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Sitges 2017 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (III)

La inquietud como centro gravitatorio

Creo que para apreciar las cosas uno tiene que conocer todos sus aspectos, incluidos los más oscuros, porque cuanta más oscuridad puedas captar, mayor luminosidad podrás ver.

David Lynch

Desde sus inicios, la historia del cine (al igual que la del resto de las artes) se ha visto condicionada por una serie de normas, códigos y patrones que la han ido conformando a lo largo del tiempo. La elaboración del guion, las interpretaciones de los actores y, en definitiva, los diversos factores que componen la puesta en escena, están en mayor o menor grado sometidos a dichas convenciones. Pero al igual que la mayoría de los aspectos en una sociedad que cambia constantemente, dichas convenciones a menudo son reconsideradas, y aunque los cánones tienen tendencia a establecerse con ánimo de perdurar, el espectador evoluciona junto con las películas, y con él, su modo de ver el cine. Por ello, modos de hacer que en otras épocas podrían considerarse inapropiados o incluso poco profesionales, pueden convertirse en las claves para la evolución de nuevas corrientes cinematográficas.

Aunque no se trata de nada nuevo (ya lo hacía el cine experimental de las vanguardias o gran parte del cine europeo que se realizaba en los años 70 al margen de la industria), la provocación de la extrañeza en el espectador se ha convertido en un recurso más a la hora de desarrollar una historia. Y teniendo en cuenta la grandísima cantidad de imágenes que ve un espectador medio en el siglo XXI, creedme, no es tarea fácil activar de modo efectivo este factor sorpresa. Por suerte, algunas de las películas presentadas en este Festival de Sitges lo han pretendido y además logrado con creces.

Dhogs (Andrés Goteira, 2017)

Cuando todo es una (re)presentación

La ópera prima de Andrés Goteira se ha alzado recientemente con el premio a la mejor película en el Festival de Cine Fantástico Nocturna y en el Split Film Festival de Croacia. El juego de palabras –mezcla entre Dogs y Hogs– que da nombre a este film sitúa ya de entrada al espectador y le da un par de importantes pistas. En este título, la ambigüedad y el doble sentido cobran un gran protagonismo actuando casi como agentes estructurales. La historia narrada en Dhogs desconcierta, evita con soltura lugares comunes y despide esa auténtica originalidad tan ansiada por muchos y conseguida por tan pocos. A pesar de la limitación de recursos y el escaso presupuesto (realizaron una campaña de micromecenazgo con venta de cerveza artesana incluida para poder financiar la película), la acertada puesta en escena logra acrecentar la tensión, y las interpretaciones de los actores nos sumergen de lleno en profundas reflexiones sobre la ambigüedad moral del ser humano. Ecos a Leos Carax y Carlos Vermut en un debut que huye de cualquier situación de acomodamiento asumiendo un riesgo que solo algunos, los más osados, se atreven a correr.

The Killing of a Sacred Deer (Yorgos Lanthimos, 2017)

Sacrificarse por una buena causa

A pesar de haber "dado el salto" y trabajar en sus dos últimas películas con actores de fama internacional (Colin Farrell, Rachel Weisz, Léa Seydoux, Alicia Silverstone, Nicole Kidman…) Yorgos Lanthimos se ha convertido sin duda en el principal representante (junto con directores como Athina Rachel Tsangari o Babis Makridis) de lo que se ha dado en llamar "nueva ola de cine griego". Podríamos decir que la principal característica de estos films es, sin duda, evitar la predictibilidad, convertirse en películas de tesis que se alejan del realismo más formal y penetran en un terreno más simbólico para hablar, eso sí, de temas cercanos y acuciantes. En este último filme, Lanthimos reinterpreta el mito de Ifigenia y lo traslada a la época actual, en la que un reputado cirujano verá cómo se rompe su (por otro lado inquietante) armonía familiar ante la inevitabilidad del sacrificio. Lanthimos deja de lado el humor negro que tan presente estaba Langosta, su anterior filme, y nos ofrece un drama nihilista en el que la interpretación distanciada y fría de los personajes acentúa la turbación que ya de por sí provoca la desasosegante historia.

