Archivo del Autor: Marla Jacarilla

D’A Film Festival 2018 (VIII)

Novo cinema Galego, cuando las etiquetas no son eficientes

Admitámoslo, tenemos una relación de amor odio con las etiquetas. Aun a pesar de que las cuestionamos constantemente somos incapaces de dejar de utilizarlas. Conglomeramos a los directores por edad, procedencia, escuela de formación, temáticas de sus películas… Queremos pensar que los podemos ubicar en compartimentos estancos e inamovibles. Por otro lado, a veces no tenemos más remedio que darnos cuenta de que esas etiquetas a veces no encajan. Tras la proyección de Dhogs, me preguntaba qué implica que te incluyan dentro de una categoría. ¿Qué es por ejemplo el Novo Cinema Galego? La respuesta más obvia incluye a todas aquellas películas realizadas recientemente por jóvenes directores gallegos. Pero como ya supondréis, mi pregunta pretende ir un poco más allá. ¿Qué tienen en común películas como Arraianos (Eloy Enciso, 2012), Costa da Morte (Lois Patiño, 2013), Mimosas (Oliver Laxe, 2016) o las más recientes Trinta Lumes (Diana Toucedo, 2017), Dhogs (Andrés Goteira, 2017) o La estación violenta (Anxos Fazáns, 2017)? Centrémonos, por no extendernos en exceso, en las dos últimas. Ambas son producciones gallegas que se han proyectado este año en el D’A Film Festival y ambas han sido realizadas con mucho esfuerzo, un equipo reducido y un escaso presupuesto. Y hasta aquí, si no me equivoco, llegan las coincidencias.

Empecemos por hablar de la más inclasificable de ambas. Podríamos (intentar) definir Dhogs, la opera prima de Andrés Goteira, como una disección en clave onírica de la violencia, ejercida con o sin motivos. Goteira nos propone un juego de espejos infinito en el que la presentación y la representación se funden y se confunden. Acompañaremos a una mujer sola en medio de la noche. Una mujer que intuimos, va a pasarlo bastante mal. ¿Es la protagonista? ¿O los protagonistas somos nosotros? ¿Se trata de una película? ¿De una obra de teatro? ¿Acaso de un videojuego? ¿Quién está decidiendo el guion (es decir; el destino de esa mujer que aparece en pantalla)? Dhogs nos puede recordar a muchas cosas, pero no se parece a nada. Los ecos a Leos Carax, David Lynch, Carlos Vermut y sí, vale, lo admito, también un poquito a Tarantino, resuenan en esta pesadilla oscura y lisérgica salpicada de humor negro. Una apuesta de riesgo para aquellos que creen que lo han visto todo.

Una melancolía increíblemente amarga impregna la opera prima de Anxos Fazáns. Con tan solo 25 años, la directora gallega adapta la novela de Manuel Jabois y lo hace de la mejor manera posible: distanciándose de ella. En La estación violenta, la joven pareja formada por Claudia y David se reencuentran con Manuel después de muchos años. Amigos de adolescencia separados por las circunstancias, como tantos otros. La película nos muestra una relación marcada por las elipsis. En ella, lo que no se cuenta es casi más importante que lo que se cuenta y la historia se recompone a base de vacíos y ausencias. El fantasma de la muerte enturbia el presente y cualquier tiempo pasado parece mejor. La literatura no es suficiente para sacar a Manuel de la espiral autodestructiva en la que ha caído, y tal vez el amor tampoco. Para Claudia y David, la felicidad es un recuerdo distante que se alejó ante la inminencia de la muerte. Las imágenes, rodadas en 16 mm, subrayan la fisicidad de unos cuerpos destinados a desaparecer, más pronto que tarde. La escena underground de Galicia sirve de telón de fondo y permite el retrato generacional de una juventud cada vez menos joven y cada vez más desencantada. La estación violenta duele, como una pequeña herida que se infecta y nunca llega a cicatrizar, pero es necesaria para recordarnos que estamos vivos.

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D’A Film Festival 2018 (VI)

Ainhoa somos todas

Hace cuatro años, la directora chilena Carolina Astudillo debutaba en el largometraje con el documental El gran vuelo (2014), la historia de Clara Pueyo Jornet, militante del PSUC que escapó de la prisión de Les Corts de Barcelona por la puerta principal desapareciendo sin dejar rastro. Ahora regresa con el documental Ainhoa, yo no soy esa, la historia de una mujer que podría ser cualquiera, pero resulta ser única. A través de una gran cantidad de material de archivo cedido por el hermano de la protagonista (audios, fotografías, diarios personales, grabaciones en Super 8…), Astudillo reconstruye un puzzle de dimensiones inconmensurables. Biznaga de plata al mejor largometraje documental en el Festival de Málaga (la segunda conseguida por la directora, ya que la primera fue para El gran vuelo), la obra de Astudillo es un ensayo fílmico que narra, no solo la historia de Ainhoa Mata Juanicotena, sino la historia de miles de mujeres cuya voz ha sido acallada de modo sistemático a lo largo de la historia.

¿Cómo reconstruir la vida de alguien a quien no se ha conocido y que además ya no se encuentra entre nosotros? Parece esta una pregunta de difícil respuesta. A estas alturas de la historia sabemos que todo registro de la realidad resulta insuficiente y parcial, y que la supuesta objetividad que algunos atribuyen a la fotografía no es más que una utopía, el sueño de todos aquellos que ansían aprehender la realidad y conservarla embalsamada, ajena al paso del tiempo. Pero “la realidad”, como todos sabemos, se resiste a ser capturada; es salvaje, orgánica y está en constante cambio. Es más, ¿existe acaso una sola realidad? Tal vez es por eso que las fotografías, cuando ha transcurrido demasiado tiempo, no nos muestran más que fantasmas. Fantasmas que inevitablemente ansiamos con vehemencia devolver a la vida. Por eso rendimos culto constante a las imágenes, a nuestras imágenes, a las imágenes de todos aquellos que hemos conocido o querríamos conocer. Buscando en ellas de manera inconsciente e inevitable ese punctum del que hablaba Roland Barthes.

