22 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Un texto de Nazareno Brega

Hace unos años, en Argentina, todo mundo sabía que al Festival de Mar del Plata no se iba más que a pasear unos días por una ciudad costera tan decadente como atractiva. Las películas seleccionadas quedaban siempre relegadas a un segundo plano. Desde la creación del festival en 1954 por Juan Domingo Perón, la muestra se distinguió por su utilidad política, el desfile por la ciudad de alguna que otra vieja gloria cinematográfica del pasado ya caída en desgracia y también por una programación que dejaba mucho que desear. Desde la reanudación del festival en 1996, la calidad de la selección para la competencia oficial fue motivo de burlas en el ambiente del cine y sólo se reivindicó a la sección Contracampo, que estuvo a cargo de Nicolás Sarquís, responsable de que se conozca la obra de, por ejemplo, Abbas Kiarostami en el país. Durante mucho tiempo, los únicos comentarios posibles de los asistentes al festival se reducían a comidas en el puerto de pescadores, fútbol playero, salidas a los grandes bares de la ciudad como Antares, La princesa y La bodeguita o sobre los curiosos y entusiastas aplausos del público que se hacían siempre presentes luego del corto institucional del festival que precede cada una de las funciones. Pero la cantidad de este tipo de anécdotas, de a poco, fue disminuyendo y se empezó a lograr un equilibrio entre el tiempo que se pasaba comentando las actividades extracurriculares del festival con las discusiones sobre cine. Finalmente llegó el punto en que ‘cómo mejoró la programación de Mar del Plata’ se volvió una de las frases más recurrentes entre los fieles seguidores de un festival al que le costó abandonar su imagen de centro turístico en el que los cinéfilos porteños se tomaban diez días de vacaciones.

Uno de los grandes responsables de este cambio fue Miguel Pereira, director artístico del festival desde 2003. El gran acierto de Pereira fue haber conformado un grupo de programadores jóvenes que, a contramano de las intenciones propagandísticas del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) para el festival, año a año seleccionó películas más arriesgadas y supo darle una entidad reconocible a cada una de las secciones: Heterodoxia brinda un panorama del cine experimental actual; Ventana Documental hace un recorte de la no ficción cada vez más interesante y político; Soundsystem establece una conexión directa con el rock de estos días; Vitrina Argentina es un buen muestrario de la producción marginal autóctona; Cerca de lo Oscuro indaga en el cine de género, oscilando entre la comedia y el terror, se trate de autores reconocidos o de nuevos realizadores. Los espectadores reincidentes en la muestra ya pueden distinguir al instante la pertenencia de un filme a su sección correspondiente, sin que esto implique que no haya lugar para las sorpresas.

El cambio radical de la muestra se produjo por la inyección de vitalidad que se le otorgó a la Competencia Oficial. El INCAA se vanagloriaba de la categoría clase A del festival otorgada por la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos (FIAPF), clasificación que tienen los grandes festivales del mundo como Cannes o Berlín. Este orgullo no era más que un acto de tilinguería absoluta porque una de las tantas razones por las que Mar del Plata no tenía ni una pizca del prestigio que lucieron siempre sus compañeros de clase residía en que ser ‘clase A’ implicaba que la Competencia Oficial debía estar compuesta forzosamente por películas que no se proyectaron antes en otro festival. Si uno se toma un segundo para reflexionar sobre el tema, se da cuenta que nadie en su sano juicio envía una gran película para que compita en Mar del Plata en lugar de intentarlo en Berlín o Cannes, dos festivales que encima se realizan con un par de meses de diferencia con respecto a la muestra marplatense. Y así fue como, por ejemplo, la colombiana Bolívar soy yo se consagró como Mejor Película en 2002 en uno de los papelones más recordados de los últimos años. El festival finalmente logró que concilien el mantenimiento de la chapa de clase A con la selección para la competencia de películas ya presentadas en otros festivales. Y así fue como este año hubo un puñado de películas interesantes compitiendo por el Astor de oro.

