Archivo del Autor: Marla Jacarilla

Sitges Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya 2018. Películas destacadas (II)

Continuamos con la segunda parte de este resumen con las películas más destacadas del festival y llegamos a los primeros puestos. Nos decantamos por cinco películas valientes y polémicas, muy distintas a nivel tanto de género como argumental, pero que tienen en común una decidida vocación de riesgo y la clara intención de no pasar desapercibidas allá donde vayan.

  1. The House That Jack Built (Lars Von Trier, Dinamarca)

Incontinencia narrativa, humor negro, exceso, constantes referencias a su obra y también a obras ajenas, autoparodia, polémica, cinismo, barroquismo visual postdogma… ¿Algún concepto más que se os ocurra relacionar con el (ya no tan) enfant terrible del cine danés?  Tal vez el festival de Sitges sea un lugar más apropiado para el último filme de von Trier que el glamuroso Cannes, donde provocó la indignación (y posterior huida) de gran parte del público durante la première oficial. Pero si hay algo que este director sabe hacer es reírse de sí mismo mediante su obra. The House That Jack Built sigue el rastro de humor negro dejado anteriormente por algunas de sus películas y tiene como protagonista a un Matt Dillon tan efectivo como excesivo, desquiciado psicópata asesino con un trastorno obsesivo compulsivo que le lleva a vivir situaciones de una inesperada comicidad. En definitiva, sufrimiento y carcajadas a partes iguales. Y por el camino, algunas reflexiones tan lúcidas como desmedidas sobre el asesinato como una de las bellas artes.

  1. In Fabric (Peter Strickland, Reino Unido)

Para todos aquellos que disfrutaron con la cuidada puesta en escena de la onírica y sensual The Duque of Burgundy (2014), Peter Strickland ha dirigido In Fabric, cuento de terror vintage capaz de arrancar a sus desprevenidos espectadores constantes carcajadas. Sorpresivo relato que coquetea con el giallo, pero también con el humor absurdo. Delirio visual y narrativo, audacia fílmica inclasificable y heterodoxa que ilustra a la perfección la incontrolable fuerza del fetichismo. ¿Quién nos iba a decir a estas alturas que una película sobre un vestido asesino podría sorprendernos? Pues bien, Peter Strickland lo ha conseguido con In Fabric.

  1. Lazzaro felice (Alice Rohrwacher, Italia)

       *Premio de la Crítica José Luis Guarner

       *Sección Oficial, Premio Especial del Jurado

       *Premio del Jurado Joven

Premio al mejor guion en el último Festival de Cannes, la nueva película de Alice Rohrwacher ha logrado también conquistar al jurado de la crítica del Festival de Sitges y se ha alzado con el Premio José Luis Guarner, además del Premio especial del Jurado y el Premio del Jurado Joven. Con ecos al Pasolini más humanista, a algunas películas de Fellini, otras de Visconti e incluso al Kusturica de Underground (1995), Lazzaro Felice logra, mediante la apariencia de una inofensiva fábula, realizar una profunda y crítica  reflexión sobre el neoliberalismo y las estructuras de poder que perpetúan la abismal diferencia de clases.

  1. Season of the Devil (Lav Diaz, Filipinas)

¿Hay algo más arriesgado que dirigir un musical a capella, en blanco y negro, de cuatro horas de duración, sobre la conflictiva y sanguinaria militarización de Filipinas en los años ochenta? ¿Hay alguien más apropiado que Lav Diaz para dirigirlo? Season of the Devil ha sido, sin duda alguna, una de las películas más extremas y audaces de este festival. Tan solo algunos inconscientes se atrevieron –nos atrevimos– a dedicar cuatro horas de sus respectivas vidas a un experimento de tal envergadura. La contundente crítica a la dictadura de Ferdinand Marcos y los largos planos secuencia presentes en la mayoría de sus películas, se han convertido ya en el sello personal del director. ¿Os imagináis cómo sería una violación a manos de despiadados militares y cantada a ritmo de blues? Yo hace casi una semana que la presencié y todavía no me la puedo quitar de la cabeza.

01.Domestik  (Adam Sedlák, República Checa)

      *Mención especial, Sección Noves Visions

      *Premio Citizen Kane a la mejor dirección nobel

La opera prima de Adam Sedlák disecciona una adicción descontrolada con la milimétrica exactitud de una incisión practicada por un experimentado cirujano. Con una puesta en escena tan minimalista como contundente (menos es más, como bien decía Mies van der Rohe), con tan solo tres personajes y apenas un par de lugares en los que ubicar todas las secuencias, Sedlák configura una angustiosísima pesadilla anclada en la repetición que nos muestra cuán siniestro puede llegar a ser nuestro comportamiento cotidiano cuando se ve perturbado por una obsesión incontrolable, tanto si se trata de ser madre como de lograr el estatus de ciclista de élite.

