado su pasado, y su única opción es vivir, de momento, con sus padres. Parece ser que este nuevo entorno le ahoga, y su idea de futuro se desvanece. Este retorno no es una vuelta a casa, con los suyos, sino que es un punto de inflexión, una parada más de un personaje itinerante que descubre que el entorno familiar solo es el inicio del verdadero viaje que cambiará su vida, el que implica acabar con las raíces y marchar lejos. Allí es donde empieza la ilusión y su nueva vida.

Ocurre algo similar en otra película de itinerancias, Family Tour, dirigida por Liliana Torres, que parte de la misma idea: la protagonista vuelve a casa después de cinco años viviendo en México para reencontrarse con su familia. En una primera instancia parece que han sido unos años donde nada ha cambiado, pero poco a poco, y como ocurre también en La Paz, nos damos cuenta de que su ausencia ha pasado factura, y que existen disconformidades entre los otros personajes y la protagonista, que evidencian una lejanía con su familia que no se rehace con el regreso a casa. La distancia sigue existiendo más allá del espacio físico. La forma en que la directora define esta situación se convierte en un autentico reto, aun más cuando averiguamos que se trata de un film autobiográfico, donde todos los personajes, excepto la protagonista, encarnada por Nuria Gago, se representan a sí mismos, mostrando, pues, el rostro real de la familia de Torres.

Otro regreso tumultuoso es el que aparece en Toastmaster de Eric Boadella, un film a caballo del humor y el drama, que narra la visita del protagonista, Alek, a su tío Kaprel, el único pariente de su ascendencia armenia que sigue con vida. Aquí el viaje del protagonista es hacia un origen casi irreconocible para él, ya que pertenece a su infancia olvidada. Esta nueva ruta familiar adquiere una voluntad de recuperación del tiempo perdido y supone un acercamiento a su tradición cultural.

Pero el viaje en el cine también puede convertirse en una ventana al futuro, con la esperanza de que ese futuro sea mejor. Es el caso de Melaza, dirigida por Pablo Lechuga, que narra la vida de una pareja joven que trata de ganarse la vida en un entorno precario a partir de actividades no del todo legales. Los toques de humor suavizan la dureza de la situación de los protagonistas, que tienen que mantener también a la madre e hija de ella. El viaje es esperanzado, ya que confían en encontrar un buen sitio donde vivir y conseguir dinero para establecerse. Esto implica un nuevo tipo de itinerancia de los personajes, en este caso más ligada al batallar día a día contra una monotonía peligrosa que no asegura nada, y que certifica que uno no puede detenerse.

Esta esperanza de progreso es la que persigue en sentido contrario al protagonista de Estos días, de Diego Llorente, ya que pone sobre la mesa la situación de un joven que ni estudia ni trabaja. Su director opta por no verbalizar el hecho, pero el ambiente de invariabilidad constante en la que se encuentra el personaje hace que no quepa duda: es un joven que no tiene ni ilusiones ni nada que hacer. Es interesante, pues, observar cómo se desarrolla aquí la idea del viaje. Como en Melaza, el origen se encuentra en lo cotidiano, pero quizás en Estos días se vuelve a dar importancia al entorno asfixiante que veíamos en La Paz, ya que el protagonista sigue viviendo con “los de siempre”, en un sitio en el que cada día ocurre “lo de siempre” y donde las noticias dicen “lo de siempre”. Por ello, el film parte de un trayecto sin principio ni fin, algo que corre el peligro de transportar al personaje, en mente y cuerpo, a un viaje laberíntico sin días fijados, y que supone una marcha continua por un espacio perpetuo. Son estos los días que convivimos con el protagonista, pero bien sabemos que siempre podría haber otros, condenados a la repetición.

Todas estas películas trazan el recorrido de protagonistas jóvenes explicados desde el punto de vista de nuevos directores. Quizás por eso la insistencia en el ir y venir sea lo que actualmente genera más preguntas e inquietudes. Sus protagonistas buscan o no respuestas, una tendencia que va más allá del Atlántida Film Fest: su continuidad se detecta en la selección de jóvenes cineastas presentes en el recién estrenado Festival de Cinema d’Autor, donde toma forma este “impulso colectivo”.

