El verano de Giacomo
La sección competitiva internacional del IndieLisboa se caracteriza por películas de cineastas que dan sus primeros pasos en el cine. Muchas veces son primeras o segundas obras de artistas que el festival defiende, desde su punto de vista, como nombres importantes para el futuro, y que muchas veces vuelven a sus secciones laterales y de retrospectiva para presentar la secuencia de un trabajo iniciado años antes. Así, el IndieLisboa no se destaca únicamente por la fuerza de su competición: es sobre todo una oportunidad para descubrir autores presentados como los más interesantes para el presente y el futuro cinematográficos.
En la competición de este año se habla mucho de Everybody In Our Family (Toata Lumea Din Familia Noastra) del rumano Radu Jude como posible vencedora. Asistente de dirección en La muerte del señor Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, 2005), de Cristi Puiu, Jude presenta su tercer largometraje en un festival que ha acompañado el surgimiento del nuevo cine rumano desde su inicio, tanto en sus programaciones competitivas como en ciclos realizados en la ciudad fuera del periodo del festival.

Sin embargo, nos hemos concentrado en otra película: L’estate di Giacomo, de Alessandro Comodin, primera obra de un cineasta italiano que ha ganado el premio de “cineasta del presente” en el Festival de Locarno. La película se empezó a desarrollar tras un encuentro especial en Cannes entre Comodin y João Nicolau, director portugués de Rapace (2006) y A Espada e a Rosa (2010) y que ha trabajado en L’estate di Giacomo como montador (función que ya había ocupado para Vai e Vem –2003–, el último largo de João César Monteiro).
Giacomo es un amigo de infancia de Comodin, un joven sordomudo que, en esta obra, vive algunos días de vacaciones de verano en un sitio misterioso y algo abandonado –una casa en el centro de la naturaleza al lado de un lago paradisíaco, donde se baña con Stefi, una chica que (lo sabremos después de ver la película) es su hermana. La película está dominada por la energía de Giacomo y se entrega totalmente a los sentidos de un joven que ha construido su propio universo de deseos y imágenes, alguien que vive en un mundo “puro” y lleno de placer de vida. Ver L’estate di Giacomo es vivir en la cabeza de Giacomo, y este es el principal atributo del primer largometraje de Comodin: una simplicidad y una voluntad de vivir con sus personajes (usando la sensibilidad del documental para eso) que se traduce, finalmente, en una tremenda sensualidad. Este sentimiento vive en toda la película, tanto en las escenas con su hermana como con otra chica, sorprendente, que cierra la película.

Comodin ha hablado de su afinidad con el cine portugués: el italiano, que se ha marchado de su país por incompatibilidad personal (ha estudiado cine en París), señala a Miguel Gomes como una inspiración para su trabajo (se nota la presencia de Aquele Querido Mês de Agosto –2008– en las escenas de la fiesta local), un director que también ha trabajado la presencia del documental en las formas de ficción del cine. Pero vemos en L’estate di Giacomo un universo personal fuerte y una mirada sensible sobre la expresión de su ardiente personaje. Puede ser que no gane la competición del IndieLisboa (a pesar de su exitosa trayectoria en festivales internacionales), pero, más importante que eso, esperamos ver las futuras películas de Comodin en las próximas ediciones del festival en Lisboa. Y, quizás, más colaboraciones con el cine portugués.



Este es, seguramente, el caso de Michael, primera obra del austriaco Markus Schleinzer, conocido director de casting de varias películas alemanas y austriacas (Schleinzer es colaborador de Michael Haneke y Jessica Hausner, referencias visuales obvias de Michael). Probablemente inspirado en el caso de Natascha Kampusch, una niña de 10 años que vivió su infancia y adolescencia prisionera en el zulo del pedófilo Wolfgang Priklopil, Michael es el funcionario de una agencia de seguros en Austria que mantiene relaciones normales con los colegas de su empresa y una vida diaria, hacia el exterior, similar a la de cualquier ciudadano. Pero a pesar de un comportamiento “normal” para los otros, Michael esconde un niño en el piso subterráneo de su casa, con quien mantiene una relación próxima a la de un padre y un hijo (si es posible describirla así) con tonos totalmente transgresores.



Durante los 72 minutos de metraje de Bestiaire nos enfrentamos al comportamiento de animales fuera de su habitat natural, presenciando sensaciones como el hambre, el miedo, el nerviosismo, la inquietud o el dolor. Este es “el qué”. El “cómo” vendría a ser el formato: un documental realizado a base de colocar una serie de planos fijos uno tras otro. Y es este “cómo” el que no acaba de resultar convincente. Tal vez porque se trata de un montaje en el que el todo no es más que la suma de las partes. Tal vez porque mi formación, más orientada a experimentar con formatos y técnicas narrativas, me lleva a imaginarme estas mismas imágenes mostradas de otro modo. Probablemente varias pantallas, una por cada uno de los planos que aparecen, a modo de gigantesco mosaico, para que de este modo la presencia de los animales rodee literalmente al espectador y así resulte mucho más abrumadora, mucho más efectiva. Al ser el tiempo de visionado menos dilatado, la atención del espectador no disminuiría. La búsqueda de la efectividad mediante la saturación. Pero claro, esa ya sería otra obra.



La relación de los protagonistas con la naturaleza es abrumadora y desconcertante. Entre silencio y silencio, los dos personajes (impresionantes David Dewaele y Aurore Broutin) rinden culto a una naturaleza infinita y casi sobrenatural, como aquella que en 1824 provocó el naufragio del Esperanza en la famosa obra de Friedrich. La cámara, al enfocar los rostros de los dos protagonistas sin nombre, consigue despojarse de su condición de aparato tecnológico creador de artificios y deviene, mediante un extraño e inesperado milagro, en reflector de vida, en destilador del mínimo común denominador humano. Dumont ha optado en este caso por prescindir de actores profesionales y por dejar los diálogos reducidos hasta un esqueleto que apenas tiene presencia a lo largo del metraje. La comunicación se realiza más bien mediante las miradas; tanto las miradas entre los personajes como las que estos depositan en el horizonte, aún a pesar de que bien saben que la belleza de éste no les va a servir como metáfora de su incierto futuro.

