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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (22/09/2018)

Jornada 2

Un hombre fiel (L’homme fidèle, Louis Garrel)

¿De qué va? Cuando Marianne (Laetitia Casta) se queda embarazada, decide abandonar a su amante Abel (Louis Garrel) por Paul, el supuesto padre del niño. Ocho años después, con la repentina muerte del marido, Abel vuelve junto a Marianne. Es entonces cuando la joven Eve (Lily-Rose Depp) entra en juego para confesar su amor por Abel, latente desde la infancia.

¿Y qué tal? Garrel propone una actualización de los códigos de la Nouvelle Vague en clave de comedia romántica. En el triángulo sentimental planteado por el actor y cineasta francés, él mismo decide invertir los roles tradicionales para situarse en el papel de hombre-trofeo. Reducido a la función de sujeto pasivo, el personaje de Abel se somete a las decisiones de las dos figuras femeninas.

En la rueda de prensa, el veterano Jean-Claude Carrière, co-guionista de la película junto a Garrel, contaba cómo en más de cien guiones escritos esta era la primera vez que había utilizado la voice over, ¡y por partida triple! Un recurso narrativo que, aunque fugaz, permite poner de relieve la multiplicidad de puntos de vista en lo que a las relaciones se refiere. Y es que Un hombre fiel no busca ser un tratado de nada, pero en su simpática cotidianeidad -y en apenas una hora y cuarto de duración- da con alguna que otra interesante reflexión sobre los entresijos del amor.


El reino (Rodrigo Sorogoyen)

¿De qué va? Cuando los escándalos de corrupción empiezan a salpicar al exitoso vicesecretario autonómico Manuel López-Vidal (Antonio de la Torre) y su entorno le deja caer en picado, Manuel emprende una huida hacia adelante en la que amenaza con arrasar con todo el tejido político que le rodea.

¿Y qué tal? Que Rodrigo Sorogoyen es actualmente uno de los mejores directores a la hora de dirigir un thriller y generar suspense parece indiscutible. Ahí están, como ejemplos destacados, el tour de force de Que Dios nos perdone (2016) o el tramo final de El reino. En ambas películas sobrevuela la sombra de un director de la talla de David Fincher y, al mismo tiempo, cuentan con un protagonista de lujo como Antonio de la Torre, cuya sola presencia confiere a la escena una dimensión extremadamente física.

En El reino, Sorogoyen apunta su objetivo contra la corrupción política, que se propaga bajo todo el poder como un tejido invisible. “El poder protege el poder” es la frase que se repite como un mantra para cuestionar los mecanismos del sistema. Esta violencia a la que alude la película de Sorogoyen tiene más que ver con la sofisticación del mal que con una violencia directa. Quizá es por eso que el personaje de De la Torre parece más verosímil en su perfil animal, cuando por ejemplo se encara a un grupo de jóvenes, que cuando hay que imaginarlo como político corrupto. O quizá es que Sorogoyen se siente más cómodo rodando un thriller policial que un thriller político y, a causa de ello, poco a poco, su película va evolucionando desde un modelo de intrigas hacia uno mucho más cercano a la trilogía de Bourne. Todo para concluir con un epílogo que pone en evidencia cualquier texto, subtexto o doble lectura. Si, efectivamente, el poder protege el poder, tal vez sería pertinente preguntarse cuál es el papel que juega El reino en todo esto.

Cold War (Pawel Pawlikowski)

¿De qué va? A mediados de los años 50, Wiktor (Tomasz Kot) y Zula (Joanna Kulig) se enamoran, pero su relación se encuentra constantemente torpedeada por el destino, y ellos se ven obligados a separarse y volver a encontrarse a lo largo de las décadas.

¿Y qué tal? Como una relectura de Romeo y Julieta con la Guerra Fría de telón de fondo, la historia de Wiktor y Zula avanza entre elipsis desde su primer encuentro. A cada episodio de su relación le precede una pantalla en negro que, durante apenas unos segundos, suspende el sentido para después retomarlo con sustanciales modificaciones. Cada década presenta nuevos obstáculos a los que la pareja de enamorados se enfrenta una y otra vez. Como ya hiciera en Ida (2013), Pawlikowski trabaja una preciosa fotografía en blanco y negro y compone sus imágenes en un formato estrecho (1.37:1).

Igual que un leitmotiv, la canción tradicional cantada por Zula va evolucionando con el paso de los años. Y, de la misma manera, su relación con Wiktor avanza en el tiempo, abocada a la tragedia, para acabar dirigiéndose “al otro lado, donde las vistas son mejores”. No parece casual la doble alusión a Antonioni: en ese local francés llamado “L’éclipse”, ni en ese campo que queda vacío cuando la pareja de amantes se dirigen a un más allá figurativo. Incomunicación, pasión, trauma… la película de Pawlikowski es un poema tan precioso como trágico.


