IndieLisboa – ‘L’estate di Giacomo’ (Alessandro Comodin, 2011)

El verano de Giacomo

La sección competitiva internacional del IndieLisboa se caracteriza por películas de cineastas que dan sus primeros pasos en el cine. Muchas veces son primeras o segundas obras de artistas que el festival defiende, desde su punto de vista, como nombres importantes para el futuro, y que muchas veces vuelven a sus secciones laterales y de retrospectiva para presentar la secuencia de un trabajo iniciado años antes. Así, el IndieLisboa no se destaca únicamente por la fuerza de su competición: es sobre todo una oportunidad para descubrir autores presentados como los más interesantes para el presente y el futuro cinematográficos.

En la competición de este año se habla mucho de Everybody In Our Family (Toata Lumea Din Familia Noastra) del rumano Radu Jude como posible vencedora. Asistente de dirección en La muerte del señor Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, 2005), de Cristi Puiu, Jude presenta su tercer largometraje en un festival que ha acompañado el surgimiento del nuevo cine rumano desde su inicio, tanto en sus programaciones competitivas como en ciclos realizados en la ciudad fuera del periodo del festival.

Sin embargo, nos hemos concentrado en otra película: L’estate di Giacomo, de Alessandro Comodin, primera obra de un cineasta italiano que ha ganado el premio de “cineasta del presente” en el Festival de Locarno. La película se empezó a desarrollar tras un encuentro especial en Cannes entre Comodin y João Nicolau, director portugués de Rapace (2006) y A Espada e a Rosa (2010) y que ha trabajado en L’estate di Giacomo como montador (función que ya había ocupado para Vai e Vem –2003–, el último largo de João César Monteiro).

Giacomo es un amigo de infancia de Comodin, un joven sordomudo que, en esta obra, vive algunos días de vacaciones de verano en un sitio misterioso y algo abandonado –una casa en el centro de la naturaleza al lado de un lago paradisíaco, donde se baña con Stefi, una chica que (lo sabremos después de ver la película) es su hermana. La película está dominada por la energía de Giacomo y se entrega totalmente a los sentidos de un joven que ha construido su propio universo de deseos y imágenes, alguien que vive en un mundo “puro” y lleno de placer de vida. Ver L’estate di Giacomo es vivir en la cabeza de Giacomo, y este es el principal atributo del primer largometraje de Comodin: una simplicidad y una voluntad de vivir con sus personajes (usando la sensibilidad del documental para eso) que se traduce, finalmente, en una tremenda sensualidad. Este sentimiento vive en toda la película, tanto en las escenas con su hermana como con otra chica, sorprendente, que cierra la película.

Comodin ha hablado de su afinidad con el cine portugués: el italiano, que se ha marchado de su país por incompatibilidad personal (ha estudiado cine en París), señala a Miguel Gomes como una inspiración para su trabajo (se nota la presencia de Aquele Querido Mês de Agosto –2008– en las escenas de la fiesta local), un director que también ha trabajado la presencia del documental en las formas de ficción del cine. Pero vemos en L’estate di Giacomo un universo personal fuerte y una mirada sensible sobre la expresión de su ardiente personaje. Puede ser que no gane la competición del IndieLisboa (a pesar de su exitosa trayectoria en festivales internacionales), pero, más importante que eso, esperamos ver las futuras películas de Comodin en las próximas ediciones del festival en Lisboa. Y, quizás, más colaboraciones con el cine portugués.

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D’A 2012 – ‘Into the Abyss’ y ‘Diamond Flash’

Una cierta pulsión de muerte estructurada por capítulos 

1. Abismos del Cinturón de la Biblia

Los numerosos documentales que Werner Herzog ha realizado desde los años 70, aun a pesar de su pluralidad temática (desde la historia de una mujer sorda y ciega pasando por el mundo de las subastas de ganado o los momentos previos a la erupción de un volcán en la isla de Guadalupe), conforman un todo coherente cuya “única” pretensión es, por así decirlo, destilar la esencia del alma humana  (con toda la belleza, el horror y las contradicciones que ello conlleva) para ponerla en relación con la naturaleza. Con Into the Abyss (2011), Herzog nos propone la inmersión en el caso de Michael James Perry y Jason Burkett, condenados a pena de muerte y 40 años de cárcel respectivamente por un triple homicidio cometido en Conroe, Texas.