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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (II)

Mirando por el retrovisor sin ira

Durante la primera década de este siglo uno de los debates cinéfilos más encarnizados fue aquel que enfrentó a los defensores del género frente a lo que podríamos denominar cine de autor. Un debate, si se quiere, que obviaba de alguna manera cosas tan evidentes como que en el fondo el auteur no dejaba de ser alguien que no se enfrentaba al género, sino que lo revisitaba pasándolo por su filtro. No hace falta acudir al tópico de mentar a Quentin Tarantino como ejemplo paradigmático, otros como Godard ya habían hecho algo tan posmoderno (aunque el término llegaría mucho después) como filtrar bajo sus parámetros deconstructores de género el noir americano en Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959) y Banda aparte (Bande à part, 1964). Como en todo debate, y siguiendo el modelo hegeliano, la superación del mismo toma forma de síntesis. Este el caso de 4 cineastas, Dolan, Cattet, Forzani y Donzelli, quizás reacios a autoconsiderarse autores "stricto sensu", cuyas últimas obras tienen mucho que ver con el género pasado por el tamiz de sus propias obsesiones e ideas cinematográficas.

Sea por su juventud, por sus maneras grandilocuentes o por su insistencia en dejar descaradamente su sello personal en sus películas, Xavier Dolan no deja indiferente a nadie. De hecho sus admiradores y detractores se vuelcan en su cine con la misma pasión tanto en loanzas como en vilipendios. Más allá de los gustos personales tal apasionamiento no resulta extraño ya que si de algo no adolecen los filmes del director canadiense es de eso, pasión. Por ello mismo Tom à la ferme es sin duda su película más objetivable (si algo como eso es posible), precisamente por la moderación en sus estilemas autorales. Sin duda, su ubicación contextual genérica, y más su localización geográfica, parecen contribuir a ello ya que estamos ante una suerte de película de terror psicológico, fronteriza con el submundo del paletismo rural, situada en una gélida granja canadiense. No hay que llevarse a engaño, no veremos seres deformes con máscara descuartizando a jóvenes ávidos de sexo, aquí de lo que se trata es de la contención de los sentimientos, de la amenaza velada, del intimismo del miedo al qué dirán o a lo que pueden hacerte ante un hecho no precisamente popular en esos parajes como es la homosexualidad. Travellings furiosos para escapes imposibles, primeros planos desesperados y una puesta en escena de la congelación, del no movimiento, de la desesperación emocional cautiva se suceden para crear un espacio tan abierto como claustrofóbico. Un lugar que es el Síndrome de Estocolmo hecho realidad. En este sentido Dolan denota que conoce perfectamente los trucos genéricos para la angustia, sin embargo, y aunque en menor medida que de costumbre, no puede dejar de mostrar su militancia queer, casi política, en escenas que bordean la vergüenza ajena por su condición de manifiesto completamente desubicado. Aun así estamos ante posiblemente la mejor obra de Xavier Dolan en tanto consigue crear un artefacto híbrido que mezcla voluptuosidad y miedo a partes iguales.

Del Miedo es de lo que mejor sabe hablar en sus filmes el dúo Hélène Cattet y Bruno Forzani. Sus conexiones con el giallo, ya mostradas en su ópera prima Amer (2009), se aumentan y se refuerzan con su nueva aproximación al género. Quizás hablar de evolucionar no es exactamente la palabra a utilizar ya que sus constantes estilísticas permanecen ahí, reconocibles, aunque tomando una ligera dirección diferente. La imagen, la atmósfera y el color siguen siendo elementos configurativos de suma importancia, cierto, pero a diferencia de Amer no definen la película, dejando a la palabra la responsabilidad de la exposición argumental. El problema fundamental aparece cuando la potencia visual no complementa sino que choca con la historia contada. Por ello L’étrange couleur des larmes de ton corps resulta una película claramente identificable en autoría pero difícilmente digerible en cuanto a género. De alguna manera este intento de evolucionar y depurar un estilo acaba por convertirse en su contrario, en una barroquización excesiva de elementos que hacen del film un experimento quizás más adecuado para ser una instalación audiovisual de museo que una película como tal.

