Archivo del Autor: Marla Jacarilla

D’A 2012 – Seis personajes en busca de…

En un arrebato de lucidez e iniciativa propia acontecido en 1925, los seis personajes creados por Luigi Pirandello para una de sus obras teatrales, utilizan su autonomía y vida propia al margen de la historia para reflexionar acerca de su creador, de su condición de personajes y del propio acto creativo. Aprovechamos esta nueva crónica del Festival de Cinema d’ Autor de Barcelona para hablar de los personajes protagonistas de algunas de las películas proyectadas en estos dos últimos días, pero no tanto de su relación con los autores sino de esa búsqueda inevitable que a todos ellos caracteriza.

 1. El adolescente problemático (Breathing, Karl Markovics, 2011)

Roman Kogler busca a su madre, aunque su madre no le busque a él. Está ingresado en un centro de menores y trabaja en una funeraria. Tiene problemas para sociabilizarse y para hablar con los demás.  En ocasiones es presa de arrebatos de ira incontrolable y tiene la necesidad de hacer lo que le dé la gana sin pensar en las consecuencias, por eso se mete a menudo en problemas. Roman Kogler, en algunos momentos de la película, es como un pez. Como un pez abisal que no quiere saber nada de la luz. Sus pulmones se transforman en branquias y se sumerge bajo el agua, lo más hondo que puede, para así poder respirar tranquilo y que el resto del mundo le deje en paz. Al menos, hasta que tenga que salir de nuevo a flote para enfrentarse con la realidad. 

2. La superviviente empática (Sette opere di misericordia, Gianluca i Massimiliano De Serio, 2011)

Luminita, como inmigrante ilegal que es, se ha acostumbrado a la miseria y más que vivir sobrevive. Roba para comer, habla poco y observa mucho. Presupongo que de noche, cuando no puede dormir, llora durante un par de horas. Luminita le da una paliza al anciano desconocido. Pero no es por maldad, es cuestión de supervivencia. Necesita esconderse del mundo durante un tiempo, eso es todo. Luminita fija la mirada en la traqueotomía del anciano y se apiada de él, por el agujero en la traquea y por muchos otros motivos. Se produce una inversión de los papeles, una reinterpretación del Síndrome de Estocolmo algo más sobrio, más comedido, más platónico y distante. Luminita da de comer y beber al anciano, lo viste, lo lava, lo cuida. Rituales de la cotidianidad que recuerdan por un instante (sólo por un instante) al cine de Béla Tarr.

 3. El enfermo terminal (Stopped on track, Andreas Dresen, 2011)

Frank Lange va al médico a causa de un intenso dolor de cabeza. El médico le diagnostica un tumor cerebral inoperable. Le dice que se va a morir. Frank, en su desesperación, personifica a su tumor y lo ve hablando por televisión. Parece un hombre de mediana edad de aspecto inofensivo, pero no nos dejemos engañar, es el tumor de Frank, aparición estelar en un Late Night Show. Atisbos de humor integrados en un drama bigger than life, bigger than death. Frank se aferra a la vida, quiere a su esposa y quiere a sus hijos, pero eso al tumor no le importa, no se aviene a razones. Frank graba todo con su Iphone, huellas de un resquicio de vida, registros de un estertor de muerte. Es consciente de que está inmerso en una trama obscena, demasiado parecida a la realidad como para ser falsa, pero claro, está tan ocupado con el asunto de la muerte que no le queda tiempo para preocuparse por menudencias como esa.

4. El homosexual inseguro (Weekend, Andrew Haigh, 2011)

Rusell y Glen, una discoteca, un fin de semana y una relación efímera que hace tambalearse los cimientos de toda una vida. Boy meets boy, como tantas otras veces, aunque siempre de distinto modo. Personas que en un momento determinado de nuestra vida se convierten en imprescindibles pueden desaparecer de la noche a la mañana, uno de los dramas cotidianos de la vida real. Me acuerdo de las desconocidas que protagonizaban la película de Julio Medem y, por supuesto, de los desconocidos que protagonizaban el filme de Matías Bize. Me acuerdo de la habitación en el hotel de Roma y de la cama del motel de Santiago. También me acuerdo de Antes del amanecer y de Antes del atardecer, de las conversaciones mantenidas entre el periodista norteamericano y la estudiante francesa, cuando son jóvenes y cuando ya no lo son tanto. Después de ver Weekend pienso que a veces una etiqueta como la de “película gay” está de más. Porque no se habla sólo de homosexualidad sino sobretodo de sentimientos, y estos son extensibles a la totalidad de la especie humana, independientemente de sus preferencias sexuales.

5. El estudiante belicoso (El estudiante, Santiago Mitre, 2011)

Roque Espinosa llega a Buenos Aires para estudiar en la universidad, pero por el camino se va dando cuenta de que hay otras cosas que le interesan más. Aparta los libros y se acerca a las personas, aunque de modo un tanto ambiguo. Así funciona la política, supongo. Una voz en off le describe y le acompaña. Nos acompaña. Roque sobrevive, lucha, trepa, se aferra a clavos ardiendo e intenta aprovechar situaciones propicias. Se mantiene a flote como puede en una atmósfera política convulsa, llena de pancartas, asambleas y manifestaciones, una atmósfera que nos recuerda demasiado a acontecimientos muy cercanos. El director Santiago Mitre acerca la cámara a Roque, pero no la deja quieta, la mueve todo el tiempo, arriba y abajo, a izquierda y derecha, de modo intencional. Porque la realidad no es estática sino que fluye constantemente, aunque sea a trompicones. Por eso Roque duda, acierta y se equivoca, avanza y retrocede. Por eso Roque termina la película diciendo que no.

