Oscar, Denis, Leos y los espejos de feria. Algunas acotaciones en los múltiples márgenes de ‘Holy Motors’ (Leos Carax, 2012)

"Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta. No conozco a nadie que haya hecho declaraciones como ésta, pero sospecho que mi experiencia no es única."

Philip K. Dick

Por la belleza del gesto

¿Qué es en realidad la realidad? ¿Cómo nos enfrentamos a ella? ¿Por qué nos encontramos continuamente ante la paradoja de tener que escenificarla por uno u otro motivo? ¿Dónde empiezan y acaban dichos simulacros? ¿Qué esperamos del cine como (re)presentación? ¿Qué es la belleza? ¿Podemos hallarla en una farsa? ¿Pretende el director Leos Carax dar respuestas o tan sólo plantear preguntas?

La vida como comedia, como drama, como obra ficticia, como creación irreal, como algo fingido pero al mismo tiempo sincero, verdadero, tangible. Como ese algo que nos habla, nada más y nada menos, que de la belleza del gesto, esa belleza que no está sino en los ojos del espectador. De ese espectador que, por otro lado, también podría ser inexistente, podría ser ficticio, podría no ser.

Trece años después del relativo fracaso de crítica y público que fue Pola X (1999), este llamado enfant terrible del cine francés regresa con su quinto largometraje y nos propone una reflexión sobre la identidad. Mejor dicho, sobre las identidades. Pero también sobre la búsqueda de la belleza y la experiencia de estar vivo en un mundo donde hombres, animales y máquinas devienen solitarios mientras todo acaba siendo controlado por lo virtual.

El sueño de la razón produce personajes

Las primeras imágenes del filme nos remiten ya de entrada a su inherente condición de artificio, de mecanismo representacional (un tanto irracional) e incluso, en cierto modo, de retrato del director y de los potenciales espectadores del filme. Con un relato breve de E.T.A. Hoffmann como inspiración inicial, Carax construye una atmósfera enrarecida (y por qué no decirlo, un tanto lynchiana) que él mismo, como director y como personaje, habita durante los primeros minutos. Minutos en los que también descubrimos la existencia de unos espectadores de ojos cerrados y cuerpo petrificado con los que no sabemos si identificarnos o no, si empatizar o mantener la distancia. Espectadores para los que el tiempo se ha detenido, espectadores que a lo mejor duermen, espectadores que niegan su mirada a la pantalla sin que sepamos muy bien por qué razón. ¿Podríamos ser nosotros? ¿Podríamos acaso estar cerrando los ojos ante una o varias realidades que no queremos ver por el mero hecho de que no estamos preparados para ello?

Algunos de mis Yos

Oscar se levanta cuando empieza un nuevo día. Uno de esos en los que va a tener que olvidarse de quién es él para transformarse en muchas otras personas. ¿O acaso es posible que él ya no exista, que no sea más que otro personaje, otra creación, otro reflejo en el espejo de un ser en realidad inexistente? ¿Habría quizá algún modo de comprobarlo?

Denis Lavant, actor fetiche de Carax desde que en 1984 protagonizara su ópera prima Chico conoce chica (Boy Meets Girl), firmó antes de la realización de Holy Motors un contrato en el que se especificaba que tendría que interpretar a 10 personajes. “Aunque yo creo que en realidad son once y medio”, bromea en la rueda de prensa del Festival de Cannes.

Carax estructura por capítulos un día en la vida de un hombre que vive por, para y desde la representación: que aprende a la perfección su papel, que grita cuando tiene que gritar, que corre cuando tiene que correr, que sangra cuando tiene que sangrar, que muere cuando tiene que morir. Pero… ¿qué es lo que nos queda del verdadero Oscar? ¿Cómo sabemos que existe? ¿Por qué nos cuesta tanto encontrarlo tras todas estas máscaras? ¿Por qué nos sentimos tan incómodos cuando no hallamos una supuesta “verdad” a la que aferrarnos?

