Archivo del Autor: Marla Jacarilla

15. Stella Cadente (Luis Miñarro, 2014)

 El rey castrado

El 16 de Noviembre de 1870 y tras la abdicación de Isabel II, Amadeo de Saboya fue nombrado Rey de España. Concretamente, el primer Rey de España elegido en un parlamento, con 191 votos a favor, nada menos. El productor y director Luís Miñarro debuta en la ficción con Stella Cadente, película que aborda el breve reinado de Amadeo, estrella fugaz que pasó sin apenas dejar rastro en los libros de historia.

Vegetariano, masón, declarado republicano y de ideología progresista, Amadeo pretendía sacar al país de la convulsión y la pobreza, conseguir la alfabetización del pueblo, desarrollar la industria y potenciar nuevas técnicas agrícolas, luchar por un reparto más equitativo de la riqueza y, sobre todo, conseguir la separación del estado y la iglesia. Elevados ideales, todos ellos, imposibles de cumplir en un país corrupto hasta la médula y controlado por los principales causantes de su podredumbre moral.

Atado de pies y manos y encerrado en su jaula de cristal (imponente castillo octogonal que limita su radio de acción), Amadeo de Saboya se convierte pues, a efectos del pueblo, en una marioneta sin capacidad de actuación, en un pelele que no hace nada para evitar la degradación del país. En alguien odiado por carlistas, por republicanos, por la Iglesia y por la aristocracia borbónica. Es decir: por todos.

Así pues, el 11 de febrero de 1873, tras darse cuenta de que ninguno de sus deseos para el país podrá ser puesto en práctica, sintiéndose frustrado e impotente ante la situación, abdica y regresa a Turín junto con su esposa y sus hijos.

Veo esta película el día dos de junio del año 2014. El mismo día en que casualmente Juan Carlos I hace pública su abdicación; una coincidencia como cualquier otra que me lleva a reflexionar sobre ambas situaciones, separadas 141 años en el tiempo. Me pregunto inevitablemente qué sucedería si un nuevo rey en España tuviese los ideales de Amadeo de Saboya. Me pregunto también qué aspectos de la sociedad actual son de la incumbencia de la monarquía y cuales no. Me pregunto acerca de la utilidad de esta forma de gobierno, de si es útil o no en los tiempos que corren, y pasan por mi cabeza demasiadas ideas. Algunas, supongo, un tanto ingenuas e idealistas. Quizás, como las de Amadeo. Me pregunto qué resultados mostraría un referéndum al respecto en la actualidad. Escucho una banda sonora pop, me dejo hipnotizar por primeros planos cargados de simbolismo, por el erotismo de las imágenes, por los prolongados silencios. Observo en pantalla una España muy distinta a la que nos han contado los libros de historia.

Lejos de repetir los cánones del cine de época más convencional, el filme de Miñarro realiza un retrato intimista e introspectivo, repleto de coherentes anacronismos que nos ubican en un pasado más presente que nunca. Una obra de reminiscencias teatrales, repleta de guiños literarios (Baudelaire, Leopardi) y pictóricos (Courbet, Goya, Manet, Nolde). Una obra esencialmente contradictoria que, tras su rotunda humildad y aparente sencillez, esconde mucho más de lo que aparenta. Un sincero homenaje al cine (resuenan los ecos de Oliveira en su puesta en escena), una necesaria llamada de atención que nos recuerda que, de vez en cuando, es pertinente revisar la historia, aun a pesar de saber que acabaremos cometiendo los mismos errores una y otra vez.

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Park (Sofia Exarchou, 2016)

De entre los escombros del capitalismo

Diez años después de las Olimpiadas celebradas en Atenas, su Villa Olímpica se ha convertido en una suerte de metáfora del destino que les está tocando afrontar en estos momentos a los países más desfavorecidos de la Unión Europea. A pesar de la alegría que supuso para el país la obtención de un número récord de medallas, a largo plazo la repercusión más definitoria ha sido sin duda la del desajuste presupuestario que supusieron los miles de millones de euros que costó el evento. ¿5.000? ¿15.000? ¿25.000? Parece que nadie lo sabe a ciencia cierta. Por aquel entonces, claro, el dinero no parecía suponer un problema (no, aquí en España tampoco, ¿os acordáis?). Pero, como una de esas temidas enfermedades que avanza de modo lento aunque imparable, la crisis se afianzaría pocos años después y con ella llegarían los lamentos por el capital desperdiciado y la falta de presupuesto para mantener unas descomunales instalaciones que habían perdido ya toda su razón de ser (¿Para qué necesita Atenas dos campos de beisbol?). A día de hoy, un montón de instalaciones en desuso y algunas casas que el gobierno sorteó entre familias desfavorecidas son el único rastro que queda de toda aquella euforia. Como en el famoso cuento de la lechera, las promesas de progreso, trabajo y crecimiento para aquellos países que deciden acoger macroeventos de tal envergadura acostumbran a acabar por los suelos. El entusiasmo que precede al acontecimiento en cuestión provoca un agradable espejismo, pero las consecuencias a largo plazo de los excesos cometidos son sin duda devastadoras.

En su opera prima, la directora griega Sofia Exarchou ha decidido acercarse a un lugar como este, la Villa Olímpica de Atenas, y mostrar la rutina de un grupo de jóvenes que, a falta de algo mejor, pasan sus días atrapados entre las ruinas de ese sueño que no puedo ser; el de una Unión Europea justa e igualitaria que no se dedicase a imponer un capitalismo salvaje estrangulando a sus miembros más débiles a base de deudas, recortes y austeridad. Jóvenes que apenas hablan, que dedican su tiempo a relacionarse con la manada de modo un tanto primitivo, a enfrentarse en inútiles competiciones, a realizar agresivas demostraciones de valentía y testosterona que les permitan, al menos durante un rato, olvidar la sensación de absoluta impotencia que les provoca el sistema imperante. Una ficción que, de tan plausible, se convierte en escalofriantemente familiar.

