Destino: Donosti Un texto de Josep Lambies No es Woodstock
Ang Lee presentó en la sección Zabaltegi su última cinta, Taking Woodstock (2009), un canto generacional de alabanza a la juventud que vivió los últimos sesentas y convirtió el rock y los alucinógenos en un estilo de vida. Para Lee, este filme es un regreso a la línea de su extraordinaria película de 1997, La tormenta de hielo. Es normal que un director de trayectoria tan dispar como Lee encuentre ecos en dos resultados tan alejados. Al igual que Taking Woodstock, La tormenta de hielo es un homenaje a los años de liberación sexual de la sociedad americana. Sin embargo, en su filme de 1997, Lee construye un majestuoso y, a la vez, perverso entramado de relaciones entre los miembros de dos familias vecinas en un suburb de Connecticut, mientras que en su última pieza rehúye el guión de melodrama (que tan bien le ha resultado en otras ocasiones) para llevarnos a una comedia en Woodstock donde ni tan siquiera hay Woodstock. En un artículo para Cahiers España, Carlos Reviriego defendió la focalización en el personaje de Elliot Tiber y la decisión de Lee de relegar el festival a un telón de fondo que sólo se ve en un gran plano general filtrado por una cámara colocada de ácido. Para Reviriego, ese es un pecado de la película que el espectador que se engancha transforma en virtud. Según mi parecer, esa decisión le quita a Taking Woodstock casi todo el interés. Sí estoy de acuerdo, en cambio, en que la película desprende una gran energía. Es innegable que el mérito lo tiene el movimiento hippie y ese medio millón de adeptos que llegó al festival en 1969. Aún así, no deja de resultar emocionante.
Al Festival de Cine de San Sebastián cada vez le falta un poco más de esa emoción genuina, del impulso mucho más puro hacia una cinefilia honesta y sincera. Cierto que este año la cacareada crisis y el consiguiente recorte presupuestario han sido una traba: la cúpula de la organización se ha sentido cada vez más amenazada, y a los distintos estratos de la jerarquía les ha costado encarrilar un auténtico debate cinéfilo. Como declaró Mikel Olaciregui, director del festival, el Zinemaldia sólo ha contado con siete millones de euros este año, y se calcula un presupuesto todavía inferior para la 58ª edición. El principal problema de San Sebastián es que, a pesar de ocupar el primer puesto de la lista de festivales españoles y encontrarse entre los doce festivales internacionales catalogados por la FIAPF como “de clase A”, tiene que compartir su presupuesto con tantas otras iniciativas de un mercado absolutamente saturado. En otros países como Francia o Suiza, las grandes inversiones giran en torno a un único evento anual (Cannes en el caso de Francia y Locarno en el de Suiza). Pero la FIAPF tiene avalados hasta seis festivales internacionales en España, por no hablar de los más de doscientos festivales menores que se celebran anualmente en el país. De ahí que el capital público que recibe cada uno sea necesariamente bajo, y que al pez gordo le cueste superarlo.
San Sebastián ha pecado siempre de un exceso de glamour. Poco antes del inicio del Zinemaldia de este año, el dominical de La Vanguardia publicó un reportaje en el que analizaba el carácter aristocrático que tiene Donostia desde los tiempos en que Isabel II derrochaba sus horas en la bahía de la Concha. La barandilla de Juan Rafael Alday, de principios de siglo, ha visto pasear lo más ostentoso y exquisito de la sociedad española que veraneaba en La Perla y, desde 1953, ha sido un punto de referencia para acreditados y visitantes del Festival. Eso explica gran parte de la frustración ante la falta de presupuesto. Si bien es cierto que debemos mimar el más importante de los acontecimientos cinematográficos en todo el Estado, no me resulta grave que se suprima de las partidas el lujo decadente de la fiesta que se daba en el Palacio de Miramar. Tal vez sea un golpe sobre la mesa para que, más modestamente, subsista por y para el cine. De este modo, recuperaría un objetivo y, teniendo en cuenta el éxito de taquilla de este año, se reduciría a un espectacular encuentro de personas que aman el cine.
