Archivo del Autor: Marla Jacarilla

Sitges 2017 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (III)

La inquietud como centro gravitatorio

Creo que para apreciar las cosas uno tiene que conocer todos sus aspectos, incluidos los más oscuros, porque cuanta más oscuridad puedas captar, mayor luminosidad podrás ver.

David Lynch

Desde sus inicios, la historia del cine (al igual que la del resto de las artes) se ha visto condicionada por una serie de normas, códigos y patrones que la han ido conformando a lo largo del tiempo. La elaboración del guion, las interpretaciones de los actores y, en definitiva, los diversos factores que componen la puesta en escena, están en mayor o menor grado sometidos a dichas convenciones. Pero al igual que la mayoría de los aspectos en una sociedad que cambia constantemente, dichas convenciones a menudo son reconsideradas, y aunque los cánones tienen tendencia a establecerse con ánimo de perdurar, el espectador evoluciona junto con las películas, y con él, su modo de ver el cine. Por ello, modos de hacer que en otras épocas podrían considerarse inapropiados o incluso poco profesionales, pueden convertirse en las claves para la evolución de nuevas corrientes cinematográficas.

Aunque no se trata de nada nuevo (ya lo hacía el cine experimental de las vanguardias o gran parte del cine europeo que se realizaba en los años 70 al margen de la industria), la provocación de la extrañeza en el espectador se ha convertido en un recurso más a la hora de desarrollar una historia. Y teniendo en cuenta la grandísima cantidad de imágenes que ve un espectador medio en el siglo XXI, creedme, no es tarea fácil activar de modo efectivo este factor sorpresa. Por suerte, algunas de las películas presentadas en este Festival de Sitges lo han pretendido y además logrado con creces.

Dhogs (Andrés Goteira, 2017)

Cuando todo es una (re)presentación

La ópera prima de Andrés Goteira se ha alzado recientemente con el premio a la mejor película en el Festival de Cine Fantástico Nocturna y en el Split Film Festival de Croacia. El juego de palabras –mezcla entre Dogs y Hogs– que da nombre a este film sitúa ya de entrada al espectador y le da un par de importantes pistas. En este título, la ambigüedad y el doble sentido cobran un gran protagonismo actuando casi como agentes estructurales. La historia narrada en Dhogs desconcierta, evita con soltura lugares comunes y despide esa auténtica originalidad tan ansiada por muchos y conseguida por tan pocos. A pesar de la limitación de recursos y el escaso presupuesto (realizaron una campaña de micromecenazgo con venta de cerveza artesana incluida para poder financiar la película), la acertada puesta en escena logra acrecentar la tensión, y las interpretaciones de los actores nos sumergen de lleno en profundas reflexiones sobre la ambigüedad moral del ser humano. Ecos a Leos Carax y Carlos Vermut en un debut que huye de cualquier situación de acomodamiento asumiendo un riesgo que solo algunos, los más osados, se atreven a correr.

The Killing of a Sacred Deer (Yorgos Lanthimos, 2017)

Sacrificarse por una buena causa

A pesar de haber "dado el salto" y trabajar en sus dos últimas películas con actores de fama internacional (Colin Farrell, Rachel Weisz, Léa Seydoux, Alicia Silverstone, Nicole Kidman…) Yorgos Lanthimos se ha convertido sin duda en el principal representante (junto con directores como Athina Rachel Tsangari o Babis Makridis) de lo que se ha dado en llamar "nueva ola de cine griego". Podríamos decir que la principal característica de estos films es, sin duda, evitar la predictibilidad, convertirse en películas de tesis que se alejan del realismo más formal y penetran en un terreno más simbólico para hablar, eso sí, de temas cercanos y acuciantes. En este último filme, Lanthimos reinterpreta el mito de Ifigenia y lo traslada a la época actual, en la que un reputado cirujano verá cómo se rompe su (por otro lado inquietante) armonía familiar ante la inevitabilidad del sacrificio. Lanthimos deja de lado el humor negro que tan presente estaba Langosta, su anterior filme, y nos ofrece un drama nihilista en el que la interpretación distanciada y fría de los personajes acentúa la turbación que ya de por sí provoca la desasosegante historia.

Black Hollow Cage (Sadrac González-Perellón, 2017)

Terror aséptico en plano secuencia

Alice, una niña traumatizada por la pérdida de su brazo, vive aislada en una casa en el bosque junto con su padre y una perra a la que llama mamá. Los tres recibirán la incómoda visita de dos hermanos que huyen de un misterioso acosador y Alice encontrará un extraño cubo en el bosque que le permitirá realizar viajes en el tiempo. A partir de esta extraña y sugerente sinopsis, Sadrac González dirige su segundo filme, una rareza que provocará repetidas veces (y no sin razón) el famoso chascarrillo "pues no parece española". Haneke, Lanthimos, Kubrick o Tarkovski son los principales referentes de González en una película cuya puesta en escena, estructurada por largos silencios y abundantes planos secuencia, hace uso de un ritmo pausado en el que la incomodidad crece de modo progresivo. Aunque si hay algún pero que se le pueda atribuir al filme, sería en lo concerniente a las interpretaciones de sus actores, que no logran dar la talla y convierten a Black Hollow Cage en una obra arriesgada aunque fallida, en algo que podría haber sido mucho más de lo que finalmente es.

How to Talk to Girls at Parties (John Cameron Mitchell, 2017)

Los alienígenas quieren punk

En efecto, la actriz Nicole Kidman hace doblete este año en el Festival de Sitges (y sí, también en este texto). Si en The Killing of a Sacred Deer era la perfecta y glaciar esposa de un cirujano atormentado, en How to Talk to Girls at Parties se convierte nada menos que en una histriónica y desaforada sacerdotisa del punk. El director John Cameron Mitchell, al que recordamos por trasgresoras películas como Shortbus (2006) o Hedwig and the Angry Inch (2001), mantiene su provocador espíritu en esta comedia anárquico-romántica de ciencia ficción retro y esencia punk diseñada para romper esquemas. El filme, basado en una historia de Neil Gaiman, ha logrado irritar a gran parte de la crítica que la acusa de falta de coherencia narrativa, de ser un esperpento sin pies ni cabeza y de cosas bastante peores. Pero… ¿no era acaso esa la originaria intención del punk? ¿Desafiar a la lógica establecida? ¿Acabar con los cánones? ¿Provocar una reacción extrema más cercana a la incomodidad que al placer? ¿Sacudir los cimientos de una sociedad acomodada y autocomplaciente? Punk, alienígenas, y una historia de (algo parecido al) amor que desafía las convenciones sociales son los ingredientes de una obra que, a día de hoy, puede presumir de ostentar la disputada etiqueta de película incomprendida.

