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D’A Film Festival 2019 (VI): películas destacadas

Sin ánimo alguno de ser exhaustivos ni mucho menos concluyentes o absolutistas, adjuntamos a continuación algunas de las películas más destacadas que han pasado por el D’A Film Festival 2019.

  1. An Elephant Sitting Still (Da xiang xi di er zuo, Hu Bo, China, 2018)

El Premio del Público en el D'A 2019 ha sido para la que probablemente sea una de las películas más tristes de este siglo XXI. Tal vez el suicidio de Hu Bo, su joven director, haya contribuido a crear una cierta leyenda a su alrededor, pero de lo que sí estamos seguros es que se trata de una de las operas primas más impresionantes de los últimos años.

  1. The Mountain (Rick Alverson, 2018, EEUU)

Algunos recordaréis al director norteamericano  Rick Alverson por haber dirigido películas como Entertainment (2015) o The Comedy (2011), en las que ya se intuía una cierta predilección del director por los personajes marginales y las situaciones incómodas, además de un interés por explorar los rincones más oscuros de la mente humana. En The Mountain, Alverson lleva al extremo estas premisas y construye una pesadilla gélida y aséptica cual mesa de disección, con una puesta en escena tan milimetrada como efectiva, que enfatiza de modo decisivo las interpretaciones de sus protagonistas.

  1. In Fabric (Peter Strickland, Reino Unido, 2018)

En su cuarto largometraje, el británico Peter Strickland nos ofrece una divertidísima y surrealista alucinación teñida con tintes góticos y reminiscencias al cine de terror de los años 70, formulada sin duda para aquellos que echan de menos el desparpajo de las películas de serie B que se realizaban antaño. ¿Quién ha dicho que el cine de autor ha de ser necesariamente dramático?

  1. The River (Ozen, Emir Baigazin, Kazajistán, 2018)

Con The River, el director Emir Baigazin concluye su Trilogía de Aslam, tres películas con un mismo protagonista que reflexionan con desaliento sobre la infancia y la violencia. Cinco niños viven en una cabaña en un páramo desierto, controlados por su intransigente padre, pero un buen día un suceso aparentemente nimio dará un vuelco a sus vidas. ¿Fábula minimalista de tonalidades ocres o críptica metáfora política que refleja de algún modo la convulsa historia de Kazajistán?

  1. Season of the Devil (Ang panahon ng halimaw, Lav Diaz, Filipinas, 2018)

Los que conocen el universo de Lav Diaz ya saben que la concisión no es precisamente la mayor virtud del director filipino. Pero a cambio de ese pequeño sacrificio que supone dedicar entre tres y nueve horas de tu vida frente a una pantalla de cine, Diaz te ofrece historias plagadas de intensos momentos e inolvidables secuencias, dando un gran margen de improvisación a los actores (con frecuencia, no profesionales) que aportan de este modo una gran autenticidad a sus filmes. ¿Podríamos definir Season of the Devil como un antimusical épico capaz de desmontar cualquier tópico sobre el género? El tiempo nos dirá.

  1. La portuguesa (A Portuguesa, Rita Azevedo Gomes, Portugal, 2018)

Cuenta Rita Azevedo Gomes respecto al rodaje de La Portuguesa que no tenía intención alguna de hacer un retrato fiel ni una película histórica convencional, sino hacer uso de su libertad para recrear el pasado y componer una atmósfera sugestiva que nos remitiera de algún modo a dicha época, ese momento algo indeterminado entre los siglos XVII y XVIII. Este es, probablemente, uno de los aspectos más interesantes de La Portuguesa, su innegable libertad.

  1. Largo viaje hacia la noche (Di qiu zui hou de ye wan, Bi Gan, China, 2018)

Para los que quedaron boquiabiertos en el año 2015 ante el antológico plano secuencia de Kaili Blues de 40 minutos de duración, su director, Bi Gan, regresa tres años más tarde con este Largo viaje hacia la noche y nos ofrece un nuevo salto mortal, en el que otro larguísimo plano secuencia, esta vez en 3D, culmina con melancolía y onirismo una triste historia de (des)amor.