Ahora sí, pasemos a las películas de esta edición. Ficción, de Cesc Gay, fue la ganadora de la competencia internacional en un festival en el que abundaron las ficciones sobre directores o sobre el cine en general. Ficción no es lo mejor del director catalán (de hecho, a pesar de aparentar ser la más lograda de sus tres películas en solitario, es la única a la que se la siente desalmada) así como tampoco era la mejor de las películas de la competencia. Pero hay que reconocer que si se la compara con muchas de las galardonadas anteriormente con el premio mayor, Ficción es la elección más digna del jurado en los últimos años. El problema de Ficción es que todo parece calculado milimétricamente, desde los encuadres vistosos y la parsimonia en los movimientos de cámara de Cesc Gay hasta las emociones reprimidas de sus protagonistas, una constante ya en el cine del director de Krámpack y En la ciudad. Ficción habla de un romance que no termina de concretarse porque sus protagonistas no parecen estar dispuestos a arriesgarlo todo por ello, la misma falta de riesgos que se le puede achacar a lo que podría haber sido otra gran película de Gay.

Tal vez por esto mismo es que muchos consideraron ‘campeona moral’ a otra película catalana. Honor de cavallería, ópera prima de Albert Serra, fue celebrada por buena parte de la crítica precisamente por ser una película extrema y arriesgada como pocas. Esta recreación de El Quijote fue protagonista de otro de los grandes fenómenos del festival: la migración de los espectadores, que en hordas abandonaban la sala durante la proyección de la película. A pesar de este fenómeno, la inclusión de una película tan radical dentro de la competencia oficial es un motivo para celebrar. Aunque el festejo por este pequeño gran logro debe ser mesurado: el rumor que sonó más fuerte en Mar del Plata decía que Ciudad en celo, película del argentino Hernán Gaffet, entró en competencia sólo por la presión de la vicepresidenta del INCAA María Lenz frente a la negativa de los programadores. Habladuría que no desembocó en un escándalo tal vez porque Ciudad en celo no obtuvo premio oficial alguno (aunque ganó el premio del público y consiguió una mención de un jurado paralelo).

El único premio oficial que consiguió el cine argentino dentro de la competencia internacional fue para Carlos Resta, protagonista de La peli, de Gustavo Postiglione. La peli es otro filme de la competencia protagonizado por un director que comienza un romance en medio de un pozo creativo. Pero LA PELICULA, así con mayúsculas, sobre este tema recurrente dentro de la competencia fue Woman on the Beach, de Hong Sang-soo, uno de los directores contemporáneos más interesantes de oriente. Sang-soo parece filmar siempre la misma película autobiográfica, con la salvedad de que cada vez parece hacerlo mejor. En Woman on the Beach, Sang-soo no recurre a elipsis tan violentas como en Tale of Cinema y la narración es lineal en lugar de caer en la espiral de su película anterior, aunque el director coreano vuelve a echarle mano a sus grandiosos triángulos amorosos (en este caso comienza con uno, entre un director; su director de arte y la amante de este último, que se transforma en otro, compuesto por el director Kim, la amante del director de arte y una chica que Kim conoce en la playa). Sang-soo demuestra una vez más la pericia con la que filma películas que parecen pertenecer a la Nouvelle Vague. Los personajes del coreano son un tanto obstinados y pierden la calma con facilidad, algo que tiene cierto correlato desde el plano estético en los filmes de Sang-soo: todo encuadre demuestra la obsesión del director por la puesta en escena que, cada tanto, reencuadra sus planos con algún zoom furioso, lo que le otorga un atractivo aroma vintage a sus películas. Hong Sang-soo obtuvo el premio al mejor director, compartido con Marina Spada por Come l'ombra.

