El libro de imágenes (Le livre d’image, Jean-Luc Godard, 2018)

Imagen y palabra

«Esas flores

entre los rieles

en el confuso viento de los viajes»

En los tiempos que corren, el oscuro pensamiento de la muerte surca nuestras cabezas en no pocas ocasiones: las guerras, las injusticias, los asesinatos, el dinero, la industria… la economía, que fagocita hasta el último rincón de luz. Godard, el mismo que nos deslumbrara hace ya más de 50 años con sus primeros trabajos, aun hoy, siente el deber, la imperiosa necesidad, —y nosotros damos gracias— de enseñarnos qué es el cine; qué es la representación; qué es la imagen; qué es la historia; qué es esto, ante lo que nos enfrentamos, la vida y nosotros mismos. Nos acompaña por su sendero lúcido, pétreo de imágenes y reta al poder, a aquello o aquellos que desde allá arriba nos miran con desprecio y cinismo. Nos susurra al oído:«Los amos del mundo deberían desconfiar de Bécassine, precisamente porque guarda silencio», abogando por un silencio de espera y también de culpa que aguarda a que una fuerza cósmica ordene lo que algunos han destrozado.

Godard ensambla la imagen, su collage de realidad, a través de la memoria y de los hechos. Nos coge de la mano con cariño y humildad y nos enseña la violencia de la imagen, del suceso de telediario, del imperialismo destrozando la vida, de la muerte surcando los mares y los terrenos de oriente. Dado un momento nos revela una imagen acompañada por su voz, especialmente conmovedora: una mujer, moribunda, en su último estertor, a la que están reanimando para interrogarla. Es una enemiga del horror, del reino que somete, y tras observarla, la apesadumbrada voz de Jean-Luc se pregunta y se reponde: «¿Qué van a obtener? Insultos, cantos comunistas, o simplemente gritos de dolor». ¿Qué queda después de ver esto, de ser partícipes de ello?. Nada, no queda nada, la más absoluta vergüenza, y Godard lo sabe. Nada más triste y representativo, a modo de síntesis, que este fragmento de memoria, arrojado con melancolía a su collage del mundo.

Aquí, el director, es conocedor de la fuerza de las imágenes, de su agresividad y su terrible contundencia contra la psique y, claro, qué duda cabe, cuando lo terrible y desasosegante está tan presente en el ahora, en la realidad, no queda otra opción que mostrarlo, sí, pero a través de la inteligencia, de un representación transmutada en pensamiento y susurro, ¡de un acto alquímico! Porque, ¿qué es el cine si no?. Es por ello que Godard no cae en lo abyecto, en utilizar el material de su plegaria cinematográfica como un simple alegato pornográfico y emocional. Y nos dice: «es seguro que la representación, especialmente el acto de representar y de reducir siempre implica una violencia contra el sujeto representado». Es así como Godard huye del efecto arrojadizo de sus imágenes sobre la verdad y por lo tanto las corta, las mutila, las ensambla como si fueran reminiscencias de algo antiguo y desconocido. Porque ya todos sabemos qué son y qué nos están diciendo. Están en nuestra memoria, en nuestro día a día, y su acto es puramente conceptual y poético. Lo emocional, lo sentido, no llega por la naturaleza de esa representación, sino por las relaciones y las palabras que cruzan la imagen; los cortes, las superposiciones, ¡los colores!, sobre todo la remembranza. Ya solo queda una fuerza desatada que grita contra las injusticias, y sobre todo, con y para el mundo árabe, óbice y herramienta, a partes iguales, de la tiranía y el horror. Godard se posiciona en su lugar, junto a ese pueblo, y hace gala de ello; él siempre estará de parte de las bombas, como nos dice en su tercio final. Un pueblo denostado y aturdido por los intereses globales, en el que se asienta la parte más poética de la película, donde el canto triste adquiere sus variantes esperanzadas, su calidez más redentora. Parece decirnos que nuestra salvación pasa por ellos, por los hijos de Alá, y contemplamos un chivo trémulo, acariciado por una amable mano, estampa cálida y anaranjada. ¿Quién no se ve representado en el animal?, pues la mano pareciera ser lo único que nos deja dóciles y tranquilos, esperanzados ante un negro presente. Y es que, como mencionara la voz femenina que también nos acompaña, «no estamos lo suficientemente tristes, nunca, para que el mundo sea mejor».

Es Le Livre d'image un acto de culpa y redención ante un mundo que nos ha tocado atravesar, y culpables somos de todo aquello que surca este sueño. Godard nos propone arrodillarnos con humildad y observar entre las cenizas un hálito esperanzador presente en nuestra posibilidad. Y gritar y enfrentarse, como no, ante la injusticia que intenta someternos. Pero no lo olvidemos, hay que estar lo suficientemente tristes.


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Lo mejor del 2018

Se acaba este 2018 y solo queda hacer dos cosas: el balance cinematográfico general y las listas con lo mejor de las películas estrenadas en nuestras salas. Para lo segundo contamos con la inestimable ayuda de algun@s amig@s, colegas de la crítica, que nos han cedido su tiempo, su buen criterio y su amor por el cine en forma de TOP10. (Ver más abajo, después del texto). Y también, por supuesto, estan los TOP10 de los editores de esta revista.

En lo que a balance se refiere, este ha sido un año muy fructífero en general (y también para el cine español), aunque sigue habiendo algunas notas discordantes: si bien la calidad del cine estatal ha sido más que notable (y parece que también su nivel de producción va en aumento), le sigue faltando visibilidad a esas películas que solo llegan a verse en festivales, y más notoriedad a esas otras que con mucha fortuna llegan a estrenarse en salas comerciales, aunque sea en sesiones muy puntuales y dosificadas. Hay que agradecer, por tanto, el papel que juegan esas pequeñas salas que se rigen más por el criterio y por el riesgo, que por la apuesta segura y rentable que les garantizaría su supervivencia de forma automática, y que por tanto, programan esas pequeñas joyas que piden a gritos un visionado. Estamos hablando, claro está, del Zumzeig Cinecooperativa o de Cinemes Girona en Barcelona, de Numax en Santiago de Compostela, o de Artistic Metropol en Madrid, entre otras. Pero también del archivo Xcèntric en el CCCB y de festivales como L'Alternativa, el DOCS y el D'A en Barcelona, el Punto de Vista en Iruña, el REC Tarragona, el Festival Márgenes, el FIC Xixón, el Cinemad, el Festival Internacional de Cine de Huesca, o el Atlantida Film Fest de Mallorca (organizado por Filmin), y tantos otros. Y a pesar de que cierren algunas salas históricas de las grandes ciudades (en ese proceso imparable de gentrificación que también afecta al ámbito cultural) y se vaya borrando, poco a poco, nuestra memoria cinéfila (y esto nos entristezca), en Contrapicado celebramos esta resistencia que supone la conquista de un espacio de programación libre y no dependiente únicamente de los dictados del capital.