Alejada de los parámetros del cine griego predominante (al menos, los del cine griego que llega de vez en cuando a nuestras pantallas), la mirada de Exarchou deja en segundo plano el desarrollo argumental y se centra sobre todo en el tratamiento de los personajes y la captación –en cierto modo naturalista– de ese ambiente de desencanto y frustración. Como si no hubiera un mañana (porque, efectivamente, tal vez no lo haya), los adolescentes de Park se emborrachan, gritan, follan y hacen todo lo que pueden para olvidar que, probablemente, no haya futuro para ellos. Habitando a su pesar una ruina que fue diseñada para el triunfo, observan con detenimiento las cicatrices que en ellos va dejando el paso del tiempo, ven los días pasar y albergan una secreta esperanza en esa horda ocasional de turistas primermundistas que, al fin y al cabo, se encuentran tan desorientados como ellos.

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D’A FILM FESTIVAL BARCELONA 2017 – Entrevista y encuentro con Amat Escalante

Radiografías de la violencia

Un hombre de mediana edad tirado en el suelo, en medio de una habitación vacía, con una brecha en la cabeza y la sangre resbalándole por la frente. Una mujer que va a recoger a sus hijos a la escuela y tiene la camisa manchada de sangre. Dos secuencias separadas más de diez años en el tiempo pero unidas por un significativo detalle, ese tejido conectivo color carmesí que circula por nuestras venas y arterias y sin el cual no podríamos vivir. Se trata de la primera secuencia de Sangre y la última de La región salvaje, primer y último largometraje dirigidos por Amat Escalante, director mexicano a quien el D'A ha dedicado su sección Focus de este año.

Imágenes de Heli (2013)

Con tan solo cuatro largometrajes, Escalante se ha convertido en uno de los principales representantes del cine mexicano contemporáneo y sus películas han logrado galardones como el premio FIPRESCI en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes (Sangre), el premio al mejor director en este mismo festival (Heli) o el León de Plata a la mejor dirección en el Festival de Venecia (La región salvaje), entre muchos otros. Su cine, duro y descarnado, reflexiona sobre algunos de los temas más polémicos que acucian a la sociedad mexicana en la actualidad. El narcotráfico, los asesinatos, el machismo o la homofobia son abordados en su obra de un modo naturalista e increíblemente cercano. No en vano, la intención inicial de Escalante era ser documentalista. Sus habituales colaboraciones con actores no profesionales, lejos de dar al conjunto de su obra una apariencia amateur, acercan las imágenes a aquella realidad que pretenden representar: una realidad maleable, resbaladiza y caleidoscópica que aprendemos a ignorar para no nos duela tanto. Escalante habla a menudo de la libertad que le otorga el realizar producciones de presupuesto humilde, ayudado por su familia y amigos y sin las presiones de una productora esperando obtener pingües beneficios. No descarta, eso sí, la posibilidad de trabajar fuera de México si surge la oportunidad adecuada. Saber y comprobar que se puede hacer cine de muchas maneras, aunque sea para acabar finalmente regresando a lo que le resulta más cercano.

Imágenes de Sangre (2005)

Desde 2005 hasta el momento presente, la evolución de su cine ha sido algo progresivo. De la depresiva y monótona cotidianidad no exenta de humor negro de Sangre hasta la introducción de un inquietante elemento fantástico en La región salvaje. Cuando los periodistas preguntan por la introducción de una criatura alienígena en su última película, Escalante comenta que lo ve como algo natural, que no es más que una metáfora de otras cosas mucho más cercanas a nosotros, una metáfora de todo aquello que puede darnos placer pero también provocar la muerte. No especifica más, pero no es necesario, se me ocurren unas cuantas. El placer y la muerte, dos conceptos presentes en toda su obra, conceptos inherentes a la vida y la cotidianidad mexicanas (y sí, también universales). Escalante habla de la prensa amarilla en México, del impudor con el que sexo y violencia se mezclan en las portadas de revistas y periódicos: mujeres violadas, homosexuales acuchillados, robos y secuestros. Destaca que en otros países esta combinación no es tan habitual ni evidente. Al menos, no en las portadas de las publicaciones expuestas en los quioscos. Pienso en la noticia que se convirtió en el germen de La región salvaje: Ahogan a jotito. Un llamativo titular en la portada de un periódico local. Una noticia que describe la muerte de un enfermero homosexual que es asesinado de manera brutal e injustificada. Una naturalización de la violencia perturbadora y preocupante que copa las portadas de la prensa. Algo que Escalante radiografía con insistencia, pretendiendo encontrar tal vez, respuesta a todas aquellas preguntas que la violencia genera. Reflexionando también sobre el concepto de familia, a menudo desestructurada, sobre la brecha económica que separa las clases sociales, sobre la pérdida de la inocencia y la imposibilidad de escapar de un contexto opresivo, de una cárcel rural empobrecida y atacada por la miseria.

Imágenes de La región Salvaje (2016)

Con Heli y el premio al mejor director en el Festival de Cannes llegó el reconocimiento internacional. Única película estrenada hasta el momento en salas comerciales de nuestro país (experiencia que se repetirá próximamente con La región salvaje), Heli retrata de modo acurado la pérdida de la inocencia de Estela, hermana del personaje que da nombre a la película y que con tan solo doce años tendrá que enfrentarse al espejismo de un amor que marcará su aciago destino y la enfrentará a la violencia más descarnada. Esa misma violencia que salpica de principio a fin el metraje de Los Bastardos, en la que dos inmigrantes sin papeles serán contratados para cometer un asesinato. Hombres convertidos en asesinos por obra y gracia del dinero. Hombres que no son retratados como psicópatas, hombres que podrían ser hombres cualquiera. Hombres que, al fin y al cabo, tan solo son víctimas de las circunstancias y verdugos ocasionales. En principio por trabajo, no sabemos si por placer.