Herzog empieza este documental (casi como una declaración de principios) entrevistando al Capellán de la Casa de la Muerte. El Capellán en cuestión habla sobre la vida, sobre la muerte y sobre Dios. Habla sobre su pasión por el golf y narra, con todo lujo de detalles, un revelador encuentro con dos ardillas que le hizo entender en el pasado la complejidad de la vida. No sólo de la vida humana sino de la vida en general, la vida con mayúsculas. Durante 105 minutos, Herzog entrevista no sólo a los dos condenados sino también a sus familiares, a los familiares de las víctimas o incluso al ex capitán de la Casa de la Muerte, encargado de vigilar a los condenados en sus últimos momentos de vida. El tono de la historia oscila entre el drama más descarnado y una especie de comedia de la incomodidad, pero no evidentemente por falta de pulso narrativo del director, sino porque el carácter de los que aparecen en pantalla (en este caso no podríamos referirnos a ellos como personajes, porque no lo son) es en esencia contradictorio. Al fin y al cabo, como el de cualquier otro ser humano. Y es esta contradicción constante lo que más se agradece en un filme como Into the Abyss.

2. Lo imprevisible y lo cotidiano

Podríamos decir que Diamond Flash, la Ópera Prima del dibujante de cómics Carlos Vermut está  destinada –desde antes incluso de su estreno en salas comerciales– a convertirse en un filme de culto underground, en una de esas películas que se proyectan durante meses en las sesiones golfas y son objeto de veneración entre aquellos aficionados al cine que no respeta esquemas de ningún tipo. Ríos de tinta se han vertido ya sobre esta película de héroes y villanos en la que el héroe en cuestión aparece apenas un par de minutos. Más de dos horas de conversaciones “aparentemente” triviales que estructuran un argumento complejo, plagado de pequeños detalles que se transforman en claves para interpretar una trama dividida en cuatro capítulos (Familia, Identidad, Sangre, Destello de diamante) que avanza a golpe de elipsis y recuerdos (dos conceptos en principio opuestos pero que en este caso se transforman en complementarios). Un homenaje en toda regla al cine de Quentin Tarantino; concretamente a esos momentos en los que de modo deliberado decide congelar la trama. Un puzzle con muchas piezas que exige una participación activa por parte del espectador y le presupone cierta inteligencia (algo que por desgracia, no es tan habitual). Violeta, Elena, Lola, Juana y Enriqueta. Cinco personajes femeninos complejos, turbadores, increíblemente humanos, que se definen tanto mediante lo que dicen como mediante lo que callan.

A partir de todas estas premisas Diamond Flash rompe, con gran habilidad y saber hacer, todos los esquemas preconcebidos que tiene el espectador medio acerca de lo que debería ser una película de superhéroes. En palabras de su director, “quería contar la historia de un superhéroe, tipo Power Ranger, que investiga el secuestro de una niña.” Este punto de partida puede parecer tópico y simple, digno de cualquier producción televisiva mediocre, pero en manos de su director se transforma, por arte de magia y con tan sólo 24.000 € de presupuesto, en un experimento digno de alabanza aún a pesar de sus evidentes carencias técnicas. Durante el encuentro con el director tras la proyección de la película, una de las preguntas que sale a colación es la del título. ¿Por qué Diamond Flash si el personaje de Diamond Flash aparece apenas un par de minutos en pantalla? Carlos Vermut se ríe y responde algo así como que “le encantaría que se estrenase una nueva secuela de Batman en la que el personaje de Batman apenas apareciese, en la que se hablase de otras cosas”.

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D’A 2012 – ‘Donoma’ y ‘Puzzled Love’

Buscando una revelación

En los créditos iniciales ya nos avisan de que Donoma (Djinn Carrénard, 2010) es un “film de Guerrilla” y, para cuando queremos asimilarlo y prevenir la provocación resultona, nos encontramos a una profesora masturbando a su alumno rebelde para escarmentarlo. Aunque finalmente la transgresión no vaya más lejos de eso. Eso sí, a lo largo de su metraje, la película no deja escapar la oportunidad de hacernos reflexionar (en ocasiones de manera facilona y muy poco elaborada) sobre temas que siempre traen cola: la religión, la moralidad, la sexualidad, la desigualdad interracial y entre clases, etc.; y lo hace a través de historias que tienen el sexo (ya saben, apuesta casi segura), pero también el lenguaje y la oralidad, como temas principales. Y es en estos últimos dónde la película intenta sobresalir, mediante tramas en las que la comunicación tiene una importancia específica en el planteamiento del conflicto. Así, por ejemplo, una fotógrafa busca su primera relación a través del objetivo de su cámara pero evita las palabras, que según ella, son innecesarias; mientras una profesora de español para franceses obliga a Dacio, su alumno problemático, a escribir en un trozo de papel que quiere hacer el amor con ella. El conjunto de personajes conforma dos triángulos amorosos que quedan relacionados entre sí mediante un equilibrio argumental salvado por la soltura del guión y por unos actores, todos ellos debutantes, que se muestran sorprendentemente naturales. Aunque eso no evita que en la construcción de personajes se recurra a algunos tópicos: la madura con crisis existencial, el joven rebelde con problemas en casa, o la chica que busca en la fe una respuesta a su día a día. En general se trata de una película bienintencionada, con una factura visual llamativa, que mezcla formatos y que no oculta su falta de medios haciendo de la necesidad virtud, a través de una cámara nerviosa y desenfocada, y una fotografía notable (a cargo del mismo director). Lo único verdaderamente cuestionable es su final, algo pretencioso, que deja la sensación de que todo lo anterior ha sido una excusa para finalmente poder reflexionar, a través de las excesivas conversaciones entre Salma (novia de Dacio) y el chico devoto que conoce en el metro, primero, y Salma y su psicóloga, después, sobre la revelación epifánica y el descubrimiento de la fe cristiana como sentido de la vida.

