Filmando del natural

Se escapó la suerte (Antoine et Antoinette, Jacques Becker, 1947) - Avalon [Filmoteca Fnac]

Nuestras vidas están repletas de trayectos reiterativos, de idas y venidas que ejecutamos, a menudo, con sonámbulo mecanicismo, de rutinarios viajes -definitivamente nada heroicos- en metro, en autobús, en bicicleta, de casa al trabajo y viceversa; viajes que el cine norteamericano nos ha escamoteado desde siempre en favor de la economía temporal y la inmediatez. Antes que Michelangelo Antonioni o Jacques Rivette, entre otros, nos confrontaran con la duración de lo real en la pantalla de cine, Jacques Becker filmó una serie de bellas películas en las que se aplicaba minuciosamente a la descripción de todo ese trasiego costumbrista, a la observación de sus compatriotas ocupados con sus (en apariencia) insignificantes vidas. Su intención parecía ser la de alumbrar la poesía escondida tras lo infraordinario -tras actos aparentemente tan banales como ir a comprar puerros o café- como antes ya había hecho Jean Renoir, junto a quien Becker empezó su carrera como ayudante de dirección. “Piensa usted demasiado en detalles secundarios” fue la recriminación que recibió Renoir de Darryl Zanuck durante el rodaje de Aguas pantanosas (Swamp Water, 1941), en Hollywood. [1] Y seguramente algo parecido habría dicho el jefe de la Fox -si hubiera tenido ocasión- al Becker de Se escapó la suerte, la primera parte de una inconfesa trilogía de películas protagonizadas por matrimonios parisinos de distintas clases sociales que edita ahora Avalon en su colección Filmoteca FNAC.

Los trayectos de la joven pareja formada por Antoine (Roger Pigaut) y Antoinette (Claire Maffei) se convierten, para Becker, en el vehículo idóneo para expresar sus deseos íntimos, sus frágiles ilusiones y su testarudez en salir adelante, pese a las dificultades, que comparten con otras parejas de la época como la formada por Jimmy McDonald (Dick Powell) y Betty Casey (Ellen Drew), los protagonistas de Navidades en julio (Christmas in July, Preston Sturges, 1940) -una película que guarda ciertos parecidos con el filme de Becker, empezando por su especial querencia por convertir las azoteas de los suburbios en inesperados escenarios románticos desde los que fantasear con una vida futura más acomodada-. Del mismo modo que, desde su desconchado tejado, Jimmy acaricia con la mente el sueño New Deal de conseguir 25.000 dólares gracias a su teórico ingenio como escritor de eslóganes publicitarios, Antoine y Antoinette dejan volar la imaginación escribiendo con pintalabios en el espejo -otra de las bellas imágenes que pueblan esta película- una lista de deseos que esperan materializar en cuanto consigan cobrar los 800.000 francos del premio de la lotería. El pensamiento mágico convive, pues, sin estridencias con los quehaceres diarios, con una mecánica de repeticiones que se ilustran en una sucesión de leitmotivs descritos con dedicación: las conversaciones con la amiga taquillera que siempre son bruscamente interrumpidas por los insensibles viandantes, las visitas de Antoinette a la tienda de comestibles, donde soporta con aplomo los envites amorosos del mefistofélico señor Roland (Noël Roquevert) a cambio de algún producto de su despensa particular, o los encuentros fortuitos con los vecinos en las escaleras de la ruinosa finca donde vive la pareja, que sirven para cimentar ese espíritu comunal propuesto por Becker como el remedio idóneo para hacer frente a los tiempos de crisis.

Un año antes de Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, Vittorio de Sica, 1948), Becker nos muestra las preocupaciones de Antoine al descubrir que, mientras él contemplaba ensimismado una motocicleta que simboliza buena parte de sus aspiraciones, su bicicleta acaba de ser aplastada por un camión de reparto. La mágica solución al problema de la rueda abollada, aportada por el lascivo tendero al descubrir que el pelagatos de Antoine es el marido de la delicada Antoinette, convoca, sin embargo, nuevas cavilaciones: el deseo que Antoinette despierta en otros hombres provoca la aparición del fantasma de los celos y la necesidad posterior de Antoine de reivindicar una condición masculina algo más dominante que entrará definitivamente en crisis con la pérdida del billete de lotería. Las miradas que ambos enamorados se lanzan a lo largo de la película, las que el señor Roland dedica indisimuladamente a Antoinette o los melancólicos vistazos con que Juliette (Annette Poivre), la cajera, fulmina a la cliente y a su patrón se convierten en la plasmación visual de un gestus amoroso que contiene el meollo de un relato alérgico al énfasis, tan deseadamente desvaído y esquivo como la suerte de sus protagonistas. Al fin y al cabo, se trata -como decía Renoir- de “partir del rodaje para llegar al guión”. [2]