Imágenes de Los Bastardos (2008)

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Análisis de sangre azul (Blanca Torres y Gabriel Velázquez Martín, 2017)

 

Teorías de la (r)evolución

Hace unos cuantos años ya que la barrera que separa el documental de la ficción ha dejado de ser una línea clara y perfectamente delimitada. La constante experimentación y ruptura de los cánones clásicos ha llevado a toda una generación de cineastas españoles a situarse en ese atractivo lugar, un tanto indefinido, en el que disponen de la libertad para jugar con los códigos cinematográficos creando así artefactos fílmicos tan inclasificables como hipnóticos. El retrato del carguero Fair Lady realizado por Mauro Herce en Dead Slow Ahead, el acercamiento a la Costa da Morte dirigido por Lois Patiño, la Cábala Caníbal de Daniel V Villamediana o la increíble historia de la réplica de Cadaqués ubicada en China (La Substància, Lluís Galter) son solo algunos ejemplos de cine capaz de transgredir las etiquetas y generar algunas interesantes y pertinentes preguntas en el espectador.

Tal vez la necesidad de que este espectador se cuestione ciertas cosas sea consecuencia inevitable de la evolución del cine. Probablemente hasta tenga que ver con los tiempos de incertidumbre que corren. Si la vida diaria nos genera inseguridad, ¿por qué no tendría que poder hacerlo el cine? ¿Es realmente imprescindible que el director sea un demiurgo omnipotente sabedor de todas las respuestas? ¿O cabe la posibilidad de que su filme sirva, no ya para darnos estas ansiadas respuestas, sino para plantearnos unas cuantas preguntas? ¿Acaso no tiene una película pleno derecho a ser también una obra abierta?

El filme dirigido por Blanca Torres y Gabriel Velázquez Martín adopta la inusual forma de diario médico. Ambientada en los años 30, Análisis de sangre azul narra la historia de “El inglés”, un supuesto aristócrata de apuesto porte que aparece de modo inesperado en una cueva del Pirineo aragonés, completamente desorientado y amnésico. Acogido por el doctor Pedro Martínez en el sanatorio mental Casa Tardán, el desconocido se convertirá en el principal objeto de estudio del psiquiatra, que se verá tentado a utilizar a dicho desconocido para sus experimentos eugenésicos. Con el paso del tiempo, las relaciones de El inglés con el resto de pacientes del sanatorio se fortalecerán hasta el punto de convertirle en una suerte de mesías admirado por todos, y el lugar que en principio le acogió con cierto recelo acabará por convertirse en su nuevo hogar.

Pero, ¿qué es Análisis de sangre azul? ¿Un falso documental? ¿Una película de aventuras? ¿Un filme experimental y metacinematográfico? Y lo que es más importante cuestionarse, ¿resulta necesario que sea exclusivamente una de estas tres cosas? Intertítulos que describen la muda relación entre los personajes, filmaciones en Súper 8, reminiscencias al Nanook de Robert Flaherty e inequívocos aires de found footage son los principales elementos de una historia que, desde la ficción, analiza y disecciona los códigos del diario videográfico de investigación médica, convirtiéndose a su vez en un peculiar estudio antropológico que transgrede los límites de toda clasificación.

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Jackie (Pablo Larraín, 2016)

La primera dama y los fantasmas

El 22 de noviembre de 1963, el presidente de EEUU John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en Dallas, ante una multitud que aplaudía su llegada a la ciudad sin ser consciente de lo que sucedería a continuación. Las imágenes de aquel día fueron ampliamente difundidas por prensa y televisión, y a día de hoy han pasado de modo incuestionable a formar parte, no solo de la Historia, sino también de la iconografía popular. Doce años después, los colectivos artísticos Ant Farm y T.R. Uthco realizaron un vídeo (The Eternal Frame, 1975) en el que reinterpretaron dicho acontecimiento. Los mismos artistas asumieron los roles del presidente, la primera dama y el resto de pasajeros que viajaba en la limusina presidencial, entrevistando a continuación al público que había presenciado la performance. Con el paso de los años, The Eternal Frame se ha convertido en una paradigmática obra que reflexiona sobre el papel de los mass media en la sociedad, imparables constructores de una verdad parcialmente inasible. Mediante su infinita persistencia, la prensa, la televisión y más recientemente Internet, provocan un proceso de abstracción de todas aquellas imágenes supuestamente representativas que, posteriormente, se instalan en nuestra memoria y acaban por adquirir múltiples significados que trascienden el hecho primigenio al que hacían referencia en un principio.

Arriba: imágenes del asesinato de Kennedy; centro: obra The Eternal Frame; abajo: fotogramas de Jackie

El film dirigido por el cineasta chileno Pablo Larraín aborda los días posteriores a la muerte de John Fitzgerald Kennedy. Las imágenes de archivo se confunden con la reconstrucción ficcionada y las multitudes que presenciaron el funeral de 1963 podrían ser las mismas que aparecen en el film de 2016. La cámara persigue inclemente al personaje de Jacqueline Kennedy mientras transita por las innumerables, laberínticas y fantasmales estancias de la Casa Blanca. Las imágenes destilan una violencia intrínseca e introspectiva: transforman el dolor en algo tangible, en un duelo que requiere de numerosos rituales protocolarios pero que se resiste a ser controlado. La sombra de Abraham Lincoln es alargada y su espíritu está más presente que nunca. Por eso, Jackie se obsesiona con él. Reconstruye su habitación, lo menciona constantemente en todas las conversaciones e incluso pretende, en un intento frustrado de subjetiva justicia poética, que el funeral de su marido se asemeje al de aquel hombre que, el 1 de Enero de 1863, firmó un documento que libraría de la esclavitud a 4 millones de personas.

