El viento nos llevará

Cuando pasó el cartel de salida del pueblo se detuvo un momento. Las grises praderas y las crestas castañas se le antojaban demasiado vacías. Él mismo se sentía demasiado vacío; tan vacío él y tan vacío el paisaje que le resultaba arriesgado continuar: podía ser que se lo llevara el viento.

(La última película, Larry McMurtry, 1966) [1]

Un pequeño cine cerrado, resistiendo el paso del tiempo que arrastra un viento infinito, a lo largo de una polvorienta calle desierta, es la imagen que abre y cierra La última película (The last picture Show, 1971) de Peter Bogdanovich. El viento es un elemento presente, de forma insistente, tanto en las páginas de la novela homónima del escritor y guionista Larry McMurtry, como en los fotogramas de la película que la adapta. Un viento que acompaña las sucesivas estaciones del poco más de un año que comprende el relato, seco y sofocante algunos meses, perturbador la mayor parte del tiempo. Su presencia, incluso de forma inconsciente, acentúa el aislamiento de Thalia –en el film llamada Anarene-, la pequeña población de Texas donde cierra el cine local, y la impresión de soledad y desazón que, en algunos momentos, parece acompañar a sus personajes. Siguiendo la estela de este viento, las imágenes de La última película desprenden una imprecisa sensación que se describe en la novela: “No había absolutamente nada entre Thalia y Megargel salvo cincuenta kilómetros de paisaje solitario. Excepto unos pocos ranchos desconchados por la arena, lo único que había que ver era una larga sucesión de crestas castañas atravesadas por el ulular del viento. Sonny se dijo que tal vez en Texas llamaban a ese fenómeno “melancolía del Norte” porque era difícil no entristecerse cuando soplaba”. [2]

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Los recuerdos, filtrados por la memoria, a menudo se transforman en nostalgia, de esta forma el relato iniciático y el ejercicio de recuerdo de un universo abocado a desaparecer, tanto dentro como fuera de la pantalla, que componen La última película, están surcados por una  profunda nostalgia. La autenticidad que respira el film, incluso cuatro décadas después de su realización, puede deberse a que Bogdanovich contó en la elaboración del guión con el propio autor de la novela Larry McMurtry. Ambos firman una adaptación notablemente fiel a un libro con claras connotaciones autobiográficas. McMurtry creció y vivió el final de su adolescencia en una pequeña ciudad muy similar a la descrita en su novela, y asistió a sus transformaciones a principios de los años cincuenta. Incluso la película se rodó en su localidad natal, Archer City. Con la colaboración de McMurtry, el neoyorkino Bogdanovich consiguió adentrarse en un entorno en principio ajeno y muy determinado, las Grandes Llanuras del estado de Texas. Logra plasmar la intensidad de los recuerdos descritos en la novela, que retroceden hasta un tiempo al que, pese a sus sinsabores, parece que siempre se desearía volver, el tránsito entre la adolescencia y los inicios de la edad adulta.

El relato iniciático sobre el que se construye La última película sigue el último año de instituto de unos jóvenes en esta pequeña ciudad, entre 1951 y 1952. Un periodo de cambios que se narran a través de Sonny –Timothy Bottoms-, un joven que observa con mirada atenta –en ciertos momentos inevitablemente confusa y ensimismada-, las significativas transformaciones a su alrededor. La pérdida de la inocencia, el despertar sexual, la relación con su amigo Duane –Jeff Bridges- y con Jacy –Cybill Shepherd-, joven con la que ambos conocen las primeras decepciones amorosas, vienen acompañados por una progresiva toma de conciencia de la realidad, y del futuro que se intuye.

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A través de esta mirada de Sonny, el film describe la vida cotidiana de Anarene, al tiempo que se adentra en una realidad mucho menos prosaica, que transcurre bajo su aparente tranquilidad. Algunas grietas en su carácter conservador dejan entrever la vida que fluye bajo la moral establecida. Pequeños dramas, mezquindades o relaciones extraconyugales, de las que todo el mundo parece estar al corriente. Por medio de las relaciones de Sonny, el film recorre también una amplia galería de personajes, como Sam, el León (Ben Johnson), un antiguo cowboy, pionero en  estas tierras, Billy (Sam Bottoms) el joven que tiene a su cargo –su inútil afán por barrer las calles es toda una metáfora del inmovilismo de la ciudad-, o Ruth (Cloris Leachman), la esposa de su entrenador, con la que Sonny iniciará su particular educación sentimental.

