Mercurio entre los dioses

Las imágenes de un muchacho corriendo a través de unos campos ocres recién segados, quemados por el sol, en la quietud que siempre parece pesar sobre las tardes estivales, tal vez sean las que identifiquen al instante, casi de forma inconsciente, El mensajero (The go-between, 1971) de Joseph Losey (1909-1984). Estas escenas de un niño utilizado como correo entre dos amantes de distinta clase social, que se repiten insistentemente a lo largo del metraje, condensan algunas de las diferentes lecturas que plantea el film. Como película iniciática, simbolizan la inevitable carrera de un muchacho hacia el inminente paso a su juventud, hacia la abrupta pérdida de su inocencia. De igual forma, la belleza con las que están concebidas remite a un pasado idealizado, representando el ejercicio de recuerdo sobre el que se articula el relato. La ajustada adaptación realizada por Losey de la novela homónima del escritor británico L.P. Hartley (1895-1972) The go-between (1953), supone su tercera y última colaboración con el dramaturgo y guionista Harold Pinter (1930-2004), responsable también del guión de El sirviente (The servant, 1963) y Accidente (Accident, 1967). Sin duda estos tres largometrajes, vinculados por algunos rasgos distintivos, constituyen las obras más relevantes de la filmografía del cineasta, y contribuyeron de forma decisiva a su creciente prestigio durante los años sesenta. Una década que finalizó con El mensajero, Palma de Oro en el Festival de Cannes.

La adaptación de El mensajero comienza con las mismas palabras que la novela: “The past is a foreign country: they do things differently there” (“El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de manera distinta”), por medio de la voz en off del protagonista del relato, Leo Colston (Dominic Guard), varias décadas después de los hechos vividos durante un verano que se dispone a recordar. El punto de partida del film es un hipotético presente desde el que se narran unos hechos del pasado. Por tanto, desde un principio debe tenerse en cuenta que lo narrado puede caer en las trampas que tiende la memoria, al igual que los recuerdos filtrados por el tiempo a menudo se convierten en nostalgia. Losey plantea este diálogo entre presente y pasado desde el primer instante, de forma visual, enmarcando el relato rememorado entre unos títulos de crédito y un epílogo situados en un presente lluvioso y aciago, que contrasta con la luminosidad y belleza del pasado. El hilo conductor es el joven Leo, a punto de cumplir 13 años, pero el punto de vista corresponde al de este mismo personaje varias décadas después, obligado a recordar. Unos pequeños pasajes y otras breves palabras en off se encargan de recordar puntualmente, a lo largo del film, que se trata de una historia que está siendo rememorada, al tiempo que completan el significado de los hechos desde la perspectiva que proporciona el tiempo.

De esta forma, tras unos brumosos títulos de crédito, en los que la lluvia se desliza por un cristal, acompañada por la vibrante partitura del compositor francés Michel Legrand, el film inicia su retorno a ese país extranjero que es el pasado. Unos días de julio que el joven Leo pasa en Brandham Hall, una mansión de campo situada en Norfolk, invitado por su compañero de colegio Marcus Maudsley. Resulta curioso que la novela sitúe la acción en 1900, utilizando esta fecha como el punto de partida de un nuevo siglo que Leo cree que será mágico, y que contrastará con su decepción posterior, mientras que la película traslada la acción a 1921, tal y como puede observarse en el anuario del muchacho. En Bradham Hall, se incorpora al ocioso discurrir del verano de los Maudsley, disfrutando de su hospitalidad y hábitos estivales, pero sin que su origen modesto, de una forma u otra, deje de estar presente -incluso en cierto momento, con el devenir de los acontecimientos, le será puesto cruelmente de manifiesto-.

El muchacho se siente desde el primer instante fascinado por Marian (Julie Christie), la hija mayor de los Maudsley, joven que mantiene una relación amorosa con Ted Burgess, un granjero de la zona (Alan Bates). Leo se convierte en inesperado mensajero entre ambos, encargado de llevar las cartas que facilitan sus citas. Algunos miembros de la familia parecen tener cierto velado conocimiento de esta relación clandestina, y Marian accede a comprometerse en matrimonio con un miembro de la nobleza local, lord Trimingham (Edward Fox). Esta situación, que cuenta con la reprobación social de la época, se precipitará hacia un trágico final.