Black Hollow Cage (Sadrac González-Perellón, 2017)

Terror aséptico en plano secuencia

Alice, una niña traumatizada por la pérdida de su brazo, vive aislada en una casa en el bosque junto con su padre y una perra a la que llama mamá. Los tres recibirán la incómoda visita de dos hermanos que huyen de un misterioso acosador y Alice encontrará un extraño cubo en el bosque que le permitirá realizar viajes en el tiempo. A partir de esta extraña y sugerente sinopsis, Sadrac González dirige su segundo filme, una rareza que provocará repetidas veces (y no sin razón) el famoso chascarrillo "pues no parece española". Haneke, Lanthimos, Kubrick o Tarkovski son los principales referentes de González en una película cuya puesta en escena, estructurada por largos silencios y abundantes planos secuencia, hace uso de un ritmo pausado en el que la incomodidad crece de modo progresivo. Aunque si hay algún pero que se le pueda atribuir al filme, sería en lo concerniente a las interpretaciones de sus actores, que no logran dar la talla y convierten a Black Hollow Cage en una obra arriesgada aunque fallida, en algo que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

How to Talk to Girls at Parties (John Cameron Mitchell, 2017)

Los alienígenas quieren punk

En efecto, la actriz Nicole Kidman hace doblete este año en el Festival de Sitges (y sí, también en este texto). Si en The Killing of a Sacred Deer era la perfecta y glaciar esposa de un cirujano atormentado, en How to Talk to Girls at Parties se convierte nada menos que en una histriónica y desaforada sacerdotisa del punk. El director John Cameron Mitchell, al que recordamos por trasgresoras películas como Shortbus (2006) o Hedwig and the Angry Inch (2001), mantiene su provocador espíritu en esta comedia anárquico-romántica de ciencia ficción retro y esencia punk diseñada para romper esquemas. El filme, basado en una historia de Neil Gaiman, ha logrado irritar a gran parte de la crítica que la acusa de falta de coherencia narrativa, de ser un esperpento sin pies ni cabeza y de cosas bastante peores. Pero… ¿no era acaso esa la originaria intención del punk? ¿Desafiar a la lógica establecida? ¿Acabar con los cánones? ¿Provocar una reacción extrema más cercana a la incomodidad que al placer? ¿Sacudir los cimientos de una sociedad acomodada y autocomplaciente? Punk, alienígenas, y una historia de (algo parecido al) amor que desafía las convenciones sociales son los ingredientes de una obra que, a día de hoy, puede presumir de ostentar la disputada etiqueta de película incomprendida.

November (Rainer Sarnet, 2017)

Mi alma a cambio de un kratt

La primera secuencia de November es capaz de dejar al espectador con la boca abierta. Los extraños acontecimientos que en ella suceden nos dan a entender que no estamos ante una película convencional. La hermosa (y feísta) fotografía en blanco y negro de Mart Taniel nos recuerda a la de películas como Hard to Be a God, aunque en este caso la puesta en escena no es un tour de force en planos secuencia como el que nos propuso Aleksey German, sino que está supeditada a una historia de amor no correspondido y realismo mágico teñido de humor negro. En un pequeño pueblo de Estonia, el frío, las plagas, el hambre, la pobreza y los hombres lobo asolan a la población, que intenta hacer más fácil su supervivencia mediante la magia negra, las relaciones con los muertos y la existencia de una extrañas criaturas de madera y metal llamadas kratts. Pero a pesar del inclemente y desolador contexto, el ser humano no puede evitar enamorarse. Basada en la novela Rehepapp, November es la anonadante ópera prima del estonio Rainer Sarnet, la prueba rotunda y definitiva de que deberíamos prestar más atención a las filmografías de países como este, del cual, a pesar de no estar tan lejos, desconocemos casi todo.

Animals (Greg Zglinski, 2017)

Animales somos todos

Anna y Nick son una pareja en crisis que decide pasar unos días en los Alpes Suizos. A partir de este inicio de historia, podría desarrollarse cualquier película de cualquier género: una desquiciada comedia, un drama introspectivo, un thriller, una película de terror… El director Greg Zglinski opta por penetrar en la mente de sus perturbados protagonistas y ofrecernos una obra de aires indudablemente lynchianos salpicada de escenas oníricas. Los animales que habitan el film de Zglinski son ellos, son Anna y Nick, pero también son diversas apariciones puntuales y metafóricas a lo largo de la historia: la oveja con la que chocan cuando van en el coche, el pájaro que se estrella contra la ventana o el gato que habla. Animales que, si bien podrían protagonizar un libro de cuentos para niños como los que escribe Anna, más bien acabarán formando parte de una pesadilla de tintes claustrofóbicos.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (09/10/2012)

