Reflexiones sobre ‘The Act of Killing’

“Mal que nos pese, dependemos de gente como Anwar y sus amigos para que el costo humano de los productos que usamos no esté en el precio final. En ese sentido, somos huéspedes de un festín caníbal. Es cierto que no estamos tan cerca de las carnicerías de Anwar y sus amigos, pero estamos sentados en la misma mesa. En esa línea, todos somos asesinos. Así como el acto de matar a tanta gente ha destruido a Anwar (y su reconocimiento, al menos de un modo inconsciente, de este hecho lo condujo a sentirse asfixiado por el horror al final de la película), nosotros también podemos sentir el peso por el hecho que nosotros dependemos del sufrimiento de los otros para poder sobrevivir. Karl Marx y otros filósofos han hablado de la alienación, pero la experiencia es también de aislamiento, atomización, soledad, desesperación, desamparo, cinismo. Mucha gente sale devastada de ver The Act of Killing debido al hecho de experimentar este tipo de emociones, de las que ni siquiera sabían que estaban sintiendo. Se trata, tal vez, de una fenomenología de la alienación.”

Joshua Oppenheimer [1]

 

The Act of Killing [2], película que ha dejado un amplio camino de reflexiones y comentarios, es un film que de nuevo ha puesto en evidencia las fracturas terribles del sistema y su forma de operar apoyado en regímenes mafiosos o fascistas – la película nos recuerda a cineastas que se han acercado a este espacio siniestro, como el cine documental de Patricio Guzmán, o Basilio Martín Patino en films como Queridísimos verdugos (1977); retoma así el discurso político sobre los oscuros rincones de las sociedades, el poder, la violencia y las formas de imposición del orden y el sistema, lo que esconden para perpetuar un modelo económico.

En Indonesia se llevó a cabo uno de los genocidios más brutales contra los comunistas, o mejor dicho contra todo tipo de disidencia (auspiciado por Occidente como lucha contra el comunismo internacional), que aconteció tras el golpe de Estado que derrocó al general Sukarno en 1965, trayendo consigo la larga dictadura del general Suharto. Muchos fueron los asesinados; uno de esos torturados, el que no cerró los ojos, es el que aún se le aparece a Anwar Congo (asesino y torturador en aquellos tiempos de represión), el principal personaje de la película. Es uno de los fantasmas de sus víctimas que vuelven de nuevo “en pesadillas”. Sus aterradoras matanzas y torturas han pasado en el film a ser ficciones –reales para quienes las sufrieron–, todo se ha convertido en un juego macabro, o una autoproyección psicópata de él mismo como exterminador, sí, pero más bien como héroe de su propia película… El sistema, el propio gobierno de Indonesia –esto llega al paroxismo en el instante en que uno de los representantes del actual gobierno advierte en el rodaje del film que hay que dar otra imagen de Pancasila Youth (milicia paramilitar que sustenta el gobierno) mostrando el exterminio de los comunistas, pero de la forma más humana posible– apoya el rodaje de la película convirtiendo el asesinato de acto vil a acto mítico, y así Anwar Congo se eleva como un héroe de cine.

Este primer y explícito sentido de la cinta es el principal punto de análisis del film; pero la película está repleta de capas de pensamiento, entre otras una importante reflexión sobre lo metalingüístico en el cine, es un film que se desarrolla a través de la filmación de un film… la capacidad simbólica, por tanto, que tiene el cine para construir identidades, formas de pensar y valores – no siempre humanistas, sino más bien todo lo contrario. Sobre este terreno The Act of Killing se mueve a través de las interrelaciones que el cine documental tiene con el cine de ficción en el momento que filma el rodaje de una película, descubriendo la tramoya (el espectáculo) y las identidades recreadas por el propio cine, una reflexión sobre la propaganda que el cine genera y que el orden, o el poder, ha inyectado en el sistema a través de los medios de comunicación y los “valores” que estos transmiten a la sociedad… Estas son algunas de las virtudes que el film proyecta. La película se realiza con el objetivo de encumbrar a los “luchadores anticomunistas” (torturadores-exterminadores paramilitares) en Indonesia a través de las andanzas de Anwar Congo y sus colegas asesinos. Desde esa temática, el torturador parece sufrir, tras la contemplación ficticia de sus propios crímenes cometidos en épocas pasadas, una transformación o toma de consciencia ante la barbarie que perpetró. Eso es lo que creemos pues es su propia “bipolaridad”, no en el sentido literal de la palabra, sino en un aspecto más metafórico, la que nos perturba… la película, por el personaje guiada, nos lleva hacia caminos duales, variados juegos de espejos durante el tiempo del metraje, ficción-realidad, empatía-asco, valores-inversión de los valores, sociedad-sociedad de consumo, política-democracia, propaganda-información… Hoy, ¿qué es el Cine viendo esta película? ¿Para qué sirve, si sirve para algo?

