Un cuerpo a merced

A veces hablo de películas que no he visto. No es que mienta, si alguien me preguntara, yo, con gusto, respondería la verdad, sino que hay películas que creo conocer tan solo por lo que he oído o leído de ellas, por los extractos que he visto, por las películas que conozco del mismo director. Como si el film fuera algo circunstancial, un vacío bien definido y delimitado por todos los discursos que lo rodean. Son films que no me interesa ver, aunque tampoco dejar de hacerlo, si bien la mayoría de las veces, cuando lo hago, el visionado acaba siendo la confirmación de algo que ya presentía, una pasta blanda llenando un molde predefinido. Aunque esto, esto probablemente sea culpa mía.

En ocasiones, sin embargo, hay algo -un plano, un movimiento de cámara, el ritmo de todo el metraje- que me da una lección de humildad y me recuerda aquella revelación cinematográfica, vete tú a saber si sería la primera. Tendría yo dieciocho o diecinueve años y, aunque ya hacía unos cuantos que mimaba con atención mi amor por el cine, andaba esos días preguntándome por la sinceridad de mis sentimientos. Supongo que tarde o temprano la duda asalta con todo aquello que se ama: el cine, las mujeres. La cuestión es que llevaba unos meses preguntándome por la naturaleza de mi placer cinematográfico, pues en ocasiones se daba la paradoja de que, a mitad del metraje, ya deseaba que el film acabara para poder pensarlo, discutirlo, como si una película fuera un sudoku o un acertijo que tuviera que ser resuelto.

Aquel día tenía uno de aquellos molestos ratos libres que te pillan lejos de casa sin nada que hacer, así que busqué una biblioteca pública con la intención de pasarme una película mientras hacía la digestión. Había visto que el día siguiente proyectaban en un cine Hiroshima mon amour (1959) así que busqué otra película del tal Resnais, El año pasado en Marienbad (L’année dernière à Marienbad, 1961). Se dieron las condiciones idóneas, lo que raramente pasa en estos espacios: en la sala de visionado había cierta intimidad, estaba a oscuras y había unas butacas de cuero negro frente a unos televisores con unas pantallas no demasiado pequeñas. Fue ese cuerpo relajado el que reaccionó ante aquel plano, clavando las uñas a la butaca, recostando la espalda y estirando ligeramente las piernas. A primera vista, la imagen no tenía nada de chocante, dos hombres conversando frente a un cuadro que multiplicaba el punto de fuga. No fue hasta algo más adelantado el metraje que la reacción del cuerpo se hizo evidente, cuando, gracias a un extraño encadenado, de dos planos a través de cortes rítmicos y sucesivos el film consiguió modular mi respiración. Mi cuerpo estaba a merced del film.

Visto con perspectiva es natural que esto sucediera con El año pasado en Marienbad, un film que sólo admite que se hable de lo que lo rodea, jamás de él, que sólo existe mientras corre la bobina. En todo caso, desde entonces me digo que una película será siempre un misterio, nuestro cuerpo que se pliega sobre un metraje para que nazcan, indisolubles, un pensamiento y una emoción.

Publicado en Panorámica del número 40. Este artículo pertenece al grupo Bergala.