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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Jueves 15/11/2018)

Jornada III: Ausencias

La tercera jornada de L’Alternativa de largometrajes a competición deparó muchas gratas sorpresas. Empezó con la intrigante The Image You Missed de Donal Foreman, con Philippe Grandrieux y Nicole Brennez en la producción ejecutiva, que proponía una reconstrucción mítica de la figura del padre a través de las películas en super 8 y 16mm que un cineasta amateur irlandés rodó en vida. Se trata, pues, de una película de found-footage, en la que Foreman, cineasta como su progenitor, escarba en la memoria familiar a partir de los archivos fílmicos, pero incidiendo también en la memoria política de su país para mostrarnos el origen del IRA y la vinculación que su padre, en tiempos de activismo político, tenía con dicha organización. Así, en manos de Donal Foreman, la materia cinematográfica no solo es objeto de reflexiones íntimas entorno a la figura paterna para lograr hallar respuestas en aras de construir la identidad propia, sino que otorga al film una dimensión mucho más amplia e incisiva, en el que el contexto de la militancia política y la obra como cineasta amateur del progenitor se retroalimentan. Con esta imbricación, que se hace extensible en el aspecto formal (conviviendo Super 8 y 16mm) las imágenes se resignifican: la narración ya no solo intenta complementar el vacío provocado por las ausencias que dejan las imágenes rodadas por el padre del cineasta.

Cuando, hacia el final, se intenta clausurar el relato, este nos plantea una interesante cuestión: su identidad no se construye en el ser (padre y activista político) sino en el estar, en las imágenes que su padre habitó, pero también en las que no habitó, las que filmó y las que dejó de filmar. Porque, para Foreman, la figura de su padre se construye y se completa desde la imagen especular, desde la imagen complementaria al archivo fílmico, la imagen que se ha perdido.

Esa misma imagen perdida se alude en El silencio es un cuerpo que cae, de la argentina Agustina Comedi. Con un planteamiento prácticamente idéntico al de la anterior, la reconstrucción de la figura del padre a partir de grabaciones caseras en Super 8, la realizadora articula un relato especular sobre la identidad de su progenitor, elaborando un retrato en el que se acerca a sus luces pero, sobre todo, a sus sombras. A partir, pues, de las imágenes caseras que el padre de Comedi captó en reuniones familiares y con amigos, pero también de entrevistas personales que la realizadora argentina mantiene con algunos de ellos, se hilvana un relato que poco a poco se va dotando de sentido y que se hace grande a medida que emergen algunos secretos. El más importante, o el que ejerce de centro sobre el que gira el relato de Comedi es, desde el punto de vista de ella misma, las relaciones homosexuales que mantuvo su padre antes de (y durante) la relación con su madre. Así, al vacío ocasionado por su abrupta muerte en un accidente se suma el causado por el desconocimiento de su figura, que es también el desconocimiento del propio origen.

El acierto de Comedi reside en su acercamiento, reflexivo, pero a la vez emocional y subjetivo, a las imágenes y a la historia personal de su padre sin llegar en ningún momento a juzgarlo. La argentina dota así de una dimensión personal al material sobre el que trabaja, prácticamente apropiándose de este, y lo complementa con su propia voz. Una voz sincera y sensible, que substituye el enorme silencio de la ausencia de su padre.

En la segunda proyección a competición del día, La casa lobo (Joaquín Cociña y Cristóbal León), la ausencia de los padres es literal. El film parte de un hecho real, un asentamiento llamado “Colonia Dignidad” fundado en Chile en 1961 por el exmilitar nazi Paul Schäfer. Originalmente el lugar estaba proyectado para ser una comuna en la que las familias educarían libremente a sus hijos, aunque se hizo tristemente célebre por ser lugar de detención y tortura bajo la dictadura de Pinochet. Así, no es extraño que el film esté planteado como un cuento de hadas oscuro y claustrofóbico, en el que su protagonista, María, una chica que ha huido de una colonia alemana y se refugia en la citada casa lobo, fantasea con ser madre de dos cerdos que se acaban transformando en niños. El realismo mágico se pervierte en pesadilla, la fantasía propia de los relatos infantiles se retuerce hasta el delirio, lo poético acaba por embellecer lo siniestro. A esta idea contribuye el hecho de que el film sea enteramente en stop-motion, pura orfebrería de animación, y su fluidez formal (el conjunto se percibe como un único plano-secuencia sin corte alguno) refuerza esa continuidad flotante propia de lo onírico.