Ainhoa: yo no soy esa, de Carolina Astudillo. Una pequeña joya.

No podemos olvidar, por otra parte, que las nuevas plataformas audiovisuales (con Netflix a la cabeza) han venido para quedarse y que los hábitos de los espectadores llevan años mutando hacia una forma de consumo "en petit comité". En este 2018, Netflix ha vuelto a protagonizar una polémica (Cannes se negó a programar Roma de Cuarón, que finalmente ganó el León de Oro en Venecia), siendo su segunda en festivales en dos años consecutivos después del caso Okja (Bong Joon-Ho, 2017). Pero lo cierto es que esta plataforma audiovisual se ha convertido este año en un todoterreno de la producción (con el cine como valor al alza) alcanzando los niveles de toda una major. Y a esta se le suman, con mayor o menor acierto, las demás plataformas de VOD (la pionera Filmin, Mubi, HBO, etc). No nos engañemos, si han surgido ha sido para cubrir una demanda de consumo audiovisual "casero", que es por lo que nuestras vidas llenas de falta de tiempo acaban optando. Su gran virtud es contar con un catálogo de títulos tan grande y diversificado como para no salir de casa en años.

Roma, de Alfonso Cuarón. Flamante producción de Netflix.

Así las cosas, la sensación general es que cada vez hay una mayor producción audiovisual y no tenemos tiempo material de verlo todo. Parece sintomático, pues, y hasta inevitable, que existan las listas, para ayudarnos poniendo algo de orden en este extraño universo audiovisual, en continua expansión, pero a la vez más concentrado en unas pocas estrellas fugaces. Y aunque en Contrapicado dejamos hace un tiempo de poner estrellitas a los estrenos, lo que no dejamos es de hacer listas:

TOP-10

Javi Cózar (El Hype, Contrapicado)

  1. Un lugar tranquilo (A Quiet Place) (John Krasinksi)
  2. Mandy (Panos Cosmatos)
  3. The Unthinkable (Den blomstertid nu kommer) (Victor Danell)
  4. La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House) (Mike Flanagan)
  5. Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri) (Martin  McDonagh)
  6. Yo, Tonya (I, Tonya) (Craig Gillespie)
  7. Aniquilación (Annihilation) (Alex Garland)
  8. Hereditary (Ari Aster)
  9. Mute (Duncan Jones)
  10. Blanco perfecto (Downrange) (Ryûhei Kitamura)

Jorge-Mauro de Pedro (Culturaca)

  1. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  2. Burning (Lee Chang-dong)
  3. Lazzaro feliz (Lazzaro felice) (Alice Rohrwacher)
  4. Ready Player One (Steven Spielberg)
  5. Roma (Alfonso Cuarón)
  6. La fábrica de nada (A fábrica de nada) (Pedro Pinho)
  7. Braguino (Clément Cogitore)
  8. Caras y lugares (Visages villages) (JR y Agnès Varda)
  9. Yo, Tonya (I, Tonya) (Graig Gillespie)
  10. A Silent Voice (Koe no katachi) (Naoko Yamada)

Albert Elduque (University of Reading, Contrapicado)

  1. The Florida Project (Sean Baker)
  2. Zama (Lucrecia Martel)
  3. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  4. El reverendo (First Reformed) (Paul Schrader)
  5. Call Me by Your Name (Luca Guadagnino)
  6. El veredicto. La ley del menor (The Children Act) (Richard Eyre)
  7. Infiltrado en el KKKlan (BlacKKKlansman) (Spike Lee)
  8. Las guardianas (Les gardiennes) (Xavier Beauvois)
  9. Bohemian Rhapsody (Bryan Singer)
  10. Ready Player One (Steven Spielberg)

Toni Junyent (Transit, Miradas de Cine)

  1. Caras y lugares (Visages villages) (JR y Agnès Varda)
  2. Lazzaro feliz (Lazzaro felice) (Alice Rohrwacher)
  3. El león duerme esta noche (Le lion est mort ce soir) (Nobuhiro Suwa)
  4. Burning (Lee Chang-dong)
  5. Mudar la piel (Ana Schulz y Cristóbal Fernández)
  6. Western (Valeska Grisebach)
  7. Un sol interior (Un beau soleil intérieur) (Claire Denis)
  8. Hereditary (Ari Aster)
  9. El infinito (The endless) (Justin Benson y Aaron Moorhead)
  10. Amante por un día (L'amant d'un jour) (Philippe Garrel)

Antoni Peris Grao (Miradas de Cine, Culturaca)

  1. Dhogs (Andrés Goteira)
  2. Ainhoa, yo no soy esa (Carolina Astudillo)
  3. No Intenso Agora (João Moreira Salles)
  4. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) (David Robert Mitchell)
  5. Burning (Lee Chang-dong)
  6. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  7. The Florida Project (Sean Baker)
  8. Lazzaro feliz (Lazzaro Felice) (Alice Rohrwacher)
  9. La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs) (Joel & Ethan Coen)
  10. The Wild Boys (Les garçons sauvages) (Bertrand Mandico)

Endika Rey (Otros Cines Europa, Transit)

  1. Call me by your name (Luca Guadagnino)
  2. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  3. Un asunto de familia (Manbiki kazoku) (Hirokazu Koreeda)
  4. Zama (Lucrecia Martel)
  5. 120 pulsaciones por minuto (120 battements par minute) (Robin Campillo)
  6. Lazzaro feliz (Lazzaro Felice) (Alice Rohrwacher)
  7. Burning (Lee Chang-dong)
  8. Roma (Alfonso Cuarón)
  9. Caras y lugares (Visages villages) JR y Agnès Varda
  10. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) David Robert Mitchell

Paula Arantzazu Ruiz (SensaCine, Cinemanía, Ara)