Ainhoa Mata y Carolina Astudillo nunca se conocieron, vivieron alejadas en el tiempo y el espacio, pero tuvieron muchas más cosas en común de las que podría parecer, y es por eso que la biografía de una acaba en cierto modo convirtiéndose en la biografía de la otra, y Ainhoa, yo no soy esa se convierte así en la prueba fehaciente de toda la intimidad que llegaron a compartir. Los textos y diarios personales de Virginia Woolf, Frida Kalho, Alejandra Pizarnik, Sherry Levine o Susan Sontag nos sirven de guía en nuestro recorrido. Las fotografías y registros en Super 8 muestran a una Ainhoa, pero sus diarios personales muestran a otra. En ambos registros se enfrentan la rebeldía y la fragilidad, la pose desafiante y la incertidumbre que genera inseguridad, el punk más nihilista y la poesía más melancólica. ¿Quién era realmente Ainhoa? ¿La persona que vemos en las fotografías o la que leemos en los diarios? Los lazos emocionales entre protagonista y directora son trazados a lo largo de la película de modo sutil pero progresivo, ambas vidas transcurren de modo paralelo para el espectador y dos personas que nunca se conocieron acaban así unidas por un vínculo perenne. Vínculo que se establece entre Ainhoa y Carolina, sí, pero también entre Ainhoa y el espectador. Porque todas esas celebraciones que muestran las imágenes; los cumpleaños, las vacaciones en la playa, las comidas familiares, las sonrisas a la cámara, también son las nuestras. Ainhoa, una mujer como cualquier otra, pero también una mujer única, se suicidó cuando tan solo contaba con 34 años, dejando tras de sí un rastro colapsado de imágenes, lagunas y contradicciones que, a día de hoy, se han transformado en un inolvidable documental.

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D’A Film Festival 2018 (V)

Supervivencia y procesos de adaptación (A Ciambra, Soldatii. Poveste din Ferentari , The Charmer)

Tras el éxito de su opera prima Mediterranea (2015), el segundo largometraje del director Jonas Carpignano nos sumerge en La Ciambra, la comunidad romaní ubicada en los suburbios de Calabria en la que vive Pio, el protagonista adolescente de su film. Con tan solo catorce años, Pio se ve obligado a sobrevivir en un entorno degradado y hostil en el que rige la ley del más fuerte. Aunque su madre preferiría que no causara problemas, Pio fuma, bebe alcohol y deambula por Calabria realizando pequeños hurtos para conseguir algo de dinero, trapicheando y desenvolviéndose cada vez con mayor soltura en un entorno marcado por el racismo, las diferencias de clase, las jerarquías y un firme apego por las tradiciones. Nada menos que Martin Scorsese se encuentra tras la producción ejecutiva de A Ciambra, obra de ficción que bebe directamente del neorrealismo italiano y se sirve de los códigos del documental logrando un contundente verismo en cada una de sus secuencias. Interpretada por actores no profesionales (principalmente por la familia Amato), A Ciambra nos muestra el día a día de una de las comunidades más denostadas de Calabria, la tensión entre romaníes y africanos y los problemas de integración a los que se enfrentan. Lo mejor de la mirada de Carpignano es que se limita a observar sin juzgar. Los personajes de A Ciambra, más que buenos o malos, son víctimas de unas circunstancias que no pueden controlar, protagonistas de una coming of age amarga y desencantada que por momentos es capaz de adquirir el ritmo de un trepidante thriller.

Y de la comunidad romaní de Calabria viajamos hasta la de Ferentari, la zona más pobre de Bucarest, donde está ambientado Soldatii. Poveste din Ferentari, el debut en la ficción de Ivana Mladenovic. Los que tengáis buena memoria la recordaréis como protagonista de Scarred Hearts, película que pudimos ver (y disfrutar) el año pasado en el D’A. Soldatii. Poveste din Ferentari es un trabajo sorprendente. No a nivel de puesta en escena (que resulta más bien funcional), sino porque es capaz de tratar con humor y naturalidad el tema de la homosexualidad en un entorno lleno de tabúes. Adi, un hombre de 40 años recientemente abandonado por su novia, decide mudarse hasta Ferentari para realizar una investigación sobre el manele (lo que podríamos considerar pop romaní). Allí conocerá a Alberto, un gitano exconvicto y pendenciero con el que iniciará una singular relación amorosa que desembocará en una suerte de inesperada dependencia. Como si de una obra de Fassbinder teñida de humor grotesco se tratase (la sombra de La ley del más fuerte es alargada), Soldatii. Poveste din Ferentari retrata con precisión los mecanismos de poder que rigen nuestra sociedad y la indiscutible supremacía del dinero. Sus protagonistas actúan a menudo de manera irreflexiva y poco racional, no llegan a final de mes, no han escrito ningún manifiesto y no encabezan las manifestaciones por los derechos LGTBI, pero son capaces de romper moldes sin que les importen las consecuencias.