La casa lobo es a la vez refugio y cárcel y, como reza su título, por momentos la vivienda se transfigura en animal que acecha, en construcción panóptica Foucaultiana que plantea la idea del aislamiento y la soledad del individuo como forma de control de una sociedad ideal.

La soledad en la sociedad actual es la idea de fondo que recorre las cuatro historias que componen la chilena Una vez la noche, de Antonia Rossi y Roberto Contador, que cerró las proyecciones a competición del día. La realizadora chilena estuvo acompañada en su presentación por algunas estudiantes participantes del proyecto “Joves programadors”, que coordina la asociación A bao a qu, las cuales resaltaron muy acertadamente la creatividad de la propuesta. Una vez la noche es un film de animación intimista, cuatro relatos nocturnos ilustrados cada uno de ellos por un dibujante, que sin estar interrelacionadas argumentalmente se entrecruzan en el montaje para enfatizar los puntos en común de los diferentes personajes que la habitan. Basada en historias de personas reales elegidas por sus realizadores y a partir de sus diferentes estilos de ilustración, de la línea simple al trazo realista, de lo naïf a lo escatológico, en cada una de estas historias se reviven los recuerdos y anhelos existenciales de sus cuatro protagonistas, mezclados con ciertas dosis de fantasía surrealista.

Las diferentes situaciones de sus personajes en el ámbito social y de relaciones personales, y sus confesiones más íntimas, basculan entre lo patético y lo grave, entre la comicidad y la crudeza, a la vez que se hace patente un mismo denominador común: el aislamiento como forma de autoprotección.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Miércoles 14/11/2018)

Jornada II: Maternidades

Cuerpos: negros, menos negros, más negros, altos, bajos, anchos, estrechos, voluminosos, enjutos, de mujer, de hombre, quietos, en movimiento, bailando, caminando, castigados, gozosos, esclavizados, liberados, humillados, sacralizados, en solitario, en pareja, en grupo, lisiados, robustos, amputados, intactos, fragmentados, enteros, en primer plano, en plano conjunto, en plano general, en la distancia, en primer término, frente a cámara (y seguramente tras la cámara), en fuera de campo. Y rostros: risueños, amargos, sonrientes, tristes, serenos, nerviosos, alegres, enfadados, amigables, dubitativos, sugerentes, desconfiados, recios, transparentes, marcados, jóvenes, adultos, tersos, arrugados, amorosos, rabiosos, honestos, ambiguos, femeninos, masculinos, bonitos, menos bonitos, más bonitos, prominentes, discretos, enfocados, desenfocados, frontales, laterales, en primer plano. Y voces (en off): ausentes, presentes, femeninas, masculinas, verborreicas, escuetas, precisas, divagadoras, secas, aterciopeladas, contundentes, melódicas, rasgadas, profundas, livianas, graves, agudas, monótonas, melódicas, sonoras, fuertes, débiles, cautivadoras, menos cautivadoras, más cautivadoras, simpáticas, menos simpáticas, más simpáticas, claras, oscuras, audibles, inaudibles.

Y paisajes: de Jamaica, diurnos, nocturnos, interiores, exteriores, urbanos, rurales, edificados, agrestes, salvajes, menos salvajes, más salvajes, vírgenes, colonizados, vacíos, transitados, bonitos, menos bonitos, más bonitos, naturales, en plano general, en primer plano, fuera de plano. Y sonrisas, llantos, deseos, frustraciones, sueños, anhelos, Historia, historias, pasado, (el presente no existe, solo se vive), futuro, proposiciones, flirteos, fisicidad, espiritualidad, ateísmo, religión, marihuana, rastaffarismo, Reggae, no Reggae, música, silencio. Y todo (cuerpos, rostros, voces, paisajes y demás) desordenado. Pero a la vez organizado en una estructura en 3 actos. Y cada acto, un trimestre. Y tres trimestres son nueve meses. Y nueve meses un embarazo. Y tras este, la maternidad... Y la mujer. Y la vida.