Me temo que nunca moriré

El primer personaje del día (¿o podría ser el segundo?) interpretado por Oscar es el de una gitana indigente a la que –cito palabras textuales– le da miedo “no morirse nunca”. Pero... ¿habla ella? ¿Habla Oscar? ¿Habla el actor Denis Lavant? ¿Habla el director Leos Carax? Mientras la anciana mendiga, mientras dirige su mirada hacia el suelo, hacia los pies de la gente que transita por las ajetreadas calles de París, vemos dos guardaespaldas que la protegen: una imagen que evidencia lo absurdo de la secuencia, de la historia, de la vida. De la vida de Oscar, de la vida de todos sus personajes, de la vida en general. Cuenta Carax que esta imagen fue una de las que dio origen a la película. Una de esas que aparecen en tu mente cuando todo está aún difuso, mucho antes de que exista un guión, una estructura bajo la que guarecerse.

Cuerpos y sensores infrarrojos

Oscar lleva ahora un sofisticado traje negro con sensores de captación del movimiento. Corre, salta, realiza piruetas y acrobacias. Dispara un arma. Controla sus movimientos de modo milimétrico, permite que sean registrados. Se sitúa frente a un chroma que podría ser una metáfora de la vida, o de la muerte, o de nada en absoluto. Sabe que nada de lo que haga puede ser al azar, ya que en su interpretación todo ha de estar controlado obligatoriamente.

No interrumpas la representación sólo por estar en el camerino

Una misteriosa limusina blanca conducida por una no menos misteriosa mujer llamada Céline (inolvidable interpretación de Édith Scob), traslada al protagonista de un lugar a otro, de una interpretación a otra, de una vida a otra. Como una suerte de hada madrina de la que apenas nada sabemos, protege a Oscar y cuida de él. Sabe más sobre su(s) vida(s) de lo que podría parecer a primera vista. También sabe que el oficio no es fácil y que las motivaciones se pueden desvanecer por el camino cuando menos te lo esperas. Durante los numerosos trayectos en coche creemos encontrar atisbos de Oscar, asomos de verdad en él. Nos aferramos a la ilusión de que la limusina es su camerino, de que en su interior no es necesario continuar con la representación, de que se puede permitir un descanso entre una y otra vida para ser alguien de verdad. Pero... ¿qué pasaría si en realidad no fuese así?

La pietá de las alcantarillas

Los espectadores que hayan visto la película Tokyo! (Joon-ho Bong, Michel Gondry, Leos Carax, 2008) probablemente recordarán a Monsieur Merde, personaje interpretado por Denis Lavant y protagonista del capítulo dirigido por Carax. El director retoma cuatro años después dicho personaje y lo traslada de Tokio a Francia. Especie de leprechaun maldito y asalvajado que fuma de modo compulsivo y devora flores y billetes por doquier, Monsier Merde emerge de las cloacas parisinas y protagoniza junto con Kay M (personaje interpretado por Eva Mendes) uno de los capítulos más incómodos del filme. Monsieur Merde irrumpe en la sociedad como un huracán y lo destroza todo allá por donde va; parece que actúa sin criterio alguno, arremetiendo contra todo y contra todos. Nos molesta, nos irrita, nos incomoda, nos da miedo, nos da asco. Es agresivo, está sucio y se comporta de modo abrupto, violento e imprevisible. Pero… ¡quién sabe! Tal vez para Carax, Monsieur Merde podría ser una representación de esa belleza que busca incansablemente durante todo el filme.

La vida conmigo mismo

Oscar es ahora un padre de familia. Un padre que, paradójicamente, le pide a su hija adolescente que se sienta a gusto consigo misma. Ella miente, la inseguridad la hace mentir. Aunque claro, ¿quién no se siente inseguro a menudo en un mundo como éste? Discuten. Él se enfada. La castiga. Tal vez una orden, un guiño al espectador desprevenido, una sentencia lapidaria. “Tu castigo, Angèle, es que seas tú y que vivas con esto. Que seas capaz de vivir contigo misma.” Le pide a su hija adolescente algo que no sabemos si él sería capaz de cumplir. Eso sí: ni Angèle se llama Angèle, ni tampoco es su hija. De hecho, ni siquiera va a tener que vivir consigo misma.