Fotogramas de Jackie

Jackie no es un biopic al uso sobre la esposa de JFK. No nos describe su infancia, ni su adolescencia, no nos habla de cómo conoció al presidente, ni de cómo se enfrentó al hecho de ser primera dama, ni de cómo acabó casándose años después con el magnate griego Aristóteles Onassis; no se detiene en todos esos hechos, grandiosos o miserables, que se supone conforman la vida de un ser humano. Me atrevería incluso a decir que Jackie es más bien una película de fantasmas, los verdaderos protagonistas de la narración: el fantasma de John Fitzgerald Kennedy, el fantasma de Abraham Lincoln, el de su esposa, y todos los fantasmas que habitan las dependencias de la Casa Blanca. Es más bien una película sobre la inevitabilidad de la muerte, sobre la persistencia de las imágenes y su perdurabilidad ante el inefable paso del tiempo. Una película que nos lleva a pensar en esa imparable acumulación de imágenes que, a día de hoy, supera con creces a aquella supuesta realidad a la que hace referencia. Una película que propone, tal vez sin pretenderlo, una reflexión sobre esa ontología de la imagen fotográfica de la que nos hablaba André Bazin. Una película en la que Jacqueline Kennedy, al fin y al cabo, no es más que un McGuffin.

Arriba: imágenes del funeral de John Fitzgerald Kennedy; abajo: imágenes de Jackie.

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L’Alternativa, Festival de Cinema Independent de Barcelona 2016

El monstruo más grande de la tierra

Dios creó a la bestia Behemoth el quinto día. Era el monstruo más grande de la tierra. Mil montañas le servían el alimento.

No hay que hacer un excesivo esfuerzo para darse cuenta de que, más allá de la referencia directa a la bestia mencionada en el libro de Jacob, la intención principal de Zhao Liang en su último filme (ganador del premio de la crítica en este festival) no es más que compararla con el neoliberalismo, tarea que a priori podría parecer mucho más sencilla de lo que realmente es. Las apabullantes imágenes de Behemoth (2015) nos muestran, con apariencia de objetividad (esa misma objetividad que necesitaría ser cuestionada constantemente), el inconmensurable empeño del ser humano en superar a la naturaleza, en someterla y transformarla a su antojo, en explotar sus recursos naturales hasta que el límite esté demasiado cerca y ya no haya vuelta atrás. La cámara de Liang podría haberse detenido delante de un lugar cualquiera en un país cualquiera, pero lo hace ante las minas de Sichuan, donde miles de personas trabajan cada día extrayendo hierro de las entrañas de la tierra. Donde miles de personas mueren por culpa de la neumoconiosis que les produce trabajar en infrahumanas condiciones. Donde se han reducido las zonas de los lagos en un 20% en los últimos 30 años. Donde todo aquello que se ha perdido, jamás se podrá recuperar.

Pero la intención de Zhao Liang no es la de realizar un panfleto cinematográfico que denuncie sin más las condiciones en que trabajan los mineros en China. Por suerte para nosotros, no estamos frente a una versión oriental de Michael Moore ni nada que se le parezca. Porque Liang opta por una opción tal vez menos llamativa pero mucho más arriesgada: la de realizar un documental (a ratos acercándose incluso al videoensayo, su hermano pequeño y abiertamente subjetivo) que hace de la poesía y el poder de las imágenes oníricas su principal arma. Todo lo que Liang nos enseña es tan rutinario como monstruoso, tan cotidiano como fantasmagórico. Para cualquier persona, las imágenes de Behemoth mostrarían gruas excavando en la tierra, pero para Liang son los juguetes del monstruo llevando a cabo órdenes invisibles. Lo más aterrador del filme, sin embargo, no son las explosiones, ni los estertores de muerte de un planeta agónico, ni los residuos que se extraen en el hospital de los pulmones de los mineros. Lo más aterrador es que aunque la película termine el monstruo seguirá teniendo hambre, porque mil montañas no serán suficientes para saciar su apetito, y porque todo el oro que luce bajo la luz de la luna no le ha dado nunca a la exhausta humanidad un momento de consuelo. Porque, por muchas personas que mueran, no cesaremos en nuestro estúpido empeño de sobreexplotar la tierra, extrayendo de ella combustibles fósiles por los que pelearnos, hasta que no le quede ya nada que ofrecer.

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Hay una suerte de nexo, tal vez invisible pero ciertamente consistente, que ha recorrido la programación de L’Alternativa 2016 y que responde a una necesidad imperante de sacar a la luz las necesidades y problemáticas reales de una gran parte de la población. Necesidad, no solo de los ciudadanos, sino también de parte de las instituciones. Desde la inauguración del festival con la conferencia del geógrafo y teórico David Harvey sobre el turismo de masas hasta los dos largometrajes ganadores (Havarie –premio Alternativa oficial– y Behemoth –premio de la crítica–) pasando por gran parte de la programación de la sección oficial o la sección Hall Enfoca, los filmes y actividades programados por L’Alternativa han puesto sobre la mesa cuestiones de innegable actualidad y evidente urgencia.

Al acudir a la conferencia de Harvey sobre el turismo de masas tenía la secreta esperanza de que, haciendo uso de su incuestionable sabiduría, Harvey fuese capaz de ofrecernos una receta para combatir ese turismo que a base de excesos se ha convertido en un auténtico problema para los habitantes de esta ciudad. Un problema que, lejos de solucionarse con el tiempo, crece exponencialmente a cada minuto que pasa.