  1. Lazzaro feliz (Lazzaro felice) (Alice Rohrwacher)
  2. El tránsito (Transit) (Christian Petzold)
  3. Entre dos aguas (Isaki Lacuesta)
  4. Isla de perros (Isle of dogs) (Wes Anderson)
  5. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) (David Robert Mitchell)
  6. Roma (Alfonso Cuarón)
  7. Climax (Gaspar Noé)
  8. Museo (Alonso Ruizpalacios)
  9. Mudar la piel (Ana Schulz y Cristobal Fernández)
  10. La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs) (Joel & Ethan Coen)

Jon Ruiz Rodríguez (¡A txiflar! Blogspot)

  1. El hilo invisible (The Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  2. Roma (Alfonso Cuarón)
  3. Cold War (Zimna wojna) (Paweł Pawlikowski)
  4. La forma del agua (The Shape of Water) (Guillermo del Toro)
  5. Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri). (Martin  McDonagh)
  6. El reino (Rodrigo Sorogoyen)
  7. Dogman (Matteo Garrone)
  8. Isla de perros (Isle of Dogs) (Wes Anderson)
  9. Viudas (Widows) (Steve McQueen)
  10. Lazzaro feliz (Lazzaro felice) (Alice Rohrwacher)

Manu Yáñez (Otros Cines Europa, Fotogramas, Ara Play, Film Comment, Rockdelux, El Cultural)

  1. Blue (Apichatpong Weerasethakul)
  2. Lazzaro feliz (Lazzaro felice) (Alice Rohrwacher)
  3. High Life (Claire Denis)
  4. Hotel by the River (Hong Sang-soo)
  5. La flor (Mariano Llinás)
  6. El libro de imágenes (Le livre d’image) (Jean Luc-Godard)
  7. Mirai (Mamoru Hosoda)
  8. Relaxer (Joel Potrykus)
  9. Transit (Christian Petzold)
  10. Al otro lado del viento (The Other Side of the Wind) (Orson Welles)

Listas de los editores

Marla Jacarilla (Contrapicado, Culturaca) 

  1. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  2. La fábrica de nada (A fábrica de nada) (Pedro Pinho)
  3. Apuntes para una película de atracos (León Siminiani)
  4. Ainhoa, yo no soy esa (Carolina Astudillo)
  5. Burning (Lee Chang-Dong)
  6. Lazzaro Feliz (Lazzaro Felice) (Alice Rohrwacher)
  7. Dhogs (Andrés Goteira)
  8. Manifesto (Julian Rosefeldt)
  9. Granny’s Dancing On the Table (Hanna Sköld)
  10. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) (David Robert Mitchell)

Carlos Balbuena (Contrapicado)

  1. Cantares para una Revolución (Ramón Lluís Bande)
  2. Zama (Lucrecia Martel)
  3. La fábrica de nada (A fábrica de nada) (Pedro Pinho)
  4. Burning (Lee Chang-Dong)
  5. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  6. Con el viento (Meritxell Colell)
  7. La cámara de Claire (La caméra de Claire) (Hong Sang-Soo)
  8. Isla de perros (Isle of Dogs) (Wes Anderson)
  9. Al otro lado del viento (The other side of the Wind) (Orson Welles)
  10. Clímax (Gaspar Noé)

Aaron Cabañas (Contrapicado)

  1. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  2. Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri) (Martin  McDonagh)
  3. Un asunto de familia (Manbiki kazoku) (Hirokazu Koreeda)
  4. Lazzaro feliz (Lazzaro Felice) (Alice Rohrwacher)
  5. Cold War (Zimna wojna) (Pawel Pawlikowski)
  6. Zama (Lucrecia Martel)
  7. The Florida Project (Sean Baker)
  8. Entre dos aguas (Isaki Lacuesta)
  9. Elefantes (Carlos Balbuena)
  10. Ainhoa, yo no soy esa (Carolina Astudillo)

Las películas del año (por número de votos)

  1. Lazzaro feliz (Lazzaro Felice) (Alice Rohrwacher)
  2. El hilo invisible (Phantom Thread) (Paul Thomas Anderson)
  3. Burning (Lee Chang-Dong)
  4. Zama (Lucrecia Martel)
  5. Roma (Alfonso Cuarón)
  6. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) (David Robert Mitchell)
  7. The Florida Project (Sean Baker)
  8. Caras y lugares (Visages villages) (JR y Agnès Varda)
  9. Tres anuncios a las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri) (Martin  McDonagh)
  10. La fábrica de nada (A fábrica de nada) (Pedro Pinho)

          Ainhoa: yo no soy ésa (Carolina Astudillo)

          Isla de perros (Isle of Dogs) (Wes Anderson)

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Apuntes para una película de atracos (León Siminiani, 2018)

La historia del cineasta y el butronero. Entrevista a León Siminiani.

"Hasta donde me alcanza la memoria, siempre quise hacer una película de atracos." Esta es la confesión con la que el propio director empieza su película, estas son las primeras palabras que oímos. Apuntes para una película de atracos es lo que su propio nombre indica, sí, pero también es muchas otras cosas. En su segundo largometraje documental, León Siminiani narra la historia de su relación con el conocido como Robin Hood de Vallecas, butronero que fue detenido por la policía el 26 de agosto de 2014 durante el atraco a una sucursal bancaria en Madrid. Pero Flako, como el director le llama, no es un delincuente cualquiera. "Un delincuente es Blesa, un delincuente es Urdangarín. Yo en mi vida he robado un coche, en mi vida he robado una moto, no sé cómo se hace. Yo soy un trabajador." Las palabras de Flako hacen reflexionar a Siminiani que, al igual que en su largometraje anterior, permite que la incertidumbre y las dudas formen parte de su obra. Así, entre inseguridades y derivas un tanto situacionistas, avanza la película y también su relación con Flako, personaje –o mejor dicho, persona– que cobra un especial protagonismo en la segunda mitad del metraje, cuando aparece ante nosotros cubierto por una máscara y cuenta su historia.

