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L’Alternativa 2013 (19-20/11/2013)

Entre dos aguas

Comenzó oficialmente L’Alternativa con la proyección en la sección de largometrajes de Leviathan (Lucien Castaing-Taylor & Verena Paravel, 2012). Mascarón de proa de este festival que corta las aguas por donde navegarán los diversos films. Este navío pesquero se erige como un buen maestro de ceremonias, contundente en su imagen; ya comentamos en el festival IndieLisboa los valores y probablemente la tendencia que podía generar en próximas películas (leer el texto).

El arranque caníbal de Leviathan dio paso a A batalha de Tabatô (2012), que no nos brindó el mismo impacto, al menos con la imagen, pero cuya capacidad para llegar a un sinfín de circuitos es excelsa. El film portugués firmado por João Viana profundiza en el turbio pasado colonial del país, las guerras de independencia y los recuerdos de Baio, un soldado de Burkina Faso que combatió en el bando de los represores portugueses contra sus hermanos revolucionarios-independentistas en la liberación y proceso de creación de la identidad nacional de la antigua colonia. Una lectura más de las heridas abiertas de Portugal, y de las vidas truncadas de un pasado oscuro, eso sí, con un final redentor... quizás excesivo.

No me voy a detener a destilar It’s Such a Beautiful Day (Don Hertzfeldt), porque me encantó la locura surrealista y abrupta de ideas; quiero más de estas películas juego –es más, habría que abofetear constantemente a los espectadores para despertarlos de esta manera–. Para continuar este viaje, una película delicada y sutil, Tzvetanka (Youlian Tabakov), a través de la vida de una mujer longeva, con detalles estéticos que sirven de transiciones a las distintas partes, toques naif y mezclas de instantes y tiempos cinematográficos; con un montaje muy acertado y dinámico, sobre todo en su banda sonora. Por delicadas imágenes descubrimos y conocemos el siglo XX búlgaro desde el salón de una casa, los ventanales y terrazas de una torre desarrollista –construcciones públicas de los estados socialistas– con unas maravillosas vistas a los bosques de la ciudad de, parece, Sofía. Una película que me ubica en un espacio identitario, la torre, los edificios de viviendas públicas de construcción en los 70s… De una torre en el fin del mundo, o de una vida en el fin del mundo o del tiempo me llegan las imágenes de A Nossa Forma de Vida (Pedro Filipe Marques, 2011), aquella película portuguesa –que tuvimos el placer de ver en el DocLisboa del 2011 (leer el texto)– que retrataba a dos jubilados, una pareja en su octavo piso, un edificio de plantas en el fin del mundo, el Finisterrae, a las afueras de Oporto, que con sus comentarios dibujaban esa extraña pareja que es o ha sido: el comunismo y el capitalismo en el siglo XX. Son vistas desde la terraza de torres extrarradiales levantadas a golpe de ladrillo y de protección oficial, mirando siempre hacia el horizonte: en este caso marítimo, en el caso de Tzvetanka, arbóreo.

En la sección Curts, tanto el martes como el miércoles se ofreció un amplio abanico de cortometrajes, de diversa factura: animación, ficción, material de la realidad, incluso found-footage, o más bien remontaje, como la película G/R/E/A/S/E, de Antoni Pinent, todo un cuadro plástico irreverente y erótico-festivo con el sonido de Dirk Schaefer, compañero de viaje de los found-footage de Matthias Müller, autor que no hace mucho pudimos ver, y conocer, en el Xcèntric. El cómputo general de cortometrajes, en estas dos primeras entregas (Curts 1 y Curts 2), nos ha revelado el eclecticismo de esta propuesta en el festival, con trabajos de nuevo cuño en la animación como la destacable Sonntag 3, de Jochen Kuhn, una fábula existencial del poder donde la canciller alemana Angela Merkel se desnuda ante nosotros en su afán amoroso… un pequeño juego de sinceridad existencial e intimismo de alcoba. Soles de primavera, de Stefan Ivančić, es una mirada a los paréntesis del verano, esos momentos perdidos donde al final del camino encontramos a los amigos mirando al sol, tirados frente al agua, jugando y sincerándose entre chapuzones en la orilla del Danubio. El tiempo estival da sobre todo para conocernos. Este verano, el que escribe también estuvo en Belgrado y se encontró con una ciudad llena de gente joven que quiere hacer un montón de cosas, una ciudad, ese primo lejano, que Europa ha tenido castigada y sin postre.