La ciudad de los vivos y de los muertos
Las impertinencias sonaron en eco cuando el 26 de septiembre salieron los resultados del Palmarés. Más de uno reclamó la Concha de Oro para la última obra de Campanella, El secreto de sus ojos (2009). Yo, en cambio, encontré gloriosa la premiada City of Life and Death (2009), una película sobre la Masacre de Nanjing, la entrada de las tropas japonesas en la capital provisional de China en 1937. El filme de Lu Chuan es una dramatización brechteana del ambiente bélico tan perfecta como las grandes obras de Eisenstein. Como en El acorazado Potemkin (1925), Chuan construye una composición operística que relata los abusos del ejército nipón sobre la población civil, aunque esta vez las imágenes son todavía más aterradoras que las de las escaleras de Odessa: las mujeres colocadas en hileras de camillas esperando a ser violadas, o la espectacular escena de la toma de la iglesia donde están refugiados los ciudadanos de Nanjing. Este punto de vista coral se alterna rítmicamente con el rostro individual, con la mirada de algunos personajes que encarnan una angustia colectiva. Es de una batuta impecable, que en nada puede compararse al pretencioso filme de Campanella, un juego entre la lógica de los sentimientos y el ingenio de dos empleados del Juzgado Penal al intentar resolver un crimen, a través del desarrollo de un guión sin ningún tipo de dinámica ni mucho menos perspicacia, como el torpe monólogo de Soledad Villamil (lo que pretende ser una intervención estelar) en el que enmaraña una relación entre la inocencia del acusado y una conjetura sobre el tamaño de su pene.
No cuestiono, pues, la Concha de City of Life and Death, ni tampoco su segundo galardón, el Premio del Jurado a la Mejor Fotografía. No obstante, eché de menos un reconocimiento para la última película de Atom Egoyan, Chloe (2009), un melodrama retorcido y siniestro, cargado de un suspense propio del mejor Hitchcock, con dos personajes femeninos aviesamente complejos e increíblemente bien interpretados. Julianne Moore mantiene en toda la película una mirada astutamente triste que la opone completamente al victimismo de la clásica mujer ultrajada. Esta melancólica malicia se desarrolla hasta el último plano del filme, en el que enseña su nuca con el pasador de pelo, el último reducto de su vampírica relación con Amanda Seyfried, que interpreta a la hermosa prostituta Chloe, de una perversidad obsesiva y desequilibrada, con una mirada siempre fantasmagórica, que la conduce irremediablemente hacia su fatal destino. Ambas actrices crean más que un personaje. Entre ellas se entreteje un ambiente tórrido, asfixiante y, sobre todo, despiadado, que da a la película esa envolvente energía.
Más que poner en duda la Concha de Oro a Mejor Película, me sorprende la Concha de Plata a la Mejor Actriz y, sobre todo, la Concha de Plata al Mejor Director. Y en eso sí coincido con la opinión pública. Chloe y City of Life and Death es lo mejor que ha descubierto este año el festival, por más que se haga un sobreesfuerzo por premiar al cine español. Lola Dueñas es una buena actriz. Lo ha demostrado en otras ocasiones bajo la firma de los principales directores españoles, como Amenábar o Almodóvar. Aunque en Yo también (2009) no haya hecho su mejor papel, no podemos dejar de rendir homenaje a su trayectoria. Pero pretender que se acerca siquiera a una actriz del talento de Julianne Moore, con una experiencia que pasa desde las manos de Robert Altman hasta el drama rural de Chéjov, y llega a esta 57ª edición del Zinemaldia con el papel protagonista de Chloe, es un absurdo proteccionismo del producto nacional que quita más puntos al talante cinéfilo del festival.