La película empieza en 2013 y acaba en 2018. En cinco años pueden suceder muchas cosas y tu vida puede cambiar por completo. Puedes, como Siminiani, dirigir una película. O puedes, como hace Flako, escribir tu propia autobiografía. También puedes convertirte en padre, ver cómo pasa el tiempo, ver cómo crece tu hija o ver cómo se afianza una amistad. Una amistad que surgió tras depositar una carta en el buzón, tras cruzar los dedos y dar un salto al vacío, tras lanzar una botella al mar. ¿Cómo será en realidad el otro? ¿Qué percepción tendrá de mí? ¿Le pareceré un buen tipo? Preguntas tan habituales como estas son las que se hacen Siminiani y Flako antes de conocerse personalmente, antes de que Flako cumpla su condena y antes de que este documental se convierta en una realidad.

Hay en Apuntes para una película de atracos una innegable vocación lúdica -vocación que ya estaba presente en Mapa (2012) y también en muchos de sus cortometrajes anteriores-, pero también hay una intencionalidad (auto)biográfica, una capacidad narrativa desbordante, una inevitable hibridación de géneros, una necesidad de redefinir el documental y un homenaje a todas aquellas películas de atracos rodadas en elegante blanco y negro en los años 50, que pueblan nuestro imaginario. Durante los 85 minutos que dura el film, se suceden los referentes cinematográficos y también los reales. El contexto de Flako, su modus operandi (sin odio, sin violencia y sin armas), sus ídolos (Albert Spaggiari), sus compañeros de equipo (la Banda del Rayo), su familia (su esposa Mariela y su hijo Danilo), su estilo de vida (repartidor de pescado de día y butronero de noche) y sobre todo, su humanidad, se muestran ante la cámara con todo lujo de detalles. Algunos de ellos, obviamente ficcionados para proteger eso que llamamos intimidad.

Flako, con sus detalladas descripciones del sistema de alcantarillado de Madrid, nos ofrece sin pretenderlo un manual de instrucciones para ver la vida de otro modo. Pero al mismo tiempo que le conocemos a él, conocemos también al director, que no duda en mostrarse ante las cámaras y reflexionar en voz alta, construyendo sobre la marcha un trepidante work in progress de incierto desenlace. De fondo, sin embargo, subyacen temas tanto o más importantes que el aparentemente principal: la paternidad, la crisis, la diferencia de clase, la identidad, la necesidad de entender aquello que es diferente. Mientras tanto, las continuas reconstrucciones utilizadas a lo largo de la historia evidencian, paradójicamente, la imposibilidad de recomponer la historia tal y como sucedió. Porque, por suerte o por desgracia, reconstruimos de nuevo una historia cada vez que la recordamos, por eso es siempre una historia distinta.

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Suspiria (Luca Guadagnino, 2018)

Behind the scenes

Constituye todo un reto plantear un remake de un título tan característico como Suspiria (1977) de Dario Argento. Afortunadamente, Guadagnino toma la decisión de alterar la trama original sumándole diversos elementos que la adaptan a un nuevo público. El resultado es un alejamiento de las constantes del giallo, en especial de su perturbador sentido del suspense, para acercarse a la estructura del filme de terror norteamericano. De esta manera, el guion anticipa el horror del que nos irá haciendo partícipes la obra, así como la inclusión de imágenes pesadillescas desde el inicio del metraje. Operando de esta forma se rompe el suspense aunque se mantenga eficazmente un clima de gélida inquietud.

Además del cambio de género, puede sorprender la dilatada duración de la propuesta, una estructura dividida en seis actos y un epílogo. Tal vez esta mayor longitud respecto a la obra de Argento resulte innecesaria para resolver la trama, pero precisamente esta repetición de escenas y situaciones (como los ensayos o las cenas) deviene un imaginativo símil de la repetición de gestos y movimientos necesarios para adquirir la perfección en la práctica de la danza.

Dentro de esta ecléctica producción destaca una dirección de arte excelente capaz por sí sola de transportar al espectador dentro de la academia de danza, desde los exteriores del edificio hasta las profundidades de su sancta sanctorum. Además de unos originales movimientos de cámara entre lo objetivo y lo subjetivo, para crear este ambiente se utiliza una remarcable multiplicidad de referentes tanto cinematográficos como del arte contemporáneo: la apariencia grotesca de los monstruos que retrata Guadagnino no deja de recordarnos la carnosidad decadente de las criaturas ideadas por David Cronenberg o las desgarradoras muñecas hipersexualizadas y desestructuradas que creó Hans Bellmer.

También se intuye una influencia del imaginario de Louise Bourgeois, en especial la manera de retratar a la madre como un ser arácnido y letal. Del mismo modo encontramos ecos sutiles del Rainer Werner Fassbinder de Die dritte Generation (1979), y no solamente por ligar hechos terroristas con la trama principal, sino por la forma en la que los aparatos de televisión y la radio nos hacen conscientes de la existencia de un clima de violencia aun sin abandonar el segundo plano. Resulta lógico, al inscribirse Suspiria en el género de terror con guiños a lo sobrenatural, que se hayan adaptado con nuevas técnicas recursos formales que aluden al objeto mágico per se presentes en la obra de culto El señor de las ilusiones (1995) de Clive Barker. En el citado filme también encontramos el retrato de una sociedad secreta unida por misteriosos lazos incomprensibles para el resto de la población.

Pero, ante todo, Suspiria nos habla de la búsqueda de la propia identidad. La creación de una nueva familia, en este caso la íntima unión de este cuerpo de baile, implicará el abandono del hogar de nacimiento. El proceso de creación de la obra de arte perfecta siempre supone un sacrificio que queda oculto entre bambalinas, pero en este caso Luca Guadagnino lo ha querido mostrar en paralelo a la ejecución de la pieza danzada. Así, no solamente podemos ver la belleza de la coreografía una vez escenificada, sino que se nos muestran de manera explícita los estragos físicos que los ensayos producen en las bailarinas.

