Archivo del Autor: Javier Osuna Jara

Las Confesiones (Le confessioni, Roberto Andò, 2016)

La redención del capitalismo

Los líderes mundiales del G8 y su tropa de asesores y «expertos» se reúnen unos días en un lujoso hotel de la costa alemana con Daniel Roché (Daniel Auteuil), el jefe del Fondo Monetario Internacional. A la reunión acuden tres invitados: una estrella de la música americana (Johan Heldenbergh) y una exitosa escritora infantil británica (Connie Nielsen), ambos activistas por el desarrollo; y un misterioso monje italiano (Toni Servillo), invitado personalmente por el propio Roché. La primera noche, Roché pide al monje que le confiese. A la mañana siguiente encuentran al jefe del FMI muerto, con una bolsa de plástico en la cabeza y ninguna nota. La misteriosa muerte del economista provoca los recelos de los líderes mundiales, que empiezan a sospechar que un importante secreto sobre sus operaciones económicas y sus intenciones políticas puede estar puesto en peligro.

Roberto Andò crea de esta manera un escenario que recuerda a las tramas detectivescas de Agatha Christie: un espacio (lujoso) donde se produce una muerte misteriosa, desconfianzas entre los personajes, juego de secretos e intereses y la necesidad de resolver un misterio. Sin embargo, esta suerte de “Cluedo” acaba por ser solo una ilusión momentánea abandonada con extrema rapidez: la cuestión de si ha sido suicidio o asesinato y, en cuyo caso, quién es el verdugo, se resuelve más rápido de lo que cabría esperar, girando toda la tensión a la cuestión del secreto de los líderes y la operación que se traen entre manos.

El misterioso monje, conocedor del secreto, se conforma así como una especie de activista antisistema que busca evitar la injusticia política apelando a la ética, la moral y el buen hacer, de una manera muy acorde a su condición religiosa. Lo que comenzó siendo un thriller al estilo de  El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986) muta rápidamente a una suerte de El escritor (Roman Polanski, 2010).

El discurso de Las confesiones es, evidentemente, fruto del contexto socioeconómico de esta ya casi mitológica Europa de la «crisis» en la que nos hemos acostumbrado a que de las grandes reuniones económicas salgan medidas represivas contra los derechos de los ciudadanos; tanto es así que, durante todo el tiempo en el que la gran operación es un secreto que casi avergüenza a quien lo pronuncia en alto, cuesta imaginar algo que sea mucho peor que la mayoría de las medidas que ya hemos visto en acción.

En un tiempo de profundo desencanto con las instituciones y los políticos, Andò juega la desconcertante carta de apostar por la redención de los mismos, dejando que sea un miembro del estamento religioso quien se erija como héroe —por momentos incluso como superhéroe— en una trama en la que la resolución final pasa por la buena actuación de unos pocos líderes dentro del G8 y su capacidad de empatía y «buen hacer» cristiano.

El manejo del suspense y el juego de tiempos con lo que se muestra —la confesión entre el monje y Roché, por ejemplo, se resuelve mediante fragmentos analépticos colocados a lo largo del metraje— y lo que se dice, consiguen crear un thriller interesante por el que no cuesta transitar y que puede cumplir con facilidad la mayoría de expectativas de un aficionado al género. Como relato social o mensaje de esperanza y redención hacia los «buenos poderosos» en estos tiempos de neoliberalismo salvaje, el fracaso es mucho más estrepitoso. Las confesiones termina por articular un peligroso discurso en el que el sistema no se pone en cuestionamiento en ningún momento, en el que los «fallos» y malas praxis —que se traducen en muertes, hambre y miseria de esas cifras que, a veces, llaman «ciudadanos»— son consecuencia de malas personas y, por lo tanto, solucionable con un simple cambio de nombres que aporte líderes con mayor sentido de la ética. Casi parece una adaptación cinematográfica de aquel discurso en el que Sarkozy proponía «refundar el capitalismo».

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Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017)

Una saga inagotable

Alien: Covenant es la segunda parte de Prometheus (Ridley Scott, 2012), que a su vez es precuela de lo que sucede en la saga de Alien (Alien: el octavo pasajero (Scott, 1979); Aliens (James Cameron, 1986); Alien 3 (David Fincher, 1992) y Alien: resurrección (Jean-Pierre Jeunet, 1997). Todo un batiburrillo de entregas fragmentadas y desordenadas de un universo cinematográfico, acorde con las nuevas prácticas de producción en las que las películas parecen más pensadas como capítulos dentro de una serie que como objetos fílmicos acabados e independientes.