Si en la primera proyección a competición del día, la arriba reseñada Black Mother  (Khalik Allah), mostraba un multiverso creado a partir de planos rodados en Jamaica, en Super 8 y 16mm, y harmonizados por una polifonía de voces a partir de la idea de la maternidad como origen; la segunda proyección, también de la sección oficial, América (Erick Stoll y Chase Whiteside), empezaba dedicando la película “a todas nuestras madres”. Y es que América es nombre de madre y a la vez de abuela. América es la entrañable anciana que focaliza toda la atención de los tres nietos que viven con ella y que se encargan de sus cuidados. La película les acompaña a lo largo de 3 años, en los que esperan la salida del hijo de América, Luis, encarcelado. Mientras tanto, el tiempo pasa, las vidas cambian, pero el día a día es el mismo: acompañarla al lavabo, bañarla, vestirla, peinarla, llevarla de paseo.

Resulta muy difícil no sucumbir emocionalmente a una película en la que la humanidad y la ternura transpiran en cada plano a través del cuerpo y el rostro de una mujer de 93 años que resiste el embate del tiempo con idéntica tozudez y buen humor. El tono del film, por tanto, se amolda al carácter de su protagonista, que lo desdramatiza por completo. A esto ayuda el planteamiento de sus directores, de reconocer el dispositivo fílmico ya en los primeros segundos de película, que deviene entonces en diario filmado, en el que se da visibilidad a la muy ignorada e infravalorada tarea de los cuidados a familiares. Un tema que, en México, donde sucede esta historia, no parece estar mejor que aquí.

La tercera proyección del día, fuera de competición, arrancó el aplauso más largo que he presenciado en mucho tiempo en una sala de cine. Y no era para menos. Se trataba del pre-estreno en España de El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar, que tras ganar el premio del público a mejor documental en la pasada Berlinale, llega a nuestras pantallas esta semana. La película nos muestra el trayecto de seis años que lleva a las víctimas y supervivientes del régimen de Franco a querellarse para iniciar una investigación sobre los crímenes y torturas cometidos en la guerra civil española y bajo la dictadura fascista por, entre muchos otros, José Antonio González Pacheco (“Billy el niño”). A la muerte del dictador, se puso rápidamente en marcha una maquinaria de silencio y olvido que tuvo en la Ley de Amnistía de 1977 su máximo exponente. El film, en un ejercicio de recuperación de la memoria histórica y visibilización del dolor, da voz precisamente a todas estas familias castigadas y silenciadas por la dictadura, pero también por una democracia ausente. Por ello, apenas hay momentos de contextualización histórica, y sí muchos testimonios de hijos, sobrinos, nietos, de las víctimas, o de las mismas.

Se trata de un relato duro, incómodo, pero necesario, honesto y valiente, que se construye en paralelo a la evolución de la querella y su proceso judicial entre España y Argentina, país donde reside la jueza que asume la querella, tras ser apartado de la judicatura española el juez Baltasar Garzón al intentar investigar los crímenes del franquismo. Pero la narración también tiene tiempo de detenerse en el caso de los bebés robados, recién nacidos arrancados de los brazos de sus madres, hijos de familias republicanas en su práctica totalidad, desde el fin de la guerra civil y hasta bien entrada la democracia.

Uno de los aciertos de la película está en la construcción de la temporalidad, cronológica en el seguimiento de la evolución judicial de la querella, pero atemporal en la explicación de los sucesos que dan lugar a la misma. Así, el franquismo no es algo remoto sino todo lo contrario, algo tan horriblemente presente como que ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. No obstante, el film es implacable en su mostración del paso del tiempo, al revelarnos como algunas de las personas que aparecen en su inicio, ya no están al final. Tal es el caso de María Martín, la anciana que nos acompaña hasta casi el final del metraje y que abre El silencio de otros con una desoladora confesión: “cuando tenía 6 años, vinieron a llevarse a mi madre”.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Martes 13/11/2018)

Jornada I: Realidades paralelas

¿Se puede poner en escena la estrategia bélica? ¿Se puede hacer pedagogía útil de la guerra? Así parece entenderlo la directora argentina Lola Arias cuando en su Teatro de guerra plantea literalmente una dramatización de la guerra de Las Malvinas. Claro que si uno tiene en cuenta la trayectoria previa de Arias como performer y directora teatral, este film no es más que una prolongación lógica a su actividad dramatúrgica o, en todo caso, una traslación a la pantalla de su universo como creadora escénica.