  1. Nuestro tiempo (Carlos Reygadas, México, 2018)

Lo que empieza como un hermoso fresco naturalista de un verano cualquiera en un rancho de Tlaxcala deviene una suerte de desconcertante telenovela de autor, en la que las pasiones incontrolables de sus protagonistas (interpretados nada menos que por el propio director y su esposa) son las absolutas responsables del devenir de la historia. ¿Se trata del Reygadas más polémico? Resulta difícil opinar con unos antecedentes como Post Tenebras Lux, pero es posible que así sea.

  1. Las niñas bien (Alejandra Márquez Abella, México, 2018)

Cáustico retrato del México de los años 80 y en concreto de la clase alta, el tercer largometraje de Alejandra Gómez Abella retrata la crisis vivida por las clases más pudientes cuando, en 1982, el presidente de México José López Portillo decidió nacionalizar la banca. Gómez Abella convierte con suma pericia la comedia en tragedia (o al revés), impregnando de humor negro veladas en restaurantes de lujo y fiestas multitudinarias en lujosas mansiones.

  1. Touch Me Not (Adina Pintilie, Rumanía, 2018)

Es innegable que la polémica, justificada o no, ha acompañado desde el principio al primer largometraje de Adina Pintilie, Oso de Oro en el último Festival de Berlín. Con Touch me Not, Pintilie explora los límites entre ficción y realidad realizando un análisis del concepto de placer además de un retrato, tan contemporáneo como honesto, de lo que implican las sexualidades disidentes no normativas y la aceptación de la propia sexualidad.

  1. Carelia, internacional con monumento (Andrés Duque, España, 2019)

Las fronteras que antaño parecían delimitar el cine de ficción del documental son cada vez más etéreas y subjetivas. Películas de ficción utilizan a menudo los recursos del llamado cine documental mientras numerosos filmes de aspecto documental relatan historias que en realidad nunca sucedieron. El género se cuestiona, se reinventa, se expande, se debate y se resignifica. En su último largometraje, Andrés Duque, uno de los más representativos cineastas interesados en explorar estos límites, viaja a la frontera entre Rusia y Finlandia con la finalidad de hurgar en la historia de Carelia (lugar desconocido para la mayoría de nosotros) y en concreto, de la familia Pankratev, que aun mantiene vivos rituales ancestrales de dicha región.

  1. Ray & Liz (Richard Billingham, Reino Unido, 2018)

El fotógrafo Richard Billingham debuta con este claustrofóbico y agridulce (más agrio que dulce) filme autobiográfico que recrea su infancia y retrata la clase trabajadora de la Inglaterra de los años 80, una Inglaterra gris y deprimida en la que la vida no es más que una cuestión de supervivencia y las relaciones familiares a veces no sirven precisamente para hacerla más llevadera.

  1. Letters to Paul Morrisey (Armand Rovira, Saida Benzal, España, 2018)

Filme experimental estructurado en cinco partes que realiza un particular homenaje a Paul Morrisey, director de cine y habitual colaborador de Andy Warhol. Obra hipnótica y lisérgica plagada de referencias cinéfilas, incluida la presencia de Joe Dallessandro (colaborador habitual de Morrisey), que en este caso pone voz al segundo fragmento de la película.

  1. Ruben Brandt, coleccionista (Ruben Brandt, Collector, Milorad Krstic, Hungría, 2018)

Pequeña joya de animación que podrán disfrutar enormemente los amantes del arte y el cine. Ágil, original y divertido, el filme de Krstic se desenvuelve con extrema soltura en el terreno del thriller. Psicoterapias fallidas, robos de obras de arte, secuencias trepidantes y mucho humor hacen de esta película un memorable debut.

  1. Belmonte (Federico Veiroj, Uruguay, 2018)

En su cuarto largometraje, el director uruguayo Federico Veiroj reincide en resaltar la importancia de esas pequeñas historias que podrían pasar desapercibidas si nadie se detuviese a observarlas. Si La vida útil (2010) mostraba la melancólica subsistencia de un trabajador de la Cinemateca Uruguaya y El Apóstata (2015) la odisea de un joven cualquiera que decide apostatar, en Belmonte, Veiroj se centra en los efectos de la crisis de la mediana edad en un protagonista que lucha por conservar la esperanza aferrándose al arte, tabla de salvación que no siempre flota cuando uno lo necesita.