A través de la recreación de los asesinatos, sus testimonios a cámara, sus orgullosos comentarios, o sus introspecciones desnudas, pasando por el humor e incluso el arrepentimiento, todo un panóptico digno del mejor actor, o de alguien a quien el propio cine, o la contemplación de sus actos, le está perturbando, cambiando… quizás eso nunca lo sabremos. En el film descubrimos al personaje identificarse con un cowboy o con el mismísimo Sidney Poitier. La identificación de Hollywood y por extensión de la vida del héroe americano, u otro de sus reflejos, el gangster o matón, hombre libre hecho a sí mismo, se hace real. El personaje busca el reconocimiento social a través de la violencia, el poder y la acaparación de bienes (dinero, objetos de lujo, mujeres… cargos políticos). Todas imágenes e identidades elevadas por el Cine o los mass media.

Pero lo que, a mi modo de ver, nos llega a perturbar más, son, sobre todo, los momentos de transición de la película. Defino estos momentos o espacios como aquellos instantes donde parece que la película nos procura un respiro, fuera del contenido testimonial del film, donde dejamos de ver al testimonio, o la recreación de la tortura o el propio film que se está rodando y las reflexiones de sus personajes, y vemos momentos de la normalidad social; es ahí cuando la película nos golpea con más fuerza. Son imágenes que nos igualan a ellos, y descubrimos nuestro cotidiano día a día, ir de compras, pasear, pescar en un estanque, tomar unas cervezas con los amigos, tranquilos momentos de ocio de esos personajes… donde emerge el monstruo de nuestro sistema compartido.

He abierto con las palabras del propio director sobre un sistema que necesita a gente como Congo, una herida más en nuestra brecha: ¿por qué estos sujetos llevaron a cabo tantos crímenes? ¿y para qué? El propio Anwar Congo nos da la solución en la recreación de una de sus torturas, en el momento en que inquiere al torturado: “No queremos ser pobres. Aunque sólo seamos matones de cine, queremos sentirnos como la gente de las películas”. Todo se convierte en luz de neón y ellos en sus estrellas, los principales personajes del film están dibujados de esta manera en la pantalla deliberadamente.

Anwar Congo

Herman Koto, paramilitar de Pancasila Youth y candidato al Parlamento

Yapto Soerjosoemarno, líder de Pancasila Youth

Haji Anif, líder paramilitar y empresario

Adi Zulkadry, antiguo ejecutor compañero de Anwar Congo

 

El reflejo de nuestra sociedad, la sociedad de los objetos.

1- La ciudad del Crimen; pobreza versus grandes almacenes, modelo del capital.

Al principio del film se nos presenta Jakarta desde, parece, los suburbios, o al menos una parte de la ciudad donde la desigualdad es palpable, las casas y las calles están completamente descuidadas, no hay asfaltado… no hay luz. Espacio donde los perros vagabundos deambulan, y los coches pasan sin pararse. Es un lugar deprimido, el corte nos lleva a un espacio comercial a modo de contraste, donde el suelo, parece un parque, está preparado como espacio de ocio para hacer skate (cultura norteamericana), juegos y espacios delimitados para los anuncios de neón y las vallas publicitarias, al fondo un gran centro comercial donde los transeúntes se dirigen para comer un Big Mac, ver una película en las salas multicines, y pasar su tarde dentro del templo. El autor parece ponernos en aviso… esto tan extraño que vas a ver ahora ocurre en una sociedad como la tuya. Esta es la civilización, comenzamos a palpar lo que está detrás de la apariencia del mundo.