Más escandalosa aún es la Concha de Plata que ha recibido Javier Rebollo por La mujer sin piano (2009). Rebollo pertenece a una escuela en la línea de Jaime Rosales, que cree que el acercamiento a la realidad se consigue dando un rodeo al arte de la retórica naturalista que lleva desarrollándose desde los grandes novelistas del XIX. Es un error pensar que el buen retrato se consigue con la distancia. Toda ficción necesita un acercamiento por vías artificiales por las que circula un meganarrador que es capaz de expresar lo inexpresable, y convertir un simple perfil en un personaje humano y, por lo tanto, real. Rebollo ha intentado hacer concesiones a las dinámicas de un guión más comercial y fácil que en los filmes de Rosales (ya no sólo el más extremo, Tiro en la cabeza [2008], sino también sus dos primeras obras, Las horas del día [2003] y la ganadora del Goya La soledad [2007]). Por eso ha creado el personaje del polaco que aparece en la estación, que da un cierto humor onírico a la aventura nocturna de Carmen Machi, con sus observaciones sobre las melodías predeterminadas de su Nokia y sus cálculos de cuándo comió ensaladilla rusa, cayos y porras por última vez. Sí que es cierto que Rebollo es capaz de crear un clima adusto bastante incómodo a partir de su visión de la ciudad de noche. Pero en ningún momento le permite alcanzar su cometido: captar al personaje del ama de casa de la actual clase media?baja madrileña.
La representación francesa dentro de la Sección Oficial fue interesante, con la última obra de Cristophe Honoré, Making Plans for Lena (2009), y, especialmente, con la reconocida con el Premio Especial del Jurado Le refuge (2009), con una interpretación más que apreciable de Isabelle Carré, en el papel de Mousse, una chica en continua huida de la vida real. Desgraciadamente, la producción hispanoparlante no se puede equiparar, a excepción de la película de Isaki Lacuesta Los condenados (2009) (que obtuvo el Premio de la Crítica) acerca de dos ex guerrilleros que buscan el cuerpo de un compañero en una excavación ilegal. Lacuesta presentó una obra de una gran sensibilidad sin caer en el exceso lacrimógeno de la memoria histórica ni en la falta de contención en lo que tiene de melodrama familiar, por no hablar de la calidad fotográfica, las localizaciones argentinas y, sobre todo, de una interpretación que nos hace revisar de nuevo el Palmarés y el premio de Pablo Pineda por su interpretación de sí mismo en Yo también, que ha sido la diana predilecta de los indignados.
La mayoría de películas de la Sección Oficial saldrán a flote y sobrevivirán, ya sea por sus propios méritos o por el empujón que les ha dado haber pasado por la sala grande del Kursaal. Es una lástima que esas ansias de ostentar riqueza en San Sebastián vayan de la mano de una solidaridad tan burguesa y estratégica. Este impostado comme il faut hará añicos todo el prestigio internacional, puesto que un entorno que no falla a favor del mejor no es fiable. San Sebastián debe recuperar la responsabilidad que le confiere estar en el Top12 y saber establecer una correcta escala de valores que sirva de modelo para apreciar el cine.
Los grandes y otras perlas
De las quince perlas del Zabaltegi de este año, dos brillaron especialmente. La primera es Los límites del control (2009), en la que Jarmusch recupera la estructura de videojuego que ya tomó Flores rotas (2005), donde Bill Murray viajaba visitando a sus romances de juventud, como si superara los escenarios de una realidad virtual, con el objetivo de encontrar a su hijo. En este caso, Jarmusch elimina todo MacGuffin, y mueve al actor por la geografía española, a través de una serie de encuentros escudados tras el intercambio de unas cajetillas de cerillas verdes y rojas. Las condiciones de las pantallas del juego resultan de un collage de conceptos, como dijo Jarmusch en una entrevista con Gavin Smith (Film comment, Mayo/Junio de 2009) traducida para Cahiers España. Las principales ideas de Jarmusch se pueden sintetizar en un interés por unir a Isaach de Bankolé con la arquitectura madrileña de los años sesenta y con los áridos paisajes y construcciones del sur de España. Bankolé encarna a un personaje inquietante e impasible, siempre de expresión implacable y fría, cuya única peculiaridad es pedir dos expresos en tazas separadas cada vez que se acerca a un bar. Así se sostiene, cruzando la arquitectura del plano, durante las dos horas de largometraje, lo que conduce una trama neo noir latente que, sin duda, es lo más arriesgado que nos ha dado Jarmusch hasta el momento.
