En un arrebato de lucidez e iniciativa propia acontecido en 1925, los seis personajes creados por Luigi Pirandello para una de sus obras teatrales, utilizan su autonomía y vida propia al margen de la historia para reflexionar acerca de su creador, de su condición de personajes y del propio acto creativo. Aprovechamos esta nueva crónica del Festival de Cinema d’ Autor de Barcelona para hablar de los personajes protagonistas de algunas de las películas proyectadas en estos dos últimos días, pero no tanto de su relación con los autores sino de esa búsqueda inevitable que a todos ellos caracteriza.
1. El adolescente problemático (Breathing, Karl Markovics, 2011)
Roman Kogler busca a su madre, aunque su madre no le busque a él. Está ingresado en un centro de menores y trabaja en una funeraria. Tiene problemas para sociabilizarse y para hablar con los demás. En ocasiones es presa de arrebatos de ira incontrolable y tiene la necesidad de hacer lo que le dé la gana sin pensar en las consecuencias, por eso se mete a menudo en problemas. Roman Kogler, en algunos momentos de la película, es como un pez. Como un pez abisal que no quiere saber nada de la luz. Sus pulmones se transforman en branquias y se sumerge bajo el agua, lo más hondo que puede, para así poder respirar tranquilo y que el resto del mundo le deje en paz. Al menos, hasta que tenga que salir de nuevo a flote para enfrentarse con la realidad.
2. La superviviente empática (Sette opere di misericordia, Gianluca i Massimiliano De Serio, 2011)

Luminita, como inmigrante ilegal que es, se ha acostumbrado a la miseria y más que vivir sobrevive. Roba para comer, habla poco y observa mucho. Presupongo que de noche, cuando no puede dormir, llora durante un par de horas. Luminita le da una paliza al anciano desconocido. Pero no es por maldad, es cuestión de supervivencia. Necesita esconderse del mundo durante un tiempo, eso es todo. Luminita fija la mirada en la traqueotomía del anciano y se apiada de él, por el agujero en la traquea y por muchos otros motivos. Se produce una inversión de los papeles, una reinterpretación del Síndrome de Estocolmo algo más sobrio, más comedido, más platónico y distante. Luminita da de comer y beber al anciano, lo viste, lo lava, lo cuida. Rituales de la cotidianidad que recuerdan por un instante (sólo por un instante) al cine de Béla Tarr.
3. El enfermo terminal (Stopped on track, Andreas Dresen, 2011)
Frank Lange va al médico a causa de un intenso dolor de cabeza. El médico le diagnostica un tumor cerebral inoperable. Le dice que se va a morir. Frank, en su desesperación, personifica a su tumor y lo ve hablando por televisión. Parece un hombre de mediana edad de aspecto inofensivo, pero no nos dejemos engañar, es el tumor de Frank, aparición estelar en un Late Night Show. Atisbos de humor integrados en un drama bigger than life, bigger than death. Frank se aferra a la vida, quiere a su esposa y quiere a sus hijos, pero eso al tumor no le importa, no se aviene a razones. Frank graba todo con su Iphone, huellas de un resquicio de vida, registros de un estertor de muerte. Es consciente de que está inmerso en una trama obscena, demasiado parecida a la realidad como para ser falsa, pero claro, está tan ocupado con el asunto de la muerte que no le queda tiempo para preocuparse por menudencias como esa.
4. El homosexual inseguro (Weekend, Andrew Haigh, 2011)

Rusell y Glen, una discoteca, un fin de semana y una relación efímera que hace tambalearse los cimientos de toda una vida. Boy meets boy, como tantas otras veces, aunque siempre de distinto modo. Personas que en un momento determinado de nuestra vida se convierten en imprescindibles pueden desaparecer de la noche a la mañana, uno de los dramas cotidianos de la vida real. Me acuerdo de las desconocidas que protagonizaban la película de Julio Medem y, por supuesto, de los desconocidos que protagonizaban el filme de Matías Bize. Me acuerdo de la habitación en el hotel de Roma y de la cama del motel de Santiago. También me acuerdo de Antes del amanecer y de Antes del atardecer, de las conversaciones mantenidas entre el periodista norteamericano y la estudiante francesa, cuando son jóvenes y cuando ya no lo son tanto. Después de ver Weekend pienso que a veces una etiqueta como la de “película gay” está de más. Porque no se habla sólo de homosexualidad sino sobretodo de sentimientos, y estos son extensibles a la totalidad de la especie humana, independientemente de sus preferencias sexuales.
5. El estudiante belicoso (El estudiante, Santiago Mitre, 2011)

Roque Espinosa llega a Buenos Aires para estudiar en la universidad, pero por el camino se va dando cuenta de que hay otras cosas que le interesan más. Aparta los libros y se acerca a las personas, aunque de modo un tanto ambiguo. Así funciona la política, supongo. Una voz en off le describe y le acompaña. Nos acompaña. Roque sobrevive, lucha, trepa, se aferra a clavos ardiendo e intenta aprovechar situaciones propicias. Se mantiene a flote como puede en una atmósfera política convulsa, llena de pancartas, asambleas y manifestaciones, una atmósfera que nos recuerda demasiado a acontecimientos muy cercanos. El director Santiago Mitre acerca la cámara a Roque, pero no la deja quieta, la mueve todo el tiempo, arriba y abajo, a izquierda y derecha, de modo intencional. Porque la realidad no es estática sino que fluye constantemente, aunque sea a trompicones. Por eso Roque duda, acierta y se equivoca, avanza y retrocede. Por eso Roque termina la película diciendo que no.
6. El suicida frustrado (Romance Joe, Lee Kwang-kuk, 2011)