No queremos terminar este texto sin hablaros de The Charmer, sugerente opera prima del director iraní Milad Alami. Este drama psicológico narra la vida de Esmail, joven iraní que ha emigrado a Copenhague en busca de un futuro mejor. Pero las circunstancias, por desgracia, enturbian sus intenciones, y si no consigue casarse en breve será deportado. Es por eso que Esmail se ve obligado a buscar con persistencia una pareja, llevando una doble vida y convirtiéndose por las noches (probablemente a su pesar) en una suerte de Don Juan iraní conquistador de danesas al que acecha una apremiante sensación de urgencia. Por si fuera poco, los remordimientos provocados por el hecho de haber dejado atrás a su familia en Irán le generarán más de un disgusto; y para más inri, un inesperado incidente desatará la ira de un danés de sangre fría que se empeñará en ajustar cuentas con él. The Charmer habla con solvencia sobre la dificultad de la integración en un entorno ajeno, sobre el racismo y la inmigración, sobre la supervivencia, los principios y el hecho de tener que enfrentarse a importantes dilemas en la vida. Y todo eso, sin caer en los maniqueísmos ni en la complacencia, un reto que Milad Alami supera con creces.

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Olga Beltrán, la rabia y el cuerpo

De las Semióticas de la cocina de Martha Rosler  (1975) a las Siluetas de Ana Mendieta (1973-1978) pasando por los retratos de Cindy Sherman o las pinturas de Judy Chicago, la historia del arte feminista se ha ido componiendo de modo parcial y fragmentado, con bastante retraso y también con cierta urgencia. Recordándonos, sobre todo en estos últimos años, que es necesario acabar con esa brecha que durante siglos ha discriminado por defecto la labor artística de miles de mujeres en todo el mundo. Los años setenta fueron un momento clave, tanto en el mundo del arte como en el del feminismo. Ambos caminos confluyeron y, probablemente gracias a ello, la obra de un puñado de mujeres artistas logró adquirir relativa visibilidad. La realidad, eso sí, distaba (y lo sigue haciendo) de alcanzar la paridad en el mundo artístico y cultural. De hecho, en el año 1989, las Guerrilla Girls todavía se preguntaban  en una de sus obras –con ironía, amargura, y por supuesto, ánimo reivindicativo– si era necesario que las mujeres estuviesen desnudas para poder entrar en el Metropolitan Museum, ya que menos del 5%  de las obras allí expuestas estaban realizadas por mujeres, pero en cambio el 85% de los desnudos que se mostraban eran femeninos. Casi treinta años después, la situación no ha mejorado especialmente, ya que la mayor parte de museos e instituciones mantienen unos porcentajes que oscilan entre el 3 y el 20%, haciendo caso omiso de una sociedad que clama por una mayor equidad.

Como resultado de esta discriminación sistemática, la producción artística de numerosas mujeres ha sido ninguneada a lo largo del S XX y gran parte de estas obras permanecerá oculta (tal vez durante siglos) a los ojos del público. A menos, claro está, que hagamos entre todos (y sobre todo las instituciones) un verdadero esfuerzo por visibilizarla. En la novela El mundo deslumbrante, la escritora Siri Hustvedt narra la historia de Harriet Burden; artista norteamericana que, ante el machismo estructural que impregna el mundo del arte, decide crear diversos alter egos masculinos que asuman su obra como propia para así tener más oportunidades de mostrarla. La novela de Hustvedt es una historia de ficción, sí, pero los casos reales que la podrían ilustrar son tantos que sería necesario más de un artículo para poder enumerarlos.

Entre todas esas mujeres que la historia ha silenciado os hablamos en esta ocasión del caso de Olga Beltrán, artista ecuatoriana nacida en 1957 y que falleció en Guayaquil (República del Ecuador) a la temprana edad de 27 años, víctima de una rara enfermedad. Beltrán vivió algunos años en Barcelona, donde se estableció en 1977, tan solo dos años después de la muerte de Franco. Poeta y videoartista, Beltrán dejó un legado artístico que, tras permanecer oculto durante cuarenta años, ve la luz en un momento en que las reivindicaciones feministas alzan su voz de modo contundente ante la hegemonía masculina.

Cuerpo Estado

En su tríptico videográfico conformado por las obras Cuerpo Estado, Cuerpo Objeto y Cuerpo Sujeto Cambio, la artista reflexiona sobre la discriminación, la cosificación del cuerpo femenino y los roles de género que condicionaban la sociedad en los años 70. Las ofertas de empleo en prensa buscaban hombres con iniciativa y capacidad de liderazgo, que pudieran dirigir una empresa. También buscaban mujeres hermosas, femeninas y con estilo, que pudieran ejercer el rol de secretarias y asistentes. Mujeres con –y esto parecía ser lo más importante– un cabello magnífico. Los cuerpos que aparecen en la obra de Beltrán carecen de rostro e identidad, se dejan mirar y se dejan hacer. Como tantas otras personas que nunca se han detenido a reflexionar sobre el lugar que ocupan en el mundo.

Cuerpo Objeto

En la selección de poemas inéditos a los que hemos podido acceder, abundan la rabia contenida, el anhelo desbocado y el vigor de la juventud. Las ansias por reivindicar un espacio, por alcanzar una sociedad más justa e igualitaria en una época, la de la llamada transición, marcada tanto por anhelos como por convulsiones. Con el corazón a medio camino entre Barcelona y Guayaquil, Beltrán se carteó de modo frecuente con su madre, que le enviaba recortes de prensa con las noticias más importantes que sucedían en Ecuador. Mediante poderosas metáforas atemporales, Beltrán reflexiona con espíritu crítico sobre nuestra historia más reciente. Experimenta con la estructura de los poemas y transforma el canon imperante en poéticas imágenes de una singular belleza. Tanto en sus poemas como en sus obras de vídeo, analiza algunos de los mensajes emitidos por los mass media y realiza un cuestionamiento de la normatividad imperante y los roles de género. Mujer, artista, extranjera y militante. Cuarenta años después, una de tantas mujeres silenciadas, por fin ha recuperado la voz. Esperemos que haya muchas más que lo logren y que no sea demasiado tarde.