Entre el divertimento y la autoconvicción

Puzzled Love (VV.AA., 2011) es una película poliédrica ya que está dirigida al alimón por trece directores diferentes (cada uno una secuencia del film), todos ellos provenientes de la ESCAC. La película podía haber resultado un Frankenstein, o peor aún, un intento de revisitar éxitos sobrevalorados del cine español para adolescentes como La fiesta (Manuel Sanabria, 2003), pero para ser honestos el resultado final sorprende positivamente. A la bien hilvanada línea argumental hay que sumarle una factura técnica impecable y un casting totalmente acertado, con dos actores con mucha química y desparpajo. La historia es muy sencilla: Sun (ella) y Lucas (él) son los dos candidatos para ocupar una única habitación de un piso de estudiantes. La habitación es para Sun, pero finalmente se toma una solución de emergencia: Lucas podrá dormir en el trastero. Lo que empieza siendo rivalidad se convertirá, como era de esperar, en pasión. El film empieza con una despedida en el aeropuerto y un marcador que cuenta el tiempo hacia atrás, y se nos explica en un flashback que dura todo un año, el mismo en que ambos comparten piso. Evidentemente, la película se resiente de una retahíla de tópicos que es incapaz de ocultar: te odio pero te quiero, aparece el novio de ella, no me importas, lo nuestro se acabará forzosamente cuando cada uno se vaya por dónde ha venido, etc. Pero lo cierto es que el ingenio en su puesta en escena, apoyado por una factura visual notable (que sorprendentemente aguanta su continuidad) y recursos estilísticos muy deudores de series de televisión como Arròs Covat, hacen que la atención se dirija hacia otro lado, y finalmente nos resulte un producto fresco, honesto y sin complejos.

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IndieLisboa 2012 – Día 5 (01/05/2012)

'Michael', verdad y mentira

Las secciones “Cine emergente” y “Observatorio” son dos partes importantes del IndieLisboa: por un lado brindan la oportunidad de ver películas que desafían la relación “pacífica” entre las obras proyectadas y su público y, por el otro, albergan la programación de algunas obras que han marcado el circuito cinematográfico mundial; un circuito que queda todavía lejos del de distribución comercial en Portugal. Insisto en la palabra “pacífica” porque la función de un festival como el IndieLisboa es, sobretodo, cuestionar los hábitos que tenemos como espectadores. O sea: una sala de cine no es un lugar para sentir confort y ver nuestras inseguridades alejadas o cubiertas por un manto de inocencia, sino un lugar donde las imágenes cuestionan nuestra forma de mirar la vida.

Este es, seguramente, el caso de Michael, primera obra del austriaco Markus Schleinzer, conocido director de casting de varias películas alemanas y austriacas (Schleinzer es colaborador de Michael Haneke y Jessica Hausner, referencias visuales obvias de Michael). Probablemente inspirado en el caso de Natascha Kampusch, una niña de 10 años que vivió su infancia y adolescencia prisionera en el zulo del pedófilo Wolfgang Priklopil, Michael es el funcionario de una agencia de seguros en Austria que mantiene relaciones normales con los colegas de su empresa y una vida diaria, hacia el exterior, similar a la de cualquier ciudadano. Pero a pesar de un comportamiento “normal” para los otros, Michael esconde un niño en el piso subterráneo de su casa, con quien mantiene una relación próxima a la de un padre y un hijo (si es posible describirla así) con tonos totalmente transgresores.

La cuestión que importa reflejar cuando se ve Michael no es defender la legitimidad de un director para hacer una película sobre la pedofilia. El cine es un espejo de la vida y será, sobre todo, la perspectiva individual de un autor sobre lo que obsesiona o perturba más su mirada. Ese es el caso de Michael y Markus Schleinzer. La cuestión es que importa siempre, y en todos los casos, ver una película como una forma de honestidad y no de manipulación, una obra que muestre una consciencia sobre su ficción y que no se sirva de su “mentira” para hacernos creer de forma pura e inocente en lo que vemos.

