Duelos y quebrantos del día en que nací al cine

Las epifanías infantiles acostumbran a estar ligadas al placer. A un gozo inenarrable o a una satisfacción incipiente (del sentimiento de culpabilidad asociado sólo hablo con mi psicólogo). No sabemos por qué, pero algo que hasta entonces hacíamos de manera repetitiva e inconsciente cobra de repente un significado mayor. Los recuerdos que almacenamos de manera aparentemente caprichosa resultan ser caídas del caballo: el día en el que descubrí que ya no me gustaba mojar las magdalenas en el vaso de leche -pobre Proust-, la tarde en que comenzó a ser aburrido jugar a las canicas, el primer cuaderno de cromos que se quedó a medio completar. ¿Hastío existencial a los siete años?

Siempre hay una madre (¡jodido Edipo!). La mía fue la última generación que se pudo permitir el lujo de tener amas de casa dispuestas a inmolarse entre fogones y coladas y una figura paterna forzosamente diluida; aquél héroe sudado que llegaba reventado a la hora de cenar, te hacía tres preguntas rituales y caída derrengado frente al televisor.

Por razones de salud mental, mi vieja cogió por costumbre llevarme los domingos al primer pase de tarde de la Filmoteca, aquellas sesiones calificadas como infantiles y que tanto he llegado a odiar en mi edad adulta (padres treintañeros hablando de chupetes, hipotecas y vasectomías, enanos huyendo por el pasillo tras patear al hermano, un gremlin berreando como si fuese el protagonista de una ‘peli’ de Miike).

Por aquel entonces los programadores andaban obsesionados con Chaplin. Y mi madre estaba convencida de que se podía educar a un niño a base de pieles de plátano, trompicones y tartazos en pleno rostro. Aquella violencia centrípeta del cine silente, un paraíso de destrucción y caos para mocosos educados a golpe de alpargata y colleja traicionera. Putos ochenta.

Se acabaron las selecciones de cortos y comenzaron a pasar sus películas. Y allí estaba yo un domingo cualquiera, enfrentado nada más y nada menos que a La quimera del oro (The Gold Rush, 1925). “Una película divertidísima”, aseguraba una y otra vez mi progenitora, como si tuviese que convencerme de algo. Y me reí, sí. Aunque el momento que mejor recuerdo, y al que tantas veces he vuelto desde aquella primera vez, no me hizo ninguna gracia.

De la odisea invernal de Charlot no me quedo con el baile de los panes, ni con la preparación de la mesa para la cena de Nochevieja. No. Es una escena de un patetismo descarnado en un salón destartalado. El protagonista tiene problemas con sus pantalones y en una maniobra desesperada se hace con una cuerda que se enrolla a la cintura, sin percatarse que en el extremo… hay un perro atado. Y de esta guisa danza con la chica de sus sueños, tremendamente digno a pesar del escarnio general.

Dios, qué tristeza, qué puñetera congoja. Cuantas más risas escuchaba, más ganas tenía yo de llorar. ¿Es que nadie iba a decirle nada? ¿Era necesaria tanta crueldad? Y lo que resultaba todavía más inquietante… ¿qué lo hacía “divertido”?

Moraleja barojiana. Descubrí el cine el mismo día en que empezó a pervertir mi sensualidad, la tarde en la que se coló entre tanta carcajada la certeza de que los cómicos sólo triunfan a 18 fotogramas por segundo, pena infinita y adelanto impúdico de eso que llamamos vida.

 

Jorge-Mauro de Pedro escribe habitualmente en La Vanguardia Digital, donde coordina y guioniza la sección semanal ‘Estrenos Now!’.

Publicado en Panorámica del número 40. Este artículo pertenece al grupo Bergala.