La inspiración rosácea, tan presente en los tonos pastel de la película de Valérie Donzelli, Main dans la main, es evocadora del musical clásico. Invita a la ligereza del baile, de la comedia amable, del romance seguro, del happy end sin paliativos. No, no hablamos de las coreografías pantagruélicas a lo Busby Berkeley. Estamos más bien en el territorio Astaire & Rogers, donde el argumento es solo un pretexto para que nazca el romance. Quizás pueda decepcionar esta ligereza viniendo de alguien cuyo anterior trabajo, Declaración de guerra (La guerre est déclarée, 2011), sabía conjugar la dureza del argumento con la delicadeza de su tratamiento. El resultado puede resultar tanto dulzón como cargante, cierto, pero de alguna manera Donzelli sabe impregnar esta fantasía rosa de otra de las constantes en su cine: el dibujo preciso, sin obviar las aristas más antipáticas, de sus personajes. De esta manera conseguimos “salir” de la irrealidad bailada a través de la empatía y la fácil identificación con ellos. Sí, quizás esta no sea la película más profunda de su directora pero tiene la virtud de ser una feel good movie que nunca renuncia a vestirse con el traje de la credibilidad más auténtica.

Como hemos visto el fenómeno de la autoría asumiendo lo genérico no es nada nuevo. Este es un proceso que se ha ido repitiendo a lo largo de la historia y cuya pervivencia se hace más y más acusada a medida que los propios cineastas toman conciencia del bagaje histórico que llevan detrás. Cierto es que este tipo de productos mixtos suelen aparecer en manos de directores jóvenes y noveles (Godard, por citar el ejemplo inicial, también lo era cuando filmó las películas anteriormente citadas) ansiosos por expresar sus ideas a través de aquellos géneros que les entusiasman, pero ello no es síntoma de inmadurez, más bien de reflexión y respeto a una herencia, a una forma de revivir y a la vez reinventar el cine. Una forma si se quiere de que los recuerdos y la pasión por el séptimo arte nunca mueran.

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Atlántida Film Fest – Sección Oficial (II)

El terror revolucionado

Un festival siempre contiene su dosis de películas de terror, y en la Sección Oficial del Atlántida Film Fest encontramos algunos títulos que basan su argumento en el género.

Quizás el film que se ciñe más a los aspectos, diríamos, tradicionales del cine de terror, es Los inocentes, que sigue el esquema habitual: hecho trágico al inicio del film, que da lugar al nacimiento del mal, hasta su reproducción periódica en una fecha programada como insignia que da origen a un ciclo. Detrás de este esquema prefijado y conocido descubrimos algo relevante, y es que se trata de una película realizada en un cuadro conjunto de doce directores provenientes de la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya), aspecto que implica siempre un motor de creatividad en su proceso de discusión y reescritura. Los inocentes verifica una vez más que la reiteración infinita y el culpable que nunca es atrapado suponen alicientes que hacen preguntarse al espectador “¿y si pudiera pasarme a mí?”. Y precisamente este aspecto es algo que también vemos en otros filmes presentados en el festival, y que giran alrededor del género. Ya en el terreno de un único director, Reset, de Pau Martínez, o #RealMovie, de Pablo Maqueda, plantan una mirada joven provista de un estilo propio, y aunque siguen una estructura similar a Los inocentes (suceso pasado, descubrimiento del mal y final que remite al inicio de ciclo), añaden también puntos de vista innovadores.

Reset presenta unos personajes que se van construyendo a medida que avanza la acción. El pasado es clave para entender su comportamiento: los unen distintas experiencias postraumáticas que vamos descubriendo poco a poco. La idea del mal recorre a la ciencia médica y al estereotipo del científico loco, ya que al poco tiempo se nos revela una práctica de la cual todos hemos oído hablar: la lobotomía. De este modo el mal está presente, el psiquiatra lo encarna, pero además hace referencia a algo que sí ocurrió realmente y que causó grandes atrocidades durante el siglo XX.