2- Violencia (falsa legalidad), sociedad de la imagen y el consumo.

Un dirigente político con la camisa de Pancasila (representante del gobierno) se dirige en un mitin a los espectadores, las camisas guerreras están por doquier, el individuo arenga a los suyos, “nosotros necesitamos gangsters para que las cosas se hagan… necesitamos gangsters. El corte nos ubica en una calle (como las que podemos encontrar en nuestras ciudades), unos coches están parados, esperan que unos vagones pasen en un cruce de vías. La calle parece no tener buena iluminación, el anuncio de publicidad por el contrario está perfectamente detallado, es un flamante nuevo modelo de automóvil, los vagones pasan y una grabación nos indica: “las leyes de tráfico están para protegerles y… las leyes deben ser respetadas…” En el contraste de estas dos imágenes se ubica una gran contradicción, los garantes del gobierno, aupados por la violencia, admiran a los gangsters, y por otro lado los comunicados del propio cuerpo de tráfico (una de las partes visibles de la gobernabilidad) abogan por el cumplimiento de la ley. Bien, son las leyes de tráfico, pero la pregunta que nos plantea el film es ¿qué es y quién está detrás de la ley? En nuestras sociedades “democráticas” se nos pide, más bien nos obligan a cumplir la ley, pero… ¿qué ocurre con el poder?, ¿o con los gobiernos?, ¿con aquellos que nos dictan las leyes?, y acaso ¿son leyes que responden al bien común de todos? El status quo es el status del poder, no hay equilibrio, tú tienes que cumplir esa ley, ellos, el poder, o quienes estén detrás, sólo lo imponen. De nuevo vemos un reflejo más de nuestro cotidiano, el día a día de las relaciones de gobierno y el gobernado, el ciudadano se ve abocado a desconocer las identidades de quienes nos gobiernan y controlan, pues son inmunes y sus acciones en muchas ocasiones impunes… El sistema así lo ha dispuesto, mientras nosotros damos por hecho que la ley está creada por legisladores, hombres preparados y se supone que por “hombres justos”, ¿pero es esto siempre cierto?

Esta es la lectura del corte, del contraste entre una imagen y otra, y sobre todo entre las imágenes y lo que escuchamos. La frontalidad del anuncio frente a nosotros es una clave más, la frontalidad de tres anuncios en un cruce y su fastuosa iluminación, cuando el resto de la calle está en la completa oscuridad… no hay ni rastro del servicio público de alumbrado… Esta sociedad entonces, nos viene a contar Oppenheimer, se mueve bajo la apariencia de la legalidad, pero lo que priman son los intereses económicos. El dinero y la mercancía son la pauta de este desarrollismo, y por tanto bajo este modelo de civilización los principios “democráticos” y la justicia se supeditan a ellos, la justicia es una forma de control de las masas populares, no es igual para todos, nosotros somos los que vamos en el auto y nos paramos en el cruce cuando nos lo indican. Para aquellos garantes del capital es una herramienta de control, jugamos a un juego donde todas las cartas ya están marcadas, la única solución en ese país es ponerse al lado del poder, ser cómplice de él y alimentar ese sistema de status quo, o de “ilegalidad” bajo la forma que tiene ese poder de identificar la “legalidad”, su legalidad.

3- Perdedores-ganadores, la vida muerta y el museo, la vida como botín.

En este corte, de nuevo aparece la imagen recurso de las calles de Jakarta, es un nuevo suburbio, igual de pobre y excluido, donde un niño juega en un pequeño descampado, detrás de unas casas desvencijadas, otro joven se acerca a él. El espacio está completamente deshilachado, y el descuido de todo lo que se amontona en este rincón es evidente. Contrastando esta imagen Oppenheimer nos presenta las imágenes enmarcadas de los héroes de Hollywood, los gangsters… Al Pacino, toda la familia Corleone… Ahí están los vencedores, y en la imagen que se queda en nuestra retina, los niños de la calle, o los ciudadanos de a pie, nosotros mismos, los que sufrimos la desigualdad. En el cuadro colgado en la pared, The Godfather representa un icono, es un objeto simbólico. El cine como generador de ídolos, de nuevo el film habla sobre el cine, sobre la maquinaria de construcción de ídolos irreales, no comunes, no cotidianos… espectaculares, como todo lo que está aconteciendo en este film, y lo que acontece en estos momentos en la pantalla, en esa sala museo de animales muertos.