 6. El suicida frustrado (Romance Joe, Lee Kwang-kuk, 2011) 

El protagonista del filme, alter ego de Kwang-kuk en la pantalla, atraviesa un bloqueo creativo. Uno de esos que te hacen sentir como si se estuviese acabando el oxígeno en el mundo. Uno de esos que te llevan a acercar peligrosamente la cuchilla a la muñeca con el único fin de provocar el fin. El alter ego en cuestión se salva a causa del destino, a causa de un café, a causa de una conversación. Es un personaje introducido por su creador dentro de una docena de Matrioshkas, y dichas Matrioshkas son las historias que estructuran La Historia. Historias que cuentan historias que cuentan historias que... El placer de narrar y de ser narrado, de formar parte de uno de esos relatos que despiertan nuestra curiosidad, conforman nuestra historia y alimentan nuestro espíritu.

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D’A 2012 – ‘Into the Abyss’ y ‘Diamond Flash’

Una cierta pulsión de muerte estructurada por capítulos 

1. Abismos del Cinturón de la Biblia

Los numerosos documentales que Werner Herzog ha realizado desde los años 70, aun a pesar de su pluralidad temática (desde la historia de una mujer sorda y ciega pasando por el mundo de las subastas de ganado o los momentos previos a la erupción de un volcán en la isla de Guadalupe), conforman un todo coherente cuya “única” pretensión es, por así decirlo, destilar la esencia del alma humana  (con toda la belleza, el horror y las contradicciones que ello conlleva) para ponerla en relación con la naturaleza. Con Into the Abyss (2011), Herzog nos propone la inmersión en el caso de Michael James Perry y Jason Burkett, condenados a pena de muerte y 40 años de cárcel respectivamente por un triple homicidio cometido en Conroe, Texas.

Herzog empieza este documental (casi como una declaración de principios) entrevistando al Capellán de la Casa de la Muerte. El Capellán en cuestión habla sobre la vida, sobre la muerte y sobre Dios. Habla sobre su pasión por el golf y narra, con todo lujo de detalles, un revelador encuentro con dos ardillas que le hizo entender en el pasado la complejidad de la vida. No sólo de la vida humana sino de la vida en general, la vida con mayúsculas. Durante 105 minutos, Herzog entrevista no sólo a los dos condenados sino también a sus familiares, a los familiares de las víctimas o incluso al ex capitán de la Casa de la Muerte, encargado de vigilar a los condenados en sus últimos momentos de vida. El tono de la historia oscila entre el drama más descarnado y una especie de comedia de la incomodidad, pero no evidentemente por falta de pulso narrativo del director, sino porque el carácter de los que aparecen en pantalla (en este caso no podríamos referirnos a ellos como personajes, porque no lo son) es en esencia contradictorio. Al fin y al cabo, como el de cualquier otro ser humano. Y es esta contradicción constante lo que más se agradece en un filme como Into the Abyss.

2. Lo imprevisible y lo cotidiano

Podríamos decir que Diamond Flash, la Ópera Prima del dibujante de cómics Carlos Vermut está  destinada –desde antes incluso de su estreno en salas comerciales– a convertirse en un filme de culto underground, en una de esas películas que se proyectan durante meses en las sesiones golfas y son objeto de veneración entre aquellos aficionados al cine que no respeta esquemas de ningún tipo. Ríos de tinta se han vertido ya sobre esta película de héroes y villanos en la que el héroe en cuestión aparece apenas un par de minutos. Más de dos horas de conversaciones “aparentemente” triviales que estructuran un argumento complejo, plagado de pequeños detalles que se transforman en claves para interpretar una trama dividida en cuatro capítulos (Familia, Identidad, Sangre, Destello de diamante) que avanza a golpe de elipsis y recuerdos (dos conceptos en principio opuestos pero que en este caso se transforman en complementarios). Un homenaje en toda regla al cine de Quentin Tarantino; concretamente a esos momentos en los que de modo deliberado decide congelar la trama. Un puzzle con muchas piezas que exige una participación activa por parte del espectador y le presupone cierta inteligencia (algo que por desgracia, no es tan habitual). Violeta, Elena, Lola, Juana y Enriqueta. Cinco personajes femeninos complejos, turbadores, increíblemente humanos, que se definen tanto mediante lo que dicen como mediante lo que callan.

A partir de todas estas premisas Diamond Flash rompe, con gran habilidad y saber hacer, todos los esquemas preconcebidos que tiene el espectador medio acerca de lo que debería ser una película de superhéroes. En palabras de su director, “quería contar la historia de un superhéroe, tipo Power Ranger, que investiga el secuestro de una niña.” Este punto de partida puede parecer tópico y simple, digno de cualquier producción televisiva mediocre, pero en manos de su director se transforma, por arte de magia y con tan sólo 24.000 € de presupuesto, en un experimento digno de alabanza aún a pesar de sus evidentes carencias técnicas. Durante el encuentro con el director tras la proyección de la película, una de las preguntas que sale a colación es la del título. ¿Por qué Diamond Flash si el personaje de Diamond Flash aparece apenas un par de minutos en pantalla? Carlos Vermut se ríe y responde algo así como que “le encantaría que se estrenase una nueva secuela de Batman en la que el personaje de Batman apenas apareciese, en la que se hablase de otras cosas”.

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D’A 2012 – ‘Bestiaire’ y ‘L’

La taxidermia y el desconcierto

Empezamos una nueva jornada del Festival de Cinema d’Autor de Barcelona asistiendo a la proyección de Bestiaire (2012), el nuevo trabajo del canadiense Denis Côté, presencia habitual de festivales como el Bafici o el Festival de Cine de Locarno. En este ejercicio documental, contemplativo y reposado, Côté centra su mirada en los animales del Park Safari de Quebec.