Michael demuestra mucha seguridad formal en sus planos y una elección muy certera en su casting pero presenta una dosis fuerte de manipulación sobre el retrato de su tema. Elegimos una escena central para defender nuestra crítica: después de reírse por un momento cómico de una película de terror en la televisión, Michael decide reproducirla para “su niño” cuando cena con él (un chico que es usado por el realizador del film para reproducir únicamente la ficción que tiene en mente, contrariando nuestra aspiración de que, en el cine, no se mienta con la infancia). Se levanta entonces de su silla, abre sus pantalones, coge su pene con la mano izquierda y un cuchillo con su mano derecha y le pregunta: “¿Con cuál te penetro, el pene o el cuchillo?”. “El cuchillo”, contesta el niño, mirando a su plato. Una escena que miramos en plano frontal, con los dos personajes frente a frente, pero que ha sido conseguida gracias a un proceso de transparencia con tal de no dañar sensibilidades en el momento de rodarla.

No defendemos, de ningún modo, una reproducción exacta de esta “interacción” entre el falso pedófilo (el actor) y su pobre niño (¿cómo podemos pedir a un niño que sea otra persona?). Pero tampoco deseamos recursos artificiales para un tema que merece, como todos los otros en el cine, una forma de verdad. Y lo que Schleinzer no ha entendido es que para buscar la verdad de una película (incluida la ficción), no necesitamos recorrer al artificio para forzar una reproducción exacta, sino simplemente filmar el evento tal como es; ni que una película sobre un pedófilo ha de pasar, necesariamente, por mostrar exactamente lo que él hace usando distancias artificiales que protejan a su director. De lo contrario se pierde una infancia y una película también.

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D’A 2012 – ‘Walk Away Renée’ (Jonathan Caouette, 2011)

Amor de madre

Walk Away Renée empieza con la siguiente cita de Albert Einstein: “La distinción entre pasado, presente y futuro es una obstinada y persistente ilusión”. Y esas palabras parecen vertebrar la construcción temporal amalgamada y cosmogónica con la que Caouette nos mantiene sobrecogidos durante los noventa minutos que dura su película. Con un inicio que bien podría ser de Gus Van Sant (y no por casualidad consta en los créditos finales) en el que aparecen varias imágenes de nubes desfilando a cámara rápida, pronto se nos ubica en las coordenadas del film. Caouette habla con su madre por teléfono y esta le dice que necesita el Litio para vivir. Él decide que debe hacer un viaje para sacar a su madre del centro de salud mental donde está ingresada antes de que sea demasiado tarde. La narración enseguida toma la forma de una road movie tensa, que es continuamente cortocircuitada por las imágenes de archivo que irrumpen atronadoramente, como un golpe de realidad en la cara, para ilustrarnos y (re)construir esos lugares inaccesibles del historial psicofarmacológico de Renée, la madre de Caouette.

Como ya ocurría en Tarnation (Jonathan Caouette, 2003), el dispositivo yoístico acapara la narración de tal forma que la exhaustividad documental resulta por momentos asfixiante y en la revelación de su intimidad, el director incluso llega a lo obsceno, aunque eso sí, aquí en menor medida. Lo que es realmente fascinante es como un archivo familiar de películas caseras llega a convertirse, en manos del director, en una experiencia lisérgica a partir de la sobreabundancia de material y el tratamiento que se hace de la imagen, con un montaje frenético, sobreimpresiones, solarizados, intertítulos y otros efectos digitales. La búsqueda formal hace que el film amplíe su registro a otras formas expresivas como el videoarte y que se integre, gracias a la brillante utilización de la música, también el videoclip. La perfecta combinación entre imágenes y sonidos hace que la película se adentre en algunos géneros como el melodrama o el terror más atmosférico, que quedan desintegrados y a la vez asimilados por la construcción formal de la película. En esto tiene mucho que ver la línea argumental que, construida como gran monumento a la madre, no impide que se relaten otras historias familiares paralelas: la muerte de la madre de Renée; el padre perdiendo la memoria y convirtiéndose en un demente senil; el novio de Jonathan en su relación con Renée, su suegra; o las charlas que Jonathan tiene con su hijo.

Hacia el final, volvemos de nuevo a la situación del inicio donde un médico advierte por teléfono a Caouette que sin el litio su madre podría empeorar psicológicamente y que en exceso la podría matar. En ese momento de tragedia y aturdimiento tiene lugar el pasaje más revelador de Walk Away Renée: Caouette, tumbado en la bañera de su casa, tiene un viaje lisérgico-cosmogónico que se inicia atravesando las estrellas, como en el final de El hombre elefante (David Lynch, 1980), para acabar convirtiéndose en el trayecto psicodélico de 2001: Una odisea del espacio (1968). Dicho viaje culmina llegando hasta más allá del universo, donde la imagen de su madre parece convertirse en el milagro de la creación. Unas secuencias antes, Jonathan Caouette ha afirmado: “Los enfermos mentales están en otro lugar... y dicho lugar existe”. A ese lugar parece dirigirse Caouette durante toda la película, en el viaje que hace junto a su madre. Ese viaje es, en definitiva, la vida. Una declaración de amor mutuo a través del teléfono tiene lugar justo antes de los títulos de crédito.

