Técnicas de mercado para crear un deseo

Las jornadas organizadas anualmente por la asociación Ci&Vi, colectivo que agrupa a un buen número de los certámenes cinematográficos de Cataluña, se desarrollaron los días 14 y 15 de diciembre en la que ha sido ya su tercera edición. Un punto de encuentro aún joven, que establece un espacio de puesta en común y debate sobre el funcionamiento de su propio sector. El acontecimiento se dividió en diversas mesas de debate, precedidas por la inevitable sesión inaugural en la que varios profesionales de la política expresan su buena voluntad y predisposición para con el sector y por una entrevista, más bien conversación, con Xavier Bru de Sala. A través de las cuestiones que le iba planteando Jordi Pascual, del Instituto de Cultura de Barcelona, el escritor y periodista compartió con el auditorio su experiencia como gestor cultural. Fue interesante conocer anécdotas y opiniones de alguien que nadó en las aguas de la política, pero más de uno se preguntaba con desazón por qué sigue siendo necesario iniciar un evento de este tipo justificando que los festivales de cine forman parte de la cultura y que esta debe ser gestionada desde lo público.

Si bien la primera jornada pareció tener un enfoque más generalista en torno al encaje de los festivales de cine en el panorama cultural y sus implicaciones como sector económico, la segunda se orientó a aspectos prácticos de la gestión organizativa de los festivales. Empezaremos comentando este segundo bloque y lo haremos con una mesa que, titulándose “La necesidad de crear redes”, parecía expresar las conclusiones desde el inicio. Sin embargo, pese a que en este mundo globalizado el concepto de red parece el indiscutible marco de trabajo deseable, surgieron sorpresivamente algunas voces discordantes. Y es que, en buena lógica, la posibilidad de conflictos de intereses hace que surjan ciertos recelos o incluso ciertas necesidades de desmarcarse de una actuación coordinada. Es imposible obviar la competitividad entre algunos de los numerosos certámenes que se dan en un territorio no especialmente extenso como el catalán. Tal como se apuntó en el debate, la colaboración es más sencilla en festivales sin sección competitiva y/o de alcance más local, ya que a nivel de público y repercusión poco pueden dañarse unos a otros. En otro tipo de festival con objetivos más amplios, como se reconoció explícitamente, se da a veces una cierta necesidad de remar en solitario y mirando de reojo que el competidor no te adelante. Una actitud comprensible pero ante la que debemos ser exigentes: conseguir que esa competitividad redunde en espacios propios, en propuestas diferenciadas para que el establecimiento de una red no sea tanto fruto del trabajo colaborativo como de la propia dinámica de calidad de los diferentes nodos. Conseguiría así el público cinéfilo, la cultura del país por extensión, un panorama amplio y diversificado, tanto por la cantidad y calidad de la oferta como por la capacidad de conformar unos públicos conocedores e informados.

Teniendo el cine japonés como una particular debilidad, entenderán que despertara en mí un especial interés la mesa que inauguró la segunda jornada, sobre la problemática del subtitulado. Y es que la subtitulación para festivales, y en especial de lenguas diferentes a las de mayor difusión, presenta demasiado a menudo considerables deficiencias. Los traductores pudieron argumentar en su descargo la velocidad con que deben cumplir los encargos y la dificultad para implementar la metodología más adecuada. No es habitual que puedan visionar el film que están traduciendo, con el consiguiente desconocimiento del contexto, pero sí lo es trabajar con un guión en inglés pese a que el original sea en cualquier otro idioma. Multiplicar las mediaciones redunda en múltiples desviaciones de la intención original en cada línea. La premura temporal, por las propias características de máxima actualidad que se le exigen a un festival, tiene difícil arreglo, pero tal vez no tanto por el lado de la distribución comercial de cine. La industria cinematográfica, que tanto se lamenta del descenso de ingresos, debería comprender también su responsabilidad en el desencanto que algunos experimentamos ante subtítulos con errores básicos en carísimas ediciones especiales en DVD. Máxime cuando abundan excelentes traducciones anónimas (y distribuidas gratuitamente) en la red. A lo largo del debate, algún contertulio aludió a la posible pérdida de prestigio de un festival por presentar subtítulos deficientes. Tal vez, en la misma lógica, más de una compañía distribuidora debería tener en cuenta la calidad del artículo que ofrece, empezando por la traducción pero sin descuidar todos los demás aspectos. Un potencial consumidor tiene muy fácil elegir formas alternativas si el producto legalmente distribuido no le parece satisfactorio. Como sentenció la traductora Paula Mariani en la mesa, la industria debería compartir el proceso de traducción con el profesional al que se lo encarga y entender que el cliente de ese trabajo no es la propia industria, sino el espectador. Pienso que esta, enlazando con el tema anterior, sí es una problemática a analizar en red por concernir a todos por igual y no afectar al aspecto competitivo. Implementar una red de traducción para festivales podría abaratar costes, establecer criterios comunes y generar dinámicas de mejora continua, imposibles con la atomización y discontinuidad actuales.

