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Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017)

Una saga inagotable

Alien: Covenant es la segunda parte de Prometheus (Ridley Scott, 2012), que a su vez es precuela de lo que sucede en la saga de Alien (Alien: el octavo pasajero (Scott, 1979); Aliens (James Cameron, 1986); Alien 3 (David Fincher, 1992) y Alien: resurrección (Jean-Pierre Jeunet, 1997). Todo un batiburrillo de entregas fragmentadas y desordenadas de un universo cinematográfico, acorde con las nuevas prácticas de producción en las que las películas parecen más pensadas como capítulos dentro de una serie que como objetos fílmicos acabados e independientes.

La nueva película de Ridley Scott nos sitúa en el año 2104, diez años después de los hechos acontecidos en Prometheus y dieciocho antes de que la Teniente Ripley comande la Nostromo. La nave USS Covenant se dirige hacia un lejano planeta, aparentemente habitable, en misión de colonización, llevando 2.000 colonos, otros tantos embriones y una tripulación. Mientras todos realizan el largo viaje en hipersueño, un robot humanoide, Walter (Michael Fassbender), se encarga de manejar los sistemas. Tras un accidente, la tripulación despierta y cambian el rumbo de la nave hacia un planeta más cercano con mayor posibilidad de albergar vida. Cuando aterrizan descubren los restos de una civilización destruida, a David (Michael Fassbender), el robot y único superviviente de la nave Prometheus, y a unas criaturas indeseables: los xenomorfos.

Alien: Covenant repite todos los esquemas narrativos de sus predecesoras: la tripulación de una nave se topa con los xenomorfos, que poco a poco van desarrollándose y atacando, reduciendo al grupo cada vez más, con una protagonista femenina con altas habilidades para sobrevivir, Daniels (Katherine Watson), cuyo protagonismo está, en esta entrega, diluido a los niveles mínimos de toda la saga. El gran peso, en cuanto a importancia de su personaje, recae en los dos humanoides interpretados por Fassbender, que parece ser el nexo de unión entre las nuevas entregas de la saga, como lo fue el personaje de Ripley (Sigourney Weaver) en las anteriores.


Scott no arriesga, apuesta por una reutilización de elementos de la saga y de los géneros de terror y de ciencia ficción —el monstruo que ataca al grupo, la nave espacial que sufre complicaciones, el aterrizaje de extremo riesgo, el robot que se revela, la huida, etc.— y acierta. Consigue crear una atmósfera algo más cercana a la entrega original (la película que menos pirotecnia ha empleado de todas y la que, probablemente, más tensión y suspense ha conseguido generar), en cuanto al manejo de los tiempos y el no-abuso de la presencia de los aliens. Sin embargo, sigue estando más próxima a Prometheus en cuanto al aura de misticismo metafísico que hay alrededor de la trama de los Ingenieros (de dónde viene el ser humano). Trama que, parece, se inició en Prometheus a fin de alejar el tono de estas nuevas entregas del de las originales, pero que en Alien: Covenant queda mucho más diluida y casi entorpece más que complementa.

Esta es la sexta entrega de una saga que comenzó hace treinta y ocho años. Hay otras sagas —y habrá aún más— que pueden presumir de estos números, e incluso de mejores (pienso en el universo Star Trek y sus trece películas, por ejemplo), pero no hay tantas que puedan presumir de mantener un buen nivel en casi todas sus entregas (no tengo más remedio que excluir aquí al Alien: resurrección de Jeunet) y, sobre todo, de no dar síntomas de agotamiento. Las películas de Alien funcionan con una serie de elementos estructurales que, aunque son sólidos pilares sobre los que construir las tramas, permiten variaciones que evitan relativamente el encasillamiento y la repetición: el xenomorfo, por ejemplo, no ha sido igual en ninguna de las películas en las que ha salido.

Está claro que para las nuevas entregas es casi imposible competir con el encanto nostálgico y pionero de la primera. Tampoco parece que Scott lo pretenda en esta saga precuela que se dedica a seguir explorando un universo cinematográfico tremendamente rico, y que, aparentemente, no acaba aquí. Estaremos esperando.

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‘Prometheus’ (Ridley Scott, 2012)

Ridley Scott perdido en el laberinto de Dharma

Hace ya demasiados años que no espero nada bueno de Ridley Scott. La incontestable solvencia con la que dirige cine (en sus películas es habitual encontrarse con planos muy bien orquestados y con una puesta en escena más que aceptable) contrasta salvajemente con la mediocridad de la mayor parte de películas de las que se ha hecho cargo. Cineasta, pues, demasiado subordinado a los guiones que ha aceptado, pero precisamente por ello es fácil rastrear su calidad como director de cine, puesto que ha sido capaz de ofrecer películas más que dignas a partir de propuestas tan poco atractivas sobre el papel como los libretos de Black Rain (1989) o Gladiator (2000). Quizás por eso, porque es un buen director pese a quien pese, sus películas rara vez son extraordinarias pero a cambio casi nunca aburren, y desde luego no son del tipo que provocan reacciones airadas en la audiencia ni encendidos debates entre los analistas cinematográficos, vamos, lo contrario que, por ejemplo, Christopher Nolan, por citar a alguien de moda estos días [1].