November (Rainer Sarnet, 2017)

Mi alma a cambio de un kratt

La primera secuencia de November es capaz de dejar al espectador con la boca abierta. Los extraños acontecimientos que en ella suceden nos dan a entender que no estamos ante una película convencional. La hermosa (y feísta) fotografía en blanco y negro de Mart Taniel nos recuerda a la de películas como Hard to Be a God, aunque en este caso la puesta en escena no es un tour de force en planos secuencia como el que nos propuso Aleksey German, sino que está supeditada a una historia de amor no correspondido y realismo mágico teñido de humor negro. En un pequeño pueblo de Estonia, el frío, las plagas, el hambre, la pobreza y los hombres lobo asolan a la población, que intenta hacer más fácil su supervivencia mediante la magia negra, las relaciones con los muertos y la existencia de una extrañas criaturas de madera y metal llamadas kratts. Pero a pesar del inclemente y desolador contexto, el ser humano no puede evitar enamorarse. Basada en la novela Rehepapp, November es la anonadante ópera prima del estonio Rainer Sarnet, la prueba rotunda y definitiva de que deberíamos prestar más atención a las filmografías de países como este, del cual, a pesar de no estar tan lejos, desconocemos casi todo.

Animals (Greg Zglinski, 2017)

Animales somos todos

Anna y Nick son una pareja en crisis que decide pasar unos días en los Alpes Suizos. A partir de este inicio de historia, podría desarrollarse cualquier película de cualquier género: una desquiciada comedia, un drama introspectivo, un thriller, una película de terror… El director Greg Zglinski opta por penetrar en la mente de sus perturbados protagonistas y ofrecernos una obra de aires indudablemente lynchianos salpicada de escenas oníricas. Los animales que habitan el film de Zglinski son ellos, son Anna y Nick, pero también son diversas apariciones puntuales y metafóricas a lo largo de la historia: la oveja con la que chocan cuando van en el coche, el pájaro que se estrella contra la ventana o el gato que habla. Animales que, si bien podrían protagonizar un libro de cuentos para niños como los que escribe Anna, más bien acabarán formando parte de una pesadilla de tintes claustrofóbicos.

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Sitges 2017 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña (II)

Comportamientos anómalos

No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.

Jiddu Krishnamurti

Vivimos en una sociedad plural por naturaleza, pero que intenta persistentemente y por todos los medios posibles la homogeneización de todos y cada uno de sus miembros. Una sociedad en constante cambio cuyas estructuras culturales, políticas y sobretodo económicas, a menudo olvidan que el mundo está poblado por individuos y no tan solo por espectadores, clientes, votantes o consumidores. Una sociedad que no siempre está atenta a las múltiples necesidades de aquellos que la habitan, y que debido a su heterogeneidad inherente y constantes contradicciones, jamás podrá contentar a todos. Una sociedad a la que no siempre es posible adaptarse y que muchos ven desde fuera, con resquemor, con desconfianza, o simplemente con extrañeza. Como si procediesen de otra planeta cuyas reglas de comportamiento no tienen nada que ver con las del Planeta Tierra. Personas tal vez con cualidades extraordinarias, o simplemente capaces de ver las cosas de otro modo. Personas que por no encajar en el contexto que habitan, se convierten en únicas e irrepetibles. Personas que con su conducta, desafían todas esas normas tácitas que parece ser que siempre han estado ahí. Personas que tal vez sin saberlo, sirven de inspiración para el desarrollo de numerosos personajes ficticios que pueblan, enriquecen y diversifican la historia del cine. Hacemos a continuación un breve recuento de algunos de esos "inadaptados" personajes que hemos podido encontrar en este festival. 

The Erlprince (Kuba Czekaj, 2016)

Junto con Thelma, una de las películas coming of age más interesantes del festival ha sido The Erlprince, la historia de un adolescente superdotado a punto de empezar sus estudios universitarios. El segundo largometraje del joven director Kuba Czekaj parte de los versos que conforman el poema de Goethe "Der Erlkönig" para realizar un retrato árido pero no exento de humor de las relaciones familiares y la transición a la edad adulta de su protagonista. Estructurada por capítulos que nos muestran su dificultad para integrarse y la conflictiva relación con su madre, The Erlprince se acerca con pulso firme tanto al realismo de los mejores Dardenne como al surrealismo poético de Roy Andersson.

Jupiter's Moon (Kornél Mundruczó, 2017)

Director de filmes como la desconcertante ópera cinematográfica Johanna (2005), la críptica fábula White God (2014) o el drama Semilla de Maldad (2010), el húngaro Kornél Mundruczó se ha alzado este año con el premio a la mejor película de la sección oficial. Jupiter's Moon, suerte de fábula fantástico-dramática que reflexiona sobre la crisis de los refugiados en Europa, está protagonizada por Aryan, un joven inmigrante Sirio al que disparan cuando intenta cruzar la frontera. Pero en lugar de acabar con su vida, dichos disparos dotan a Aryan de un poder muy especial, un poder del cual el doctor Stern –un médico húngaro con no demasiados escrúpulos– querrá sacar todo el provecho posible. Aunque el jurado ha estado de acuerdo en otorgarle el premio a este film, la crítica sin embargo se divide: ¿Efectiva reflexión en clave alegórica sobre el drama de los refugiados o instrumentalización banal y oportunista del tema, abordado además de un modo excesivamente maniqueo y simplista? La polémica está servida.

Thelma (Joachim Trier, 2017)

El Premio Especial del Jurado, el Premio al Mejor Guión y el Méliès d'argent a la Mejor Película fueron a parar a Thelma, la historia de una adolescente capaz de combatir con incontrolables poderes paranormales las rígidas imposiciones de la religión católica que coartan su libertad de elección. Aunque tanto Mundruczó como Trier utilizan el McGuffin de los poderes para hablar en realidad de la complejidad de las relaciones humanas, resulta innegable que la puesta en escena, desarrollo narrativo y caracterización de personajes del film de Trier están dotados de una elegancia y sutilidad que el film de Mundruczó no tiene. Trier cuestiona los dogmas de la fe católica de un modo inteligente, singular y, por qué no decirlo, tan contradictorio como la vida misma, desarrollando con esta obra un thriller introspectivo al que añade algunos elementos del cine de terror para convocar así un pausado desasosiego que va in crescendo.