Un argumento que juega con estos elementos podría quedar fácilmente reducido, en sus líneas básicas, a un triángulo amoroso en el que se ve implicado de forma fortuita un muchacho. Sin embargo, el film se aleja de esta simple premisa gracias a la distancia que impone Losey en su realización, y a la precisión con la que hila los inagotables detalles con los que Harold Pinter construye el magnífico guión, logrando una narración minuciosa, en la que los significados se revelan conforme el muchacho comprende y va perdiendo su inocencia. El guión de Pinter se estructura en una sucesión de situaciones y conversaciones, en apariencia banales, que transcurren por los armoniosos rituales de Brandham Hall. Sin embargo, al igual que en sus dos anteriores colaboraciones con Losey -en especial Accidente-, los gestos y las palabras significan mucho más de lo que aparentan. Relato de unos amores no visualizados -el de Marian y Ted, que tan sólo comparten circunstancialmente plano en la secuencia de la fiesta anual con los vecinos de la zona, y en la clave escena final; y también el incipiente amor que se despierta en Leo por Marian-, la intensidad de estos sentimientos se transmite tan sólo a través de pequeños detalles. El entorno social y la educación recibida les impiden verbalizarlos, y se intuyen por instantes como la urgencia por guardar un pañuelo perteneciente a la persona amada, la ansiedad que revelan las preguntas, en apariencia indiferentes, sobre la otra persona en la distancia, o las lágrimas que en ciertos momentos ponen al descubierto a los personajes.

Resulta evidente que una primera lectura de El mensajero obliga a considerarla también una crítica al funcionamiento de una sociedad rígidamente estructurada, una escenificación de las diferencias sociales de la época. En este sentido, Losey se muestra demoledor en la secuencia de la celebración con los empleados y vecinos de la mansión. Sin embargo, el cineasta tira de un hilo mucho más sutil que también siguen otras novelas de la época, como por ejemplo Retorno a Brideshead (Evelyn Waugh, 1945), y es la capacidad de la nobleza y la alta burguesía para servirse de un miembro de otra clase social al que temporalmente incorporan a sus filas, de implicarlo en sus juegos o intrigas amorosas, como necesario actor o circunstancial testigo de la puesta en escena de sus particulares dramas, llegando incluso a “vampirizarlo”. Desde la perspectiva contraria, analizaría las consecuencias para este personaje que, en principio, se siente deslumbrado por esa especie de jardín secreto, cuyas puertas se le abren, y más tarde resulta herido o su futuro queda irremediablemente modificado. Leo resultará dañado por una tragedia en la que involuntariamente se ve envuelto, en el momento especialmente delicado de su paso a la adolescencia. La profunda decepción del muchacho ante el precipitado final del verano, el sentimiento de culpa que arrastra por lo ocurrido, queda reflejado en los fragmentos del Leo adulto que vuelve al escenario de los hechos. La luminosidad del verano evocado, la energía e ilusiones del muchacho, contrastan con la amargura que refleja el rostro del hombre de mediana edad en el que se ha convertido.

Por tanto, no resulta fortuito que lord Trimingham decida apelar afectuosamente a Leo como “Mercurio”, el joven mensajero de los dioses, una tarea que, en su inocencia y deseo de agradar a Marian, el muchacho lleva a cabo diligentemente. Esta identificación con Mercurio estaría también implícita en sus frecuentes visitas al termómetro de la mansión, para comprobar las temperaturas cada día más altas. Al mismo tiempo, se siente transportado a un estado superior, una suerte de comunión con el sol que tiene su punto álgido en su triunfo en el partido de criquet. Incluso asigna una especie de carácter divino a Marian y Ted, y así queda reflejado en la novela: “Para mí los dos eran inmortales. Inmortal: la palabra poseía un particular encanto que daba nuevo esplendor a mi ensueño”. Sin embargo, en una de las secuencias más hermosas del film, su viaje en carruaje junto a Marian a la ciudad, la voz en off de Leo adulto -al igual que en la novela-, no es con Mercurio con quien se compara, sino con el mito de Ícaro: “Volaste demasiado cerca del sol y te abrasaste”.