La nueva película de Ridley Scott nos sitúa en el año 2104, diez años después de los hechos acontecidos en Prometheus y dieciocho antes de que la Teniente Ripley comande la Nostromo. La nave USS Covenant se dirige hacia un lejano planeta, aparentemente habitable, en misión de colonización, llevando 2.000 colonos, otros tantos embriones y una tripulación. Mientras todos realizan el largo viaje en hipersueño, un robot humanoide, Walter (Michael Fassbender), se encarga de manejar los sistemas. Tras un accidente, la tripulación despierta y cambian el rumbo de la nave hacia un planeta más cercano con mayor posibilidad de albergar vida. Cuando aterrizan descubren los restos de una civilización destruida, a David (Michael Fassbender), el robot y único superviviente de la nave Prometheus, y a unas criaturas indeseables: los xenomorfos.

Alien: Covenant repite todos los esquemas narrativos de sus predecesoras: la tripulación de una nave se topa con los xenomorfos, que poco a poco van desarrollándose y atacando, reduciendo al grupo cada vez más, con una protagonista femenina con altas habilidades para sobrevivir, Daniels (Katherine Watson), cuyo protagonismo está, en esta entrega, diluido a los niveles mínimos de toda la saga. El gran peso, en cuanto a importancia de su personaje, recae en los dos humanoides interpretados por Fassbender, que parece ser el nexo de unión entre las nuevas entregas de la saga, como lo fue el personaje de Ripley (Sigourney Weaver) en las anteriores.


Scott no arriesga, apuesta por una reutilización de elementos de la saga y de los géneros de terror y de ciencia ficción —el monstruo que ataca al grupo, la nave espacial que sufre complicaciones, el aterrizaje de extremo riesgo, el robot que se revela, la huida, etc.— y acierta. Consigue crear una atmósfera algo más cercana a la entrega original (la película que menos pirotecnia ha empleado de todas y la que, probablemente, más tensión y suspense ha conseguido generar), en cuanto al manejo de los tiempos y el no-abuso de la presencia de los aliens. Sin embargo, sigue estando más próxima a Prometheus en cuanto al aura de misticismo metafísico que hay alrededor de la trama de los Ingenieros (de dónde viene el ser humano). Trama que, parece, se inició en Prometheus a fin de alejar el tono de estas nuevas entregas del de las originales, pero que en Alien: Covenant queda mucho más diluida y casi entorpece más que complementa.

Esta es la sexta entrega de una saga que comenzó hace treinta y ocho años. Hay otras sagas —y habrá aún más— que pueden presumir de estos números, e incluso de mejores (pienso en el universo Star Trek y sus trece películas, por ejemplo), pero no hay tantas que puedan presumir de mantener un buen nivel en casi todas sus entregas (no tengo más remedio que excluir aquí al Alien: resurrección de Jeunet) y, sobre todo, de no dar síntomas de agotamiento. Las películas de Alien funcionan con una serie de elementos estructurales que, aunque son sólidos pilares sobre los que construir las tramas, permiten variaciones que evitan relativamente el encasillamiento y la repetición: el xenomorfo, por ejemplo, no ha sido igual en ninguna de las películas en las que ha salido.

Está claro que para las nuevas entregas es casi imposible competir con el encanto nostálgico y pionero de la primera. Tampoco parece que Scott lo pretenda en esta saga precuela que se dedica a seguir explorando un universo cinematográfico tremendamente rico, y que, aparentemente, no acaba aquí. Estaremos esperando.

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Bajo el sol (Zvizdan, Dalibor Matanic, 2015)

Los veranos del amor

Una pareja joven se relaja en un lago mientras ríen, se revuelcan y hablan de sus inmediatos proyectos de escapar del mundo rural a la gran ciudad, bañados por la luz del atardecer veraniego que tanto invita a pensar en una nueva vida. Así comienza Bajo el sol, la última película de Dalibor Matanic, una cinta que relata tres historias separadas entre sí diez años, siempre con la relación entre un hombre y una mujer como protagonista.

La primera historia es la de Jelena e Ivan, dos enamorados que deciden dejarlo todo para irse a iniciar una nueva vida a Zagreb. El hecho de que Jelena sea serbia e Iván croata, los convierte en una suerte de Montesco y Capuleto que tendrán que luchar, más allá de rivalidades familiares, contra rivalidades étnicas, en pleno inicio de la Guerra de Croacia. Diez años más tarde, en 2001, Natasa, una joven serbia, vuelve a su casa destruida junto a su madre. Ante, un obrero croata, será el encargado de ayudarles con las reformas y, de nuevo, enfrentar los odios, los rencores tanto como la pasión y el afecto. El siguiente salto nos sitúa en 2011, cuando Luka, croata, vuelve a su pueblo natal después de una larga ausencia. Allí, además del reencuentro con su familia y amigos, tendrá que enfrentar el reencuentro con Marija, una serbia con la que comparte mucho más que una antigua relación.