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La última película es un film fronterizo, tanto por su contenido como por el periodo en el que está realizado, el Cine Norteamericano de principios de los años setenta. El film sigue a unos personajes en un momento de tránsito, y refleja las lentas transformaciones de esta pequeña localidad. La más significativa es el cierre del pequeño cine local, en el que se proyectan películas de Cine Clásico. Un elemento cargado de simbolismo, que trasciende la ficción para reflejar la propia realidad, la época en la que se rueda. La última película se estrena en 1971, durante un periodo de notables cambios en el sistema de estudios del Cine Norteamericano. Bogdanovich, tras dos trabajos en la factoría Corman, entra a formar parte con este film, el primero que realmente responde a un proyecto personal, en la conocida como generación del Nuevo Hollywood, junto a una serie de directores que firmaron sus primeros largometrajes durante estos años, como Coppola, Scorsese, Friedkin o De Palma.

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El sistema de estudios arrastraba una notable crisis desde los años sesenta, por muy diversas circunstancias, entre otras, los cambios en el rígido sistema de control y exclusividad de sus plantillas, la relajación de los códigos de censura, la popularidad de la televisión o la influencia de los Nuevos Cines Europeos y otras formas de expresión. Resulta reseñable que algunos de los más destacados cineastas del periodo clásico rueden sus últimas películas a principios de los setenta, con serias dificultades, como Elia Kazan -El último magnate (The last tycoon, 1976) - o  Joseph L. Mankiewizc –La huella (Sleuth, 1972) -. Otros maestros ya habían firmado sus últimas obras a finales de la década anterior -John Ford se despidió del Cine con Siete mujeres (7 women, 1966) y Howard Hawks con Río Lobo (Rio Lobo, 1970) -. Durante un breve periodo irrumpieron estos nuevos realizadores, y junto a algunos productores, gozaron de cierta libertad creativa y del control final de sus obras. A finales de la década, esta situación se recondujo a un sistema controlado de nuevo por los estudios, en el que estos realizadores se reintegraron, con mayor o menor acierto.

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La última película ha quedado como una pieza clave en este tiempo de rupturas, que gravita entre el Cine Clásico que estaba viviendo sus últimas manifestaciones, y los aires nuevos de la renovación generacional. Bogdanovich se inspira en el Cine Clásico en su planteamiento formal, frente a las rupturas que planteaban algunos de sus contemporáneos, y lo homenajea de forma explícita a través las películas que se proyectan en el cine de Anarene. Al mismo tiempo, plantea unos temas que podían interesar plenamente a las nuevas generaciones en los setenta, y que, de hecho, resultan atemporales.

 Autor de numerosos estudios cinematográficos, Bogdanovich es responsable de un valioso legado, en forma de extensas entrevistas a cineastas, publicadas en varios volúmenes, entre los que destacan sus libros sobre Orson Welles y John Ford. Resulta interesante comprobar las películas a las que se hace referencia de forma explícita en La última película. Es posible distinguir en la cartelera del cine sus pequeños homenajes a Anthony Mann con Winchester 73 (Winchester ´73, 1950), y a Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima, 1949) de Allan Dwan, uno de los primeros directores de Hollywood, al que reivindicó en The last pioneer (1971). Al margen de estos reconocimientos, establece cierto diálogo entre los largometrajes proyectados y los personajes de La última película. En la primera secuencia en el interior del cine, las imágenes en la pantalla de El padre de la novia (Father of the bride, 1950) evidencian la brecha entre la candidez de las convenciones amorosas que reflejaba el Cine de aquellos años, y la realidad en las relaciones de los jóvenes, que tenían en las salas de cine uno de sus pocos lugares de encuentro.

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En especial, es significativo que la última película proyectada antes de que sea clausurado este cine sea Río Rojo (Red River, 1948) de Howard Hawks, un director que se encuentra, por supuesto, entre los que entrevistó Bogdanovich. La proyección de o Rojo es una forma de reivindicar la obra de este cineasta, tal y como años antes habían hecho los integrantes de la Nouvelle Vague, a través de las páginas de Cahiers du Cinéma. Resulta evidente el diálogo establecido entre Río Rojo y La última película.  La larga travesía ganadera del western de Hakws transcurre en las llanuras de Texas, y al igual que en otros de sus filmes, incide en los vínculos entre sus personajes masculinos, que adquieren con frecuencia un marcado componente fraternal. Incluso en Río Rojo la relación entre los personajes que encarnan John Wayne y Montgomery Cliff es cercana a la paterno-filial. Estos vínculos pueden trasladarse a los que mantienen Sonny y Duane, y también a la relación que une a Sonny con Sam, el León. La épica pelea entre Wayne y Cliff tendría su equivalente en el enfrentamiento entre Duane y Sonny a causa de Jacy.