Pero durante su conferencia Harvey habló de muchas cosas, no solo del turismo de masas. Al principio me pregunté por qué lo hacía y qué tenía que ver todo aquello con el supuesto tema de la charla, pero pasados unos minutos me di cuenta de su estrategia; me di cuenta de que existe una relación intrínseca entre todos los temas de los que hablaba y de que no tendría sentido alguno abordarlos por separado. Donald Trump como presidente de los EEUU, la reacción que tuvo China hace unos años ante la inminente explosión de la burbuja inmobiliaria y la llegada de la temida crisis, el cemento, las preferentes bancarias, los fondos de gestión de activos inmobiliarios, el calentamiento global, los deshaucios, el Brexit, la negativa al acuerdo de paz en Colombia, los turistas que llegan a Barcelona y los habitantes de Barcelona que se tienen que marchar de la ciudad por no poder pagar los alquileres más altos de España. Un exilio, no por motivos políticos sino turísticos. O más bien económicos. Bueno, sí, políticos, es cierto, lo olvidaba, todo tiene relación, lo acabo de decir en este mismo párrafo.

Hace tres semanas era Noam Chomsky el que hacía reflexionar a una audiencia de 1.500 personas en el Palacio de Congresos respecto a la crisis de refugiados, las irrefrenables consecuencias del asentamiento del neoliberalismo y el auge de la derecha (en efecto, suelen ir de la mano), y tan solo unos días después, Harvey planteaba en el Hall del CCCB algunas cuestiones de vital importancia sobre nuestro inminente futuro. No dio, por desgracia, ninguna receta milagrosa (ilusos de nosotros aquellos que la esperábamos como si existiera), pero sí que definió con acertadas palabras una situación que transita constantemente entre lo enervante, lo desconcertante y sí, también en cierto modo, lo previsible.

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Aquellos tiempos de microcemento y otras costumbres

Madrugando pronto para estar a tiempo.

Cemento y arena,

tubos y cables

una madera

y unos cristales.

 

Una parcela llena de mierda.

Una ventana dando a la sierra.

Los arquitectos miden con láser

para estar a tiempo.

A la hora de las migas

en la corte del rey Midas

Los Ganglios, Los Arquitectos

 

Ignoro si se trata de un simple fruto de la casualidad o ha habido premeditación en la coincidencia, pero el protagonismo de China en las dos últimas ediciones de este Festival se ha convertido en un hecho que, lejos de considerar anecdótico, me llama poderosamente la atención y considero digno de analizar.

El ministerio del hierro fue el filme que se alzó el año pasado con el premio de la sección oficial de largometrajes, un documental grabado a lo largo de tres años en la red ferroviaria más grande del mundo. Sin tan siquiera salir de los trenes, su director John Paul Sniadecki realiza una suerte de fresco impresionista de la inabarcable, compleja y a ratos esquiva sociedad china. Durante 83 minutos tenemos la oportunidad de escuchar las conversaciones de los pasajeros. Hablan sobre temas triviales y también sobre temas trascendentes. Se quejan de lo poco democrática que es su república democrática. Comen, duermen, generan basura. En definitiva, hacen lo que haría cualquier humano durante un largo viaje en tren, matar el tiempo. Observan con melancolía el paisaje por la ventana. Un paisaje un tanto monstruoso construído a golpe de ladrillo por una civilización (no la china, sino la humana en general) que no ceja en su empeño de seguir creciendo a toda costa, que no quiere darse cuenta de que los recursos son limitados y la superficie terrestre finita.

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De las minas de hierro en China saltamos a los viajes en tren por sus inconmensurables territorios, y de ahí a la réplica de Cadaqués que podemos encontrar también en China, a 12.000 kilómetros del original. En La Substància, el director Lluís Galter reflexiona con gran acierto sobre la substancia del hogar (o en todo caso, aquello que consideramos hogar) y nociones tan resbaladizas en la actualidad como son las de “originalidad” o “autenticidad”. Resulta inevitable durante el visionado de La Substància relacionarla con The World (2004), película de Jia Zhangke que retrataba a un grupo de trabajadores del Beijing World Park, parque temático que contiene réplicas a escala de los monumentos más importantes del mundo (La torre de Pissa, la Torre Eiffel, Las Torres Gemelas, la Plaza Roja de Moscú, la Estatua de la Libertad, el David de Miguel Ángel, las pirámides de Egipto…) concentrados en 47 hectáreas de superficie. Zhangke se servía de dichas réplicas para hablarnos de esa necesidad intrínseca de todo ser humano de destilar y poseer la esencia de todas las cosas, sobre todo de las que son consideradas como las más representativas. Aunque sea mediante imitaciones Kistch y cámaras fotográficas de usar y tirar, con eso nos conformamos cuando no podemos aspirar a algo mejor. Con copias, imitaciones, marcas blancas.

Pero la pregunta que me surge tras pensar en todo esto es… ¿qué ocurrirá cuando todo el mundo se haya convertido en un parque temático sobre sí mismo? Estas y muchas otras cosas son las que pasaron por mi cabeza durante toda una semana de festival.

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Las mil y una noches: Volumen 1, El Inquieto; Volumen 2, El desolado; Volumen 3, El embelesado (Miguel Gomes, 2015)

Las mil y una fugas de Miguel Gomes

Al principio el arte del puzzle parece un arte breve, un arte de poca entidad, contenido todo él en una elemental enseñanza de la Gestalttheorie: el objeto considerado ­–ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera– no es una suma de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento separado de las partes que lo componen (…)

Georges Perec, La vida instrucciones de uso

 As-Mil-e-Uma-Noites

Decido escribir este artículo durante la jornada de reflexión previa a las elecciones generales. Pero no me malinterpretéis, no es que no me tome en serio esto de reflexionar, más bien todo lo contrario. Hay quien lo hace en el bar de la esquina, café o cerveza mediante; los hay que reflexionan cuando, cual flaneurs situacionistas, vagan sin rumbo por las calles de la ciudad; algunos lo hacemos mediante la escritura, mediante el arte, mediante la música; otros prefieren hacerlo en el supermercado o en la sala de espera del dentista, muchos son partidarios de hacerlo en la ducha o mientras friegan los platos y, por supuesto, siempre hay quienes prefieren no reflexionar demasiado, por si las moscas, no sea que les entren dudas trascendentales y tengan que reestructurar su mundo de nuevo. Pero no estamos aquí para juzgar a nadie. O bueno, tal vez sí.