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D’A Film Festival 2018 (III)

De la guerra y la esperanza (Frost, Grain)

A menudo nos intentamos convencer a nosotros mismos de que la guerra es eso que solo le atañe a otros, eso que le sucede a los demás mientras nosotros miramos, algo abstracto que intuimos tan horrible como lejano y exótico, algo que no nos concierne y que no tiene que ver con nuestra cotidianidad, algo que aparece en los periódicos pero nunca llegaremos a conocer de primera mano. Aunque también hay días en que la angustia se despereza y transforma la guerra en un hecho inminente e inevitable. En algo que está a punto ya de suceder a nuestro alrededor, porque los cielos atestados de nubes negras evidencian tormenta, y un ambiente como el que tenemos a finales de la segunda década del S XXI, no puede presagiar nada bueno.

Frost, la última película de Sharunas Bartas (a quien el D’A ya dedicó una retrospectiva en 2016) nos habla precisamente sobre esto, sobre la cualidad más inaprensible de la guerra (en este caso entre Rusia y Ucrania), sobre su inherente capacidad de ser algo tan ajeno como cotidiano, algo de lo que constantemente nos han hablado pero en realidad poco o nada sabemos.

Hay quien acusa al cine de Bartas de coquetear en exceso con el tedio y la lentitud, y también hay quien le reprocha el ser frío y distante, utilizar una simbología críptica que dificulta el acceso a su obra. Puedo decir para tranquilizar a los espectadores potenciales que no existe en Frost el simbolismo críptico que habita películas como A Casa (1997), y que tanto la narración como la puesta en escena son claras y directas, si bien salpicadas de reflexiones que podrían ser interpretadas como parábolas. La mirada de Bartas (al igual que la del protagonista del film) es la de alguien que intenta comprender, probablemente en vano, el sinsentido de la guerra, cómo y por qué acaba afectando a tanta gente, cuál es la razón de que nos aterre y nos fascine a partes iguales. Al mismo tiempo, la obra realiza una concisa disección de las relaciones de pareja, permitiendo al espectador que establezca los paralelismos que considere pertinentes entre ambas líneas argumentales. Tan glacial como desgarradora (sus quince últimos minutos lo confirman), Frost reafirma una vez más ese cierto nihilismo que despiden las películas del director lituano, dejándole al espectador un nudo en el estómago que le impedirá volver a ver, pensar y sentir la guerra del mismo modo.

Otra de las películas más destacadas del festival hasta el momento ha sido Grain, el regreso a la ficción del turco Semih Kaplanoglu después de siete años de ausencia. Tras su famosa trilogía (Miel (2010), Leche (2008) y Huevo (2007)), Kaplanoglu se sumerge de lleno en el género de la ciencia ficción y nos ofrece una subyugante historia de inequívocos ecos tarkosvianos. En Grain, una crisis de la agricultura a nivel mundial ha conllevado una serie de problemáticas revueltas. La supervivencia en el mundo es cada vez más difícil y la población está siendo sometida a un mayor control. El especialista en semillas Erol Erin emprenderá un largo y peligroso viaje en busca de Cemil Akman, antiguo compañero de trabajo que escribió una tesis que podría cambiar el rumbo de la historia e incluso salvar a la humanidad. Resulta inevitable, cómo no,  pensar en Stalker (Andrei Tarkovski, 1979) y en todos aquellos personajes que arriesgaban su vida para penetrar en la Zona. Rodada en un impecable blanco y negro, la cuidadísima puesta en escena de Grain nos permite viajar por un sinfín de inquietantes lugares en los que la ruina se ha convertido ya en el estado natural y no es concebible otra cosa. Lugares en los que las capas de historia se acumulan hasta límites insospechados y apenas queda espacio para ser habitado por el presente. El onírico viaje a través de estos lugares descubrirá a Erol aquello que buscaba desde el principio. ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Hay acaso alguien que no se haya hecho al menos una vez en la vida estas tres preguntas? ¿Hay acaso alguien capaz de responderlas de modo satisfactorio?

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D’A Film Festival 2018 (I)

Culpas, convenciones, redenciones y rendiciones (Chesil Beach, First Reformed, Razzia)

En tan solo ocho ediciones, el D’A Film Festival ha conseguido convertirse en uno de los festivales de referencia a nivel nacional, consiguiendo que se hable largo y tendido de ese voluble e inaprensible concepto sobre el que tanto nos gusta reflexionar, el de cine de autor. Durante diez días, el D’A nos ofrecerá la oportunidad de ver más de un centenar de obras y prestará una especial atención a las nuevas generaciones de cineastas españoles, aquellos que realizan un cine arriesgado, muchas veces en condiciones un tanto precarias y al margen de la industria y sus etiquetas.

La sesión inaugural corrió a cargo de Chesil Beach, la opera prima del dramaturgo Dominic Cooke. El film adapta la novela homónima de Ian McEwan (encargado también del guion) y narra la relación entre Florence y Edward, una joven pareja en la Inglaterra de principios de los años 60. Como recién casados, Florence y Edward podrían tener toda una vida por delante, pero su noche de bodas en un hotel de Chesil Beach redefinirá sus destinos de un modo inesperado. En la adaptación realizada por Cooke percibimos sin duda su condición de dramaturgo, y el director logra sacar partido de las interpretaciones de Saoirse Ronan y Billie Howle, sus dos protagonistas. El filme roza con elegancia la incomodidad para realizar una crítica a las convenciones sociales que condicionan nuestras vidas: los tópicos sobre la sexualidad, los roles de género, las diferencias de clase… todo ello se desmitifica y aparece envuelto de un halo de sobriedad teñido de una cierta ironía. Se trata, en definitiva, de una película sobre la pérdida de la inocencia que, si bien se ve lastrada ligeramente por la inclusión de un final excesivamente edulcorado, reflexiona con efectividad sobre todos aquellos condicionantes sociales que nos pretenden definir el significado de la palabra amor.