El director no introduce en su filme personajes protagonistas ni argumento que le disturben de su intención principal, que es, grosso modo, la de humanizar a los animales y animalizar a los humanos. Durante el escaso metraje de Bestiaire me vienen a la mente muchas imágenes, pero extrañamente ninguna de ellas pertenece al ámbito cinematográfico. Mientras se suceden esta serie de planos fijos, pasan por mi cabeza Cómo explicar los cuadros a una liebre muerta (1965) de Joseph Beuys, los animales disecados de Damien Hirst, Doce caballos vivos (1969) de Janis Kounellis, la performance Balkan Baroque (1999) de Marina Abramovic o incluso el polémico trabajo de la artista holandesa Tinkebell, que realiza bolsos, juguetes y complementos a partir de animales que ella misma diseca. En todas estas obras encontramos una reflexión sobre la relación entre humanos y animales: una relación jerárquica, de control y dominación, que pretende evidenciar la supremacía de los primeros con la finalidad de cuestionarla.

Durante los 72 minutos de metraje de Bestiaire nos enfrentamos al comportamiento de animales fuera de su habitat natural, presenciando sensaciones como el hambre, el miedo, el nerviosismo, la inquietud o el dolor. Este es “el qué”. El “cómo” vendría a ser el formato: un documental realizado a base de colocar una serie de planos fijos uno tras otro. Y es este “cómo” el que no acaba de resultar convincente. Tal vez porque se trata de un montaje en el que el todo no es más que la suma de las partes. Tal vez porque mi formación, más orientada a experimentar con formatos y técnicas narrativas, me lleva a imaginarme estas mismas imágenes mostradas de otro modo. Probablemente varias pantallas, una por cada uno de los planos que aparecen, a modo de gigantesco mosaico, para que de este modo la presencia de los animales rodee literalmente al espectador y así resulte mucho más abrumadora, mucho más efectiva. Al ser el tiempo de visionado menos dilatado, la atención del espectador no disminuiría. La búsqueda de la efectividad mediante la saturación. Pero claro, esa ya sería otra obra.

Además de Sangue do meu Sangue (2011), la última película del director portugués João Canijo (director al cual Contrapicado dedicó un extenso artículo hace unos meses), otra de las películas altamente recomendables del festival es L (2012), ópera prima del director griego Babis Makridis. Podríamos decir que L es la historia de un hombre divorciado de mediana edad que decide cambiar el coche por la moto, pero decir esto sería como decir que El Padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972) es una pelicula familiar o que en Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1941) aparece un trineo. Situar al espectador medio ante una película como L puede tener consecuencias imprevisibles que abarcan desde la carcajada espontánea, pasando por el bostezo prolongado o la incomprensión más absoluta de todo lo que sucede en pantalla. El desconcertante sentido del humor que salpica toda la historia la acerca por momentos a algunos textos de Samuel Beckett o Eugène Ionesco y el comportamiento de sus protagonistas nos recuerda al de los personajes que habitan las películas de Yorgos Lanthimos. Un hombre que actua como un oso, un empleo nada ortodoxo que consiste en conducir hasta un lugar indeterminado para recoger diariamente un tarro de miel o una fiesta de cumpleaños en el interior de un coche mientras suena el Claro de Luna de Ludwig van Beethoven, son algunas de las extrañas situaciones a las que nos enfrenta Makridis en su primera película.

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D’A 2012 – ‘Hors Satan’ (Bruno Dumont, 2011)

Te protegeré de los incendios

Cuando termina la proyección de Hors Satan un silencio sepulcral invade la sala. Tan sólo un tímido aplauso por parte de alguien que, al no recibir apoyo ninguno del resto de espectadores, ceja rápidamente en su iniciativa. No culpo a todos aquellos que no quisieron acompañarle, en absoluto. La brutalidad del cine de Bruno Dumont provoca a menudo una sensación tal, que una salva de aplausos resultaría la acción más desubicada que uno pueda imaginar. Tan sólo el silencio prolongado (con toda la incomodidad que éste conlleva) resulta una continuación lógica para una película como Hors Satan.

De entrada, me gustaría decir que comprendo que el filme haya podido molestar a más de uno. Es árido, feísta y de una lentitud exasperante. Está vivo pero enfermo, y además respira con dificultad. Duele como una herida infectada, cada vez más a medida que avanza el metraje, e interpela al espectador realizándole preguntas de esas que nadie quiere contestar.

Tras tomar asiento y percibir el ritmo de la narración, ya en los créditos iniciales, podemos decir sin miedo a equivocarnos aquello de “no hemos venido aquí para pasarlo bien”. No hay personajes con los que empatizar facilmente, no hay apenas diálogos, no hay mucha acción, no hay música (ni diegética ni extradiegética), no hay hechos anecdóticos ni toques de humor. En definitiva, no hay artificio alguno al que nos podamos aferrar como si de una tabla de salvación se tratase. Tan sólo hay cine. Crudo, desnudo y sin ornamentos. Humanidad, naturaleza y muerte, mucha muerte. Muerte que en manos de Dumont se convierte en un proceso simbólico más que en un suceso físico.

Estamos ante una película casi minimalista con ecos (distorsionados, mórbidos y a veces casi imperceptibles; pero ecos al fin y al cabo) a Dreyer, a Tarkovski, a Pasolini, a Bresson, al Angelus de Millet o a muchas de las pinturas de Caspar David Friedrich. Salvando las distancias, las imágenes me remiten también a la primera novela que escribió Nick Cave (And the Ass Saw the Angel, 1989), y el personaje interpretado por David Dewaele se transforma en mi mente en una especie de primo bastardo del inolvidable y ambiguo Euchrid Eucrow que protagoniza la novela de Cave.