Las tres historias tienen varios elementos comunes: la ubicación en la zona rural fronteriza entre Serbia y Croacia, el conflicto entre los dos países definiendo las relaciones, o la juventud de los protagonistas; pero, quizás, el más llamativo sea el de que las tres comparten reparto interpretando diferentes personajes. Tihana Lazovic es Jelena, Natasa y Marija: la chica serbia; mientras que Goran Markovic es Ivan, Ante y Luka: el chico croata. También los papeles secundarios de las tres historias están siempre interpretados por los mismos actores y actrices. Esto invita a la elucubración de que esta decisión, más allá de ser un recurso estético o una simplificación de la producción, tenga un significado o una intención narrativa. Quizás son los mismos actores porque no son casos particulares que le pasan a dos individuos aislados, sino que aquella chica serbia que tuvo un trauma por estar relacionada con alguien de una nación rival encarna a todas aquellas chicas que alguna vez pasaron por el mismo trauma. Como si existiera una especie de herencia del conflicto a través de las generaciones que, por otra parte, queda reflejada en la permanencia en el tiempo del mismo, a través de las décadas y, por lo tanto, de las generaciones.

Otro de los elementos comunes en los tres episodios de la película es la colocación temporal de los relatos en el verano. Las tres narraciones tienen lugar en el tiempo del amor juvenil, pasional, efímero, radical e intenso por excelencia. Desde el título se marca la importancia del estío en la obra, que marca todo el dispositivo visual de la misma, resultando una fotografía cálida con mucha presencia de los siempre agradecidos atardeceres. El verano en Bajo el sol —el duro verano del interior de los países mediterráneos— es el elemento perfecto para crear un ambiente a la vez bucólico y opresor, de esperanza de cambio y frustración por el estatismo, de oportunidades y de aburrimiento, de amor y de desamor, de nostalgia y de rencor. Entre esos polos juegan los tres relatos. Entre esos extremos se intentan relacionar unos personajes a los que unos condicionantes externos demasiado poderosos y duraderos en el tiempo no les dejan vivir, pensar, sentir y, sobre todo, amar como quieren.

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La excepción a la regla (Rules Don’t Apply, Warren Beatty, 2016)

Con más regla que excepción

Warren Beatty vuelve al cine después de casi quince años de ausencia con La excepción a la regla, película que escribe, dirige y protagoniza. Beatty echa la vista atrás, al Hollywood de finales de los años cincuenta, para contarnos el episodio final de la vida del excéntrico y multimillonario Howard Hughes, empresario, director de cine, ingeniero y piloto de aviones, cuya llamativa biografía fue llevada al cine por Martin Scorsese en El aviador (2004).

Marla Mabrey (Lily Collins) es una de las muchas chicas que llega a Hollywood para probar fortuna en el mundo del espectáculo, contratada por Hughes (Warren Beatty) como una de tantas actrices a las que mantiene en nómina y vigila, a cambio de la esperanza de una prueba y un papel. Su chófer y asistente designado por Hughes, Frank Forbes (Alden Ehrenreich), comparte con la chica ser un recién llegado a la ciudad y su impaciencia por conocer al excéntrico y misterioso personaje.

La excepción a la regla muestra a un Howard Hughes ya mayor, cuyas excentricidades traspasan el límite de la cordura, dejando continuamente en entredicho sus aptitudes sociales. Tanto Marla como Frank tendrán que lidiar con la demencia, y es esta lucha la que marca el devenir no solo de la relación con su jefe, sino de su relación entre ellos. Relaciones que acaban por conformar un triángulo amoroso en el que la chica se convierte en amante insostenible de Hughes y, a la vez, en amante imposible de Frank.

Este triángulo amoroso se entremezcla con el relato biográfico de la etapa vital en la que Hughes lucha por evitar su internamiento en un psiquiátrico y por mostrar a la opinión pública americana, así como a sus socios de negocios, que su salud mental es mejor de lo que es. Ambos relatos no se desarrollan con un paralelismo natural y orgánico que permita avanzar por una trama y una subtrama, sino que, por el contrario, cuando se centra la atención en una, la otra desaparece, y viceversa: Hughes tarda un buen rato en aparecer en pantalla, pareciendo que va a quedar como un personaje en fuera de campo que permita vincular a los dos jóvenes y su relación prohibida. Posteriormente, durante el segundo acto, es el personaje de Marla el que desaparece, centrándose todo en los problemas empresariales y vitales de Hughes. Esto imprime a la película un ritmo extraño pero, sobre todo, una falta de enfoque narrativo que dificulta no solo la empatía con los personajes, sino el interés sobre sus acciones.

Beatty ha tratado de apelar a la nostalgia romántica, al idealizado ocaso de Hollywood antes del colapso del sistema de los estudios y el fin del cine clásico. A la figura de uno de esos «grandes hombres del cine» que manejaban los hilos, algo que ahora, cuando las productoras cinematográficas son una especie de matrioska de empresas y conglomerados de todos los sectores industriales, se ve tan lejano. Y al discurso, también, del sueño americano, de dos chicos de pueblo que se van a la gran ciudad a forjar su prosperidad. El resultado es una película extremadamente tibia e insulsa, una interpelación al pasado vacía y casi redundante, una colección de tópicos y lugares comunes que ni siquiera la presencia de una figura histórica tan singular e irrepetible es capaz de romper. En esta ocasión, al menos, el avión diseñado por Beatty no ha conseguido alzar el vuelo.