Y si ya empezamos a notar la presencia de la ironía (británica y afilada) en la película de inauguración, su aparición se tornó contundente y desgarrada durante la proyección de First Reformed, última deriva psicotrópica del director Paul Schrader, que esta vez se adentra en las profundidades de la mente de un atormentado predicador de turbio pasado e incierto futuro. Schrader utiliza la figura de Toller, un antiguo capellán del ejército (interpretado magistralmente por Ethan Hawke) para realizar una contundente crítica a la religión y al neoliberalismo (inevitablemente ligados), hablándonos por el camino de la irreversibilidad del cambio climático, de la culpa, la redención y sí, también de ese amor del que tanto se habla pero que tan poco abunda. Viendo First Reformed no pude evitar pensar en Preacher, la serie de la AMC a la que tanto se asemeja a nivel temático y formal. Ambas teñidas de humor negro, ambas bastante delirantes, ambas con el telón de fondo de la América profunda, ambas protagonizadas por personajes oscuros cuyas vidas se encuentran inevitablemente condicionadas por la religión. ¿Casualidad o influencia?

Otro de los films destacables en estos primeros días de proyección ha sido Razzia, del director Nabil Ayouch. El film, ambientado en Casablanca en el año 2015, muestra la tensión presente en una atmósfera que llama a la revolución y parte de lo general para centrarse en lo personal, las historias de varios personajes que se enfrentan a una sociedad convulsa, habitada por seres plagados de contradicciones. Los personajes que protagonizan Razzia se encuentran, por qué no decirlo, fuera de lugar. Las convenciones sociales y el conservadurismo les impiden hacer uso de su libertad, y el día a día se convierte para ellos en una batalla sin descanso. ¿Cómo podemos adaptarnos a una sociedad que parece no ser capaz de dar cabida a sus diversos y heterogéneos miembros? Esa parece ser la principal pregunta que recorre Razzia, una película que, aun a pesar de tener un claro componente de denuncia social, no renuncia en ningún momento a su cariz poético, consiguiendo un equilibrio que solo se ve ligeramente trastocado por una excesiva ambición argumental.

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Americana Film Fest 2018 (III)

Pasión, sordidez y una buena dosis de extrañeza

Concluimos nuestras crónicas del Americana Film Festival hablándoos de algunas de las películas que más nos han interesado: los dos cortometrajes de animación de Don Hertzfeld, la desoladora The Strange Ones y las surrealistas Sylvio y Lemon.

World of Tomorrow I & II (Don Hertzfeld, 2015 y 2017)

Autor de numerosos cortometrajes de animación y ganador de un sinfín de premios internacionales, el animador californiano Don Hertzfeld debutó en el largometraje en el año 2012 con It’s Such a Beautiful Day, película basada en un corto del mismo nombre dirigido por él mismo un año antes. Esta película, que tuvimos la oportunidad de ver en L’Alternativa, Festival de Cinema Independent de Barcelona, muestra a la perfección el universo creado por Hertzfeld, sus múltiples obsesiones y ante todo su incuestionable imaginación. En los dos episodios que conforman World of Tomorrow Hertzfeld da el salto a la ciencia ficción, pero sus inquietudes siguen siendo las mismas. ¿Cuál es nuestra misión en la vida? ¿Qué lugar ocupamos en el mundo? ¿Qué sentido tiene nuestra existencia? ¿Qué papel tienen en nuestra vida los recuerdos? Estas parecen más bien las preguntas que se han hecho a lo largo de la historia del cine directores como Ingmar Bergman, Andréi Tarkovski o Terrence Malick, cineastas serios y en general atormentados que destacan más bien por su capacidad para dirigir dramas. Pero uno de los principales rasgos de la obra de Hertzfeld, en cambio, es su innegable sentido del humor. En apenas 40 minutos y con un estilo visualmente minimalista pero al mismo tiempo al borde de una deliciosa hipertrofia narrativa, Hertzfeld nos narra la historia de Emily Prime, una inocente niña que recibe la visita de un clon suyo, que llega del futuro para explicarle cómo funciona esa realidad que todavía no es capaz de entender. Con cuatro rudimentarios trazos, algunas manchas de color y un guion desbordante, Hertzfeld logra desarrollar una historia de ciencia ficción cuyo único propósito es (nada menos que) el de intentar averiguar cuál es la esencia de la naturaleza humana. O como mínimo, preguntárselo.

World of Tomorrow II (Don Hertzfeld, 2017)

The Strange Ones (Christopher Radcliff, Lauren Wolkstein, 2017)

El joven Nick y el adolescente Sam viajan en coche por Estados Unidos. Aparentemente son hermanos, y aparentemente van de camping. Pero claro, las apariencias, como ya todos sabemos, a menudo nos engañan, y el espectador pronto descubrirá que Nick y Sam tienen mucho que esconder, aunque nadie parezca saber el qué. Christopher Radcliff y Lauren Wolkstein dirigen juntos su primer largometraje, un thriller atmosférico repleto de turbadoras secuencias que poco a poco van introduciendo al espectador en un ambiente oscuro y opresivo. Un filme pausado y con escasos diálogos que opta por la opción más radical, la de provocar un profundo malestar al espectador.