La relación de los protagonistas con la naturaleza es abrumadora y desconcertante. Entre silencio y silencio, los dos personajes (impresionantes  David Dewaele y Aurore Broutin) rinden culto a una naturaleza infinita y casi sobrenatural, como aquella que en 1824 provocó el naufragio del Esperanza en la famosa obra de Friedrich. La cámara, al enfocar los rostros de los dos protagonistas sin nombre, consigue despojarse de su condición de aparato tecnológico creador de artificios y deviene, mediante un extraño e inesperado milagro, en reflector de vida, en destilador del mínimo común denominador humano. Dumont ha optado en este caso por prescindir de actores profesionales y por dejar los diálogos reducidos hasta un esqueleto que apenas tiene presencia a lo largo del metraje. La comunicación se realiza más bien mediante las miradas; tanto las miradas entre los personajes como las que estos depositan en el horizonte, aún a pesar de que bien saben que la belleza de éste no les va a servir como metáfora de su incierto futuro.

Es por todo esto que entiendo a aquellos que se irritan al hablar de Hors Satan, pero también es por todo esto que empatizo mucho más con aquellos que la consideran una obra maestra que se escapa de lo común, una experiencia difícil de olvidar, una película que deja de ser sólo cine para convertirse en otra cosa, en algo que va mucho más allá.

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D’A 2012 – ‘Bullhead’, ‘The Deep Blue Sea’ y ‘Once Upon a Time in Anatolia’

Los géneros proteicos

Decía Witold Gombrowicz algo así como que lo importante no era rechazar los géneros clásicos, sino saber reinterpretarlos para que evolucionen. El escritor polaco estaba hablando por supuesto de literatura, pero considero sumamente apropiado empezar esta crónica haciendo referencia a su comentario porque refleja a la perfección lo visto en el segundo día del Festival de Cinema d’Autor de Barcelona.

 1. Reinventar el thriller

Empezamos la tarde con Bullhead (Michaël R. Roskam), interesante y angustioso thriller ambientado en el mundo del tráfico de hormonas para ganado que, a base de flashbacks que retroceden hasta la infancia del protagonista, realiza un retrato nada complaciente de Jacky Vanmarsenille, personaje introspectivo de cuerpo anabolizado incapaz de superar el pasado que le atormenta.

A pesar de que algún momento el filme cae en algunos tópicos, (investigación policial, amistad recuperada, chica de por medio etc.) la originalidad del argumento inicial y la interpretación de su protagonista la convierten en una propuesta que sorprende en muchos momentos, aunque en otros caiga en el exceso –argumental y dramático– y este mismo hecho le haga perder parte de su efectividad.

2. Reinventar el melodrama

Decir con una película –realizada en 2011– que uno pretende homenajear a Douglas Sirk puede sonar (dependiendo por supuesto de quien lo diga) como un comentario trasnochado, pasado de rosca, desconcertante, o si hablamos de directores como Rainer Werner Fassbinder (Todos nos llamamos Alí, 1973, El Matrimonio de Maria Braun, 1978) o Todd Haynes (Lejos del cielo, 2002), moderno, arty, apropiacionista en el buen sentido de la palabra y casi diría que vintage.

En el caso del británico Terence Davies podríamos decir que con The Deep Blue Sea se apropia de los elementos más característicos de la filmografía de Sirk (pasiones humanas que devienen trágicas por su condición de incontrolables, el drama como condición inherente al ser humano y la tragedia como destino casi inevitable) y les da una vuelta de tuerca al construir una historia barroca –no tanto en el fondo como en la forma–, heredera innegable de la tradición teatral –no en vano, Sirk fue director de artístico en varios teatros y puso en escena obras de dramaturgos como Molière, Strindberg o Brecht– y artificiosa en todos los aspectos.

Por supuesto, las características que recorren la filmografía de Davies siguen ahí: el peso del pasado con el que los protagonistas siempre cargan, los fantasmas tristes que cantan canciones para intentar alejar sus penas, las escenas oníricas que irrumpen la cotidianidad de los protagonistas, la castración psicológica que provocan la convivencia en sociedad y la moral... Davies persiste en sus obsesiones y enfatiza en ellas de un modo vívido e intenso, elaborando una película de naturaleza excesiva pero muy personal.

3. Reinventar ese género de “películas en las que parece que no pasa nada pero en realidad sí que pasa”

Ignoro si en realidad este tipo de películas son consideradas de modo oficial como pertenecientes a un género cinematográfico concreto, y también ignoro si existe alguna palabra que las pueda definir. El caso es que esta característica común –el hecho de que lo importante sea "aquello que reside entre las cosas" y no "las cosas" en sí mismas– recorre, relaciona y estructura algunas películas que me vienen a la mente cuando veo Once Upon a Time in Anatolia. La primera es Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003), pero también pienso en referentes menos directos como Gerry (Gus Van Sant, 2002) o algunas películas de Abbas Kiarostami.

En esta película turca (de metraje, todo sea dicho, bastante excesivo), Nuri Bilge Ceylan utiliza un asesinato como excusa para que recorramos Anatolia de la mano de unos personajes un tanto anodinos (supongo que aquí reside parte del encanto del filme) y desorientados en esa búsqueda que pretende resolverse con (entre muchas otras cosas) la localización de un cadaver. En definitiva, un extraño pseudothriller narrado con mucha, mucha calma. Tal vez demasiada.

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Reynold Reynolds (II)

Six Appartments (2007)

...la rutina, la caja tonta, los retratos, el color blanco, el sueño, la vigilia, el plano cenital, la ley de la naturaleza, las velas, los ladridos, las ratas muertas, la descomposición, el recuerdo de Peter Greenaway, de la película ZOO, la serpiente, la comida, la mirada, la búsqueda, Pink Floyd, la añoranza, el zoom, el travelling que nunca termina, el sonido diegético, el color, el blanco y negro, la basura, la inactividad, la inmunidad, la extinción, la humanidad, la autorreferencia, las pandemias, la sangre, las náuseas, la tarántula, el oxígeno, las uñas, el agua, los planos paralelos, los zapatos, los ocho pares de zapatos, el agua de Alaska, la rata en plano picado, el acuario, la manzana, la crisis ecológica, la energía, la muerte.