Dave Made a Maze (Bill Watterson, 2017)

Y de los dramas dirigidos por Czekaj, Mundruczó y Trier, pasamos a una de las comedias más destacables del festival: el imaginativo debut en el largometraje de Bill Watterson (no confundir con el homónimo creador de la tira cómica de Calvin y Hobbes) que ha ido cosechando Premios del Público en Festivales como Boston Underground, Calgary Underground, Slamdance o Fantaspoa. Comedia generacional de innegable herencia gondryniana, Dave Made a Maze narra la historia de David, un artista que alcanzada ya su edad adulta no consigue el éxito profesional pero sí que logra al menos la realización personal mediante la construcción de un laberinto de cartón en el centro de su salón. Un laberinto que por fuera podría parecer una burda y precaria construcción infantil, pero que en su interior aloja todos esos miedos que inquietan y angustian al pobre Dave. Una fresca y simpática comedia que deja, sin embargo, un poso ligeramente agridulce. Sobre todo a aquellos que ya entrados en la treintena todavía no tienen (tenemos) nada claro lo que van (vamos) a hacer con el resto de su (nuestra) vida.

Fashionista (Simon Rumley, 2016)

Simon Rumley realiza en su nuevo filme un homenaje explícito al cine de Nicholas Roeg, y así lo confirman los títulos de crédito de Fashionista, una obra siniestra e inquietante que tiene a una Amanda Fuller muy poco comedida como protagonista absoluta de una historia de fetichismo, adición a la moda, celos incontrolables y excesos emocionales. Los personajes excéntricos, la feísta fotografía de saturados colores y una historia que se enturbia y barroquiza a medida que alcanza su segunda mitad, pueden llegar a emparentar este film con algunas películas del maestro David Lynch.

Brigsby Bear (Dave McCary, 2017)

James es un hombre de mediana edad que se comporta como un niño pequeño y está obsesionado con el oso Brigsby, protagonista de un programa infantil cuyos capítulos lleva años coleccionando en vídeo. Hasta aquí todo normal; bueno, más o menos. Porque los que aparentan ser los padres de James no son otra cosa que sus secuestradores, y el oso Brigsby no es en realidad más que una invención de los mismos para modelar y condicionar el pensamiento de James, y de paso mantenerle entretenido. Cuando alguien denuncie a los secuestradores y James sea llevado de regreso con su familia biológica, tendrá que empezar a vivir de nuevo y no será nada fácil. Director de numerosas TV movies y de varios capítulos de Saturday Night Live, Dave McCary debuta en el largometraje con esta sorprendente comedia que recuerda por momentos a la obra de Jared Hess, director de gozosas excentricidades como Napoleon Dynamite (2004) o Gentlemen Broncos.

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Sitges 2017 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña (I)

Coquetear con el fin

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha demostrado una irremediable atracción por un supuesto (¿y esperado?) apocalipsis de incierta llegada. Una interminable lista de libros, películas, series de televisión, obras de teatro y en general todo tipo de manifestaciones artísticas así lo demuestran. En La Guerra de los mundos, H. G. Wells lo imaginó a lo grande, con invasión alienígena de por medio. Orson Welles realizó posteriormente una adaptación radiofónica de dicha novela y Byron Haskin y Steven Spielberg se encargaron de sendas adaptaciones cinematográficas en 1953 y 2005. Pero no fueron los únicos. Directores como Don Siegel (Invasion of the Body Snatchers, 1956), Roland Emmerich (Independence Day, 1996), Tim Burton (Mars Attacks!, 1996) o Guillermo del Toro (Pacific Rim, 2013) entre muchos otros, mostraron predilección por plantear la posibilidad de una vida en el más allá que acabase –o al menos tuviese la intención de acabar– con la del más acá. Otros prefirieron decantarse por las catástrofes más o menos naturales: volcanes entrando en erupción, terremotos y maremotos de magnitudes inconmensurables, huracanes, meteoritos, cometas y asteroides incontrolables. Twister (Jan de Bont, 1996), Volcano (Mick Jackson, 1997), Deep Impact (Mimi Leder, 1998), Armageddon (Michael Bay, 1998), The Day After Tomorrow (Roland Emmerich, 2004), 2012 (Roland Emmerich, 2009) o Melancholia (Lars Von Trier, 2011) son solo unos pocos ejemplos. También los hubo que optaron por amenazas letales en forma de virus o enfermedades: Terry Gilliam (Twelve Monkeys, 1995), Danny Boyle (28 Days Later, 2002), Alfonso Cuarón (Children of Men, 2006), Francis Lawrence (I Am Legend, 2007)… Y otros como Richard Kelly, Béla Tarr o Peter Brosens y Jessica Woodworth eligieron un fin del mundo, o bien bizarro (Donnie Darko, 2001) o bien minimalista y metafórico (The Turin Horse, de 2011 o La cinquième saison, de 2013). Hubo unos pocos incluso que optaron por no determinar el origen y causas de la catástrofe, para así acrecentar el misterio (The Road, John Hillcoat, 2009). Sea como fuere, la posibilidad de la extinción de la humanidad ha sido, es, y probablemente seguirá siendo una excelente motivación para realizar películas. Os hablamos a continuación de algunas representaciones del apocalipsis (con mayor o menor éxito) que hemos podido ver en este festival.

Buswick (Jonathan Milott y Cary Murnion, 2017) Corre todo lo que puedas, aunque no sepas la razón

Cuando Lucy sale del metro en Bushwick, se ha desatado el caos. Hombres armados disparando por doquier pueblan las calles y todo rastro de normalidad ha desaparecido, lo que era uno de los barrios de moda de Nueva York se ha convertido e un infernal campo de batalla sin razón aparente. Los muertos se amontonan en las aceras y un arisco vecino con pocas ganas de dar explicaciones será su único apoyo en este infierno. Jonathan Milott y Cary Murnion firman este trepidante filme que delega excesiva responsabilidad en una puesta en escena compuesta mayormente de elaborados y vertiginosos planos secuencia que, desgraciadamente, no consiguen mantener el interés de un esquemático filme que pierde fuerza a medida que transcurre su metraje.

Les Affamés (Robin Aubert, 2017) Los zombis y Samuel Beckett

El film de Robin Aubert nos ubica en un contexto apocalíptico en el que predomina la definición de personajes por encima de los efectos especiales, el silencio por encima de los gritos, la tensión por encima del desgarro, la elipsis por encima de la sobreexplicación. Los toques de humor negro y el desconcertante surrealismo de algunas secuencias diferencian a Les Affamés de las ya clásicas películas de zombis, esas que siguen unos códigos repetidos hasta la saciedad y cuyo final podemos predecir sin correr el riesgo de equivocarnos.

The Cured (David Freyne, 2017) El realismo social se disfraza para Halloween

En el pasado, un extraño virus convirtió a gran parte de la población en caníbales irracionales. Años más tarde se ha logrado encontrar un antídoto, pero un porcentaje de la población todavía infectada es inmune a él. ¿Cómo debería proceder el gobierno en casos como este? ¿ Habría que concederles un voto de confianza a los infectados o sería mejor no asumir el riesgo y acabar con todos ellos para evitar una nueva propagación del virus? David Freyne firma este melodrama social de tintes pseudoterroríficos que, al fin y al cabo, no habla más que de uno de esos eternos temores que siempre han estado ahí: el miedo al otro, al que es diferente o al menos nos lo parece.