El filme de Jarmusch fue inexplicablemente rechazado en la última edición de Cannes, a diferencia de la segunda obra maestra, la ganadora de la Palma de Oro La cinta blanca (2009), de Michael Haneke. En este caso, Haneke recurre al escenario de una comunidad protestante, lo que parece una revisión de los espacios de Dreyer y de los iconos de la escuela flamenca. El cuidado por los interiores austeros, como en las pinturas de Hammershoi, donde la luz del blanco y negro es el haz dramático, parece regresar al debate sobre el bien evangelizado de Ordet (1955). Pero en este caso los principios del existencialismo protestante de Kierkegaard por los que tanto apostó Dreyer se transforman en un conflicto mucho más cruel y siniestro que roza el argumento gótico. La cinta de Haneke sigue desarrollándose sobre la base maniquea que tanto preocupó al director danés, aunque con la carga hostil y terrorífica de ese concepto de mise en scène, a la altura de Funny games (1997/2007).
Jarmusch y Haneke son dos demiurgos sin parangón, cada uno en una línea que ha sabido desarrollar, como todo buen autor, hasta llegar a superarse a sí mismo. Aún así, no podemos olvidar otras de las perlas que el Zabaltegi nos ha ofrecido este año. Entre ellas, destacaría la propuesta del coreano Bong Joon-Ho, The Mother (2009), un relato sobre la tenacidad y el sacrificio de una madre, que se sitúa en la misma tradición que abrió Pudovkin en los años 20, y que Fassbinder recuperó en los 70 con Viaje a la felicidad de mamá Kusters (1975). En el filme de Bong Joon-Ho, la madre no tiene un hijo activista que la arrastre por su causa, como en las historias de Pudovkin y Fassbinder, sino que es un veinteañero infantil más bien antipático y conflictivo, acusado de un homicidio del que es inocente. Esa falta de épica convierte a la madre en un personaje mucho más amargo, cuya dedicación resulta más humana (y quizás por eso algo patética) que la lucha contra el sistema de sus dos precedentes.
La participación británica en las coproducciones Five Minutes of Heaven (2009) y London River (2009) también merece su capítulo. La identidad anglosajona de las dos películas deambula en los lastres del Free Cinema. Ambas películas se construyen en la perspectiva cotidiana de un conflicto sociopolítico, algo que gustó mucho al cine de los cincuentas y que ha sido perpetuado en la tradición británica por cineastas como Ken Loach. Five Minutes of Heaven es el reencuentro entre un asesino de la UVF y el hermano de su víctima, mientras que London River es la historia de un hombre y una mujer que se cruzan en Londres buscando a sus hijos tras los atentados islámicos del verano de 2005. Esta mirada individual que cae sobre los perjudicados por el contexto es, en realidad, un estudio antropológico que parte del microanálisis de la sociedad. La historia de los personajes de estos filmes forma parte de la historia de su comunidad, mediada y archivada para la posteridad. He aquí la gran carga psicológica que presupone este planteamiento, y que tan bien desarrollan ambas películas. La interpretación de Brenda Blethyn, despojada del registro cómico al que ha sido sometida a menudo, es uno de los puntos de apoyo principales sobre los que se sustenta London River, así como la tensión entre James Nesbitt y Liam Neeson en el montaje paralelo anterior al encuentro, toda la primera parte de la película.