Obra modesta

Como demuestra ejemplarmente Se escapó la suerte, el estilo de Becker es, bajo su apariencia liviana, una sofisticada síntesis de diversas influencias cinematográficas. Por un lado, el filme se alinea sin estridencias con otras películas del realismo poético como Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, René Clair, 1930), con la que comparte imaginario e incluso ciertos lugares comunes narrativos (los enamorados que se siguen queriendo pese a las dificultades, los personajes rufianescos que abusan de su ventajosa situación económica como el señor Roland...). Por otro, su naturalismo renoiriano se evidencia en la voluntad de filmar del natural -así, la tentación postalista del plano inicial de París, en el que vemos al fondo la torre Eiffel, es rápidamente relevada por las imágenes neorrealistas, de vocación casi documental, de los obreros en la fábrica de libros, del interior de la estación de metro o del barrio popular-, en una vocación humanista que cobra especial sentido en la dedicación mostrada en la plasmación del amor doméstico. El barrido pudoroso de cámara que Becker efectúa de la cama, donde se encuentran los protagonistas entrelazados, a punto de hacer el amor, hasta la mesa vacía del comedor, seguido por un sutil encadenado que nos muestra a ambos, a continuación, compartiendo tranquilamente la cena, recuerda por momentos la joie de vivre de las clases populares reflejada en la primera parte de L’Atalante (1934) de Jean Vigo.

A todo ello, hay que sumar cierto pragmatismo narrativo propio del cine norteamericano, evidenciado en algunas situaciones de comedia -ese detalle chaplinesco de Antoine, rescatando el trozo de periódico que falta de la suela de su zapato-, en la agilidad del montaje, en la irrupción de varios flashbacks que, a modo de imágenes-recuerdo que atormentan al protagonista, dotan algunos momentos de una inesperada atmósfera de film psicológico a la Hollywood; y sobre todo en el uso de una iluminación académica que enaltece la pureza de los rostros permitiendo el acceso a la intimidad de los personajes. Esta obstinación en rondar con la cámara a los protagonistas -sin vulnerar su espacio natural como veinte años después haría con premeditación John Cassavetes- recuerda, por momentos, el esmero con que se muestra el oasis mundano de pureza juvenil en el que vive otra pareja sin suerte, “Bowie” (Farley Granger) y “Keechie” (Cathy O’Donnell), los protagonistas de Los amantes de la noche (They Live by Night, 1949), la primera de las películas de Nicholas Ray.

Se escapó la suerte se singulariza definitivamente de esa “cierta tendencia del cine francés” que exageró la máquina de guerra de los “jóvenes turcos”, en algunos momentos atrevidamente bressonianos -ese maravilloso plano detalle que Becker dedica a mostrar cómo la mano de Antoine sujeta vigorosamente el hombro de Antoinette, mientras sellan su amor con un beso en el hogar- e incluso en ciertos estallidos pirotécnicos que alteran la normalización libidinal del filme. Así ocurre en la secuencia magistral que nos muestra como Antoine se dirige a la sede de la lotería, que comparte instalaciones con la inquietante Unión de Heridos en la Cara, dispuesto a cobrar el décimo premiado. El protagonista toma conciencia de que ha perdido el billete, mientras un miembro de la asociación aporrea insistentemente un desafinado piano, creando una desasosegante banda sonora diegética que anuncia el pronto desmoronamiento de todas las ilusiones de la pareja. En el tramo final de la película, Antoine pasa de joven pusilánime a púgil romántico, dispuesto a finiquitar a puñetazos la lucha de clases, enfrentándose al señor Roland en un improvisado ring casero. El derroche de energías final -aún más inesperado en un filme tan comedido- es puro acinéma tal y como lo entiende Jean-François Lyotard: la irrupción de la violencia conduce a la exaltación lírica y, a continuación, al delirio que, paradójicamente, favorece la resolución racional del enigma de la desaparición del billete. Por eso, las reveladoras imágenes extraídas directamente del inconsciente de Antoine llevan directamente a la materialización de la fantasía, condensada en ese modélico plano final en el que la joven pareja, convertidos ahora en apolíneos motoristas, sonríen frontalmente al espectador en un inesperado gesto moderno de complicidad.

Aunque pueda parecer sorprendente, ninguna de las películas de Becker tiene hechuras de obra maestra; y, sin embargo, la mayoría de ellas son obras notables, algunas incluso extraordinarias. Desde París, bajos fondos (Casque d’or, 1952) a La evasión (Le Trou, 1960), sus mejores películas están poseídas por el don de la levedad, por la voluntad de evitar cualquier tentación de altanería autoral. Contra el concepto de obra maestra -a menudo demasiado auto consciente, egocéntrica, excesiva, apabullante- Becker parece proponer la obra modesta -ejemplar, discreta, equilibrada, sutil, inesperada, casi secreta-. Por eso, merece especialmente la pena resaltar la edición de esta espléndida película que corre el riesgo de pasar injustamente inadvertida entre otras recuperaciones, en apariencia, más llamativas. Sería injusto despacharla como otra muestra más del cine del realismo poético francés, sin celebrar como se merece su publicación en un país todavía parco en ediciones de cineastas franceses previos a la eclosión de la Nouvelle Vague.

Notas:

  1. Garson, Charlotte, Jean Renoir. Madrid, Cahiers du Cinéma - El País (Colección Grandes directores), 2008. 
  2. Ibíd
Publicado en Reseñas del número 41.