Idénticos planes, nuevas estrategias

Fue a finales del año pasado, en la IFN Jornada Profesional organizada por el Festival de Cine Independiente de Barcelona - l’Alternativa, cuando tuvimos la confirmación de que el último proyecto de Patricio Guzmán había conseguido la financiación mínima para editarse en DVD. [1] Desde la producción de Nostalgia de la luz han tenido que pasar tres años para que podamos acceder al film en una edición de formato doméstico pensada para el Estado Español. Su lanzamiento, previsto para el mes de abril de este año, nos ha permitido por fin comprobar las buenas impresiones que hasta el momento habíamos podido leer sobre sus imágenes. [2]

Con una obra que a punto está de abarcar cinco décadas, Patricio Guzmán se ha convertido en uno de los documentalistas más importantes de (y en) América Latina. Después de registrar la euforia y vicisitudes de los primeros meses de gobierno de Salvador Allende en El primer año (1973), su principal aportación ha sido una reconstrucción paciente pero continua, tan incómoda como necesaria, de la memoria de Chile tras diecisiete años de dictadura militar y una amnésica transición nacional. El gran inconveniente de todo este trabajo, no obstante, lo podríamos acusar no tanto en la reiteración de temas y soluciones visuales como en la dificultad de hacer entender, a Chile y al mundo, la imperiosa necesidad de volver una y otra vez a aquellos acontecimientos que en Latinoamérica se omiten de forma sistemática.

¿Cómo hacerle entender entonces a un espectador “extranjero”, europeo pongamos por caso, que después de La batalla de Chile (1976-1979) y Chile, la memoria obstinada (1997), era necesario retratar al verdugo en El caso Pinochet (2001) y recuperar al abanderado de las víctimas en Salvador Allende (2004)? Y si este aparente “más de lo mismo” ya le parecía suficiente, ¿cómo explicarle ahora a este hipotético espectador que aún queda trabajo por hacer, que es necesario volver a la tragedia para seguir fomentando la memoria colectiva? Si los argumentos y las formas parecían agotados, ¿qué es lo que hace tan interesante a esta vuelta al problema nacional de los desaparecidos en Chile, al golpe de estado de Pinochet, al dolor infligido por la dictadura? Seis años después de Salvador Allende, ¿por qué nos resulta tan sugestiva esta Nostalgia de la luz?

El último trabajo de Patricio Guzmán nos sitúa en el espacio más árido del planeta, la única mancha marrón del globo, el desierto de Atacama. En este lugar donde la falta casi absoluta de humedad conserva los restos que los arqueólogos buscan bajo la superficie del suelo, el cielo se mantiene despejado permitiendo a los astrónomos observar con mayor facilidad el firmamento. Entre estas ocupaciones se sitúa el cineasta, con herramientas diferentes pero con un hacer que lo asemeja a las dos profesiones anteriores: todos ellos trabajan con restos del pasado, el arqueólogo rastrea la actividad precolombina en los ancestrales caminos del desierto, el astrónomo observa un cuerpo celeste gracias a la luz que llega (siempre con retraso) ala Tierra, el cineasta no ha dejado de perseguir una restitución de la memoria de aquello que fue aniquilado por la dictadura.

La apuesta de Nostalgia de la luz pasa en ese momento por no centrarse únicamente en el tema político, como sí lo hacen los anteriores trabajos de Guzmán que antes hemos mencionado. Tras una breve introducción que realiza el cineasta con la serenidad habitual de su voz en off, el film parece olvidarse de la tragedia y se vuelca al retrato de una actividad extraordinaria, la aventura que implica la investigación del cosmos en un lugar desértico de Chile, el más privilegiado del mundo entero para realizar estas observaciones. Al trabajo en torno a la memoria histórica al que estábamos acostumbrados, se le ha sumado de repente un contenido más propio del documental científico que oxigena la narración y predispone al espectador ante las reflexiones propuestas por el cineasta. Siguiendo la voz de Guzmán nos adentramos en una relación peculiar entre dos búsquedas científicas, la de los habitantes prehispánicos del desierto y la de las estrellas, al tiempo que se insinúa una tercera, una búsqueda más rudimentaria y que se realiza al pie de los grandes telescopios, la de los desaparecidos por la dictadura. Lo que el discurso hablado propone, una relación particular entre cuerpos celestes y restos humanos, el montaje lo materializa en el relato.

Del cosmos al cuerpo humano y viceversa, Nostalgia de la luz adopta un registro que no parece serle del todo propio a la reivindicación política de la memoria. Por un lado el tono del film es el de una profunda elegía, como si por primera vez en toda la filmografía de Patricio Guzmán asistiéramos, resignados, a la aceptación de la derrota. No importa que el desierto conserve los cuerpos si resulta imposible encontrarlos en la vastedad del espacio. Esto es lo que parecen decirnos las pocas mujeres de Calama que, tras 28 años de búsqueda organizada, continúan revolviendo el desierto pero ahora utilizando sus propias manos y, como mucho, una pequeña pala. Lamento por los cuerpos que no aparecen y lamento también ante la inminente desaparición de los familiares que aún buscan; lo interesante del film, por otro lado, es la conjugación de este tono elegíaco con una fabulación que le resulta ajena. Es sintomático, en este sentido, que de los cinco extras audiovisuales que encontramos en el DVD tan sólo uno de ellos (“Chile, una galaxia de problemas”) se centre en la cuestión de los desaparecidos y la memoria colectiva, mientras que los otros cuatro abordan temas y personajes relacionados únicamente con la astronomía.

