Los condenados  (Isaki Lacuesta, 2009)

Llorar cuando es debido

Un texto de Adrià Sunyol

A veces hace falta una confirmación. Sucede también con los jugadores de fútbol: no bastan un par de buenos partidos para encumbrar al nuevo Maradona. Hay tantos nuevos Maradonas... Y en el cine también. Isaki Lacuesta gustó con Cravan vs Cravan y sedujo con la delicada La leyenda del tiempo. Son películas distintas. La segunda, un documental sutil, diluía paradigmáticamente los bordes imprecisos que separan el documental de la ficción, y ofrecía al espectador momentos de una suave revelación estética. Era una película muy especial, agradable, aguda y tal vez un poco meliflua. Faltaba algo, algo para encumbrarle definitivamente. Ahora llega Los condenados e Isaki crece, su carrera enlaza la tercera puerta del biombo y el conjunto cobra relieve. No diré que se trate de un relieve inesperado: se esperaba algo bueno. Los condenados es buenísima.

Reseñar la trama podría desvirtuar uno de los milagros mayores del film. En la opinión del crítico, el mayor. En Los condenados, la información argumental nos es suministrada paulatinamente, con suma lentitud y sin los giros habituales que configuran el pensamiento más habitual a la hora de construir una historia. Ello aprisiona al espectador en una atmósfera de sensaciones mal explicadas pero no por ello menos intensas, y atrae su inteligencia en una sucesión dramática de crecimiento lento, moroso, vagamente periódico y con una solución llena de crueldad. Como en la música progresiva, esta difuminación de la línea narrativa no es especialmente innovadora y, además, funciona en el film como mero recurso atmosférico para someter la voluntad del que lo vea. La trama, pues, no es lo más relevante de este film. El modo en que se presenta es un prodigio, pero su contenido y sustancia son inferiores a la imagen global del espacio y el entorno psicológico y moral en que se despliega.

Los condenados es la historia, casi totalmente descontextualizada, de un grupo de antiguos combatientes revolucionarios que, clandestinamente, buscan los cuerpos enterrados de algunos camaradas caídos en batalla, muchos años atrás. Los vemos ya enfrascados en la tarea, y cuentan con el apoyo de algunos de sus hijos, aquellos de la generación posterior a su historia que más se han implicado en la “guerra de papá”. En su empeño, en su tozudez excavadora, acaban arrastrando también a aquellos hijos menos implicados en el asunto, pero igualmente salpicados por el trauma generacional. Se trata, efectivamente, de un agresivo ejercicio de restitución de la memoria histórica, a la manera de esos que super-garzón propuso hace unos meses para salir escaldado. Pero este rasgo de actualidad no debe confundirnos. Si bien Los condenados es una película lo suficientemente compleja como para admitir toda clase de interpretaciones y comentarios, es obvio que a Lacuesta, y así lo afirma en la entrevista a Cahiers du Cinema, le interesa más el efecto de la situación en los personajes que no el de su película en la sociedad. Me explico: Los condenados es un cine muy formal y atemporal, que tiende, por su configuración elaborada y deliberada, a una lectura de tipo simbólico o alegórico. No es una película de Ken Loach, aunque lo pueda parecer. Es una aberrante y confusa deformación de los temas y los personajes que Ken Loach ha radiografiado en buena parte de su filmografía. Si Borges escribiera crítica de cine nos recordaría, como tantas veces hizo, que Los condenados, al fin y al cabo, es una pesadilla.