Sé que cuando este texto aparezca online ya estará la suerte echada y se habrán decidido un buen puñado de cosas en este país. O al menos, se habrá decidido quién las decidirá. O tal vez no. Tal vez empecemos a vivir nuestro particular día de la marmota y tengamos que repetir este proceso electoral unas cuántas veces más hasta que una parte de la población acabe por gritar mucho más fuerte que otra y entonces, en ese preciso momento, suceda algo. La verdad es que no lo sé, mucho me temo que hoy me he levantado especialmente predispuesta a dudar por todo.

Si hay una sensación que puede recorrer al espectador español durante el visionado de la trilogía de Miguel Gomes es la de cierta familiaridad. Amarga, afligida y desencantada, pero familiaridad al fin y al cabo. La consabida sensación de que lo que estamos viendo se parece –tal vez incluso demasiado– a lo que estamos viviendo. Las desventuras de los protagonistas de esta particular reinterpretación de Las mil y una noches se asemejan sospechosamente a las que están sufriendo nuestros familiares, amigos, conocidos y vecinos; y sí, también a las que estamos sufriendo nosotros mismos. Víctimas en mayor o menor grado de la recesión, de la corrupción, de la avaricia de unos cuantos y el abuso de poder de algunos otros. Víctimas de las decisiones tomadas por el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional, víctimas de un neoliberalismo económico que carga sin piedad contra los más débiles, víctimas de las constantes privatizaciones que debilitan irremediablemente la sanidad y educación públicas, víctimas de las reformas laborales que recortan cada vez más los derechos de los trabajadores, víctimas de…

En poco más de cinco años, algunos países hemos desgastado ya el significado de la palabra crisis. De tanto usarla y repetirla. En público y en privado, de forma oral y por escrito, en discursos protocolarios y en charlas informales, en voz baja y a grito pelado, desde la serenidad y desde la exaltación, desde la impotencia y desde el empoderamiento (o al menos, el intento de empoderamiento). Países como España, Grecia y Portugal se han visto obligados a aceptarla como dolorosa parte de su rutina y cotidianidad. El juego de azar (o no tanto) de unos cuantos ha decidido el maltrecho destino de una mayoría, y a esto hemos convenido en llamarle crisis. Crisis de la que, por supuesto, no todo el mundo ha salido malparado.

El riesgo más evidente que corría Miguel Gomes al dirigir este monumental filme (¡381 minutos, nada menos!) en tres partes sobre la crisis que corroe Portugal era, sin duda, caer en la sobreexplicación de intencionalidad didáctica y el maniqueísmo panfletario; cosa que por suerte ha logrado evitar con indudable ingenio, saludable buen humor y fugas oníricas por doquier.

Los primeros minutos de metraje nos dan algunas pistas sobre el posterior tono del filme y las intenciones de su director. Gomes aparece en pantalla, nos habla directamente, parece ser que no es su intención esconderse del espectador. Bueno, al menos hasta que echa a correr despavorido, abandonando la filmación y dejando a Sheherezade con la responsabilidad de entretener al sanguinario Rey mediante el sofisticado arte del storytelling. Pero antes de huir de su propia película, el director hace una reveladoras declaraciones: “Creí que podría hacer una bonita película, llena de momentos maravillosos y seductores. Al mismo tiempo, creí que la película podía seguir durante un año la miserable situación actual de Portugal. Cualquiera de estas dos películas puede hacerse, pero es imposible hacer las dos al mismo tiempo.”

Gomes es bien consciente de lo temerario de su propuesta, considera incluso que sus pretensiones son algo irrealizable, pero aun así lo intenta e incluso lo consigue. Los momentos maravillosos de los que habla surgen de esa mezcla imposible entre elementos oníricos y rutinas cotidianas, entre el cine fantástico y el documental, entre los momentos más cómicos y los más dramáticos. Surgen de entre los innumerables recovecos que alberga la infinita narración. Las miserias que azotan a nuestro país vecino dan pie a un sinfín de crónicas, algunas más metafóricas y otras más directas. Animales que hablan, trabajadores en paro, genios del aire, parejas melancólicas y competitivos pinzoneros son sólo algunos de los protagonistas de este descomunal fresco del presente lusitano. As mil e una noites se compone como un puzzle inmenso y juguetón cuyas piezas son matryoshkas. Las incalculables combinaciones narrativas que contiene demuestran, una vez más, que el todo es mucho más que la suma de las partes; y el sabor amargo que nos podría dejar una crónica de la situación política, social y económica de un Portugal que se tambalea, se transforma, gracias al poder de la ficción, en una esperanza resistente e inextinguible, como el fuego provocado por el Napalm.

 

Publicado en Estrenos, Jump cut | Etiquetado , , , , , , , | Comentarios desactivados en Las mil y una noches: Volumen 1, El Inquieto; Volumen 2, El desolado; Volumen 3, El embelesado (Miguel Gomes, 2015)

The Tribe (Myroslav Slaboshpytskyi, 2014)

Cuando sobran las palabras

Tras cosechar innumerables premios en festivales de todo el mundo, llega por fin a las carteleras españolas la polémica The Tribe, opera prima de Myroslav Slaboshpytskyi y primera película de ficción que puede presumir de estar filmada íntegramente en lengua de signos y protagonizada por actores no profesionales. No hay subtítulos, voz en off ni traducción alguna para el espectador que desconozca dicha lengua. En concreto, la lengua de signos ucraniana, que es la que utilizan los protagonistas del filme y que poco o nada se parece a la lengua de signos utilizada en otros países. De hecho, ni siquiera el propio director es capaz de utilizarla, y por esta misma razón tuvo que recurrir a la mediación de intérpretes durante todo el rodaje. Pero, aunque en The Tribe no haya palabras, persiste el sonido. El sonido de los golpes, los portazos, los pasos, el motor de la camioneta, las palizas, la respiración de los personajes. El silencio se niega pues, a hacer acto de presencia.

