“Viendo las películas de Douglas Sirk cada vez me convenzo más de que el amor es el mejor y más eficaz instrumento de represión social”. (Rainer Werner Fassbinder, Six Films by Douglas Sirk)
“En los asuntos de gran importancia, el elemento vital no es la sinceridad, sino el estilo” (Oscar Wilde, recogido en “Notas sobre el Camp”, de Susan Sontag)
En el número de noviembre de 2002 de la revista Artforum, Geoffrey O’Brien escribía lo siguiente a propósito de Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002), el cuarto filme de Todd Haynes: “en el contexto de la película, “Sirk” no denota un estado de ánimo, una filosofía o un conjunto de elementos argumentales, sino un repertorio de decisiones técnicas. Con ese léxico de efectos se pueden escribir frases nuevas”. O’Brien estaba dando en el clavo no sólo al hablar de Sirk en relación al filme como un conjunto de normas “gramaticales” a partir de las cuales Haynes generaba un nuevo discurso, sino al identificarlo como tema principal de la película. Porque Lejos del cielo no es un remake de Sólo el cielo lo sabe (All That Heaven Allows, 1955) o, al menos, no exclusivamente, sino un “pastiche revisionista” [1], en palabras de Jonathan Rosenbaum, del conjunto de melodramas rodados por el cineasta de origen alemán para Universal a lo largo de la década de los cincuenta.
El término pastiche encaja a la perfección con la filmografía de Haynes y con su visión del remake. Ninguno de sus filmes es un remake propiamente dicho, al menos no desde la perspectiva clásica por la que una obra supone la actualización de otra anterior. En la estela de otros cineastas (pienso en Pedro Almodóvar, autor muy próximo a Haynes en ciertos aspectos) cuyos filmes samplean libremente géneros, estilos y referencias, Haynes personifica una visión, llamémosle, “acumulativa”, del remake. Pongamos algunos ejemplos: en su primera película, Veneno (Poison, 1991), inspirada en la obra de Jean Genet y pieza clave del New Queer Cinema, se entrecruzaban tres historias que seguían las pautas de tres (sub)géneros diferentes: el reportaje televisivo, el drama carcelario y la ciencia-ficción de serie B. Lejos del cielo, como hemos comentado, remezcla y reproduce el melodrama sirkiano con un ojo puesto en la radical actualización del mismo que llevó a cabo otro cineasta afín a Sirk, R.W. Fassbinder.
Su última obra, Mildred Pierce (2011), una miniserie de cinco horas rodada para HBO, sigue, casi al pie de la letra, la novela homónima de James M. Cain. Sin embargo, tras su apariencia clásica, su elegante puesta en escena y su exquisita fotografía resuena, por un lado, el corazón folletinesco y pulp del original literario y, por otro, la rica herencia cinematográfica del weepie y el melodrama de temática maternofilial: de Stella Dallas (King Vidor, 1937) a Imitación a la vida (Imitation of Life, Douglas Sirk, 1959) pasando, por supuesto, por Alma en suplicio (Mildred Pierce, 1945), la adaptación que Michael Curtiz hizo de la novela de Cain y que le valió a Joan Crawford su único Oscar.
El miedo se come el alma [2]
Lejos del cielo se inicia con un movimiento de grúa que desciende desde la copa de unos árboles con tonalidades otoñales hasta la rutina diaria de una pequeña ciudad. Esta panorámica, la tipografía con la que aparecen las letras del título, las notas clásicas de la banda sonora de Elmer Bernstein y los brillantes colores de la fotografía de Ed Lachman (colaborador habitual de Haynes) remiten inmediatamente a los melodramas rodados por Douglas Sirk durante la década de los 50 y, más específicamente, a Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento (Written on the Wind, 1956) e Imitación a la vida. Así, en su inicio, el filme se muestra como la réplica exacta de un conjunto de obras que cartografiaron el clima de represión y paranoia de la era Eisenhower a través de la representación de una fantasía colectiva, la de la placentera vida de clase media alta en los suburbios. Sin embargo, sólo transcurren unos minutos hasta que se percibe que Lejos del cielo va más allá de la duplicación de un modelo preexistente: apenas media hora después de los títulos de crédito, la protagonista, Cathy Whitaker, es tildada de “progresista” por una amiga al conversar amablemente con Raymond, su jardinero negro; momentos más tarde, descubrirá a su aparentemente perfecto marido, Frank, besándose apasionadamente con otro hombre.