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En la novela, la última película  proyectada en la sala de cine es The kid from Texas, “El niño de Texas” –La leyenda de Billy el Niño de Kurt Neumann (1950)-, tal vez por la referencia del título original [3]. Sonny y Duane reconocen que se aburren y abandonan la sala antes de que termine. En La última película se quedarán hasta el final de la mítica o Rojo, la última noche antes de que Duane parta para la Guerra de Corea. Sin duda, otro homenaje directo de Bogdanovich a Hakws. Como simple curiosidad, señalar que el Río Rojo también aparece en la novela. Lo cruzan los dos amigos en su escapada de fin de semana a México. La adaptación evita mostrar en imágenes este viaje, lo resuelve mediante una elipsis. Tampoco hace referencia a la otra ocasión en la que abandonan Anarene, un viaje de fin de curso a San Francisco, tal vez para acentuar su aislamiento en esta pequeña ciudad. El film incluye multitud de canciones de la época –en ausencia de música extradiegética-, la mayoría como sonido de fondo de las emisoras locales de radio, lo que aumenta la verosimilitud de la época que describe, incidiendo todavía más en ese carácter apartado de la ciudad.

Al hilo de este cine que se extinguía, el espíritu que alienta obras como o Rojo parece estar presente en la pureza de las imágenes en blanco y negro de La última película, en su profundidad de campo y en las evocadoras panorámicas de los parajes desiertos que rodean Anarene. Esta pequeña ciudad, asolada por el viento, parece perdida entre las grandes praderas que tantas veces filmaron los directores a los que Bogdanovich admira. Unos horizontes abiertos que también inspiraron a algunos cineastas europeos que dirigieron sobre ellos su mirada ajena. Autores en tránsito, como Antonioni o Wenders, se dejaron llevar por la fascinación de estos interminables paisajes.

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El significado, los ecos míticos que evocan estas llanuras toman una especial relevancia en la secuencia en la que Sam el León recuerda su pasado de pionero. Al borde de un pantano, relata a Sonny y Billy su llegada a esas tierras cuando eran prácticamente vírgenes, cuarenta años antes, y sus amores con una joven en ese mismo lugar. Durante su monólogo, la cámara se desplaza lentamente, abre un plano que permite observar el paisaje, para acercarse después de nuevo a la imponente presencia de Ben Johnson. Con similar convicción, su despedida de Sonny y Duane antes de la escapada de los jóvenes a México, es otro de los instantes que evidencia la melancolía por el paso del tiempo. Con tan sólo una mirada, expresa cómo la vida se le escapa de las manos.

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El director logra también transmitir las sensaciones y pensamientos de Sonny, en algunos momentos, tan sólo a través de sus silencios. En especial, dos secuencias que responden a dos instantes muy concretos y relacionados resultan magistrales. Tras conocer la muerte de Sam, el león, Sonny permanece sentado en el suelo, mirando fijamente un semáforo que va cambiando maquinalmente de color. De forma muy similar, desolado por el accidente de Billy, observa el camión que lo ha atropellado y poco después cómo el viento barre el interior de los billares. Con el encadenamiento de estos breves planos, Bogdanovich consigue que el tiempo quede en suspenso. Estos breves instantes en los que el joven permanece silencioso y ausente se transforman en unas vías de escape por las que huye de la narración, y el tiempo parece dilatarse. En tan sólo unos segundos, es capaz de transmitir la multitud de pensamientos que surgen y se agolpan en su interior.