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Uno de los mayores méritos del filme de Slaboshpytskyi es alejarse de todas esas visiones condescendientes que a menudo da el cine respecto a colectivos con alguna minusvalía. Películas que convierten a dichos personajes en santos o en héroes, películas plagadas de buenas intenciones que equivocan la estrategia y acaban dando complacientes visiones distorsionadas que poco o nada tienen que ver con la realidad. The Tribe se posiciona en el lado opuesto y plantea la posibilidad de que el núcleo de uno de estos colectivos pueda esconder tanta podredumbre como cualquier otro. Porque al fin y al cabo, todos somos igual de humanos.

The Tribe es un film arriesgado y excesivo, una pedrada en la cabeza del incauto espectador, una propuesta que no admite opiniones comedidas y es capaz de levantar pasiones y animadversiones a partes iguales. Lo que resulta innegable es, eso sí, la contundencia del resultado. Slaboshpytskyi estructura el filme mediante 34 magistrales planos secuencia que narran la integración de Sergei, un adolescente sordomudo, en una escuela de educación especial que, más que una escuela, parece un infierno en toda regla. En este ambiente considerablemente hostil, robos, violencia y prostitución están a la orden del día, y si Sergei quiere sobrevivir tendrá que adaptarse a las circunstancias, aunque ello implique convertirse en proxeneta de dos adolescentes sordomudas.

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La cámara de Slaboshpytskyi mantiene la distancia respecto a los personajes y huye de los primeros planos y los detalles. Las idas y venidas de los alumnos por los interminables pasillos y escaleras del desvencijado edificio nos hacen pensar en Elephant (Gus Van Sant, 2003), y la sordidez de las relaciones que se establecen entre los protagonistas nos recuerda a Harmony Lessons (Emir Baigazin, 2013). La comunicación entre ellos es, más que gestual, agresiva. Caminan con agresividad, gesticulan con agresividad, se comunican con agresividad, ocupan el plano con agresividad. No sabemos lo que están diciendo, pero sí entendemos lo que está sucediendo. O al menos, eso es lo que queremos creer.

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Hay quien ve en esta decisión de evitar el subtitulado una cierta actitud de prepotencia por parte del director, aunque personalmente (y después de mucho reflexionarlo), me inclino a pensar que no, que su principal intención es demostrar que la comunicación universal es posible, incluso cuando el idioma (en este caso, la lengua de signos de Ucrania) actúa como impedimento. Tal vez se pueda acusar al filme de un excesivo efectismo, de ser algo repetitivo, de buscar la controversia o de abusar de los tics autorales, pero lo que no se puede negar en ningún caso es la radical valentía de tan insólita propuesta.

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D’A 2016 – ‘Happy Hour’ (Ryûsuke Hamaguchi, 2015)

La apreciada sutilidad del contacto humano

 317 minutos que destilan honestidad. Así podríamos definir en una sola frase la nueva película de Ryûsuke Hamaguchi. A partir de un curso de improvisación que sirvió como punto de partida de la película, Hamaguchi ha trabajado con cuatro actrices no profesionales, desarrollando en Happy Hour la historia de cuatro amigas que rondan la treintena: sus dudas, sus inseguridades, sus miedos, su vida sentimental. A priori, la duración del filme podría ahuyentar a más de uno, pero la riqueza de matices del guión y entereza de los personajes consiguen que la historia discurra con suma fluidez, sin prisa pero sin pausa, y que esos 317 minutos transcurran sin provocar extenuación alguna en el espectador.

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Hamaguchi se toma la libertad de realizar una crítica, sutil pero contundente, a la brecha de género existente en Japón (algo que, por cierto, resulta muy de agradecer en una película dirigida por un hombre). Las cuatro protagonistas de Happy Hour son víctimas de una sociedad que se debate constantemente entre la modernidad (tecnológica) y la tradición (social), que limita en extremo las funciones de las mujeres delegándolas con frecuencia al ámbito doméstico una vez han contraído matrimonio. Incluso aquellas que consiguen integrarse en el ámbito laboral no están exentas del peligro de la discriminación. Discriminación que, por otro lado, también perjudica a los hombres, que se ven obligados a aportar el sustento económico familiar y progresar constantemente en el ámbito laboral para no dar una mala imagen de su familia de puertas para afuera.

Paradójicamente, a medida que algunas sociedades se desarrollan a nivel económico el contacto físico entre las personas que las conforman se reduce drásticamente, de manera que algo que resulta habitual entre niños se convierte en una experiencia infrecuente entre adultos, casi en un tabú. Esta falta de contacto físico dificulta también las relaciones sinceras entre las personas, ya sean amigos, familiares o simples conocidos. Todo ello sumado al considerable peso que tienen los modales en la educación nipona, acaba por estructurar una sociedad basada en las apariencias y compuesta por individuos incapaces de decir lo que realmente piensan cuando existe la más mínima posibilidad de incomodar al otro interlocutor.