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El bebé jefazo (The Boss Baby, Tom McGrath, 2017)

Si los niños llegaran con un memorándum bajo el brazo

Tim es un niño de siete años que disfruta de la infancia más idílica que un director pueda soñar. Un chico con una imaginación desbordante, que convierte cada rincón de su casa en una aventura y cada aventura en un juego. Es el único hijo de unos padres extremadamente afectivos, de los que no tienen inconveniente en arropar a su hijo cada noche con cuentos, canciones y abrazos, y que, para colmo, tienen el “mejor trabajo del mundo” en el departamento de marketing de una empresa de cachorritos. La vida de Tim es inmejorable, hasta que llega un nuevo miembro a la familia: su hermano. Tim, tras ver como la extrema atención de sus padres se desvía al nuevo miembro de la familia, será el único de la casa que parezca notar algo raro en el bebé, que llega en taxi, con traje y corbata y un maletín. Pronto descubrirá que no es un bebé normal, sino un ejecutivo de la empresa “Baby Corp.”, cuyo objetivo es solucionar un problema gravísimo para la empresa: los bebés pierden amor por culpa de los cachorritos.

El bebé jefazo es la última apuesta de Dreamworks por el cine de animación familiar, dirigida por Tom McGrath, que fue el encargado de darle vida a la trilogía de Madagascar (2005, 2008, 2012) y a Megamind (2010). Una película que apuesta por la fórmula de buddy movie: personajes que no se llevan bien (los dos hermanos) obligados a colaborar por un objetivo común.

En El bebé jefazo, Dreamworks arriesga con la introducción de un elemento original que sorprenda y aporte la posibilidad de crear un universo único que se salga de los lugares comunes del género, algo que, por otra parte, es una de las grandes habilidades de la factoría Pixar, que parece seguir siendo el rival a batir en el mercado euro-estadounidense de la animación. En este caso, la empresa de bebés, sus ejecutivos y la explicación de sus lógicas (algo que se resuelve de manera bastante fluida durante la acción y no mediante el abuso de “escenas-tutoriales”) copa prácticamente la primera parte de la película. El resto de la apuesta se vuelca en la acción, en la misión que Tim y su hermano deben saldar aprendiendo a cooperar y utilizando sus habilidades de juego, algo vital para el ritmo y el tono de una película familiar. 

El humor, por supuesto, es otro de los ingredientes irrenunciables. En El bebé jefazo, como cabe esperar, casi todo el peso humorístico recae en el personaje del bebé, haciendo una revisión de un recurso cómico tan antiguo y básico, aunque no por ello menos efectivo, como es el del niño comportándose como un adulto.

Tampoco faltan en esta película la moraleja ni, desgraciadamente, la moralina. Peripecias, chistes y originalidades aparte, El bebé jefazo es, en esencia, un relato sobre la llegada de un hermano pequeño a la vida de un hijo único, la convivencia entre ellos, el amor, el afecto y la familia. Algo que aquí se explora con ingentes cantidades de edulcorante que hará a más de uno superar los niveles de azúcar que su cuerpo tolera. Si aquel Shrek (Vicky Jenson y Andrew Adamson, 2001) supuso la puerta a un nuevo estilo narrativo de animación, fresco, en el que los tópicos y los clichés que se venían arrastrando (especialmente de la mano de Disney) eran cuestionados y parodiados; en este El bebé jefazo, Dreamworks deshace el camino andado, devolviendo a la animación infantil el tratamiento de grandes cuestiones como el amor y la amistad a través de una serie de tópicos extremadamente ñoños.

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A la vuelta de la esquina (Rosalie Blum, Julien Rappeneau, 2015)

Acósame si puedes

Vicent Machot (Kyan Khojandi) es uno de esos tipos al que la vida no le depara ningún sobresalto. Su día transcurre matemáticamente entre su puesto de trabajo, la peluquería que heredó de su padre, sus conversaciones con su primo y mejor amigo, sus cuidados a su madre (Anémone), su gato y su infructífera y terminal relación a distancia. Un día se cruza con Rosalie Blum (Noémi Lvovsky), una tendera que le genera una obsesión tan grande que empieza a seguirla allá donde va. Aude (Alice Isaaz) es la sobrina de Rosalie, una joven que ha abandonado los estudios y la relación con sus padres. Al reencontrarse con su tía, esta le cuenta que un hombre la sigue a todas partes y le pide que comience ella a seguirle también a él. Este peculiar triángulo de espionajes y obsesiones por desconocidos es A la vuelta de la esquina (Rosalie Blum), una película de Julien Rappeneau en la que se explora las relaciones entre personas cuyas vidas tediosas y monótonas acuden a la mínima señal de variación para emprender una aventura.