The Strange Ones (Christopher Radcliff, Lauren Wolkstein, 2017)

Sylvio (Kentucker Audley, Albert Birney, 2017)

Y si los directores de The Strange Ones optan por un argumento perturbador y una atmósfera siniestra para conseguir que el espectador se revuelva en su butaca, Kentucker Audley y Albert Birney se decantan con Sylvio por la opción opuesta: la de desarrollar una historia colorista, simple y naif, tan plagada de elementos surrealistas que no se puede tolerar a no ser que el espectador acepte desde el primer minuto el pacto tácito de la suspensión de la incredulidad. Si dicho espectador acepta que es normal que un gorila viva en un apartamento como si fuese un ser humano cualquiera, trabaje como agente de cobro en una oficina y pase sus ratos libres creando espectáculos con marionetas DIY, entonces probablemente sea capaz de disfrutar de una película tan desconcertante como Sylvio, mezcla imposible entre Michel Gondry, Wes Anderson y el posthumor más experimental y underground.

Sylvio (Kentucker Audley, Albert Birney, 2017)

Lemon (Janicza Bravo, 2017)

Terminamos esta crónica hablando de otra película extraña y abracadabrante que ha provocado opiniones diametralmente opuestas entre la audiencia. Se trata de Lemon, el debut en el largometraje de Janicza Bravo. Una historia que a veces parece concebida exclusivamente para provocar, en la que los personajes no tienen sentido del ridículo y las situaciones no se rigen según la razón. Al menos, no según la razón que hasta ahora conocemos. El protagonista de Lemon es Isaac Lachmann, un hombre de 40 años que no tiene más remedio que enfrentarse a sus fracasos, tanto profesionales como personales y amorosos. Un actor en horas bajas que se ve obligado a aceptar la mediocridad de su vida. Abandonado por su novia después de diez años de relación, Isaac encadenará una serie de castings y empleos humillantes y será cuestionado por su familia durante un extraño encuentro. A partir de aquí, un cúmulo de situaciones extravagantes se suceden, provocando la irritación de algunos espectadores y la risa nerviosa de otros. Por momentos, Lemon nos recuerda a algunas comedias de Jared Hess como Napoleon Dynamite (2004) o Gentlemen Broncos (2009), pero a diferencia de Hess, Janicza Bravo estira hasta el límite la sensación de incomodidad y se muestra mucho más inclemente con sus personajes, ofreciéndonos con Lemon una de las comedias negras más enervantes y al mismo tiempo sorprendentes del año.

Lemon (Janicza Bravo, 2017)

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Americana Film Fest 2018 (II)

El principio de una vida y el final de otra

Continuamos con nuestras crónicas del Americana Film Fest 2018 destacando dos películas de la sección Americana Tops. Por un lado, una nostálgica road movie con toques de surrealismo; por otro, el testamento cinematográfico de Harry Dean Stanton.

Weirdos (Bruce Mc Donald, 2016)

Imagina, por un momento, que eres un adolescente de quince años que vive con su padre y su abuela en un pequeño pueblo de Canadá en el que no parecen suceder demasiadas cosas. Corre el año 1976, el año en que los jemeres rojos renombraron Camboya como República Democrática de Kampuchea, el año en que se inauguró la torre CN en Toronto y se celebraron los juegos olímpicos de Montreal. A pesar de que las relaciones con tu padre no son especialmente malas y todo el mundo piensa que es un padre estupendo, hay algo en vuestra relación que no funciona, un tabú que dificulta la comunicación. Echas de menos a tu madre, a quien hace mucho que no ves, y piensas que tal vez podrías recorrer unos doscientos kilómetros, llegar hasta la ciudad de Sidney para reunirte con ella. Para vivir con ella. Imagina que hay una tensión subyacente en la relación con tu novia. A ella le gustaría tener sexo pero tú no lo ves tan claro, a pesar de que estáis muy unidos. Imagina que tu animal totémico es un extraño personaje con peluca rubia que podría ser (o no) la reencarnación de Andy Warhol. Un extraño personaje que hace comentarios, te da consejos, aparece cuando menos te lo esperas y solo tú puedes ver. Imagina que, en un arrebato, tu novia y tú decidís hacer autostop sin que vuestras respectivas familias se enteren. Después de varias desventuras llegas a tu destino y encuentras por fin a tu madre, pero las cosas no son exactamente como te gustarían. Es difícil ser adolescente, pero más difícil es tener que crecer. A pesar de ello, eres valiente y lo afrontas. Al fin y al cabo, normalizar tu identidad sexual forma parte inherente de tu realización como ser humano. Corre el año 1976. Ha pasado poco tiempo desde que empezó la película, pero tú has crecido mucho y nunca volverás a ser el mismo.

Weirdos (Bruce Mc Donald, 2016)

Lucky (John Carroll Lynch, 2017)

Ahora, imagínate en el extremo opuesto. Imagina que eres un veterano de guerra de 90 años que se acerca de modo inevitable al final de su vida. Imagina que vives en un pequeño pueblo en medio del desierto, rodeado de arena y cactus. Llevas una vida que, a pesar de ser bastante rutinaria, no está tan mal. Eres autosuficiente y, aunque parezcas algo taciturno, no pierdes tu particular sentido del humor. Los habitantes del pueblo te tienen aprecio y después de tantos años te has adaptado a vivir ahí sin necesidad de creer en ningún Dios. Tomas un vaso de leche cada mañana, fumas como un carretero y te gusta hacer crucigramas para así poder utilizar en tu vida las palabras que aprendes. Un día, mientras estás tranquilamente en casa, caes al suelo inconsciente. Los análisis médicos indican que estás asombrosamente sano, pero la esperanza de vida media te advierte que no te queda ya demasiado tiempo y tus ejercicios diarios de yoga no conseguirán evitar lo inevitable. Admítelo: eres viejo. Y no hay mucho que puedas hacer al respecto. Si acaso, realizarte  a ti mismo algunas preguntas con el fin de conocerte mejor. Matar el tiempo en el bar con los tuyos. Con tus amigos. Con aquellos que se preocupan por ti. Porque, aunque no haya nadie más viviendo en tu casa, no estás solo. Eres Harry Dean Stanton interpretando tu último papel. El de un anciano que se acerca al final de su vida. El de un anciano que se parece asombrosamente a ti.