Haynes actualiza a Sirk, por tanto, replicando miméticamente su estilo pero introduciendo temas concretos –la homosexualidad, el racismo– difícilmente representables en el cine de Hollywood de los 50. Lejos del cielo retoma y enfatiza algunos de los principales motivos de la obra de Sirk (la represión del deseo personal, la presión del entorno social) a través de un proceso de evidenciación de lo que en esta estaba sólo sugerido. Es difícil no percibir, en la relación entre Raymond y Cathy, el conflicto racial ya abordado en Imitación a la vida, convenientemente aumentado. O no trazar paralelismos entre el personaje impotente encarnado por Robert Stack en Escrito sobre el viento y el de Frank, cuya homosexualidad no aceptada sólo genera frustración a sí mismo y a su mujer. Haynes utiliza la contraposición entre imagen y diálogo como elemento clave de su actualización. Frente a la mímesis visual, la palabra emerge como elemento distorsionador, que contemporiza el discurso del filme. En un momento determinado, la amiga de Cathy le habla de un familiar que es “Ya sabes…homosexual”, a lo que Cathy responde con un gesto de disgusto “¡Oh!, homosexual, ¡vaya palabra!”. La escalofriante escena de la visita al psiquiatra de Frank para “curarse” y “volver a ser normal” sigue, sin embargo, una estrategia opuesta: replicando el modo de hablar habitual en la década de los 50, Haynes visibiliza el poder de la palabra como instrumento represor.
La artificiosidad de un mundo regido por estrictas normas de conducta, que Sirk describe a través de salones impecablemente decorados, y personajes femeninos cuyos vestidos y accesorios llevan colores a juego, es subrayado en Lejos del cielo a través de la presentación real del matrimonio protagonista como una pareja de anuncio de revista femenina. Cathy y Frank Whitaker son la imagen de una marca de electrodomésticos, y el anuncio que cuelga de la pared de su comedor los representa en un éxtasis doméstico absoluto, atrapados en el brillo perpetuo del papel cuché. Como si fueran, realmente, personajes de un filme de Douglas Sirk. O de Mad Men, serie de TV que replica tanto la estética como algunas de las estrategias de Lejos del cielo.
Mommie Dearest
En el cortometraje-entrevista a Todd Haynes realizado con motivo de la edición en DVD del sello norteamericano Madman de Sólo el cielo lo sabe, incluido también en el DVD de Todos nos llamamos Alí, el cineasta afirma, a grandes rasgos, que, al descubrir a Sirk a inicios de los 70, Fassbinder encontró en el melodrama una forma de expresar una poderosa crítica social a través de una forma popular, narrativa y estilísticamente conservadora. El corto, titulado A Powerful Political Potential: Todd Haynes on Fassbinder and Sirk (2003), supone la declaración de intenciones de un autor que, desde sus inicios, ha utilizado los géneros asociados a la baja cultura o lowbrow como portadores de subversivas proclamas políticas o sociales.
Todd Haynes Interview Part I por ragingnoodles
Todd Haynes Interview Part II por ragingnoodles
En Veneno, su primer filme, una de las tres historias narraba la terrorífica historia de un doctor que conseguía producir un suero que aislaba el deseo sexual y que acababa siendo el propagador de una extraña enfermedad que desfiguraba y mataba a todo el que tocaba. El fragmento, rodado en blanco y negro y con una puesta en escena que remitía inmediatamente a un filme de serie B de los 50, era una evidente referencia a la plaga del SIDA que diezmó a la población homosexual durante los 80, así como a la estigmatización y rechazo social que provocó. Como hará más tarde con el melodrama en Lejos del cielo, Haynes se apropia de las constantes temáticas y estilísticas de unos géneros populares (en este caso, el cine de terror y ciencia-ficción de los 50) que absorbían y reflejaban las problemáticas sociopolíticas de su época para hablar de otro tipo de problemas, mucho más actuales.