El muchacho se convierte en cómplice de Marian, y por complacerla está dispuesto a mentir, incluso una vez que descubre la verdadera relación de ésta con Ted. Este incipiente amor de Leo hacia la joven se trasluce en varias escenas en las que el director muestra una especial sensibilidad, y que expresan sensaciones que el muchacho experimenta por vez primera. Visitar, una y otra vez, la propia juventud es algo recurrente conforme el paso de los años pone distancia con ese tiempo en el que todo se siente de forma distinta, un lugar al que siempre se desearía volver, pese a sus sinsabores. Así lo expresan escenas como el paseo tras el baño en el que Leo se esfuerza por cuidar el pelo mojado de la joven, o más tarde, cuando llora sólo frente a un árbol, tras leer una reveladora carta de Marian dirigida a Ted. La textura visual que poseen estos momentos remite a algunas escenas campestres de Accidente. Ambas cintas cuentan con el trabajo del director de fotografía Gerry Fisher, colaborador habitual del cineasta.

Autor elegante y minucioso, observador distante e implacable de sus personajes, Losey se revela como el realizador adecuado para la adaptación fílmica de El mensajero. El cineasta recibió una esmerada educación, y años más tarde conoció el compromiso político en el ambiente teatral del Nueva York de los años treinta. Afiliado al Partido Comunista en 1945, se vio obligado a exiliarse debido a los efectos del mccarthismo en 1952. Estas circunstancias tuvieron un lógico efecto en su irregular trayectoria, junto con continuos problemas de producción en varios de sus proyectos. Sin embargo, con el tiempo fue uno de los directores que mejor consolidaron su carrera fuera de EEUU, afincándose en Gran Bretaña. Sin duda, es posible rastrear las huellas de estas circunstancias en la obra de la mayor parte de los cineastas afectados por la “Caza de brujas”. Alusiones más o menos explícitas a la represión, los mecanismos de los órdenes establecidos o las relaciones de poder. Losey parece sentirse muy próximo a los ambientes que retrata en El mensajero, y conocer perfectamente la trama que se desarrolla en la trastienda del relato. De esta forma lo demuestra la fluidez narrativa y una puesta en escena que se desenvuelve con maestría en las escenas colectivas. Secuencias que retratan los ceremoniosos hábitos de la mansión, una sucesión de rezos matinales, reuniones en torno a la mesa, o complicados desplazamientos en grupo a la iglesia y lugares de ocio, donde logra encajar las distintas piezas, y los elementos de distintas clases sociales que se mueven por Brandham Hall. Resulta significativa también la insistencia en las composiciones triangulares, referencia a la principal cuestión que recorre el relato.

Al mismo tiempo, analiza la ambigüedad en las relaciones de sus personajes, tanto en el mismo como entre distintos estamentos sociales. Resulta elocuente su interés por estos vínculos entre los protagonistas de El mensajero, como lo era también por la tortuosa y destructiva relación de los dos principales personajes de El sirviente. Este análisis era incluso más sutil en Accidente, donde observaba el juego entre personajes de clases algo más próximas, la aristocracia, la burguesía y la docencia universitaria.

Los tres largometrajes que constituyen la colaboración entre Losey y Harold Pinter giran en torno a esta ambigüedad en las relaciones, a través de la sutileza de unas situaciones y de unos diálogos que siempre sugieren algo más, y que se empapan del ambiente que les rodea. En este sentido, es magnífica la escena en la sala de fumar, la charla mantenida entre Leo, lord Trimingham y el padre de Marian sobre Ted, la manera en la que se trasluce que los dos adultos están al corriente de la relación de éste con Marian, sin que por supuesto lleguen a mencionarla. Una escena que remite a los más depurados momentos de Accidente. Es extraordinaria la ironía que recorre los diálogos de lord Trimingham con Leo, y el cambio de registro cuando el muchacho conversa con Ted. También resulta interesante la finura con la que los diálogos captan el ambiente fútil de los habitantes de Brandham Hall, con respuestas que en numerosas ocasiones constituyen otra simple pregunta. La vinculación entre El mensajero y Accidente se establece también en el plano, muy similar, que abre y cierra ambas cintas. Se trata de un plano de la casa, principal escenario de lo narrado, pero desde una perspectiva visual y sonora distinta. El cambio entre el comienzo y el final del metraje expresa la evolución de los personajes que por ese espacio han circulado. La primera imagen de la mansión de El mensajero, con el aspecto radiante y prometedor de inicios del verano, contrasta con la imagen triste, a través de la lluvia, que se observa cuando Leo la deja atrás tras haber cumplido su labor de recordar.