Secret Life (2008) 

...la naturaleza, los saltos, el movimiento sincopado del plano cenital, la sangre, la respiración, las campanas, el agua, la vida, el tiempo de la naturaleza, el rímel corrido, el llanto para la flor, el alimento, el sustento, el cepillo de dientes, el recuerdo de Marina Abramovic cepillándose el pelo, el arte, los relojes, el sueño sincopado, el sueño interrumpido, el sueño irregular, la sangre que de nuevo fluye, la muerte que de nuevo acecha, las plantas que de nuevo crecen, que lo invaden todo, que se mueven sin cesar, buscando la luz, la descomposición, el reposo, el tiempo rápido, el tiempo lento, el tiempo detenido, la observación de la mirada, el tacto de la mirada, el reloj que gira, la manecilla que se queda quieta, las convulsiones, la respiración, la agitación, la lucha, la batalla perdida, el tiempo, la voracidad, la rabia, la mentira, el párpado, la pupila dilatada, el movimiento sinuoso, la muerte.

Secret Machine (2009)

 ...el tiempo, la medida, el conocimiento, la prueba, la resistencia, la observación, el análisis, Leonardo da Vinci, las ratas, las matemáticas, el pasado, el plano picado, los frascos del alquimista, el metrónomo precipitado, el diapasón cuyo sonido se prolonga, en el tiempo y el espacio, el recuerdo de un vídeo de Martha Rosler, el cuerpo sumergido, la inquietante perfección, las sacudidas, la Última Cena, Muybridge, carassius auratus, precisión con decimales, capas de tiempo, todas superpuestas, una sobre otra, una debajo de otra, las matemáticas, la mirada fija, el cuerpo casi inerte, el agua que gotea, la herida, los instrumentos precisos, muy precisos, el tiempo que pasa, muchas veces, las plantas que se mueren con el paso del tiempo, la cámara que se mueve con el paso del tiempo, el cuerpo, como un objeto, la herida provocada como punto de partida, la presión, la prueba, la pantalla dividida, el desnudo bajando la escalera, que se queda quieto para observar a Duchamp, la precisión, la exactitud, la creación, la vida sumergida, las sacudidas, las pesadillas, las convulsiones, el ensayo de la caída, la caída, la repetición de la caída, los ejercicios, el tiempo y sus capas, de nuevo, superpuestas, entremezcladas, la respiración pausada, el goteo pausado, la paciencia, el sexo, el odio, la carne, la mirada al espectador, la muerte.

Six Easy Pieces (2010)

 ...el maquillaje, la impostura, el espectáculo, el cigarro, el espejo, el reflejo, el camerino, la mirada, la autorreferencia, la vela, el agua, las mediciones, el pez, el pez congelado, el pez descongelado, el metal, el monstruo metálico, los engranajes, el humo, el indicio del fuego, el azar en la ruleta, la cuadrícula, el arte, la Venus, el recuerdo de Velázquez, el sexo, la cuadrícula, la cárcel, los barrotes, la partitura, el recuerdo de John Cage, la ira, la flor, los agradecimientos, el trapecio, el equilibrio, la tristeza, la inercia, la cámara, la aceleración, la deceleración, la imagen invertida, la imagen especular, la lente, el filmador, la máquina de escribir, la máquina de coser, el cabaret, la sensualidad, la coreografía, los aplausos, la muerte.


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Reynold Reynolds (I)

Seven Days Til Sunday (1998) 

...la guitarra, la bajada hacia el subsuelo, la caída, la interminable caída, en loop, el viento, los golpes, el sonido al romperse una columna vertebral, de nuevo la guitarra, seguida del viento, el edificio gigantesco, otra caída, esta vez a cámara lenta, el polvo, el choque contra el suelo, los cuerpos como dummies, como muñecos de trapo, como seres inanimados con los huesos rotos, explotar maniquíes sin cabeza, dos veces, tres veces, cuatro veces, las llamas, la muerte, el viaje, la cámara rápida, el puente, la caída desde el puente, el choque contra el agua, los cuerpos en el agua, los cuerpos de los dummies, los dummies muertos, con los huesos rotos, flotando en el agua, el agua que se oye, el cuerpo que se hunde, que no nada por estar muerto, la muerte.

The Drowning Room (2000)

...el agua, la vida, la vida bajo el agua, el tiempo bajo el agua, la cena, los cubiertos, el pescado, la ingestión, los mordiscos, la boca, los dientes, el estómago, los ácidos, la descomposición, el tiempo, el tintineo de una cuchara, la intuición ante la catástrofe, la extrañeza, los reflejos en el agua, los objetos en el agua, la vida bajo el agua, la decapitación del pescado, la vigilia, las miradas, el beso, la caja, los trastos, la entropía, la respiración ahogada, el papel, el texto, la lectura atenta, la furia, la destrucción, el ronroneo del gato, el gato sumergido, el gato ahogado, el gato muerto, la pelea bajo el agua, la fuerza del sonido, la fuerza del tiempo, las colillas, las moscas, los retratos del pasado, la sensación de loop, la muerte.

Burn (2002)

...la nevera que arde, la comida que arde, las paredes que arden, el tiempo que arde, la memoria, el pasado, el crepitar de las llamas, como si no existieran, la información que desaparece, que se convierte en ceniza, la resignación, la aceptación, los cuerpos cubiertos que se arrastran, extraños, incómodos, beckettianos, el fuego, siempre el fuego, la marcha, la indiferencia ante las llamas, da igual que el fuego queme el tiempo, que destroce el pasado, que lo devore todo, que devore el sueño, que la devastación prosiga, es inevitable, la destrucción es hermosa, es hipnótica, el susurro, la música que acompaña al fin, la gasolina que acompaña al fin, la respiración que acompaña al fin, la mirada que observa el fin, el sueño que ignora la llegada del fin, el movimiento que precede a la muerte, el tango, la caída, el amor, la muerte.