Otro clásico apareció por L’Alternativa, Nicolas Provost con Tokyo Giants, un juego más de su amplio repertorio de engaños en donde con material documentado del devenir de las calles de Tokyo inventa un psycho-thriller postmoderno en medio de la deriva de consumo y bajos fondos de las calles de la capital nipona. Aparecen Trespass (Paul Wenninger), un juego de soledades más, y el juego de la soledad por excelencia, Resistente (Renate Costa Perdomo & Salla Sorri), el corto mejor anclado en el tiempo –si es eso el cine, el tiempo de las imágenes–, donde un ermitaño moderno nos cuenta su devenir solitario y su espera ante la muerte –de nuevo hemos podido degustar este pequeño trozo de cine puro en 20 minutos–: un canto de luz tenue que se balancea, navega entre sombras selváticas y sombras de techumbre, entre la maleza del bosque y el libro La búsqueda, que acompaña en estas horas finales al creyente, el viejo D. Alberto Bonet… Maravillosa.

En la sección Panorama, Otel·lo (Hammudi Al-Rahmoun Font) reconstruye entre bambalinas el trabajo de un grupo de actores con el director del ensayo. Todo es un juego dramático entre actores llevado a cabo por los chicos de la ESCAC (Escándalo Films), muy bien llevado, el tiempo y la imagen notables; pero encuentro excesivas estas apuestas, necesito aire libre y cine sin corsés. Dime quién era Sanchicorrota (Jorge Tur Moltó) me pareció deliciosa y sin corsés: cercana y reconstituyente película de viaje, retratos, encuentros y descubrimientos, y heridas abiertas… no soy analítico con esta película y eso está bien, de vez en cuando.

20 años no es nada y me he regocijado hasta llenarme de dos películas alemanas de mis amores, y perdonen los ortodoxos de los títulos El amor es más frío que la muerte (Liebe ist kälter als der Tod, Rainer Werner Fassbinder, 1969) y Mi enemigo íntimo (Mein liebster Feind - Klaus Kinski, Werner Herzog, 1999). De la primera me quedo con una frase de Fassbinder: “robar un banco es ético si vas a hacer una película”. La obsesión intranquila, malsana del joven Fassbinder por reconstruir la vida, incluso la historia de un país destruido como su alma, Alemania (1945)... todo valía la pena para crear y correr, murió a los 37 años de edad (1982) por una mezcla de cocaína y barbitúricos después de realizar Querelle (Un pacto con el diablo), adaptación de la novela de Jean Genet. La fotografía de Klaus Kinski intentando degollar a Werner Herzog la he tenido durante años en mi habitación, Klaus siempre tuvo razón. Él, que fue un degenerado, sabía que Herzog también lo era y además se las hacía pasar de jefe… había que matarlo. La mirada del actor alemán, esos ojos maníacos y el gesto desencajado siempre me han perseguido e invariablemente los he relacionado con Werner Herzog, mucho antes de conocer la amplia trayectoria del director alemán. Mi enemigo íntimo siempre ha sido una de mis películas favoritas por lo que hay de autorretrato del ego, y no me refiero a Klaus sino, y sobre todo, a Herzog.

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IndieLisboa 2013 (2)

Nuevas propuestas del cine portugués

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Ha terminado una edición más del festival de cine más importante en Portugal –el IndieLisboa–, un evento que ya no es sólo una muestra para las películas que no se estrenan en nuestro país, sino también un lugar donde los jóvenes cineastas internacionales –y algunos de los independientes más respetados– prefieren lanzar sus primeras obras, exigentes, diferentes, inicios de rutas artísticas que se construirán a lo largo de sus carreras. Decir que algunos de los cineastas independientes más interesantes de hoy han pasado por el IndieLisboa no es una exageración –es el resultado de un trabajo constante a lo largo de diez años por parte de sus programadores–. Un trabajo que responde al eslogan que se ha creado en este año especial: “Hollywood se está quedando sin ideas”. En el IndieLisboa podemos decir que el cine tiene historias con ideas y su inteligencia y riesgo han conquistado un lugar en el mapa cinematográfico nacional.

Pero el festival no ha sido siempre un lugar para ver la progresión y los diferentes caminos del cine portugués, no tanto por culpa de sus programadores como de la irregularidad de la producción portuguesa, así como por el éxito de muchos cineastas que prefieren, naturalmente, presentar sus obras en festivales donde se concentra el mercado mundial (a pesar de que sus cortos y sus primeros largometrajes se hayan exhibido en Curtas Vila do Conde o en el propio IndieLisboa).