Otro gran director que se fue de la competencia premiado fue Otar Iosseliani, que obtuvo el gran premio del jurado por Jardins en automne. Lo último del septuagenario oriundo de Georgia fue de lo más fresco que pudo verse en Mar del Plata. Jardins en automne es una comedia ácida que narra las tribulaciones de un ministro francés luego de ser despedido de su cargo. Iosseliani logra un relato circular y sin atadura alguna, una película que parece respirar libertad y uno de los filmes más políticos y menos solemnes que alguna vez haya pasado por Mar del Plata. Como si fuera poco, la mayoría de los personajes secundarios son un grupo de borrachines tan simpáticos como cascarrabias. Pero que Iosseliani haya hecho otra gran película es algo que a esta altura ya no asombra a nadie. Quelques Jours en septembre es otro filme político y fue una de las sorpresas de la competencia. El panorama no era el más alentador antes de asistir a la función en el cine Auditorium. Se sabía que ésta era la ópera prima de Santiago Amigorena, un argentino radicado en Francia en pareja actualmente con Juliette Binoche. Si a estos datos se le agrega que el reparto está compuesto por la actriz francesa, Nick Nolte y John Turturro, se agigantaba la sospecha de que todo eso ya alcanzaba para que un filme sea seleccionado para competir sin importar demasiado formas y/o contenido de la película. Pero, por suerte, parece que las cosas ya no son como eran en Mar del Plata. Quelques Jours en septembre es una especie de thriller de espionaje internacional en la víspera de los ataques del 11/9 que logra mantener el interés del espectador a pesar de la previsibilidad de los sucesos narrados. Si a todos estos títulos se les agrega Madonnen, de la alemana Maria Speth, se puede percibir que finalmente Mar del Plata logró una competencia internacional sólida.

En la competencia latinoamericana también se pudo disfrutar de grandes películas, aunque en menor cantidad. La ganadora fue M, del debutante Nicolás Prividera. El director realizó un documental en primera persona en el que intenta recolectar datos sobre la desaparición de su madre en 1976, un caso que involucró a Jorge Zorreguieta, padre de la princesa Máxima de Holanda. A diferencia de muchos de los familiares de desaparecidos durante la última dictadura argentina, Prividera nunca supo siquiera cuál fue el centro clandestino en el que estuvo detenida su madre antes de ser asesinada por el gobierno militar. El documental se destaca por la convicción con la que Prividera realiza la búsqueda. M es un documental totalmente opuesto a Los rubios, de Albertina Carri. Parece haber una discusión tácita entre las dos películas: mientras que Albertina Carri buscaba cicatrizar sus heridas y casi que se muestra con cierto fastidio frente al compromiso político de sus padres, dos militantes reconocidos, porque desde un punto de vista personal parece sentir que eso la condicionó el resto de su vida; Prividera reivindica la militancia de base de su madre e interpela sistemáticamente a todo aquel que se cruza en su camino, sin hacer ningún tipo de diferencia de ‘bandos’, en busca de algún dato que lo ayude a reconstruir qué fue lo que pasó con su mamá.

Cocalero, documental del debutante brasilero Alejandre Landes, es una coproducción entre Argentina y Bolivia que sigue los pasos de Evo Morales durante la campaña electoral que lo consagró como el primer presidente aborigen de la historia boliviana. Como una mosca en la pared, la cámara de Landes logra meterse en la vida cotidiana de Evo sin sentirse jamás una presencia invasiva. El mayor hallazgo de Cocalero, que se fue del festival con las manos vacías, reside en ser una película que jamás resigna su compromiso político y además se da el lujo de mostrar detalles jugosos como al futuro presidente nadando en calzoncillos con sus compañeros o la obsesión de Evo con su peinado.