Sugar (2005) 

...la entropía, la limpieza, la obsesión por la limpieza, por borrar la huella del pasado, la presencia de los que allí estuvieron, la cuba, se llena de agua, el agua sale de la pantalla, me moja, la mirada a la cámara, el cambio de plano, un picado que muestra la sangre, mucha sangre, aparecida de repente, la angustia, el miedo a no se sabe qué, la limpieza, como un ritual, un extraño ritual, el recuerdo de Catherine Deneuve espantando fantasmas, la atenta mirada al cepillo de dientes, las paredes que atrapan espíritus que gritan, el agua que hierve, el agua que quema, el agua que duele, la rebelión de las máquinas, la manifestación del pasado, la respiración entrecortada, la cámara nerviosa, la protagonista nerviosa, la cámara en mano de pulso tembloroso, el vestido rojo, la sangre roja, los cristales rotos, el terremoto, de grado cuatro, tal vez cinco, la conjugación de los tiempos, la muerte, cuidar de la muerte, observarla con ternura, darle de comer, observar, llorar mientras se observa, mirar a cámara, derrumbar la cuarta pared, la sangre que resbala, es importante evitar el suelo, es importante evitar la muerte, la locura, cada vez más presente, a modo de arrebato, los sonidos en su cabeza, la sangre y el muro, la sangre en el muro, la sangre tras el muro, me acuerdo de David Lynch, el fotograma que se deteriora, el sonido que me ataca, el cadáver de uno mismo, el exterior por primera vez, la muerte.

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L’Alternativa. 18è Festival de cinema independent de Barcelona (23/11/2011)

La perseverancia en tiempos difíciles

Pasados ya algunos días desde que el festival L’Alternativa puso su punto final, decidimos hablar en esta crónica (aparte de las películas premiadas por el jurado) de algunas interesantes producciones que no nos gustaría que pasasen desapercibidas.

En la sección oficial de largometrajes de ficción el jurado ha decidido premiar la imaginativa Gravity was everywhere back then (2010), pequeña pieza artesanal de Brent Green realizada en stop-motion de la que ya hablamos en nuestra primera crónica, y destacar también con una mención especial a La vida útil (2010), coproducción a la que dedicamos un artículo a finales de octubre con motivo de su aparición en DVD.

Otro de los filmes destacables que participó en la sección oficial del festival (galardonado anteriormente con el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno) fue Vacaciones de invierno (Han Jia, 2010); una pequeña joya del cine chino que sólo encontramos en los márgenes. O mejor dicho: en los márgenes de los márgenes. Una película de esas en las que aparentemente no pasa nada pero en realidad están pasando muchísimas cosas. Un manual de instrucciones para matar el tiempo si has nacido en un pequeño pueblo del Norte de China y no tienes nada que hacer en el último día de tus vacaciones de invierno. Una cámara en extremo hierática, una película a base de planos fijos, unos momentos de silencio que fuerzan la situación hasta llegar a extremos insospechados, un buen puñado de espectadores que no saben qué hacer con su risa incómoda. El director Li Hongqi realiza una comedia desconcertante que nos muestra con suma efectividad una rutina inaudita protagonizada por unos personajes apáticos y cómicos a partes iguales.

Por otro lado, la hasta ahora guionista Paula Markovitch debuta en la dirección con la película El Premio (2010), un acercamiento desde una perspectiva bastante inusual a los efectos de la dictadura argentina, tema manoseado hasta la saciedad por muchos realizadores. El filme que se alzó con el Oso de Oro en el último Festival de Berlín cuenta la historia (autobiográfica) de Cecilia Edelstein, una niña de siete años que se ve obligada a huir junto con su madre de los militares, refugiándose en una vieja casa abandonada de San Clemente del Tuyú. Cecilia aprende que en la vida hay que sobrevivir mintiendo; que a veces no queda más remedio, que si no mientes nunca conseguirás tu premio. El filme tiene un ritmo pausado y está plagado de silencios, algo que, si bien hace que no sea del agrado de todo tipo de público, sí que convierte la propuesta en algo bien distinto de lo que estamos acostumbrados a ver en este tipo de casos, y eso es algo que se agradece. Es, por suerte, una película que parte de los tópicos (niños, dictaduras, sufrimientos, buenos y malos), para llegar a otra cosa bien distinta y mucho más interesante (la cual prefiero no desvelar).

En la sección de largometrajes de no ficción el premio ha sido para el documental La dernière année (2011), trabajo que retrata la vida de los vendimiadores de Rasiguères, un pueblo de los Pirineos. El director Peter Hoffmann acudió a L’Alternativa para presentar su película, una obra de gran sensibilidad que retrata la evolución y los cambios acontecidos entre dichos vendimiadores, el contraste entre el presente y el pasado y las consecuencias del paso del tiempo.

Otro de los documentales que merece la pena destacar es Palazzo delle Aquile (2011), historia que narra la ocupación del ayuntamiento de Palermo por parte de veinte familias que se han quedado sin hogar. Una historia cruda y dolorosamente cercana, circunstancias excepcionales que por desgracia se están convirtiendo en nuestro día a día del telediario de sobremesa, pero a las que no solemos dedicar más de cinco minutos antes del fútbol y la publicidad. La cámara se aproxima a ellos de modo discreto, silencioso, casi de incógnito, para que podamos así acercarnos como espectadores a una realidad sin alterar. Vemos personas, nunca personajes. Vemos situaciones reales, políticos que nos muestran todo el daño y la presión que el neoliberalismo económico está ejerciendo sobre los más desfavorecidos. Vemos personas indefensas, que no tienen nada que perder y deciden luchar hasta el último momento. Apenas hay voz en off y los protagonistas no hablan a la cámara porque no es necesario; paradójicamente eso tendría un efecto contrario y no conseguiría más que aumentar el distanciamiento. Un aplauso para Stefano Savona, Alessia Porto y Ester Sparatore, sobre todo por su enorme valentía.