La estructura de la película está dividida de tal forma que las apariciones de Vincent y Aude se suceden en forma de dos capítulos en los que el segundo comienza en el mismo momento que el primero, explorando el mismo período de tiempo desde puntos de vista diferentes, por lo que el triángulo de relaciones no se configura hasta la aparición de Aude y su vinculación con Rosalie. Esta estructura, que desemboca en un segundo y tercer acto en el que se olvidan los capítulos y la diversidad de puntos de vista para que confluyan los tres personajes en una sola focalización; permite la creación de un tono inicial de incertidumbre. Casi podría decirse que la primera parte del film juega al despiste con algunos elementos de suspense. Al romperse este juego y estar todas las cartas sobre la mesa, la película evoluciona hacia una comedia romántica más tradicional, en la que el binomio “chico conoce chica” tiene un vértice añadido.

Este cambio de tono —que más bien podría considerarse como una matización del mismo, porque los tintes de comedia romántica ya los apunta desde el principio— provoca una pérdida de originalidad de la que la película ya no consigue recuperarse.[1] Intenta suplir la falta de trama con el mayor protagonismo de una serie de extravagantes y cómicos personajes secundarios (la madre de Vincent, las amigas de Aude y su compañero de piso) que, si bien aportan algún momento de sonrisa y carcajada, no hacen avanzar el relato ni lo dotan de consistencia. Quedan reducidos a alivios cómicos bastante dignos.

En el tercer acto, hay una serie de piruetas emocionales y cambios de motivación en los personajes (que no desvelaremos por conservar algo de misterio), pero que, en cualquier caso, parecen recursos forzados y algo incoherentes para poder concluir con un final determinado. La sensación es que la película pierde el rumbo en el primer punto de giro y, a partir de ahí, va improvisando y reconstruyendo giros sobre clichés con el único propósito de alcanzar una conclusión feliz, que concuerde, eso sí, con el tono amable y “mágico”[2] que desarrolla todo el film.

En definitiva, A la vuelta de la esquina (Rosalie Blum) es una película que comienza con una propuesta interesante, entretenida y original, un planteamiento que supone un juego narrativo bastante estimulante, pero al que va renunciando poco a poco durante su transcurso, en un ir de más a menos que evita que el estímulo inicial se realice completamente.

[1] Desconozco cuánto de esta planificación narrativa es heredada del cómic original de Camille Jourdy, en el que se basa el guion, por tanto, es difícil atribuir responsabilidades.

[2] Utilizando el adjetivo con el significado que se le da al referirse tópicamente a las comedias románticas (especialmente las francesas) en las que todo termina por salir bien por imposible que pueda parecer en algún momento.

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Últimos días en el desierto (Last Days in the Desert, Rodrigo García, 2015)

Vagando hacia ninguna parte

Últimos días en el desierto relata el pasaje bíblico en el cual se produce el peregrinaje de Jesucristo por el desierto. Ewan McGregor da vida a Jesús en su vagar, esperando la llamada de Dios para encontrar el sentido a su viaje en ayunas hacia ninguna parte. Durante este ir y venir entre paisajes terrosos y áridos, Jesucristo tendrá que enfrentarse a algo aún más peligroso que el sol, el hambre o la sed: las tentaciones del diablo, personaje que también encarna el propio McGregor. En su caminar, el hijo de Dios se cruza con una familia, una pareja y su hijo, que luchan por sobrevivir al agresivo entorno y a la enfermedad. Jesús permanecerá con ellos, ayudándoles en sus tareas y resistiéndose a un diablo que no se lo pondrá fácil.

La dirección de Últimos días en el desierto corre a cargo de Rodrigo García, director colombiano que ha empleado la práctica totalidad de su carrera colaborando en grandes proyectos televisivos estadounidenses, como Los Soprano[1], A dos metros bajo tierra[2] o Carnivàle[3], y que afronta con el presente filme, su séptimo largometraje. Parece, a pesar de ello, tratarse de un director con poca presencia autoral en su trabajo, más cercano a la figura de un artesano profesional que a la de un autor con fuerte personalidad. La falta de un estilo fuerte desde la dirección, puede ser el factor que determine que la gran presencia estética que marca una forma reconocible en la película, venga de otro departamento de la producción del filme, concretamente, desde la dirección de fotografía.

A nadie se le escapa, a poco que transcurren unas pocas escenas de la película, que tras la fotografía de Últimos días en el desierto se encuentra el aclamado Emmanuel Lubezki, al menos, no para quién sepa intuir el reconocible estilo del director de fotografía mejicano. Imágenes en las que el paisaje cobra un gran protagonismo, en el que las formas trazan unas líneas de fuga que sitúan el horizonte casi en el infinito, donde se juega continuamente con las fotogénicas luces del amanecer y el atardecer. Una fotografía que en las escenas nocturnas apuesta por la arriesgada, aunque bellísima, iluminación natural mediante velas y hogueras. En definitiva, todas las marcas que Lubezki imprime en sus películas que permiten reconocer una manera de hacer.