En su décimo cumpleaños, las cosas han cambiado y la presencia portuguesa en sus secciones de competición y de observación (“Observatório”) nos muestra un discurso nuevo, contemporáneo, y atento a la historia del cine de nuestro país.

El ejemplo más fuerte es, sin duda, el vencedor de la competición nacional: Lacrau, de João Vladimiro, una mirada sobre lo rural y su distancia con las superficies urbanas que nos recuerda el trabajo silencioso y profundo de António Reis, o la mezcla entre ficción y documental trabajada por Fernando Lopes y Miguel Gomes en años más recientes. Pero aquí se propone un paso adelante: la experiencia de las sensaciones, la materialidad de la película y los formatos de presentación de la imagen en una era digital. Una película que representa una idea teórica, material y moral del cine portugués –una búsqueda pura de la imagen sobre el territorio de nuestro país (muy lejos de la realidad televisiva que contamina las pantallas) que hoy es desarrollada en la productora Terratreme– como el título La terra trema (1948), de Luchino Visconti. Su nombre no es una coincidencia.

André Príncipe, fotógrafo y autor independiente (aquí con la producción de O Som e a Fúria, la casa de Miguel Gomes, João Nicolau, Sandro Aguilar y Salomé Lamas, entre otros), también camina sobre las imágenes que la televisión presenta al pueblo: los noticiarios que maltratan la imagen, su verdad, y la realidad territorial que no se muestra en sus ediciones rápidas y momentáneas. El cine es el lugar del tiempo, eso parece decirnos Campo de Flamingos sem Flamingos, un viaje de Príncipe por la frontera interior portuguesa con un pequeño equipo de dos personas donde se filma la naturaleza, su profundidad e inconstancia, las formas de vida que habitan pedazos de tierra donde nuestros ojos nunca han ido. Pero también su peligro, la supervivencia animal y la lucha contra el hombre que irrumpe por sus caminos. Un trabajo donde se nota, a veces, la mirada fotográfica del autor (que también ha creado un libro de fotografías a partir de su película), pero que propone una forma inaugural de mirar a su país y a su realidad.

João Viana, que ha pasado este año por el Festival de Berlín con A Batalha de Tabatô, mira también lo que se esconde en la tierra –en Guinea-Bissau, un antiguo territorio portugués en África–, aunque ahora se trata de una realidad afectada por la memoria de los conflictos y de la guerra colonial, donde fantasmas y muertos viven al lado de los supervivientes y sus hijos. Un trabajo que nos recuerda las intenciones ya cumplidas por Tabu, de Miguel Gomes, pero en una experiencia digital más inmediata, probando que el encanto del cine y su mirada sobre los muertos, amenazada por la llegada del digital que los anula a nuestros ojos, siguen viviendo en las pequeñas cámaras y formatos, por otros caminos. Tal como Viana dice que todo se esconde en nuestras tierras y sigue viviendo ahí, su cine trata de recuperar estas tierras a partir de la evolución material del celuloide.

Las historias de muertos vivientes surgen también en Má Raça, corto de André Santos y Marco Leão, un dueto que se ha hecho un hueco en el cine portugués con una mirada muchas veces descrita como “atmosférica”. Nosotros preferimos ver un cine construido sobre un límite, el peligro de las relaciones humanas que viven sobre un punto de ruptura (aquí, entre una hija y su madre, una “mujer sin cabeza”, como la de Lucrecia Martel). Pero lo más relevante ha sido Plutão, de Jorge Jácome, corto de ciencia ficción (un género que no existe en Portugal) y que es, en realidad, una historia de amor inocente, casi adolescente, sobre un chico que ha “dejado” su planeta para enamorarse y que ya no lo encuentra después de su ruptura. Una película que nos muestra que la mirada inocente sobre las pasiones y sus desilusiones existe también en un cine portugués más preocupado con la realidad física, material y política de su territorio.

Novas propostas do cinema português

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Terminou mais uma edição do festival de cinema mais importante em Portugal –o IndieLisboa–, um evento que não se fica por ser uma mostra para filmes que não serão estreados no nosso país, mas que é também um lugar onde os jovens cineastas internacionais –e alguns dos cineastas independentes mais respeitados– preferem lançar suas primeiras obras exigentes, diferentes, os inícios de rotas artísticas que serão construídas ao longo das suas carreiras. Dizer que alguns dos cineastas independentes mais interessantes de hoje passaram antes pelo IndieLisboa não é um exagero –é o resultado de um trabalho constante ao longo de dez anos por parte dos seus programadores, algo que responde ao slogan que foi criado neste ano especial: “Hollywood está a ficar sem ideias”. No IndieLisboa, podemos dizer que o cinema tem histórias com ideias, e inteligência e o risco do festival conquistaram um lugar no mapa cinematográfico nacional.