Respecto a la sección oficial de cortometrajes los ganadores fueron Yuri Ancarani por Il Capo (2010), y Amanda Forbis y Wendy Tilby por Wild Life (2011). El cortometraje Pandore (2010), de Virgil Vernier recibió una mención especial.

Hacer balance de la decimoctava edición de un festival no es algo sencillo, pero dados los tiempos que corren conseguir dieciocho ediciones ya es de por sí una buena noticia, y más si es con una programación arriesgada como la que hemos podido ver estos días en L’Alternativa. Documentales y cortometrajes (dos de los principales ejes vertebradores de L’Alternativa) son algo difícil de ver en salas comerciales, y festivales como estos se convierten en escaparates imprescindibles, en el único modo de ver y mostrar ciertas cosas.

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L’Alternativa. 18è Festival de cinema independent de Barcelona (19/11/2011)

Algunas consideraciones cazadas al vuelo sobre la (in)necesidad de un guión

Jueves 17 de Noviembre, 19 horas. Atravesado ya el ecuador del festival y un tanto congestionada por la sobredosis de proyecciones, decido hacer un alto en el camino y asistir a la mesa redonda que va a tener lugar en el mirador del CCCB con el nombre de Contadores de historias. En ella intervendrán Patricio Guzmán, José María de Orbe y Paula Ortiz, tres generaciones de cineastas que conversarán en torno a la idea del guión en el cine. En concreto, en el cine documental.

El primer asunto que sale a colación es el de las emociones, pero no hay mucho debate al respecto porque el consenso es absoluto: un buen documental no es sólo una representación de la realidad, sino que ha de conseguir una emoción en el espectador. Lo dice Patricio Guzmán y nadie le discute. Será porque tiene razón. Cuando José María de Orbe habla, al principio me desconcierta; me resulta difícil relacionar sus palabras con la película suya que tengo más en mente: Aita (película del año 2010 que también se ha proyectado durante el festival). José María dice que le resulta gracioso que le hayan invitado a una mesa redonda sobre el guión; justamente porque él nunca utiliza guión, que para él el guión no es más que una herramienta sobrevalorada y que lo que a él le importan en realidad son las emociones y nada más. Murmullos en la sala y risas nerviosas. Mi cabeza empieza a darle vueltas a la idea. Entiendo la necesidad de un guión, y de repente, también entiendo la necesidad de ausencia de un guión. Las dos cosas tienen para mí todo el sentido del mundo. Para José María utilizar guión es, de algún modo, traicionar a las emociones encorsetándolas bajo unos parámetros que las limitan, hacerle chantaje emocional al espectador. Una de sus máximas es “hay que rodar contra el guión y hay que montar contra el rodaje”. Un reto continuo. Para él, el proceso creativo es inviolable aunque no haya guión, y los fracasos hay que revindicarlos como parte fundamental del proceso. Por eso él dice que tiene cinco películas, aunque haya tres que aún no ha podido rodar. Aplausos. Tanto Patricio como Paula le dan la razón en sus palabras, aunque defienden el uso del guión de distintas maneras.

¿Qué entendemos por guión? ¿Qué es saber contar una historia? ¿Qué es ser un buen documentalista? Para Patricio Guzmán ser un buen documentalista es saber atrapar los átomos dramáticos que hay a nuestro alrededor y construir con ellos una buena historia. Pero para ello no basta tan sólo con tener una idea: si no hay una historia detrás, la idea no sirve para nada. Ante la enorme cantidad de hechos que suceden a nuestro alrededor de modo simultáneo tenemos que saber seleccionar estos átomos, tener un punto de vista claro pero al mismo tiempo saber guardar la distancia para no perder la perspectiva. Patricio destaca también la importancia del dispositivo creativo: no es sólo lo que se cuenta sino también cómo se cuenta. Puede ser mediante un personaje, mediante un viaje, mediante un hecho. Tal vez una serie de entrevistas intercaladas con planos de relleno no sean el mejor esquema para un documental, aunque por desgracia es el más presente. “La mayor parte de los documentales son malos, pedagógicos”, dice Patricio con una sonrisa triste en el rostro. Empatía instantánea. Me acuerdo en ese momento de algunos de los filmes que he visto en el festival que responden a este esquema y me doy cuenta de que tiene toda la razón, son los que menos me han gustado. Pienso por ejemplo en uno de los documentales mostrados en el ciclo dedicado a Turquía, Gündelikçi (2006): documental sobre las mujeres de la limpieza que descarga todo su peso en las historias que sus protagonistas narran, pero cuya repetitiva estructura y ausencia de dispositivo narrativo hacen que perdamos interés al cabo de un rato. Hay ciertas cosas de las que es muy necesario hablar, eso es cierto; pero también es cierto que la manera en que se cuentan es muy importante. Pienso también en Blue Meridian (2010): un documental de la sección oficial en el que tenía puestas muchas esperanzas pero que me dejó bastante indiferente. Un esquema demasiado cerrado, una serie interminable de planos demasiado simétricos, demasiado repetitivos, nada que nos sorprenda ya a partir del minuto treinta. Tal vez un retrato fiel de esos lugares de la América profunda por los que pasa, pero sin ese dispositivo narrativo que reivindica Patricio. Me acuerdo después, por oposición, de algunos de los documentales que Werner Herzog realizó en los años 80. El cineasta alemán hablaba en estos trabajos realizados para televisión como El Sermón de Huie (1980), o Fe y moneda (1980) de algo parecido a lo que nos pretende contar Blue Meridian; pero a diferencia de ésta, Herzog no sólo tenía una idea sino que también tenía una historia, eso que resulta tan importante pero que a veces se nos olvida.