Como hacían los atletas en la antigua Grecia, estas jóvenes intérpretes ofrecen su esfuerzo como exvoto a modo de requisito indispensable para el funcionamiento del rito, tanto a nivel superficial (el espectáculo de danza) como a nivel espiritual (el sacrificio que hay detrás). Se trata de una reflexión sobre la violencia que se ejerce sobre el cuerpo de las mujeres, pero quizás no se halla cargada en exceso de tintes negativos sino que se limita a constatar que en el proceso de construcción de nuestro ser, la ambición de intentar superar al maestro conduce a la voracidad. Aunque ésta se muestre con frialdad e ironía.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Jueves 15/11/2018)

Jornada III: Ausencias

La tercera jornada de L’Alternativa de largometrajes a competición deparó muchas gratas sorpresas. Empezó con la intrigante The Image You Missed de Donal Foreman, con Philippe Grandrieux y Nicole Brennez en la producción ejecutiva, que proponía una reconstrucción mítica de la figura del padre a través de las películas en super 8 y 16mm que un cineasta amateur irlandés rodó en vida. Se trata, pues, de una película de found-footage, en la que Foreman, cineasta como su progenitor, escarba en la memoria familiar a partir de los archivos fílmicos, pero incidiendo también en la memoria política de su país para mostrarnos el origen del IRA y la vinculación que su padre, en tiempos de activismo político, tenía con dicha organización. Así, en manos de Donal Foreman, la materia cinematográfica no solo es objeto de reflexiones íntimas entorno a la figura paterna para lograr hallar respuestas en aras de construir la identidad propia, sino que otorga al film una dimensión mucho más amplia e incisiva, en el que el contexto de la militancia política y la obra como cineasta amateur del progenitor se retroalimentan. Con esta imbricación, que se hace extensible en el aspecto formal (conviviendo Super 8 y 16mm) las imágenes se resignifican: la narración ya no solo intenta complementar el vacío provocado por las ausencias que dejan las imágenes rodadas por el padre del cineasta.

Cuando, hacia el final, se intenta clausurar el relato, este nos plantea una interesante cuestión: su identidad no se construye en el ser (padre y activista político) sino en el estar, en las imágenes que su padre habitó, pero también en las que no habitó, las que filmó y las que dejó de filmar. Porque, para Foreman, la figura de su padre se construye y se completa desde la imagen especular, desde la imagen complementaria al archivo fílmico, la imagen que se ha perdido.

Esa misma imagen perdida se alude en El silencio es un cuerpo que cae, de la argentina Agustina Comedi. Con un planteamiento prácticamente idéntico al de la anterior, la reconstrucción de la figura del padre a partir de grabaciones caseras en Super 8, la realizadora articula un relato especular sobre la identidad de su progenitor, elaborando un retrato en el que se acerca a sus luces pero, sobre todo, a sus sombras. A partir, pues, de las imágenes caseras que el padre de Comedi captó en reuniones familiares y con amigos, pero también de entrevistas personales que la realizadora argentina mantiene con algunos de ellos, se hilvana un relato que poco a poco se va dotando de sentido y que se hace grande a medida que emergen algunos secretos. El más importante, o el que ejerce de centro sobre el que gira el relato de Comedi es, desde el punto de vista de ella misma, las relaciones homosexuales que mantuvo su padre antes de (y durante) la relación con su madre. Así, al vacío ocasionado por su abrupta muerte en un accidente se suma el causado por el desconocimiento de su figura, que es también el desconocimiento del propio origen.

El acierto de Comedi reside en su acercamiento, reflexivo, pero a la vez emocional y subjetivo, a las imágenes y a la historia personal de su padre sin llegar en ningún momento a juzgarlo. La argentina dota así de una dimensión personal al material sobre el que trabaja, prácticamente apropiándose de este, y lo complementa con su propia voz. Una voz sincera y sensible, que substituye el enorme silencio de la ausencia de su padre.

En la segunda proyección a competición del día, La casa lobo (Joaquín Cociña y Cristóbal León), la ausencia de los padres es literal. El film parte de un hecho real, un asentamiento llamado “Colonia Dignidad” fundado en Chile en 1961 por el exmilitar nazi Paul Schäfer. Originalmente el lugar estaba proyectado para ser una comuna en la que las familias educarían libremente a sus hijos, aunque se hizo tristemente célebre por ser lugar de detención y tortura bajo la dictadura de Pinochet. Así, no es extraño que el film esté planteado como un cuento de hadas oscuro y claustrofóbico, en el que su protagonista, María, una chica que ha huido de una colonia alemana y se refugia en la citada casa lobo, fantasea con ser madre de dos cerdos que se acaban transformando en niños. El realismo mágico se pervierte en pesadilla, la fantasía propia de los relatos infantiles se retuerce hasta el delirio, lo poético acaba por embellecer lo siniestro. A esta idea contribuye el hecho de que el film sea enteramente en stop-motion, pura orfebrería de animación, y su fluidez formal (el conjunto se percibe como un único plano-secuencia sin corte alguno) refuerza esa continuidad flotante propia de lo onírico.

La casa lobo es a la vez refugio y cárcel y, como reza su título, por momentos la vivienda se transfigura en animal que acecha, en construcción panóptica Foucaultiana que plantea la idea del aislamiento y la soledad del individuo como forma de control de una sociedad ideal.

La soledad en la sociedad actual es la idea de fondo que recorre las cuatro historias que componen la chilena Una vez la noche, de Antonia Rossi y Roberto Contador, que cerró las proyecciones a competición del día. La realizadora chilena estuvo acompañada en su presentación por algunas estudiantes participantes del proyecto “Joves programadors”, que coordina la asociación A bao a qu, las cuales resaltaron muy acertadamente la creatividad de la propuesta. Una vez la noche es un film de animación intimista, cuatro relatos nocturnos ilustrados cada uno de ellos por un dibujante, que sin estar interrelacionadas argumentalmente se entrecruzan en el montaje para enfatizar los puntos en común de los diferentes personajes que la habitan. Basada en historias de personas reales elegidas por sus realizadores y a partir de sus diferentes estilos de ilustración, de la línea simple al trazo realista, de lo naïf a lo escatológico, en cada una de estas historias se reviven los recuerdos y anhelos existenciales de sus cuatro protagonistas, mezclados con ciertas dosis de fantasía surrealista.