Alpha, The right to kill (Brillante Mendoza)

¿De qué va? La corrupción de filipinas se extiende al cuerpo de policía. Después de una redada contra un importante narcotraficante, uno de los detectives del cuerpo aprovecha para desviar parte de la droga gracias a su “alfa”, la persona infiltrada.

¿Y qué tal? Con una ensordecedora banda de audio, la película de Brillante Mendoza se presenta como una suerte de John Woo sin recursos, en la era digital. La estructura de Alpha, The right to kill plantea un cine de acción anclado en los lugares comunes: el policía corrupto, el teniente irascible, el traficante de buen corazón, el cabecilla de la mafia… Todo podría ser completamente anodino, de no ser porque es precisamente aquí donde resulta necesario resaltar el valor de la película de Mendoza, que se construye sobre una doble ruina. Por una parte, la ruina de unos arquetipos o de un cine de acción casi reducido ad nauseam al exploitation; por la otra, las ruinas de una Filipinas llena de escombros y desechos.

Un asunto de familia (Shoplifters, Hirokazu Koreeda)

¿De qué va? Osamu (Lily Franky) acoge a una niña que parece haber sido abandonada. Aunque apenas tienen dinero para subsistir, la familia de Osamu sobrevive a base de pequeños hurtos y triquiñuelas, manteniéndose al margen de la justicia. Los vínculos afectivos se van estrechando con el tiempo, hasta que una serie de inesperados acontecimientos dinamita toda la situación.

¿Y qué tal? La maestría de Koreeda a la hora de desarrollar vínculos afectivos entre sus personajes es simplemente insuperable. El mayor drama de Shoplifters, quizá, reside precisamente en la capacidad del director nipón para producir un álbum familiar lleno de preciosas estampas que, finalmente, son sacudidas por una realidad dolorosa sin ser lacrimógena. Koreeda convierte el gesto en monumento, y una acción tan trivial como el juego de manos del pequeño antes de cada hurto se convierte en un ritual. Si en Dos o tres cosas que yo sé de ella (1967) Godard concentraba todo el universo en una taza de café, Koreeda hace lo propio con el mundo familiar y la canica que los pequeños de la familia contemplan. A fin de cuentas, todo es una cuestión de mirada: que cada ojo negocie por sí mismo.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (24-25/09/2013)

Lobos solitarios

Cuarto y quinto día del festival. En las salas, los cazadores furtivos, lobos y máquinas de matar de violencia irreprimible salen a tomar por la fuerza el protagonismo de algunas de las películas. Wolf (Jim Taihuttu) se aposenta cómodamente en los patrones canónicos del film deportivo: Majid, un joven boxeador árabe que vive en los suburbios de una ciudad holandesa, empieza a ganar reputación en el submundo deportivo. En cuanto a su vida personal, la relación que lleva con sus padres es más bien tensa, tiene encuentros casuales con su exnovia Tessa y comete pequeños delitos organizados con su grupo de amigos. En un ambiente cargado de contrastes hostiles, propio de una mezcla entre Toro salvaje (Raging Bull, Martin Scorsese, 1980) y El odio (La haine, Mathieu Kassovitz, 1995), la estética del noir urbano pende por encima de todo como una premonición fúnebre de sangre. Uno de los peces gordos del crimen organizado se interesará por él y lo patrocinará como boxeador, concediéndole la posibilidad de llegar a la liga profesional. Todo a su alrededor parece jugar en su favor, se trata de una apuesta muy arriesgada que él cree poder controlar por sí solo, pero que se le puede girar en contra en cualquier momento, y por el lado más inesperado.

En este panorama de peligrosa ambición, parece obvio que cualquier acción inapropiada puede desembocar en una represalia, ya sea procedente de la mafia o como acción de las fuerzas de la ley. No obstante, Majid ignora todo esto. Para él, su poder físico y determinación lo convierten en todopoderoso. Y es esa misma convicción convertida en un instinto furioso lo que hace que su omnipotencia se torne real. Anda solo por las calles del suburbio, por los rings de boxeo, es amo de los dominios que se le antojan. Su violencia conquista por asalto la de aquel que se le oponga. Prácticamente reduce a una masa pulposa la cara del tío que va con su antigua novia, y hace sucumbir incluso a los miembros de otra mafia en un intercambio comercial, imponiendo sus propias reglas. El entorno poco amigable en el que ha crecido ha propiciado su actitud, pero ésta es al mismo tiempo una elección voluntaria. Su violencia es la del lobo solitario por convicción propia, por creencia en su potencial de dominación.

