Luna nueva  (New moon, Chris Weitz, 2009)

Amores vampíricos a tres bandas

Un texto de Ferran Ramírez

Después de meses de espera en los que el fenómeno fan no ha hecho más que ir en aumento, por fin nos llega a la cartelera Luna nueva, la tan ansiada segunda parte de la saga Crepúsculo (2008), en la que Chris Weitz ha tomado el relevo a Catherine Hardwicke en la realización del producto. Con un presupuesto de treinta millones de euros, su predecesora logró sólo en España recaudar un tercio de su inversión. Ello ha dado pie a que su estreno entre nosotros haya tenido lugar dos días antes que en el resto del mundo como señal de agradecimiento y fidelización a los activistas adolescentes que han acudido en barricada a contemplar la evolución del amor inmortal entre Edward y Bella.

Weitz, quien ya había erigido otra obra basada en una célebre novela, La brújula dorada (2007), finalmente y pese a las especulaciones, no será quien traslade los dos jalones restantes de la tetralogía que Stephanie Meyer ha creado sobre el mundo vampírico-adolescente de diseño. David Slade, quien ya ha demostrado su afición por los cimientos oscurantistas en otro filme vampírico, 30 días de oscuridad (2007), se encuentra ya filmando la tercera entrega de la serie, Eclipse. Amén de toda la rumorología que han despertado sus actores, el mundo de la blogosfera está que se sube por las paredes. Un torrente de comentarios, opiniones, reproches y demás lindezas de las comunidades virtuales ha caído sobre Luna nueva. Queda claro que el acontecimiento que supone todo lo que rodea a la serie tanto literaria como cinematográfica ha erigido un nuevo culto que no puede ser desmerecido.

En esta segunda parte, parece que Weitz ha seguido como patrón todos los defectos y virtudes que ya había demostrado con La brújula dorada. Luna nueva se encamina hacia la indefinición a cada paso en falso que efectúa su realizador sin nunca llegar a encontrar el balance de todas sus directrices. El filme bascula constantemente entre los terrenos del drama romántico, los clichés adolescentes o las aventuras que dan pie al conflicto, pero nunca se detiene lo suficiente como para hacer efectiva ninguna de sus capacidades cursivas.

Luna nueva es un producto que ha sido pensado como aparato artificioso de regusto juvenil y poco serio. Su guión ofrece unas líneas de texto basadas en el chiste obvio y el recurso fácil, amén de ciertos errores poco justificables que provocan más de un arqueo de ceja. Los personajes secundarios suponen un puro relleno que componen el supuestamente obligado momento de risa tonta para congratularse con el patio de butacas y algunas caracterizaciones sencillamente encuentran su enclave en lo grotesco y lo ridículo. Por momentos parece que estemos delante de unos vampiros disfrazados con pésimo gusto y peliteñidos hasta las cejas que desplazan la crudeza y el dramatismo que desplegaba la novela original, canjeándola por un entretenimiento más banal de lo que cabía esperar.

Donde la realizadora del primer jalón lanzaba los dados hacia el romance desesperado y la tensión aceptablemente mantenida, Weitz pierde la partida con una narrativa flácida, inerte, exenta de emoción. No consigue insuflar vida a una historia que parte de un latente conflicto amoroso-triangular que prometía una notoria gestión de sentimientos y soledades. Si bien la primera parte del filme parece encallarse en una cadencia lenta y descompensada que prolonga las situaciones sobreras, la segunda hora de metraje es donde predomina la acción más frontal, además de contener las fluctuaciones amorosas de Bella con el nuevo gran personaje de la historia, Jacob Black, y donde Weitz, eso sí, demuestra que posee la pericia necesaria para resolver con eficacia los necesarios careos que se dan en su trama.

Porque donde gana el director es en su capacidad técnica para desarrollar soluciones estéticas de cariz superior. Los ambientes selváticos y los espacios están perfectamente definidos y la conjugación de recursos visuales está llevada con notable elegancia. La recreación de los lobos y el desarrollo de sus secuencias es seguramente una de las saneadas virtudes en las que Luna nueva eleva su ponencia. Bellas postales italianas y unas espléndidas fotografía y partitura original, del español Javier Aguirresarobe y Alexandre Desplat respectivamente, además de la banda sonora de rigor con espléndida selección de tracks destacan en el espectáculo de fuegos que finalmente quedan a medio encender.

Y por supuesto, las verdaderas estrellas de la función, dentro y fuera de la pantalla en este caso. Si Robert Pattinson encarnaba al perfecto vampiro trágico y arrebatadoramente romántico en la primera parte, aquí pasa por ser un mero comparsa en los prolegómenos de la historia y en su epílogo. Tal vez sea porque la presencia de Taylor Lautner, auténtico hallazgo del filme y todo un nuevo talento de la saga, es quien realmente se lleva el gato al agua. La simpatía que despierta su rostro, alternativamente grácil, tierno y ominoso, unida a una presencia física imponente que parece haber sido esculpida, además de encarnar al único personaje interesante de toda la cinta le convierten en el robaplanos por excelencia de Luna nueva. Suponemos que no sería así si la omnipresencia de Kristen Stewart en este capítulo no hubiera confirmado lo que la sospecha profetizó en Crepúsculo. Una limitación exasperante de registros la convierte en un semblante perenne al que le cuesta una simple modulación gestual. Sin embargo, cabe decir que Stewart ha sabido hacer absolutamente suyo el personaje de Bella y su capacidad fotogénica la ascienden a ídolo de masas.

Poco más puede ofrecer esta llana y anodina segunda parte de una saga que aspira a convertirse, si es que no lo ha hecho ya, en icono instantáneo del imaginario cultural pop del siglo XXI. Pero ni la galería de nuevos personajes –salvo quizás Jacob Black-, ni el contrato de un nuevo realizador han sabido inyectar la intensidad a una historia que partía con enteros para ofrecer un ejercicio que lograra el latido y la vibración. Pero la ambición se queda a medio camino, y se pierde en él.





























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