A este juego de rol en vivo con las Facklands como telón de fondo se prestan seis excombatientes que pertenecieron a cada uno de los dos bandos: Argentina y Reino Unido. Con una estructura muy marcada conformada por una serie de sketches, cada secuencia (que podría entenderse como uno de estos) que compone el film hace hincapié en un aspecto diferente del conflicto armado. Ciertamente es una propuesta interesante, sorpresivamente más curiosa aún en su desarrollo que en su planteamiento y que mezcla testimonios reales de auténticos supervivientes del conflicto con el propio acto de ficcionar a partir del hecho histórico. Es decir, la película se construye secuencia a secuencia en el propio simulacro que consiste en representar los diferentes aspectos de una guerra: de la presentación personal de los excombatientes a sus reflexiones finales sobre el desenlace de la misma, pasando por recreaciones sobre el terreno de algunos momentos especialmente cruentos. Con todo, el mérito de Arias consiste en establecer la distancia crítica suficiente como para que surja la incómoda comicidad propia de la reconstrucción postmoderna.

Esa distancia, pero en otra tesitura, es la que sentimos con las imágenes de Trote, de Xacio Baño, segunda proyección del día. El espacio hermético al que el director somete a los miembros de una familia gallega reunida entorno al fallecimiento de la madre, fabrica paredes difíciles de traspasar para el espectador. Esa sensación de clausura se traduce en la predominancia de interiores con (escasa) luz natural y silencios rotos a golpe de cotidianidad. Tal silencio, provocado (intuimos) por el vacío que ha dejado la muerte de la progenitora, marca además el distanciamiento entre los propios miembros de la familia protagonista, justo cuando más unidos deberían estar. Un distanciamiento, por otra parte, que durante el desarrollo de la trama se materializa cuando los personajes actúan en secreto. De esta forma, aunque estos hablan entre sí, en Trote se hacen palpables sus enormes diferencias, más por lo que  (se) callan que por lo que (se) dicen.

¿Una medio mentira es una medio verdad? ¿Una mentira dicha cientos (de miles) de veces se transforma en verdad? Eso parece querer demostrar Maxim Pozdorovkin en Our New President, que cerró las proyecciones oficiales de ayer. La película es una suerte de documental hecho a base de retales en vídeo, de fragmentos sacados de Youtube (la mayoría de ellos de friquis, obviamente) y de los canales de televisión rusos, en la que se pone de manifiesto la manipulación ejercida desde el poder (de Putin) para acercar la figura de Donald Trump al pueblo ruso, en detrimento de la de Hillary Clinton, cuando ambos estaban en plena campaña electoral para las presidenciales de Estados Unidos.

Entre la parábola conspiranoica y los programas de zapping, el autor de la muy notable Pussy Riot, una plegaria punk (2013) acaba siendo reiterativo en la idea del maniqueísmo y la clamorosa subjetividad con que los medios de comunicación de Rusia tratan la información. No obstante, y a pesar de la sensación de fake que le asalta a uno en algunos momentos en los que le parece mentira lo que está viendo, Pozdorovkin es muy eficaz en lo formal al componer un retrato fiel de los tiempos que vivimos: la nebulosa informativa y una sociedad acrítica permite que se filtren noticias falsas como si fuesen veraces y fabrica realidades paralelas al servicio del poder.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona

Inauguración

La 25ª edición de L’Alternativa de Barcelona no podía empezar de mejor manera: la proyección del último film de Isaki Lacuesta, Entre dos aguas (2018), premiado con la Concha de oro en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de San Sebasastián, y con la presentación del director. El film, una secuela parcial de la icónica La leyenda del tiempo (2006), vuelve a Cádiz para retomar el hilo de las vidas del Isra y el Cheíto, años después de aquel primer acercamiento. La secuela es parcial porque en Entre dos aguas ya no aparece Makiko y la sombra alargada de Camarón no planea sobre la narración. Pero es secuela, al fin y al cabo, porque a través de sus personajes, Lacuesta recupera de La leyenda del tiempo ese tono crepuscular que filtra puntuales destellos de tosca hilaridad. Lo cierto es que considerar a Isra y Cheíto “personajes” de una narración es bastante impreciso, ya que la cámara se aproxima a ellos a una distancia en la que la realidad fluye sin necesidad de recurrir a dispositivo ficcional alguno. En ningún momento parece que actúen, más bien que únicamente se limiten a vivir delante de una cámara de cine. La película, pues, asesta certeros golpes de realidad, y el plano final de Isra mirando al infinito y volviéndose a cámara, reproduciendo el mismo instante memorable que tenía lugar en La leyenda del tiempo, nos ubica en las dos aguas entre las que se encuentra: los sueños rotos del pasado y un incierto porvenir.