En definitiva la conversación entre estos tres cineastas resulta enriquecedora, imprevisible, divertida y esclarecedora. Aun a pesar de que la única respuesta que se da en torno a las muchas preguntas planteadas es que, por fortuna, en el cine documental no existe una fórmula para hacer las cosas, por mucho que algunos se empeñen en buscarla.

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L’Alternativa. 18è Festival de cinema independent de Barcelona (16/11/2011)

La urgencia de ciertos cines

Continuamos con nuestras crónicas del festival y hablamos hoy de algunas de las películas vistas en la sección Translaciones: cine documental independiente en Turquía, un género que en manos de las nuevas generaciones de cineastas turcos se está convirtiendo en un arma de reflexión y planteamiento de cambio social.

La joven directora Pelin Esmer realiza en Oyun (2005) el retrato de nueve mujeres de un pueblo situado al sur de Turquía que deciden representar una obra teatral de tintes autobiográficos. Una propuesta que en principio puede parecer inocente no lo es tanto si tenemos en cuenta el contexto en el cual se desarrolla. Durante los escasos 70 minutos de metraje la directora nos adentra en los entresijos del proceso, en los ensayos, en las desavenencias, en la toma de decisiones; nos hace ver lo que implica ser mujer viviendo en un pueblo de Turquía y a pesar de todo sacar adelante un proyecto tan ambicioso como el que estas mujeres se traen entre manos. Cuando digo ambicioso no hablo en términos de superproducción de Broadway: no hablo de presupuestos ni decorados, no hablo de interpretaciones impecables ni de macroescenografías que dejen al público boquiabierto. Me refiero a toda esa energía que estas nueve mujeres depositan en el teatro, en toda esa fe (no sé si es la palabra más adecuada, pero no consigo encontrar otra que encaje mejor) que depositan en el arte como medio de expresión, como terapia para exorcizar (o como mínimo mitigar) algunos de sus muchos males, como herramienta de transformación social, paulatina pero eficaz. Sirviéndose de la inmunidad que les ofrece la cuarta pared, del distanciamiento que permite el teatro y de la supuesta premisa de que una interpretación no es la realidad, las protagonistas utilizan los diálogos de la obra para decir todo aquello que en otras circunstancias no podrían haber dicho. Oyun se convierte de este modo y tal vez sin pretenderlo en un filme de referencia para la historia del feminismo en Turquía.

Otra de las interesantes propuestas vistas dentro de esta sección es Ekumenopolis: ciudad sin límites (2011). Acabar un documental sobre el impacto del neoliberalismo en Estambul con la palabra caos es toda una declaración de principios. A partir de la noticia de la posible construcción de un tercer puente en la ciudad que cruce el Bósforo (destruyendo el ecosistema de Turquía y favoreciendo de este modo la especulación), Imre Azem disecciona en este filme los intrincados mecanismos económicos que se imponen en Estambul dejando sin hogar a una población que crece de modo exponencial y observa desolada cómo se destruyen sus casas y se construyen en su lugar edificios en los que no pueden vivir, inmuebles gigantescos que en su mayoría quedan desocupados. Pero la paradoja que Imre Azem muestra no es en realidad nada nuevo: documentales como La doctrina del shock (basado en el ensayo homónimo de Naomi Klein) o Capitalismo: una historia de amor (del siempre polémico y a menudo excesivo Michael Moore) ya plantean esta situación, aunque circunscrita al ámbito norteamericano.

Sirvan estos dos ejemplos (tan distintos y a la vez tan iguales) como muestra de un cine urgente; de un cine que nace de esa necesidad intrínseca al ser humano de hablar, de mostrar su desacuerdo ante una situación concreta, de aplicar todas las estrategias que el cine pone a su disposición para transmitir, si no un mensaje, sí un estado de las cosas.

Otro de los largometrajes vistos, esta vez dentro de la sección oficial de ficción, es Girimunho (2011), ópera prima dirigida por Clarissa Campolina y Helvécio Marins Jr que narra la historia de Bastu, una anciana brasileña de 81 años que tras la muerte de su marido intenta, con una energía inaudita, reanudar su vida. Se trata de una película optimista y vital, aunque también melancólica y pausada, en esencia contradictoria, como cualquier ser humano que se precie. Los ritmos frenéticos de las batucadas se intercalan con los largos silencios meditativos de la protagonista, sus ganas de vivir se enfrentan al inevitable peso de la edad y proximidad de la muerte, el carácter de las nuevas generaciones contrasta con el de aquellas que ya llevan casi un siglo en este mundo... Girimunho está en la sección oficial de ficción, pero se acerca al documental en la mayor parte del metraje, capturando la esencia de la arrebatadora personalidad de Maria Sebastiana Martins, que con sus escasas pero certeras frases define a la perfección su postura ante la vida, esa vida que está ahí nada más y nada menos que para vivirla, para exprimirla al máximo hasta el último segundo.

Y ya por último pero no menos importante, cabe reseñar dentro de la sección oficial de largometrajes de ficción la película uruguaya La vida útil (Federico Veiroj, 2010), de la que ya hablamos detenidamente hace un mes con motivo de la edición del DVD distribuido por Cameo. Una cinemateca condenada a la desaparición, un hombre que le ha dedicado toda su vida, un pequeño retazo de rutina en decadencia, una pieza melancólica para amantes del cine con minúsculas, una reflexión que partiendo del microcosmos de Jorge, su protagonista, se puede extrapolar y aplicar a muchos otros contextos. En definitiva, una de esas películas que te dejan con el sabor del desencanto en la boca.

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