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D’A Film Festival 2019 (IV)

Sublimación de la tristeza

An Elephant Sitting Still (Da xiang xi di er zuo, Bo Hu, 2018)

 

El 12 de Octubre del año 2017, el director chino Hu Bo se quitó la vida cuando contaba con tan solo 29 años de edad, truncando así de modo repentino una prometedora carrera como cineasta y escritor. Dejaba tras él esta única película, opera prima y testamento cinematográfico al mismo tiempo, obra que marcará indudablemente un antes y un después en la historia del cine chino del siglo XXI. Cuando la película ganó el Premio de la Crítica en el Festival de Berlín, su director ya no pudo estar presente. A este premio seguirían muchos otros en festivales de todo el mundo, pero Hu Bo nunca podría dar ya ningún discurso de agradecimiento. El mundo había leído su carta de suicidio demasiado tarde.

En esta sociedad nuestra, tan dada a los ensalzamientos, rumorologías y creación de mitos y leyendas, cabe la posibilidad de que la triste historia que rodea al filme acabe por eclipsar su propia e incuestionable fuerza cinematográfica. Podríamos hacer una encuesta para intentar saber cuáles fueron los motivos que llevaron a los espectadores a llenar la Sala 1 de los cines Aribau en un memorable pase único durante el festival. Algunos, probablemente, vendrían confiando en las recomendaciones de ciertos críticos, o en la calidad que se le presupone a una película que ha ganado premios en diversos festivales. Otros, tal vez, se dejarían arrastrar por sus amigos en lo que prometía ser una experiencia inolvidable. Puede que varios hubiesen acudido atraídos por la sinopsis o incluso por la duración del filme. Y muchos, probablemente, seducidos por la idea de asistir a la proyección del testamento prematuro de un joven cineasta.

An Elephant Sitting Still se ubica en una ciudad cualquiera de una China gris y desolada, repleta de ruinas contemporáneas que ya nacieron siéndolo. Una China habitada por una serie de personajes sumidos en el desaliento y aferrados al egoísmo como única tabla de salvación. En este árido contexto, los diversos protagonistas de la(s) historia(s), sobreviven como pueden enfrentándose cara a cara a la violencia y conteniendo a duras penas su desesperación: un anciano que se resiste a ingresar en una residencia, una adolescente que se ha acostado con su profesor, un alumno víctima de bullying, un joven que presencia el suicidio de su amigo tras acostarse con su novia. Cuatro historias que podrían suceder en cualquier parte del mundo, pero que suceden en una China desesperanzada y abocada al vacío, consciente tal vez de que el capitalismo vigente, inclemente y descarnado, solo beneficia a los más agresivos.

El filme de Hu Bo reflexiona con aflicción extrema sobre las relaciones, sobre el egoísmo, sobre el dolor y la ausencia de oportunidades. Pero ante todo y sobre todo, reflexiona sobre el tiempo. Sobre el tiempo cinematográfico y el extracinematográfico. Sobre un tiempo que se contrae y se dilata, sujeto siempre a nuestra propia subjetividad. Sobre un tiempo que puede estar vacío, que se puede perder, que se puede detener. Sobre un tiempo que puede quedar suspendido en la pantalla, dotando a las imágenes y las palabras de otro tipo de connotaciones, inalcanzables en todas esas superproducciones de montaje acelerado que tan acostumbrados estamos a ver en la sociedad contemporánea. Hu Bo dilata el tiempo en las secuencias; durante las cuatro horas que dura el filme somete a sus personajes a una serie de pausadas conversaciones, a una serie de repetidas e inútiles travesías. Los planos secuencia nos muestran el divagar de los personajes; muchas veces sin rumbo, y otras, tal vez, con el rumbo equivocado. Intentando encontrar su lugar en el mundo, los protagonistas saben que se han de marchar, que en realidad no tienen un hogar, que no son bienvenidos ni siquiera por los suyos. Por eso, de modo inevitable, el viaje a Manzhouli se convierte en la excusa perfecta para ellos. Viajar para intentar huir de un contexto que te rechaza y encontrarte, al final del camino,  con el elefante sentado del que habla la leyenda. Ese elefante que, pase lo que pase, permanece indiferente a la brutalidad del mundo. Ese elefante que, en algún momento, miró a los ojos a Hu Bo y le retó a hacer lo mismo, a asumir el transcurrir de la vida con absoluta indiferencia, aun a sabiendas de que el director, inevitablemente, perdería la apuesta.

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