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IndieLisboa 2012 – Día 4 (30/04/2012)

Las herencias del cine portugués en el IndieLisboa

El cine portugués vuelve a destacarse en el IndieLisboa en las competiciones de cortos y largometrajes. El sábado tuvo lugar la segunda proyección del cortometraje de João Salaviza que ganó el Oso de Oro este año en Berlín, Rafa. En la sección competitiva de los cortos nacionales, Salaviza ha presentado su película anterior, Cerro Negro, hecha por encargo de la Fundación Calouste Gulbenkian para su programa “Próximo Futuro”, un período de exposiciones, debates y ciclos de cine y teatro sobre las relaciones de Occidente con los “nuevos mundos” de África y América del Sur, presencias también determinantes en el nuevo mapa demográfico de Portugal. En su corto, Salaviza construye el retrato de una pareja de ciudadanos brasileños en Portugal divididos por un tema recurrente en su obra: la prisión, o las fronteras físicas en la vida que se imponen entre la libertad de los hombres. Dividido en dos partes –el trayecto de Anajara para visitar a su encarcelado novio Allison y los pasos de éste entre los muros de la cárcel–, Salaviza sigue a sus personajes para relativizar la sensación de encierro. O sea, dentro de las rutas cerradas de sus figuras, encontramos, en la dirección de Salaviza, una forma libre de mirar sus acciones y construir sus historias. En suma, el espacio en su cine, a pesar de encuadrarse en una cierta asfixia social, nos muestra formas de vida que viven libremente gracias a las posibilidades de su ficción. Una mirada que Salaviza seguramente ha aprendido de las películas de un gran director como Abbas Kiarostami.

En los largometrajes, Catarina Ruivo ha traído a las pantallas del IndieLisboa a una figura esencial del pasado cinematográfico portugués: Pedro Hestnes. El actor, que falleció el año pasado, fue el rostro principal del cine portugués de los años 80 y 90, años de oro formados por historias de inocencia y por un país que podía finalmente vivir la libertad en sus relaciones personales y al afrontar su pasado. Hestnes, dulce y poético en su expresión, fue también un personaje misterioso de nuestro cine, apareciendo de forma más esporádica en años recientes, sobre todo para un circuito que prefiere invertir en producciones televisivas o películas que se inspiran en su forma de trabajo. Ruivo (n. 1971), directora de tres películas, ha escrito Em Segunda Mão para su actor y amigo, creando la historia de un escritor de novelas de serie B que nunca ha recuperado el éxito de sus inicios, rechazado del reconocimiento público y de la atención mediática. Hestnes, símbolo de una juventud y de los años de inocencia de un país, surge con un personaje envejecido y gastado, propio de un hombre que no está bien en el mundo de los otros. Pero encuentra aquí una historia de amor sensible que traduce su universo, a pesar de ser desigual en el ritmo. Pero los desequilibrios de una película no eclipsan un justo homenaje a un actor que traía poesía al cotidiano portugués y viceversa.

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D’A 2012 – ‘Bestiaire’ y ‘L’

La taxidermia y el desconcierto

Empezamos una nueva jornada del Festival de Cinema d’Autor de Barcelona asistiendo a la proyección de Bestiaire (2012), el nuevo trabajo del canadiense Denis Côté, presencia habitual de festivales como el Bafici o el Festival de Cine de Locarno. En este ejercicio documental, contemplativo y reposado, Côté centra su mirada en los animales del Park Safari de Quebec.

El director no introduce en su filme personajes protagonistas ni argumento que le disturben de su intención principal, que es, grosso modo, la de humanizar a los animales y animalizar a los humanos. Durante el escaso metraje de Bestiaire me vienen a la mente muchas imágenes, pero extrañamente ninguna de ellas pertenece al ámbito cinematográfico. Mientras se suceden esta serie de planos fijos, pasan por mi cabeza Cómo explicar los cuadros a una liebre muerta (1965) de Joseph Beuys, los animales disecados de Damien Hirst, Doce caballos vivos (1969) de Janis Kounellis, la performance Balkan Baroque (1999) de Marina Abramovic o incluso el polémico trabajo de la artista holandesa Tinkebell, que realiza bolsos, juguetes y complementos a partir de animales que ella misma diseca. En todas estas obras encontramos una reflexión sobre la relación entre humanos y animales: una relación jerárquica, de control y dominación, que pretende evidenciar la supremacía de los primeros con la finalidad de cuestionarla.

