Fe y desconcierto: de ‘Parque Jurásico’ a ‘Mulholland Drive’

No tengo una memoria precisa. Por ello, retengo antes imágenes que fechas, sensaciones que nombres, miradas que títulos. Volviendo a mi infancia la cosa se complica (aún) más. De ella apenas soy capaz de hilar un relato difuso donde se confunden -sin lógica de continuidad- escritos solitarios, broncas escolares, amistades pasajeras, miedos imprecisos y, sí, algún que otro plano. La revelación, sin embargo, llegó tarde. No se produjo en mi impactante primera visita a una sala de cine -acompañado de mi tío (¡gracias!) y de mi hermano pequeño para ver, atención, Las tortugas ninja II- El secreto de los mocos verdes (Teenage Mutant Ninja Turtles II: The Secret of Ooze, Michael Pressman, 1991) en el Urgell de Barcelona- sino un poco más adelante, allá por 1995, cuando convencimos a mis padres (mi hermano y yo) de que nos dejasen ir a ver Parque Jurásico (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1994) en el hoy desaparecido cine Montecarlo. Por aquel entonces, la película debía de llevar más de un año en cartel y yo solo sabía de ella a través de mis compañeros de clase que me la describían con términos laudatorios más allá de mi recuerdo. La campaña publicitaria, claro, debió ser enorme -aún conservo, debidamente recortado y enganchado en un cuaderno donde escribía mis primeras reseñas, un anuncio del filme publicado en La Vanguardia-, pero el mío fue, seguro, un encuentro casi virginal, similar al de los chavales que en la película descubrían, enfilados en la copa de un árbol, a un enorme Diplodocus. Un dinosaurio que ya no era parte del pasado, que ya no era (solo) un conjunto de píxeles, sino que existía. De verdad.

Los años me enseñaron que, con la tecnología digital, la huella baziniana ha tendido a perderse porque los cineastas ya no toman la realidad prefílmica como (único) punto de partida. Aunque ese debió de ser el caso de Spielberg, me resisto a aceptar que asistí a una mentira porque, al revivir aquella escena, sé que se obró el milagro, sé que ese animal resucitó a partir de un fósil embalsamado, y sé que yo estuve allí tocándolo -como Santo Tomás con el costado de Jesucristo. Dado que vi, tuve fe en el cine. Y, cual feligrés devoto, acudí al templo todos los domingos confiando en que, tarde o temprano, se produjera otro “efecto Jurassic Park”. Esperé mucho y cuando este ocurrió ya no estaba preparado. No podía estarlo. Era un viernes cualquiera y a mi edad -debía de tener unos 16 años- ya no confiaba en que el cine transformase mi vida. Sí, las películas eran, todavía, mi principal pasión, pero, en todo aquel tiempo, no había experimentado nada parecido a lo de Parque Jurásico... Con lo que, quizás, ya era hora de decantarse por otros credos.

¡Cuán equivocado estaba! David Lynch lo tenía todo planeado y, a medida que la escena se enrarecía, que la música de Angelo Badalamenti distorsionaba mi percepción de esa cafetería, algo se quebraba en mí, de tal manera que la aterradora aparición del vagabundo (nunca he tenido más miedo que aquella vez) me abría paso a terrenos oníricos para mí del todo desconocidos, a callejuelas que se desviaban hasta los recovecos de Mulholland Drive (2001). El impacto -que se mantuvo durante el resto de la proyección- afectó también a mis estimados compañeros de sesión -éramos cuatro colegas y todos seguimos hablando del filme durante mucho tiempo-, pero en mí fue particularmente profundo. Pues, aun no habiendo comprendido apenas nada de lo que había visto (o precisamente por eso), pude sentirlo y dejarme llevar por primera vez en mi vida, descubriendo aspectos ignotos en mi “yo” excesivamente racional, al que pude renunciar. Siendo, al fin, libre.

 

Carles Matamoros, licenciado en Periodismo, participa en varias publicaciones vinculadas con el cine -Miradas de Cine, Dirigido por, Go Mag, Cinearchivo o laPágina0- y, además de ser uno de los fundadores de la revista Transit. Cine y otros desvíos, forma parte del profesorado de La Casa del Cine.
Publicado en Panorámica del número 40. Este artículo pertenece al grupo Bergala.