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Sitges Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya 2018. Películas destacadas (I)

Elegir una o varias opciones siempre te obliga a descartar el resto. Señalar tan solo una serie de películas implica ningunear a otras. Es un proceso bastante cruel, algo doloroso y también, por qué no admitirlo, intrínsecamente injusto e incluso en según que contextos, un tanto absurdo. Por mucho que intentemos argumentar de un modo objetivo por qué nos decantamos por elegir tal o cual película y no otra, siempre habrá un inevitable porcentaje de subjetividad visceral que emergerá desde lo más hondo de nuestras entrañas y guiará nuestras decisiones sin que nos demos cuenta. Aun así, no podemos evitar hacer listas constantemente: los libros que nos llevaríamos a una isla desierta, los mejores momentos de nuestra vida, nuestros directores favoritos, las canciones que más nos hacen llorar… Los festivales de cine, sin duda alguna, son el mejor contexto para cultivar el innoble arte de la enumeración. Críticos y públicos se esfuerzan en ver el mayor número de filmes posibles en un breve lapso de tiempo y discuten en las colas de los cines sus rankings con las películas más y menos valoradas; levantando ligeramente el tono de voz cuando aparece la película polémica de la temporada, esa que a unos enerva y a otros fascina. Correrán ríos de tinta sobre algunos de los filmes que hemos podido ver este año en el Festival de Sitges. Algunos de ellos se estrenarán en salas comerciales, otros no. Opiniones enfrentadas intentarán argumentar en extensos artículos sus respectivas valoraciones. Y así, entre crónica y crónica, entre artículo y artículo, entre entrevista y entrevista, se irá conformando esa historia del cine que, afortunadamente, nunca se acaba de definir.

A continuación os dejo con la lista de mis películas favoritas de este año. Algunas han recibido premios y otras han pasado desapercibidas para los distintos jurados. Soy consciente de que me he perdido muchas obras que probablemente merezcan mi atención y confío en que al menos algunas de ellas consigan distribución próximamente en nuestro país. Sea como fuere, esta es mi decisión. Asumo de antemano que nadie tiene por qué estar de acuerdo con ella. De hecho, para algunos críticos, muchas de estas películas podrían estar incluidas en la lista de peores películas vistas en el festival. Pero, después de todo, ¿qué sería de la crítica sin la diferencia?

  1. Animal (Armando Bo, Argentina)

El argentino Armando Bo es conocido por ser el guionista de películas como Biutiful (Alejandro González Iñárritu, 2010) o Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (Alejandro González Iñárritu, 2014), y su opera prima fue El último Elvis (2012), ganadora de un buen puñado de premios de la Academia Argentina. Animal (2018), su segunda película, nos enfrenta de un modo sencillo y directo a la angustia que se oculta en la cotidianidad. Su protagonista, Antonio Decoud, hombre de familia de clase media, se ve obligado a tomar una decisión extrema para solucionar sus graves problemas de salud, pero no es capaz de imaginar los imprevistos a los que tendrá que enfrentarse. La incomodidad que producen algunas de las secuencias de Animal podría hacernos pensar en varias de las películas dirigidas por Mariano Cohn y Gastón Duprat, películas como El artista (2008), El hombre de al lado (2009) o El ciudadano ilustre (2016), en las que la parte más miserable de los seres humanos emerge en los momentos más inesperados, creando una cierta tensión no exenta de humor negro.

  1. Au poste! (Quentin Dupieux, Francia)

       *Sección Oficial Fantàstic Competició, mejor guion

Allá por el año 2010, el francés Quentin Dupieux, también conocido por el pseudónimo Mr Oizo –que utiliza en el mundo de la música–, trajo al festival de Sitges su película Rubber, pintoresca fábula de un neumático asesino que hizo las delicias de un público ávido de sangre, vísceras y humor. Ocho años después regresa con Au poste!, la delirante historia de un interrogatorio que acabará complicando la vida del protagonista del filme mucho más de lo que se imagina. Personajes que se comportan de un modo inexplicable, muertes absurdas, situaciones incontrolables… Dupieux recurre de nuevo a ese humor absurdo que tan bien le funcionó en películas como la citada Rubber, Wrong (2012) o Realité (2014) y utiliza una estructura metarreferencial y plagada de saltos en el tiempo que sorprende y desconcierta a partes iguales.

  1. L’heure de la sortie (Sébastien Marnier, Francia)

      *Sección Oficial Fantàstic Competició, mención especial del jurado

Un maestro de un instituto para adolescentes superdotados se suicida lanzándose por la ventana del aula, durante las clases. Para reemplazarlo llegará Pierre, profesor sustituto que empezará a sospechar del extraño y distanciado comportamiento de seis de sus alumnos. L’heure de la sortie –adaptación de la novela homónima de Christophe Dufossé del año 2002– transcurre al principio con una cierta lentitud, sí, pero consigue acumular tensión a cada secuencia que pasa. Las inquietantes interpretaciones de sus protagonistas y la frialdad extrema de un guion en el que ninguna palabra resulta trivial, conforman una obra contundente, con unos personajes nihilistas que buscan una solución radical para acabar con una existencia que, vista la situación actual, no tiene más opción que ser mediocre.

  1. El ángel (Luis Ortega, Argentina)

Carlos Eduardo Robledo Puch, más conocido en Argentina como el Ángel de la Muerte, ingresó en prisión en el año 1972. Fue condenado a cadena perpetua por diez homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete robos, un abuso deshonesto, una tentativa de violación, dos raptos y dos hurtos. El director argentino Luis Ortega ha decidido contar su historia; evitando, eso sí, todos aquellos clichés que tanto abundan en las películas sobre psicópatas y asesinos. Ubicada en las antípodas de filmes como Angst (Gerald Karlg, 1983) o Henry, retrato de un asesino (1986, John Mc Naughton), El Ángel evita la sordidez y tiene sus principales bazas en la carismática interpretación de su joven protagonista (un debutante Lorenzo Ferro en estado de gracia) y también en la inusual combinación entre humor y tensión sexual.