Una última película que merece un aplauso es la fábula Yuki & Nina (2009), una coproducción franco?japonesa que Hippolyte Girardot y Nobuhiro Suwa han dirigido como dos orfebres del cine. Yuki & Nina es un melodrama filtrado por la estructura tradicional de un cuento a través de los ojos de dos niñas que no soportan la separación de sus padres y deciden ir a vivir al bosque, en las afueras de París. La cinta se mueve entre las mejores pautas del guión de melodrama francés y el tempo del cine oriental, que dividen la película en dos mitades tan distintas como bien enlazadas. Por un lado, el contexto familiar de Yuki y los hábitos de la niña y, por el otro, la supervivencia en el bosque (como Hansel y Gretel), casi selvático, que deviene el personaje principal, como en las grandes obras del cine oriental contemporáneo. Este equilibrio entre las partes da a la obra una especie de serenidad cautivadora, también conducida por las dos extraordinarias actrices, Noë Sampy y Arielle Moutel.
El ángel de la historia
Desgraciadamente, este año se ha suprimido una de las tres retrospectivas que circundaban las nuevas propuestas del festival. La 57ª edición del Zinemaldia sólo contaba con el homenaje a Richard Brooks y la panorámica sobre la Contraola Francesa, mientras que el año pasado fueron Mario Monicelli, Japón en negro y la trayectoria de Terence Davis. Aunque, hasta cierto punto, esta labor de recuperación histórica del festival quede eclipsada por la Sección Oficial y el Zabaltegi, es una de sus misiones más interesantes. Cada año llegan copias prácticamente únicas de películas olvidadas, muchas de ellas tan dobladas y deformadas que se rompen y se queman con facilidad. Otras conservan las colas de enlace entre bobina y bobina, y cada veinte minutos se bloquean con unos segundos de negro. Todos estos defectos contribuyen a que verlas nos haga sentir más historiadores que cinéfilos, como si el mal estado de la copia formara parte del privilegio de ver una pieza única, y eso nos diera el mérito de ser recuperadores de la memoria cinematográfica.
En este sentido, fue especialmente emotiva la selección de obras de Brooks, uno de los directores con mayúsculas de la historia del cine cuya filmografía se ha reducido al estudio de tres obras, tres imponentes adaptaciones literarias: La gata sobre el tejado de zinc (1958), Los hermanos Karamazov (1958) y A sangre fría (1967), basadas, respectivamente, en las obras homónimas de Tennessee Williams, Dostoievski y Truman Capote. Su retrospectiva ha suscitado la revisión de sus 24 películas, algunas también obras maestras, como Deadline?U.S.A. (1952), una comedia ácida protagonizada por Humphrey Bogart sobre el ingenio de un grupo de periodistas cuyo periódico, el New York Day, se ve amenazado de cierre. Deadline?U.S.A. se desarrolla casi en la clave de un texto teatral, glorioso en algunos momentos, como la sucesión de discursos durante el velatorio del New York Day. El vertiginoso cinismo de los guiones de Brooks es, seguramente, uno de los grandes descubrimientos que traza un puente entre todas sus películas de segunda línea, y que excluye a las de primera (a excepción, claro está, de la eternamente admirada A sangre fría). En el mismo orden se encuentran la dura crítica al capitalismo de Crisis (1950) y las últimas obras de su carrera, como Dólares (1971), que parte de una reinvención manierista de las leyes del cine negro, o la tragicómica Happy ending (1969).
Si bien la Contraola Francesa no tuvo ese espíritu de búsqueda de la película perdida, sí supuso una construcción de síntesis del cine francés producido desde el cambio de siglo. Esta articulación transversal del programa resulta de la investigación cinéfila, de la motivación por encontrar el buen discurso y crear un engranaje entre las distintas obras mucho más honesto que los escalones de victoria y derrota entre los que se mueven las novedades. Al margen del espíritu competitivo y el compromiso del criterio, las retrospectivas son un espacio de auténtico afán por suscitar una reflexión. En la misma línea se sitúan Desplechin, Klotz o Assayas, Denis o Carax, o películas del más salvaje terror como Martyrs (2008) o À l’intérieur (2007). Son selecciones, por lo tanto, al margen de esa pérdida de objetivos y de los prejuicios evaluativos. Son, casi, un espacio alternativo, donde el espectador encuentra un sosiego que, por alguna razón, es incompatible con la crispación de la competición.