Estos personajes, ciegos como los insectos negros que devoran escarabajos debajo de una piedra, en el primer plano de la película, tienen la memoria tan llena de recuerdos duros, de frustraciones clavadas y retorcidas en la conciencia, que no pueden liberarse de un impulso aparentemente natural pero no menos tóxico: buscar y rebuscar en la jungla, profanar los lugares en que sus luchas tuvieron lugar en busca de los huesos de aquellos que no sobrevivieron. Son ciertamente gente condenada a una tarea a la par necesaria y dolorosa, esclavizados al juego de las emociones subterráneas. Como los mitos griegos que poblaban el infierno, subiendo eternamente por una cuesta la roca que siempre cae, o con el hígado expuesto al pico del águila, estos condenados caminan silenciosamente por la espesa y neblinosa jungla, levantan la tierra, encuentran balas oxidadas, algún trozo de ropa, se bañan y descansan en el río denso y curvado, vuelven a casa, comen frugalmente, escuchan música, se curan las heridas y duermen en lechos austeros, para despertar al día siguiente y proseguir su tarea, algunos empujados por un idealismo maltrecho y la vaga noción de que hacen lo que deben, otros, ardientes defensores de todo que aquello que en su día los mantuvo en pie en los momentos complicados. A la revisión crítica del pasado, imprescindible y torturada para que la pesadilla sea más insoportable, anteponen una convicción tácita de que lo que hacen no está esencialmente mal, aunque los siga apartando de cualquier tipo de vida relajada y feliz. El pasado que los aprisiona en esa jungla sin paredes es, en Los condenados, la militancia política, la pertenencia a banda armada, que diría un juez. Pero podría ser cualquier otro: una relación de pareja insatisfactoria pero compleja y relevante para nuestra psicología, una oportunidad perdida por circunstancias de elaborada intelección, la muerte de algún pariente importante para nosotros. Cualquier memoria que, con su presencia todavía interrogadora, insulta nuestro presente y corrompe el gozo y el bienestar de nuestra vida.

En esta diabólica dinámica, los personajes son, además, seres atrapados en la necesidad y el magnetismo inconstante del llanto. Lloran de vez en cuando para purificar, pero no parecen saciar nunca las ganas de seguir llorando y seguir purificando. En el mejor plano de la película vemos a una chica, enferma de este mismo síndrome, retorcerse en sus propias razones para decantarse lógicamente en el llanto, sin que eso detenga su actividad mental, que prosigue articulada siempre en formas y expresiones cada vez más rencorosas y dolorosas. Es el previsible, inevitable y fatal resultado del mundo en el que vive, de ese mundo de parientes atrapados en la jungla para desenterrar su pasado.

Tal vez estoy forzando la interpretación. Este símbolo redundante que propongo para Los condenados tiene que convivir sin duda con explicaciones más afines a los elementos propios de la trama y los personajes, y no sólo con la lectura abstracta de sus actos. He recurrido a esta explicación algo poética de la película porque tal vez es lo que más justicia le hace a su textura principal, pero Los condenados juega acertadamente una mezcla, una superposición de registros bastante realistas. Esta mezcla funciona bien excepto para el trabajo interpretativo, algo desigual, de tonos demasiado fluctuantes. Por lo demás, todo es verosímil, contemporáneo, convincente y neutro. Expone un cine compacto, encerrado en encuadres opresivos y poca perspectiva, una paleta de colores apagada y un juego de luz un poco grosero, pero efectivo. El trabajo sonoro, atento al detalle, a la exposición física de los delicados y presentes sonidos de cada espacio y de cada acto, brilla muy por encima de la calidad de la grabación de los diálogos, una pequeña pesadilla en sí misma para el sonidista cada vez que vea su obra. Prudencia: ¡el acento de los personajes y una sala de sonoridad deficiente pueden haber confundido al critico!

Este trabajo formal es muy inteligente y coherente con el alma de la obra. Permite una visualización sólida y volátil, transparente y opaca. Lacuesta todavía no es un maestro consumado del cine, pero Los condenados es muy distinta de La leyenda del tiempo, y entre las dos encontramos una gran cantidad de buenas ideas y buenas soluciones para expresarlas.

El cine español necesita a Isaki Lacuesta. Este le reconoce y agradece el cumplido con un cine muy personal y, por lo tanto, poco francés o poco americano. Es en talentos así que el cine de este país tiene que buscar su idiosincrasia: una mentalidad moderna, abierta y no confrontativa incluso ante temas tan espinosos. Que Lacuesta tenga muchos años para hacer cine, y que siga gozando del apoyo que recibe. Ajustado a sus necesidades y a sus propuestas. Este es también otro merito reseñable: esta película ha llegado a nuestras pantallas. Se proyecta en un par de cines importantes y, el día de su estreno, el conceller Maragall en persona la estuvo viendo en una sala abarrotada. Estaba sentado delante del crítico. Vio la película en silencio hasta que se encendieron las luces y se levantó, para otear alrededor. Parecía un tanto sorprendido por la cantidad de gente que le acompañaba. Con el aire absorto de su hermano, se marchó tranquilamente. Tiene sus propios problemas, por supuesto, pero haría bien en apuntarse a esta incipiente tendencia y gusto por el buen cine.





















































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