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D’A 2014 (02/05/2014) – Historias dentro de historias dentro de historias dentro de…

El cine rumano es para mí como ese misterioso personaje que conoces en una fiesta a altas horas de la madrugada. Mantienes una interesantísima conversación con él, empatizas, tienes la sensación de conocerlo desde hace años y luego, cuando te marchas a casa, te das cuenta con decepción de que, no sólo se te ha olvidado pedirle su número de teléfono, sino que ni siquiera recuerdas su nombre. Por suerte sabes que lo volverás a encontrar en alguna otra fiesta. Por desgracia no tienes ni idea de cuándo sucederá. Pueden pasar semanas o pueden pasar años. El Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona es consciente de que esta misma situación es vivida por un buen puñado de cinéfilos y es por eso que en el 2013 decidieron dedicar su retrospectiva a los últimos diez años de cine rumano. Pues bien, uno de los directores que aparecía en esta instantánea de grupo es Corneliu Porumboiu, del que pudimos ver 12:08 Al este de Bucarest (A fost sau n-a fost?, 2006). Y como la experiencia gustó, pues repetimos este año. Porumboiu llega a las pantallas de los cines Aribau Club con When Evening Falls on Bucharest or Metabolism (Când se lasa seara peste Bucuresti sau metabolism), título sugerente, críptico y descriptivo (sí, todo a la vez) que esconde una historia de cine dentro del cine. Otra más.

Bucharest

El film, estructurado elegantemente en 15 planos secuencia, tiene un arranque impresionante, de esos que no veíamos en el cine desde hace mucho. Una conversación en un coche entre un director de cine y la actriz protagonista de su última película. El director explica con entusiasta didacticismo las diferencias entre lo analógico y lo digital. La actriz escucha con atención y hace preguntas. Porque ella, “de temas técnicos, no sabe mucho”. Pero lo técnico, al final, poco o nada nos importa. Porque de lo que está hablando el director (el director de la película y el director de la película que hay dentro de la película) es de otra cosa. De los límites, nada menos. “Cuando filmas en analógico, tienes como máximo 11 minutos, porque el rollo de película dura lo que dura”, le explica con tristeza. “Son una cantidad determinada de metros y se terminan, inevitablemente.” “¿Y con el digital?” “Con el digital, ese límite de los once minutos ya no está.” “Y entonces, ¿por qué no usas el digital?” le pregunta ella perpleja. La contradicción aparece y el entusiasmo del director se transforma en una cierta melancolía. Porque puede que a lo mejor, después de todo, aún haya gente que siga necesitando de los límites para seguir adelante.

A partir de aquí, las conversaciones se suceden entre los escasos personajes que van apareciendo en la película. Los largos diálogos entre director y actriz, el perfeccionismo extremo de él, las inseguridades de ella, los enésimos ensayos, los infinitos matices de interpretación, los celos y los avatares propios de un rodaje. Nada nuevo bajo el sol, lo sé. Una historia que ya nos han contado muchas veces. Pero qué diantres, los niños siempre tienen un cuento favorito que gustan de escuchar una y otra vez, ¿no?

Sin embargo, las ovaciones más entusiastas del público llegaron indudablemente con la segunda sesión de la tarde, la película Sobre la marxa, dirigida por Jordi Morató. Aunque dichos aplausos no iban sólo dedicados al director, sino que también (y sobre todo) eran para Josep Pijiula –alias Garrell–, verdadero y absoluto protagonista de la historia. Conocido como “el tarzán de Argelaguer”, este pintoresco personaje ha dedicado gran parte de su vida a la construcción amateur de edificaciones imposibles y laberintos casi infinitos en medio del bosque. Un comportamiento tan excéntrico y genuino suele traer como consecuencia la aparición inevitable de mirones, curiosos y avispados (ahí tenemos el ejemplo de la catedral realizada por Justo Gallego Martínez, protagonista de un spot publicitario de Aquarius). De gente que quiere saber qué está pasando allí, quién diantres está construyendo todo aquello. Y es así como alguien sin ningún interés por trascender a nivel social acaba siendo portada de numerosos periódicos y publicaciones. Pero a Garrell le da igual la repercusión mediática de todo aquello. Porque él lo único que quiere es hacer lo que le dé la gana. En este caso, convivir con la naturaleza “salvaje” y alejarse –en la medida de lo posible– del “hombre civilizado”. Y a pesar de que los gamberros o las autoridades atenten a su instinto constructivo y destruyan todo aquello, él, cual Sísifo pertinaz, vuelve a empezar de nuevo, desde cero y siempre sobre la marcha.

Jordi Morató ha construido con Sobre la marxa una especie de “documental homenaje” en el que una gran cantidad de material de archivo (esas películas domésticas de los años 90 grabadas por Aleix Oliveras en que Garrell se convertía en un sosias de Tarzán) nos permite echar la vista atrás para que así podamos ver al Garrell de antes y compararlo con el Garrell de ahora. Las diferencias son pocas, la persistencia constructiva es la misma.

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