Las diferentes situaciones de sus personajes en el ámbito social y de relaciones personales, y sus confesiones más íntimas, basculan entre lo patético y lo grave, entre la comicidad y la crudeza, a la vez que se hace patente un mismo denominador común: el aislamiento como forma de autoprotección.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Miércoles 14/11/2018)

Jornada II: Maternidades

Cuerpos: negros, menos negros, más negros, altos, bajos, anchos, estrechos, voluminosos, enjutos, de mujer, de hombre, quietos, en movimiento, bailando, caminando, castigados, gozosos, esclavizados, liberados, humillados, sacralizados, en solitario, en pareja, en grupo, lisiados, robustos, amputados, intactos, fragmentados, enteros, en primer plano, en plano conjunto, en plano general, en la distancia, en primer término, frente a cámara (y seguramente tras la cámara), en fuera de campo. Y rostros: risueños, amargos, sonrientes, tristes, serenos, nerviosos, alegres, enfadados, amigables, dubitativos, sugerentes, desconfiados, recios, transparentes, marcados, jóvenes, adultos, tersos, arrugados, amorosos, rabiosos, honestos, ambiguos, femeninos, masculinos, bonitos, menos bonitos, más bonitos, prominentes, discretos, enfocados, desenfocados, frontales, laterales, en primer plano. Y voces (en off): ausentes, presentes, femeninas, masculinas, verborreicas, escuetas, precisas, divagadoras, secas, aterciopeladas, contundentes, melódicas, rasgadas, profundas, livianas, graves, agudas, monótonas, melódicas, sonoras, fuertes, débiles, cautivadoras, menos cautivadoras, más cautivadoras, simpáticas, menos simpáticas, más simpáticas, claras, oscuras, audibles, inaudibles.

Y paisajes: de Jamaica, diurnos, nocturnos, interiores, exteriores, urbanos, rurales, edificados, agrestes, salvajes, menos salvajes, más salvajes, vírgenes, colonizados, vacíos, transitados, bonitos, menos bonitos, más bonitos, naturales, en plano general, en primer plano, fuera de plano. Y sonrisas, llantos, deseos, frustraciones, sueños, anhelos, Historia, historias, pasado, (el presente no existe, solo se vive), futuro, proposiciones, flirteos, fisicidad, espiritualidad, ateísmo, religión, marihuana, rastaffarismo, Reggae, no Reggae, música, silencio. Y todo (cuerpos, rostros, voces, paisajes y demás) desordenado. Pero a la vez organizado en una estructura en 3 actos. Y cada acto, un trimestre. Y tres trimestres son nueve meses. Y nueve meses un embarazo. Y tras este, la maternidad... Y la mujer. Y la vida.

Si en la primera proyección a competición del día, la arriba reseñada Black Mother  (Khalik Allah), mostraba un multiverso creado a partir de planos rodados en Jamaica, en Super 8 y 16mm, y harmonizados por una polifonía de voces a partir de la idea de la maternidad como origen; la segunda proyección, también de la sección oficial, América (Erick Stoll y Chase Whiteside), empezaba dedicando la película “a todas nuestras madres”. Y es que América es nombre de madre y a la vez de abuela. América es la entrañable anciana que focaliza toda la atención de los tres nietos que viven con ella y que se encargan de sus cuidados. La película les acompaña a lo largo de 3 años, en los que esperan la salida del hijo de América, Luis, encarcelado. Mientras tanto, el tiempo pasa, las vidas cambian, pero el día a día es el mismo: acompañarla al lavabo, bañarla, vestirla, peinarla, llevarla de paseo.

Resulta muy difícil no sucumbir emocionalmente a una película en la que la humanidad y la ternura transpiran en cada plano a través del cuerpo y el rostro de una mujer de 93 años que resiste el embate del tiempo con idéntica tozudez y buen humor. El tono del film, por tanto, se amolda al carácter de su protagonista, que lo desdramatiza por completo. A esto ayuda el planteamiento de sus directores, de reconocer el dispositivo fílmico ya en los primeros segundos de película, que deviene entonces en diario filmado, en el que se da visibilidad a la muy ignorada e infravalorada tarea de los cuidados a familiares. Un tema que, en México, donde sucede esta historia, no parece estar mejor que aquí.

La tercera proyección del día, fuera de competición, arrancó el aplauso más largo que he presenciado en mucho tiempo en una sala de cine. Y no era para menos. Se trataba del pre-estreno en España de El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar, que tras ganar el premio del público a mejor documental en la pasada Berlinale, llega a nuestras pantallas esta semana. La película nos muestra el trayecto de seis años que lleva a las víctimas y supervivientes del régimen de Franco a querellarse para iniciar una investigación sobre los crímenes y torturas cometidos en la guerra civil española y bajo la dictadura fascista por, entre muchos otros, José Antonio González Pacheco (“Billy el niño”). A la muerte del dictador, se puso rápidamente en marcha una maquinaria de silencio y olvido que tuvo en la Ley de Amnistía de 1977 su máximo exponente. El film, en un ejercicio de recuperación de la memoria histórica y visibilización del dolor, da voz precisamente a todas estas familias castigadas y silenciadas por la dictadura, pero también por una democracia ausente. Por ello, apenas hay momentos de contextualización histórica, y sí muchos testimonios de hijos, sobrinos, nietos, de las víctimas, o de las mismas.

Se trata de un relato duro, incómodo, pero necesario, honesto y valiente, que se construye en paralelo a la evolución de la querella y su proceso judicial entre España y Argentina, país donde reside la jueza que asume la querella, tras ser apartado de la judicatura española el juez Baltasar Garzón al intentar investigar los crímenes del franquismo. Pero la narración también tiene tiempo de detenerse en el caso de los bebés robados, recién nacidos arrancados de los brazos de sus madres, hijos de familias republicanas en su práctica totalidad, desde el fin de la guerra civil y hasta bien entrada la democracia.

Uno de los aciertos de la película está en la construcción de la temporalidad, cronológica en el seguimiento de la evolución judicial de la querella, pero atemporal en la explicación de los sucesos que dan lugar a la misma. Así, el franquismo no es algo remoto sino todo lo contrario, algo tan horriblemente presente como que ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. No obstante, el film es implacable en su mostración del paso del tiempo, al revelarnos como algunas de las personas que aparecen en su inicio, ya no están al final. Tal es el caso de María Martín, la anciana que nos acompaña hasta casi el final del metraje y que abre El silencio de otros con una desoladora confesión: “cuando tenía 6 años, vinieron a llevarse a mi madre”.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona (Martes 13/11/2018)

Jornada I: Realidades paralelas

¿Se puede poner en escena la estrategia bélica? ¿Se puede hacer pedagogía útil de la guerra? Así parece entenderlo la directora argentina Lola Arias cuando en su Teatro de guerra plantea literalmente una dramatización de la guerra de Las Malvinas. Claro que si uno tiene en cuenta la trayectoria previa de Arias como performer y directora teatral, este film no es más que una prolongación lógica a su actividad dramatúrgica o, en todo caso, una traslación a la pantalla de su universo como creadora escénica.