Lucky (John Carroll Lynch, 2017)

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Americana Film Fest 2018 (I)

La reivindicación de la diferencia

El Festival de cine independiente norteamericano de Barcelona cumple su primer lustro de vida y lo celebra aumentando los días de proyecciones y también la cantidad de contenidos: de los once largometrajes presentados en 2014 a nada menos que veintiocho en 2018, además de veinte cortometrajes. Americana Film Fest se suma de este modo a todos aquellos festivales especializados que, en los últimos años, han conseguido establecerse en la ciudad de Barcelona y convertirse en imprescindibles de la escena cultural en Cataluña. En esta nuestra primera crónica, hacemos un breve repaso por algunas de las películas que hemos podido ver estos primeros días de festival.

Gook (Justin Chon, 2017)

Premiado en los Independent Spirit Awards, en el Festival de Sundance o en VC Film Fest, el segundo largometraje de Justin Chon –que es además uno de los protagonistas– realiza una interesante reflexión sobre las estructuras familiares y la discriminación racial. Chon utiliza los disturbios que tuvieron lugar en Los Angeles en 1992 a raíz del veredicto del caso Rodney King como telón de fondo, pero lo que en realidad le interesa son las relaciones que se establecen entre los tres personajes protagonistas. Por un lado Kamilla, una niña afroamericana que intenta adaptarse a su desestructurado contexto lo mejor que puede; por otro Eli y Daniel, dos hermanos coreanos que tienen una humilde tienda de zapatos en los suburbios y que han de soportar constantemente la discriminación y la violencia ejercida por las comunidades afroamericanas hacia los inmigrantes coreanos. Con una cuidada fotografía en blanco y negro y un especial apego al desarrollo de sus tres personajes protagonistas, la película de Chon ofrece unas buenas interpretaciones, aunque en los últimos minutos deriva hacia algunos clichés que lamentablemente le hacen un flaco favor al desenlace del film.

Gook (Justin Chon, 2017)

Beach Rats (Eliza Hittman, 2017)

La directora Eliza Hittman se alzó con el premio a la mejor dirección en Sundance con este segundo largometraje, drama naturalista sobre el descubrimiento y aceptación de la homosexualidad. Frankie, el adolescente protagonista de Beach Rats, no tiene mucho que hacer en Brooklyn. Mata el tiempo vagabundeando con sus amigos, robando de vez en cuando, intentando conseguir algo de droga y dando vueltas sin rumbo por Conney Island. Por las noches, busca páginas web para citas homosexuales, aunque sigue sin querer aceptar lo que resulta obvio. Es por ello que continua fingiendo ante sus amigos: se busca una novia, pretende ser heterosexual, mantiene la misma actitud de aquellos que hay a su alrededor. Aunque la película no realiza ninguna reflexión política explícita, no es baladí que un film como este se estrene en plena legislatura republicana de Donald Trump. Con un estilo naturalista, el film muestra las dificultades para aceptar la homosexualidad (propia o ajena) en un entorno reaccionario que fomenta heterosexistas roles de género y reacciona con violencia o desprecio hacia todo aquel que no los acepta. Aunque la puesta en escena es acertada y Hittman logra que las imágenes rezumen sexualidad, el mayor problema de Beach Rats es probablemente la falta de interés de los personajes protagonistas, ya que un acercamiento pretendidamente introspectivo acaba convirtiéndose en una constante representación de gestos manidos que se repiten hasta la saciedad en una gran cantidad de cine independiente de estos últimos años.

Beach Rats (Eliza Hittman, 2017)

Saturday Church (Damon Cardasis, 2017)

Pero sin duda alguna la propuesta más sorprendente hasta el momento ha sido Saturday Church, el debut en el largometraje de Damon Cardasis y recolectora de premios en el Festival Internacional de cine Gay y Lésbico de Austin, en el Festival LGTBQ de San Francisco, en el Festival Kaleidoscope, en el LA Outfest, en el Long Beach QFilm Festival, en el Out of Film de Atlanta, en el Outflix Film Festival, en el Festival de cine Gay y Lésbico de Seattle… Una propuesta atrevida y original que mezcla drama con musical, un coctail de influencias kistch aplicadas a una película coming of age que reflexiona sobre cuestiones de género con gran emotividad y optimismo. Una obra de notable carga humanista que, a pesar de acumular en su argumento algunos tópicos sobre la  aceptación de la diversidad sexual y la necesidad de que la heterogeneidad sea una característica inherente de las estructuras familiares, consigue emocionar mediante las interpretaciones de sus protagonistas, especialmente la del joven Luka Kain en el papel de Ulysses. No se trata de un musical al uso y de hecho algunos de los actores no cantan especialmente bien, pero este hecho no es en absoluto relevante. Porque lo que en realidad importa es que en estos tiempos tan crispados que estamos viviendo, en los que el auge de las políticas conservadoras dificultan la defensa de los derechos de las minorías, son necesarias más que nunca reivindicaciones que tendrían que parecernos obvias, pero que por desgracia, parece que para algunos no lo son tanto. Reivindicaciones de algo tan fundamental como es el derecho a elegir y a conformar tu propia identidad de género; en definitiva, a tomar decisiones por ti mismo. Si te gustaron películas como Hedwig and the Angry Inch (John Cameron Mitchell, 2001), Desayuno en Plutón (Neil Jordan, 2005) o Laurence Anyways (Xavier Dolan, 2012), no dudes en ver Saturday Church.

