Archivo del Autor: Jorge Mauro de Pedro

28 días de desilusión y rabia

Pocas películas pueden presumir con tanto desparpajo como Tiremos los libros, salgamos a la calle (Sho o Suteyo, Machi e Deyo, 1971) de haber logrado plenamente el objetivo principal para el que fueron concebidas: epatar a la burguesía. Pero de verdad, ¿eh? Meter el dedo en el ojo de la mayoría silente y bienpensante y apretar el pulgar con saña, haciéndolo además rotar. Decir cosas que no sólo los más jóvenes pensaban. Hacer de altavoz agónico y ronco, pancarta filmada y foto fija del Japón de principios de los años setenta.

Hacía unos meses del suicidio –o de la charlotada ritualizada- de Yukio Mishima. De la teatralización de la esquizofrenia de una sociedad floreciente en lo material y perdidísima en lo esencial, necesitada incluso de redefinir eso mismo… lo esencial, me refiero. La fantasía de las glorias pasadas conviviendo con la vergüenza (supertecnificada, eso sí) por las barbaridades cometidas. El ex-Imperio una década después de haber firmado la prórroga del tratado de seguridad americano-japonés. Los universitarios tomando las calles y lanzando los apuntes al viento mientras los padres… mientras los padres les seguían regalando libros sobre cómo triunfar en la vida.

En este contexto convulso conocemos a un veinteañero al que la prosperidad nacional no parece haberle reportado beneficio alguno. Malvive en una casa junto a las vías del tren, zulo frecuentado de manera discontinua por una abuela ratera, un padre que quiere educarlo en la disciplina del deporte (él, ex–criminal de guerra, mirón en los baños públicos, tocaculos ocasional y peluquero poco diestro) y una hermana con fobia a los hombres y pasión ilícita por los conejos. Así presenta él mismo a su familia, encarándose con el espectador y preguntándole qué hace ahí fuera, parapetado en las sombras, esperando que algo pase.

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¿El resto? Dos horas y cuarto de buena música, alguna soflama y mucho vagar de aquí para allá. De sentirse abandonado, de esa manera en que sólo puede estarse en las sociedades del primer mundo: rodeado de gente que viene de comprar. Adolescentes en pos de una masculinidad reducida a chutar una pelota, ensuciarse y jugar a la guerra con reglas (el fútbol es definido como el deporte viril por antonomasia, a años luz del ping-pong o el béisbol por el mero hecho de que… la pelota es más grande). Hasta en el ejercicio físico que se insta a practicar a los más jóvenes subyace una intención oculta: prepararlos para las batallas del mañana, cambiados los uniformes por los puños almidonados y las corbatas.

Tiremos los libros, salgamos a la calle contiene un bonito catálogo de escenas para el escándalo. Un entrenador de fútbol se autoimpone la misión de iniciar sexualmente a todo su equipo, arrastrándoles al pie de las escaleras de un burdel antiglamoroso. Una bandera de EEUU se quema y detrás de ella descubrimos a una pareja en pleno happening sexual, en el publicitado estilo Ono-Lennon en su encamada por la paz. Una violación colectiva. Cámaras clandestinas en las calles, gente extraña encarándose con los viandantes o pidiéndoles que descarguen su rabia en un saco de boxeo. Perversas confesiones a cámara. Búsqueda infructuosa de una mujer que se hace la permanente y que desapareció con su traje de flores. Colegialas coreando alegres canciones sobre lo que harán cuando se dediquen a la prostitución. Paquetes de tabaco de la marca Peace sometidos primero al fuego y luego a la lluvia dorada. Rechiflas a costa de los héroes de los géneros de moda en las pantallas niponas –los incombustibles chanbaras y jidai-gekis–, plagados de espadachines, mujeres sumisas sirviendo sake y huidas a otros siglos supuestamente galantes. La primera comida en un restaurante occidental. Un cómic pornográfico. Grafitis. Danzas en campos de arroz. Transexuales, famosotes anunciando la cerveza Sapporo, un puesto de tallarines para volver a empezar de cero, un vuelo pionero al estilo de los hermanos Wright. Y la poderosa imagen de Japón reducida a “un lagarto encerrado en una botella de Coca-Cola”.

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El rodaje se prolongó un periodo lunar: 28 días de “cenizas y esperanza”, como los califica el propio protagonista al final de la cinta, rodeado de todo el equipo técnico y artístico. El autor de este manifiesto filmado fue uno de los personajes más controvertidos de su país, un polemista nato que ya se había batido en duelo, precisamente, con el adalid derechón del momento, el genial Yukio Mishima (“usted podrá pensar que soy un clasicista pasado de moda, pero no confío para nada en un lenguaje sin una estructura lógica”.) ¿Quién era aquél tipo dispuesto a “mofarse de la fusión de estética y política” [1] del autor de El rumor del oleaje?

Se llamaba Shuji Terayama. Un poeta, escritor, dramaturgo, boxeador y cineasta [2] que rodaría largos durante apenas una década, antes de su muerte prematura en 1983. Esta fue la primera de sus seis películas, escasamente vistas en Europa –por extraño que parezca, Terayama continúa siendo todo un referente de la cultura nipona: allí su cine es fácilmente accesible en DVD y sus libros todavía resisten en los estantes de las librerías [3]–.