La edición de este año de L’Alternativa la conforman una sección oficial compuesta de nueve largometrajes, entre los que podemos encontrar Trote de Xacio Baño, Teatro de guerra de Lola Arias (la artista citada en The Square de Ruben Östlund), o Una vez la noche, de Antonia Rossi; además de diecinueve cortometrajes a competición. Una sección paralela, Panorama, con películas de producción nacional, compuesta de largometrajes, entro los que destacan: Tódalas mulleres que coñezo de Xiana do Teixeiro, Trinta lumes (ganadora del premio de la crítica en la última edición del D’A Film Festival) de Diana Toucedo o Las ciudades imposibles de Chus Domínguez; y también cortometrajes, como Vecines del colectivo Laboratorio Reversible, Amor siempre de Maider Fernández, o Evolución 1975-2017 de Marla Jacarilla.

El festival sale de su sede oficial en el CCCB para viajar a la Filmoteca de Catalunya y darle cabida al ciclo Elles tallen, dedicado a las montadoras en el cine. El ciclo cuenta con títulos como Beau Travail (Claire Denis, 1999), Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967), Meshes of the afternoon (Maya Deren y Alexander Hammid, 1943) Lost Highway (David Lynch, 1997) o Dancer in the dark (Lars Von Trier, 2000). Y también visitará el Zumzeig Cinema en el caso de algunas proyecciones especiales: Oscuro y Lucientes (Samuel Alarcón) y Amanecer (Carmen Torres), entre otras.

L'Alternativa también contará con una valiosa muestra del cine de Boris Lehman a partir de tres films de su abundante filmografia: À la recherche du lieu de ma naissance (1990), Babel. Lettre à mes amis restés en Belgique (parties 1 et 2) y Funérailles (De l'art de mourir), además del seminario La película como un largo camino, impartido por el propio cineasta belga.

Las proyecciones se completarán con las sesiones especiales de El silencio de los otros (Almudena Carracedo y Robert Bahar), Comandante Arian (Alba Sotorra), Intimidad revelada. El cinema de Xacio Baño, e Idrissa, crònica d'una mort qualsevol, segunda película de Xavier Artigas y Xapo Ortega.

Por si fuera poco, habrá proyecciones infantiles, una sesión continua en el Hall del CCCB durante todo el festival, masterclasses, actividades para profesionales vinculados al medio, pitching forums, el sexto Mentoring Projects, mesas redondas, debates y un largo etcétera de actividades. ¿Se puede pedir más? Celebremos los 25 años de L'Alternativa: ¡esto no ha hecho más que comenzar!

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El árbol de la sangre (Julio Medem, 2018)

Genealogía(s) del drama

Hubo un tiempo (no hace mucho) en que el cine español se podía permitir excesos narrativos y formales, arriesgando el impacto en taquilla de sus films en favor de un público ávido de propuestas diferentes e innovadoras. Y aun así el productor de turno estaba tranquilo porque sabía que la inversión de cada película tendría tarde o temprano su debido retorno económico. Incluso era precisamente ese riesgo el que atraía al público a las salas de cine. Así puede explicarse que en los años 90 la cinematografía estatal estuviera básicamente formada por cineastas en la treintena con propuestas que desafiaban al espectador a descubrir historias no solo arriesgadas en sus formas, sino también de intenso desarrollo argumental.