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Bogdanovich presta una especial atención a la dirección de actores, y reúne a un magnífico reparto de secundarios, uno de los aspectos que incide en la calidad de la cinta. Cloris Leachman logró el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto por su conmovedora interpretación de una desdichada mujer de mediana edad, a la que su relación con Sonny parece devolverla a la vida. Un premio con el que también fue reconocido Ben Johnson, magnífico como Sam, el León. De igual forma que la reconocible silueta en blanco y negro del cine cerrado se identifica, casi al instante, con La última película, la representación mítica que ha adquirido el film está inevitablemente vinculada a sus tres jóvenes protagonistas. La presencia de Cybill Shepherd, radiante en su primer papel, y en especial las caracterizaciones de Timothy Bottoms y Jeff Bridges como Sonny y Duane. Pese a la larga trayectoria posterior de ambos intérpretes, permanecen en la memoria fílmica identificados con estos personajes, a través de la complicidad de sus escenas, la torpe forma de sincerarse, la cohibida manera de demostrarse su afecto.

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La última película deja abierto el futuro de sus personajes. Veinte años más tarde Bogdanovich rueda Texasville (1990), y vuelve a Anarene, donde todavía permanece el cine cerrado, ahora en parte derruido. Con guión propio –esta vez sin contar con McMurtry-, este reencuentro tiene muy difícil resistir las comparaciones con La última película, pero permite algo tal vez muchas veces imaginado, volver a un escenario que ha adquirido la condición de mítico en la historia del Cine. La trayectoria profesional y personal de Bogdanovich, cargada de problemas y de un lento declinar, parece reflejarse en el desencanto de sus tres protagonistas. Duane volvió de Corea y se convirtió en un empresario del petróleo, ahora agobiado por las deudas y una caótica familia. Jacy regresa a Anarene tras la muerte de su hijo, mientras que Sonny, que nunca abandonó la ciudad, comienza a dar signos de una enfermedad que le hace desplazarse al pasado.

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El director ajusta cuentas con el paso tiempo, sin ahorrarse la estridencia estética de los ochenta –transcurre en 1984, han pasado unos 30 años desde La última película-, y un dudoso sentido del humor. Sin embargo, tiene la honestidad de huir del sentimentalismo, y se permite evocar el pasado con sencillez en unas cuantas escenas. La atención se centra en unos maduros Cybill Shepherd y Jeff Bridges, quienes vuelven a dar vida a Jacy y Duane. Estos antiguos novios del instituto han acumulado experiencias y desilusiones a lo largo de este tiempo. No se permite un reencuentro amoroso, pero sí la complicidad de quienes guardan un pasado vivido juntos. La nostalgia surge en algunos de sus diálogos y miradas, y con más intensidad todavía en el momento que descubren a Sonny, perdido entre sus recuerdos, en el cine abandonado mirando una pantalla inexistente, sentado en el lugar donde siempre lo hacía Billy. Ha tomado el testigo de Sam, el León, y es él quien envejece fuera de su tiempo. Un film irregular, decepcionante respecto a La última película, pero que permite recuperar, por unos breves instantes, sus sensaciones. El último plano, de nuevo, es una panorámica sobre la ciudad, con el viento constante como único sonido fondo.

La última película pervive en su carácter fronterizo, con sus recuerdos iniciáticos, la vinculación con aquel cine con el que creció Bogdanovich en multitud de patios de butacas de Nueva York, inevitablemente ligado a su primera memoria sentimental, y  a la descripción de unos sentimientos con los que se identifican las sucesivas generaciones. El inmenso reconocimiento que consiguió en su momento, colocó a Bogdanovich en un lugar destacado entre los realizadores de la nueva generación. Una posición que no consiguió mantener en una trayectoria progresivamente olvidable, con sonoros fracasos y multitud de problemas personales.

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Tal vez, el único de sus film que ha resistido el paso del tiempo, junto a La última película, sea la estupenda Luna de papel (Paper moon, 1973), donde volvió a rodar en las Grandes Llanuras, esta vez del Medio Oeste Americano. Sin embargo, Bogdanovich siempre será el director de La última película. En el último plano,  mediante una panorámica en sentido contrario al plano inicial, la cámara se detiene ante el cine cerrado, mientras el viento sigue soplando. Un cine que resiste como parte del decorado, testigo del pasado. Una imagen cargada de simbolismo, que cuatro décadas más tarde recuerda que el cine es un arte continuamente cuestionado, pero que obras como La última película permanecerán ligadas a la memoria, resistiendo el paso del tiempo, en pie como ese pequeño cine de Texas.

Notas:

  1. MCMURTRY, Larry. La última película. Ed. Gallo Nero Editores S.L. Madrid 2012. Pag. 322. 
  2. Cit. Pag. 26. 
  3. Cit. Pag. 310. 
Publicado en Filmoteca del número 49.