  1. Aniara (Hugo Lilja, Pella Kagerman, Suecia)

¿Quién ha dicho que los suecos no pueden hacer buena ciencia ficción? Aniara narra la angustiosa deriva de una gigantesca nave que, ante la imposibilidad de llegar a Marte –su destino final– acabará convirtiéndose en el hogar definitivo de sus tripulantes, y también en un sarcófago para muchos de ellos. Lo que empieza como una utopía futurista avanza lentamente hacia terrenos tenebrosos que la acercan al terror psicológico. Adaptación de un poema de Marty Harrinson, Aniara es capaz de cautivar al espectador, no solo por su cuidado diseño de producción sino también por las interpretaciones de sus protagonistas y la fuerza narrativa de su guion.

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Braguino (Clément Cogitore, 2017)

Amenazas en la profundidad de la taiga siberiana

Ubicada en lo más remoto de la taiga siberiana, a 700 Km del pueblo más cercano, vive la familia numerosa de Braguino. Junto con su mujer, se alejó de la sociedad en busca de un lugar en el que ser autosuficiente, vivir al margen de los demás y poder establecer sus propias normas. Donde vive la familia de Braguino, solo se puede acceder en barco o helicóptero. No hay carreteras que delimiten el camino. Allí, la naturaleza se muestra en todo su esplendor, y también en toda su crueldad. Braguino y su familia cazan para alimentarse, para subsistir. La naturalidad pasmosa con la que sus hijos se enfrentan a la muerte es producto de una cotidianidad, de una repetición. Nada hay de sorprendente o ajeno para ellos en la caza de un ser vivo. Sujetan el pato muerto y lo despluman entre juegos y risas. Será su sustento, su alimento. Jamás lo han visto envasado ni introducido en una bandeja de poliestireno, tan solo lo han visto volar por la taiga. Tan habituados a la muerte están, que pueden incluso llevar puestas las zarpas de un oso a modo de zapatillas sin que ello les parezca nada raro.

Los hijos de Braguino viven ajenos a las redes sociales, al último modelo de Iphone o al cantante de moda. Sus juegos tienen la naturaleza como eje central. Nada de videojuegos ni gadgets electrónicos, nada de tecnología. Pero, lejos de convertirse este ambiente en un contexto bucólico, sobre la familia de Braguino planea la sombra de una amenaza. Una amenaza que en realidad son dos. Por un lado los Kiline, una familia que vive al otro lado de la valla y hacia la que sienten una total animadversión. Por otro, los cazadores furtivos, que llegan a la taiga en helicóptero para romper, con su desmesurada avaricia, el equilibro del ecosistema. “Los humanos son los animales más peligrosos de la taiga”, afirma (y no sin razón) el protagonista en un momento determinado del filme. Parece que varios factores externos confluyen para evitar que la utopía sea posible.

La cámara de Clément Cogitore se acerca a los hijos de Braguino. Estos, al no estar sometidos a los horarios que implica la escolarización pueden pasar su tiempo jugando, y lo hacen en una tierra de nadie misteriosa, etérea, en una pequeña isla en medio de la nada que los niños de ambas familias utilizan para jugar. Los pequeños, sin ser capaces de racionalizarla, han heredado la animadversión que existe entre los patriarcas de ambos clanes y mantienen las distancias. Se miran, sí, pero no se dirigen la palabra. Una barrera, no precisamente material, les impide relacionarse.

Formado en la escuela de arte Le Fresnoy, Cogitore concibió inicialmente esta obra como una instalación a doce pantallas que expuso en la galería Le Bal de París. El título original de la misma, Braguino o la comunidad imposible, era bastante más explícito y descriptivo que el actual. Una comunidad imposible, dos familias enfrentadas que no tienen a nadie más, que viven aisladas del resto de la sociedad, que se enfrentan cada día, cual personajes de un cuadro de Friedrich, a la inmensidad de la naturaleza. Que no tienen más remedio que asimilar que la autosuficiencia es en realidad inalcanzable, que el hombre es un lobo para el hombre y que, por mucho que intenten huir, la amenaza siempre les perseguirá. En apenas 50 minutos, el director es capaz de condensar un documental etnográfico que deriva de modo sinuoso hacia el relato de fantasmas. Un relato de tintes hipnóticos, perturbador y distópico, que nos muestra una insólita y angustiosa cotidianidad, tan cercana al universo de Jean Rouch como al de David Lynch.

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“Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica” (Edición de Gonzalo de Lucas, 2018)

Algunas anotaciones sobre todo aquello que las imágenes pueden llegar a ser

Vivimos en una sociedad que funciona cada día de un modo más y más acelerado. Los avances tecnológicos pueden facilitarnos la realización de muchas tareas tediosas, sí, pero también pueden hacer que nos olvidemos del contacto directo con la materia prima durante los procesos de realización (en este caso, de una obra cinematográfica). El uso de técnicas analógicas se ha convertido –en un mundo conquistado por el monopolio del píxel– en una suerte de resistencia no solo física, sino también política e ideológica; en una declaración de principios de aquellos que reivindican la fisicidad del celuloide frente a la inmediatez digital.