The Bad Batch (Ana Lily Amirpour, 2016) Canibalismo hipster

El inhóspito desierto de Texas es el decorado idóneo para ambientar esta vistosa distopía protagonizada por Arlen, una joven de armas tomar que tras lograr escapar de una comunidad de caníbales, regresará para buscar venganza pero acabará encontrando otras cosas. De la mezcla imposible entre Mad Max y El topo surge The Bad Batch, el nuevo filme de Ana Lily Amirpour que tras sorprender a propios y extraños con su original debut (A Girl Walks Home Alone at Night, 2014) se alzó con el premio especial del jurado en el Festival de Venecia con esta segunda película. Aromas de western polvoriento, calor asfixiante, hermosa decadencia, humor negro y supervivencia extrema son las claves que la definen.

A Gentle Creature (Sergei Loznitsa, 2017) La Unión Soviética como animal despiadado

Sergei Loznitsa es bien conocido por sus documentales de creación, sí, pero también por ser un director inclasificable capaz de abordar la ficción cuando la ocasión lo requiere. La última media hora de A Gentle Creature despertó un considerable revuelo e indignación en Cannes, pero el resto del filme no es precisamente de digestión fácil. Una mujer intenta enviar un paquete a su esposo que se encuentra en la cárcel, pero los inextricables engranajes burocráticos del socialismo soviético se lo impedirán, introduciéndola sin piedad en una interminable pesadilla de tintes kafkianos que saca a la luz de modo inclemente las miserias y podredumbres de un estado que ha acabado fracasando en muchos de sus principios y además es incapaz de aceptarlo. No es el fin del mundo de modo literal, pero sí el inicio del fin de un sistema fallido para el que no sabemos si habrá redención posible.

Before We Vanish (Kiyoshi Kurosawa, 2017) Alienígenas como nosotros

Los alienígenas que invaden la tierra en el último film de Kiyoshi Kurosawa no son de color verde ni tienen antenas, y tampoco hablan mediante incomprensibles onomatopeyas. De hecho, jamás llegaremos a conocer su verdadero aspecto, ya que su táctica no es otra que camuflarse entre nosotros, introducirse en el cuerpo de los humanos e ir apre(he)ndiendo conceptos para así conocer mejor a la raza humana y prepararse para la conquista final. La interesante reflexión sobre el lenguaje, el significado de las palabras y los códigos de comunicación que contiene el film despierta un grato interés sobre todo en la primera parte, aunque lamentablemente, una cierta deriva narrativa y un final alargado en exceso acaban por provocar algo parecido al hastío en el espectador.

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A Ghost Story (David Lowery, 2017)

El fantasma que presenciaba el transcurso del tiempo

Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día a alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: "Todos escogen el mismo camino. Todos se van." Después volvió al lugar donde había dejado sus pensamientos.

Juan Rulfo, Pedro Páramo

La primera secuencia de A Ghost Story empieza mostrándonos una relación casi idílica, tan sólo enturbiada por una sutil sensación de inquietud. Una joven pareja conversa, tumbados en el sofá del salón. "Cuando era pequeña, nos mudábamos todo el tiempo. Escribía estas notas, las doblaba muy pequeñas y las escondía en diferentes lugares, así que si alguna vez quería volver, allí estaría un pedazo de mí esperando." Esta confesión aparentemente trivial de la protagonista se convertirá posteriormente en el leitmotiv de la película. Un filme que bajo su aparente sencillez esconde una profunda reflexión sobre el espacio, sobre el transcurso de tiempo, sobre la permanencia, sobre el duelo, sobre lo que queda cuando ya no estamos, sobre lo que nos queda cuando los demás ya no están.

Como su propio título indica, se trata de una historia de fantasmas, sí, pero no de aquellos que acostumbramos a ver en el cine de terror más clásico. Porque los fantasmas que aparecen en el filme de David Lowery, más que como personajes, funcionan como metáforas. Enfundados en sábanas blancas agujereadas como si hubiesen improvisado su disfraz para Halloween en el último momento, los fantasmas de Lowery son seres condenados al silencio y la soledad, condenados a ver como el tiempo pasa sin tenerlos ya en cuenta, condenados a aceptar que sus huellas acabarán por borrarse, incluso para sus seres más queridos.

El fantasma protagonista de A Ghost Story se convierte sin quererlo en espectador intangible del paso del tiempo. Compungido, observa el duelo de su pareja, recorre las habitaciones de una casa que se ha quedado vacía y se niega a aceptar que el ciclo de la vida continúe y dicha casa vuelva a ser ocupada, esta vez por desconocidos. Enojado, hace uso de sus poderes para intentar evitar lo inevitable. Poderes de fantasma que, por otro lado, no le sirven para mucho, ya que con ellos no es capaz de minimizar el abismo que lo separa de su amada. Impotente, contempla la vida desde fuera sin poder formar parte de ella, como si se tratase de un creador que ha perdido el control sobre sus personajes y ya no puede influir en ellos. Ofuscado, intenta acceder a una nota, un pequeño papel que ella escribió en el pasado, un mensaje que ha quedado escondido en el marco de una puerta. Una nota cuyo contenido podría salvarle o condenarle a la desaparición. Una misiva que podría ser cualquier cosa, podría serlo todo, podría no ser nada. Un objeto cualquiera en el que depositar algo parecido a la esperanza.

Sentenciado a una eterna espera, como Vladimiro y Estragón, nuestro fantasma esperará a un Godot que nunca llega y del que tal vez hasta olvide su nombre. Será consciente de que las horas pasan para todos excepto para él. Viajará en el tiempo más que en el espacio. Se encontrará incluso consigo mismo. Contemplará con frustración como su antigua casa se convierte en ruinas y sabrá que nosotros, como espectadores, tampoco podremos hacer nada para impedirlo.

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15. Stella Cadente (Luis Miñarro, 2014)

 El rey castrado

El 16 de Noviembre de 1870 y tras la abdicación de Isabel II, Amadeo de Saboya fue nombrado Rey de España. Concretamente, el primer Rey de España elegido en un parlamento, con 191 votos a favor, nada menos. El productor y director Luís Miñarro debuta en la ficción con Stella Cadente, película que aborda el breve reinado de Amadeo, estrella fugaz que pasó sin apenas dejar rastro en los libros de historia.

Vegetariano, masón, declarado republicano y de ideología progresista, Amadeo pretendía sacar al país de la convulsión y la pobreza, conseguir la alfabetización del pueblo, desarrollar la industria y potenciar nuevas técnicas agrícolas, luchar por un reparto más equitativo de la riqueza y, sobre todo, conseguir la separación del estado y la iglesia. Elevados ideales, todos ellos, imposibles de cumplir en un país corrupto hasta la médula y controlado por los principales causantes de su podredumbre moral.