La tercera gran película latinoamericana fue la esperada O ceú de Suely, de Karim Ainouz. El director de Madame Satã narra las peripecias de Suely, una mujer que abandonó su pueblito natal siguiendo a un novio y tuvo que volver con la frente gacha y un hijo entre brazos, pero hará lo imposible por la posibilidad de volver a abandonar el lugar. No vamos a descubrir ahora el talento para la composición de planos de Ainouz, pero es un aspecto que no puede dejar de resaltarse a la hora de hablar del filme. Lo más curioso de O ceú de Suely es que da toda la sensación de ser una película perteneciente al Nuevo Cine Argentino, una tendencia creciente dentro del cine brasileño actual según varios críticos.

La segunda película del dúo Cristian Bernard y Flavio Nardini, Regresados, fue la gran decepción y lo más flojo que pudo verse dentro de la competencia. La dupla había levantado cierto revuelo dentro del ambiente de la crítica con 76 89 03, que dividió las aguas entre los que la consideraban la peor película del NCA (y también del cine publicitario) y los que la celebraban como la película más refrescante del cine nacional de los últimos años. Regresados, película coral sobre un grupo de ex compañeros de colegio que se reencuentra a 20 años de haber terminado el secundario, no es capaz de despertar polémica alguna: la nostalgia sarcástica a la que apelan los directores no funciona nunca en este segundo esfuerzo y por momentos linda con el patetismo.

Dentro de la sección oficial, pero ya fuera de competencia, se pudo ver lo nuevo de grandes cineastas. Entre ellas estaban Black Book, de Paul Verhoeven; Climates, de Nuri Bilge Ceylan y Offside, la película de apertura dirigida por Jafar Panahi. Pero las imperdibles eran I Don't Want to Sleep Alone, del enorme Tsai Ming-liang, y Syndromes and a Century, del inclasificable Apichatpong Weerasethakul. Tsai decepcionó: I Don't Want to Sleep Alone está muy por encima de la media del cine mundial, pero al mismo tiempo es una de las películas más flojas del realizador malayo. Tsai filma por primera vez en su país luego de haberlo hecho siempre en Taipei. Hay que reconocerle al director que Kuala Lumpur le sienta bien estéticamente: cada uno de los planos en las calles de la ciudad produce esa fascinación de la que sólo un puñado de selectos directores es capaz. El problema de I Don't Want to Sleep Alone se asemeja a un greatest hits del resto de las películas de Tsai. Todos los rasgos autorales del director se suceden previsiblemente a lo largo de una historia de amor que de todas formas logra ser conmovedora. Apichatpong, en lugar de encasillarse como Tsai, parece expandirse y va un paso más allá con Syndromes and a Century. Una vez más el director tailandés divide a su película en dos partes, pero los dos segmentos transcurren dentro de hospitales. La segunda parte contiene una cantidad abismal de esos planos, ya típicos dentro de la filmografía del director, que dejan al espectador sorprendido y boquiabierto un buen rato.

También hubo lugar dentro de la programación para que se presente lo último de otros realizadores reconocidos: Belle Toujours de Manoel de Oliveira; Bruno Dummont y Flandres; Pen-ek Ratanaruang con Invisible Waves; las decepcionantes Big Bang Love de Takashi Miike y Container de Loukas Moodysson, la muy recomendada Hamburguer Lectures de Romuald Karmakar, la nueva chantada egocéntrica de Lars von Trier, The Boss of it All, y las dos brillantes Heart, Beating in the Dark, una de 1982 y la otra 2005, pero ambas de Shunichi Nagasaki. Otro gran director al que se pudo disfrutar por partida doble en el festival fue el enorme Johnnie To. En Election 2, el espectador encuentra a un To contenido, que no parece querer abusar del despliegue visual al que acostumbra el hongkonés. A lo largo de la película queda claro que To tiene una visión oscurísima sobre la integración de Hong Kong a China. La película sigue los pasos de dos pandilleros que aspiran a la presidencia de su grupo mafioso. Uno es violento y emocional; el otro, calmo y racional, ansía abandonar la mafia y convertirse en un empresario respetado. Algo que, se nota desde el comienzo, To jamás va a dejar que ocurra. Mientras que Election 2 está apenas por encima del nivel que acostumbran tener las películas de To, Exiled es de lo mejor del realizador hongkonés. Acá también hay mafiosos, pero cuando el honor no era una virtud relevante en Election 2, los protagonistas de Exiled tienen unos principios y una moral inquebrantables. Exiled es un western spaghetti que cada dos por tres le echa mano al humor. La película empieza cuando Wo, un mafioso que pasó mucho tiempo escondido, decide volver a su pueblo. Dos hombres lo esperan para matarlo, otros dos llegan a su casa para defenderlo. La balacera en casa de Wo que da inicio a la película es de lo mejor que filmó To en su carrera. Quienes vieron Fulltime Killer o el plano con el que comenzaba Breaking News sabrán que eso no es poco. La gran decepción entre los realizadores de trayectoria fue Chantal Akerman. En Là-Bas, la directora belga llega a un pequeño departamento en Tel Aviv, cerca del mar, y a lo largo de sus extensos planos estáticos se pregunta si hay posibilidades de vivir normalmente en un lugar así. Là-Bas es una película menor de Akerman.