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A partir de estas premisas, vemos durante más de cinco horas cómo evoluciona la amistad entre las cuatro protagonistas. El transcurso supuestamente idílico de sus vidas se ve interrumpido por la posibilidad de divorcio de una de ellas y este suceso servirá para que reflexionen sobre sus vidas, su situación sentimental y las posibilidades de libertad a las que han tenido que renunciar debido a las restricciones que una sociedad tan conservadora les impone. Pero uno de los aspectos más interesantes de Happy Hour es sin duda su capacidad para hacer hincapié en todo esto sin caer en la crítica panfletaria, evitando personajes maniqueos y lugares comunes y cuidando con esmero los infinitos matices que tanto enriquecen la película.

El naturalismo del filme disecciona a la perfección una sociedad japonesa que es experta reprimiendo las emociones. No en vano, el primer referente que cita Hamaguchi es John Cassavetes, y no en vano, el inicio del film y germen del proyecto es un curso de improvisación. Porque, a pesar de haber trabajado durante la mayor parte de la película con un guión “al uso”, algunas de las escenas han sido filmadas de manera totalmente improvisada, dejando de este modo una puerta abierta a resultados inesperados. Tal vez, a esa añorada libertad que, cada una a su manera, persiguen las cuatro protagonistas de Happy Hour.

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D’A 2016 – ‘Chevalier’ (Athina Rachel Tsangari, 2015)

Y el premio a la polla más grande es para…

Lo confieso, hay una parte de mí que ha decidido titular este artículo de manera tan pintoresca para captar la atención del posible lector, lo cual no quiere decir que el título en cuestión no sea pertinente, claro. Una vez conseguido este noble objetivo, la intención subyacente –y más importante– es hablaros de Chevalier, la nueva película de Athina Rachel Tsangari un lustro después de que dirigiera Attenberg en el año 2015.

Ya sea por obcecación de los directores o de una gran parte de la crítica especializada, el cine griego de los últimos años ha acabado convirtiéndose, de un modo más o menos directo, en una especie de radiografía metafórica de los devastadores efectos de la crisis económica en este país. Directores como Yorgos Lanthimos, Babis Makridis, Alexandros Avranas, Michalis Konstantatos o la misma Athina Rachel Tsangari, forman parte de esta suerte de nueva ola nihilista que analiza el despiadado comportamiento humano y, ya sea disfrazando los filmes de parábolas o bien de aparentes comedias que rozan el absurdo, están ahí para recordarnos que, si los seres humanos tienen la oportunidad de atacarse y humillarse entre ellos, raramente desperdiciarán tal coyuntura.

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Chevalier se disfraza de inofensiva comedia –como todo buen Caballo de Troya que se precie– para ofrecernos una aguda reflexión sobre nuestro persistente empeño en perpetuar los estereotipos de género y nuestra incapacidad para ser lo suficientemente buenos en una sociedad víctima de un neoliberalismo que fomenta hasta límites descabellados la competitividad entre las personas. Para ello, la directora se sirve de media docena de personajes masculinos y un crucero de placer (en efecto, en Grecia también hay ricos con tiempo y dinero para desperdiciar). Chevalier es un divertimento muy ácido, un juego aparentemente inofensivo de consecuencias imprevisibles. Durante dicho crucero, el espíritu del aburrimiento hace su aparición estelar y la forma de ahuyentarlo es, por supuesto, jugar. ¿A quién no le gusta jugar? ¿Y a qué pueden jugar seis hombres de mediana edad y buena posición social? ¿Al Trivial Pursuit? ¿Al ajedrez? ¿Al parchís? ¿O más bien a calibrar sus atributos sexuales? “El mejor en general” es el nombre del improvisado juego al que nuestros protagonistas deciden jugar. ¿El premio? Un anillo Chevalier que pasará a simbolizar la superioridad del ganador respecto al resto de sus (ejem) amigos. A partir del momento en que el juego empieza, cualquier característica o comportamiento de los participantes es susceptible de ser evaluado. ¿Qué vas a desayunar? ¿Cuántos empastes tienes? ¿Roncas cuando duermes? ¿Cuánto tiempo tardas en montar una estantería del Ikea? ¿Cantas bien? ¿Cómo tienes el colesterol? ¿Y la glucosa?

Que las relaciones competitivas se producen constantemente, no solo entre humanos sino también entre animales, es algo bien sabido por todos. La mayoría de especies compiten por el alimento, por el terreno o para conseguir aparearse con la hembra más anhelada. Lo curioso de la especie humana es que llega a ser capaz de competir sin una finalidad pragmática real más que la de satisfacer su infinita vanidad. Porque, por supuesto, ninguno de estos seis hombres se va a ver privado de alimentos si no gana el juego; pero claro, su autoestima quedará herida de modo irremediable…

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El comportamiento de los personajes a lo largo del filme provoca situaciones hilarantes. A medida que se desarrolla la trama vamos conociendo sus puntos fuertes y sus debilidades. También nos damos cuenta de que el que cuenta con más puntos para ganar es el personaje más incómodo y molesto, siendo el más simpático ante nuestros ojos el que probablemente acabe en último lugar. ¿Estamos acaso conformando una sociedad de aspirantes a macho Alfa con los que, en el fondo, resulta imposible empatizar? ¿Está dicha competitividad neoliberal castrando la libertad de elección de los individuos? ¿Hasta qué punto?

Existen arriesgadas y dolorosísimas operaciones que permiten crecer hasta 16 cms. Las operaciones de cirugía estética son frecuentes en todo el mundo, así como los implantes capilares o los tratamientos de belleza dental. La ciencia permite la extirpación de costillas con el fin de conseguir una cintura más pequeña. La televisión nos acribilla con publicidad de milagrosos productos para adelgazar. La rentabilidad de una empresa es lo más importante, y sus empleados, ante todo, han de ser productivos. Las empresas de coaching empresarial están viviendo una época dorada. Por mucho que intentemos mejorar, nunca seremos lo suficientemente buenos en nada. ¿Qué tipo de personas somos? ¿Qué tipo de personas podemos llegar a ser? ¿Qué tipo de personas queremos realmente llegar a ser?

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