Durante los 72 minutos de metraje de Bestiaire nos enfrentamos al comportamiento de animales fuera de su habitat natural, presenciando sensaciones como el hambre, el miedo, el nerviosismo, la inquietud o el dolor. Este es “el qué”. El “cómo” vendría a ser el formato: un documental realizado a base de colocar una serie de planos fijos uno tras otro. Y es este “cómo” el que no acaba de resultar convincente. Tal vez porque se trata de un montaje en el que el todo no es más que la suma de las partes. Tal vez porque mi formación, más orientada a experimentar con formatos y técnicas narrativas, me lleva a imaginarme estas mismas imágenes mostradas de otro modo. Probablemente varias pantallas, una por cada uno de los planos que aparecen, a modo de gigantesco mosaico, para que de este modo la presencia de los animales rodee literalmente al espectador y así resulte mucho más abrumadora, mucho más efectiva. Al ser el tiempo de visionado menos dilatado, la atención del espectador no disminuiría. La búsqueda de la efectividad mediante la saturación. Pero claro, esa ya sería otra obra.

Además de Sangue do meu Sangue (2011), la última película del director portugués João Canijo (director al cual Contrapicado dedicó un extenso artículo hace unos meses), otra de las películas altamente recomendables del festival es L (2012), ópera prima del director griego Babis Makridis. Podríamos decir que L es la historia de un hombre divorciado de mediana edad que decide cambiar el coche por la moto, pero decir esto sería como decir que El Padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972) es una pelicula familiar o que en Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) aparece un trineo. Situar al espectador medio ante una película como L puede tener consecuencias imprevisibles que abarcan desde la carcajada espontánea, pasando por el bostezo prolongado o la incomprensión más absoluta de todo lo que sucede en pantalla. El desconcertante sentido del humor que salpica toda la historia la acerca por momentos a algunos textos de Samuel Beckett o Eugène Ionesco y el comportamiento de sus protagonistas nos recuerda al de los personajes que habitan las películas de Yorgos Lanthimos. Un hombre que actua como un oso, un empleo nada ortodoxo que consiste en conducir hasta un lugar indeterminado para recoger diariamente un tarro de miel o una fiesta de cumpleaños en el interior de un coche mientras suena el Claro de Luna de Ludwig van Beethoven, son algunas de las extrañas situaciones a las que nos enfrenta Makridis en su primera película.

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D’A 2012 – ‘Les bien-aimés’, ‘L’Apollonide’ y ‘O abismo prateado’

La leyenda de la puta y el infiel

Un MacGuffin con mucha clase. Así inicia Christophe Honoré Les bien-aimés, con el robo de unos bonitos zapatos que convierten a la ladrona y también protagonista del film, Madeleine, sin comerlo ni beberlo, en prostituta. Su azaroso devenir y su improvisada concepción del amor hacen que su primer cliente, un médico checoslovaco, se convierta en su primer marido y padre de su hija. Estamos en París, en 1964, el mismo año en que Jacques Demy rodó Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964), y como en aquella, Les bien-aimés es también un musical y, como en aquella, la situación política hace que los dos amantes se separen. Honoré revisita con numerosos guiños (incluso hay un plano dedicado exclusivamente a un paraguas) el clásico de Demy para regalarnos una tragicomedia musicada con un humor elegante y sutil, y una banda sonora entre nostálgica y magnética, compuesta por Alex Beaupain. No es este el único mérito de la cinta: la película está contada a partir del paso del tiempo y del conflicto generacional. Así, Catherine Deneuve y Chiara Mastroianni, madre e hija en la vida real, interpretan a Madeleine y Vera, madre e hija en este film. Si Madeleine encuentra el amor de casualidad, Vera se convierte en el ángulo complementario de su progenitora, una chica que busca el amor verdadero sin tener suerte. En la segunda parte del film se abandona el tono amable y se torna melodrama crudo, aunque esto no evita abandonar las dosis de humor irónico. Al inicio del film, es la voz de Vera la que nos relata en pasado la historia de cómo su madre se convirtió en puta y se enamoró de su padre, un hombre infiel. Y es la voz de Madeleine la que nos relata el final de su hija. Unos bonitos zapatos reposan sobre la acera...