Ha quedado ampliamente demostrado que los registros guardados en formato analógico ofrecen una mayor resistencia al paso del tiempo que los digitales (concebidos y diseñados –como cualquier producto realizado en un contexto neoliberal– para durar poco). Sus autores son conscientes de que, probablemente, dichos registros analógicos les sobrevivirán. Tal vez por este motivo cuiden en extremo sus procedimientos creativos, llegándolos incluso a transformar en una suerte de ritual. El libro Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica nos introduce en el universo de quince cineastas que han trabajado principalmente con el medio analógico y han desarrollado un corpus cinematográfico que trasciende el hecho narrativo para centrarse en la poesía que las imágenes pueden llegar a destilar, en la reflexión sobre la fisicidad del medio, en conceptos como el montaje, el color, el sonido o la luz. Quince cineastas que abordan la relación del ser humano con el espacio, con la naturaleza, con el paso del tiempo, con el propio medio cinematográfico. Mediante extensas entrevistas a autores como Jonas Mekas, Michael Snow, Carolee Schneemann, Jan Švankmajer o Laida Lertxundi entre otros, este libro reflexiona en profundidad sobre las implicaciones de seguir utilizando el celuloide como materia prima para la elaboración de una obra. Pero también reflexiona sobre las implicaciones de dejar al margen los cánones y códigos impuestos por el cine más narrativo y convencional y adentrarse así en el terreno de la fisicidad y las sensaciones. Un terreno en el que, como dice Gonzalo de Lucas en la introducción del libro, se sustituye la narración por la asociación. Un terreno en el que se invita al espectador a reapropiarse de nuevo de su tiempo y dedicarlo a la reflexión sobre las imágenes que transcurren en pantalla y las relaciones que se establecen entre ellas, a reocupar ese espacio de incertidumbre habitándolo con diversas interpretaciones, a pensar en la infinita potencialidad de las imágenes en movimiento, a ser conscientes de su origen y a preguntarse por sus posibles destinos.

Carolee Schneemann, "Fuses" (1967)

En inglés, la palabra reflection significa tanto reflexión como reflejo. Un hecho aparentemente intrascendente que en realidad nos descubre la posibilidad de asociar diversos aspectos del proceso de percepción de las imágenes. Imágenes que, constituidas a menudo como un supuesto o pretendido reflejo de la realidad, no sirven en el fondo más que para reflexionar sobre la misma. Imágenes latentes, imágenes autobiográficas, imágenes oníricas, imágenes poéticas, imágenes polisémicas, imágenes incompletas, imágenes fantasmagóricas, imágenes libres. Imágenes de la resistencia, de la persistencia, de la fuga y la reinterpretación. Imágenes que podemos tocar con nuestras propias manos, que son capaces de conformar utopías y provocar emociones. Imágenes que resultan, en estos tiempos tan revueltos, más necesarias que nunca.

Michael Snow, "Wavelenght" (1967)

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D’A Film Festival 2018 (VIII)

Novo cinema Galego, cuando las etiquetas no son eficientes

Admitámoslo, tenemos una relación de amor odio con las etiquetas. Aun a pesar de que las cuestionamos constantemente somos incapaces de dejar de utilizarlas. Conglomeramos a los directores por edad, procedencia, escuela de formación, temáticas de sus películas… Queremos pensar que los podemos ubicar en compartimentos estancos e inamovibles. Por otro lado, a veces no tenemos más remedio que darnos cuenta de que esas etiquetas a veces no encajan. Tras la proyección de Dhogs, me preguntaba qué implica que te incluyan dentro de una categoría. ¿Qué es por ejemplo el Novo Cinema Galego? La respuesta más obvia incluye a todas aquellas películas realizadas recientemente por jóvenes directores gallegos. Pero como ya supondréis, mi pregunta pretende ir un poco más allá. ¿Qué tienen en común películas como Arraianos (Eloy Enciso, 2012), Costa da Morte (Lois Patiño, 2013), Mimosas (Oliver Laxe, 2016) o las más recientes Trinta Lumes (Diana Toucedo, 2017), Dhogs (Andrés Goteira, 2017) o La estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)? Centrémonos, por no extendernos en exceso, en las dos últimas. Ambas son producciones gallegas que se han proyectado este año en el D’A Film Festival y ambas han sido realizadas con mucho esfuerzo, un equipo reducido y un escaso presupuesto. Y hasta aquí, si no me equivoco, llegan las coincidencias.

Empecemos por hablar de la más inclasificable de ambas. Podríamos (intentar) definir Dhogs, la opera prima de Andrés Goteira, como una disección en clave onírica de la violencia, ejercida con o sin motivos. Goteira nos propone un juego de espejos infinito en el que la presentación y la representación se funden y se confunden. Acompañaremos a una mujer sola en medio de la noche. Una mujer que intuimos, va a pasarlo bastante mal. ¿Es la protagonista? ¿O los protagonistas somos nosotros? ¿Se trata de una película? ¿De una obra de teatro? ¿Acaso de un videojuego? ¿Quién está decidiendo el guion (es decir; el destino de esa mujer que aparece en pantalla)? Dhogs nos puede recordar a muchas cosas, pero no se parece a nada. Los ecos a Leos Carax, David Lynch, Carlos Vermut y sí, vale, lo admito, también un poquito a Tarantino, resuenan en esta pesadilla oscura y lisérgica salpicada de humor negro. Una apuesta de riesgo para aquellos que creen que lo han visto todo.