Del mismo modo, y siguiendo este referente basado en lo real, #RealMovie propone una revolución de las estrategias del género. Pablo Maqueda se incluye en un grupo de cineastas españoles que apuestan por películas de bajo presupuesto, rodadas en quince horas, en escenarios exteriores y sin recorrer a efectos especiales de postproducción, al puro estilo Dogma 95, y que adoptan el nombre de #littlesecretfilm. Películas como Piccolo grande amore (2013) y Lava en los labios (2013) de Jordi Costa, o Obra 67 (2013) de David Sainz, han conseguido gran difusión a través de las redes. #Real Movie encarna, pues, la nueva apuesta de la plataforma, y se plantea algo realmente sugestivo, que parece que puede dar juego durante tiempo: la inclusión definitiva de Internet en el propio curso narrativo. Se produce un secuestro que no va a necesitar del dinero para ser solucionado, sino del mayor número de retweets en un periodo limitado de tiempo. Así es como se genera expectación, esperando que la víctima no sea asesinada, algo que llevamos mucho tiempo viendo en thrillers, con la diferencia de que esta vez se conseguirá traspasar al nuevo mundo de la pluralidad de interfaces.

Este toque experimental se extiende también a otra película española, en este caso financiada por crowdfunding, titulada La tumba de Bruce Lee (dirigida por el grupo Canódromo Abandonado), que parte, como #RealMovie, de la grabación de cámaras de videovigilancia, y nos adentra en un film fuera de serie, que podríamos denominar de terror zen. Una pareja que viaja a Seattle conoce a un hombre que los guiará espiritualmente hasta descubrir que es un asesino. Su carácter underground potencia aún más su carácter inquietante, donde las acciones acaban siendo un sinsentido y la violencia es perceptiblemente simulada. El mal es visible y germinal, como un virus que se propaga, con el propósito de llegar a la “iluminación” interior de todos.

Otro aspecto destacable del film está ligado al humor negro, las metáforas y el fracaso, como hechos definitorios de una sociedad estancada, que vive encima de sus despojos. La crisis de valores es evidente, y, pese a ser explicada desde el caso concreto de los protagonistas, encaja con el patrón de una sociedad global. En este sentido Casting de Jorge Naranjo, que se aleja de los parámetros del terror, habla también de las crisis de la sociedad (incluida la de pareja), para elaborar un cuadro real de jóvenes desesperados por encontrar trabajo, en este caso, como actores. Conseguir dinero u obtener un papel protagonista pasan a ser aspectos fundamentales para dar coherencia a las distintas historias cruzadas y acercarse a un happy end solo intuido.

La reivindicación frente a la situación actual está forjada, y aún podríamos seguir navegando por el repertorio que nos ofrece el festival, hasta encontrarnos con el caso de Cartas desde Parliament Square (Carlos Serrano Azcona), documental que explica el funcionamiento del pacifismo mundial a través de la experiencia de Barbara Tucker, quien lleva siete años viviendo en esta plaza de Londres. Seguiríamos hasta dar con otro film de imagen granulada, personajes entrañables y verdad conmovedora. Se trata de El lugar del hijo de Manuel Nieto, coproducido por el cineasta Lisandro Alonso, que se centra en la revolución estudiantil iniciada a partir de la crisis económica de 2001 en Argentina. El protagonista transita en un viaje interior que une la reciente muerte violenta de su padre con su voluntad de reivindicar un país demolido y arruinado.

Ir de lo fundacional al límite de un género supone un ejercicio de recortes y encajes, de visitas al pasado y de recreaciones, que se manifiesta en estos filmes de terror del festival que persiguen lo real, como en #RealMovie y La tumba de Bruce Lee. Una verdad que se origina en la intención de estos directores de revolver mentes despiertas y críticas para encontrar un sentido reivindicativo a este ejercicio en torno al mal. Este aspecto puede leerse junto con Cartas desde Parliament Square y El lugar del hijo, como filmes que se alejan del género pero que parten de la misma mirada reivindicativa y en este caso desde un contexto de colectivo, planteando que el poder político y económico, el personaje maligno y el mal invisible, no se pueden vencer sin la fuerza de una comunidad dispuesta a devolver la justicia al pueblo, ya sea desde las plazas, las aulas o un sanatorio, para luchar contra el peor terror de todos, aquél que nos llega a través del propio testimonio de una sociedad.