Las imágenes de los animales muertos abren todo un espacio de reflexión hacia el objeto y el espectáculo: el botín. La vida ha dejado de ser vida, el animal está o muerto o enjaulado, todo es premio, una conquista, para colmo un pequeño rinoceronte negro chino es mostrado ante nosotros (“se extinguieron”, podemos leer de los subtítulos), no hay respeto hacia la vida, no hay respeto ante lo efímero, lo bello, lo débil… es esclavizado o muerto y acaparado. Nos encontramos por tanto ante un estado cruel, donde impera el sable, y el código moral es una fábula espectacular y violenta; esta connotación, de nuevo, también es condición de nuestras sociedades de consumo, tomamos como códigos de conducta, no al sabio o al filósofo, o al intelectual, o al poeta… no, tomamos como referencia lo que está en la pantalla, el que está detrás del acto espectacular y el que ostenta el poder.

4- La oscuridad, la luz, la apariencia del mundo feliz de los centros comerciales.

La luz y la oscuridad en este corte tienen un impacto profundo y un enorme valor simbólico. Venimos de la más profunda oscuridad, las aguas del océano por la noche, la secuencia abre con la imagen luminosa del interior de unos grandes almacenes, un mundo feliz, limpio, luminoso, con las mercaderías relucientes frente a nosotros, con banda sonora de los éxitos de siempre, canciones de repleto optimismo… hasta aquí la lobotomía, todo lo que existe en estos establecimientos se identifica con la mercadería, el objeto de deseo es el objeto de consumo, es nuestra sociedad y en medio de este espejismo el director monta la siguiente línea: “les introducíamos palos en el ano hasta que ellos morían”. Descubrir en este espacio, el centro comercial, el descuartizamiento de aquellos que se oponían a un tipo de sistema económico, a un modelo social, mostrar que detrás de las luces resplandecientes, del suelo encerado y brillante y sus límpidos muestrarios donde nos atienden hermosas señoritas está la matanza es demoledor. El testimonio del torturador no puede ser más contundente, al lado de su mujer y su hija –¿saben estas personas quién es su padre o su marido?– y mirando relojes de marcas conocidas tras los escaparates en la absoluta oscuridad de la luz… Eso es hacia donde nos ha adentrado de nuevo el director, a la más completa oscuridad en medio de la luz, los brillantes halógenos de la sociedad de consumo nos ciegan.

5- Asesinos en coche descapotable, en medio de “Calle Publicidad”.

En estos nuevos planos recurso, donde el coche de Congo y sus amigos se desplaza por las calles de la ciudad, el audio que escuchamos nos reporta a los testimonios de sus andanzas asesinas, “Yo maté a muchos chinos”, uno de ellos comenta. De nuevo la calle la encontramos plagada de coches y anuncios publicitarios en medio de la vía. Todo el tránsito muestra el modelo económico, todas las mercaderías enseñan sus marcas, curiosamente todos los autos son de marcas orientales (no chinas, sí japonesas), y se acumulan los logotipos de multinacionales de la alimentación norteamericana como Pizza Hut. Oppenheimer de nuevo nos devuelve a la realidad de nuestro cotidiano, el que ocurre en todas las partes del planeta, sobre todo en los países con mayor permisividad a los anuncios en vías públicas – modelo neoliberal. Pero la imagen, más allá de esto, nos ubica a los personajes en un descapotable, se mueven a sus anchas en medio de esa ciudad que es suya. Les pueden reconocer perfectamente… da igual, son los vencedores y el sistema les ampara. Son los actores y estamos dentro de su propio escenario, de su propio espectáculo y son impunes.

Del objeto al espectáculo, del espectáculo a lo grotesco.