Esto no es un prostíbulo

Que quede claro: L'Apollonide no es un prostíbulo sino una “casa de tolerancia” a la que va a parar Pauline. Estamos en noviembre de 1899, en el paso del Siglo XIX al XX, y los burgueses acuden a este burdel de Francia para perder a la vez su dinero y su vergüenza. Como sus otras compañeras, Pauline busca ganar el dinero suficiente para poder saldar sus deudas o enamorar a un ricachón que la obsequie con la libertad. Bertrand Bonello compone un film hermético, en ocasiones algo claustrofóbico, en el que la rutina diaria de preparación para ejercer de las jóvenes prostitutas y sus chismorreos y miserias se convierten en la única voz de este cuento de cenicientas trasnochadas atrapadas entre las cuatro paredes de su único medio para intentar conquistar la libertad. Tan sólo en un momento puntual, Bonello da un pequeño respiro en forma de secuencia de exteriores, con un decorado campestre que recuerda la pintura impresionista francesa de la época. Pero todo parece haber sido un sueño. Enseguida volvemos a encerrarnos otra vez en l'Apollonide y a contemplar el lirismo de lo atroz. Y entonces nos sobreviene una impresión: hemos sido voyeurs de lo pornográfico y no nos habíamos percatado, porque Bonello nos lo había disimulado con una fina capa de seda. La experiencia estética del film es notable y algunos recursos estilísticos como la pantalla partida en cuatro aún la potencian más. La armonía que consigue L'Apollonide, entre lo salvaje y lo sublime, lo escatológico y lo poético, permite que se pueda recitar un pasaje del “Estudio antropométrico sobre putas y ladrones” para minutos más tarde golpearnos con una dura y explícita imagen de sadismo. La película cierra con un golpe bajo: las últimas imágenes tienen lugar en la actualidad, donde la textura cruda del formato digital nos muestra el estado actual de la prostitución en exteriores. Nada parece haber cambiado en cien años.

Al mar

En Brasil, Violeta, una mujer de clase media-alta con un hijo, es abandonada por el marido, que parece haberse escapado en un viaje por mar. La mujer sale en su búsqueda pero se da cuenta tarde que le va a ser imposible encontrarlo. Su deambulación acabará también en el mar, donde conocerá a un padre separado y a su hija. O abismo prateado (Karim Aïnouz) es una película insulsa, que antes de la mitad del metraje parece quedarse hipnotizada por el movimiento de las olas y de su sonido mántrico. Torpemente remarcada en su final por una canción brasileña que recita “los hombres que la han dejado...”, llegan los créditos finales, sintomáticamente idénticos a los del principio: destellos sobre fondo azul, el abismo plateado que fagocita la historia.

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D’A 2012 – ‘Hors Satan’ (Bruno Dumont, 2011)

Te protegeré de los incendios

Cuando termina la proyección de Hors Satan un silencio sepulcral invade la sala. Tan sólo un tímido aplauso por parte de alguien que, al no recibir apoyo ninguno del resto de espectadores, ceja rápidamente en su iniciativa. No culpo a todos aquellos que no quisieron acompañarle, en absoluto. La brutalidad del cine de Bruno Dumont provoca a menudo una sensación tal, que una salva de aplausos resultaría la acción más desubicada que uno pueda imaginar. Tan sólo el silencio prolongado (con toda la incomodidad que éste conlleva) resulta una continuación lógica para una película como Hors Satan.

De entrada, me gustaría decir que comprendo que el filme haya podido molestar a más de uno. Es árido, feísta y de una lentitud exasperante. Está vivo pero enfermo, y además respira con dificultad. Duele como una herida infectada, cada vez más a medida que avanza el metraje, e interpela al espectador realizándole preguntas de esas que nadie quiere contestar.

Tras tomar asiento y percibir el ritmo de la narración, ya en los créditos iniciales, podemos decir sin miedo a equivocarnos aquello de “no hemos venido aquí para pasarlo bien”. No hay personajes con los que empatizar facilmente, no hay apenas diálogos, no hay mucha acción, no hay música (ni diegética ni extradiegética), no hay hechos anecdóticos ni toques de humor. En definitiva, no hay artificio alguno al que nos podamos aferrar como si de una tabla de salvación se tratase. Tan sólo hay cine. Crudo, desnudo y sin ornamentos. Humanidad, naturaleza y muerte, mucha muerte. Muerte que en manos de Dumont se convierte en un proceso simbólico más que en un suceso físico.

Estamos ante una película casi minimalista con ecos (distorsionados, mórbidos y a veces casi imperceptibles; pero ecos al fin y al cabo) a Dreyer, a Tarkovski, a Pasolini, a Bresson, al Angelus de Millet o a muchas de las pinturas de Caspar David Friedrich. Salvando las distancias, las imágenes me remiten también a la primera novela que escribió Nick Cave (And the Ass Saw the Angel, 1989), y el personaje interpretado por David Dewaele se transforma en mi mente en una especie de primo bastardo del inolvidable y ambiguo Euchrid Eucrow que protagoniza la novela de Cave.