Hay algo llamativo en el estilo de Lubezki. Algo que se puede observar en sus últimas colaboraciones. Uno podría pensar que un director de fotografía, incluso uno con un hábito de trabajo tan claro como el suyo, solo influiría en el apartado visual de la cinta, en su “estética”. Sin embargo, las películas con participación del mejicano suelen tener algo más, su estilo parece afectar a toda la narrativa de la obra; como si ese uso de la luz y del espacio solo pudiera dar cabida a un cine “trascendental”, metafísico, en el que personajes vagan contra los elementos y los diálogos, que se vuelven escasos, solo pudieran emitirse mediante susurros. Piensen en El Renacido (Iñárritu, 2015), en Gravity (Cuarón, 2013) y, sobre todo, en el cine de Terrence Malick, que es donde parece que se sitúa el origen de su estilo.

Últimos días en el desierto sigue esta lógica de explorar lo místico y lo humano “a lo Malick”, con su estilo visual, pero también con su estilo narrativo. McGregor camina, sufre y susurra. Ayuda a quien lo necesita y resiste al mal. La historia la sabemos, también su desenlace, al que nos lleva una elipsis que nos transporta de las puertas de Jerusalén a la cruz. En la última escena se introduce una coda, un salto al presente en el que unos turistas se fotografían en el valle donde dos mil años atrás se hallaba el sepulto del hijo de Dios: ¿Crítica a la frivolidad?, ¿reivindicación de una figura que considera García no está debidamente puesta en valor? Queda abierto a interpretaciones.

[1] The Sopranos (David Chase, 1999-2007)

[2] Six Feet Under (Alan Ball, 2001-2005)

[3] Ídem (Daniel Knauf, 2003-2005)

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La comunidad de los corazones rotos (Asphalte, Samuel Benchetrit, 2015)

La soledad llama a hacerse compañía

Un edificio cuya fachada indica que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se preocupó por repararlo. Gris, como el cielo de cualquier barrio anónimo de extrarradio en el invierno francés. Este es el emplazamiento en el que van a sucederse una serie de encuentros curiosos. Esta es La comunidad de los corazones rotos. La película de Samuel Benchetrit, basada en la novela “Corazones de asfalto”, del propio Benchetrit, nos presenta las historias de tres extrañas parejas. La conjunción de personajes que, a priori, son incompatibles, lleva dando frutos en multitud de géneros cinematográficos desde el principio de los tiempos: desde las parejas cómicas del slapstick, hasta las buddy movies policiacas o de acción, pasando por las incombustibles comedias románticas. La comunidad de los corazones rotos no explora de manera purista ninguno de estos géneros, sino que transita entre el drama de seis personas solitarias y la comedia de la convivencia entre desconocidos.

Sternkowitz (Gustave Kervern) es un grandullón solitario que tiene la mala fortuna de sufrir una lesión en las piernas justo después de ser el único vecino en oponerse a pagar el arreglo del ascensor y estar vetado a su uso. La utilización clandestina del ascensor le obliga a salir de madrugada a buscar comida en las máquinas del hospital cercano donde conoce a una enfermera (Valéria Bruni-Tedeschi) que acostumbra a salir a fumar en el descanso de sus guardias.

Jeanne Meyer (Isabelle Huppert) es una actriz venida a menos que decide mudarse al edificio mientras experimenta un tiempo muerto en su carrera profesional. Allí conoce a su vecino de enfrente, Charly (Jules Benchetrit), un adolescente que subsiste sin más presencia materna que una nota y un poco de dinero.

La señora Hamida (Tassadit Mandi) vive sola en compañía de la televisión y las telenovelas hasta que recibe la más extraña de las visitas: la de John McKenzie (Michael Pitt) un astronauta de la NASA que en su retorno del espacio aterriza en la azotea.

El amor entre mentiras e inseguridades de Sternkowitz y la enfermera, la extraña conversión de los encuentros entre Jeanne y Charly en momentos materno-filiales, y la comprensión emocional —a pesar de la incomprensión idiomática— entre Hamida y McKenzie, son las tres peculiares relaciones que se configuran a partir de una base común: la necesidad del otro que sufre un corazón solitario. Tres encuentros entre polos opuestos que, como tales, se atraen necesariamente, en torno a los que gira una cinta sin moralejas ni finales felices. Incluso podría decirse que sin finales de ningún tipo, porque la vida —siempre que no intervenga la muerte— no se acaba: cambia y continúa, y nunca se sabe si una despedida va a convertirse en reencuentro o un encuentro en despedida.