Con esta disyuntiva, se atisba una nueva reflexión sobre el film y sus imágenes, una reflexión sobre los objetos y la noción del héroe. La fascinación por los objetos de consumo, o de conquista (el botín), y el reconocimiento social, en sí la conversión de objeto de todo lo que nos rodea, una lectura que nos lleva hacia el pensamiento benjaminiano, en la propia mercantilización de la sociedad, en el análisis detallado de sus falsos fastos y luces artificiales… y sobre todo en la fascinación del escenario o la tramoya, el espectáculo –en una visión propia de la lectura de Guy Debord–, al fin y al cabo la fascinación por los objetos brillantes (desde cristales de bohemia, hasta falsas estrellas de sheriff adheridas en falsos sombreros de cowboy…). Es esta la sociedad analizada, un sistema que aboga por la salida individual hacia la conquista de piedras resplandecientes – hecho que se podría extrapolar a cualquier otra sociedad capitalista de medios de consumo. Primero es la imagen, incluso por ella se llega a ser parte de una maquinaria represiva en pos de la gloria social, solamente eso, no hay atisbo de bien común, sólo de modelos individualistas y la perpetuación de élites apoyadas en el trabajo sucio de matones de calle que quieren llegar rápidamente donde están los jerarcas haciendo “méritos”, o dedicándose a la “política” con letra muy pequeña.

Los próximos planos que vamos a analizar salen de la dinámica de lo que he denominado transición, la intención que proporcionan completa el círculo de la mercadería, cierran el sentido hacia la otra tramoya, el escenario, el espectáculo y de allí a lo grotesco. Hasta ahora hemos ido delimitando estos elementos, sobre todo los objetos de conquista (el botín, la mercadería), ejemplo explícito nos lo muestra Afi (Haji Anif, líder paramilitar y empresario) en su mansión, un espacio rebosante de objetos preciosos y de alabanza a su persona, a la imagen del gran señor. Oppenheimer, después de las imágenes externas de la mansión, nos adentra dentro de la casa y lo primero que encontramos son dos cuadros, un tigre y un autorretrato, de nuevo la simbología del personaje, la adoración al gran héroe, al patriarca, la simbología del objeto.

La película ya nos ha dejado suficientes ejemplos del símbolo que proyecta el objeto (los objetos han ido identificando, por tanto significando a los personajes), y el siguiente escalón es la identificación con la propaganda, comunicar la “grandeza” de estos individuos. La película finaliza al igual que empezó, con los planos del rodaje, un extraño film donde se mezcla lo imaginario con la estética kitsch, y el variopinto grupo de bailarinas de Java bajo la atenta mirada del travestido Herman (discípulo y amigo de fatigas de Anwan Congo, que nos ha acompañado hasta ahora junto a la figura del torturador) – una nueva metáfora de su cambio de disfraz; nos adentraremos en este juego de ropajes más adelante. El primero de estos acercamientos hacia el espectáculo grotesco es el plató de televisión. Han sido repetidas las veces donde Oppenheimer nos ha guiado hacia este deliberado punto de vista, todo es un gran espectáculo y las cámaras deben estar presentes en esta danza. La cámara se ha detenido en Congo, montado sobre una cámara de estudio de TV. En el proceso del rodaje de su film, la intención explícita de lo que están rodando y los comentarios de los torturadores han sido manifiestos, la película se hace con la intención de autojustificación de sus crímenes y a modo de enseñanza para los jóvenes, el mal era el comunismo, nosotros teníamos razón.

La única forma para borrar el pasado es utilizar la maquinaria de propaganda, qué mejor que la Televisión para reescribir la Historia (la Historia es de los ganadores). En la cadena pública de Indonesia, en un programa de talk show, el espectáculo ya está dispuesto. Tras un corte, venimos de uno de los planos de rodaje del film, Herman vestido de mujer come, a modo de caníbal, carne humana ante la cabeza cortada de Anwar Congo, y esta imagen se recorta en un monitor (el monitor de la televisión es ampliamente mostrado, repetido). Lo grotesco se alía con el juego de las imágenes y los medios de comunicación, en un desenfreno amoral de todo lo que está aconteciendo, pues es la pequeña pantalla lo que nos lo formaliza y entrega como algo cotidiano y válido, y nos vuelve así a equiparar a ellos. Tras el corte, el plano que nos muestra Oppenheimer es el del hall de la casa de Anwar –como la de cualquier vecino– y allí miran las imágenes junto a Herman, de ahí al maquillaje en vestuario de la cadena de televisión y por último a la mesa de realización del plató, este delirio parece que va a ser propagado por la TV pública; así es, todo lo que acontece frente a las cámaras nos empuja hacia el abismo del espectáculo.