El protagonista del filme, alter ego de Kwang-kuk en la pantalla, atraviesa un bloqueo creativo. Uno de esos que te hacen sentir como si se estuviese acabando el oxígeno en el mundo. Uno de esos que te llevan a acercar peligrosamente la cuchilla a la muñeca con el único fin de provocar el fin. El alter ego en cuestión se salva a causa del destino, a causa de un café, a causa de una conversación. Es un personaje introducido por su creador dentro de una docena de Matrioshkas, y dichas Matrioshkas son las historias que estructuran La Historia. Historias que cuentan historias que cuentan historias que... El placer de narrar y de ser narrado, de formar parte de uno de esos relatos que despiertan nuestra curiosidad, conforman nuestra historia y alimentan nuestro espíritu.


Durante los 72 minutos de metraje de Bestiaire nos enfrentamos al comportamiento de animales fuera de su habitat natural, presenciando sensaciones como el hambre, el miedo, el nerviosismo, la inquietud o el dolor. Este es “el qué”. El “cómo” vendría a ser el formato: un documental realizado a base de colocar una serie de planos fijos uno tras otro. Y es este “cómo” el que no acaba de resultar convincente. Tal vez porque se trata de un montaje en el que el todo no es más que la suma de las partes. Tal vez porque mi formación, más orientada a experimentar con formatos y técnicas narrativas, me lleva a imaginarme estas mismas imágenes mostradas de otro modo. Probablemente varias pantallas, una por cada uno de los planos que aparecen, a modo de gigantesco mosaico, para que de este modo la presencia de los animales rodee literalmente al espectador y así resulte mucho más abrumadora, mucho más efectiva. Al ser el tiempo de visionado menos dilatado, la atención del espectador no disminuiría. La búsqueda de la efectividad mediante la saturación. Pero claro, esa ya sería otra obra.
La relación de los protagonistas con la naturaleza es abrumadora y desconcertante. Entre silencio y silencio, los dos personajes (impresionantes David Dewaele y Aurore Broutin) rinden culto a una naturaleza infinita y casi sobrenatural, como aquella que en 1824 provocó el naufragio del Esperanza en la famosa obra de Friedrich. La cámara, al enfocar los rostros de los dos protagonistas sin nombre, consigue despojarse de su condición de aparato tecnológico creador de artificios y deviene, mediante un extraño e inesperado milagro, en reflector de vida, en destilador del mínimo común denominador humano. Dumont ha optado en este caso por prescindir de actores profesionales y por dejar los diálogos reducidos hasta un esqueleto que apenas tiene presencia a lo largo del metraje. La comunicación se realiza más bien mediante las miradas; tanto las miradas entre los personajes como las que estos depositan en el horizonte, aún a pesar de que bien saben que la belleza de éste no les va a servir como metáfora de su incierto futuro.
Decir con una película –realizada en 2011– que uno pretende homenajear a Douglas Sirk puede sonar (dependiendo por supuesto de quien lo diga) como un comentario trasnochado, pasado de rosca, desconcertante, o si hablamos de directores como Rainer Werner Fassbinder (Todos nos llamamos Alí, 1973, El Matrimonio de Maria Braun, 1978) o Todd Haynes (Lejos del cielo, 2002), moderno, arty, apropiacionista en el buen sentido de la palabra y casi diría que vintage.














...el tiempo, la medida, el conocimiento, la prueba, la resistencia, la observación, el análisis, Leonardo da Vinci, las ratas, las matemáticas, el pasado, el plano picado, los frascos del alquimista, el metrónomo precipitado, el diapasón cuyo sonido se prolonga, en el tiempo y el espacio, el recuerdo de un vídeo de Martha Rosler, el cuerpo sumergido, la inquietante perfección, las sacudidas, la Última Cena, Muybridge, carassius auratus, precisión con decimales, capas de tiempo, todas superpuestas, una sobre otra, una debajo de otra, las matemáticas, la mirada fija, el cuerpo casi inerte, el agua que gotea, la herida, los instrumentos precisos, muy precisos, el tiempo que pasa, muchas veces, las plantas que se mueren con el paso del tiempo, la cámara que se mueve con el paso del tiempo, el cuerpo, como un objeto, la herida provocada como punto de partida, la presión, la prueba, la pantalla dividida, el desnudo bajando la escalera, que se queda quieto para observar a Duchamp, la precisión, la exactitud, la creación, la vida sumergida, las sacudidas, las pesadillas, las convulsiones, el ensayo de la caída, la caída, la repetición de la caída, los ejercicios, el tiempo y sus capas, de nuevo, superpuestas, entremezcladas, la respiración pausada, el goteo pausado, la paciencia, el sexo, el odio, la carne, la mirada al espectador, la muerte.



