Atado de pies y manos y encerrado en su jaula de cristal (imponente castillo octogonal que limita su radio de acción), Amadeo de Saboya se convierte pues, a efectos del pueblo, en una marioneta sin capacidad de actuación, en un pelele que no hace nada para evitar la degradación del país. En alguien odiado por carlistas, por republicanos, por la Iglesia y por la aristocracia borbónica. Es decir: por todos.

Así pues, el 11 de febrero de 1873, tras darse cuenta de que ninguno de sus deseos para el país podrá ser puesto en práctica, sintiéndose frustrado e impotente ante la situación, abdica y regresa a Turín junto con su esposa y sus hijos.

Veo esta película el día dos de junio del año 2014. El mismo día en que casualmente Juan Carlos I hace pública su abdicación; una coincidencia como cualquier otra que me lleva a reflexionar sobre ambas situaciones, separadas 141 años en el tiempo. Me pregunto inevitablemente qué sucedería si un nuevo rey en España tuviese los ideales de Amadeo de Saboya. Me pregunto también qué aspectos de la sociedad actual son de la incumbencia de la monarquía y cuales no. Me pregunto acerca de la utilidad de esta forma de gobierno, de si es útil o no en los tiempos que corren, y pasan por mi cabeza demasiadas ideas. Algunas, supongo, un tanto ingenuas e idealistas. Quizás, como las de Amadeo. Me pregunto qué resultados mostraría un referéndum al respecto en la actualidad. Escucho una banda sonora pop, me dejo hipnotizar por primeros planos cargados de simbolismo, por el erotismo de las imágenes, por los prolongados silencios. Observo en pantalla una España muy distinta a la que nos han contado los libros de historia.

Lejos de repetir los cánones del cine de época más convencional, el filme de Miñarro realiza un retrato intimista e introspectivo, repleto de coherentes anacronismos que nos ubican en un pasado más presente que nunca. Una obra de reminiscencias teatrales, repleta de guiños literarios (Baudelaire, Leopardi) y pictóricos (Courbet, Goya, Manet, Nolde). Una obra esencialmente contradictoria que, tras su rotunda humildad y aparente sencillez, esconde mucho más de lo que aparenta. Un sincero homenaje al cine (resuenan los ecos de Oliveira en su puesta en escena), una necesaria llamada de atención que nos recuerda que, de vez en cuando, es pertinente revisar la historia, aun a pesar de saber que acabaremos cometiendo los mismos errores una y otra vez.

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Park (Sofia Exarchou, 2016)

De entre los escombros del capitalismo

Diez años después de las Olimpiadas celebradas en Atenas, su Villa Olímpica se ha convertido en una suerte de metáfora del destino que les está tocando afrontar en estos momentos a los países más desfavorecidos de la Unión Europea. A pesar de la alegría que supuso para el país la obtención de un número récord de medallas, a largo plazo la repercusión más definitoria ha sido sin duda la del desajuste presupuestario que supusieron los miles de millones de euros que costó el evento. ¿5.000? ¿15.000? ¿25.000? Parece que nadie lo sabe a ciencia cierta. Por aquel entonces, claro, el dinero no parecía suponer un problema (no, aquí en España tampoco, ¿os acordáis?). Pero, como una de esas temidas enfermedades que avanza de modo lento aunque imparable, la crisis se afianzaría pocos años después y con ella llegarían los lamentos por el capital desperdiciado y la falta de presupuesto para mantener unas descomunales instalaciones que habían perdido ya toda su razón de ser (¿Para qué necesita Atenas dos campos de beisbol?). A día de hoy, un montón de instalaciones en desuso y algunas casas que el gobierno sorteó entre familias desfavorecidas son el único rastro que queda de toda aquella euforia. Como en el famoso cuento de la lechera, las promesas de progreso, trabajo y crecimiento para aquellos países que deciden acoger macroeventos de tal envergadura acostumbran a acabar por los suelos. El entusiasmo que precede al acontecimiento en cuestión provoca un agradable espejismo, pero las consecuencias a largo plazo de los excesos cometidos son sin duda devastadoras.

En su opera prima, la directora griega Sofia Exarchou ha decidido acercarse a un lugar como este, la Villa Olímpica de Atenas, y mostrar la rutina de un grupo de jóvenes que, a falta de algo mejor, pasan sus días atrapados entre las ruinas de ese sueño que no puedo ser; el de una Unión Europea justa e igualitaria que no se dedicase a imponer un capitalismo salvaje estrangulando a sus miembros más débiles a base de deudas, recortes y austeridad. Jóvenes que apenas hablan, que dedican su tiempo a relacionarse con la manada de modo un tanto primitivo, a enfrentarse en inútiles competiciones, a realizar agresivas demostraciones de valentía y testosterona que les permitan, al menos durante un rato, olvidar la sensación de absoluta impotencia que les provoca el sistema imperante. Una ficción que, de tan plausible, se convierte en escalofriantemente familiar.

Alejada de los parámetros del cine griego predominante (al menos, los del cine griego que llega de vez en cuando a nuestras pantallas), la mirada de Exarchou deja en segundo plano el desarrollo argumental y se centra sobre todo en el tratamiento de los personajes y la captación –en cierto modo naturalista– de ese ambiente de desencanto y frustración. Como si no hubiera un mañana (porque, efectivamente, tal vez no lo haya), los adolescentes de Park se emborrachan, gritan, follan y hacen todo lo que pueden para olvidar que, probablemente, no haya futuro para ellos. Habitando a su pesar una ruina que fue diseñada para el triunfo, observan con detenimiento las cicatrices que en ellos va dejando el paso del tiempo, ven los días pasar y albergan una secreta esperanza en esa horda ocasional de turistas primermundistas que, al fin y al cabo, se encuentran tan desorientados como ellos.

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D’A FILM FESTIVAL BARCELONA 2017 – Entrevista y encuentro con Amat Escalante

Radiografías de la violencia

Un hombre de mediana edad tirado en el suelo, en medio de una habitación vacía, con una brecha en la cabeza y la sangre resbalándole por la frente. Una mujer que va a recoger a sus hijos a la escuela y tiene la camisa manchada de sangre. Dos secuencias separadas más de diez años en el tiempo pero unidas por un significativo detalle, ese tejido conectivo color carmesí que circula por nuestras venas y arterias y sin el cual no podríamos vivir. Se trata de la primera secuencia de Sangre y la última de La región salvaje, primer y último largometraje dirigidos por Amat Escalante, director mexicano a quien el D'A ha dedicado su sección Focus de este año.