Funky Forest; The First Contact, de Katsuhito Ishii, Shunichiro Miki y ANIKI, no cuenta como decepción, porque no podía esperarse absolutamente nada de ella. El director de El sabor del té se junta aquí con dos directores publicitarios y entre los tres realizan un papelón compuesto por una serie de viñetas que apelan al humor absurdo y al grotesco en sus peores dimensiones. Cine publicitario, del peor. Otra película muy floja fue Analog Days, del debutante Mike Ott. La película tropieza con todo estereotipo del cine independiente americano posible. Analog Days toma al racismo como su tema principal, pero con el correr de los minutos todo se vuelve todavía más chato y ridículo que en Crash. Nuovomondo fue el otro gran bodrio de Mar del Plata. El romano Emanuele Crialese amontona una imagen pretenciosa tras otra. Nuovomondo es de esas películas insoportables que recurren todo el tiempo a la más grotesca metáfora poética y a las imágenes oníricas para hablar de temas que se pretenden importantes, todo con la mayor pomposidad posible. The Bothersome Man y La tournese de pages también están dentro del costado más flojo de la muestra, pero se trata de películas mucho más sólidas que las dos anteriores (y también menos ofensivas). La primera, del noruego Jens Lien, narra las desventuras de un hombre que llega a un pueblo nórdico en el que todo parece funcionar a la perfección, pero donde también todo es insípido. Esto mismo es lo que termina pasando con la película. En la segunda, Denis Dercourt narra una historia de venganzas en torno al mundo de las pianistas. Su idea no es mala, pero La tournese de pages termina siendo una película barroca y aburrida. Esto último también fue un problema notorio en Schuss!, de Nicolás Rey. A lo largo de más de dos horas, Nicolás Rey interviene material de archivo en super8 en el que se ve a distintas familias esquiando en Mont Blanc durante la década del 80. Schuss! es un ejercicio interesante, pero lo suficientemente agotador como para disfrutarse en la vorágine de un festival.

La que tampoco aparentaba ser la mejor elección para ver durante un festival fue Electroma, del dúo Daft Punk, porque se sabía del ritmo cansino del filme y su falta de diálogos. Electroma narra los intentos fallidos de dos robots que buscan transformarse en humanos, o algún rastro de humanidad en ellos. A pesar de lo ridículo de la trama, Electroma es una gran experiencia cinematográfica a partir del cuidado por el aspecto audiovisual que los directores le imprimen a la película. Otro experimento cinematográfico que paga con creces es Zidane, un portrait du 21e siècle. Por si algún despistado todavía no sabe de qué se trata: la película sigue en tiempo real al mejor jugador de fútbol de la última década con una infinidad de cámaras y mientras suena el post rock de los escoceses Mogwai. Si no fuera por la idiotez extrema que demuestran durante el entretiempo los directores Douglas Gordon y Philippe Parreno y por algunos textos pretenciosos y vacíos que aparecen cada tanto durante el partido, Zidane, un portrait du 21e siècle hubiera sido, con holgura, la mejor película de un festival en el que hubo mucho para elegir. El final de la película, a contramano de lo que podía esperarse para un filme de estas características, es estremecedor.