Una melancolía increíblemente amarga impregna la opera prima de Anxos Fazáns. Con tan solo 25 años, la directora gallega adapta la novela de Manuel Jabois y lo hace de la mejor manera posible: distanciándose de ella. En La estación violenta, la joven pareja formada por Claudia y David se reencuentran con Manuel después de muchos años. Amigos de adolescencia separados por las circunstancias, como tantos otros. La película nos muestra una relación marcada por las elipsis. En ella, lo que no se cuenta es casi más importante que lo que se cuenta y la historia se recompone a base de vacíos y ausencias. El fantasma de la muerte enturbia el presente y cualquier tiempo pasado parece mejor. La literatura no es suficiente para sacar a Manuel de la espiral autodestructiva en la que ha caído, y tal vez el amor tampoco. Para Claudia y David, la felicidad es un recuerdo distante que se alejó ante la inminencia de la muerte. Las imágenes, rodadas en 16 mm, subrayan la fisicidad de unos cuerpos destinados a desaparecer, más pronto que tarde. La escena underground de Galicia sirve de telón de fondo y permite el retrato generacional de una juventud cada vez menos joven y cada vez más desencantada. La estación violenta duele, como una pequeña herida que se infecta y nunca llega a cicatrizar, pero es necesaria para recordarnos que estamos vivos.

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D’A Film Festival 2018 (VI)

Ainhoa somos todas

Hace cuatro años, la directora chilena Carolina Astudillo debutaba en el largometraje con el documental El gran vuelo (2014), la historia de Clara Pueyo Jornet, militante del PSUC que escapó de la prisión de Les Corts de Barcelona por la puerta principal desapareciendo sin dejar rastro. Ahora regresa con el documental Ainhoa, yo no soy esa, la historia de una mujer que podría ser cualquiera, pero resulta ser única. A través de una gran cantidad de material de archivo cedido por el hermano de la protagonista (audios, fotografías, diarios personales, grabaciones en Super 8…), Astudillo reconstruye un puzzle de dimensiones inconmensurables. Biznaga de plata al mejor largometraje documental en el Festival de Málaga (la segunda conseguida por la directora, ya que la primera fue para El gran vuelo), la obra de Astudillo es un ensayo fílmico que narra, no solo la historia de Ainhoa Mata Juanicotena, sino la historia de miles de mujeres cuya voz ha sido acallada de modo sistemático a lo largo de la historia.

¿Cómo reconstruir la vida de alguien a quien no se ha conocido y que además ya no se encuentra entre nosotros? Parece esta una pregunta de difícil respuesta. A estas alturas de la historia sabemos que todo registro de la realidad resulta insuficiente y parcial, y que la supuesta objetividad que algunos atribuyen a la fotografía no es más que una utopía, el sueño de todos aquellos que ansían aprehender la realidad y conservarla embalsamada, ajena al paso del tiempo. Pero “la realidad”, como todos sabemos, se resiste a ser capturada; es salvaje, orgánica y está en constante cambio. Es más, ¿existe acaso una sola realidad? Tal vez es por eso que las fotografías, cuando ha transcurrido demasiado tiempo, no nos muestran más que fantasmas. Fantasmas que inevitablemente ansiamos con vehemencia devolver a la vida. Por eso rendimos culto constante a las imágenes, a nuestras imágenes, a las imágenes de todos aquellos que hemos conocido o querríamos conocer. Buscando en ellas de manera inconsciente e inevitable ese punctum del que hablaba Roland Barthes.

Ainhoa Mata y Carolina Astudillo nunca se conocieron, vivieron alejadas en el tiempo y el espacio, pero tuvieron muchas más cosas en común de las que podría parecer, y es por eso que la biografía de una acaba en cierto modo convirtiéndose en la biografía de la otra, y Ainhoa, yo no soy esa se convierte así en la prueba fehaciente de toda la intimidad que llegaron a compartir. Los textos y diarios personales de Virginia Woolf, Frida Kalho, Alejandra Pizarnik, Sherry Levine o Susan Sontag nos sirven de guía en nuestro recorrido. Las fotografías y registros en Super 8 muestran a una Ainhoa, pero sus diarios personales muestran a otra. En ambos registros se enfrentan la rebeldía y la fragilidad, la pose desafiante y la incertidumbre que genera inseguridad, el punk más nihilista y la poesía más melancólica. ¿Quién era realmente Ainhoa? ¿La persona que vemos en las fotografías o la que leemos en los diarios? Los lazos emocionales entre protagonista y directora son trazados a lo largo de la película de modo sutil pero progresivo, ambas vidas transcurren de modo paralelo para el espectador y dos personas que nunca se conocieron acaban así unidas por un vínculo perenne. Vínculo que se establece entre Ainhoa y Carolina, sí, pero también entre Ainhoa y el espectador. Porque todas esas celebraciones que muestran las imágenes; los cumpleaños, las vacaciones en la playa, las comidas familiares, las sonrisas a la cámara, también son las nuestras. Ainhoa, una mujer como cualquier otra, pero también una mujer única, se suicidó cuando tan solo contaba con 34 años, dejando tras de sí un rastro colapsado de imágenes, lagunas y contradicciones que, a día de hoy, se han transformado en un inolvidable documental.