Trois, deux, merde!

Y entonces, mediante un acto de concienciación metacinematográfica, Carax interrumpe la acción de la historia introduciendo un entreacto musical al margen (o no) de la narración que nos ocupa. Una versión del Let my Baby Ride de R.L. Burnside, esta vez, una adaptación instrumental interpretada con acordeones. Un pequeño paso que acerca a Carax un poco más a ese persistente sueño de realizar un musical que le persigue desde tiempos inmemoriales.

Soy tú

Oscar ya no es Oscar. Ahora Oscar es Alex. Alex transforma a Théo en Alex. Es decir: en él mismo. Alex mata a Alex sin que sepamos muy bien por qué. No obstante, tampoco importa demasiado para la evolución de la historia. Tan sólo uno de los dos sobrevive durante la representación, pero no es posible saber cuál. Los dos son Alex, ninguno es Alex, los dos están vivos, los dos han sido asesinados, los dos fingen, los dos son sinceros, los dos…

¿Acaso la gente no se siente mejor justo antes de morir?

Oscar entra en un hotel de lujo y se transforma al instante en el Señor Vaughan; un hombre millonario, anciano, moribundo y delirante que aglutina en su mente todos los papeles que ha interpretado durante su vida y los recita fragmentados, entremezclados, inconexos. Un hombre que, en un repentino momento de lucidez, nos recuerda que “nada nos hace sentir más vivos que la muerte de los demás". Su sobrina Léa actúa como heredera, como plañidera ocasional, como ángel de la muerte. Al menos, hasta que termine su papel y vuelva a ser Elise, alguien que nada tiene que ver con Oscar, ni con el Señor Vaughan.

¿Quiénes éramos? ¿Quiénes seríamos? ¿Quiénes somos?

Oscar se encuentra con Jean (que en breve dejará de ser Jean e interpretará a Eva), aparentemente por casualidad, tras un choque inesperado de sus respectivas limusinas. Ambos entran en La Samaritaine –ese mismo edificio que también aparecía en Los amantes del Pont-Neuf (Les amants du Pont-Neuf, 1991)–, ahora con miras a convertirse en un hotel de lujo. Ambos intentan recuperar 20 años en 20 minutos. ¿Lo ha conseguido alguien? ¿Se puede recuperar un pasado que nunca ha existido? ¿Puede la memoria reconstruirlo con la exactitud necesaria? ¿Puede el ser humano creer a su memoria con la intensidad necesaria? ¿Se convierte entonces el recuerdo en una realidad incuestionable?

Vivir de nuevo

Oscar y Céline se despiden, hasta el día siguiente, a la misma hora. Pero antes de terminar, Oscar ha de realizar su última representación del día. Regresar a una casa que no es suya con una familia que tampoco le pertenece. Actuar como si nada de todo esto estuviese pasando, como si la rutina no tuviese que ver con una farsa ininterrumpida, con una suplantación constante de alguien que jamás existió.

Cofradía de motores sagrados

A medianoche, una frase lapidaria emitida por parte de una congregación de limusinas parlantes: “Los hombres no quieren máquinas visibles, no quieren motores, no quieren acción.” Carax reflexiona con una lúcida metáfora sobre esas máquinas que tienden a desaparecer, que se vuelven inevitablemente obsoletas convirtiéndose en objetos fetiche, desubicados y hermosos, objetos cuya utilidad se ha visto anulada, que no pertenecen a nadie, que no están en ninguna parte. Podrían ser limusinas o podrían ser cámaras. De esas muy muy grandes, de las de antaño, de las que se utilizaban antes de que el mundo se digitalizase, se desmaterializase, se acabase tal y como lo conocemos.

Publicado en Actualidad del número 46.