Nació en pleno auge del militarismo en su país (1935) y presumió siempre de aquella “universidad de la calle” a la que asistió tras verse obligado a abandonar los estudios y guardar reposo en un hospital de Tokio, aquejado como estaba de una nefritis que degeneraría en cirrosis. El complejo médico se hallaba ubicado en el barrio de Shinjuku, el corazón de la bestia contracultural nipona a mediados de los sesenta. Allí fuera, ¡tan cerca!, estaba pasando todo lo que merecía la pena.

Así que al abandonar los pasillos y las paredes blancas apenas tuvo que cruzar la calle para fundar un grupo de teatro al que bautizó como Tenjo-sajiki (algo así como Los niños del paraíso), una compañía con la que giró hasta lugares tan distantes como Londres a finales de los setenta. Terayama no se cansó de llamar a la Revolución –esa que nunca llegó, esa que nunca llegará– y de pedirles a los adolescentes lo que se suponía que un adolescente debía hacer: desobedecer, siquiera de vez en cuando. Aprender a disentir. Olvidarse de los libros una temporada y abrir los ojos a lo que estaba pasando a su alrededor.

Su figura puede recordar –en su rol de baluarte del pensamiento de izquierdas y hombre multidisciplinar– a la de Pier Paolo Pasolini, y la forma de rodar su Tiremos los libros, salgamos a la calle a la también altamente experimental y loquísima Funeral Parade of Roses (Bara no soretsu, 1969) de Toshio Matsumoto. También, estirando un poco, nos hallaríamos ante uno de los indudables padres putativos de Sion Sono. Aunque al lado del cine radical que se practicaba en su país hace 45 años… las de Sono puedan tildarse de esmeradas muestras de cine comercial.

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Notas:

  1. http://contrapicado.net/tag/yukio-mishima/
  2. ‘El cine japonés. Capítulo VII: 1973-1980. Fin de los experimentos y emergencia de los nuevos independientes’, de Max Tessier. Pág. 75. 
  3. http://www.bfi.org.uk/news-opinion/sight-sound-magazine/features/where-mountain-meets-street-terayama-shuji
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Duelos y quebrantos del día en que nací al cine

Las epifanías infantiles acostumbran a estar ligadas al placer. A un gozo inenarrable o a una satisfacción incipiente (del sentimiento de culpabilidad asociado sólo hablo con mi psicólogo). No sabemos por qué, pero algo que hasta entonces hacíamos de manera repetitiva e inconsciente cobra de repente un significado mayor. Los recuerdos que almacenamos de manera aparentemente caprichosa resultan ser caídas del caballo: el día en el que descubrí que ya no me gustaba mojar las magdalenas en el vaso de leche -pobre Proust-, la tarde en que comenzó a ser aburrido jugar a las canicas, el primer cuaderno de cromos que se quedó a medio completar. ¿Hastío existencial a los siete años?

Siempre hay una madre (¡jodido Edipo!). La mía fue la última generación que se pudo permitir el lujo de tener amas de casa dispuestas a inmolarse entre fogones y coladas y una figura paterna forzosamente diluida; aquél héroe sudado que llegaba reventado a la hora de cenar, te hacía tres preguntas rituales y caída derrengado frente al televisor.

Por razones de salud mental, mi vieja cogió por costumbre llevarme los domingos al primer pase de tarde de la Filmoteca, aquellas sesiones calificadas como infantiles y que tanto he llegado a odiar en mi edad adulta (padres treintañeros hablando de chupetes, hipotecas y vasectomías, enanos huyendo por el pasillo tras patear al hermano, un gremlin berreando como si fuese el protagonista de una ‘peli’ de Miike).

Por aquel entonces los programadores andaban obsesionados con Chaplin. Y mi madre estaba convencida de que se podía educar a un niño a base de pieles de plátano, trompicones y tartazos en pleno rostro. Aquella violencia centrípeta del cine silente, un paraíso de destrucción y caos para mocosos educados a golpe de alpargata y colleja traicionera. Putos ochenta.

Se acabaron las selecciones de cortos y comenzaron a pasar sus películas. Y allí estaba yo un domingo cualquiera, enfrentado nada más y nada menos que a La quimera del oro (The Gold Rush, 1925). “Una película divertidísima”, aseguraba una y otra vez mi progenitora, como si tuviese que convencerme de algo. Y me reí, sí. Aunque el momento que mejor recuerdo, y al que tantas veces he vuelto desde aquella primera vez, no me hizo ninguna gracia.

De la odisea invernal de Charlot no me quedo con el baile de los panes, ni con la preparación de la mesa para la cena de Nochevieja. No. Es una escena de un patetismo descarnado en un salón destartalado. El protagonista tiene problemas con sus pantalones y en una maniobra desesperada se hace con una cuerda que se enrolla a la cintura, sin percatarse que en el extremo… hay un perro atado. Y de esta guisa danza con la chica de sus sueños, tremendamente digno a pesar del escarnio general.

Dios, qué tristeza, qué puñetera congoja. Cuantas más risas escuchaba, más ganas tenía yo de llorar. ¿Es que nadie iba a decirle nada? ¿Era necesaria tanta crueldad? Y lo que resultaba todavía más inquietante… ¿qué lo hacía “divertido”?

Moraleja barojiana. Descubrí el cine el mismo día en que empezó a pervertir mi sensualidad, la tarde en la que se coló entre tanta carcajada la certeza de que los cómicos sólo triunfan a 18 fotogramas por segundo, pena infinita y adelanto impúdico de eso que llamamos vida.

 

Jorge-Mauro de Pedro escribe habitualmente en La Vanguardia Digital, donde coordina y guioniza la sección semanal ‘Estrenos Now!’.

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