Estos precedentes hacían esperar de la adaptación en formato miniserie de Alma en suplicio, el melodrama noir dirigido por Michael Curtiz a partir de la novela homónima de James M. Cain, una nueva incursión de Haynes en un género desconocido por el cineasta hasta el momento: el cine negro. Sin embargo, la miniserie de HBO protagonizada por Kate Winslet (quien habita, prácticamente, cada uno de los planos de las más de cinco horas de metraje) se aleja de la deriva criminal que Curtiz imprimió a la trama de Cain y se pega, página a página, diálogo tras diálogo, a la historia urdida por el escritor, una folletinesca mezcla de lucha de clases, superación femenina, rencor maternofilial, venganzas y amores imposibles.
Haynes se centra, por tanto, en la figura de Mildred Pierce en su doble faceta de empresaria emprendedora y madre abnegada. Mildred es una mujer de la década de los 30 adelantada a su tiempo que, abandonada por su marido y a cargo de dos niñas pequeñas, encuentra un trabajo como camarera, aprende la profesión y monta una exitosa cadena de restaurantes. Paralelamente, tiene una relación con Monty, un vividor de clase alta venido a menos y debe enfrentarse a las continuas humillaciones de su altiva hija, Veda, que no soporta que su madre trabaje para vivir. Como en sus anteriores filmes, Haynes adopta un género popular, el folletín, o serial, en su vertiente “melodrama femenino” o “weepie”, para hablar de los temas que le interesan, llevando a cabo una pertinente actualización: el empobrecimiento de las clases medias norteamericanas tras el crack del 29 le sirve para trazar paralelismos con la situación económica actual, así como para plantear una visión de la lucha de clases [3] como un fenómeno que sigue muy vivo hoy día.
Pero el auténtico núcleo de Mildred Pierce, aquello en lo que Haynes incide conforme avanza la narración es la relación ponzoñosa entre Mildred y Veda, que remite inmediatamente al origen pulp de la obra de Cain a la vez que a una de las temáticas habituales del weepie: el conflicto maternofilial. Mildred es una clásica heroína melodramática [4], un trasunto de la Stella Dallas de Vidor, otra madre abnegada de clase humilde capaz de sacrificarlo todo por su hija. Podría también ser considerada como una suerte de extraña combinación entre los dos personajes femeninos adultos de Imitación a la vida: la mujer independiente y exitosa, interpretada por Lana Turner, así como su fiel criada (Juanita Moore). Quien supone una pequeña revolución en el universo estable de los arquetipos femeninos del cine clásico es el personaje de Veda, una femme fatale adolescente (o fille fatale), un cuerpo extraño, generador del caos, en el controlado mundo del melodrama. La Veda de Haynes, como la de Curtiz, es maquiavélica, abominable: una serpiente de vivos colores anidada en el calor del hogar, que no tiene correspondencia alguna con sus equivalentes fílmicos, las otras hijas del melodrama. No se asemeja a Laurel, la hija de Stella Dallas, quien se separa de su madre entre lágrimas en busca de una vida mejor; ni a la inmaculada Sandra Dee, de Imitación a la vida, aunque también se enamore de su padrastro; ni siquiera a la rebelde Sarah Jane, de la misma película, quien desprecia a su madre por el color de su piel pero que, finalmente, acabará redimiéndose. Es Fassbinder quien, en su relevante escrito sobre la obra de Sirk [5], hablando sobre Imitación a la vida, da la clave para desentrañar el drama que Haynes plantea, y que anida en el centro de cualquier conflicto maternofilial: “Realmente lo brutal es que la madre quiera poseer a su hija porque la quiere. Y Sarah Jane (o Veda) se defiende contra el terrorismo maternal, contra el terrorismo del mundo”.