Confirmaciones esperadas, realidades decepcionantes

Se esperaba con impaciencia la jornada de hoy debido a la presentación de 3 de los títulos con mayores expectativas del festival. Después de triunfar en Sitges con Surveillance (2008) se esperaba mucho de lo nuevo de Jennifer Chambers Lynch, Chained. Un título que arranca con una fuerza inusitada sumergiéndonos en el mundo amoral e irracional de un secuestrador y asesino múltiple de mujeres. Un inicio de película que poco a poco se deshace al buscar los motivos de tal comportamiento y así, en cierto modo, tratar de buscar una empatía con el personaje que nuca se consigue. Finalmente el film cierra en falso con uno de esos giros de argumento finales que no sólo son innecesarios sino que sumergen la cinta en una vulgaridad que fácilmente podría haber evitado con un desarrollo más enfocado a la intimidad de los personajes y sus psiques desquiciadas.

Una pequeña decepción. Esa es la sensación final después de ver Cosmopolis, último film de David Cronenberg. No es que nos encontremos ante una mala película, la mano del director canadiense se nota en la potencia visual y en la habilidad para sacar petróleo incluso de un hasta ahora intérprete bajo sospecha como Robert Pattinson. No obstante Cosmopolis confunde en su tono general la metáfora de la caída del capitalismo con una intelectualización excesiva, lo que confiere al film un tono árido, denso y por momentos exasperante. Sí, se parece mucho a un film de David Cronenberg, pero lo que de verdad parece es un guión de Eduardo Punset.

Mucha atención estaba depositada en Berberian Sound Studio (Peter Strickland), una película que venía siendo anunciada como la bomba de este año del festival y respaldada por críticas muy positivas. La sensación final, con gran división entre abucheos y aplausos, posiblemente viene marcada por esta alta expectativa. En el fondo Berberian Sound Studio es un producto casi de orfebrería, trabajado hasta el extremo en el estudio de sonido, la atmósfera y recreación de esos estudios cutres italianos donde el giallo alcanzó sus mayores éxitos. Lo que hace tambalear el resultado final es la frialdad con la que se aborda su temática; hay demasiado distanciamiento entre el fondo y la forma de la película y por ello se echa de menos un poco más de arrojo, de valentía o locura si se quiere. Una cinta que transita por los caminos del Carpenter de En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994), por ejemplo, pero a la que le falta ese punto de ironía autoconsciente para refrescar una propuesta un tanto acartonada por su seriedad.

Pero no solo de grandes nombres vive el festival, así que también hemos podido contemplar la ópera prima del realizador catalán Marçal Forès, Animals, cuyo punto de partida nos podría remitir a la reciente Ted (Seth MacFarlane, 2012) pero cuyos caminos argumentales nos aproximan más a Donnie Darko (Richard Kelly, 2001). Una película un tanto alambicada argumentalmente pero que sabe crear atmósfera e inquietud y que transmite hábilmente de forma sutil un cierto aire de Apocalipsis final muy íntimo. Lejos de esta propuesta queda el remake de ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976) a cargo del director mexicano Makinov. Precisamente el nombre del realizador ilustra perfectamente la realidad de Juego de niños: un remake maquinal, sin alma, frío, que no aporta absolutamente nada a destacar. Cierto es que si se hace abstracción del original, Juego de niños puede resultar correcta, sin alardes. El problema está en que tal abstracción resulta imposible. Es lo que pasa cuando se intenta recrear una obra maestra, que todo sabe a poco.

Finalizamos con la enésima producción coreana presentada. En este caso se trata de Deranged (Yeon-ga-si), una película que argumentalmente se emparienta directamente con Contagio (Contagion, Steven Soderbergh, 2011). Hasta aquí las similitudes porque si el film de Soderbergh no era perfecto lo que nos ofrece el director Park Jeong-woo es un desastre en toda regla. Cámara epiléptica, guión obvio, personajes cliché bordeando la caricatura, etc. En definitiva, si no supiéramos que es una película seria podríamos hasta pensar que estamos ante un “Contágialo como puedas” filmado en Corea y ya sin el mítico Leslie Nielsen. Lo positivo, es que filmes como este vienen a confirmar lo apuntado en otras crónicas: como dijo Leo Benhakker cuando entrenaba al Real Madrid y perdió con el Torino, “La época bonita se ha acabado”.

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