Imágenes de Heli (2013)

Con tan solo cuatro largometrajes, Escalante se ha convertido en uno de los principales representantes del cine mexicano contemporáneo y sus películas han logrado galardones como el premio FIPRESCI en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes (Sangre), el premio al mejor director en este mismo festival (Heli) o el León de Plata a la mejor dirección en el Festival de Venecia (La región salvaje), entre muchos otros. Su cine, duro y descarnado, reflexiona sobre algunos de los temas más polémicos que acucian a la sociedad mexicana en la actualidad. El narcotráfico, los asesinatos, el machismo o la homofobia son abordados en su obra de un modo naturalista e increíblemente cercano. No en vano, la intención inicial de Escalante era ser documentalista. Sus habituales colaboraciones con actores no profesionales, lejos de dar al conjunto de su obra una apariencia amateur, acercan las imágenes a aquella realidad que pretenden representar: una realidad maleable, resbaladiza y caleidoscópica que aprendemos a ignorar para no nos duela tanto. Escalante habla a menudo de la libertad que le otorga el realizar producciones de presupuesto humilde, ayudado por su familia y amigos y sin las presiones de una productora esperando obtener pingües beneficios. No descarta, eso sí, la posibilidad de trabajar fuera de México si surge la oportunidad adecuada. Saber y comprobar que se puede hacer cine de muchas maneras, aunque sea para acabar finalmente regresando a lo que le resulta más cercano.

Imágenes de Sangre (2005)

Desde 2005 hasta el momento presente, la evolución de su cine ha sido algo progresivo. De la depresiva y monótona cotidianidad no exenta de humor negro de Sangre hasta la introducción de un inquietante elemento fantástico en La región salvaje. Cuando los periodistas preguntan por la introducción de una criatura alienígena en su última película, Escalante comenta que lo ve como algo natural, que no es más que una metáfora de otras cosas mucho más cercanas a nosotros, una metáfora de todo aquello que puede darnos placer pero también provocar la muerte. No especifica más, pero no es necesario, se me ocurren unas cuantas. El placer y la muerte, dos conceptos presentes en toda su obra, conceptos inherentes a la vida y la cotidianidad mexicanas (y sí, también universales). Escalante habla de la prensa amarilla en México, del impudor con el que sexo y violencia se mezclan en las portadas de revistas y periódicos: mujeres violadas, homosexuales acuchillados, robos y secuestros. Destaca que en otros países esta combinación no es tan habitual ni evidente. Al menos, no en las portadas de las publicaciones expuestas en los quioscos. Pienso en la noticia que se convirtió en el germen de La región salvaje: Ahogan a jotito. Un llamativo titular en la portada de un periódico local. Una noticia que describe la muerte de un enfermero homosexual que es asesinado de manera brutal e injustificada. Una naturalización de la violencia perturbadora y preocupante que copa las portadas de la prensa. Algo que Escalante radiografía con insistencia, pretendiendo encontrar tal vez, respuesta a todas aquellas preguntas que la violencia genera. Reflexionando también sobre el concepto de familia, a menudo desestructurada, sobre la brecha económica que separa las clases sociales, sobre la pérdida de la inocencia y la imposibilidad de escapar de un contexto opresivo, de una cárcel rural empobrecida y atacada por la miseria.

Imágenes de La región Salvaje (2016)

Con Heli y el premio al mejor director en el Festival de Cannes llegó el reconocimiento internacional. Única película estrenada hasta el momento en salas comerciales de nuestro país (experiencia que se repetirá próximamente con La región salvaje), Heli retrata de modo acurado la pérdida de la inocencia de Estela, hermana del personaje que da nombre a la película y que con tan solo doce años tendrá que enfrentarse al espejismo de un amor que marcará su aciago destino y la enfrentará a la violencia más descarnada. Esa misma violencia que salpica de principio a fin el metraje de Los Bastardos, en la que dos inmigrantes sin papeles serán contratados para cometer un asesinato. Hombres convertidos en asesinos por obra y gracia del dinero. Hombres que no son retratados como psicópatas, hombres que podrían ser hombres cualquiera. Hombres que, al fin y al cabo, tan solo son víctimas de las circunstancias y verdugos ocasionales. En principio por trabajo, no sabemos si por placer.

Imágenes de Los Bastardos (2008)

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Análisis de sangre azul (Blanca Torres y Gabriel Velázquez Martín, 2017)

 

Teorías de la (r)evolución

Hace unos cuantos años ya que la barrera que separa el documental de la ficción ha dejado de ser una línea clara y perfectamente delimitada. La constante experimentación y ruptura de los cánones clásicos ha llevado a toda una generación de cineastas españoles a situarse en ese atractivo lugar, un tanto indefinido, en el que disponen de la libertad para jugar con los códigos cinematográficos creando así artefactos fílmicos tan inclasificables como hipnóticos. El retrato del carguero Fair Lady realizado por Mauro Herce en Dead Slow Ahead, el acercamiento a la Costa da Morte dirigido por Lois Patiño, la Cábala Caníbal de Daniel V Villamediana o la increíble historia de la réplica de Cadaqués ubicada en China (La Substància, Lluís Galter) son solo algunos ejemplos de cine capaz de transgredir las etiquetas y generar algunas interesantes y pertinentes preguntas en el espectador.

Tal vez la necesidad de que este espectador se cuestione ciertas cosas sea consecuencia inevitable de la evolución del cine. Probablemente hasta tenga que ver con los tiempos de incertidumbre que corren. Si la vida diaria nos genera inseguridad, ¿por qué no tendría que poder hacerlo el cine? ¿Es realmente imprescindible que el director sea un demiurgo omnipotente sabedor de todas las respuestas? ¿O cabe la posibilidad de que su filme sirva, no ya para darnos estas ansiadas respuestas, sino para plantearnos unas cuantas preguntas? ¿Acaso no tiene una película pleno derecho a ser también una obra abierta?

El filme dirigido por Blanca Torres y Gabriel Velázquez Martín adopta la inusual forma de diario médico. Ambientada en los años 30, Análisis de sangre azul narra la historia de “El inglés”, un supuesto aristócrata de apuesto porte que aparece de modo inesperado en una cueva del Pirineo aragonés, completamente desorientado y amnésico. Acogido por el doctor Pedro Martínez en el sanatorio mental Casa Tardán, el desconocido se convertirá en el principal objeto de estudio del psiquiatra, que se verá tentado a utilizar a dicho desconocido para sus experimentos eugenésicos. Con el paso del tiempo, las relaciones de El inglés con el resto de pacientes del sanatorio se fortalecerán hasta el punto de convertirle en una suerte de mesías admirado por todos, y el lugar que en principio le acogió con cierto recelo acabará por convertirse en su nuevo hogar.