Finalizó este bloque con una mesa dedicada a “cómo potenciar un festival” cuyos ponentes, procedentes de Venecia, Berlín y Cannes, repasaron los entresijos del marketing de festivales de clase A. Sin duda interesante pero, salvo la excepción de Sitges, no parece que la sesión tuviera un receptor inmediato en la sala. Mientras los miembros de la mesa comentaban sus cuitas para organizar galas de clausura televisadas o fiestas glamourosas, el público mayoritario compuesto por gestores de eventos modestos debía estar meditando su supervivencia ante los más que probables recortes de subvenciones públicas. Más interés directo tuvo la reflexión sobre qué ofrecer a los asistentes a un festival. Un festival local no aspira a convertirse en mercado, así que la satisfacción del respetable es la mejor estrategia de futuro. Creo que para ofrecerle éxitos comerciales ya hay otros circuitos, así que el respeto a los asistentes es el factor principal del éxito. Respeto que debe comenzar en la formulación de la propuesta, la concreción en una selección coherente y de calidad, un enfoque adecuado a la conformación de un público estable en ese ámbito –para lo cual, por ejemplo, es útil una de las estrategias apuntadas en la mesa: el desarrollo de sesiones pedagógicas infantiles– y una oferta atractiva de espacios de encuentro en los que prolongar el disfrute del visionado interactuando con otros asistentes, sean estos público, prensa o agentes del sector. En esta voluntad de trascender el simple visionado, muy importante entiendo también la capacidad de generar y difundir conocimiento teórico. Ya que hoy en día no es estrictamente necesario un festival de cine para ver películas de lugares lejanos o intenciones poco comerciales –sobre esto volveremos un poco después– la generación de opinión crítica y su divulgación debería ser un eje troncal, cuando además la difusión de conocimientos es actualmente factible aún sin contar necesariamente con un aparato de publicaciones potente.

Pasando a la primera jornada, el debate inaugural “Relación entre productores y festivales ¿cómo sacarle el mejor partido?” prometía ser animado. Pese a mostrarse más comedido que de costumbre, la presencia de Albert Serra cumplió las expectativas de no dejar indiferente a nadie con sus opiniones que, acertadas o no, expresa por lo general de forma extrema. Así, frente a la diplomacia y corrección política de sus contertulios, Serra no tuvo ambages en confesar que el paso por un festival supone para el productor la lucha por granjearse la simpatía de los capitostes del sistema, de los que generan un estado de opinión favorable que pueda redundar en más y mejor financiación para un proyecto posterior. Si bien eso puede sonar un tanto prosaico, Serra defendió el acto de romanticismo que, como productor de películas para minorías, supone sacar adelante un film con la total libertad creativa del autor, sin otros condicionantes. Pese a la excéntrica verborrea y pose del personaje, la argumentación sonó sincera.

Otro comentario oportuno a rescatar es la necesidad de seleccionar el festival. Realzar tu película con una buena acogida en un festival mediano puede ser altamente preferible frente a ahogarla en la maraña de información de un festival grande. Tendrá más espacio en prensa pero el brillo de algunas estrellas puede evitar que se te vea en la foto.