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D’A Film Festival 2018 (V)

Supervivencia y procesos de adaptación (A Ciambra, Soldatii. Poveste din Ferentari , The Charmer)

Tras el éxito de su opera prima Mediterranea (2015), el segundo largometraje del director Jonas Carpignano nos sumerge en La Ciambra, la comunidad romaní ubicada en los suburbios de Calabria en la que vive Pio, el protagonista adolescente de su film. Con tan solo catorce años, Pio se ve obligado a sobrevivir en un entorno degradado y hostil en el que rige la ley del más fuerte. Aunque su madre preferiría que no causara problemas, Pio fuma, bebe alcohol y deambula por Calabria realizando pequeños hurtos para conseguir algo de dinero, trapicheando y desenvolviéndose cada vez con mayor soltura en un entorno marcado por el racismo, las diferencias de clase, las jerarquías y un firme apego por las tradiciones. Nada menos que Martin Scorsese se encuentra tras la producción ejecutiva de A Ciambra, obra de ficción que bebe directamente del neorrealismo italiano y se sirve de los códigos del documental logrando un contundente verismo en cada una de sus secuencias. Interpretada por actores no profesionales (principalmente por la familia Amato), A Ciambra nos muestra el día a día de una de las comunidades más denostadas de Calabria, la tensión entre romaníes y africanos y los problemas de integración a los que se enfrentan. Lo mejor de la mirada de Carpignano es que se limita a observar sin juzgar. Los personajes de A Ciambra, más que buenos o malos, son víctimas de unas circunstancias que no pueden controlar, protagonistas de una coming of age amarga y desencantada que por momentos es capaz de adquirir el ritmo de un trepidante thriller.

Y de la comunidad romaní de Calabria viajamos hasta la de Ferentari, la zona más pobre de Bucarest, donde está ambientado Soldatii. Poveste din Ferentari, el debut en la ficción de Ivana Mladenovic. Los que tengáis buena memoria la recordaréis como protagonista de Scarred Hearts, película que pudimos ver (y disfrutar) el año pasado en el D’A. Soldatii. Poveste din Ferentari es un trabajo sorprendente. No a nivel de puesta en escena (que resulta más bien funcional), sino porque es capaz de tratar con humor y naturalidad el tema de la homosexualidad en un entorno lleno de tabúes. Adi, un hombre de 40 años recientemente abandonado por su novia, decide mudarse hasta Ferentari para realizar una investigación sobre el manele (lo que podríamos considerar pop romaní). Allí conocerá a Alberto, un gitano exconvicto y pendenciero con el que iniciará una singular relación amorosa que desembocará en una suerte de inesperada dependencia. Como si de una obra de Fassbinder teñida de humor grotesco se tratase (la sombra de La ley del más fuerte es alargada), Soldatii. Poveste din Ferentari retrata con precisión los mecanismos de poder que rigen nuestra sociedad y la indiscutible supremacía del dinero. Sus protagonistas actúan a menudo de manera irreflexiva y poco racional, no llegan a final de mes, no han escrito ningún manifiesto y no encabezan las manifestaciones por los derechos LGTBI, pero son capaces de romper moldes sin que les importen las consecuencias.

No queremos terminar este texto sin hablaros de The Charmer, sugerente opera prima del director iraní Milad Alami. Este drama psicológico narra la vida de Esmail, joven iraní que ha emigrado a Copenhague en busca de un futuro mejor. Pero las circunstancias, por desgracia, enturbian sus intenciones, y si no consigue casarse en breve será deportado. Es por eso que Esmail se ve obligado a buscar con persistencia una pareja, llevando una doble vida y convirtiéndose por las noches (probablemente a su pesar) en una suerte de Don Juan iraní conquistador de danesas al que acecha una apremiante sensación de urgencia. Por si fuera poco, los remordimientos provocados por el hecho de haber dejado atrás a su familia en Irán le generarán más de un disgusto; y para más inri, un inesperado incidente desatará la ira de un danés de sangre fría que se empeñará en ajustar cuentas con él. The Charmer habla con solvencia sobre la dificultad de la integración en un entorno ajeno, sobre el racismo y la inmigración, sobre la supervivencia, los principios y el hecho de tener que enfrentarse a importantes dilemas en la vida. Y todo eso, sin caer en los maniqueísmos ni en la complacencia, un reto que Milad Alami supera con creces.

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Olga Beltrán, la rabia y el cuerpo

De las Semióticas de la cocina de Martha Rosler  (1975) a las Siluetas de Ana Mendieta (1973-1978) pasando por los retratos de Cindy Sherman o las pinturas de Judy Chicago, la historia del arte feminista se ha ido componiendo de modo parcial y fragmentado, con bastante retraso y también con cierta urgencia. Recordándonos, sobre todo en estos últimos años, que es necesario acabar con esa brecha que durante siglos ha discriminado por defecto la labor artística de miles de mujeres en todo el mundo. Los años setenta fueron un momento clave, tanto en el mundo del arte como en el del feminismo. Ambos caminos confluyeron y, probablemente gracias a ello, la obra de un puñado de mujeres artistas logró adquirir relativa visibilidad. La realidad, eso sí, distaba (y lo sigue haciendo) de alcanzar la paridad en el mundo artístico y cultural. De hecho, en el año 1989, las Guerrilla Girls todavía se preguntaban  en una de sus obras –con ironía, amargura, y por supuesto, ánimo reivindicativo– si era necesario que las mujeres estuviesen desnudas para poder entrar en el Metropolitan Museum, ya que menos del 5%  de las obras allí expuestas estaban realizadas por mujeres, pero en cambio el 85% de los desnudos que se mostraban eran femeninos. Casi treinta años después, la situación no ha mejorado especialmente, ya que la mayor parte de museos e instituciones mantienen unos porcentajes que oscilan entre el 3 y el 20%, haciendo caso omiso de una sociedad que clama por una mayor equidad.

Como resultado de esta discriminación sistemática, la producción artística de numerosas mujeres ha sido ninguneada a lo largo del S XX y gran parte de estas obras permanecerá oculta (tal vez durante siglos) a los ojos del público. A menos, claro está, que hagamos entre todos (y sobre todo las instituciones) un verdadero esfuerzo por visibilizarla. En la novela El mundo deslumbrante, la escritora Siri Hustvedt narra la historia de Harriet Burden; artista norteamericana que, ante el machismo estructural que impregna el mundo del arte, decide crear diversos alter egos masculinos que asuman su obra como propia para así tener más oportunidades de mostrarla. La novela de Hustvedt es una historia de ficción, sí, pero los casos reales que la podrían ilustrar son tantos que sería necesario más de un artículo para poder enumerarlos.

