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A Ghost Story (David Lowery, 2017)

El fantasma que presenciaba el transcurso del tiempo

Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día a alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: "Todos escogen el mismo camino. Todos se van." Después volvió al lugar donde había dejado sus pensamientos.

Juan Rulfo, Pedro Páramo

La primera secuencia de A Ghost Story empieza mostrándonos una relación casi idílica, tan sólo enturbiada por una sutil sensación de inquietud. Una joven pareja conversa, tumbados en el sofá del salón. "Cuando era pequeña, nos mudábamos todo el tiempo. Escribía estas notas, las doblaba muy pequeñas y las escondía en diferentes lugares, así que si alguna vez quería volver, allí estaría un pedazo de mí esperando." Esta confesión aparentemente trivial de la protagonista se convertirá posteriormente en el leitmotiv de la película. Un filme que bajo su aparente sencillez esconde una profunda reflexión sobre el espacio, sobre el transcurso de tiempo, sobre la permanencia, sobre el duelo, sobre lo que queda cuando ya no estamos, sobre lo que nos queda cuando los demás ya no están.

Como su propio título indica, se trata de una historia de fantasmas, sí, pero no de aquellos que acostumbramos a ver en el cine de terror más clásico. Porque los fantasmas que aparecen en el filme de David Lowery, más que como personajes, funcionan como metáforas. Enfundados en sábanas blancas agujereadas como si hubiesen improvisado su disfraz para Halloween en el último momento, los fantasmas de Lowery son seres condenados al silencio y la soledad, condenados a ver como el tiempo pasa sin tenerlos ya en cuenta, condenados a aceptar que sus huellas acabarán por borrarse, incluso para sus seres más queridos.

El fantasma protagonista de A Ghost Story se convierte sin quererlo en espectador intangible del paso del tiempo. Compungido, observa el duelo de su pareja, recorre las habitaciones de una casa que se ha quedado vacía y se niega a aceptar que el ciclo de la vida continúe y dicha casa vuelva a ser ocupada, esta vez por desconocidos. Enojado, hace uso de sus poderes para intentar evitar lo inevitable. Poderes de fantasma que, por otro lado, no le sirven para mucho, ya que con ellos no es capaz de minimizar el abismo que lo separa de su amada. Impotente, contempla la vida desde fuera sin poder formar parte de ella, como si se tratase de un creador que ha perdido el control sobre sus personajes y ya no puede influir en ellos. Ofuscado, intenta acceder a una nota, un pequeño papel que ella escribió en el pasado, un mensaje que ha quedado escondido en el marco de una puerta. Una nota cuyo contenido podría salvarle o condenarle a la desaparición. Una misiva que podría ser cualquier cosa, podría serlo todo, podría no ser nada. Un objeto cualquiera en el que depositar algo parecido a la esperanza.

Sentenciado a una eterna espera, como Vladimiro y Estragón, nuestro fantasma esperará a un Godot que nunca llega y del que tal vez hasta olvide su nombre. Será consciente de que las horas pasan para todos excepto para él. Viajará en el tiempo más que en el espacio. Se encontrará incluso consigo mismo. Contemplará con frustración como su antigua casa se convierte en ruinas y sabrá que nosotros, como espectadores, tampoco podremos hacer nada para impedirlo.

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