Hombres, mujeres y balas
Algunos le llaman “la crisis de los cuarenta”; otros “complejo de Peter Pan”: cuando la edad adulta no equivale a madurez, los derroteros por los que nos lleva la vida nos convierten en seres desconcertados, miedicas y angustiados. Una pistola en cada mano es un fiel retrato de esos transeúntes desorientados que vagan por sus vidas sin entender nada sobre sí mismos o sobre los demás.

Ocho hombres, ocho historias y un denominador en común: el miedo y sus somatizaciones. Cesc Gay pone el dedo en la llaga al presentarnos un universo masculino acomplejado, desafortunado y deprimido dando rienda suelta a unos personajes que, lejos de ser hombres hechos y derechos, parecen pulpos en un garaje. Las mujeres ponen el contrapunto en la cinta al mostrarse decididas, seguras y claras. El contraste entre éstas y ésos enfatiza la comicidad de las situaciones en las que, como si de un juego se tratase, ellas siempre llevan ventaja. La avispada condescendencia con la que las mujeres tratan a los hombres incide en esa visión patética de lo masculino ofreciendo momentos desternillantes como el protagonizado por Elena (Clara Segura) al no poder contenerse la risa cuando S. (Javier Cámara) le confiesa que tiene sueños eróticos con ella.

Cesc Gay vuelve a recorrer los recovecos de la infelicidad y las miserias de la edad adulta que se zarandean entre las idas y venidas de la vida en pareja, las mentiras y la inautenticidad de las relaciones de amistad. Sin embargo, la luz que arroja sobre Una pistola en cada mano nada tiene que ver con la melancolía que invade En la ciudad (2003) o Ficción (2006). En ambos filmes, el tono nostálgico palpita en unos personajes contenidos, afligidos por la pesadumbre de sus vidas. En la última película de Gay, en cambio, la mirada con la que el director catalán se aproxima a sus personajes se desprende de ese dolor para transformarlo en sarcasmo siguiendo la línea que ya empezó a trazar con V.O.S. (2009), obra que también transpira humor y una cierta dosis de esperanza.

No sólo el leitmotiv de la filmografía de Gay se hace presente en su último largometraje, también el estilo personal del director se respira en cada escena. Los planos, la puesta en escena y la fotografía persiguen esa exploración de la intimidad de los personajes sin resultar por ello invasivos. Y es que la aspereza con la que se dibuja a los protagonistas masculinos en el guión queda contrarrestada por el mimo en el tratamiento visual. Quizás sea precisamente esta protección de los personajes en los planos la que da licencia a Cesc Gay y a Tomás Aragay para cargar las tintas en el guión. Ni palabras reprimidas ni eufemismos, el texto de Una pistola en cada mano es deliberadamente punzante y repleto de absurdos, lo cual, en su conjunto, dispara chispas de comicidad a cada instante.

Si a un guión potente le sumamos un elenco brillante, la fórmula no puede decepcionar. Eduard Fernández (E.), Leonardo Sbaraglia (J.), Javier Cámara (S.), Clara Segura (Elena), Ricardo Darín (G.), Luis Tosar (L.), Eduardo Noriega (P.), Candela Peña (Mamen), Jordi Mollá (M.), Cayetana Guillén-Cuervo (Sara), Alberto San Juan (A.) y Leonor Watling (María) son, nada más y nada menos, los componentes del casting de Una pistola en cada mano. El relato se estructura en seis capítulos (y un epílogo) en los que se produce un encuentro entre dos personajes, dando pie a auténticos duelos interpretativos dignos de mención como el protagonizado por Cámara y Segura o el de Darín y Tosar. Y es que, tal y como apunta el mismo reparto, Cesc Gay es, indudablemente, un gran director de actores.

Agradable y reflexiva, Una pistola en cada mano es una de aquellas películas cuya frescura y humor hace pasar un buen rato no sin pasar revista a nuestras vidas y, por qué no, reírnos un poco de nosotros mismos.
El director griego no encuentra la panacea en las drogas, ni en el olvido ni en la resurrección, sino en Alps. Éste es el nombre con el que se bautiza una compañía que se dedica a reemplazar, por encargo de los familiares, a los difuntos de éstos con el fin de hacerles más llevadera la dolorosa pérdida. Así, se sustituye al desaparecido llevando su ropa, imitando todos sus gestos, recitando sus palabras y recreando momentos concretos de su vida.
Si bien éste es el planteamiento inicial del film, la carga que conlleva no se agota ahí. Como ya viene siendo habitual en la obra de Lanthimos, lo que se sugiere a sotto voce e incluso lo que se calla es tan o más importante que lo que se nos dice alto y claro. Abordando no tan sólo la cuestión de la muerte como destino irrevocable del individuo (y lo que ello implica), Lanthimos dibuja también una segunda línea de reflexión, una línea fina y secundaria en el film pero, sin duda, no menos profunda e inquietante que la principal.
Asimismo, las relaciones sociales, concebidas siempre como un juego de poder entre dominantes y dominados, se consolidan, con Alps, como tema recurrente en la filmografía de Lanthimos. La figura tiránica y despiadada es representada esta vez por el líder de la compañía, cuyo despotismo es sufrido por el resto de integrantes del grupo, quienes se ven sometidos al yugo de ése no sin poca violencia de por medio. La crudeza, la violencia y el poder como ejes vertebrales de las relaciones sociales aparecen ya en su anterior y aclamadísima película, Canino (Kynodontas, 2009).
La dureza con la que son entendidas las relaciones sociales no es el único denominador común que comparten ambos filmes. Estilísticamente, ambas obras se fundan en una concepción de la visualidad áspera, desnuda, casi ruda, desprovista de toda depuración estética produciendo un efecto de exagerado enrarecimiento hasta el punto de desvirtuar la naturalidad del encuadre. En consecuencia, se entorpece el proceso diegético generando en el espectador una sensación de incomodidad persistente a lo largo de la película. Planos desenfocados, imágenes descentradas y encuadres que parecen perderse en el objeto captado configuran esa deliberada sensación de extrañeza. Esta incomodidad no tan sólo se deja entrever en el tratamiento de la imagen, también el guión y la ausencia total de banda sonora (prodiegética) convergen hacia un mismo propósito, el de reflejar la crudeza de la historia narrada.
Momentos de dureza, otros de ridículo humor, algunos de angustiante violencia… El guión de Alps no se deja clasificar fácilmente, cosa que es muy de agradecer. Sin embargo, la historia, que parte de una idea brillante y con muchísimo potencial, pierde fuelle a medida que se desarrolla y acaba por convertirse en una naranja a medio exprimir. Esa falta de definición y resolución final no impide reconocer la originalidad de la arriesgada propuesta que Lanthimos lanza al mundo. A la espera de que siga desconcertando y agitando la conciencia del espectador con sus futuras obras, volveremos a ver sus tres largometrajes hasta la fecha (Kinetta –2005–, Canino y Alps). Seguro que algo nuevo nos despiertan…