Pero, ¿qué es Análisis de sangre azul? ¿Un falso documental? ¿Una película de aventuras? ¿Un filme experimental y metacinematográfico? Y lo que es más importante cuestionarse, ¿resulta necesario que sea exclusivamente una de estas tres cosas? Intertítulos que describen la muda relación entre los personajes, filmaciones en Súper 8, reminiscencias al Nanook de Robert Flaherty e inequívocos aires de found footage son los principales elementos de una historia que, desde la ficción, analiza y disecciona los códigos del diario videográfico de investigación médica, convirtiéndose a su vez en un peculiar estudio antropológico que transgrede los límites de toda clasificación.

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Jackie (Pablo Larraín, 2016)

La primera dama y los fantasmas

El 22 de noviembre de 1963, el presidente de EEUU John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en Dallas, ante una multitud que aplaudía su llegada a la ciudad sin ser consciente de lo que sucedería a continuación. Las imágenes de aquel día fueron ampliamente difundidas por prensa y televisión, y a día de hoy han pasado de modo incuestionable a formar parte, no solo de la Historia, sino también de la iconografía popular. Doce años después, los colectivos artísticos Ant Farm y T.R. Uthco realizaron un vídeo (The Eternal Frame, 1975) en el que reinterpretaron dicho acontecimiento. Los mismos artistas asumieron los roles del presidente, la primera dama y el resto de pasajeros que viajaba en la limusina presidencial, entrevistando a continuación al público que había presenciado la performance. Con el paso de los años, The Eternal Frame se ha convertido en una paradigmática obra que reflexiona sobre el papel de los mass media en la sociedad, imparables constructores de una verdad parcialmente inasible. Mediante su infinita persistencia, la prensa, la televisión y más recientemente Internet, provocan un proceso de abstracción de todas aquellas imágenes supuestamente representativas que, posteriormente, se instalan en nuestra memoria y acaban por adquirir múltiples significados que trascienden el hecho primigenio al que hacían referencia en un principio.

Arriba: imágenes del asesinato de Kennedy; centro: obra The Eternal Frame; abajo: fotogramas de Jackie

El film dirigido por el cineasta chileno Pablo Larraín aborda los días posteriores a la muerte de John Fitzgerald Kennedy. Las imágenes de archivo se confunden con la reconstrucción ficcionada y las multitudes que presenciaron el funeral de 1963 podrían ser las mismas que aparecen en el film de 2016. La cámara persigue inclemente al personaje de Jacqueline Kennedy mientras transita por las innumerables, laberínticas y fantasmales estancias de la Casa Blanca. Las imágenes destilan una violencia intrínseca e introspectiva: transforman el dolor en algo tangible, en un duelo que requiere de numerosos rituales protocolarios pero que se resiste a ser controlado. La sombra de Abraham Lincoln es alargada y su espíritu está más presente que nunca. Por eso, Jackie se obsesiona con él. Reconstruye su habitación, lo menciona constantemente en todas las conversaciones e incluso pretende, en un intento frustrado de subjetiva justicia poética, que el funeral de su marido se asemeje al de aquel hombre que, el 1 de Enero de 1863, firmó un documento que libraría de la esclavitud a 4 millones de personas.

Fotogramas de Jackie

Jackie no es un biopic al uso sobre la esposa de JFK. No nos describe su infancia, ni su adolescencia, no nos habla de cómo conoció al presidente, ni de cómo se enfrentó al hecho de ser primera dama, ni de cómo acabó casándose años después con el magnate griego Aristóteles Onassis; no se detiene en todos esos hechos, grandiosos o miserables, que se supone conforman la vida de un ser humano. Me atrevería incluso a decir que Jackie es más bien una película de fantasmas, los verdaderos protagonistas de la narración: el fantasma de John Fitzgerald Kennedy, el fantasma de Abraham Lincoln, el de su esposa, y todos los fantasmas que habitan las dependencias de la Casa Blanca. Es más bien una película sobre la inevitabilidad de la muerte, sobre la persistencia de las imágenes y su perdurabilidad ante el inefable paso del tiempo. Una película que nos lleva a pensar en esa imparable acumulación de imágenes que, a día de hoy, supera con creces a aquella supuesta realidad a la que hace referencia. Una película que propone, tal vez sin pretenderlo, una reflexión sobre esa ontología de la imagen fotográfica de la que nos hablaba André Bazin. Una película en la que Jacqueline Kennedy, al fin y al cabo, no es más que un McGuffin.

Arriba: imágenes del funeral de John Fitzgerald Kennedy; abajo: imágenes de Jackie.

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L’Alternativa, Festival de Cinema Independent de Barcelona 2016

El monstruo más grande de la tierra

Dios creó a la bestia Behemoth el quinto día. Era el monstruo más grande de la tierra. Mil montañas le servían el alimento.

No hay que hacer un excesivo esfuerzo para darse cuenta de que, más allá de la referencia directa a la bestia mencionada en el libro de Jacob, la intención principal de Zhao Liang en su último filme (ganador del premio de la crítica en este festival) no es más que compararla con el neoliberalismo, tarea que a priori podría parecer mucho más sencilla de lo que realmente es. Las apabullantes imágenes de Behemoth (2015) nos muestran, con apariencia de objetividad (esa misma objetividad que necesitaría ser cuestionada constantemente), el inconmensurable empeño del ser humano en superar a la naturaleza, en someterla y transformarla a su antojo, en explotar sus recursos naturales hasta que el límite esté demasiado cerca y ya no haya vuelta atrás. La cámara de Liang podría haberse detenido delante de un lugar cualquiera en un país cualquiera, pero lo hace ante las minas de Sichuan, donde miles de personas trabajan cada día extrayendo hierro de las entrañas de la tierra. Donde miles de personas mueren por culpa de la neumoconiosis que les produce trabajar en infrahumanas condiciones. Donde se han reducido las zonas de los lagos en un 20% en los últimos 30 años. Donde todo aquello que se ha perdido, jamás se podrá recuperar.

Pero la intención de Zhao Liang no es la de realizar un panfleto cinematográfico que denuncie sin más las condiciones en que trabajan los mineros en China. Por suerte para nosotros, no estamos frente a una versión oriental de Michael Moore ni nada que se le parezca. Porque Liang opta por una opción tal vez menos llamativa pero mucho más arriesgada: la de realizar un documental (a ratos acercándose incluso al videoensayo, su hermano pequeño y abiertamente subjetivo) que hace de la poesía y el poder de las imágenes oníricas su principal arma. Todo lo que Liang nos enseña es tan rutinario como monstruoso, tan cotidiano como fantasmagórico. Para cualquier persona, las imágenes de Behemoth mostrarían gruas excavando en la tierra, pero para Liang son los juguetes del monstruo llevando a cabo órdenes invisibles. Lo más aterrador del filme, sin embargo, no son las explosiones, ni los estertores de muerte de un planeta agónico, ni los residuos que se extraen en el hospital de los pulmones de los mineros. Lo más aterrador es que aunque la película termine el monstruo seguirá teniendo hambre, porque mil montañas no serán suficientes para saciar su apetito, y porque todo el oro que luce bajo la luz de la luna no le ha dado nunca a la exhausta humanidad un momento de consuelo. Porque, por muchas personas que mueran, no cesaremos en nuestro estúpido empeño de sobreexplotar la tierra, extrayendo de ella combustibles fósiles por los que pelearnos, hasta que no le quede ya nada que ofrecer.