Es cierto entonces que Nostalgia de la luz habla de los muertos chilenos (de los mineros masacrados en las huelgas del salitre en el siglo XIX y, sobre todo, de los detenidos desaparecidos por los militares en el siglo XX), pero también lo es que la narración juega abiertamente con la fantasía de la aventura astronómica. Como asegura uno de los científicos que aparece en el film, la pregunta más estimulante es la que ellos se plantean: el origen de todo y lo que sucederá en el futuro. Por esta razón, lo que más seduce en el film es precisamente la libertad con la que juega con esta fabulación y la manera como la asimila a su discurso. Hace diez años pudimos apreciar un caso parecido en el documental de Albertina Carri, Los rubios (2003), si bien la historia se desarrollaba en el país vecino, Argentina. Si en aquel film la recuperación de la propia identidad (la directora es hija de secuestrados y asesinados por la dictadura) pasaba por la reconstrucción metafórica de la desaparición de los padres (usando figuras de Playmobil abducidas por supuestos extraterrestres, un ejercicio que llegaba al extremo hasta convertirse en recurso cómico), en Nostalgia de la luz asistimos a un desplazamiento del registro documental hacia otro territorio, uno que se presta tanto a la elegía de la derrota vivida como a la fabulación de lo imaginario.

Un espacio (el desierto), dos imágenes (los muertos y las estrellas). Una verdad, dos representaciones, tal como decía Jean-Luc Godard en esa magistral clase en Sarajevo que nos regaló en Nuestra música (Notre musique, 2004). Desde que los hechos no hablan por sí solos sino a través de una superpoblación de textos (audiovisuales y escritos), el poder de la imagen para el cineasta francés pasa por reunir dos sentidos en una suerte de plano-contraplano continuo entre dos potencias: entre las guerras contemporáneas y la Guerra de Secesión estadounidense en la misma fotografía de una ciudad destruida, entre el documental y la ficción en dos fotografías de gente que entra al Mar Mediterráneo, entre la alegría y la muerte que toda imagen es capaz de convocar. [3] Lo que fue ficcionalizado por Hollywood en, por ejemplo, Gattaca (Andrew Niccol, 1997), Nostalgia de la luz lo documenta restituyendo a una misma idea hecha imagen esa doble faceta que planteaba Godard en Sarajevo. Si para construir un happy end la ficción iba a lo imaginario (el ser humano y el cosmos están hechos de elementos comunes), el documental ha acudido a lo real (el calcio de nuestros huesos se formó poco después del big bang) para hablar de los muertos de una dictadura militar. Documental y ficción se tocan en una imagen que bascula en esta doble vertiente. Podríamos esperar en consecuencia que Nostalgia de la luz represente el inicio de una nueva etapa en la filmografía de Patricio Guzmán; una que continúe trabajando sobre la memoria histórica utilizando recursos nuevos, admitiendo al mismo tiempo la tragedia de los desaparecidos y las expectativas de futuro de las nuevas generaciones: “ver” lo documental e “imaginar” la ficción dentro del mismo film. [4]

La filmografía de Patricio Guzmán es la historia documentada de la mirada chilena. Repasar su obra nos permite apreciar el cambio progresivo que los rostros en Chile han vivido durante los últimos cuarenta años, un cambio que bien podría resumir el devenir político-histórico de América Latina. De los ojos vivaces de la democracia a la obstinación de una memoria silenciada que arremete contra la ignorancia de los jóvenes y, finalmente, a la nostalgia de los pocos que aún quedan vivos. Nostalgia de la luz, sin embargo, hace una aportación que a quien suscribe le parece capital, a esta historia de la mirada chilena le suma un nuevo rostro, uno que parece acogerse a una nueva esperanza y a la posibilidad de un futuro alejado del trauma. Las mujeres de Calama cada vez son menos, los desaparecidos fueron desmembrados por los militares para que nunca fueran encontrados, la democracia popular fue sustituida por una dictadura y a continuación olvidada por el ideal de consumo del mercado neoliberal. Y ante esta vorágine del tiempo, la imagen de una madre (hija de detenidos desaparecidos) que sostiene en brazos a su hijo después de asegurar que la astronomía es capaz de hacernos pensar que estamos dentro de una corriente, en un ciclo que no se origina ni en los padres ni terminará en los hijos, que somos parte de una materia que se recicla. Al semblante compungido de la generación superviviente Nostalgia de la luz añade un rostro inédito, el de aquellos que muy probablemente tendrán un lugar propio en una historia que no les será arrebatada.

Notas:

  1. La campaña de micromecenazgo se realizó en la plataforma Verkami (ir a la página). Para estar al día de las novedades del proyecto podéis entrar a la página web del film (ir a la página) y seguir su perfil en Facebook y Twitter
  2. Dos pequeñas muestras las tenéis en una de las primeras críticas del film, firmada por M. Martí Freixas y publicada en Blogs&Docs (leer el texto), y un texto posterior que contextualiza la película en la trayectoria de su director, firmado por Michael Chanan y publicado en La fuga (leer el texto). 
  3. El fragmento de Nuestra música al que aludimos en el texto se puede ver en Youtube (ver el vídeo). 
  4. Ya tenemos noticias que confirman Nostalgia de la luz como la primera parte de una trilogía sobre los desaparecidos por la dictadura (ir a la página). 
Publicado en Reseñas del número 46.