La relación de los protagonistas con la naturaleza es abrumadora y desconcertante. Entre silencio y silencio, los dos personajes (impresionantes  David Dewaele y Aurore Broutin) rinden culto a una naturaleza infinita y casi sobrenatural, como aquella que en 1824 provocó el naufragio del Esperanza en la famosa obra de Friedrich. La cámara, al enfocar los rostros de los dos protagonistas sin nombre, consigue despojarse de su condición de aparato tecnológico creador de artificios y deviene, mediante un extraño e inesperado milagro, en reflector de vida, en destilador del mínimo común denominador humano. Dumont ha optado en este caso por prescindir de actores profesionales y por dejar los diálogos reducidos hasta un esqueleto que apenas tiene presencia a lo largo del metraje. La comunicación se realiza más bien mediante las miradas; tanto las miradas entre los personajes como las que estos depositan en el horizonte, aún a pesar de que bien saben que la belleza de éste no les va a servir como metáfora de su incierto futuro.

Es por todo esto que entiendo a aquellos que se irritan al hablar de Hors Satan, pero también es por todo esto que empatizo mucho más con aquellos que la consideran una obra maestra que se escapa de lo común, una experiencia difícil de olvidar, una película que deja de ser sólo cine para convertirse en otra cosa, en algo que va mucho más allá.

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IndieLisboa 2012 – Día 3 (28/04/2012)

Lisboa y Viena, un modelo para el cine

Ya habíamos hablado del homenaje del IndieLisboa a la Viennale, el festival de cine de Viena, por sus cincuenta años de actividad. Desde su fundación, hace nueve años, que el evento portugués integra un círculo de eventos independientes que promueve un cine de calidad. Con la existencia de Cannes, Berlín o Venecia, grandes mercados de compra y venta de películas (y secciones competitivas cada vez más caracterizadas por impulsos de marketing y no tanto por la innovación cinematográfica), ha crecido un circuito que trabaja por la valorización cultural de sus ciudades con películas que desafían los géneros de la Historia del Cine. Pasados nueve años de existencia, IndieLisboa es uno de ellos, y para eso se ha inspirado en el modelo de Viena: un festival que defiende la calidad de las películas como único criterio de exhibición, mostrando cine y no eventos de publicidad. En Viena se ha creado un equilibrio casi perfecto entre una oferta cinematográfica exigente y una búsqueda de 200 mil espectadores. La dimensión demográfica de Viena es similar a la de Lisboa (2 millones de habitantes en la capital portuguesa, con su área suburbana) y con 41 años más de actividad quizás tendremos un movimiento de la misma amplitud.

El homenaje se plasma en cinco películas que han marcado la historia de la Viennale. Daisies (1966) de Vera Chytilová, exhibido ayer, nos trae el tiempo de las nuevas olas internacionales ‑un ejemplo surrealista de las vanguardias del cine de Checoslovaquia en los años sesenta. El programa seguirá con Beware of a Holy Whore (1971) de Rainer W. Fassbinder, “héroe independiente” y rebelde máximo del cine europeo (una película sobre un rodaje que demuestra su amor y odio por el propio acto de hacer películas), The Last of England (1988) de Derek Jarman (obra experimental contra los años Thatcher en Inglaterra), La terre des âmes errantes (2000) de Rithy Panh, ejemplo vivo del mejor documental político (una obra de denuncia de las atrocidades del régimen de Pol Pot en Mongolia cuando sus ciudadanos buscan su progreso económico y personal) y, finalmente, Los Angeles Plays Itself, imperdible obra del crítico Thom Andersen sobre la presencia de la ciudad de Los Angeles en las obras creadas en su propia industria (un homenaje al cine, a su poder de ilusión y a los cambios permanentes de una ciudad-estudio).

Pero la noche ha terminado con la proyección de la última película de Abel Ferrara: 4:44 Last Day on Earth. Encontramos las fuentes de violencia de su cine, pero también un deseo de paz y de amor entre lo que se espera para todos: la muerte. El director parece realista y consciente de un Apocalipsis que no llegará por ningún evento extraño a nuestros sentidos, pero que vive ya entre nuestro impulso de muerte y un deseo natural por el abismo. Abel Ferrara rodea su personaje principal -interpretado por William Dafoe- de discursos e imágenes retiradas de nuestra vida real y sus noticiarios, captando momentos de revuelta (o indicios de muerte) de forma tan natural y pacífica como los impulsos de creatividad y de renacimiento que demuestra su pareja femenina (Shanyn Leigh). Y en su mirada, sugiere un fin también para el cine o la forma de representar nuestras historias inocentes (recordando, a veces, algunos gestos de los últimos años de Godard). Una película sobre el fin de la humanidad pero de gran vitalidad, obra de un cineasta que ha pasado por los extremos de la vida y que mira a la muerte sin complejos o fantasías.

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