Todo se transforma en un hecho extraordinario, pero normalizado por la fascinación de la Televisión, hay un desenfreno por el espectáculo, en este caso lo estrambótico y lo grotesco, hacia la unidireccionalidad del mensaje (blanco-negro, buenos-malos), el círculo se va cerrando, ya vamos entendiendo todo este circo.

La película ha ido evolucionando a través de lo espectacular del mismo rodaje del film propagandístico; Herman, en su constante cambio de papeles, de disfraces, nos da una clave del propio film y del propio sistema, la de reinventarse en cada plano, reinventar los valores, cambiarse literalmente de vestimenta y en el último salto estrafalario maquillarse completamente… El film, en un paulatino devenir hacia lo grotesco, finalmente se precipita hacia él. El espectáculo debe seguir en pos de la propaganda, sea como fuere, como talk show, como película de ficción o como fábula indonesia de dioses y caníbales con final Walt Disney. Oppenheimer nos ha ido aleccionando y confundiendo al mismo tiempo; las imágenes de estos personajes travestidos o disfrazados son grotescas, como la película, como el sistema que nos sustenta, grotesco e impactante porque al fin y al cabo el objetivo es esconder la verdad, o lo que queda de razón, es mejor “vivir” embaucado en las imágenes.

Si la propia vida de estos personajes ha estado amoldada por la imagen de héroe del actor de turno, y todos los valores han surgido de una pantalla de Cine, cómo no se iba a culminar de esa manera; es parte de sus vidas, un acto más de canibalismo, canibalismo desde la pantalla y exterminio, pero esto no puede quedar así. La mayoría de películas del Hollywood comercial acaban bien, son redentoras: los propios asesinados perdonan a su exterminador y le dan una medalla. Grotesco y olímpico, todo un espectáculo.

Ultimas reflexiones.

Más arriba pusimos el énfasis en esa imagen en la que Anwar Congo nos daba la clave de su vida: “No queremos ser pobres. Aunque sólo seamos matones de cine, queremos sentirnos como la gente de las películas”; Oppenheimer salta a esta imagen desde el plano de una jovencita vendedora, que está delante de unos flamantes frigoríficos de dos puertas con fuente incorporada. La importancia que le da a ese plano el director pone énfasis en una normalización más de la barbarie del sistema, nuestro modelo social capitalista de objetos de consumo, y vuelve a esconder las grandes fallas que hay detrás de él a través, esta vez, de la belleza de la joven (recurso que ha sido muy utilizado por los medios de comunicación), claramente proyectada como objeto de deseo, volviéndonos a embaucar o volviendo a despistar nuestra mirada y nuestra consciencia; a esta joven la hemos visto deambular con unas gafas en otro de los stands de electrodomésticos (televisores, como no), pero con su misma indumentaria sexy, llamativa, a vista de todos como un símbolo más (en este caso sexual) para acercarnos a ella y preguntar por los electrodomésticos. Estas son las fórmulas del sistema… atracción, imagen, objeto, espectáculo… engaño. El salto de esta imagen a la recreación de la secuencia de una tortura vuelve a replantear los valores de nuestras sociedades y sobre todo la figura de aquellos personajes (los torturadores como Congo) que mataron a otros simplemente por no querer ese sistema económico, esa forma de vida. Y sobre lo que nos atañe, una identificación más del héroe que mata al enemigo y cuyo premio es la conquista del éxito en esa sociedad.

Y qué más decir… Los títulos de la película lo dicen por sí solos:

Notas:

  1. KOZA, R., “Un régimen de locos: The Act of Killing, un diálogo con Joshua Oppenheimer (primera parte)”, Otros Cines: Con los Ojos Abiertos, 16/06/2013 (leer el texto). 
  2. El análisis de este artículo, así como sus montajes de imágenes, se han realizado a partir del Director's Cut de la película, incluido en el DVD editado por Avalon. 
Publicado en Décalage del número 48.