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Hay una suerte de nexo, tal vez invisible pero ciertamente consistente, que ha recorrido la programación de L’Alternativa 2016 y que responde a una necesidad imperante de sacar a la luz las necesidades y problemáticas reales de una gran parte de la población. Necesidad, no solo de los ciudadanos, sino también de parte de las instituciones. Desde la inauguración del festival con la conferencia del geógrafo y teórico David Harvey sobre el turismo de masas hasta los dos largometrajes ganadores (Havarie –premio Alternativa oficial– y Behemoth –premio de la crítica–) pasando por gran parte de la programación de la sección oficial o la sección Hall Enfoca, los filmes y actividades programados por L’Alternativa han puesto sobre la mesa cuestiones de innegable actualidad y evidente urgencia.

Al acudir a la conferencia de Harvey sobre el turismo de masas tenía la secreta esperanza de que, haciendo uso de su incuestionable sabiduría, Harvey fuese capaz de ofrecernos una receta para combatir ese turismo que a base de excesos se ha convertido en un auténtico problema para los habitantes de esta ciudad. Un problema que, lejos de solucionarse con el tiempo, crece exponencialmente a cada minuto que pasa.

Pero durante su conferencia Harvey habló de muchas cosas, no solo del turismo de masas. Al principio me pregunté por qué lo hacía y qué tenía que ver todo aquello con el supuesto tema de la charla, pero pasados unos minutos me di cuenta de su estrategia; me di cuenta de que existe una relación intrínseca entre todos los temas de los que hablaba y de que no tendría sentido alguno abordarlos por separado. Donald Trump como presidente de los EEUU, la reacción que tuvo China hace unos años ante la inminente explosión de la burbuja inmobiliaria y la llegada de la temida crisis, el cemento, las preferentes bancarias, los fondos de gestión de activos inmobiliarios, el calentamiento global, los deshaucios, el Brexit, la negativa al acuerdo de paz en Colombia, los turistas que llegan a Barcelona y los habitantes de Barcelona que se tienen que marchar de la ciudad por no poder pagar los alquileres más altos de España. Un exilio, no por motivos políticos sino turísticos. O más bien económicos. Bueno, sí, políticos, es cierto, lo olvidaba, todo tiene relación, lo acabo de decir en este mismo párrafo.

Hace tres semanas era Noam Chomsky el que hacía reflexionar a una audiencia de 1.500 personas en el Palacio de Congresos respecto a la crisis de refugiados, las irrefrenables consecuencias del asentamiento del neoliberalismo y el auge de la derecha (en efecto, suelen ir de la mano), y tan solo unos días después, Harvey planteaba en el Hall del CCCB algunas cuestiones de vital importancia sobre nuestro inminente futuro. No dio, por desgracia, ninguna receta milagrosa (ilusos de nosotros aquellos que la esperábamos como si existiera), pero sí que definió con acertadas palabras una situación que transita constantemente entre lo enervante, lo desconcertante y sí, también en cierto modo, lo previsible.

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Aquellos tiempos de microcemento y otras costumbres

Madrugando pronto para estar a tiempo.

Cemento y arena,

tubos y cables

una madera

y unos cristales.

 

Una parcela llena de mierda.

Una ventana dando a la sierra.

Los arquitectos miden con láser

para estar a tiempo.

A la hora de las migas

en la corte del rey Midas

Los Ganglios, Los Arquitectos

 

Ignoro si se trata de un simple fruto de la casualidad o ha habido premeditación en la coincidencia, pero el protagonismo de China en las dos últimas ediciones de este Festival se ha convertido en un hecho que, lejos de considerar anecdótico, me llama poderosamente la atención y considero digno de analizar.

El ministerio del hierro fue el filme que se alzó el año pasado con el premio de la sección oficial de largometrajes, un documental grabado a lo largo de tres años en la red ferroviaria más grande del mundo. Sin tan siquiera salir de los trenes, su director John Paul Sniadecki realiza una suerte de fresco impresionista de la inabarcable, compleja y a ratos esquiva sociedad china. Durante 83 minutos tenemos la oportunidad de escuchar las conversaciones de los pasajeros. Hablan sobre temas triviales y también sobre temas trascendentes. Se quejan de lo poco democrática que es su república democrática. Comen, duermen, generan basura. En definitiva, hacen lo que haría cualquier humano durante un largo viaje en tren, matar el tiempo. Observan con melancolía el paisaje por la ventana. Un paisaje un tanto monstruoso construído a golpe de ladrillo por una civilización (no la china, sino la humana en general) que no ceja en su empeño de seguir creciendo a toda costa, que no quiere darse cuenta de que los recursos son limitados y la superficie terrestre finita.

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De las minas de hierro en China saltamos a los viajes en tren por sus inconmensurables territorios, y de ahí a la réplica de Cadaqués que podemos encontrar también en China, a 12.000 kilómetros del original. En La Substància, el director Lluís Galter reflexiona con gran acierto sobre la substancia del hogar (o en todo caso, aquello que consideramos hogar) y nociones tan resbaladizas en la actualidad como son las de “originalidad” o “autenticidad”. Resulta inevitable durante el visionado de La Substància relacionarla con The World (2004), película de Jia Zhangke que retrataba a un grupo de trabajadores del Beijing World Park, parque temático que contiene réplicas a escala de los monumentos más importantes del mundo (La torre de Pissa, la Torre Eiffel, Las Torres Gemelas, la Plaza Roja de Moscú, la Estatua de la Libertad, el David de Miguel Ángel, las pirámides de Egipto…) concentrados en 47 hectáreas de superficie. Zhangke se servía de dichas réplicas para hablarnos de esa necesidad intrínseca de todo ser humano de destilar y poseer la esencia de todas las cosas, sobre todo de las que son consideradas como las más representativas. Aunque sea mediante imitaciones Kistch y cámaras fotográficas de usar y tirar, con eso nos conformamos cuando no podemos aspirar a algo mejor. Con copias, imitaciones, marcas blancas.

Pero la pregunta que me surge tras pensar en todo esto es… ¿qué ocurrirá cuando todo el mundo se haya convertido en un parque temático sobre sí mismo? Estas y muchas otras cosas son las que pasaron por mi cabeza durante toda una semana de festival.

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