Losey establece una precisa contención en la realización y tiene el acierto de ser fiel a la novela evitando visualizar la relación entre Marian y Ted. Sin embargo, en algunos momentos esta aparente frialdad parece quebrarse. El cineasta introduce estos atisbos de sinceridad ante los ojos de Leo, y éste intenta comprender los sentimientos que desbordan a Marian y Ted, y la fragilidad que ponen al descubierto. Así sucede en los momentos que Ted deja a un lado la pequeña rudeza y embarazo con el que suele tratar al muchacho, y la lógica confusión y curiosidad de éste por el sexo. En especial, resulta conmovedora la escena en la que Marian rompe su habitual compostura, y ante sus lágrimas, el muchacho intenta, algo torpe pero delicadamente, consolarla.

Marian es el personaje que representa, en mayor medida, este carácter ambiguo en la relación del individuo con su entorno. Por una parte, se muestra encantadora con Leo, pero llega a comportarse de forma cruel cuando le exige que continúe ejerciendo de cartero. Resuelta, y hasta cierto punto trasgresora de las normas -su llegada tarde al rezo matinal-, su amor por Ted parece sincero en su confesión con el muchacho y en sus palabras del epílogo, pero no se niega a contraer matrimonio con Trimingham. A lo largo del metraje, el director introduce también varios detalles que parecen augurar el precipitado final del verano y una trágica muerte. Una de las cartas que el muchacho entrega a Ted cuando vuelve de cazar queda manchada de sangre. Algo más tarde, en otra de sus visitas a la granja, lo encuentra limpiando la escopeta en una postura muy similar al plano que lo muestra por última vez. Otra de estas señales aciagas sería el sonido de unos disparos que se escuchan en el último encuentro en la granja, cuando Leo se vuelve para despedirse.

Losey reúne para El mensajero a Julie Christie y Alan Bates, dos de los intérpretes británicos más representativos de la década, identificados al comienzo de sus carreras con el Free Cinema, y que ya habían trabajado juntos bajo la dirección de John Schlesinger en Lejos del mundanal ruido (Far from the madding crowd, 1967). Ambos encajan de forma espléndida en sus personajes, junto a un sólido elenco que completan Edward Fox -perfecto el protagonista de Chacal (The day of the Jackal, 1973) dando vida a lord Trimingham-, y Margaret Leighton junto Michael Gough como los Maudsley. Losey consigue una estupenda interpretación del joven Dominic Guard en el papel central de Leo. Tal vez la única objeción al excelente reparto sería la elección de Michael Redgrave para encarnar al Leo adulto. Parece difícil encajar los rasgos del joven Leo en el rostro de este actor, pese a que su presencia pudiese contribuir al prestigio del film.

Estos intérpretes asumen los principales papeles en la “representación” a la que asistimos en Brandham Hall. Un juego de intrigas amorosas y de poder en el que tanto Leo como Ted son utilizados como actores de reparto, ignorantes de la partida que se está desarrollando en el seno de los Maudsley para poder seguir manteniendo sus privilegios. Un mismo gesto los equipara a ambos en la secuencia final, en el instante en el que la madre de Marian, arrastrando a Leo, descubre a la joven junto a Ted. Las dos realizan el acto instintivo de hacerles apartar la mirada.

Ambos han sido peones y resultan, aunque sea de forma involuntaria, perjudicados. Sin embargo, tras la tragedia y la crisis de Leo por la experiencia traumática, la maquinaria social continúa imparable, tal y como estaba previsto. Marian contraerá matrimonio con lord Trimingham, un enlace que, como se desvela en el epílogo, sirve también para ocultar que Ted es el padre del hijo que espera. El mensajero muestra, una vez más, la habilidad de los integrantes de un estamento social para sortear toda clase de obstáculos, y resistir a lo largo de las generaciones. Pero por encima de esta evidente realidad, se impone el relato iniciático. La sensación que deja El mensajero es que el interés último de Losey es recuperar, aunque sea durante unos minutos, esas sensaciones que el muchacho experimenta por vez primera, y volver a los días radiantes de un verano, antes de la inevitable pérdida de su inocencia.

Publicado en Filmoteca del número 48.