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Atlántida Film Fest – Sección Atlas (I)

Sexo, apariencias y nudos gordianos

De entrada, títulos como Prince Avalanche (David Gordon Green), Les rencontres d’après minuit (Yann González) y El desconocido del lago (L’inconnu du lac, Alain Guiraudie) poco o nada tienen que ver entre sí. Sus géneros y propuestas estéticas sugieren vías divergentes de exploración cinematográfica. No obstante, se adivina una corriente transversal entre los tres títulos que, precisamente mediante los elementos comentados anteriormente (género, estética) los atraviesa, y que nos habla, sea desde la centralidad o la lateralidad, de la importancia del sexo entre los seres humanos.

La transversalidad genérica, e incluso su mutación y travestismo, son elementos comunes en estos filmes, aunque los objetivos no pueden ser más divergentes. El caso más evidente lo encontraremos en la oposición de posturas entre Prince Avalanche y El desconocido del lago. Mientras el film de Green apuesta por el disfraz de drama indie para ocultar la verdadera historia que se adivina bajo la superficie, Guiraudie deriva su obra hacia terrenos que pasan del costumbrismo homosexual al thriller. Pero ¿cuál es el motivo de todo ello? En el primer caso no se trata de timidez ni aprensión hacia la homosexualidad, sino más bien de tejer capas que permiten comprender de forma sutil que los motivos del desencuentro de sus protagonistas, sus desvaríos amorosos, sus problemas de socialización e incluso sus fantasías vienen motivados por un deseo oculto, siempre en segundo plano, del que pequeños retazos simbólicos (más o menos evidentes) nos permiten adivinar lo que está sucediendo. No deja de ser oportuno el uso del fuera de campo en las experiencias sentimentales, todas ellas fracasadas, de los protagonistas, como si no fueran más que una fuerza invisible que los arrastra hacia lo inevitable de su unión. Sí, podemos hablar de realismo mágico en Prince Avalanche, o incluso de dramedia indie, pero ante todo estamos ante una historia de amor, inconclusa, no revelada y llena de simbología que la convierte en apta para crecer en el imaginario del espectador a posteriori.

Precisamente El desconocido del lago juega al proceso inverso. Partiendo de lo explícito de las relaciones sexuales mostradas, Guiraudie crea un mundo que poco a poco tiene la necesidad forzosa de evolucionar a otros lugares. Sí, los malentendidos en las relaciones esporádicas pueden generar momentos de comedia o drama, pero el interés reside en avanzar más allá, profundizar en la opacidad de las motivaciones que se esconden tras el deseo carnal. Del mismo modo que la cámara traspasa el umbral del pudor y se adentra tras los arbustos para mostrar el sexo en toda su crudeza, la trama se desliza paulatinamente hacia los secretos detrás de la carne. Se opta pues por dotar al film de un tono paulatinamente más sombrío y sumergirnos en una historia que puede tener ecos que van desde Viernes 13 hasta el giallo italiano. En definitiva, hacer que el sexo no sea sino un trampolín, una plataforma de lanzamiento hacía un abismo de negrura, un disfraz de aparente (homo)sexploitation genérica destinado a sorprender con su deriva hacia los terrenos del slasher low-fi.

Quizás sea Les rencontres d'après minuit la menos transgresora en cuanto a transformaciones genéricas. Su liga es la de la evidencia, la de ponernos delante de un drama clásico fuertemente sexualizado, con diálogos que la situarían en un universo cercano a los cuentos morales de un Rohmer desbocado. Su apuesta se centra en una voluntad claramente esteticista vinculada en todo momento a sus objetivos argumentales, que no son otros que hablar de sexo y de cómo condiciona a personajes de diferente pelaje y circunstancia. El sexo como leit motiv, como principio y final de todo.

La estética, la imaginería que apostilla las intenciones del film de González, tiene mucho que ver con la voluntad de creación de un anacronismo estanco. Sí, los personajes se mueven en un ambiente cerrado, casi de escenario teatral fantasmagórico donde pueden entrar pero apenas pueden salir si no es a través de sus palabras. Una habitación donde la estética parece habitar en unos años ochenta perpetuos que se estilizan a través de los puntos de fuga narrativos de los personajes. Es por ello que no estamos ante una reproducción exacta del periodo sino ante un “inspirado en”, ante un look filtrado más por lo que se supone debería ser que por lo que en realidad es. Un artificio, cierto, pero que permite metaforizar el encierro vital de sus personajes y contraponerlo a sus ansias de libertad (sexual).

