Celda 211  (Daniel Monzón, 2009)

Los laberintos del poder

Un texto de Cloe Masotta

Estos últimos tiempos la producción cinematográfica nacional parece estar dividida entre una serie de propuestas denominadas autorales que, carne de festival, raramente ven la luz en las salas comerciales, o lo hacen en aquellas destinadas a un público “selecto”. Por otro lado, se estrenan películas como El orfanato (J. A. Bayona, 2007) que, excepcionalmente copan las salas y las cajas registradoras, y los medios se regocijan con la buena salud del cine hecho en casa. Pero en dichas salas destinadas a todos los públicos, no sólo a los cinéfilos o a los amantes del “cine de autor”, lo que abunda son producciones que pese a innúmerables operaciones de marketing para atraer al público a las salas e invitarlo a consumir el cine de su terruño, dejan al espectador más bien frio y pronto son relegadas al olvido. Ya era hora de que estrenasen una película como Celda 211. Ni cine “de autor”, ni un “orfanato”. Una película de salas comerciales, arropada como muchas otras por la crítica y una más que sólida campaña de marketing, pero que no le deja a uno indiferente y que a lo largo de su metraje consigue que el espectador ponga en marcha la máquina del pensar. Y al mismo tiempo lo mantiene en vilo, aferrado a la butaca y sin pestañear, como suele y debe suceder con el buen cine de género, en este caso, carcelario.

Celda 211 se presenta tras una cruda escena previa a los títulos de crédito iniciales que preludia las altas cotas de violencia y hemoglobina presentes en el film, como un relato de tintes kafkianos que parte de un “¿qué pasaría si un funcionario de prisiones se viese envuelto en un motín de presos y para sobrevivir fingiese ser uno de ellos?” Una cuestión que surge, a partir de una situación totalmente absurda. Juan Olivera es herido por un proyectil de procedencia incierta y los funcionarios que le están mostrando la prisión lo meten en una celda para ir a buscar al médico, teniendo tan mala suerte... que en ese momento estalla un motín. Los funcionarios desaparecen, y Juan se queda sólo en la celda mientras los de fuera sellan el pabellón de los insurrectos para evitar las fugas de los presos. El proyectil impactando contra la cabeza de Juan es el dispositivo que pone en marcha la narración, un espídico viaje al corazón de las tinieblas no sólo de la cárcel sino de la conciencia de su protagonista Un viaje sin retorno en el que un funcionario novato deberá convertirse en otro para tratar de sobrevivir.

Pero las tinieblas no proceden de las galerías de la cárcel... Malamadre, interpretado magistralmente por Luis Tosar, el cabecilla del motín y líder de los presidiarios, es el centro del infierno carcelario en el que se interna el espectador de Celda 211, pero se trata de un infierno creado y alimentado por la propia sociedad en que vivimos. Y da fe de ello el aún más oscuro personaje de Utrilla, también extraordinariamente encarnado por Antonio Resines, líder del otro averno, más siniestro si cabe, del funcionariado de prisiones. Pues Celda 211 nos muestra cómo el poder no es una moneda con dos caras, sino que se reparte en una intrincada red de relaciones. Y eso es lo que vemos que sucede dentro de la cárcel entre Malamadre y los presos, y entre los funcionarios.

Es así como el núcleo de interés de la película no es tan solo una historia que pese a un guión con algunos hilos sueltos, te deja sin aliento hasta el final, sino todo lo que surge a partir de un gesto decisivo de los amotinados en los primeros minutos del film: la destrucción de las cámaras de seguridad, el Vigilante omnipresente de su vida en el encierro. La primera intervención de Juan con los presos será la de conseguir salvar una cámara cuando estos se disponen a imposibilitar todo contacto con el exterior a través de la imagen. Y en este punto empieza la trama más sólida del film, relacionada con la posesión del Saber, de la Información que se cifra a través de las imágenes que circulan entre el mundo exterior a la cárcel y ese patio central que tanto nos recuerda el panótpico benthamiano en el que parpadea la única cámara que los amotinados no destruyen.

Fuera, los monitores muestran a los funcionarios las actividades de los presos en el patio central. Dentro, la televisión en la que los presos asisten a la mediatización de los sucesos que ellos protagonizan. Así es como unos y otros negocian el Saber y el Poder en una película en la que lo que está en juego es la rotunda afirmación de Michel Foucault en Vigilar y castigar (2003), su lúcido análisis sobre el dispositivo disciplinario, las tecnologías políticas del poder, y nuestra sociedad, en la que este deviene fundamento originario: “Nuestra sociedad no es la del espectáculo, sino la de la vigilancia; bajo la superficie de las imágenes se llega a los cuerpos en profundidad (…) los circuitos de la comunicación son los soportes de una acumulación y de una centralización del saber.” [1]

En Celda 211 sólo una cámara proporciona a los funcionarios el Saber de lo que está sucediendo dentro del pabellón. Y así es como en el pabellón de los amotinados se dibuja un doble espacio de luz o imagen y sombra. Aquel en que los funcionarios creen seguir ejerciendo su función de vigilancia y los laberintos de la cárcel a los que ya no llega la omnipresente mirada tecnológica en que se llevan a cabo las más brutales carnicerías y ajustes de cuentas de los presos. Cómo explora la película estos espacios es otro de sus puntos fuertes. Otro, que atañe a la producción es que, al haberse erigido la escenografía sobre una cárcel cerrada hace 10 años, Celda 211 nos sitúa ante la fascinación de un espacio fantasma que resucita en la ficción de Daniel Monzón.

Cuando Juan, un funcionario novato, abandonado en la Celda 211 por sus compañeros, intuye que va a ser un preso más, se deshace de sus efectos personales y lanza al retrete su cartera, su móvil y los cordones de sus zapatos. Un acto coherente, pues ha visto antes que lo primero que se hace con los presos es despojarlos de sus pertenencias. Pero la fuerza de esas primeras imágenes de la transformación de Juan a partir del despojamiento de su identidad, reside en que es precisamente el primer paso hacia su transformación. Porque al principio, en la primera entrevista con Malamadre, él finge ser otro, pero sus vivencias en el pabellón de los amotinados convertirán el fingimiento en irreversible metamorfosis. Y es al hilo de éste trágico renacimiento del personaje que el espectador se sumerge en un interesantísimo film sobre lo que tan bien explicó el pensador anteriormente citado, Michel Foucault, una sociedad en que el poder se halla fragmentado, en que no hay dominadores y dominados, sino una compleja red de repartición dicho poder, en que la vigilancia y el control se enseñorean de los cuerpos y de los individuos. Sin olvidar que, al margen de las ideas que pone Celda 211 en circulación, como apuntamos unas líneas más arriba nos hallamos ante un sólido film de género que engancha, sorprende y entretiene.


Notas:

1. Foucault, Michel. Vigilar y castigar, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2003, pág.220. [Volver arriba]

















































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