La película va intercalando las historias casi a modo de gags largos, con un tono humorístico con cierto aire de extrañamiento e, incluso, de surrealismo. Un humor muy similar al explotado en el cine del director sueco Roy Andersson[1]. También la factura visual de la película de Benchetrit es similar a la del cine de Andersson, con planos fijos y relativamente abiertos, una composición normalmente estática, interpretaciones sólidas y serias (pese a estar experimentando en ocasiones momentos cómicos) y una paleta de color que tiende a los grises y a la desaturación.

La comunidad de los corazones rotos es una ventana por la que asomarse brevemente a cómo vivimos y gestionamos la soledad. Es un viaje por la construcción de una relación desde sus cimientos, asistiendo a las pequeñas comodidades y confianzas que van surgiendo de la tensión incómoda del desconocimiento. Es una comedia que no está pensada para aliviar un momento dramático, sino para acompañarlo indisociablemente. Una película irónica, que consigue la empatía y la ternura hacia sus personajes sin un ápice de compasión, lo cual, es mucho.

[1] Guionista y director de Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron, 2014) y La comedia de la vida (Du Levande, 2007), entre otras.

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Doña Clara (Aquarius, Kleber Mendonça Filho, 2016)

Amar en tiempos del dinero

Doña Clara (Sonia Braga) es una crítica musical retirada que, a sus 65 años, vive en su casa de toda la vida, en el edificio Aquarius, frente a una de las playas de Recife. Una empresa constructora ha comprado todo el viejo edificio de apartamentos para derribarlo y construir un nuevo proyecto. Clara, como aquellos irreductibles galos, resiste y se niega a abandonar su casa, aunque ello suponga un fuerte enfrentamiento con la empresa.

El director Kleber Mendonça Filho ha declarado que la idea para llevar a cabo Doña Clara le vino tras recibir varias llamadas de teleoperadores intentando venderle suscripciones. “Me sentí atacado por el mercado, que obliga a la gente a comprar cosas que no quieren”. En efecto, a Clara el mercado y el “progreso” le obligan a hacer algo que no quiere: desprenderse de sus raíces en virtud del beneficio del capitalista de turno. Su oposición al cambio, sin embargo, no es fruto de una mentalidad reaccionaria que tome por mantra aquello de “lo antiguo es siempre mejor que lo nuevo”. Esto queda magistralmente expuesto cuando, al atender una entrevista en su casa, rodeada de una inmensa colección de vinilos y cintas de cassette que haría las delicias de cualquier melómano, explica que no tiene ningún reparo en utilizar también formatos digitales, reproductores portátiles o consumir música en streaming. La tradición y la modernidad, el apego por las raíces y el disfrute de lo que la modernidad aporta, conviven casi de manera utópica en Clara.

En efecto, Clara es una suerte de Juana de Arco que lucha contra el mercado y transmite una lección de la importancia del afecto a los lugares, a los momentos y a los objetos —afecto, este último, especialmente presente en la película—, por encima de la importancia del dinero. No es menos cierto, sin embargo, que es una mujer económicamente acomodada, que vive en un buen barrio, que cuenta con una asistenta y que, en definitiva, puede permitirse —en el sentido económico de la palabra— rechazar suculentas cantidades de dinero. Creo que es importante tener esto presente, puesto que no es lo mismo poder luchar por tu dignidad que tener que luchar por tu dignidad, como podría ser el caso de la estupenda La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993) en la que una comunidad de vecinos de uno de los barrios más pobres de Bogotá deben enfrentarse, como Clara, al especulador capitalista. Digo esto, no como motivo de menosprecio a la película de Mendonça Filho, sino como invitación a la reflexión sobre cómo representamos las realidades, sobre qué implicaciones tiene que, cuando un director de un país con tanta desigualdad como Brasil decide contar una historia sobre oposición al capital, la sitúe en un contexto socioeconómico determinado y no en otro, y cómo puede afectar esto al discurso.

Mendonça Filho construye sabiamente su particular edificio imagen tras imagen. Lo llena de elementos visuales de los que nos suelen gustar a todos, como habitaciones acogedoras, estanterías llenas de música, un tocadiscos o una vieja cómoda llena de historias. Lo hace habitar por personajes fáciles de querer, ya sea por su constante amabilidad y ternura en el trato, o porque, de un modo u otro, todos son guapos y agradables de ver. Lo sitúa en primera línea de una playa tropical, inundando sus ventanas con la inimitable luz que otorga el sol veraniego en los parajes costeros. Y, por si fuera poco, hace sonar una bella selección musical, propia del lugar donde vive una apasionada de la música. ¿Quién no iba a querer, en estas condiciones, quedarse a vivir y a resistir por siempre en el Aquarius?

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Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017)

Vuelve el rey

Después de rescatar a Godzilla en el 2014, Warners Bros. y Legendary Pictures vuelven a traer a la pantalla a uno de los grandes monstruos del cine, el legendario King Kong. El gorila de proporciones desorbitadas fue una de las primeras criaturas en habitar lo que luego se ha denominado como «cine de monstruos», que conforma por sí solo una suerte de subgénero híbrido entre acción y aventuras. Desde aquella primera versión de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack estrenada en 1933, son innumerables los remakes, adaptaciones y guiños que se le han hecho, por lo que, para afrontar una nueva cinta sobre el legendario animal, había que introducir alguna variación.