Mas o Indielisboa não foi sempre um lugar onde se via o progresso dos diferentes caminhos do cinema português, não tanto por culpa dos seus programadores mas pela irregularidade da produção portuguesa, tal como pelo sucesso de muitos cineastas que preferem, naturalmente, apresentar as suas obras em festivais onde se concentra o mercado mundial (apesar das suas curtas e das suas primeiras longas-metragens serem exibidas no Curtas Vila do Conde ou no próprio IndieLisboa).

No seu décimo aniversário, as coisas mudaram: a presença portuguesa, nas suas sessões de competição e de observação (“Observatório”), mostra-nos um discurso novo, contemporâneo, e atento à história do cinema do nosso país.

O exemplo mais forte é, sem dúvida, o vencedor da competição nacional: Lacrau, de João Vladimiro, um olhar sobre a ruralidade e a sua distância para com as superfícies urbanas, algo que nos lembra o trabalho silencioso e profundo de António Reis, ou uma mistura entre ficção e documentário trabalhada por Fernando Lopes, assim como Miguel Gomes em anos mais recentes. Mas aqui, propõe-se um passo à frente: a experiência das sensações, a materialidade do filme e os formatos de apresentação da imagem numa era digital. Um filme que representa uma ideia teórica, material, e moral do cinema português –uma busca pura da imagem sobre o território do nosso país (muito distante da realidade televisiva que contamina as telas) que é hoje desenvolvida na produtora Terratreme– como o título La terra trema (1948), de Luchino Visconti (o seu nome não é uma coincidência).

André Príncipe, fotógrafo e autor independente (aqui com a produção de O Som e a Fúria, a casa de Miguel Gomes, João Nicolau, Sandro Aguilar e Salomé Lamas, entre outros), caminha também sobre as imagens que a televisão apresenta ao povo: os noticiários que maltratam a imagem, a sua verdade, e a realidade territorial que não é mostrada nas suas montagens rápidas e momentâneas. O cinema é o lugar do tempo - parece ser isso o que nos diz Campo de Flamingos sem Flamingos, uma viagem de Príncipe pela fronteira interior portuguesa com uma pequena equipa de duas pessoas, onde é filmada a natureza, a sua profundidade e inconstância, as formas de vida que habitam pedaços de terra onde os nossos olhos nunca foram, mas também o seu perigo, a sobrevivência animal e a luta contra o homem que irrompe pelos seus caminhos. Um trabalho onde se nota, por vezes, o olhar fotográfico do autor (que também criou um livro de fotografias a partir do filme), mas que propõe uma forma inaugural de olhar o seu país e a sua realidade.

João Viana, que passou este ano pelo Festival de Berlim com A Batalha de Tabatô, olha também para o que se esconde na terra –na Guiné-Bissau, um antigo território português em África–, apesar de se tratar de uma realidade afetada pela memória dos conflitos e da guerra colonial, onde fantasmas e mortos vivem lado a lado dos sobreviventes e dos seus filhos. Um trabalho que nos lembra as intenções já cumpridas por Tabu, de Miguel Gomes, mas numa experiência digital mais imediata, provando que o encanto do cinema e o seu olhar sobre os mortos, ameaçado pela chegada do digital que o anula nossos olhos, continua a viver nas pequenas câmaras, nos seus formatos, e pelos seus outros caminhos. Tal como Viana diz que tudo se esconde nas nossas terras e continua a viver por elas, o seu cinema presta-se a recuperá-las a partir da evolução material da película.

As histórias de mortos-vivos surgem também em Má Raça, curta de André Santos e Marco Leão, um dueto que marcou um espaço no cinema português com um olhar muitas vezes descrito como “atmosférico”. Preferimos ver um cinema construído sobre um limite: o perigo das relações humanas que vivem sobre um ponto de ruptura (aqui, entre uma filha e sua mãe, uma “mulher sem cabeça”, como a de Lucrecia Martel). Mas destacamos Plutão de Jorge Jácome, uma curta de ficção científica (um género que não existe em Portugal) e que é, na realidade, uma história de amor inocente, quase adolescente, sobre um rapaz que “deixou” o seu planeta para se apaixonar e que já não o encontra de volta depois da sua ruptura. Um filme que nos mostra que o olhar inocente sobre as paixões e as suas desilusões existe também dentro de um cinema português mais preocupado com a realidade física, material e política do seu território.

Tradução: Adriana Cordeiro Azevedo.

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