Entre todas esas mujeres que la historia ha silenciado os hablamos en esta ocasión del caso de Olga Beltrán, artista ecuatoriana nacida en 1957 y que falleció en Guayaquil (República del Ecuador) a la temprana edad de 27 años, víctima de una rara enfermedad. Beltrán vivió algunos años en Barcelona, donde se estableció en 1977, tan solo dos años después de la muerte de Franco. Poeta y videoartista, Beltrán dejó un legado artístico que, tras permanecer oculto durante cuarenta años, ve la luz en un momento en que las reivindicaciones feministas alzan su voz de modo contundente ante la hegemonía masculina.

Cuerpo Estado

En su tríptico videográfico conformado por las obras Cuerpo Estado, Cuerpo Objeto y Cuerpo Sujeto Cambio, la artista reflexiona sobre la discriminación, la cosificación del cuerpo femenino y los roles de género que condicionaban la sociedad en los años 70. Las ofertas de empleo en prensa buscaban hombres con iniciativa y capacidad de liderazgo, que pudieran dirigir una empresa. También buscaban mujeres hermosas, femeninas y con estilo, que pudieran ejercer el rol de secretarias y asistentes. Mujeres con –y esto parecía ser lo más importante– un cabello magnífico. Los cuerpos que aparecen en la obra de Beltrán carecen de rostro e identidad, se dejan mirar y se dejan hacer. Como tantas otras personas que nunca se han detenido a reflexionar sobre el lugar que ocupan en el mundo.

Cuerpo Objeto

En la selección de poemas inéditos a los que hemos podido acceder, abundan la rabia contenida, el anhelo desbocado y el vigor de la juventud. Las ansias por reivindicar un espacio, por alcanzar una sociedad más justa e igualitaria en una época, la de la llamada transición, marcada tanto por anhelos como por convulsiones. Con el corazón a medio camino entre Barcelona y Guayaquil, Beltrán se carteó de modo frecuente con su madre, que le enviaba recortes de prensa con las noticias más importantes que sucedían en Ecuador. Mediante poderosas metáforas atemporales, Beltrán reflexiona con espíritu crítico sobre nuestra historia más reciente. Experimenta con la estructura de los poemas y transforma el canon imperante en poéticas imágenes de una singular belleza. Tanto en sus poemas como en sus obras de vídeo, analiza algunos de los mensajes emitidos por los mass media y realiza un cuestionamiento de la normatividad imperante y los roles de género. Mujer, artista, extranjera y militante. Cuarenta años después, una de tantas mujeres silenciadas, por fin ha recuperado la voz. Esperemos que haya muchas más que lo logren y que no sea demasiado tarde.

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D’A Film Festival 2018 (III)

De la guerra y la esperanza (Frost, Grain)

A menudo nos intentamos convencer a nosotros mismos de que la guerra es eso que solo le atañe a otros, eso que le sucede a los demás mientras nosotros miramos, algo abstracto que intuimos tan horrible como lejano y exótico, algo que no nos concierne y que no tiene que ver con nuestra cotidianidad, algo que aparece en los periódicos pero nunca llegaremos a conocer de primera mano. Aunque también hay días en que la angustia se despereza y transforma la guerra en un hecho inminente e inevitable. En algo que está a punto ya de suceder a nuestro alrededor, porque los cielos atestados de nubes negras evidencian tormenta, y un ambiente como el que tenemos a finales de la segunda década del S XXI, no puede presagiar nada bueno.

Frost, la última película de Sharunas Bartas (a quien el D’A ya dedicó una retrospectiva en 2016) nos habla precisamente sobre esto, sobre la cualidad más inaprensible de la guerra (en este caso entre Rusia y Ucrania), sobre su inherente capacidad de ser algo tan ajeno como cotidiano, algo de lo que constantemente nos han hablado pero en realidad poco o nada sabemos.

Hay quien acusa al cine de Bartas de coquetear en exceso con el tedio y la lentitud, y también hay quien le reprocha el ser frío y distante, utilizar una simbología críptica que dificulta el acceso a su obra. Puedo decir para tranquilizar a los espectadores potenciales que no existe en Frost el simbolismo críptico que habita películas como A Casa (1997), y que tanto la narración como la puesta en escena son claras y directas, si bien salpicadas de reflexiones que podrían ser interpretadas como parábolas. La mirada de Bartas (al igual que la del protagonista del film) es la de alguien que intenta comprender, probablemente en vano, el sinsentido de la guerra, cómo y por qué acaba afectando a tanta gente, cuál es la razón de que nos aterre y nos fascine a partes iguales. Al mismo tiempo, la obra realiza una concisa disección de las relaciones de pareja, permitiendo al espectador que establezca los paralelismos que considere pertinentes entre ambas líneas argumentales. Tan glacial como desgarradora (sus quince últimos minutos lo confirman), Frost reafirma una vez más ese cierto nihilismo que despiden las películas del director lituano, dejándole al espectador un nudo en el estómago que le impedirá volver a ver, pensar y sentir la guerra del mismo modo.