A este juego de rol en vivo con las Facklands como telón de fondo se prestan seis excombatientes que pertenecieron a cada uno de los dos bandos: Argentina y Reino Unido. Con una estructura muy marcada conformada por una serie de sketches, cada secuencia (que podría entenderse como uno de estos) que compone el film hace hincapié en un aspecto diferente del conflicto armado. Ciertamente es una propuesta interesante, sorpresivamente más curiosa aún en su desarrollo que en su planteamiento y que mezcla testimonios reales de auténticos supervivientes del conflicto con el propio acto de ficcionar a partir del hecho histórico. Es decir, la película se construye secuencia a secuencia en el propio simulacro que consiste en representar los diferentes aspectos de una guerra: de la presentación personal de los excombatientes a sus reflexiones finales sobre el desenlace de la misma, pasando por recreaciones sobre el terreno de algunos momentos especialmente cruentos. Con todo, el mérito de Arias consiste en establecer la distancia crítica suficiente como para que surja la incómoda comicidad propia de la reconstrucción postmoderna.

Esa distancia, pero en otra tesitura, es la que sentimos con las imágenes de Trote, de Xacio Baño, segunda proyección del día. El espacio hermético al que el director somete a los miembros de una familia gallega reunida entorno al fallecimiento de la madre, fabrica paredes difíciles de traspasar para el espectador. Esa sensación de clausura se traduce en la predominancia de interiores con (escasa) luz natural y silencios rotos a golpe de cotidianidad. Tal silencio, provocado (intuimos) por el vacío que ha dejado la muerte de la progenitora, marca además el distanciamiento entre los propios miembros de la familia protagonista, justo cuando más unidos deberían estar. Un distanciamiento, por otra parte, que durante el desarrollo de la trama se materializa cuando los personajes actúan en secreto. De esta forma, aunque estos hablan entre sí, en Trote se hacen palpables sus enormes diferencias, más por lo que  (se) callan que por lo que (se) dicen.

¿Una medio mentira es una medio verdad? ¿Una mentira dicha cientos (de miles) de veces se transforma en verdad? Eso parece querer demostrar Maxim Pozdorovkin en Our New President, que cerró las proyecciones oficiales de ayer. La película es una suerte de documental hecho a base de retales en vídeo, de fragmentos sacados de Youtube (la mayoría de ellos de friquis, obviamente) y de los canales de televisión rusos, en la que se pone de manifiesto la manipulación ejercida desde el poder (de Putin) para acercar la figura de Donald Trump al pueblo ruso, en detrimento de la de Hillary Clinton, cuando ambos estaban en plena campaña electoral para las presidenciales de Estados Unidos.

Entre la parábola conspiranoica y los programas de zapping, el autor de la muy notable Pussy Riot, una plegaria punk (2013) acaba siendo reiterativo en la idea del maniqueísmo y la clamorosa subjetividad con que los medios de comunicación de Rusia tratan la información. No obstante, y a pesar de la sensación de fake que le asalta a uno en algunos momentos en los que le parece mentira lo que está viendo, Pozdorovkin es muy eficaz en lo formal al componer un retrato fiel de los tiempos que vivimos: la nebulosa informativa y una sociedad acrítica permite que se filtren noticias falsas como si fuesen veraces y fabrica realidades paralelas al servicio del poder.

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L’Alternativa 2018: Festival de Cinema Independent de Barcelona

Inauguración

La 25ª edición de L’Alternativa de Barcelona no podía empezar de mejor manera: la proyección del último film de Isaki Lacuesta, Entre dos aguas (2018), premiado con la Concha de oro en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de San Sebasastián, y con la presentación del director. El film, una secuela parcial de la icónica La leyenda del tiempo (2006), vuelve a Cádiz para retomar el hilo de las vidas del Isra y el Cheíto, años después de aquel primer acercamiento. La secuela es parcial porque en Entre dos aguas ya no aparece Makiko y la sombra alargada de Camarón no planea sobre la narración. Pero es secuela, al fin y al cabo, porque a través de sus personajes, Lacuesta recupera de La leyenda del tiempo ese tono crepuscular que filtra puntuales destellos de tosca hilaridad. Lo cierto es que considerar a Isra y Cheíto “personajes” de una narración es bastante impreciso, ya que la cámara se aproxima a ellos a una distancia en la que la realidad fluye sin necesidad de recurrir a dispositivo ficcional alguno. En ningún momento parece que actúen, más bien que únicamente se limiten a vivir delante de una cámara de cine. La película, pues, asesta certeros golpes de realidad, y el plano final de Isra mirando al infinito y volviéndose a cámara, reproduciendo el mismo instante memorable que tenía lugar en La leyenda del tiempo, nos ubica en las dos aguas entre las que se encuentra: los sueños rotos del pasado y un incierto porvenir.

La edición de este año de L’Alternativa la conforman una sección oficial compuesta de nueve largometrajes, entre los que podemos encontrar Trote de Xacio Baño, Teatro de guerra de Lola Arias (la artista citada en The Square de Ruben Östlund), o Una vez la noche, de Antonia Rossi; además de diecinueve cortometrajes a competición. Una sección paralela, Panorama, con películas de producción nacional, compuesta de largometrajes, entro los que destacan: Tódalas mulleres que coñezo de Xiana do Teixeiro, Trinta lumes (ganadora del premio de la crítica en la última edición del D’A Film Festival) de Diana Toucedo o Las ciudades imposibles de Chus Domínguez; y también cortometrajes, como Vecines del colectivo Laboratorio Reversible, Amor siempre de Maider Fernández, o Evolución 1975-2017 de Marla Jacarilla.

El festival sale de su sede oficial en el CCCB para viajar a la Filmoteca de Catalunya y darle cabida al ciclo Elles tallen, dedicado a las montadoras en el cine. El ciclo cuenta con títulos como Beau Travail (Claire Denis, 1999), Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967), Meshes of the afternoon (Maya Deren y Alexander Hammid, 1943) Lost Highway (David Lynch, 1997) o Dancer in the dark (Lars Von Trier, 2000). Y también visitará el Zumzeig Cinema en el caso de algunas proyecciones especiales: Oscuro y Lucientes (Samuel Alarcón) y Amanecer (Carmen Torres), entre otras.