Saturday Church (Damon Cardasis, 2017)

Tanto en Gook como en Beach Rats o Saturday Church hay un elemento llamativo coincidente y es la estructuración de los hechos alrededor de una ausencia. En el caso de Gook  se trata de la ausencia de los padres de Kamilla, fallecidos en un accidente. En el caso de Beach Rats, la muerte del padre, fallecido a causa del cáncer. Ausencia esta que casualmente también se repite en Saturday Church. Tanto si se trata de una coincidencia anecdótica como determinante, lo cierto es que nos podría servir para establecer ciertas similitudes entre los tres filmes, tan distintos en otros aspectos. Pero esa ya sería otra historia.

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Alex Ross Perry, Americana Film Fest 2018

 Las inseguridades, frustraciones y miserias cotidianas del universo de Alex Ross Perry

Con tan solo 33 años y cinco largometrajes en su haber, Alex Ross Perry se ha convertido en uno de los cineastas más representativos del indie americano del S XXI. En su quinto año de vida, el Americana Film Fest ha decidido dedicarle una retrospectiva y desde la revista Contrapicado aprovechamos para hablar con él sobre su cine: sobre películas de gente normal, tensiones narrativas, el trabajo con los personajes, el éxito, el fracaso y la conexión entre sus películas.

En Golden Exits (2017), su último filme hasta la fecha, Perry reflexiona sobre las relaciones de pareja y las inseguridades, valiéndose para ello de las historias cruzadas de siete personajes de mediana edad insatisfechos y desubicados. Personajes todos ellos que buscan algo, aunque no tengan muy claro el qué.

Golden Exits (2017)

Lejos de presentarnos protagonistas complacientes y tramas del gusto de las mayorías, sus filmes a menudo resultan incómodos para el espectador. La misantropía, la desconfianza, el egoísmo y los fantasmas del pasado habitan sus películas, independientemente del género al que se ciñan.

Cuando tenía tan solo 23 años y era estudiante, en tan solo siete días rodó junto con un grupo de amigos Impolex (2009), su primer largometraje, inspirado nada menos que en El arco iris de gravedad de Thomas Pynchon. En él narraba las surrealistas desventuras de un soldado norteamericano tratando de localizar cohetes alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Dos años después decidió protagonizar él mismo su segunda película, The Color Wheel (2011), una comedia de bajo presupuesto rodada en blanco y negro que explora las relaciones entre dos hermanos. Una road movie cuyo guion fue escrito por el propio Perry junto con Carlen Altman, protagonista femenina del filme. Al verla, acuden a mi mente referencias como Boy Meets Girl (Leos Carax, 1984), Stranger Than Paradise (Jim Jarmusch, 1984), Clerks (Kevin Smith, 1994) o incluso 25 Watts (Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, 2001). Simpáticos esbozos de la juventud de una generación que se resiste a tener responsabilidades. Una suerte de humilde naturalismo que nos descubre el valor de la cotidianidad, de esos hechos que a primera vista pueden parecer triviales pero en realidad no lo son tanto.

The Color Wheel (2011)

Pero los referentes, al igual que las inspiraciones, para Perry varían con cada película. Por eso, tres años más tarde llegaría Listen Up Philip (2014), la historia de un escritor de mediana edad que atraviesa una crisis personal, amorosa y probablemente, también existencial. Listen Up Philip (2015) no es exactamente una comedia, pero tal vez tampoco un drama. Huele a Jazz y nos recuerda a algunas películas de Woody Allen. Se ve invadida constantemente por una voz en off que lo describe todo, una hipernarración que nos abruma pero al mismo tiempo compensa con un poso de estabilidad las desequilibradas vidas de sus protagonistas. El reto que nos propone el director (tanto en esta como en sus otras películas) no es fácil, pero es interesante. Perry nos pide que intentemos empatizar con los personajes aunque de entrada nos provoquen rechazo, que nos preguntemos por qué están sufriendo y por qué reaccionan de este modo a las situaciones en que se ven envueltos.

“Respecto a mis personajes, espero que la gente se pregunte: ¿son realmente desagradables o solo tengo que entender la situación emocional por la que están pasando para así descifrar su sufrimiento?”

Listen Up Philip (2014)

Y si el personaje de Jason Schwartzman en Listen Up Philip nos demuestra que conseguir lo que siempre has querido no te hace necesariamente feliz, el de Elisabeth Moss en Queen of Earth (2015) nos recuerda con angustia que el pasado está lleno de espectros que nos hacen sentir incómodos constantemente. Perry acerca la cámara al rostro de Moss y nos enfrenta a la locura de su personaje, transformando lo que podrían ser las tranquilas vacaciones de dos amigas en un descenso al infierno de los celos, el rencor y la desconfianza.

Queen of Earth (2015)

Aunque a priori Queen of Earth no encajaría en los códigos del cine de terror más convencional, sí que están presentes muchas de sus claves. En la música y el sonido, en la tensión que crean los diálogos, en la claustrofobia que provoca su puesta en escena. Ecos, incluso, del Polanski de El cuchillo en el agua (1962) o Repulsión (1965). Influencias que dejan paso a otras, completamente distintas, en Golden Exits.

Así como quien no quiere la cosa han pasado diez años y cinco películas. Seguimos percibiendo, eso sí, una cierta melancolía, transmitida tanto en sus filmes como en las palabras y el modo de hablar de Perry. Notamos un gran apego al cine analógico y descubrimos un corpus fílmico que poco a poco va cobrando entidad. Pero sobre todo, nos damos cuenta de que detrás de este joven director de Pensilvania hay muchas historias que contar y muchos, muchos personajes para habitarlas.

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