Paralelamente El desconocido del lago también se apunta a jugar a la atemporalidad con filtro. Coches de todas las épocas y nulas referencias temporales conforman un universo del cuándo que sólo se matiza a través de apuntes como los bañadores, o el bigote de su protagonista, tendiendo hacia un look ochentero más referencial por lo arquetípico que con vocación de contextualización temporal exacta. Esta estética, este lugar, la desnudez constante, el espacio abierto del lago son el reflejo exacto de la mutación genérica mentada anteriormente. Son simples señuelos, puntos de partida que parecen indicarnos la dirección hacia donde va el film pero que acaban por constituirse como callejones sin salida, desvíos hacia el progresivo encarcelamiento que el lago supone.

Prince Avalanche es la única propuesta cronológicamente precisa, tanto a nivel estético como referencial y contextual. Su marco temporal, finales de los ochenta, también se vincula con sus peculiaridades genérico-argumentales, ya que, no en vano, se sitúa en un momento de transición estética y de apertura en torno a ciertos aspectos como la homosexualidad. Al igual que la relación de sus protagonistas, dejando atrás la tierra quemada por un incendio y repintando una carretera, la estética del film va cambiando. De unos paisajes tortuosos y una preponderancia de escenas nocturnas se pasa a una mayor presencia de espacios y luminosidades abiertas, a unos entornos más diáfanos que funcionan como reflejo de la evolución anímico-sentimental de sus personajes. En este caso pues la metaforización a través de la estética no funciona como diversión sino de forma clarificadora.

Sí, estamos ante una tríada de filmes cuyos vínculos son aparentemente inexistentes, pero que, como hemos visto, comparten lazos y sobre todo vocaciones. Por lo retro, por el disfraz y por, de alguna manera, romper con el sexo como temática de provocación, de sensacionalismo o de recurso de “venta”. A su manera, la reivindicación sexual en estos filmes se plasma en la naturalidad, el realismo e incluso el disimulo. Porque esto no tiene nada que ver con el erothriller noventero o el timoratismo “hide in the closet”, más bien es la asunción de que el sexo en todas sus formas (incluida la autorrepresión) es parte de la realidad y como tal debe ser mostrado sin pudor. Tarea ésta que este curioso grupo de películas cumple de manera brillante.

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Atlántida Film Fest – Sección Oficial (I)

Una expedición sonora

Desde que directores como Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, Pere Portabella o Alain Corneau exploraron en el cine formas de hacer visible la música más allá de su interpretación convencional como banda sonora, se ha ido desarrollando un lenguaje moldeable y abierto a nuevas perspectivas que aun hoy representan un motor de creatividad. Me alegra encontrar distintas películas presentadas en la Sección Oficial del Atlántida Film Fest que indagan sobre el mundo sonoro desde lo experimental, estableciendo puentes con los pioneros de la puesta en escena del instrumento musical a la vez que extienden su formato más allá del campo visual.

Daniel V. Villamediana vuelve a la esencia de la música barroca con un documental, De occulta philosophia, que describe el proceso de creación musical y concentra la tradición en un solo escenario, la iglesia. Lo sagrado devuelve el misticismo a la concepción del sonido, como descubrimos en El silencio antes de Bach (Pere Portabella, 2008), donde lo más importante es mostrar el mecanismo a través de todo lo que circunda una audición: la construcción del instrumento, la meditación del músico, el ensayo y la puesta en escena final. De occulta philosophia se compone como una partitura, exponiendo un tema inicial con sus distintas variaciones, como ocurre en las famosas Variaciones Goldberg compuestas por Johann Sebastian Bach, que van sonando a lo largo del film construyendo así un paralelismo perfecto entre la estructura narrativa y la estructura musical. Esta fórmula organizada y llena de detalles inunda la pantalla de armonía e imagen, como encontraríamos originalmente en la propia concepción barroca.

