Volver a casa

Desde mis primeros años, crecí sumergida en un ambiente cinéfilo. De la mano de mi madre visité por primera vez las salas de cine, y, en casa, siempre había alguna cinta de vídeo “beta” invitándome a deleitarme con las delicias de la imagen delante del televisor. Aún persisten en mis retinas dos imágenes de aquella época, mis primeros terrores infantiles: las siniestras sombras en la piscina en La mujer pantera (Cat People, 1942) de Jacques Tourneur, y las escalas desproporcionadas, en el enfrentamiento entre el gato y el liliputiense protagonista de El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, Jack Arnold, 1957). Por eso no me es tan fácil dar con una imagen reveladora, pues se entretejen varios recuerdos de momentos cuasi epifánicos, puro goce del sentido de la vista, que, remontándome en el tiempo, descubro ligados a la sensualidad del color. Como si hubiera hallado un conjuro a mis miedos suscitados por las sombras tournerianas, pasé mi infancia arropada por el lisérgico technicolor de los musicales de Hollywood. Una de mis favoritas, Un día en Nueva York (On the Town, Stanley Donen y Gene Kelly, 1949).

Pero, de entre todas esas imágenes de musicales hay una muy especial, el primer momento en que viví la magia de la proyección en la sala oscura. Fue en el cine Publi, en el Paseo de Gracia, una más de las salas que han desaparecido en Barcelona, junto con otras como el Arkadín, en las que viví mis primeras experiencias cinéfilas. La película, El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming et. al., 1939), la imagen de Dorothy, cuando abre la puerta de su casa en blanco y negro y descubre que ésta ha sido arrastrada por el tornado a un mundo en technicolor. La intensidad con que viví aquel momento, la irrupción de una mutación cromática en el seno de la imagen fílmica, coincidió con el hecho de que llegué tarde a aquella proyección. Con lo que, mientras abría la puerta para penetrar en el universo de la sala oscura, Dorothy hacía lo propio en su mundo de celuloide. Hoy, vuelvo a ver la secuencia, para comprobar si la imagen impresa en mi memoria se corresponde con la real. Es sabido que el modo en que recuperamos la huella de una imagen vivida muchas veces genera una imagen distinta. Esta vez no estoy en el cine, sino delante de la pantalla de mi ordenador buscando capturar, congelar, el instante. Ansiando recuperar el tiempo perdido, avanzo la película, buscando el momento en que, de niña, atravesé el umbral que separa el resto del mundo de la sala de proyección. Me detengo ante un primer plano de Dorothy mirando hacia un espacio indefinido más allá de la pantalla. Después, de espaldas al espectador, delante de la puerta que ocupa todo el encuadre, acciona el pomo y empieza a abrirla. En ese instante, siento como el tiempo presente se detiene, vuelvo a ser una niña, empujando la puerta del cine. A la par, Dorothy abre la puerta. Encuadre dentro del encuadre, el mundo que se anuncia a través de la hendidura es un estallido de luz. Siento mis pies pequeños sobre la mullida moqueta de la sala, veo, de espaldas, las siluetas de los espectadores. Miro la pantalla, devoro con las retinas el momento en que Dorothy descubre tras la puerta un camino de baldosas amarillas, y su cuerpo, al atravesar el umbral de su casa gris, sufre la misma mutación cromática, casi puedo sentir el latido de la sangre corriendo por las venas de la que antes fue su piel color ceniza. Diría que en ese momento se inició mi fascinación por el séptimo arte, a partir de un instante-emoción que hoy se concentra en un fotograma capturado en la pantalla del ordenador. En él palpita ese tiempo perdido, ahora recobrado. Como Dorothy al final de El mago de Oz, al volver a ver esa secuencia he sentido mi cuerpo transportarse, he vuelto a casa.

Publicado en Panorámica del número 40. Este artículo pertenece al grupo Bergala.