L'Alternativa también contará con una valiosa muestra del cine de Boris Lehman a partir de tres films de su abundante filmografia: À la recherche du lieu de ma naissance (1990), Babel. Lettre à mes amis restés en Belgique (parties 1 et 2) y Funérailles (De l'art de mourir), además del seminario La película como un largo camino, impartido por el propio cineasta belga.

Las proyecciones se completarán con las sesiones especiales de El silencio de los otros (Almudena Carracedo y Robert Bahar), Comandante Arian (Alba Sotorra), Intimidad revelada. El cinema de Xacio Baño, e Idrissa, crònica d'una mort qualsevol, segunda película de Xavier Artigas y Xapo Ortega.

Por si fuera poco, habrá proyecciones infantiles, una sesión continua en el Hall del CCCB durante todo el festival, masterclasses, actividades para profesionales vinculados al medio, pitching forums, el sexto Mentoring Projects, mesas redondas, debates y un largo etcétera de actividades. ¿Se puede pedir más? Celebremos los 25 años de L'Alternativa: ¡esto no ha hecho más que comenzar!

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Entrevista a Christophe Leparc

Desde Contrapicado y con la colaboración de Catalunya Film Festivals, entrevistamos a Christophe Leparc, secretario general de la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes y director de CINEMED: Montpellier Mediterranean Film Festival.

Entrevista realizada por Aaron Cabañas y Marla Jacarilla en el marco del Sitges Film Festival, Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya.

 

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El árbol de la sangre (Julio Medem, 2018)

Genealogía(s) del drama

Hubo un tiempo (no hace mucho) en que el cine español se podía permitir excesos narrativos y formales, arriesgando el impacto en taquilla de sus films en favor de un público ávido de propuestas diferentes e innovadoras. Y aun así el productor de turno estaba tranquilo porque sabía que la inversión de cada película tendría tarde o temprano su debido retorno económico. Incluso era precisamente ese riesgo el que atraía al público a las salas de cine. Así puede explicarse que en los años 90 la cinematografía estatal estuviera básicamente formada por cineastas en la treintena con propuestas que desafiaban al espectador a descubrir historias no solo arriesgadas en sus formas, sino también de intenso desarrollo argumental.

El caso de Julio Medem es paradigmático de esto último: historias de (des)amor al límite arrebatadas por un realismo mágico que pone en escena la mitología vasca más ancestral a través de películas con planteamientos narrativos inverosímiles y plagadas de imágenes rayanas en el surrealismo. Manierismo formal para proyectar visualmente un manierismo también conceptual, aunque por ello tuviese que rizar el rizo paulatinamente en cada nuevo proyecto, hasta convertir sus películas en laberintos dramáticos difíciles de transitar. Quizás por eso, y por el peso de su trayectoria anterior, en sus dos últimos largometrajes hasta la fecha - Habitación en Roma (2010) y Ma ma (2015) -, que rodó ya para el ámbito internacional, Medem pagó un peaje muy caro: despojarse, casi por completo, de su estilo personal en aras de ofrecer una película más convencional y, por tanto, accesible y vendible a un espectador masivo. No resultó productivo, ni para los productores ni para su público, a pesar de tratarse de dos films de impecable factura.

Su nuevo film, El árbol de la sangre, parece un (feliz) retorno al exceso narrativo y la turbia densidad emocional que halló su máximo estado de gracia con Lucía y el sexo (2001), pero que se pasó de vueltas en Caótica Ana (2007). No obstante, el brío narrativo que Medem impone al desarrollo de esta El árbol de la sangre, ya desde la primera secuencia, nos arrastra a una sucesión vertiginosa y elíptica de hechos, situaciones y personajes que solo nos concede un respiro cuando la narración en pasado cesa para volver al presente. O en sus ya consabidos planos-emblema, marca autoral del cineasta donostiarra, que él mismo bautizó en su momento como la “imagen conmovida”[1].

Lo que ocurre en este último caso es que, lo que otrora fueron ingeniosas metáforas poético-visuales que servían para remarcar narrativamente una secuencia, estado de ánimo de un personaje, o para avanzar un hecho puntual que habría de suceder más adelante en la trama, han acabado por convertirse en sus últimas películas (y la que nos ocupa no es una excepción) en mero capricho estético, en una suerte de (auto)guiño del cineasta con su espectador fiel. Y esto mismo también es extensible a ciertas líneas de diálogo, en algunas ocasiones provocador pero en otras acusadamente afectado. O a ciertos pasajes del film, en los que uno tiene la sensación de estar revisitando su filmografía previa: la insistente referencia a las vacas que pastan delante del caserío donde sucede la acción, la luna llena circunscrita en un ojo completamente abierto, o la conducción temeraria de los personajes yendo en coche.

Así las cosas, en su planteamiento inicial, el viaje de una joven pareja, Marc (Álvaro Cervantes) y Rebeca (Úrsula Corberó), al caserío vasco propiedad de su familia para reconstruir desde su verdad más absoluta (y sin ideología ni posicionamientos políticos) la cronología de sus progenitores, es la excusa de Medem para desplegar un abanico de personajes y situaciones tal, que sin llegar al barroquismo de Cien años de soledad, resulta por momentos de una coralidad desbordante. Como si se tratara de ir quitando capas de corteza al árbol del título para descubrir que su tronco familiar no esconde savia sino sangre (y semen), la historia que los protagonistas rememoran literariamente a partir de sus voces complementarias y censoras la una con la otra, cual terapia de pareja en una crisis proyectada, se remonta progresivamente en el tiempo hasta alcanzar el oscuro origen del drama que les acabará separando.

La gran capacidad narrativa del director vasco para avanzar secuencias introduciendo personajes y saltando de uno a otro sin que ninguno de ellos quede al margen de la trama y sin que la tensión dramática decaiga en ningún momento, solo se ve afectada por una grave falta de profundidad en los mismos. La rizomática estructura que plantea Julio Medem para su película en forma de árbol, a priori sugerente y estimulante, ahonda unas veces en las raíces del amor para irse en otras por las ramas del sexo.

[1] Se aconseja consultar el libro “Contra la certeza: el cine de Julio Medem” (Angulo, Jesús; Rebordinos, José Luis); J.M. Bosch Editor; Junio de 2005.

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