Si nos paramos a observar Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013), encontraremos también la filosofía despiadada del cazador, pero en una vertiente mucho más cruda. El personaje de Antonio de la Torre, Carlos, es un elegante sastre de pueblo que, sorpresa, consume carne humana. Uno de los puntos de partida interesantes de esta película es esa suposición previa, dada por hecha, que el espectador sabe de sobras que el protagonista practica el canibalismo. A través de una pausadísima narración episódica, tal vez anclada en exceso en la narrativa literaria, vamos conociendo la dinámica rutinaria del personaje. Se levanta temprano y está en el trabajo buena parte del día; de vez en cuando sale a cazar alguna presa, la cual prepara para su consumición en una cabaña en la montaña; en casa, básicamente cocina la carne (de la cual tiene una nevera llena) sin demasiados complementos, y se la come en una impasibilidad absoluta. A todo este día a día, llegará la intrigante intrusión de una nueva vecina, que tiene problemas con su pareja por asuntos monetarios de familia.

El caníbal mostrará algo de interés por la nueva inquilina, pero su indiferencia sólo se verá afectada cuando aparezca su hermana y las implicaciones emocionales sean mayores. Incluso con el revuelo de un posible amor en su vida, la violencia que perpetra el protagonista sigue siendo la misma. Sólo caza mujeres, y consigue la pieza que ha escogido pase lo que pase. En una secuencia enervantemente magistral, espera durante horas la rendición de una chica que se está bañando desnuda en el mar. Después que el cazador haya matado a su pareja, la espera a ella, que nada desesperada sin otra posibilidad que seguir en el agua. Esa paciencia, esa certeza implacable de la muerte provocada es lo que causa un escalofrío al sopesar al personaje protagonista. Su acción destructiva no explota en el fervor de la pelea, por autocomplacencia, como en Wolf, sino que es absolutamente fría y premeditada.

La violencia de Caníbal es, de hecho, por necesidad biológica intrínseca, por una característica mental que establece que, a su pesar o no, debe consumir carne humana. Esa necesidad anula ya de buen principio la mayor parte de humanidad que se podría encontrar en Carlos, transformándolo en la figura rectificada de un psicópata. Su pulcritud, su obsesión por la corrección y recto funcionamiento y disposición de todo lo que hay en su vida demuestran que el hecho de matar mujeres y comérselas no es más que una parte del trabajo que hay que realizar con meticulosidad. El caníbal necesita la violencia, pero para subsistir, no para hacerse lugar ni defenderse.

En cambio, en A Touch of Sin (Tian zhu ding, Zhangke Jia) encontramos casos mucho más diversos del uso de la violencia. Con un entramado de historias locales en la China contemporánea, acabamos viendo que, la gran mayoría de las veces, la violencia es la única respuesta. Puede que un hombre de pueblo la encuentre necesaria para parar un sistema controlado por unos pocos poderosos y hacer que la gente reaccione, o puede que le haga falta a una masajista para defenderse de unos clientes que son violadores en potencia. En ocasiones, personajes marginales de la sociedad encuentran la única vía de escape a situaciones precarias en hacerle estallar la cabeza de un balazo a quien los esté intentando someter. Este uso de una agresividad justificada por el desamparo se retrata de forma brutal en la película china, con una exaltación del dinamismo y la visceralidad extrema, al más puro estilo Park Chan-wook.

Dentro del mismo tejido de relatos, no obstante, también encontramos lobos implacables que ejercen la violencia como deber insano. Un raquítico hombrecillo abrigadísimo que va en moto no duda en matar de tres tiros certeros a los tres pandilleros que lo asaltan en la carretera, y menos aún en acabar con quien se le ponga por delante cuando se dispone a robar un bolso. Esta violencia ejercida de forma consciente y premeditada, y con el solo fin de imponer un control sobre otro ser, trae de vuelta la ley del salvaje Oeste, que se apodera de las imágenes de una China andrajosa y muestra al mundo las diferentes expresiones que puede tener matar a alguien.

Personajes que van por libre, lobos solitarios, unos que machacan por autocomplacencia en el estimulante fervor de una pelea, otros que cazan humanos por la mera necesidad patológica de consumir esas presas, tantos otros que matan en acto de defensa o liberación, y otros que reparten violencia sádica con impunidad como don de poder personal. Podría parecer fácil juzgar qué está mal y qué está justificado, pero nunca sabemos con qué motivos podemos llegar a encontrarnos para necesitar empuñar la violencia.

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