Sin embargo otras películas de la Sección Oficial van en busca del trasfondo sonoro para encontrar el hecho diferencial y original. Es el caso de Noche (Leonardo Brzezicki), una fantástica película argentina que habla del amor entre amigos, la solitud y la muerte, a través de las grabaciones de voz que realizó el personaje de Miguel antes de quitarse la vida. Las relaciones entre homosexuales cogen especial relevancia, como vemos también en otra de las películas seleccionadas, El tercero, dirigida por el argentino Rodrigo Guerrero, o recientemente en El desconocido del lago (L’inconnu du lac, Alain Guiraudie, 2013) o La vida de Adèle (La vie d’Adèle - Chapitres 1 et 2, Abdellatif Kechiche, 2013). Nos encontramos frente a un nuevo terreno que profundiza más en la relación sentimental, y que Noche aprovecha para mostrarnos la angustia por la pérdida del ser querido.

Brzezicki juega también con lo sonoro, que sirve para establecer el hilo narrativo del film, un desarrollo que de nuevo se mueve entre aquello que no podemos ver, tan solo escuchar, y que suscita en gran medida la sensación de que la historia se desarrolla en fuera de campo, algo que conlleva continuas escenas enigmáticas que son a la vez sutiles e inhóspitas, con lo que consigue mantener enganchado al espectador. La experimentación sonora se produce dentro y fuera de campo, aferrándose a la idea de que el sonido diegético no tiene que estar necesariamente visible en el plano, ya que es evidente: personajes y espectador están escuchando lo mismo, el testimonio de un joven atormentado al que nunca vemos, solo oímos, pero que se establece claramente como protagonista. Es interesante notar la implicación dramática de este recurso sonoro, que actúa a la vez como principio narrativo y como ejercicio de memoria que evoca un recuerdo, el cual sus amigos tratan de afrontar. Otro film presentado, Después de la generación feliz, de Miguel Ángel Blanca, juega también con esta intención de revivir historias, en este caso a partir de la recuperación de antiguos VHS familiares, mostrados con un cierto toque rocambolesco. Blanca experimenta dentro del propio formato de vídeo, e introduce la actuación de Joan Colomo, que, como si de un videoclip se tratara, reproduce todas aquellas viejas canciones para introducir una banda sonora a imágenes mudas. El proceso de recuperación se realiza desde diferentes ámbitos, para culminar en este universo kitsch que sin embargo se aproxima al videoarte y que se basa en una historia familiar en la que, como en todas, los años pasan pero los testimonios fílmicos permanecen.

Es importante referirse también a Se fa saber, dirigida por Zoraida Roselló, quizás la película que consigue unirlo todo: sonido, realidad y memoria. Un film que se sitúa en una zona rural cerca de Tarragona, donde se nos muestra el testimonio de una generación de posguerra que reivindica la vida en el pueblo. Son especialmente entrañables estos pequeños momentos del film en los cuales el sonido encarna la voz real de los protagonistas, como el mecanismo que reproduce mejor toda la esencia de una generación. Unos protagonistas que muestran su vida cotidiana a través de ejercicios donde predominan sus voces, como la señora que en plena vejez sigue realizando un espacio musical en un programa de radio local, o bien la canción popular interpretada de forma brillante por una señora mientras se retoca el peinado en una peluquería, hasta la intervención de una mujer en un programa radiofónico que denuncia robos de ofrendas en el cementerio. Todas ellas son un testimonio claro de una sociedad rural que la directora barcelonesa describe destacando las voces por encima de los cuerpos. Son estas voces las que cuentan las historias y definen este preciso retrato costumbrista.

Estos filmes recogen la tendencia de esta última ola de cine español y también latinoamericano, que como vemos se caracteriza, entre otras cosas, por la preocupación acerca del tratamiento del sonido, que en muchas ocasiones pasa a ser un elemento central inscrito en la propia narrativa. Y no nos quedaríamos aquí, ya que otros títulos como Mapa de León Siminiani (2012) o Los ilusos de Jonás Trueba (2013) también se incluirían en esta búsqueda de esencias con la música como eje vertebrador.

A la suma de De occulta philosophia, Después de la generación feliz, Se fa saber y Noche, encontramos que todas están comprometidas con el detenerse y releer la imagen para establecer un cuadro sonoro que hable, como las obras pictóricas, de una época y un espacio. En este sentido, estas películas cuentan con testimonios que tienen que ser observados, pero sobre todo escuchados, ya sea desde el discurso musical, la grabación o la voz humana para devenir, como las obras de arte, perdurables.

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