Palmarés
Sección Oficial
– Concha de Oro a la Mejor Película: City of Life and Death de Lu Chuan (China)
– Concha de Plata al Mejor Director: Javier Rebollo por La mujer sin piano (España–Francia)
– Concha de Plata a la Mejor Actriz: Lola Dueñas por Yo, también (España)
– Concha de Plata al Mejor Actor: Pablo Pineda por Yo, también (España)
– Premio del Jurado al Mejor Guión: Andrews Bowell, Melissa Reeves, Patricia Cornelius y Christos Tsiolkas por Blessed (Australia)
– Premio del Jurado a la Mejor Fotografía: Cao Yu por City of Life and Death (China)
– Premio Especial del Jurado: Le refuge de François Ozon (Francia)
Premios Kutxa – Nuevos Directores
– Premio Kutxa – Nuevos Directores: Le jour où Dieu est parti en voyage de Philippe Van Leeuw (Bélgica)
– Mención Especial: Sammen / Together de Matias Armand Jordal (Noruega)
Premio TCM del Público
– Primer premio: Precious de Lee Daniels (EEUU)
– Segundo premio: Desert Flower de Sherry Hormann (Alemania–Austria–Francia)
Gaztea Saria – Premio Gaztea de la Juventud
– Min dît / The Children of Diyarbakir de Miraz Bezar (Turquía-Alemania)
Premio Horizontes
– Premio Horizontes: Gigante de Adrián Biniez (Uruguay)
– Mención Especial: Francia de Israel Adrián Caetano (Argentina)
Premio TVE – Otra mirada
– Precious del director Lee Daniels (EEUU)
Premios Cine en Construcción
– Premio Cine en Construcción de la Industria: La Vida Útil de Federico Veiroj (Uruguay)
– Premio TVE: Norberto Apenas Tarde de Daniel Hendler (Uruguay)
– Premio Casa de América: Rompecabezas de Natalia Smirnoff (Argentina)
Premios Cine en Movimiento
– In the Sands of Babylon de Mohamed Al-Daradji (Irak)
Premio Encuentro Internacional de Escuelas de Cine
– Premio Panavision: Segal de Yuval Shani (Tel Aviv University, Israel)
– Segundo Premio (consistente en una invitación para participar en el Short Film Corner del próximo Festival de Cannes): Segal de Yuval Shani (Tel Aviv University, Israel); The Opposite Shore (He Long Chuang Gang) de Ao Shen (Beijing Film Academy, China) y L’etang (L’merja) de Azzam El Mehdi (Ecole Supériure des Arts Visuels, Marruecos)
– Mención Especial del Presidente del Jurado: Pehuajó de Catalina Marín (Escuela de Cine, Uruguay)
Otros premios
– Premio FIPRESCI: Los condenados de Isaki Lacuesta (España)
– Premio TVE Otra Mirada: Precious de Lee Daniels (EEUU) y Mención Especial: La mujer sin piano de Javier Rebollo (España-Francia)
– Ayuda de Obra Social de Kutxa: Yo, también de Álvaro Pastor y Antonio Naharro (España)
– Premio Signis: City of Life and Death de Lu Chuan (China) y Mención Especial: Yo, también de Álvaro Pastor y Antonio Naharro (España)
– Premio de la Asociación de Donantes de Sangre de Gipuzkoa, a la Solidaridad / Elkartasun Saria: Yo, también de Álvaro Pastor y Antonio Naharro (España)
– Premio Sebastián 2009: Contracorriente de Javier Fuentes-León (Perú-Colombia-Francia-Alemania) |












































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