El tono folletinesco de la novela de Cain tiene su traducción ideal en el formato de miniserie, que permite a Haynes desplegar, poco a poco, la creciente animadversión entre Mildred y Veda. Es a partir del cuarto episodio, con la transformación de la niña en una espigada adolescente con el rostro de porcelana de Evan Rachel Wood, cuando la colisión entre ambas mujeres se hace inevitable y el hogar se convierte en un campo de batalla. Haynes desata entonces su pasión por la vertiente camp, exagerada y artificial del género melodramático, extremando la competitividad entre ambas, así como la ambigüedad del personaje de Mildred, alcanzando una complejidad que no está presente en la versión de Curtiz. Prueba de ello es el cada vez más suntuoso y sensual vestuario de Veda, convertida, de un día para otro, en una vamp pelirroja, impecablemente maquillada, envuelta en sedas y pieles, y con encajes que le ocultan medio rostro. La relación de dependencia de madre-hija (ese “terrorismo maternal” del que hablaba Fassbinder) se evidencia en el beso que Mildred deposita en los labios de Veda, mientras está dormida, al tenerla de nuevo en casa tras meses de distanciamiento. Para acabar, en la fabulosa escena del recital será Veda quien, realmente, ponga en escena –represente– para su madre un amor inexistente, al dedicarle una canción delante de un público rendido a sus pies. Haynes sitúa el clímax, operístico y voluntariamente histriónico, de la serie, justo tras esta falsa declaración de amor: la revelación de la maldad intrínseca de Veda se representa a través de la muestra desafiante de su cuerpo desnudo, y sexualizado, frente a su madre, en una escena que acaba con un intento de asesinato y que remite, inmediatamente, a la de la danza enloquecida, primitiva, de Dorothy Malone en Escrito sobre el viento, que Sirk monta en paralelo con la muerte de su padre.
Mildred Pierce, la novela, es un Cain atípico, tanto como Mildred Pierce, la miniserie, es un Haynes inusual. El escritor abandona sus tramas criminales para centrarse en la descripción de esa relación malsana, una de las historias de amor maternofilial más envenenadas de la ficción norteamericana. Por su parte, Haynes desarrolla en la miniserie un estilo voluntariamente clásico, alejado de los tour de force visuales (Lejos del cielo) o arriesgadas estructuras narrativas (I’m Not There, 2007) que eran marca de la casa. Puede que Mildred Pierce no reproduzca, de forma milimétrica, como sí hace Lejos del cielo, el universo sirkiano de jardines perfectos y salones inmaculados, pero en su obstinación por situar a un personaje femenino que lucha, sufre y ama de forma extrema en el núcleo de la historia, es sirkiana hasta la médula, tal vez más que su antecesora. En la Mildred Pierce de Haynes, tal como afirmaba de manera muy hermosa Fassbinder acerca de los filmes de Douglas Sirk, “las mujeres piensan (…) El cine, frecuentemente, muestra a mujeres que reaccionan y se comportan como se supone que deben hacerlo las mujeres; en sus películas, sin embargo, se las muestra pensando.”
Notas:
- ROSENBAUM, Jonathan: “Magnificent Repression”, Chicago Reader, 21 de noviembre de 2002. ↑
- Traducción del hermoso título original alemán (Angst essen Seele auf) de Todos nos llamamos Alí (1974), el nada disimulado remake que hizo R.W. Fassbinder de Sólo el cielo lo sabe, filme de Sirk en el que se basa, principalmente, Lejos del cielo. ↑
- Las referencias al conflicto de clases son múltiples a lo largo de la serie: cuando Monty, el aristócrata venido a menos que vive de Mildred, y Veda, se ríen de la poca “clase” de los camareros de su restaurante, Mildred les recrimina, furiosa, que “este país no sería nada sin sus trabajadores”. En un momento de máximo enfrentamiento entre Veda y Mildred, la primera humilla a su madre repitiendo una clasista afirmación de Monty acerca de ella: “Las mejores piernas no están en los salones, sino en las cocinas: nunca te quedes con la señora si puedes tener a la criada”. ↑
- Deberíamos puntualizar esta afirmación. Haynes retoma la faceta exploit de la novela de Cain y presenta a una mujer sola (como tantas otras tras el crack del 29) consciente de su atractivo y dotada de un activo deseo sexual. A lo largo de Mildred Pierce, hay numerosas escenas de sexo entre Mildred y su amante, Monty, que, evidentemente, tienen la voluntad de renovar el arquetipo a la vez que reflejan la vocación popular del original literario. ↑
- FASSBINDER, Rainer Werner: “Six Films by Douglas Sirk”, New Left Review, I/91, May-June 1975. ↑





