Kong: La Isla Calavera toma el testigo del King Kong de Peter Jackson (2005), que supuso la irrupción de la animación y la imagen digital en la historia de Kong. Esta nueva película, dirigida por Jordan Vogt-Roberts —un director con escaso recorrido en la industria cinematográfica de los que suele gustar para poner al frente de un blockbuster en el que la autoría del realizador es lo de menos—, ahonda en el uso de la técnica digital, llenando la película de paisajes, criaturas y movimientos de cámara imposibles en los que se intuye la pantalla verde.

La trama de Kong: La Isla Calavera da un cambio significativo con respecto al clásico de 1933 y la película de Jackson. Esta vez no nos encontramos ante un equipo de rodaje que visita una isla en busca de localizaciones y encuentra una tribu que venera a un gorila gigante, que acaba siendo capturado para su exhibición y posterior lío. Esta vez estamos ante un grupo de investigadores —de uno de estos grupos secretos y extravagantes del gobierno americano que tan fácil nos resulta imaginar— que conocen la existencia de la isla y del monstruo, y emprenden una expedición para recopilar pruebas. A su expedición se suman una periodista (Brie Larson) y un guía mercenario (Tom Hiddleston) que acaba siendo el prototipo de personaje aventurero que siempre tiene todo bajo control. El último elemento que le falta al grupo viene dado por la nueva ambientación temporal de la película: comienza el día en que termina la guerra de Vietnam. Cuando el destacamento del general Packard (Samuel L. Jackson) está listo para volver a casa, reciben la orden de escoltar a la expedición de la Isla Calavera.

Esta nueva temporalidad es el gran condicionante para todo el dispositivo formal de la película, que nos presentará la atmósfera del sudeste asiático con todos los clichés que estableció Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979): grandes soles ardientes, formaciones de helicópteros, napalm, música rock, barcazas por los ríos y soldados con un repertorio infinito de frases ocurrentes. Al cambiar Vietnam por la Isla Calavera (una isla teóricamente situada en el Pacífico sur), los paisajes son prácticamente idénticos, por lo que Kong: La Isla Calavera se convierte en una película con estética de cine bélico sobre Vietnam en la que combaten criaturas inmensas. No es poca cosa.

Como se decía en un momento de Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) bastante autorreferencial: cuando uno se acostumbra a los dinosaurios hace falta darle uno más grande, más espectacular y más terrorífico. Efectivamente, el gorila es más grande. “Kong sigue creciendo”, dice en un momento de la película Hank Marlow (John C. Reilly) —un piloto de la Segunda Guerra Mundial que se estrelló en la isla y aparece en la ayuda de la expedición, como el marinero Ben Gunn en La isla del tesoro—, como si dicha frase apelara a que en cada entrega de Kong existiera una necesidad de hacerlo más grande y más espectacular. Pero no solo el monstruo es más grande, sino que hay más monstruos. Todo tipo de seres gigantescos en la superficie y bajo la misma, que darán alguna escena de lucha titánica entre monstruos al más puro estilo del cine de kaiju japonés.

Esta nueva entrega acelera los tiempos respecto a la original de 1933, pese a ser considerablemente más larga. En aquella, el monstruo tardaba cuarenta y tres (!) minutos en aparecer. Casi media película, en la que su presencia se va anunciando mediante fueras de campo, insinuaciones en los diálogos y por medio de una banda sonora que reproduce con percusión los pasos de un ser gigante. En Kong: La Isla Calavera, el monstruo aparece en toda su magnitud en el primer minuto de película. No se hace de rogar, porque mientras que en 1933 se jugaba con el suspense y la tensión de lo desconocido (“qué será lo que espera ver”, dice uno de los marineros cuando la actriz de la expedición está ensayando un grito desbocado a bordo del barco), en 2017 lo que prima es la acción, que el monstruo se vea y cuanto más mejor, y haciendo cosas lo más espectaculares posibles. La película de Vogt-Robers sigue, por tanto, la lógica del cine de acción, por lo que imprime un ritmo bastante rápido a la trama, con diversas escenas de lucha (alguna realmente digna de contemplar sin pestañear), pero también con los momentos necesarios para respirar, reposar y dejar asentar la trama antes de seguir haciéndola avanzar.

Kong: La Isla Calavera renuncia a las imágenes más icónicas que se asocian al personaje: no habrá paseo por el Empire State ni saldrá ninguna rubia de su apartamento por la ventana. Porque eso ya se ha hecho, y mucho. Parece que alguien ha tomado la inteligente decisión de renunciar a explorar territorios ya visitados y se ha limitado a utilizar la potente figura del icónico King Kong para crear una película de aventuras más que interesante.

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