Esta opinión no fue compartida por algunos integrantes de la siguiente tanda: “¡Pero Albert Serra sí que va a Cannes!” se argumentó, sin tener en cuenta que ni fue Serra quien pronunció dicha sentencia ni, en caso de haberlo hecho, opino, quedaría esta invalidada. La polémica surgió cuando el que les escribe utilizó el turno de palabra para plantear, como argumentación previa a una cuestión que finalmente tuve que desistir de preguntar, la sensación de que este debate, bajo el epígrafe “Festivales: engranajes imprescindibles del sector audiovisual” había reflejado una visión del cine más próxima a lo industrial que al punto de vista artístico ofrecido por el debate anterior. Pareciéndome que dicha contraposición no hacía más que enriquecer el intercambio de ideas, me entristeció ver que dentro del sector se sienta alguien menospreciado si se señala un posible interés por generar negocio con sus películas. No veo, antes al contrario, dónde pueda esto estar reñido con ofrecer un producto de gran dignidad creativa.

Aún más sorprendente fue que alguien de la mesa reaccionara a aquel mismo comentario como si de un ataque a su condición de periodista se tratase. Habiendo iniciado ya su participación atizando a determinados cineastas por la osadía de confrontar las críticas que reciben, volvió sobre ese argumento. Sin ser el tema de aquella mesa de debate, se abrió una inesperada discusión sobre recientes enfrentamientos públicos, con nombres como los de Almodóvar o Lacuesta en el centro de la polémica, ante la que no quisiera dejar de expresar mi opinión en este texto. El ejercicio de la crítica cinematográfica debería llevarse a cabo, como cualquier otra actividad pública, desde la responsabilidad, dispongamos del potente altavoz de un telenoticias de televisión autonómica o de un canal más modesto como una revista on-line. La descalificación sin aportar más argumentos que el gusto personal, a falta de razones sólidamente argumentadas, deslegitima más al crítico que al criticado, o al menos así lo entendemos los que pensamos que nuestros lectores son inteligentes y tienen a su vez capacidad de juicio crítico. El periodismo debe entender que los canales de comunicación ya no son unidireccionales y no pueden imponerse como única voz autorizada. El contexto actual permite una mayor horizontalidad, una cierta democratización en la comunicación pública, estableciendo una posibilidad de apelación y diálogo directo que enriquece el intercambio de ideas y con la que ganamos todos. Como cualquier actividad que se expone ante un público, a mayor audiencia más amplia puede ser la contestación. La dureza de una jornada de trabajo (remunerado) en un festival, argumento utilizado en aquella respuesta, no parece un motivo valido para adquirir inmunidad y vetar la posibilidad de réplica del criticado.

Concluyamos en positivo, con algunas de las apreciaciones de la mesa respecto al papel de los festivales en un contexto como el que hemos venido describiendo. Precisamente uno de los ponentes, Jaume Ripoll, representaba una iniciativa de distribución de películas por internet tan destacada como la plataforma Filmin. Apuntaba el participante que, entre tal cantidad de datos, el público requiere una guía fiable para poder elegir, pero también para poder comprender lo que ve. Esa debe ser pues la utilidad de un festival de cine en la actualidad: ante la avalancha de contenidos audiovisuales al alcance de un clic, generar credibilidad en tanto que filtro. Ante el desprestigio del todo gratis, del consumo compulsivo, devolver el prestigio perdido al audiovisual mediante la selección de calidad y la adecuación a los diferentes públicos que el propio festival, o mejor la red de festivales, contribuya a configurar.

Otra consideración no menos importante, especialmente para los que amamos el cine y su expresión clásica en una sala de butacas oscura con pantalla grande, es algo que confirman iniciativas como la exitosa convocatoria de Nacho Cerdá con Phenomena. Si el disfrute del cine es una experiencia única, como sugería con su particular vehemencia Albert Serra en su intervención, un festival de cine tiene una misión de preservación de este medio maravilloso: “crear el deseo de acontecimiento”.

Publicado en Encuentros del número 44.