El caso de Julio Medem es paradigmático de esto último: historias de (des)amor al límite arrebatadas por un realismo mágico que pone en escena la mitología vasca más ancestral a través de películas con planteamientos narrativos inverosímiles y plagadas de imágenes rayanas en el surrealismo. Manierismo formal para proyectar visualmente un manierismo también conceptual, aunque por ello tuviese que rizar el rizo paulatinamente en cada nuevo proyecto, hasta convertir sus películas en laberintos dramáticos difíciles de transitar. Quizás por eso, y por el peso de su trayectoria anterior, en sus dos últimos largometrajes hasta la fecha - Habitación en Roma (2010) y Ma ma (2015) -, que rodó ya para el ámbito internacional, Medem pagó un peaje muy caro: despojarse, casi por completo, de su estilo personal en aras de ofrecer una película más convencional y, por tanto, accesible y vendible a un espectador masivo. No resultó productivo, ni para los productores ni para su público, a pesar de tratarse de dos films de impecable factura.

Su nuevo film, El árbol de la sangre, parece un (feliz) retorno al exceso narrativo y la turbia densidad emocional que halló su máximo estado de gracia con Lucía y el sexo (2001), pero que se pasó de vueltas en Caótica Ana (2007). No obstante, el brío narrativo que Medem impone al desarrollo de esta El árbol de la sangre, ya desde la primera secuencia, nos arrastra a una sucesión vertiginosa y elíptica de hechos, situaciones y personajes que solo nos concede un respiro cuando la narración en pasado cesa para volver al presente. O en sus ya consabidos planos-emblema, marca autoral del cineasta donostiarra, que él mismo bautizó en su momento como la “imagen conmovida”[1].

Lo que ocurre en este último caso es que, lo que otrora fueron ingeniosas metáforas poético-visuales que servían para remarcar narrativamente una secuencia, estado de ánimo de un personaje, o para avanzar un hecho puntual que habría de suceder más adelante en la trama, han acabado por convertirse en sus últimas películas (y la que nos ocupa no es una excepción) en mero capricho estético, en una suerte de (auto)guiño del cineasta con su espectador fiel. Y esto mismo también es extensible a ciertas líneas de diálogo, en algunas ocasiones provocador pero en otras acusadamente afectado. O a ciertos pasajes del film, en los que uno tiene la sensación de estar revisitando su filmografía previa: la insistente referencia a las vacas que pastan delante del caserío donde sucede la acción, la luna llena circunscrita en un ojo completamente abierto, o la conducción temeraria de los personajes yendo en coche.

Así las cosas, en su planteamiento inicial, el viaje de una joven pareja, Marc (Álvaro Cervantes) y Rebeca (Úrsula Corberó), al caserío vasco propiedad de su familia para reconstruir desde su verdad más absoluta (y sin ideología ni posicionamientos políticos) la cronología de sus progenitores, es la excusa de Medem para desplegar un abanico de personajes y situaciones tal, que sin llegar al barroquismo de Cien años de soledad, resulta por momentos de una coralidad desbordante. Como si se tratara de ir quitando capas de corteza al árbol del título para descubrir que su tronco familiar no esconde savia sino sangre (y semen), la historia que los protagonistas rememoran literariamente a partir de sus voces complementarias y censoras la una con la otra, cual terapia de pareja en una crisis proyectada, se remonta progresivamente en el tiempo hasta alcanzar el oscuro origen del drama que les acabará separando.

La gran capacidad narrativa del director vasco para avanzar secuencias introduciendo personajes y saltando de uno a otro sin que ninguno de ellos quede al margen de la trama y sin que la tensión dramática decaiga en ningún momento, solo se ve afectada por una grave falta de profundidad en los mismos. La rizomática estructura que plantea Julio Medem para su película en forma de árbol, a priori sugerente y estimulante, ahonda unas veces en las raíces del amor para irse en otras por las ramas del sexo.

[1] Se aconseja consultar el libro “Contra la certeza: el cine de Julio Medem” (Angulo, Jesús; Rebordinos, José Luis); J.M. Bosch Editor; Junio de 2005.

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FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE HUESCA 2017: entrevista a Álex de la Iglesia

Entrevista y edición de vídeo: Marla Jacarilla

Texto de presentación: Aaron Cabañas

El pasado 17 de junio llegaba a su fin el Festival de Cine de Huesca que, en esta edición, homenajeaba a los cineastas Constantin Costa-Gavras y Álex de la Iglesia, quienes además recibieron el Premio Luis Buñuel que otorga dicho certamen. Como pudimos escuchar del propio director bilbaíno en la rueda de prensa de presentación que ofreció el festival, Costa-Gavras representa una de las miradas más elaboradas y lúcidas a la hora de representar la indefensión del ciudadano de a pie cuando se ve sometido al sistema. Urdidor de tramas verdaderamente complejas en lo narrativo pero asombrosamente cristalinas en lo formal, el cineasta griego ha elaborado una filmografía en torno al thriller.  Género, éste, que usa como pretexto para abordar los conflictos personales a los que puede llegar una persona cuando es engullido por la mecánica deshumanizada del sistema; tales como la indefensión, el desamparo o la alienación.