Otra de las películas más destacadas del festival hasta el momento ha sido Grain, el regreso a la ficción del turco Semih Kaplanoglu después de siete años de ausencia. Tras su famosa trilogía (Miel (2010), Leche (2008) y Huevo (2007)), Kaplanoglu se sumerge de lleno en el género de la ciencia ficción y nos ofrece una subyugante historia de inequívocos ecos tarkosvianos. En Grain, una crisis de la agricultura a nivel mundial ha conllevado una serie de problemáticas revueltas. La supervivencia en el mundo es cada vez más difícil y la población está siendo sometida a un mayor control. El especialista en semillas Erol Erin emprenderá un largo y peligroso viaje en busca de Cemil Akman, antiguo compañero de trabajo que escribió una tesis que podría cambiar el rumbo de la historia e incluso salvar a la humanidad. Resulta inevitable, cómo no,  pensar en Stalker (Andrei Tarkovski, 1979) y en todos aquellos personajes que arriesgaban su vida para penetrar en la Zona. Rodada en un impecable blanco y negro, la cuidadísima puesta en escena de Grain nos permite viajar por un sinfín de inquietantes lugares en los que la ruina se ha convertido ya en el estado natural y no es concebible otra cosa. Lugares en los que las capas de historia se acumulan hasta límites insospechados y apenas queda espacio para ser habitado por el presente. El onírico viaje a través de estos lugares descubrirá a Erol aquello que buscaba desde el principio. ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Hay acaso alguien que no se haya hecho al menos una vez en la vida estas tres preguntas? ¿Hay acaso alguien capaz de responderlas de modo satisfactorio?

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D’A Film Festival 2018 (I)

Culpas, convenciones, redenciones y rendiciones (Chesil Beach, First Reformed, Razzia)

En tan solo ocho ediciones, el D’A Film Festival ha conseguido convertirse en uno de los festivales de referencia a nivel nacional, consiguiendo que se hable largo y tendido de ese voluble e inaprensible concepto sobre el que tanto nos gusta reflexionar, el de cine de autor. Durante diez días, el D’A nos ofrecerá la oportunidad de ver más de un centenar de obras y prestará una especial atención a las nuevas generaciones de cineastas españoles, aquellos que realizan un cine arriesgado, muchas veces en condiciones un tanto precarias y al margen de la industria y sus etiquetas.

La sesión inaugural corrió a cargo de Chesil Beach, la opera prima del dramaturgo Dominic Cooke. El film adapta la novela homónima de Ian McEwan (encargado también del guion) y narra la relación entre Florence y Edward, una joven pareja en la Inglaterra de principios de los años 60. Como recién casados, Florence y Edward podrían tener toda una vida por delante, pero su noche de bodas en un hotel de Chesil Beach redefinirá sus destinos de un modo inesperado. En la adaptación realizada por Cooke percibimos sin duda su condición de dramaturgo, y el director logra sacar partido de las interpretaciones de Saoirse Ronan y Billie Howle, sus dos protagonistas. El filme roza con elegancia la incomodidad para realizar una crítica a las convenciones sociales que condicionan nuestras vidas: los tópicos sobre la sexualidad, los roles de género, las diferencias de clase… todo ello se desmitifica y aparece envuelto de un halo de sobriedad teñido de una cierta ironía. Se trata, en definitiva, de una película sobre la pérdida de la inocencia que, si bien se ve lastrada ligeramente por la inclusión de un final excesivamente edulcorado, reflexiona con efectividad sobre todos aquellos condicionantes sociales que nos pretenden definir el significado de la palabra amor.

Y si ya empezamos a notar la presencia de la ironía (británica y afilada) en la película de inauguración, su aparición se tornó contundente y desgarrada durante la proyección de First Reformed, última deriva psicotrópica del director Paul Schrader, que esta vez se adentra en las profundidades de la mente de un atormentado predicador de turbio pasado e incierto futuro. Schrader utiliza la figura de Toller, un antiguo capellán del ejército (interpretado magistralmente por Ethan Hawke) para realizar una contundente crítica a la religión y al neoliberalismo (inevitablemente ligados), hablándonos por el camino de la irreversibilidad del cambio climático, de la culpa, la redención y sí, también de ese amor del que tanto se habla pero que tan poco abunda. Viendo First Reformed no pude evitar pensar en Preacher, la serie de la AMC a la que tanto se asemeja a nivel temático y formal. Ambas teñidas de humor negro, ambas bastante delirantes, ambas con el telón de fondo de la América profunda, ambas protagonizadas por personajes oscuros cuyas vidas se encuentran inevitablemente condicionadas por la religión. ¿Casualidad o influencia?

Otro de los films destacables en estos primeros días de proyección ha sido Razzia, del director Nabil Ayouch. El film, ambientado en Casablanca en el año 2015, muestra la tensión presente en una atmósfera que llama a la revolución y parte de lo general para centrarse en lo personal, las historias de varios personajes que se enfrentan a una sociedad convulsa, habitada por seres plagados de contradicciones. Los personajes que protagonizan Razzia se encuentran, por qué no decirlo, fuera de lugar. Las convenciones sociales y el conservadurismo les impiden hacer uso de su libertad, y el día a día se convierte para ellos en una batalla sin descanso. ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad que parece no ser capaz de dar cabida a sus diversos y heterogéneos miembros? Esa parece ser la principal pregunta que recorre Razzia, una película que, aun a pesar de tener un claro componente de denuncia social, no renuncia en ningún momento a su cariz poético, consiguiendo un equilibrio que solo se ve ligeramente trastocado por una excesiva ambición argumental.

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