No sé si Ridley Scott es consciente de todo esto. Tampoco sé si se ha dado cuenta de que su hermano Tony hace años que dirige mucho mejor cine que él [2]. En cualquier caso, intuyo que algo de esto debe de haber cuando, a sus nada menos que 75 años y sin nada ya que demostrar, decide revisitar el universo de una de sus dos incontestables obras maestras, Alien, el 8º pasajero (Alien, 1979) [3]. Prometheus, sin tener al bicho en el título ni ser “oficialmente” la quinta parte de la saga, enlaza de manera incuestionable con la primera película de la serie convirtiéndose en una especie de precuela (¿o incluso reboot?) que deja aún espacio para más películas que acaben de construir definitivamente el puente argumental entre Prometheus y la primera parte de la saga. Pero el primer (y mayor) error que comete Scott es fiarse de un guión tan absurdo como el que han urdido Jon Spaihts y Damon Lindelof. Si cada una de las secuelas de la serie ha estado profundamente marcada por la huella de sus diversos guionistas (no olvidemos el hiperbólico guión planteado por James Cameron en la segunda parte ni el retorno a los orígenes propuesto para la tercera película por dos de los productores de la primera parte, David Giler y Walter Hill), Spaihts y Lindelof han jugado la carta del despiste desde el primer momento presentando una historia con vagas conexiones con los sucesos acaecidos en la Nostromo (esas vasijas que parecen un embrión de lo que luego serán los famosos huevos alienígenas, o un face hugger también en estado primitivo, o incluso la presencia de un androide con oscuras intenciones) pero explicando, en líneas generales, una historia muy ambiciosa acerca de una expedición científica que viaja a un lejano planeta para investigar el origen de la especie humana. Como espectador, es imposible encontrar un hueco cómodo entre el recuerdo de Alien, el 8º pasajero y la novedad de la propuesta argumental. Cuando parece que la película se aproxima peligrosamente a lo que sin pudor podríamos calificar como plagio, entonces se separa del original con golpes de efecto sin duda heredados de los nuevos tiempos cinematográficos (sólo bajo esa excusa puede entenderse la inclusión de una escena tan gore y, a la vez, tan innecesaria, como la del auto-aborto de la protagonista). Pero luego volvemos a la senda de la copia una y otra vez (el tripulante infectado, el androide decapitado, el enfrentamiento final entre el bicho y la chica…).

No me encuentro precisamente entre los fundamentalistas y los freaks que creen que el universo de Alien es intocable (no creo, de hecho, que ninguna película sea “intocable”), pero admito que me pasé la mitad del metraje acordándome de Mourinho y su eterna pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué? Más preguntas: ¿era necesario alargar una franquicia como la de Alien? Lo dudo mucho. Puestos a alargarla, ¿era necesario explicar Prometheus tal y como está explicada, sin una idea concreta de hacia dónde quiere llevar al espectador? No lo creo. Es lo que tiene de peligroso jugar al escondite con la audiencia: puede que la gente acabe perdida y desorientada intentando entender el sentido de tu película. Eso es exactamente lo que ocurre con Prometheus. Su indefinición como parte integrante de la saga de Alien acaba siendo su mayor lastre. Y no por casualidad Lindelof es uno de los artífices de Perdidos (Lost, 2004-2010): así hemos acabado todos, tanto Ridley Scott como los espectadores.

Notas:

  1. Me resulta bastante curioso el fenómeno de animadversión despertado por El caballero oscuro: La leyenda renace (The Dark Knight Rises, 2012) entre buena parte de la crítica española, que la hunde en base a su supuesto carácter reaccionario y neoliberal. Digo lo de curioso porque yo pensaba que El caballero oscuro: La leyenda renace era una película, no el discurso de un político. Tendré que revisar mi concepto de lo que es o no es una película, parece ser. 
  2. Han pasado ya algunos días, pero escribo este texto aún bajo el impacto de la noticia del suicidio de Tony Scott. Los dos hermanos han desarrollado exitosas carrera dentro del stablishment de Hollywood y, aunque de estilos muy diferentes, ambos compartían la misma productora, Scott Free, con la que promovían las películas. Así que aprovecho la oportunidad que me brinda este comentario para manifestar públicamente mi pesar por esta pérdida y para reivindicar las que me parecen sus dos mejores películas: esa joya del cine de acción (con un inolvidable desenlace entre lo hermoso y lo atrozmente cruel) llamada El fuego de la venganza (Man on Fire, 2004) y la divertidísima El último boy scout (The Last Boy Scout, 1991). 
  3. La otra, obviamente, es Blade Runner (Blade Runner, 1982), ambas constituyendo dos de las aproximaciones futuristas más complejas e incombustibles que dio el cine de finales de los 70 y principios de los 80. Sin querer ser para nada dogmático con esta puntualización, me parece que su ciclo de grandes películas bien podría completarse con ese descarnado retrato de la estupidez masculina y del derecho a la libertad que tenemos todos los seres humanos que es Thelma & Louise (1991). 
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