De la Iglesia, que se declaró seguidor de la obra de Costa-Gavras, es, a su vez, poseedor de una sólida y ruidosa filmografía, que le ha reportado respeto a nivel estatal y el reconocimiento internacional, como así demuestran la Osella al mejor guion y el León de Plata a mejor director, ambos premios en el Festival de Venecia de 2010, obtenidos por su noveno film, la interesante aunque malograda Balada triste de trompeta (2010).

El cineasta vasco es autor de una filmografía tan popular y reconocible como personal y arriesgada. Ya con su primer trabajo, Acción Mutante (1991), un film de ciencia ficción post-apocalíptica en forma de thriller de acción galáctica con toques de western celtibérico, puesta en escena abigarrada y repleta de referencias a la cultura popular, se situó como creador en un espacio que la cinematografía estatal aún no había conquistado: la postmodernidad más desenfadada.

Poseedor de una iconografía absolutamente ecléctica donde conviven felizmente la mitomanía cinematográfica en mayúsculas - desde Hitchcock a Clint Eastwood, pasando por el tándem Azcona/Berlanga-  con los subproductos genéricos (el Spaghetti Western o la Sci-Fi de serie B, entre un largo etcétera), y la producción cultural de masas -como demuestran sus adaptaciones al cine de los best-sellers de Barry Gifford (Perdita Durango, 1996) y Guillermo Martínez (Los Crímenes de Oxford, 2008)- con la cultura popular más castiza (de los juegos de mesa CEFA a los frikis que pueblan las televisiones privadas estatales, pasando por los tebeos de Ibañez y Escobar o Los Payasos de la Tele de Televisión Española); Álex De la Iglesia construye, en todas y cada una de sus películas, un equilibrado cóctel de referencias servido a medio camino entre la condescendencia nostálgica y la distancia irónica. A ello contribuye el trepidante ritmo narrativo al que acaba sometiendo todas sus ficciones, en una vertiginosa espiral de hibridación de géneros que enguye y combina desde la tragicomedia costumbrista de Luis García Berlanga, Antonio Bardem o José María Forqué; al suspense hitchcockiano en el que los arrebatos del delirio amoroso llevan a sus protagonistas por derroteros imprevisibles, pasando por el thriller de acción ultraviolento basado en el exceso pirotécnico, en la línea de Sam Peckinpah y Samuel Fuller.

Prodigioso creador formal y vigoroso constructor de puestas en escena, De la Iglesia sostiene con coherencia un contundente discurso a lo largo de toda su filmografía: la imagen exterior idealizada y perfecta puede contener la más dudosa de las moralidades y la más oscura de las conciencias. Es por eso que todas sus ficciones están protagonizadas por entrañables perdedores de tres al cuarto que creen haber sido encomendados a una hazaña muy por encima de sus posibilidades. Se enfrentan, así, en una lucha aspiracional por ser quienes no son, no contra un obstáculo circunstancial y tangible, sino contra los fantasmas de las viejas costumbres y su siniestra sombra alargada en forma de personajes oscuros y decadentes; además de luchar contra ellos mismos y su visión distorsionada de la realidad. En este sentido, tiene muchísima importancia la sempiterna presencia del medio televisivo en sus films, y cómo este filtra y deforma esa realidad, hasta retratar de forma clara y lúcida la sociedad española de los últimos 25 años, en la que la codicia, la envidia, la banalidad y el pragmatismo son señas de identidad. Dicha moralidad serpenteante escondida en engañosas apariencias, entendido esto como elemento ficcional generador de sátiras tragicómicas en una realidad deformada por la falta de perspectiva crítica en la mirada, no está muy lejos, por tanto, de las perversas sátiras cinematográficas del gran Luis Buñuel, que pone nombre al premio del que Álex de la Iglesia es digno merecedor.

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