Mutual Appreciation, segunda película de Andrew Bujalski, fue otra de esas joyas que pudo descubrirse durante el festival. El cine de Bujalski, que debutó con la gran Funny Ha Ha, no apela nunca a la grandilocuencia. Sus dos películas son intimistas y dan la sensación de estar rodadas por un pequeño grupo de amigos. Bujalski deja que su cámara repose sin incomodar jamás a sus personajes, la mayoría de ellos universitarios, para que ellos puedan explayarse con tranquilidad -y casi en tiempo real- sobre cualquier tema cotidiano. Ecos de Jarmusch, Linklater, Cassavetes, Garrel y Eustache resuenan a lo largo de Mutual Appreciation. Como si todos esos grandes nombres del cine no fueran suficientes, la película cuenta con la participación del gran Bill Morrison en un pequeño papel. Bujalski es un cineasta joven al que no se le debería perder el rastro. The Pervert's Guide to Cinema fue otra de las grandes películas de Mar del Plata. Este documental de Sophie Fiennes está estelarizado por el filósofo y analista eslovaco Slavoj Zizek, que realiza un recorrido subjetivo por la historia del cine (se detiene con mayor énfasis en la obra de Lynch, Tarkovski, Bergman y Hitchcock, aunque su espectro abarca desde los filmes de Chaplin hasta Matrix) siempre desde una mirada psicoanalítica lacaniana. El costado estético de la película es tan interesante como la verborragia irrefrenable del eslovaco. Esto es posible porque la directora decidió que cada uno de los monólogos de Zizek tenga lugar dentro de la escenografía de la película a la que el eslovaco hace referencia. Así es que cuando analiza Mulholland Drive, lo hace delante del telón rojo en el escenario que cantaba Rebekah Del Rio y si Zizek habla de Psicosis, se lo puede ver en el sótano de la casa de Norman Bates. Una película imprescindible para un cinéfilo siempre es un motivo de festejo dentro del marco de un festival de cine.

Por fin se puede escribir una crónica larga sobre Mar del Plata destacando el valor de las películas. Además de todo esto, durante el festival también hubo un espacio para las Clases Magistrales, las mesas redondas con cronistas y escritores argentinos y un ciclo de charlas, coordinadas por Quintín (ex director del BAFICI), con críticos internacionales sobre la actualidad y el futuro del cine de la que participaron el francés Emmanuel Burdeau, el canadiense Mark Peranson, el americano Jonathan Rosenbaum, el español Álvaro Arroba, la alemana Cristina Nord y el holandés Peter van Bueren. Con este panorama del festival quedó claro que Mar del Plata ya está muy lejos de la muestra decadente que supo ser. Los problemas de organización no pasaron a mayores: un temporal provocó la suspensión de la Función de Apertura, un incidente durante la entrega de un premio aquí narrado que, aparentemente, solucionaron luego las partes en conflicto y la disminución de la cantidad de acreditaciones de prensa, que provocó algunas protestas y dejó sin cubrir el festival a varias páginas web locales. El único aspecto impresentable del festival fue un catálogo ilegible complementado con la ausencia de un diario que oriente un poco al espectador. Pero más allá de estos problemas puede asegurarse que la última edición del festival fue memorable, Mar del Plata finalmente parece haber encontrado el rumbo. Lo único que pone en duda la saludable continuidad del festival es la renuncia de Miguel Pereira a seguir al frente de la muestra en las próximas ediciones. Ahora sólo queda esperar que el INCAA decida continuar con el proyecto iniciado por Pereira y que no se vuelva a convertir al festival en una mera autocelebración de la mediocre industria local.





































































































































































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